Índice del número 448
Agosto de 1966. Año 40. Director: Fr. Francisco Blanes, ofm
- Vida e ideal. Editorial
La muerte del Índice de libros prohibidos. G. Zizola, M.S.A.
La verdad de las esquelas. Francisco Loyola
Florecillas de San Antonio III. Fr. José Antonio Arnau, ofm
Guía turística de Santo Espíritu del Monte. Fr. Bernardino Cervera, ofm
Mundo franciscano
- ¿Dónde está el sepulcro de la Virgen?. Fr. A. Corredor, ofm
Proceso de beatificación y declaración de martirio de cuatro religiosos franciscanos
Cómo te llamas.
Sin intención de herir. Rafael Durá Marín
Un sí al amor. Sor María Teresita del Niño Jesús, osc
Vida e ideal
La vida es un inefable don que nos ha regalado quién es la Fuente de la misma. La vida pide a quien la posee, la haga fructificar de la manera más exhaustiva. Saberla vivir no es fácil, se necesita coraje y audacia, saber esperar y saber poseer.
No es lo mismo tener vida que vivirla, poseyéndola. Vivir supone establecer relaciones jerárquicas y equilibradas entre inteligencia y voluntad, entre espíritu y carne, entre existencia terrena y perdurable.
Y para realizar este justo entrelazamiento se necesita una razón poderosa, enérgica. No basta una voluntad de hierro. Es insustituible el dinamismo interior de los motivos que converjan y cristalicen en un ideal.
El ideal es un valor que viene a ser norma de vida y hacia el que se dirigen todos los esfuerzos, penas y amor, hasta conseguir la conformación querida, consciente, al ideal. Cuando el ideal constituye entraña se convierte en una energía capaz de levantar una vida y de arrastrarla, como una torrentera que se despeña de alta montaña. Este anhelante caminar hacia el ideal, aun cuando no se alcance en plenitud, es fuente de alegría, seguridad y equilibrio emocional; pero siempre que se logre sintonizar las potencialidades del interior humano con las posibilidades externas. Este trabajo es como crear en nosotros mismos algo que sólo está en potencia, y espera, impaciente, lo saquemos a luz.
Los jóvenes, más que los adultos, están en camino. Les es más imprescindible, por lo mismo, vivir los ideales que son elementos estructurales para la formación de la personalidad. Cuanto más vividos sean, tanto más sólida y acabada será la personalidad. Los ideales son fuente para la integración de la personalidad; son ayudas potentes para la reducción de los lados negativos que pueden tener los jóvenes. Son como el núcleo en torno al cual gira la vida. A los ideales hay que darles un sentido real más envuelto de optimismo. Jóvenes sin ideales son jóvenes sin vida y sin alegría.
Este trabajo, agradable y duro a la par, necesita ¡r transido de la presencia sabrosa de Dios para que sea posible la concordancia interior del ánimo. La falta de esta concordancia se traduce en desintegración angustiosa.
Dios ha puesto en el interior del hombre un mundo de riquezas y de anhelos incontenibles que gime por trascender las cosas puramente humanas. Hambrea la imperecedera "Civitas divina" y no soporta las barreras del tiempo —límite— ni las fronteras geográficas.
Para que el joven viva necesita apoyarse en la Verdad, en el Amor y en la Vida.
La muerte del "Índice"
La Iglesia por medio del Concilio se ha comprometido a iniciar un diálogo con el mundo moderno en términos accesibles a la mentalidad contemporánea. Por ello ha comprendido inmediatamente que un diálogo no puede dar sus frutos en un clima de represión. La represión es una consecuencia del miedo, y el miedo es, según el proverbio, un mal consejero. Si bien nuestra fe es libre, muchos católicos han podido pensar que la Iglesia sea la «ciudadela de las prohibiciones».
El Concilio ha barrido estos prejuicios que para muchos servían como pretexto para negar la existencia del concepto cristiano en el mundo. Uno de los organismos que han sido primeramente rozados por el «viento» del Concilio ha sido el Santo Oficio, cuya reforma lo ha colocado en la plataforma de las operaciones a la «defensiva», no con las armas de las excomuniones, de las censuras y de los anatemas, sino en el plano de una acción positiva y con las armas de la verdad eterna de la Iglesia. Es significativa la frase pronunciada por el canónigo belga Ch. Moeller, en el momento de posesionarse del cargo de subsecretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe: «Esta Congregación no será en adelante la policía de la ortodoxia, sino la promotora de la verdad».
