Índice del número 84
Junio de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm
- Temas para el IV Congreso Nacional
Terciario-Franciscano.
La Maestra de la verdad. F. M. Morales
La perfecta alegría. Fr. Francisco Lliteras, ofm
El lirio. Fr. Juan Bta Gomis, ofm - La segunda Orden franciscana. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
Armonías seráficas. Fr. Gerardo Boluda, ofm
Limosna de corazones. Fr. Manuel Balaguer, ofm
María Magdalena. Fr. Juan Alventosa, ofm
Mis dos amores. Lolita Marco Fandos, antoniana - Excursión a Santo Espíritu.
Exposicion franciscana.
Informaciones
Temas para el IV Congreso Nacional
Terciario-Franciscano Ibero-Americano
que ha de celebrarse en Madrid los días 15, 16, 17, 18 y 19 de Junio de 1927, en conmemoración del Vil Centenario del Tránsito al Cielo de San Francisco de Asís
(conclusión)
La V. O. T. y la paz social
XXIV. Fracaso de las ciencias en la solución del problema social. Es una cuestión religiosa. En el espíritu de la V. O. T. tiene solución. Instituciones históricas franciscanas de pacificación social. ¿Cuáles conviene restaurar y cuáles cultivar en los actuales tiempos?
XXV. Los Terciarios, apóstoles de la paz. La verdadera paz de las naciones reside en el espíritu franciscano, como espíritu evangélico. San Francisco, Pacificador de los pueblos. Excelsos ejemplos de los hijos de San Francisco en la historia de la paz de las naciones. San Buenaventura, San Juan de Capistrano, San Lorenzo de Brindis...
XXVI. Necesidad de estas dos virtudes: caridad y benevolencia para que sea un hecho la paz social. Reglas prácticas de conducta sobre el particular que deben observar las Terceras Ordenes y los Terciarios.
XXVII. Valor teológico social eminentemente pacificador de la limosna. Cuidado con que deben ser educados los Terciarios en este punto. Importancia y necesidad de las pequeñas cuotas mensuales en las OO. TT. Medios más fáciles de recaudarlas.
XXXVIII. Devoción grande de San Francisco a la Sagrada Eucaristía, vinculum unitatis. Respeto de los Terciarios a! sacerdote, nuncio de paz. Deber de los mismos de contribuir al esplendor del culto divino. Instituciones para fomentar esta idea.
XXIX. El espíritu de la Regla Terciaria es lazo de unión entre el rico y el pobre. Los aproxima en el mutuo respeto y en la santa fraternidad, borrando las odiosas diferencias entre ellos. ¿Qué medios prácticos son más aconsejables para fomentar este espíritu en el seno de las TT. OO. Franciscanas?
XXX. Espíritu evangélico-social de paz y amor encerrado en este precepto de la regla. Cuidado grande de los enfermos que debe haber en las TT. OO. Doctrina y ejemplos de San Francisco sobre el particular. Instituciones que conviene fomentar para el fiel cumplimiento de este precepto de la Regla.
XXXI. Paciencia en las enfermedades necesaria para la paz interior. Solicitud de los Terciarios para que sus enfermos reciban los últimos Sacramentos. Verdadera fraternidad contenida en este precepto. Cuidado que se debe tener de quebrantarlo. Medios de evitarlo.
XXXII. La caridad de la T. O., hermana de la paz, se extiende más allá del sepulcro. Número de sufragios que pueden establecerse en cada Hermandad, según las circunstancias. Los Directores deben vigilar constantemente por el cumplimiento de este punto.
Temas de carácter ibero-americano
XXXIII. El cordón franciscano es el mejor lazo de unión entre España, Portugal y América. Lo prueba la Historia; lo dice su significación; lo conseguirán los hijos de San Francisco de ambos mundos, porque es emblema del espíritu franciscano, de amor, de paz y de bien. Programa de acción franciscana con esta orientación.
XXXIV. Misión providencial del franciscanismo en la colonización y pacificación de América, según la Historia. Cómo la Orden Franciscana trató, amparó y defendió siempre al elemento indígena, ligándolo fuertemente a la Iglesia y a la Patria. Necesidad de divulgar esta idea. Medios prácticos de lograrlo.
XXXV. El apostolado social, eminentemente pacificador, de los Franciscanos y Capuchinos de España en las Misiones de América. Labor de unión fraternal entre España y las Repúblicas Sudamericanas realizada por aquéllos. Deber de los respectivos Gobiernos de fomentarla e intensificarla. Medios de lograrlo.
XXXVI. En el movimiento actual de aproximación de España a Portugal y a América española, los Franciscanos, hijos de las tres Ordenes de los citados países, están en el deber, fieles a su historia, de franciscanizar ese movimiento, dándole un sello profundamente católico y patriótico. Conveniencia y normas de una actuación práctica en este sentido.
