Índice del número 87

Septiembre de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm

Durante el pasado mes de Agosto, el P. Antonio Martín, Vicario general de los Frailes Menores, pro Hispania, practicó en todos y en cada uno de los Conventos enclavados en los límites de esta Seráfica Provincia de Valencia, la Santa Visita Regular que ordenan las Constituciones generales de la Orden Franciscana.

El objeto que se propone la Visita es doble: primero, fomentar la observancia regular en las Comunidades religiosas; segundo, la preparación del Capítulo Provincial que debe efectuarse cada tres años para la renovación de los Superiores que han de gobernar las Provincias Regulares en que se divide la Orden.

Terminada felizmente con el favor de Dios la Santa Visita que sirvió para poner de relieve el verdadero espíritu seráfico que florece en las casas franciscanas de esta región valenciana, el P. Vicario general determinó la celebración del Capítulo Provincial, bajo su presidencia, para el día 31 del pasado Agosto, convocando, al efecto, con anticipación a los Padres vocales en el recogido e histórico Monasterio de Santo Espíritu del Monte.

Reunidos los Capitulares en número de diez y ocho, representando dignamente por su número y calidad a esta floreciente Provincia Seráfica, se tomaron algunos acuerdos de verdadera transcendencia para la marcha de las Comunidades y el mejor desenvolvimiento de las actividades a que dedican sus energías los religiosos; y en el día de ayer fueron, además, canónicamente elegidos para el régimen superior de esta Provincia regular los siguientes religiosos:

Ministro Provincial: P. Luis Fullana.
Custodio Provincial: P. Lorenzo Pérez.
Definidores Provinciales: PP. Fernando Fabregat, Demetrio Moltó, Luis Colomer y Ricardo Pelufo.

La reelección de algunos de estos religiosos para los mismos cargos que ya desempeñaban es una garantía del éxito de su anterior gobierno y una realidad de que el acierto les acompañará en el actual. A todos la enhorabuena.

Como el Capítulo Provincial continúa todavía reunido cuando escribimos estas cuartillas y la salida forzosa de esta revista se impone para el día primero del mes, no podemos insertar en el presente número los nombramientos de los Superiores subalternos que en el próximo trienio han de estar frente de las casas o Conventos franciscanos de la región. Los publicaremos el mes próximo.

Mientras, sólo nos resta pedir al Señor que ilumine a los nuevos Superiores de esta Seráfica Provincia y les dé acierto en el desempeño de sus cargos para que sus determinaciones vayan encaminadas al progreso espiritual y material de la misma.

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Convento de Santo Espíritu del Monte

En el cual, bajo la presidencia del P. Vicario General de los Franciscanos españoles, está actualmente reunido el Capítulo Provincial de esta Seráfica Provincia de Valencia.

En este histórico monasterio se están llevando a cabo grandes reformas en su fachada y en otras partes del edificio, que serán solemnemente inauguradas el último domingo de este mes.

Las obras se efectúan merced al generoso desprendimiento del benemérito patricio don José Moreno, de Torrente, bienhechor de la Comunidad.

Con motivo del Centenario

Los grados de la alegría perfecta

Queremos suponer que nuestros piadosos y amables lectores saben ya perfectamente que la alegría a que se refiere nuestro seráfico Padre San Francisco de Asís en su bien sentida plática con el angélico Fray León, es patrimonio exclusivo de los "cristianos que viven en gracia y amistad de Dios; el cual la derrama y difunde por todo nuestro ser. Les suponemos, además, enterados de que procede igualmente de la "interior aprobación o visto bueno con que nuestra propia conciencia, ilustrada por la fe y guiada por la razón, autoriza de plano, firma con mano segura y sella sin escrúpulos nuestros pensamientos, palabras, operaciones y omisiones conscientes, cada vez que lo halla todo ajustado a la ley de Dios y a los códigos de los hombres que tienen la noble misión de interpretarla, de darla a conocer y de hacerla respetar, cumplir y amar sobre la tierra.

Desde que comienza a formarse en nosotros hasta que llega al último de sus complementos, recorre esta alegría en las almas verdaderamente justas, una escalera de cinco peldaños o gradas de ascensión mística, en cada uno de los cuales las personas devotas que van subiendo por ella hasta el trono de su Dios, experimentan sus dulces y sabrosos efectos en armonía con el estado de perfección que han alcanzado y con las disposiciones personales que aportan a su porvenir religioso.

