Índice del número 114
Diciembre de 1929. Año 10. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
- La Inmaculada y la Orden Franciscana. Editorial
Inmaculada. Poema. J. M. Gabriel y Galán
Inmaculada y Madre. Poema. Fr. Juan Alventosa, ofm
Los doce sábados de María Inmaculada. Página mariana
Temas religiosos de Liturgia. Fr. Francisco Lliteras, ofm - Errores modernos. Fr. Juan Bta Botet, ofm
De la Santa Misa. Desiderio
A Dios lo que es de Dios. Aromas antonianos. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Charlas catequéticas. Juan Mª Luca
La voz del Papa. Discurso a los peregrinos de Valencia y Sevilla.
La tísica. Leyenda infantil. - El pan nuestro de cada día. Imitación de san Francisco. Manuel de Espinosa, T. F.
Las bienaventuranzas. Escenas evangélicas. Marcos Vilar.
Los angelitos del Belén. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm
Peregrinación mariana a Zaragoza, Lourdes y Barcelona. El Peregrino
Nos niegan hospedaje. Misiones franciscanas. Fr. Manuel Navarro, ofm
Fr. Paulino Monzó, in memoriam
La Inmaculada y la Orden Franciscana
La Orden Seráfica, nacida a la sombra de un Santuario dedicado a María Santísima, Santa María de los Ángeles de Asís, debió consagrarse a esta Reina Soberana.
Por esto eligió a María por su Patrona especial, y todos sus hijos no han cesado nunca de trabajar constantemente en defender y propagar en todo el mundo las glorias y privilegios de su Madre y Abogada.
Y especialmente la Orden Seráfica elige Patrona suya y de todos sus hijos a María Santísima, en el Misterio de su Concepción Inmaculada.

El mismo Seráfico Patriarcas. Francisco que, como dice San Buenaventura, sentía en su corazón un amor filial a María, establece y manda en el Capítulo general celebrado en 1219, que todos los sábados se celebre en las iglesias de la Orden, una misa en honor del Misterio de la Concepción Inmaculada de María.
Y después del Serafín de Asís, todos sus hijos por espacio de siete siglos, han sido los defensores más entusiastas, más de votos y perseverantes de este Misterio inefable, hasta el punto que la opitiión piadosa, como era llamada la que defendía la Concepción inmaculada de María, antes de su definición dogmática, fuese llamada la opinión de los Menores franciscanos.
Y el paladín de
esta causa, el portaestandarte del
glorioso ejército de
defensores de este
Privilegio inefable,
es el fundador de la escuela franciscana, el humilde hijo de
San Francisco, el Doctor Sutil, Fray
Juan Duns Escoto, llamado por esta razón el Doctor Mariano.
La opinión piadosa, dice la insigne escritora Dª Emilia Pardo Bazán, tuvo contra sí a teólogos eminentes.
Y mientras la Universidad de París abrazaba la opinión menos piadosa, Escoto defendía en Oxford la contraria.
San Buenaventura con sus ardientes himnos de serarín, había suscitado la legión de los franciscanos, llamados los Caballeros de la Inmaculada, dispuestos a romper lanzrs por Ella.
En París, los franciscanos se alzaban frente a la Universidad predicando y enseñando sin tregua la que era llamada opinión de los Menores.
Acertadamente dice un autor contemporáneo, que en aquellas épocas, contrapesada la diversidad nacional por la unidad eclesiástica, las Ordenes religiosas eran como vasto pueblo extendido por la superficie de Europa, y animado de unas mismas tendencias y aspiraciones: por lo cual la historia de las Ordenes doctas contiene la del entendimiento humano.
Partidarios de la gracia, los franciscanos se declararon donde quiera en pro de la sentencia piadosa, con tanto celo, que les valió ser tratados de herejes por sus antagonistas.
El Papa Benedicto XI ordenó una disputa pública en la Universidad de París, donde los franciscanos pudiesen defenderse.
El gallego Gonzálo de Balboa, general a la sazón de la Orden, envió una patente al joven filósofo inglés, citándole a la lid, y llamándole «el amado en Cristo Juan Escoto, de cuya loable vida, ciencia excelente, ingenio sutilísimo y otras altas prendas, ya por la fama que se dilataba en todas partes, estoy informado».
Se fijó el día de la disputa solemne: se congregó la Sorbona; el canciller introdujo a los legados apostólicos, y llenóse el recinto de inmensa concurrencia.