XXXVII. No existe Institución alguna que tenga historia tan gloriosa en el descubrimiento, evangelización y colonización de América como la franciscana. Conveniencia de una intensa labor de vulgarización de esta verdad; medios aptos para hacerla. ¿Podría instituirse una fiesta, similar a la de la Raza, patriótica y franciscana, que lo recordase todos los años?
Advertencias sobre las memorias
La Junta Nacional del VII Centenario, organizadora del Congreso Terciario-franciscano, solicita de todos los hijos y devotos de San Francisco su cooperación al Congreso, mediante el envío de Memorias sobre los citados temas. Estas podrán tener la extensión que sus autores juzguen conveniente; deberán estar claramente escritas, a ser posible a máquina; revestirán carácter eminentemente práctico, expresado en alguna o algunas conclusiones, resumen de las memorias, y, finalmente, se deben remitir, cuanto antes, a las Secretarías generales del Centenario, Cisne, 12, y Plaza de Jesús, 1, apartado 410. Las Ponencias informarán sobre las Memorias y, las que fueren dignas de ello, serán publicadas en la Crónica del Congreso.
El magisterio católico
La Maestra de la verdad
Uno de los títulos que suelen ostentar con marcada satisfacción las grandes instituciones humanas, como sello de nobleza y de rancio y exquisito valor que acredita la utilidad, la verdad y la pureza del ideal que las trajo a la Historia, es la antigüedad de su fundación y la firmeza de sus constituciones.
Mirada aunque sólo sea por este aspecto, la Iglesia Católica no tiene rival que pueda disputarle, no sólo su antigüedad, dos veces milenaria, sino la permanencia y la duración de su vida inmortal y triunfante, ni la alteza y sublimidad del ideal que sostiene. Nada más permanente y sólido que la asistencia que se la ha prometido, ni más alto que la verdad que se le ha confiado, ni más noble que el encargo de propagarla y enseñarla a todas las gentes, ni más puro y limpio que su doctrina, purísima por lo inalterable, e inalterable por su limpieza encantadora y peregrina.
La Iglesia Católica es la Cátedra por excelencia, y no hay templo ni santuario, por humilde y pobre que sea, que no tenga, juntamente con el Tabernáculo y la piscina regeneradora de la Penitencia, una tribuna, llamada Cátedra del Espíritu Santo, desde la cual se anuncia y se predica a los cuatro vientos la Verdad católica, fundamento de todas las ciencias, piedra angular de todos los conocimientos humanos.
Y como ella es la depositaría y tiene la exclusiva del Magisterio universal, no cabe argumento sólido que demuestre científicamente lo contrario de lo que Ella afirma, ni escuela o tendencia que pueda presentar un principio firme que sea opuesto al que Ella sostiene. Por inducción o por deducción, por análisis o por síntesis, se llega necesariamente, desde cualquier punto de vista científico, a la afirmación lógica de un principio sin principio, de una causa sin causa, de un fundamento sin fundamento, que es a la vez el fundamento, la causa y el principio de todas las realidades actuales y posibles; es decir, al conocimiento de la existencia del Dios Católico Uno y Trino, que su Santa Iglesia, a quien asiste con asistencia real y permanente, adora y proclama. Doctrina a un tiempo mismo tan encumbrada y tan sencilla, no repugna, antes se acomoda convenientemente a la razón humana, ese reflejo de la Inteligencia infinita proyectado por Dios en las criaturas inteligentes, juntamente con la libertad, inseparable atributo de la razón, para que, mediante la fe, documento sellado de valor infinito, que otorga Dios a los seres racionales como complemento de su infinita Sabiduría, puedan afirmar de El, sin error, su incomprensible esencia, sus inefables atributos y sus impenetrables designios.
La Iglesia Católica, como hija de la verdad, la abraza toda en su amplísimo círculo. Ella sola tiene, por delegación, la facultad de enseñar a las gentes, y por eso se llama a sí misma Maestra de la Verdad y directora de conciencias, sin que razonablemente se le puedan disputar tan excelsos títulos; y por lo mismo ha elevado a la categoría de dogma su infalibilidad en las definiciones de la fe y las costumbres.
Enseñar a las gentes prescindiendo del Catecismo, compendio de la Doctrina católica, que lo explica todo y sin el cual nada se explica, es un atrevimiento inconcebible que, interpretado en frase vulgar, es meterse el hombre donde no ha sido llamado; pues para el delicado ministerio de la enseñanza, que es apostolado, se necesita «vocación» o impulso sobrenatural, porque hay verdadero sacrificio; y éste se manifiesta en la inmensa desproporción de la recompensa, en lo humano, a esa función que es divina. Pero enseñar a las gentes con oposición manifiesta al Catecismo, es función satánica contra la que debieran levantarse en España hasta las piedras.