Muchos han creído que estas palabras eran convencionales. La realidad, sin embargo, las ha confirmado tempestivamente. Han sido desmanteladas silenciosamente las estructuras de la vieja «inquisición», que cubría con un alón de misterio la actividad judicial del «tribunal» de la Iglesia: los dominicos que ostentaban la investidura de jueces en este tribunal desde hace cuatro siglos, han abandonado el Santo Oficio, siendo suprimidos los cargos que ostentaban. La simplificación del aparato judicial (expresión de la confianza de la Iglesia en la digna y libre fidelidad de sus hijos) ha coincidido con la supresión del Índice de los libros prohibidos, que ha sido definido pintorescamente como el cementerio de la vida intelectual católica.
La muerte del Índice ha sido confirmada por el cardenal Ottaviani en una entrevista: el Índice no será al día jamás. Ningún libro nuevo figurará ya en la lista roja o verde de este libro. Para el futuro, el Índice será «como un documento histórico, una obra de consultas», ha declarado el Cardenal, añadiendo, por otra parte, «que no se darán medidas drásticas sino de manera excepcional».
El pro-prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe ha precisado que la Santa Sede publicará sólo «listas de libros desaconsejados, a título indicativo, así como hace el Centro Católico Cinematográfico para los films». Las conferencias episcopales nacionales se ocuparán de este trabajo montando centros especiales de cultura, que orientarán críticamente a los católicos acerca de la validez de esta o aquella obra.
Con la supresión del Índice ha desaparecido una tradición de cuatro siglos. La primera lista de libros prohibidos fue confeccionada por Pablo IV en 1557. La última edición se remonta al año 1948; sobre estos libros, hace ya muchos años, se había centrado la curiosidad, la ironía y el repudio de muchos y sobre todo de los estudiosos laicos y no pocos católicos. Prohibir con graves sanciones canónicas «la publicación, la lectura, la posesión, la venta, la traducción...» de los libros puestos en el Índice significaba, por lo que respecta a algunas obras, para el católico, la privación de penetrar .en una buena parte de la cultura moderna. Nadie ignora, por otra parte, que algunos de los escritores menos serios de nuestra época han abrigado la esperanza de ser puestos en el Índice para recabar un provecho publicitario incalculable, al menos por un determinado tiempo. La sanción eclesiástica frecuentemente provocaba satisfacción.
A través del tiempo, el Índice ha ido descartando de sus listas indulgentemente voces y títulos. Si durante los cuatro siglos de su existencia los libros prohibidos han alcanzado la cifra de 10.000, la edición última comprendía solamente 5.000 títulos. Y todavía antes que fuera adoptada la actual decisión era significativo el que el anuario pontificio pasase por alto, por primera vez, el Índice de los libros prohibidos, dentro de la organización activa del Santo Oficio.
En noviembre de 1963 el obispo de Brindis, Mons. Margiotta, preguntaba cándidamente en una reunión conciliar sobre la manera de promover entre los católicos una información ecuménica acerca de «si todas las obras de los protestantes eran prohibidas». Lo mismo se podría decir por lo que respecta al marxismo: Marx no ha sido puesto nunca en el Índice, pero por decreto especial emanado el 28 de junio de 1949 eran prohibidas todas las publicaciones inspiradas en su doctrina.
El Papa Juan XXIII se ha opuesto durante todo su pontificado a que fueran puestas en el Índice otras obras: por ejemplo, Teilhard de Chardin. El mismo Papa ordenó quitar del Índice «Los Miserables» y «Nuestra Señora de París», de Víctor Hugo.
Se han dicho muchas cosas sobre el anacronismo del Índice Todas las obras de Zola y Anatol France han sido condenadas junto con todos los romances de Balzac, Stendhal, Sand, Sue, Dumas (padre e hijo), con las obras de Bergson, Comte, Croce, Hobbes, Hume, Montesquieu, Kant, Locke, Russeau y Spinoza. Obras maestras de grandes autores se encuentran en el Índice junto a la elucubración de obscuros y olvidados libelistas. A veces da la impresión de que se examina el elenco de la mercancía de un librero fracasado. Y la cuestión más importante no es ciertamente la de los títulos; en 1959, el Cardenal Ottaviani observaba de que la Iglesia había puesto en el Índice en 1935 las obras del racista Rosenberg, mientras Hitler ordenaba su lectura en todas las escuelas alemanas.