«Gracia santificante», «limpieza de todo pecado formal», «perfección ascética», «vida de santidad» y «estado de víctima voluntaria», son los nombres con que expresamos nosotros estas cinco gradas, procediendo de menos a más. Aquí están encerradas todas las razones de nuestro continuo bregar con los enemigos de nuestra alma, que nunca duermen ni cejan siquiera en sus titánicas luchas en contra de nuestro infortunado espíritu.

La grada primera es la que denominamos «gracia santificante» de los que sólo evitan el pecado mortal, si adquieren hábito de vivir largo tiempo sin él. En esta primera grada, los pecadores que poco antes aún yacían sepultados en el inmundo lodazal de sus vicios y pecados graves, recobran la vida de su alma y quedan ya constituidos siervos e hijos adoptivos del Dios. Subieron a ella después de haber reflexionado seriamente sobre las miserias de que eran víctimas en su estado de pecado, y sobre los bienes espirituales de que se hacían acreedores luego que salieran de él. Con esto se levantaron de su ominosa postración, renunciaron los placeres gravemente pecaminosos de la carne y vivieron adonde ahora están. Les costó mucho dar este primer paso de renovación espiritual; pero lo dieron al fin, y desde entonces, hallándose en lugar seguro, se alegran en el Señor, y se regocijan en Dios su divino Salvador. Se gozan en Aquél que les dio el querer y obrar esta gran mudanza, y con ello se consideran y son i también felices de verdad, si bien su alegría actual es la que se llama de primer grado. Si saben ellos mantenerse aquí con firmeza y hacer méritos para más, no tardará la gracia en subirlos ordenadamente, tal vez hasta las cumbres de la santidad.

Damos el nombre de segunda grada a la «limpieza de pecado formal», cuando los que subieron a ella tienen hábito contraído de no cometerlo deliberadamente bajo de ninguna de sus formas. Suele llegarse aquí pasando por muchas tribulaciones, y a veces chorreando sangre por innumerables heridas del yo humano. Mas después de cada victoria sobre los enemigos del alma, disfruta el yo divino alegrías tanto más intensas, tanto más finas, tanto más confortantes y alentadoras, tanto más verdaderas y perfectas.

Con esto los soldados de Cristo se acostumbran a los combates del espíritu, y llegan a sentir de tal modo la necesidad de seguir luchando contra las pasiones de todo género, que se echan al campo dispuestos a dar su sangre y su vida por la buena causa que ellos persiguen.

La tercera grada es la «perfección ascética». Los que han hecho esta tercera ascensión hacia la patria bienaventurada, sobre no cometer pecado mortal ni venial, tampoco incurren advertidamente en lo que llamamos imperfecciones no pecaminosas. Por esto son pa almas perfectas. Su característica es negarle siempre al yo humano cuánto les pida fuera de razón. Su lema es hacer en todo caso la voluntad de Dios, por formidables que sean los sacrificios a que por esta causa se vean expuestos.

Desde las alturas de esta grada, los que miran hacia abajo, contemplan con fruición inaudita a sus enemigos acribillados de heridas y muertos a sus pies; los que miran hacia arriba, ven con entusiasmo las coronas con que les brindan Dios y sus ángeles; los que esparcen sus ojos en torno supo, se ven rodeados por doquiera de nuevos peligros y comprenden la necesidad de permanecer firmes en la brecha; los que sondean su propio interior, descubren en el centro de sus almas el trono y asiento de su Dios ya cubierto por un cielo sin nubes, iluminado por un sol sin eclipses y revestido de una perfección sin manchas, con lo cual se acrecienta no poco su jubilosa alegría. «¡Qué bien estamos aquí, dicen ellos entonces, donde ni el pecado mortal, ni la culpa venial, ni la imperfección voluntaria, pueden disminuir ni tampoco enturbiar las fuentes ni los manantiales de nuestra dicha ni de nuestra felicidad!»

La cuarta grada es la de los santos que aún viven en la tierra, y que denominamos «vida de santidad», en el sentido más riguroso de esta palabra. La característica de los que han subido tan alto es hacer lo que a Dios más le agrada. No lo que Dios quiere hacen éstos, sino lo que Dios prefiere. Les parece muy poca cosa trabajar simplemente a la gloria de Dios cual lo hacían en la grada anterior. De aquí que pongan ahora todo su conato en obrar siempre a la mayor gloria de Dios. Así es que de su parte le dan a Dios la gloria más grande que pueden, el gusto más cumplido, la satisfacción más completa, la obra más acabada. Y esto por hábito, por costumbre, por inclinación propia, por instinto natural.