Sanciones terribles tiene el Evangelio para los malhechores de la inocencia, cuyas negras conciencias ponen espanto en el ánimo más sereno. Pero es incomprensible la apatía punible de los que se cruzan de brazos y se muestran indiferentes y sordos ante la plaga que ha infestado ya el campo de la enseñanza, y singularmente el de la primaria, que, por tratarse de la niñez, inspira compasión lástima.
Urge, sin dilaciones, estudiar a fondo .e incorporar el problema de la enseñanza a los problemas de las nuevas orientaciones político-sociales, dándole la preferencia sobre los demás problemas de la vida nacional.
Así como la moneda es el signo de los valores materiales, así el hombre es el signo de los valores morales de un pueblo.
Por muy bien que se trabajen los negocios materiales, cuanto mejor se presenten, tanto mayor será el desencanto si, al realizarlos, se ve que la moneda es falsa.
Por muy profundamente que se estudie la cuestión social, cuanto más amor y desinterés y apostolado se ponga en ella, tanto mayor y destructora nos parecerá la catástrofe nacional, cuando, al echar mano de los valores, veamos que la moneda-hombre, formado en las muchas fábricas clandestinas, públicas y privadas, que funcionan en España, no lleva el cuño legal de la Iglesia.
A la categoría de cruzada elevaría yo esta cuestión fundamental; porque la gangrena, que ha penetrado ya en el alma nacional, avanza a marchas forzadas, y la trayectoria de la escuela al cuartel, por donde viene el enemigo, es corta y muy estratégica.
F. M. Morales.
Con motivo del Centenario
La perfecta alegría
Candorosa, hechicera y odorífica flor seráfica de los místicos y encantadores vergeles del Padre San Francisco de Asís, es la que en su misma cuna fue ya bautizada con el nombre puesto hoy de epígrafe a este pobre artículo. Bendita sea una y mil veces tan galana, rica y perfumada flor, y otras tantas sean también benditos los efluvios de virtud y santidad con que ella enriquece, purifica y embalsama esa fétida y asfixiante atmósfera de crudo naturalismo que nos envuelve y persigue en todas partes.´

La perfecta alegría. Carmelo Jaén Azañón
No reproduciremos aquí tan hermosa como suculenta página literaria por ser harto conocida de nuestros amables lectores y andar en sus manos el áureo libro donde otra vez podrán leerla cuantos quieran solazarse de nuevo con su amena y jugosa lectura. Mas como lo que mucho importa para nuestras almas es entenderla bien y alcanzar el máximo posible de su verdadero significado, vamos a ver si logramos ahora, con el favor y ayuda de la gracia del Señor, facilitar para quienes lo necesiten, la clara inteligencia del espíritu religioso que la informa.
Nuestros constantes anhelos son de que todos saquen, sin dificultad ni tropiezo, la médula de este cedro seráfico-franciscano, que extirpen con ella de raíz esas fiebres ardientes de alegrías vanas, de mundo y de carne, que atosigan las almas, consumen sus mejores energías sin fruto y las matan, si no se acude a tiempo con este elixir de eficacia universal.
Por «alegría», tomando este vocablo en su acepción más general y abstracta, entendemos aquí una viva, grata e íntima sensación de paz v bienestar, de quietud y sosiego, de satisfacción y regocijo, de dulzura y gozo, de consuelo y júbilo, de admiración y complacencia, de contento y entusiasmo, de gratitud y reconocimiento, que en sí experimenta la persona afectada.
Sus causas pueden ser múltiples. Unas veces son el bien que nos ha venido, el que nos viene de presente o que esperamos nos vendrá más adelante; y otras el mal de que nos hemos librado, de que nos libramos en la actualidad o de que prometemos librarnos en lo sucesivo. Un día será el vivo recuerdo de bienes y favores hechos, que hagamos entonces o que pensemos hacer en lo futuro; y otro día la aprehensión fuerte del mal felizmente evitado, que evitemos en aquellos críticos momentos o que tratemos de evitar a todo trance. Hoy serán la devota contemplación de la naturaleza creada en sus variados aspectos, las eternas misericordias de! Altísimo para con el hombre prevaricador o el triunfo de la verdad y de la justicia en contra de las maquinaciones de los malvados; y mañana la vista de unos buenos ejemplos, el dulce acento de unas palabras alentadoras o el socorro oportuno de una necesidad apremiante. Después será un saludo, una noticia, una carta, el olvido de una ofensa, el perdón de una injuria, etcétera, etc.; porque sabido es que todas las cosas cooperan a la paz, bien, alegría y felicidad de los santos de Dios.