Nadie puede ciertamente acusar a la Iglesia preconciliar de oportunismo; pero el verdadero problema es el de si un católico debe ser considerado un adulto maduro de convicciones y por lo tanto capaz de afrontar sin perder la fe la lectura de obras como las de Flaubert y Diderot, o más bien un adolescente incierto e inerme al que se le prohíbe, si no es con permisos especiales, hilvanar un diálogo. Un sistema de censura actuado por una organización administrativa y reforzado por las sanciones canónicas ha aparecido, después del Concilio, como un atajo ilusorio, capaz de conducir a todas partes, incluso a las verdaderas metas del apostolado de la Iglesia; por lo demás, es imposible hoy pretender el aislamiento a los fieles de las ideas calificadas como nocivas que no sean difundidas a través de la prensa, del cine, de la televisión o del turismo.
«Encerrar la grey entre altos murallones en vez de conducirla a los verdes pastos; condenar en vez de amonestar; quemar al herético antes de refutar la herejía; invocar antes que nada el auxilio del poder secular: son medidas que pueden ser eficaces en ciertos períodos y en ciertas épocas, sin que ello justifique los hechos de tal proceder, pero ¿es, acaso, esto lo que se proponía el Fundador de la Iglesia al enviar a sus Apóstoles para enseñar a todos los pueblos?», esta es la pregunta nada agnóstica que se hacía H. P. R. Fimberg.
Con el tiempo las ideas malas pueden ser superadas y vencidas por aquellas otras buenas y de esta manera quedan condenadas por su propio peso. No es suficiente poner en el índice la crítica de la Razón pura: el estudiante de filosofía difícilmente puede permitirse no hacer caso, pero cuando sabe que la Iglesia ha juzgado como errónea la filosofía de Kant descubrirá más fácilmente dónde se encuentran los errores.
En 1960, treinta obispos y diez universidades católicas fueron convocadas por Juan XXIII para revisar el Índice. Sus trabajos no han fracasado. Ya en 1870 los obispos alemanes se habían hecho eco para una nueva redacción del Índice. y sugerían que ningún libro fuera puesto en la «lista verde de los condenados» sin que antes fuera escuchado el parecer del Ordinario de la diócesis en la que residía el autor. Benedicto XIV, en el siglo XVIII, en la Constitución Sollicita ac Próvida, pedía que fuera escuchado el autor incriminado; pero la sabia prescripción fue letra muerta, como lo ha reconocido el cardenal Ottaviani.
Ahora, las viejas censuras han sido sustituidas
por un instituto de promoción cultural, con sentido positivo y no negativo, para el estudio de las tendencias teológicas y de las «cuestiones disputadas». No será condenada ninguna obra, sino a título de excepción, y siempre después de haber dado al autor la posibilidad de defenderse y concordar con el obispo competente la última decisión. La literatura de masa corresponderá a las conferencias episcopales y las eventuales clasificaciones para el público católico, serán hechas bajo forma de «consejos» por medio de revistas y de boletines oficiales.
Los católicos son invitados a dar libremente su particular juicio y su elección no en sentido pasivo y anárquico, sino con objetivos constructivos y de manera activa y consciente.
Por lo que respecta la lectura de los libros, notoriamente negativos, de parte de los lectores comunes, más o menos preparados, será cuestión de educarles, aconsejarles, advertirles y guiarles, pero sin amenazas ni sanciones netamente negativas. También los anatemas conmiados en 1949 para los que profesaban doctrinas marxistas ha cesado, de tener un valor instrumental de presión política, sin que ello no prive a las conciencias a profesar doctrinas negativas e intrínsecamente malas.
A este punto llega el respeto de la Iglesia por la libertad del hombre; pero téngase bien en cuenta que esta confianza de la Iglesia depositada en el hombre moderno comporta mayores responsabilidades y obligaciones. Refiriéndonos, a guisa casuística, a las doctrinas comunistas, el cardenal Ottaviani ha precisado: La excomunión se aplica a aquellos que profesan doctrinas marxistas, no a aquellos que se adhieren «sic et simpliciter» al partido comunista. Los que votan a favor de los comunistas o se inscriben al partido, pero no se adhieren al materialismo dialéctico, no incurren en la excomunión.
En Italia, ha añadido el cardenal (y en otros muchos países), muchas personas saben bien poca cosa sobre el marxismo, creen en Dios y votan por los comunistas. No obstante, las cosas claras a propósito de los comunistas: hoy más que nunca la Iglesia no quiere condenar, sino persuadir; porque la Iglesia ama a las personas, como tales, que forman la humanidad entera, a las que quiere atraer hacia sí.