«Estado de víctima voluntaria» es el nombre de la quinta y última grada. Para efectuar de lleno esta postrera y admirable ascensión de las almas hasta su Dios, se requiere caldear antes y derretir el corazón de los santos en los altos hornos de las llagas de Cristo, que son fuego puro de infinita caridad. Sobre haber atormentado, pisoteado y muerto al yo humano en las gradas que preceden, se necesita ahora enclavarlo en la cruz del Redentor y mantenerlo pendiente de ella hasta que el yo divino haya cantado sobre él la última de sus victorias.

Las almas que han alcanzado esta última grada, prefieren también por hábito, en igualdad de circunstancias, lo penoso a lo placentero, la humillación a la exaltación, la cruz y martirio a la molicie de las cortes y a los tronos de los reyes,, hasta que han reproducido en sí mismos la bella imagen del Crucificado, cual antes lo habían propuesto. Cada vez que entonces padecen en Cristo y por Cristo, reciben una satisfacción tan grande, una alegría tan perfecta, un gozo tan consumado, que no puede contenerlo su pecho, ni cabe en su alma, ni halla suficiente espacio en su corazón. Cuando ya el Santo puede decir de verdad: «Soy otro Cristo», «enclavado estoy con Cristo», «mi vivir es Cristo», «no me glorío sino en la cruz de Cristo»..., también es ya cierto que el gozo espiritual ha colmado su medida. Este Santo es ya feliz sobre la tierra. Nada ni nadie le arrebatará el gozo que inunda su alma y de que no pocas veces participa también el cuerpo en grado sumo.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

A la Virgen

¡Madre!, ¿qué mayor delicia
que poderte así llamar?
¡Nombre que suena a caricia
para aquel que sabe amar!
Nombre bendito que llena
de consuelo el corazón,
cuando ahogado por la pena
gime lleno de aflicción.
Nombre cuyo dulce encanto
tiene algo de celestial.
Nombre que parece un canto
elevado al ideal.
¿Cómo podré yo pagarte
el poder llamarte así?
Virgen, ¿qué podré yo
darte que sea digno de Ti?

❖ ❖

De mi huerto, Madre mía,
poca flor puedo ofrecerte;
no han abierto todavía,
que aún mi alma es poco fuerte.
Mas lo cuidaré afanosa
para que broten pujantes
de la semilla preciosa
que el mejor de los amantes
siembra en ella bondadoso
para que la cuide yo,
convirtiendo en huerto hermoso
el alma que me entregó.

Y a Ti, que supiste ser
el jardín de sus amores;
a Ti, en quien vio florecer
las más deliciosas flores,
te suplico humildemente
que me ayudes a cuidar
mi alma tierna, que inocente
quiero siempre conservar.
Así te podré traer
de virtud mil florecillas,
que Tú podrás ofrecer
al dueño de las semillas,
que deseo que al mirar
que las cuido diligente,
siembre en mi alma sin cesar
con su mano omnipotente.

❖ ❖

Por eso a tus plantas vengo
a decirte confiada
los propósitos que tengo,
que cumpliré, Madre amada.
Y como nada mejor
puedo ofrecer este día,
traigo este ramo y mi amor,
¡acéptalos, Madre mía!

Pepita Hernández Alfonso.

Cultura religiosa

Las llagas de San Francisco

¿Quién de nosotros no conoce a San Francisco por sus Llagas?

¿Quién no sabe que San Francisco fue llagado en el monte Alvernia por un serafín? He aquí uno de los caracteres más propios e inconfundibles del seráfico Patriarca. Cuando veáis la imagen de un santo que en sus manos, pies y costado lleva llagas exteriores, aún cuando no distingáis otras señales características suyas, no lo dudéis: es una imagen de San Francisco de Asís.

Oigamos cómo narra el seráfico Doctor San Buenaventura este hecho maravilloso:

«Hallándose el Santo en alta contemplación, en un lugar muy elevado del monte Alvernia, cierto día muy próximo a la fiesta de la Exaltación de la Cruz, vio la imagen de un serafín con seis alas brillantes, formadas de luz y de fuego, el cual, volando muy velozmente, vino a pararse muy cerca de donde el Santo se hallaba.

