Índice del número 97
Julio de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- Al Doctor Seráfico S. Buenaventura. Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Comunión angélica. Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
El sordomudo. En torno al lago de Tiberíades. Fr. Juan Alventosa, ofm
Mutuo amor entre Dios y el alma. Fr. Ludovico Rubert, ofm
Fe íntegra. Cultura religiosa. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
¿Quien es María?. Página mariana. Fr. Buenaventura Botella, ofm - La generosidad. Virtudes selectas. Fr. Francisco Lliteras, ofm
El beato Raimundo Lulio.
Flor del cielo. Perlas del cielo. Fr. Manuel Balaguer, ofm
No tiene más que ocho años. Ecos de las misiones.
Las lluvias de este año. Divulgación científica. Fr. Eusebio Arbona, ofm - Informaciones
Crónica.
Fr. Pacífico Soler Blay. In memoriam.
Al Doctor Seráfico S. Buenaventura
VERDADERA FISONOMIA
Muchas son las grandes figuras del siglo XIII, que a pesar de los hechos admirables de su vida y de su ciencia profunda, han pasado a la historia envueltas entre sombras y tinieblas, las cuales nos han impedido poder admirarlas con toda claridad.
Dos de las figuras más extraordinarias de la Edad Media, que han sido objeto de muy diversas y contrarias afirmaciones respecto a su doctrina por estar envueltas entre sombras, son San Buenaventura y Beato Juan Duns Escoto.
En el Doctor Sutil, unos quisieron ver un alma rastrera, que sólo tenía por blanco de sus miras oponerse al sistema de Santo Tomás: otros a un predecesor del tristemente célebre filósofo de Krenisberg; y los más a un sabio sutilísimo, que emplea únicamente su ciencia para reducir a polvo impalpable, a fuerza de divisiones y subdivisiones, todos los sistemas filosóficos. Pero nada más falso y contrario que esto a la genuina figura del inmortal Beato Escoto. La historia de nuestros días es la que nos presenta en nuestros tiempos modernos, su verdadera figura, libre de sombras y resplandeciente de luz. En sus obras, apenas conocidas por sus émulos y contrarios, es en donde ha encontrado la historia moderna, el foco que ha extinguido con sus luces, las sombras que le envolvían, y también los materiales suficientes y adecuados para dibujar la verdadera figura del Bto. Escoto, presentándola acaso como la más sobresaliente de la Edad Media y la que representa en su sistema el más rico y maduro desarrollo de las doctrinas filosóficas de la Escolástica.
Los profundos estudios del P. Minges, del P. Longpré en (La philosophie de Duns Escot) y del inglés Harris que acaba de publicar dos respetables tomos sobre la doctrina escotista, se han encaminado a presentar la verdadera figura del Doctor Sutil, lo que han realizado a las mil maravillas, ya que merced a sus obras estudios, cada día aparece más radiante de luz y esplendor la figura de nuestro invicto Maestro franciscano.
Lo mismo ha ocurrido con S. Buenaventura. Debido a que siempre nuestra Orden Seráfica ha dado preferencia al Bto. Escoto, a quien declaró desde hace mucho tiempo, Caudillo y Maestro de la Escuela Franciscana, S. Buenaventura no ha sido objeto de tantas impugnaciones como el Doctor Sutil; pero al comparar a los dos grandes e íntimos amigos de la Escolástica, Tomás de Aquino y Buenaventura de Bagnorea, siempre han procurado ensalzar al primero presentándole como astro esplendente de la inteligencia, mientras al segundo solamente le conceden el título de Doctor Seráfico por el amor ardiente con que inflama los corazones de cuantos leen sus obras, queriéndole despojar de esta manera de las cualidades propias del genio y del sabio.
Ciertamente S. Buenaventura ostenta con toda verdad ese glorioso titulo que le otorgara el Pontífice Sixto V por el predominio que da el Santo en sus obras a la voluntad y al amor; es cierto que S. Buenaventura es el Príncipe de la Teología Mística para todos los doctores y sabios, los cuales, ante las llamas de su abrasado amor se han deshecho en justas alabanzas, entre otros por no citar más que a españoles, se hallan el ilustre polígrafo Menéndez y Pelayo y el malogrado tribuno Juan Vázquez de Mella; pero esto de ningún modo quiere decir que el sistema buenaventuriano no sea puramente científico y de la misma contextura, de la originalidad, profundidad y valor que el de Santo Tomás.
