La peregrinación del día 3 de mayo al
Monasterio de Santo Espíritu del Monte

Con grandísima concurrencia y no menos fervor y entusiasmo se celebró también este año la peregrinación a Santo Espíritu. Diecinueve grandes autocares fueron ocupados por los Hermanos Terciarios franciscanos de Valencia. Otros dos grandes autobuses por los de la ciudad de Carcagente, presididos por su Visitador P. Luis Mª Torres.

Otro autobús lo ocupaban los fervorosos Terciarios de la ciudad de Alcoy, y al frente su celoso Visitador el P. Jesús Sanjuán. Se unieron también a la peregrinación representaciones de nuestras Hermandades de Bétera, Puzol, Náquera, Serra, etc.

La lluvia persistente del día deslució los actos exteriores que figuraban en el programa, pero no logró disminuir la devoción interior y la confraternidad entre todas las Hermandades que allí se reunieron, y mucho menos la santa alegría franciscana que a todos nos inundaba.

Al llegar a Valencia la Hermandad de Carcagente fue recibida con grande alegría, y acto seguido, previo el disparo de una traca, se movilizó toda la caravana de coches, presididos por el que conducía al P. Provincial y al P. Comisario Provincial de las VV. OO. TT.

Llegados al Monasterio, se celebró misa de Comunión general con plática y se bendijeron solemnemente los términos, para cuyo acto fue presentada una hermosa y grande Cruz de flor natural que trajo la Hermandad de Valencia. Por la tarde, se practicó el ejercicio del Mes de María, y desde la puerta de la iglesia del Monasterio dirigieron la palabra a todos los peregrinos P. Jesús Sanjuán y el P. Provincial Fr. José A. Arnau, quedando con este acto de la tarde terminada la peregrinación, que emprendió el viaje de regreso hacia sus respectivas poblaciones.

Que el Señor y Nuestro P. San Francisco nos bendigan a todos.

In memoriam

P. Francisco Mª Sanz Jover

Francisco Sanz Jover El día 21 del pasado mes de mayo falleció en Benigánim, de cuyo convento era actual Superior, el Rdo. P. Francisco Mª Sanz Jover, religioso de carácter amable, bondadoso y servicial, muy amante de la observancia de nuestra Santa Regla y de conciencia muy timorata y delicada.

Era natural de Cocentaina (Alicante), donde nació el 4 de febrero de 1876; profesó la Regla Seráfica, en el convento de Santo Espíritu del Monte, el 15 de mayo de 1894, a los dieciocho años de edad, y el 22 de diciembre de 1900 se ordenó de sacerdote.

Dedicado al ministerio de la predicación, fue incansable en procurar el mayor bien de las almas, ya en conferencias, ya en la dirección de Santos Ejercicios, tanto a comunidades religiosas de ambos sexos como a sacerdotes y seglares, ya, finalmente, en la predicación de Cuaresmas y de misiones, sacando en todas partes abundantes frutos de santificación en sus oyentes.

Mostróse además muy devoto de la Santísima Virgen, cuyo culto promovió de diversas maneras.
Contaba a su muerte setenta y siete años de edad, cincuenta y nueve de religión y cincuenta y dos de presbiterado.

El Señor le haya acogido en su seno y le otorgue cuanto antes el goce de la visión beatífica en compañía de los bienaventurados.

Descanse en paz.

El doctor Pedro T'ang, médico y mártir en China

(Continuación)

Su apostolado de propaganda católica lo ejercía especialmente entre sus enfermos, a quienes cuidaba de darles con la salud del cuerpo también la del alma por la fe y de abrirles las puertas del cielo s¡moribundos. Dos años antes de su martirio declaraba ingenuamente que en los veinte y tantos años que llevaba de cristiano no se le había muerto ningún enfermo sin el bautismo. Y como el misionero le preguntase cuántos habrían sido para registrarlos en las estadísticas anuales que hay que mandar a Roma, él respondió con gran sencillez : «No me he preocupado de tomar nota; Dios, por quien lo he hecho, lo sabe...»

Su propaganda evangélica no se limitaba a sólo los enfermos, sino que, sirviéndose de su título de Maestro, reunía a paganos y paganas en algunas escuelas, donde hacía sus conferencias sobre temas religiosos, logrando la conversión de no pocos infieles. Y fué precisamente en esta obra donde debía encontrar la tribulación en medio del bienestar y prosperidad con que el Señor premiaba la fidelidad de su siervo.

Cierto día un grupo de sus catecúmenos sostuvieron una disputa religiosa con la esposa pagana de un sacerdote idólatra. Quedó ésta tan confundida y humillada al ser derrotada en la discusión, que no pudiendo soportar la vergüenza de «haber perdido la cara» —según la frase china—, se tomó una buena dosis de veneno, muriendo al día siguiente. Inculpado falsamente nuestro doctor de aquella muerte y atizada la acusación por otros curanderos que envidiaban la estima y riquezas del médico cristiano, tuvo que pasar en la cárcel varios meses, que él aprovechó para hacer prosélitos aun entre los cautivos.

El mártir de Cristo. —Habiendo imitado fielmente en vida nuestro médico al ya citado Lo-pa-hong, Dios quiso premiarlo dándole un fin semejante al de aquel héroe asesinado alevosamente mientras ejercía por obediencia el cargo de Alcalde de Shangai. Pero aquí debía aparecer con más pureza que allá la causa religiosa como único motivo de su muerte.