Llagas de San Francisco

San Francisco de Asís recibe las llagas. Iglesia del convento franciscano de Cocentaina (Alicante).

Al ver esto, quedó Francisco estupefacto y como fuera de sí, sintiendo en su alma y en su cuerpo un gozo y dolor vehementes, y dándole Dios a entender que iba a ser transformado en una imagen verdadera del Crucificado.

Desapareció la visión, dejando el alma del Santo inflamada en el fuego del amor divino, y apareciendo en su cuerpo, en las manos y pies, las señales de los clavos, cuyas cabezas aparecían fuera de la carne en las palmas de las manos y en las plantas de los pies, y las puntas salían por el dorso de unas y otros, pareciendo estar remachados y retorcidos en la parte opuesta. De igual modo, en el costado derecho, cual si hubiese sido atravesado por una lanza, se vio una herida larga, no cicatrizada, roja y sangrienta, la cual muchas veces derramaba sangre del santo pecho de San Francisco, empapando la túnica y los paños menores. Así bajó Francisco del monte Alvernia, llevando en su cuerpo la imagen del Crucificado, impresa maravillosamente por el mismo dedo de Dios.»

Este es el hecho estupendo, maravilloso, extraordinario, narrado por el seráfico Doctor San Buenaventura, y que consta, además, en la primera «Vida del Santo», por Celano, en las «Florecillas»
y en la «Leyenda o historia de los tres compañeros», uno de los cuales tocó con sus propias manos dichas llagas, en vida del seráfico Patriarca.

Mas en esto, como siempre que se trata de fenómenos y maravillas del orden sobrenatural, no han faltado ni faltan incrédulos y racionalistas que niegan la realidad del hecho maravilloso.

Hay quienes dicen que las Llagas de San Francisco fueron debidas a enfermedad nerviosa, a un desarreglo mental producido por abuso de la mortificación o abstinencia, a sueños hipnóticos, o a otros efectos del ardor de la imaginación.

Mas todo esto es completamente falso y destituido de fundamento racional y sólido, pues nunca ha podido ser tal el poder de la imaginación que haya llegado a formar llagas y estigmas de una forma determinada, por el solo hecho de habérselas imaginado el enfermo.

Y todos estos inventos falsos de los incrédulos y racionalistas quedan brillantemente refutados por las terminantes palabras del sabio Pontífice Benedicto XIV, quien habla así, a este propósito: «La impresión de las Llagas de San Francisco fue un milagro divino, y no puede por tanto explicarse por causa natural, por artificio humano o imaginación, porque en las manos y pies del Santo se formaron clavos hechos de nervios o de carne. Estos clavos tenían una cabeza resistente, ancha y aplanada; su punta se prolongaba al otro lado de los pies y de las manos, y se encorvaban de tal suerte, que se podía meter un dedo en el círculo que formaban al encorvarse. Supongamos por unos momentos que una causa natural o la misma imaginación tenga poder para abrir los tejidos de la carne; pero aún cuando se les ayude por medios artificiales, jamás podrán formar clavos de esta forma y dureza con la materia de los nervios y de los huesos.

Por las mismas razones, la herida del costado no ha podido ser producida en la forma que tenía por efecto de una causa física ni de la imaginación, y además, de haber sido así, no hubiesen podido conservarse dos años sin corrupción ni alteración, como se conservan en el cuerpo del bienaventurado San Francisco.»

Así habla el sabio Pontífice, con cuyas autorizadas palabras quedan desvanecidas y rechazadas las razones vanas de los racionalistas e incrédulos que se atreven a negar este hecho tan portentoso y suficientemente comprobado.

Fue, pues, un milagro de la Omnipotencia divina la impresión de las Llagas en las manos, pies y costado de San Francisco, y será este portento, hasta el presente, una de las señales más seguras e inequívocas que distinguirán siempre al seráfico Patriarca de los demás Santos.

Besad reverentes las Llagas de este Santo, que fue un verdadero trasunto de Jesús Crucificado. Y no dudéis que por intercesión del Santo de Asís curará Dios las llagas que abre el pecado en nuestras almas, y os concederá que veáis un día, con vuestros propios ojos, las Llagas resplandecientes del mártir del Alvernia.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Teología mística

Ascensión intelectual

El alma humana es un inagotable tesoro de fuerzas desconocidas; no se sabe lo que hay escondido en sus amplios senos. Una de sus facultades más excelentes y nobles es el entendimiento, del cual nos servimos para remontarnos al conocimiento de las cosas. Puede ser estudiado con fruto por el filósofo, por el teólogo, por el psicólogo y por el místico. No se trata aquí de investigar su naturaleza y sus relaciones con el alma, su madre, sino de averiguar si es apto o no para elevarse al conocimiento de Dios, y de qué industrias se vale para conseguirlo.