Al dirigirse Escoto, al palenque, cruzó ante una capilla, sobre cuyo pórtico se destacaba una escultura de la Virgen. Arrodillóse Escoto, y alzando los ojos a la efigie, dijo: «Permitidme, Virgen Sagrada, que yo te alabe; dame poder contra tus enemigos«.—Al punto se inclinó, prometiendo ayuda, la cabeza de piedra de la estatua.
Hasta doscientos doctores se reunieron para argüir sucesivamente a Escoto: quien, después de repetirlos argumentos de sus contrarios, distingue, desenreda, rebate y pulveriza todas sus objeciones.
Y finalmente,pronuncia el argumento decisivo de la votuntad y de la gracia: Potuit, decuit, ergo fecit. Un clamor inmenso puebla los aires, aclamando vencedor a Escoto y llamándole Doctor Sutil.
Al día siguiente se junta la Universidad, y a claustro pleno hace voto de celebrar solemnemente la festividad del Misterio de la inmaculada.
Así terminó, tan gloriosamente para Escoto y para toda la Orden franciscana, aquella célebre disputa.
Desde entonces, la opinión de los Menores fué ganando terreno en todo el mundo, hasta que en el año 1854, el inmortal Pontífice Pío IX, que será llamado siempre el Papa de la Inmaculada, definió solemnemente como dogma de fé, la opinión teológica de Escoto.
Y s¡entonces, y cuando se celebraron las Bodas de Oro, todo el orbe católico saltó de gozo y dió muestras extraordinarias de júbilo y entusiasmo por tan fausto acontecimiento, ahora, en este año er. que celebramos las Bodas de Diamante, o sea el septuagésimo quinto aniversario de la definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María, en este año jubilar en que nuestro Emo. Cardenal Primado ha obtenido del Soberono Pontífice Pío XI, felizmente reinante, una bendición especialísima para todos los españoles, debemos celebrar esta fecha memorable con nuevos himnos de gloria y alabanza a Dios y a María Inmaculada, con fervorosas comuniones y firmes propósitos de imitar sus virtudes, y consagrándole nuestros corazones; nuestros bienes, nuestras familias, nuestros pueblos y ciudades, nuestra Patria entera con todas sus instituciones.

Inmaculada Concepción. Pintura de Juan de Miranda venerada en la Catedral de Santa Ana,
Las Palmas de Gran Canaria.
Página mariana
Los doce sábados de María Inmaculada
El origen de esta devoción se indica en quella mujer vestida del sol y adornada su cabeza con la corona de doce estrellas,que nos describe el Apocalipsis, y que, según los Santos Padres, no es otra que María Inmaculada. Pero el móvil principa! de su propagación diríamos que viene del siguiente hecho milagroso: En cierta ocasión que San Bernardino de Sena predicaba al pueblo con gran fervor sobre las dice singulares prerrogativas de María Santísima simbolizadas en las doce estrellas de su corona, la Madre de Dios, a vista del numeroso auditorio, entregó al Santo una de aquellas estrellas, en premio de lo bien que había hablado de sus excelsos privilegios, y para manifertarnos a todos lo grato que le eran estos recuerdos.
Para honrar a nuestra Señora en sus doce principales excelencias se han propuesto a la piedad de los fieles vaiias prácticas marianas, como las inspiradas y muy devotas Coronillas de las Doce Estrellas o Excelencias de la Santisima Virgen y los Doce Sábados de María Inmaculada,que por distintos motivos han enriquecido los Soberanos Pontífices con las siguientes indulgencias:
1º El primer sábado o domingo de mes.
A propuesta del Ministro General de los Padres Franciscanos Conventuales se concede a los fieles que en los doce primeros Sábados o Domingos de mes no interrumpidos rezaren algunas devotas oraciones en fnnor de la Concepción Inmaculada, el que puedan ganar, en cada uno de ellos, indulgencia plenaria con los requisitos de costumbre, (S. C. del S. Of., 1904 y S. P. Ap., 1927).
2° La Misa de la Concepción en los primeros Sábados de mes.
Los que asisten a la Misa de la Purísima o su equivalente, cada mes, el primero de los Sábados que pueda celebrarse, según las rúbricas, en las iglesias Franciscanas, pueden ganar indulgencia plenaria con los requisitos ordinarios. (Pío X, 1906).
3° Los Doce Sábados de la Inmaculada.
Todos los fieles que honren a la Inmaculada Virgen María con algún rezo o piadosas meditaciones los doce Sábados no interrumpidos, que preceden a la fiesta de la Purísima pueden ganar cada sábado indulgencia plenaria, poniendo los demás requisitos de costumbre. (S. C. del Of., 1908).
4° Los Doce primeros Sábados de mes.