El Doctor Seráfico era de alma puramente tierna y piadosa y tendía, con su ejemplo y con sus sabias explicaciones en la cátedra, a inflamar las voluntades y a encender los corazones, cualidades excelentes que ya pudieron apreciar los sabios de la Edad Media como el célebre canciller de París, Juan Gersón y que todavía experimentamos nosotros al leer las páginas de sus obras admirables: mas al mismo tiempo, su inteligencia, faro de luz, investigaba, discurría y elaboraba un sistema, acaso el más profundo y maravilloso que se conoce, ya que supo armonizar perfectamente las dos facultades humanas, sacando de ellas el más grande partido que se puede imaginar.
Algunos autores han querido ver en el Santo a un ecléctico y conciliador de sistemas; a un espíritu que se contenta sólo de armonizar los ánimos y conservar la paz entre los partidarios de distintas opiniones y escuelas. Esto acusaría falta de genio y de inteligencia aguda y penetrante, cualidades que brillan sobremanera en la figura extraordinaria del Seráfico Doctor.
Después del profundo estudio de Gilsol en su admirable obra sobre «La philosophie de Saint Bonaventure» (París, 1924) la gran figura de este astro esplendente del catolicismo aparece radiante de luz, verdaderamente extraordinaria como la suya, que logró posesionarse, no sólo de los conocimientos más profundos de su época sino también de todos los de tiempos anteriores, sobre todos los cuales, fundamentó su sistema, propio, original y admirable, en el que brilla una inteligencia verdaderamente genial, que supo conducir «la mística cristiana al culmen más elevado, ya que la organizó en una síntesis tan completa que no admite hasta el presente otra superior». (Gilson)
San Buenaventura no fue pues un espíritu conciliador de sistemas y ecléctico; eso es patrimonio exclusivo de inteligencias medianas, que al no poder crear ni formular opiniones propias, se acogen a las ya existentes: y el Doctor Seráfico, poseía como hemos visto, una inteligencia verdaderamente extraordinaria, y aunque fue amante de la tradicción doctrinal, sin embargo tuvo más que ciencia suficiente para defenderla en contra de la oposición tomista, para elevarla a grande altura, para darle cierto matiz propio y original, y construir al mismo tiempo un sistema maravilloso por los caudales de ciencia que contiene y encierra. San Buenaventura, pues, gozó de una inteligencia profunda cuya admirable potencia creadora repugna con el eclecticismo y con el espíritu conciliador de sistemas, ya que además, planteó cuestiones muy distintas a las del doctor Angélico.
Hoy, a pesar del concienzudo trabajo de los PP. Editores de Quarcchi, en el que identificaron en demasía las doctrinas del Dr. Seráfico con las de Santo Tomás, es bastante corriente la creencia de que las divergencias doctrinales que existen entre ambos doctores son muy marcadas; sobre todo lo han demostrado en recientes y profundos estudios el P. Luyckx, dominico, el canónigo compostelano Amor Ruibal,el profesor de la Sorbona Gilson y el capuchino P. Julio d' Albi, que en su grande obra Saint Bonaventure et les luttes doctrinales de 1267-1277. (París 1923) nos presenta a nuestro Santo tomando parte activa en frente del aristotelismo que introdujo Santo Tomás contra la corriente tradicional augustiniana de la Escolástica antigua.
Antes se creía que para nada intervino el Doctor Seráfico en la oposición que se levantó en París contra las innovaciones de Santo Tomás. Fiándose los autores en el carácter benigno y conciliador de nuestro Santo presentaban a Pecham como el portaestandarte del grupo de oposición franciscano de París; pero ahora, según se desprende de la obra del P. Julio, el portaestandarte fue S. Buenaventura, el cual dio conferencias públicas en París, ya ante franciscanos solamente, ya ante los doctores de la Universidad, atacando con bastante viveza tanto los peligros averroistas como el aristotelismo defendido por Santo Tomás. Este mismo carácter de San Buenaventura como defensor acérrimo de la tradición agustiniana e impugnador del aristotelismo, lo parece también indicar el mismo M. de Wulf, cuando después de sucesivas e importantes rectificaciones de una probidad científica que le honra, acaba de escribir en la última edición de una importante obra suya (Histoire de la Philosophie Med., 11, París, 1925) estas palabras: «Duns Scot n' inaugure pas una oppositión nouvelle au thomisme, mais continué un antagonisme existant». El Beato Escoto no inaugura una nueva oposición al tomismo, sino que como hemos visto, ya San Buenaventura salió a defender a la tradición agustiniana con sus conferencias públicas.