Cristiano ejemplar, propagandista y rico, eran otros tantos crímenes para la mirada bizca de los rojos. Por eso le tuvieron ojeriza desde el primer día —octubre de 1949— de la invasión comunista. Lo privaron de su cargo en los hospitales, le prohibieron el libre ejercicio de su profesión y lo obligaron a emigrar a su país natal, donde, armándole siempre zancadillas, dieron con él en la cárcel. Cuando se agitó la cuestión de la Reforma agraria, le dieron libertad sólo para acusarlo de o-pa-ti-chi¡(terrateniente y cruel opresor de súbditos), y así condenarlo con proceso más clamoroso. De hecho se incautaron de todos sus bienes y propiedades; le quitaron, incluso, las medicinas e instrumentos de su profesión, y le impusieron, como compensación por supuestos daños causados, la suma de 28 millones de escudos chinos. No teniendo de dónde pagar aquella cantidad, lo llevaron de nuevo a la cárcel en octubre de 1951. Pasado algún tiempo Dios movió a compasión el corazón de unos amigos del encarcelado para que pagaran la multa que la justicia exigía de aquél. Con ello no había ya ningún motivo social o político para retenerlo en la cárcel.

Pero los tiranos antes de darle la libertad le exigieron la adhesión completa a la nueva Iglesia autónoma y cismática separada de Roma. Ante su enérgica negativa comenzó para él la segunda etapa de su encarcelamiento en un calabozo más cruel que el anterior, con cuyos tormentos se esperaba vencer su resistencia. En este tiempo pudo mandar furtivamente una cartita al Prefecto Apostólico, en que le decía que se encontraba bien y contento de sufrir por el Señor; que predicaba a los demás encarcelados, contando ya veinte convertidos; que había bautizado a diversos moribundos, y que rezaba diariamente 13 Rosarios a la Virgen en memoria del día de las apariciones en Fátima. «Debo permanecer —decía— varias horas arrodillado ante mis acusadores; pero no tema, Padre, con la ayuda de Dios y la asistencia de su Madre no renunciaré jamás a m¡fe n¡abandonaré a m¡Madre la Iglesia Católica. Por nada del mundo me uniré a la nueva Iglesia nacional; presiento m¡fin, ruegue por mí; nos veremos en el cielo...»

Y esta fué la única causa de su martirio.

Para doblegar su voluntad lo sujetaron a horribles torturas. Varias veces fue azotado y apaleado; lo hirieron con cuchillos y le aplicaron hierros candentes a sus carnes.

Persistiendo él en su negativa y viendo los tiranos que nada conseguían de su víctima, por fin lo fusilaron. La descarga que dejó su cuerpo exánime, extendido en tierra y bañado en su propia sangre, fue el golpe de gracia que introdujo su alma, «blanqueada con la sangre del Cordero», a la compañía del Rey glorioso de los Mártires.

Su esposa e hijos han quedado sumidos en una extrema miseria, debiendo con el propio trabajo ganarse un poco de arroz con que sostener su vida. El recuerdo del mártir, sin embargo, los alienta a llevar su cruz y los llena de santo orgullo.

También aquí podríamos decir, siguiendo el pensamiento de San León Magno: «como fué glorificada Jerusalén con Esteban, así se ha hecho ilustre Roma con Lorenzo», y ahora la Iglesia de Lingling se honra presentando al mundo su mártir el doctor T'ang.

Fr. Gonzalo Valls, ofm

A las supremas Autoridades eclesiásticas y civiles, a los Franciscanos todos y al noble católico pueblo español de la hidalga y leal España

En 1953 cae el séptimo centenario del tránsito de Santa Clara. La Sociedad Internacional de Studios Franciscanos radicada en Asís, de acuerdo con los Rdos. Padres de las cuatro ramas franciscanas, prepara la realización de un amplio proyecto de festejos que habrán de celebrarse en todos los países en recuerdo y honor de tan fausto aniversario.

El proyecto cuya ejecución nos hemos propuesto quiere que las almas vuelvan a meditar en la presente vida, tan tormentosa en lo político y en lo social, aquellas supremas virtudes del franciscanismo que constituyeron el eje diamantino del vivir de la Santa. Pensamiento y obras empapadas de pureza. Vida horrorosa de los torpes afanes, de la avaricia y del egocentrismo. Pie que no tiembla. Sosiego en las almas y tranquilidad en la sociedad cuando unas y otras se asientan sobre el amor.

Por obra de Clara de¡Asís el ideario de San Francisco quedó ornado con deslumbrante aureola. Fué de veras, al decir del cronista, la Paloma de Plata dadora de consuelo y de fuerza: fuente de aguas vivas de la gracia que nos quita toda inmunda lepra.

Cuando el investigador de la sociedad de hoy día se pregunta el hondo v oculto por qué de la desorientación entrañada por la crisis que padecemos, tiene por fuerza que reconocer en el fondo de todo ello una tremenda relajación de la conciencia del ser humano. Las ruinas causadas por el último choque armado, las muertes violentas, los saqueos, las quemas devastadoras no tienen tanta importancia cuanto la terrible oleada de cieno que pudre lo más santo y lo más inmaculado. Urge, por consiguiente, reconfortar las almas. Es algo que apremia más, incluso, que la construcción de casas.

Se nos viene encima el año de Santa Clara como un Jordán purificador; continuando la tradición católica, pedimos nosotros los pecadores a San Francisco y a Santa Clara que se apiaden de nosotros y nos presten, ellos que fueron héroes del más acabado amor a Dios y a los hombres, su amparo y tutela en nuestro diario vivir. La reciedumbre de sus virtudes nos abra el camino lleno de luz que tanto necesitamos en, estos trágicos tiempos que vivimos los hombres y las gentes; nos dé limpieza en nuestro discurrir meta en nuestro ánimo, la alteza de miras para perdonar y sacrificarnos; infúndanos un nuevo virgor en el corazón; nos enseñe la buena vida que sea preparación de una buena muerte ; y en nuestros esfuerzos por la conquista y la propaganda de la verdad, estén siempre dirigidos por la prudencia asentada en la fortaleza.