No se puede negar que el hombre conoce algo de los seres que le rodean y hieren sus sentidos, pues establece diferencias entre ellos y los clasifica a su modo, diferencias de que luego se aprovecha en el curso de su vida. No son para él todas las cosas iguales; algo, pues, conoce de ellas. Se mira así mismo y ve que tampoco lo que en sí baila es idéntico, sino vario. Su conocimiento limitado y la diversidad de seres le hacen presentir la existencia de un conocimiento sin límites y de una suprema unidad donde radiquen las diferencias todas. Y, en efecto, entrambas perfecciones subsisten en Dios, como la fuente en el manantial.

Para subir a la contemplación más alta de los divinos atributos, el entendimiento da tres saltos de gigante, con los que llega hasta zambullirse en el abismo insondable del ser de Dios, Estos saltos son los tres grados de la escala espiritual, al fin de los cuales se halla Dios en su trono glorioso y resplandeciente.

Los tres actos o movimientos que para esto se ¡requieren son los siguientes: una afirmación, una negación y una imitación. Por el primero nos remontamos de lo visible a lo invisible y predicamos de Dios todas las perfecciones, bondades, excelencias y hermosuras que descubrimos, y admiramos en el mundo universo: la ciencia del sabio, la santidad de los justos, el cariño paternal, la valentía del soldado, la majestad de los reyes, la grandeza de los océanos, el brillo del sol, la placidez del cielo, la belleza de las flores, la dulcedumbre de la miel y la limpieza y claridad del agua. Entonces el alma se regala íntima y soberanamente viendo con los ojos del espíritu en su Amado, lo bueno, lo verdadero y lo hermoso, que con los ojos del cuerpo contempla en el vasto escenario de la tierra y del firmamento. Y lo conoce mejor, más ampliamente, más en su esencia y origen, por lo que también es más aquilatado, subido e intenso el gozo espiritual.

Elevado nuestro entendimiento hasta el ser de Dios y henchida su capacidad por la divina grandeza, se arroja con valentía en el mar sin límites de sus excelencias negándoles toda limitación y pequeñez, pues en Dios nada hay que no sea magnífico y acabado sobre toda magnificencia y perfección. ¡Cómo se complace y goza el alma en su Amado, experimentando que en él se recapitula conjuntamente todo lo que es mejor y digno de deseo, y sin que su mirada vivaz descubra ninguna mengua ni nota menos cabal! ¿Es posible traspasar este lejano y dilatado horizonte? Sí por cierto. Hundiéndose la mente humana en los arcanos impenetrables de la Divinidad, que es elevando la verdad conocida a la infinita potencia.

La inteligencia nuestra no puede abarcar en sí el ser infinito de Dios, pero puede concebirlo sin limitación alguna; esto no lo alcanza la imaginación, que es tasada; pero sí la mente desnuda de fantasmas e imágenes. Aquí concibe el alma a Dios con tanta alteza y prosperidad, que no le es dado levantarse a más altura; se ve anegada y compenetrada de Dios, y cómo Dios está en todas las cosas y todas las cosas en él por manera eficaz y real, aunque inexplicable por voces sensibles. Esta ascensión del alma, si se apoya puramente en la luz natural, puede llamarse contemplación filosófica o científica, y de suyo no es de provecho para la vida eterna; si procede de sobrenatural raíz, es decir, de la divina Gracia, será contemplación sobrenatural; y si, además, se experimenta el objeto contemplado, la contemplación es mística.

En fin, a Dios se le conoce y gusta por la intervención de tres hermosas luces: la natural, la sobrenatural y la mística. La primera, si va sola, para poco sirve; al principio deleita y atrae; pero luego cansa y fastidia. La segunda pacifica el reino interior del espíritu, ilustra el alma y la enamora suave e intensamente; cuanto más se goza, más se apetece. La tercera trueca el alma en volcán encendido de amores divinos: es como el ósculo de esposo que da el Verbo de Dios al alma esposa.

Fr. Juan B. Gomis, ofm

a

Venerada en el monasterio de Santo Espíritu del Monte. Tabla del siglo XV.