Comunión angélica
Un silencio misterioso reina Ese serafín amante Su humildad suma, extremada |
mientras no puede gustar Mas ¡ah! Jesús no consiente ¡Oh qué dulzuras y dichas! |
En torno al lago de Tiberíades
El sordomudo
(Conclusión)
Ved una enseñanza una interpretación entre las muchas otras que se pudieran dar. Jesucristo, no solamente era Dios, era también hombre. En El hipostáticamente se unió la divinidad y la humanidad. Por aproximación gráfica de conceptos, elevó la materia, la carne, y con ellas la humanidad hasta donde jamás creía el hombre poder llegar, sino por un desvarío de la razón, sugerido por el genio del mal en el Paraíso con su orgullo, la elevó hasta Dios, y con un acto omnipotente hizo divina esa carne y divinizó con ella la humanidad. San Pablo gusta verificar esta misma unión hipostática al revés: exinanivit, dice, formam serví accipiens, quiere que la divinidad se achicara y bajara hasta la humanidad, desposándose con ella en un cuerpo puro, inmaculado de niño, que tomó, previo su Fiat, su beneplácito, en las entrañas igualmente puras e inmaculadas de la Virgen María.
Como se guste. Es bien cierto que la unión hipostática del Verbo con la carne se hizo, y aquel cuerpo de Jesucristo fue infaliblemente templo de dos naturalezas: divina y humana; no divorciadas sino con necesaria relación de vitalidad, puesto que las informaba un solo subjectum entis et personae, como lo llama la Teología, una sola persona, Jesucristo. Ahora bien, en virtud de estas mutuas e intrínsecas relaciones de vitalidad, en la humanidad vivía la divinidad, y en esta la humanidad, sin separarse. Así cuanto Jesucristo obraba tenía doble valor, divino y humano, y las dos naturalezas concurrían a
su acción.
Jesucristo, pues, en este milagro nos alecciona altísimamente.
Con su voluntad impera, obra el milagro, manda abrirse los oídos y desatar la lengua, con su cuerpo concurre a perfeccionar la obra, toca los oídos y unge con su saliva la lengua del paciente. Las dos naturalezas han concurrido a la acción, y el milagro se ha hecho. El cuerpo de Jesucristo tiene también el poder de hacer milagros, es divino.
Jesucristo, el gran Profeta, el Vidente por excelencia, preveía futuros ataques a su persona, veía surgir a legiones los que habían de negar su divinidad o su humanidad. Para ellos dejó en el Evangelio una réplica y un argumento invencible. Es, entre otros, el milagro del sordomudo.
NOTA. En tiempo del Señor se hablaba en Palestina el arameo, un dialecto del hebreo, contrariamente a los que afirman que se hablara el griego, el hebreo antiguo y aún el latín, que era la lengua de los vencedores, de los dueños del País. Esta frase: «Exxada» (Vulgata: ephphetha) que pronunció el Señor, y que San Marcos, transcribe tal como la pronunció el Señor, por no encontrar palabra, o frase adecuada para su traducción en griego, es uno de los argumentos, entre otros muchos, que prueba, que el Señor y el pueblo hebreo en aquellos días hablaban el arameo. Etfattah, es el imperativo de la forma caldea ethpaal.
Fr. Juan Alventosa García, ofm
Divulgación teológica
Mutuo amor entre Dios y el alma
Resultado de la conformidad de voluntades; imitación de su vida
Cristo Jesús el Amante de nuestra alma Cristo Jesús vivió un día vida mortal, cual nosotros ahora vivimos y con todos los actos de su vida quiso asemejarse a nuestra pasible y mortal naturaleza. Nació como nosotros aunque no manchado con el pecado de origen y ya en su nacimiento trocando en cátedra su pesebre, nace de una desconocida y humilde virgen, y tan pronto como nace es reclinado en un mísero pesebre y cubierto de pobres pañales en defecto de rica cuna y preciosos pañales, para aleccionarnos con la doctrina de sus ejemplos la santa pobreza y el desprecio de las vanidades del mundo.