G. Zizola, M. S. A.
La verdad y las esquelas
A diario vemos en la prensa publicadas las esquelas de quienes han fallecido. Ya se sabe su forma y su contenido. Un recuadro más o menos grande, de gruesos trazos negros; una cruz en la parte alta; en el centro, el nombre del finado, con su edad y profesión; y a continuación, una línea que no siempre expresa la verdad. Esa línea dice, asegura, afirma que el fallecido murió confortado con los Auxilios Espirituales y la Bendición Apostólica. Por desgracia, ese detalle tan importante no ha sucedido más que en la esquela, porque el muerto se fue al otro mundo sin más auxilio que el de la ciencia, que no pudo vencer su enfermedad.
Es oportuno meditar sobre la responsabilidad de este trance. Quizá el enfermo estuviese deseando la presencia del sacerdote, para que le avalase su último pasaporte hacia la eternidad; para sincerarse con él y hacer paces con Dios, en el momento mismo en que el alma va a llegar a su encuentro. Acaso el moribundo cree que entre las personas que le rodean en su lecho de muerte ha habido una, la más allegada o la más querida, que no ha olvidado ese importante encargo de avisar al sacerdote.
Sólo cuando todos los trámites están realizados se cae en la cuenta de que el sacerdote no estuvo allí y que el muerto va a ser enterrado «sin Auxilios Espirituales». Eso, aparte de que socialmente no está bien —pensarán ellos—, tampoco está bien para una familia católica. Y cuando los empleados de la funeraria han colocado el ataúd en la capilla ardiente, es avisado el sacerdote para que administre al muerto los últimos Sacramentos, como si los muertos pudieran recibir algo.
La escena es ridícula y movería a la risa si no fuese realmente trágica. Sin duda que es elegante y avala la condición de persona seria y prudente, esa coletilla mentirosa al pie del nombre en las esquelas. Es un engaño fácil en el que caen numerosas familias. Claro es que el perjudicado es el muerto; la persona que dio el último suspiro sin una palabra de esperanza a su lado, sin una voz que le dijese que Dios iba a tener misericordia con él, si se arrepentía de todos sus pecados y suplicaba el perdón con humildad. El perjudicado es el muerto, que llega al otro mundo con un equipaje vacío, sin nada en él que pueda garantizarle un mínimo de humildad y de esperanza.
Y de esta tragedia, ¿quién es el responsable? Conviene meditar seriamente la circunstancia.
Es ridículo pensar que los enfermos se asustan y empeoran ante la presencia del sacerdote. O se es católico o no se es. Y si se es católico de verdad, no será necesario estar en riguroso peligro de muerte para que el sacerdote visite al enfermo; como tampoco, si la gravedad es auténtica y la muerte es segura, se asusta un enfermo que sabe que cuando se marche el sacerdote de su alcoba, su próximo encuentro va a ser el más trascendente, porque se va a ver cara a cara con Dios, al que habrá de dar cuenta de todas sus obras.
Las esquelas mienten muchas veces. Se publica lo que pide el familiar que encarga la esquela: ¿Con qué responsabilidad? Lo cierto es que se trata de un engaño pobre, en el que nadie cree, a sabiendas de que se trata de una estafa a la conciencia de quien acaba de morir. ¿Sería mejor silenciar esa circunstancia? Tampoco lo sé. Lo cierto es que nuestra obligación es proporcionar «de verdad» los últimos Sacramentos a quienes están en trance de muerte; lo contrario es reírse del finado, de Dios y de la eternidad. Y es una risa trágica, ¿no creen ustedes?
Francisco Loyola
Sucedió, pues, que dominicos y franciscanos se reunieron para la acostumbrada conferencia espiritual preparatoria a la ordenación sacerdotal de muchos de ellos. Llegado el momento, el P. Graciano cayó en la cuenta de que no había encargado a ninguno de sus religiosos hiciera la consabida plática. Suplicó entonces insistentemente que alguno de los dominicos presentes dirigiese a los ordenandos una exhortación, acomodada a aquella solemne circunstancia. Cortésmente fueron todos excusándose, alegando no estar prevenidos para el caso.
En una ceremonia muy solemne, fue bendecida en la iglesia parroquial de San Francisco de Asís una imagen del Santo Patrono y colocada la piedra fundamental de las instalaciones que se levantarán para la escuela. Crecida cantidad de público se dio cita en la ceremonia, que contó también con la presencia del vicario capitular, monseñor Ildefonso María Sansierra; del ministro de Gobierno, D. Eduardo Bazán Agrás; el intendente de la capital, D. Domingo Javier Rodríguez Castro; otras autoridades provinciales y nacionales; del cónsul honorario de España, D. Felipe Serer Palacios.
Un capuchino elevado a los altares