En esta acepción común, nuestra alegría puede ser perfecta o imperfecta, y será lo uno o será lo otro según las causas de donde proceda y su modo ordinario de obrar en nosotros. Así diremos, por ejemplo, que es «perfecta nuestra alegría» cuando a ella no le falta ningún constitutivo esencial ni le sobrevenga vicio ninguno de agente extraño. Pero diremos que es «imperfecta» cada vez que adolezca de alguna de estas faltas o que no trascienda las fuerzas naturales ni supere las industrias humanas.
Entre estas alegrías de sí «imperfectas», coloca nuestro seráfico Padre una larga serie que parecen dignas de mejor causa, porque a primera vista se confunden con el oro de buena ley. Tales son para nosotros dar grandes ejemplos de santidad y de buena edificación, iluminar a los ciegos, curar a los tullidos, arrojar a los demonios, restituir el oído a los sordos, hacer que anden los cojos, que hablen los mudos y que resuciten los muertos de cuatro días. En esta misma categoría encierra nuestro amado Padre el saber todas las ciencias y todas las lenguas y toda la Sagrada Escritura; profetizar y revelar las cosas venideras, penetrar los secretos más ocultos y conocer el estado de las almas; hablar con lengua de ángel, saber el curso de las estrellas, descubrir la virtud de cada hierba, tener revelación y conocimiento de los tesoros que entraña la tierra, de las propiedades de los pájaros, y de los peces, y de todos los animales, y de las piedras, y de los árboles, y de las raíces, y de las aguas, y de todos los elementos creados, y del hombre rey universal de la creación; como también el predicar de modo que se conviertan todos los infieles a la fe de Jesucristo y se salven por mediación de un celo tan legítimo y apostólico. Todo lo cual deslumbra a los poco avezados a los achaques del espíritu, los llena de entusiasmo y les hace creer que, alegrándose en esto y por esto, y a están en posesión y pleno usufructo de «la alegría perfecta», no obstante de que aún distan mucho de haber alcanzado un don tan precioso.
¿En qué consiste, pues, la perfecta alegría en la mente de tan santo Patriarca? Con todo lujo de detalles se lo dice él mismo a Fray León, su inseparable compañero y especial confidente, al describirle, sólo por vía de ejemplo imaginario, el mal recibimiento que supone de sus personas en Santa María de los Ángeles, a donde se encaminaban entonces los dos calados enteramente por la lluvia, ateridos por el riguroso frío de aquella estación, cubiertos de lodo y de nieve sus hábitos, y aquejados por el hambre, por el cansancio del camino y por las inclemencias de una noche de crudo invierno, cuando más sentían la imperiosa necesidad de abrigo, de reposo y de alimento, después de hecho a pie un viaje tan largo.
Supone allí el Padre San Francisco que el hermano portero se niega resueltamente a dispensarles clase ninguna de socorro, que les cierra la puerta sin piedad, que se impacienta con ellos porque insisten en llamar y pedir misericordia g por amor de Dios, que sale afuera con un bastón nudoso, los coge por la capucha y los tira violentamente al suelo, que los revuelca con crueldad entre la nieve, y que los lastima y muele a palos, sin que logren ablandar su furia con sus ruegos, ni con sus gemidos ni con sus lágrimas; por cuyo motivo se ven ambos en la dura necesidad de pasar aquella noche a la intemperie antes dicha, abatidos de fuerzas, muertos de hambre y sólo hartos de injurias, de baldones y vituperios, con toda la restante sarta de crueldades inauditas.
Mas también le dice y asegura a Fray León, su fiel secretario, que si soportaran entonces con toda paciencia este género de martirio, de modo que no se turbaran ni murmuraran de nadie, antes bien, pensaran humilde y caritativamente que aquel hermano portero les conocía de verdad, que les daba allí el trato que mejor se merecían, y que era Dios quien le hacía hablar, discurrir y obrar de aquella manera en contra de ellos, habían encontrado ya «la perfecta alegría», la cual está en ese sufrir penas y trabajos con Cristo, en Cristo y por Cristo bendito.
Por esto quien la busca en el cumplimiento del deber de cada instante, en la completa abnegación de la propia voluntad, en su continuo morir a todo lo humano, en su constante vivir para sólo Dios, y en copiar en su alma la imagen del Crucificado, único que puede colmar nuestros anhelos de paz y de bien en la vida presente y en la futura, la encuentra, la disfruta y con ella se desposa.
El lirio
¿Qué tiene de singular ¿No hay flores que lo aventajan ¿Desconocen la violeta ¿Y qué diré de las rosas, |
¡Cuántas flores bellas hay! ¿Por qué, pues, es tan buscado ¡Ya lo sé! Por San Antonio,
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