Y no sólo su conocimiento sino que su vida entera es un ejemplo perenne de pobreza y desprecio de honras y pompas vanas. Mas, no sólo nos dio ejemplo de estas virtudes, sino que su paso por este mundo constituye una luminosa estela de virtudes, de resignación a la voluntad de su Padre, de humildad y mansedumbre, de recogimiento y oración, de sufrimientos y dolores inauditos sufridos por la salud del género humano, de obediencia y anonadamiento, de amor a su Padre celestial y a los hombres, amor que le fuerza a derramar bienes a manos llenas por doquier, curando enfermos y restituyendo a pecadores a la amistad "divina. Ahora bien; si esa es la vida de nuestro Amante Jesús, con quien, según la ley de amistad debemos tener una voluntad común, se sigue necesariamente que debemos nosotros reproducir en lo que sea posible a nuestras fuerzas humanas, los actos y las virtudes que nuestro Amador Jesús obró durante su peregrinación mortal por este valle. Cumplida así la ley recíproca del amor habremos llegado a tener una misma voluntad y una misma vida; la voluntad y la vida de nuestro Amante Jesús.
Él fin de nuestra vida según esto debe ser copiar en nosotros los actos de la vida de Cristo, imitar las virtudes que Jesús nos enseñó de obra y de palabra cuando por medio de parábolas y de figuras enseñaba el evangelio a los pueblos declarándoles la naturaleza de su Padre y la condición de su filiación divina; debemos deducir de estas verdades las conclusiones morales que ellos se siguen y debemos creer por medio de la fe todas las verdades que nos han sido propuestas por un acto de la voluntad divina, o por la autoridad infalible de la Iglesia, que aunque nuestra débil inteligencia no llega a comprender, no por ello dejan de ser verdades, que si bien ahora no comprendemos porque «nunc vidimus per speculum in enigmate» llegará el día en que las entenderemos con luz meridiana cuando veamos cara a cara la verdad infinita.
Ese deber ser el anhelo y único deseo de toda nuestra vida: reproducir en nuestros actos, en cuanto nos sea posible, las virtudes practicadas y enseñadas por Cristo en su vida mortal a los hombres. Cuando lleguemos a apropiarnos y esculpir en. nuestros miembros vivos todas las virtudes posibles, entonces habremos llegado a la identidad requerida entre nosotros y nuestro Amante Jesús; y como resultado de esa identidad habremos satisfecho las aspiraciones de nuestro Amante y del amor que abrasa al alma en corresponder a las muestras de su amistad; aspiraciones que tanto por parte del Amante como del amado son amor sin medida y sin limitación alguna, ya que el amor nunca dice basta.
Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
(Continuará)
Cultura religiosa
Fe íntegra
Decía en mi número anterior, que nuestra fe ha de ser sobrenatural, es decir, que se ha de apoyar en la autoridad y veracidad divinas, necesariamente infalibles. Y además ha de ser firme, o sea, que no hemos de admitir ninguna duda ni vacilación voluntarias, en la fe que prestamos a Dios, porque esto incluiría una grave ofensa contra la Sabiduría divina.
Y continuando ahora la explicación de las cualidades de la primera de las virtudes teologales, os digo que nuestra fe ha de ser también íntegra, es decir completa que abarque todas las verdades reveladas por Dios, y enseñadas por la Iglesia Católica.
Y la razón de esto es muy clara, porque siendo el fundamento de nuestra fe la autoridad y veracidad divinas, hemos de creer todas y cada una de las verdades que Dios se ha dignado revelarnos. Pues si Dios es veraz e infalible, como no puede menos de serlo, lo es en todo lo que dice y revela; y por tanto, todo lo que procede de su boca divina, todo lo que lleva el sello de su Autoridad y magisterio, debe ser creído por el hombre.
De aquí deduciréis claramente cuán grande es el absurdo de aquellos, que no creen sino las verdades que se les antoja, aquellas que mejor se acomodan a su carácter, temperamento, educación, posición social, grado de cultura, etc. etc.; pues esto no es someter la razón e inteligencia humanas a la autoridad divina, sino sujetar las verdades reveladas al juicio y capricho del hombre.
Así es que no sería extraño que tropezaréis con algunos jóvenes, y aun con personas mayores, que no creyesen sino solamente algunos dogmas de nuestra Religión, rechazando otros, sin otra razón que su libre albedrío. Creen algunos, por ejemplo, en la existencia de Dios, Creador del Universo, en la Santísima Trinidad, en la Pasión p muerte del Señor, pero niegan la Divinidad de Jesucristo, la existencia del cielo y del infierno, la necesidad de la confesión, la infalibilidad del Papa, y la autoridad de la Iglesia, de los Obispos y Sacerdotes. ¿Qué dirías de tales católicos? Podrías asegurar, sin temor de equivocarnos, que no son verdaderos católicos, ni tienen fe íntegra, fe divina, puesto que no aceptan la Autoridad de Dios, y solamente creen aquellas verdades que están más o menos conformes con su capricho y razón natural.
No, no es el hombre libre para admitir unos dogmas, y rechazar otros, según le plazca: debe creerlos todos, como revelados por Dios, y propuestos por el Magisterio infalible de la Iglesia.
Este es precisamente uno de los errores modernos, condenados por Nuestro Santísimo Padre, el Papa Pío XI, declarando una vez más, «que en materia de fe, no es lícito establecer cierta diferencia entre artículos fundamentales y no fundamentales, como si fuese obligatorio admitir los primeros y rechazar los segundos. Porque la virtud de la fe tiene por causa formal la autoridad de Dios revelador, y éste no permite, introducir semejante destrucción».
Sea, pues, íntegra vuestra fe, mis queridos Antonianos, y creed siempre humildemente todos y cada uno de los dogmas, que nos propone como tales la Iglesia Católica, nuestra madre.
Página mariana
¿Quien es María?
( Conclusión)
El divino Salvador le dio a su Madre los honores de Reina, los poderes de Señora y los oficios de abogada, mediadora, guía y maestra de los mortales, y María sentada en el trono de sus misericordias, desempeña sus oficios, ejerce su autoridad y nos da la vida de la gracia, y con la vida, la esperanza cierta de nuestra salvación. Esta es María.
Más todavía. La Santísima Virgen es causa y ejemplar de nuestra creación. En Dios no ha y pasado ni futuro, todo es presente; así que, en su presencia eterna, conocía, determinó y quiso la creación del mundo que lleva a cabo en la plenitud de los tiempos. Pero es necesario confesar que entre todas las obras realizadas por Dios en el tiempo, las más excelentes y que mejor nos manifiestan su poder, su sabiduría y misericordia infinita, son la encarnación de! Verbo divino y la creación de la mujer privilegiada que debía ser su madre.
Y por este Verbo encarnado y para el Verbo y su madre la Santísima Virgen decretó Dios la creación del mundo visible que nos rodea y la formación del género humano para que Jesús y María tuviesen hermanos semejantes e interiores y pueblo de la misma naturaleza, de quien Cristo fuese cabeza. De modo que por lo que llevamos dicho queda demostrado, aunque muy a la ligera, que María inmaculada por ser Madre de Dios es también causa de nuestra existencia, pues por Ella y para Ella juntamente con su Hijo santísimo nos crió el Todopoderoso. Pero hemos dicho que María fue el ejemplar perfecto que sirvió el Señor para formar el nombre, y otra de las grandes y singulares prerrogativas otorgadas a la digna Madre de Dios.
He aquí como se expresa nuestra Venerable Agreda sobre este particular. «Miraba el Altísimo a su Hijo unigénito hermanado, y a su Madre santísima, como ejemplares que había formado con la grandeza de su sabiduría y poder, para que le sirviesen como de originales por donde iba copiando todo el linaje humano, y para que asimilándole a estas imágenes de su Divinidad, todos los demás saliesen también, mediante estos ejemplares, semejantes a Dios». Diríamos pues, que Jesús y María son el boceto ideal y perfecto qué el Todopoderoso se formó en la eternidad para criar al hombre en el tiempo a su imagen y semejanza.
¿Sabéis ya, amados lectores, quién es María Inmaculada? La Madre de Dios, cuya dignidad encierra todos los títulos, privilegios y gracias en número casi infinito que él cielo le ha otorgado y la Iglesia y la devoción de los fieles le tributan, la causa de toda la creación y el ejemplar perfecto que el Señor tomó para formarnos lo divino. Esta es María. Felicitemos por tener tan buen modelo de virtud y santidad y procuremos copiar de Ella las perfecciones, virtudes y gracias que Dios otorgó al primer hombre y quisiera ver siempre en nuestra alma.
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