Todos los fieles que obsequien a la Purísima Concepción de María con algún ejercicio devoto cualquier Sábado primero de mes, con el fin de reparar las ofendas que le infieren los blasfemos, pueden ganar indulgencia plenaria con ios requisitos acostumbrados. (S. C. del S. Of., 1912).
Mas aquellos que una vez en la vida en los primeros Sábados de ocho meses no interrumpidos practicaren el mismo ejercicio, sin perjuicio de la indulgencia plenaria anterior, ganan otra indulgencia plenaria para la hora de la muerte, s¡confesados? comulgados,o al menos contritos, pronuncien con la boca, s¡pueden, o sino con el corazón, el santísimo nombre de Jesús y aceptaren pacientemete la muerte de manos de Dios, como castigo del pecado. (Bonifacio XV, Mann, prop., 1920).
Nota bene. Los requisitos de costumbre para ganar la indulgencia plenaria, además del rezo prescrito son: Confesión, Comunión, Visita de iglesia u oratorio púb'ico o semipúblico y rogar por las intenciones del Romano Pontífice.
El ejercicio que se debe practicar en cada Sábado se deja aquí a la elección y devoción de los fieles. Pueden utilizar, s¡se quiere, el que a continuación ponemos.
Coronilla de las Dode Estrellas o Privilegios de María Santísima
— Abrid, Señor, mis labios.
— Y m¡voz pronunciará vuestras alabanzas.
— Dios mío, en m¡favor, benigno atiende.
— Señor, a socorrerme pronto atiende.
— Gloria Patri, etc.
— Sicut erat in principio, etc.
— Ave María Purísima.
— Sin pecado concebida.
I
Bendita sea la Santa e Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios.
Se reza un Padrenuestro, cuatro Ave-marias y un Gloria Patri.
II y III
Repítase lo mismo que en la anterior.
Toda hermosa eres, María.—Y mancha original no hay en ti.—Tú eres la gloria de Jerusalén.—Tú la alegría de Israel. —Tú el honor de nuestro pueblo.—Tú la abogada de los pecadores.—Oh María.— Virgen prudentísima. —Madre clementísima.—Ruega por nosotros.—Intercede por nosotros a nuestro Señor Jesucristo.
V/ En tu Concepción fuiste ¡oh Virgen, Inmaculada.
R/ Ruega por nosotros al Pedre, cuyo Hijo diste al mundo.
Oración. Oh Dios, que en la Concepción Inmaculada de la Virgen preparasteis digna morada a vuestro mismo Hijo; os suplicamos, que, así como por la muerte prevista de vuestro mismo Hijo la preser-vásteis de toda mancha, hagáis tambiép que por su intercesión lleguemos puros a Vos por el mismo Jesucristro nuestro Señor. Amén.
Temas religiosos de Liturgia
—¿Tienen significado propio en la liturgia de la Misa los orna nentos eclesiásticos, las posturas del cuerpo, los movimientos, las palabras y acciones, así del ce'ebrante y de los ministros sagrados, como de los acólitos y de los demás asistentes al mismo sacrificio, cada vez que de consuno ofrecemos todos la víctima divina al Padre de las eternas misericordias, en expiación de nuestras culpas y de los pecados del linaje humano?
—Ordinariamente sí. Todo lo que de cerca o de lejos afecta al sacrificio de¡altar, ora sean personas o cosas, ora ceremonias o ritos, inclinaciones de cabeza o de cuerpo, posturas fijas y movimientos de cualquier clase, tienen aquí cas¡siempre su alta y simbólica significación litúrgica; la cual, s¡es bien entendida y mejor practicada de los interesados, conmueve, edifica a todos y estimula a la adquisición de las virtudes sólidas, hoy tan escasas como necesarias en los pueblos Cristianos. La simple asistencia de los fieles devotos a este acto, y a es una esplendorosa manifestaron de fe católica.
—¿Cuántas son estas diferentes posturas y acciones externas principales de los devotos asistentes a la santa Misa, y cuál la significación dominante de cada una de ellas según el método anteriormente indicado?
—Estar de rodillas demuestra profunda veneración. De este modo confesamos nuestra absoluta dependencia de Ser supremo y la omnímoda necesidad que tenemos de él para todo lo de ésta y de la otra vida. Pero también somos entonces a manera de ángelts en la augusta presencia de nuestro Dios y Creador. Nrs honra tanto esta religiosa postura, s¡de corazón adoramos y glorificamos entonces a su Real Majestad, s¡le damos rendidas gracias o le pedimos nuevas merce-cedes, s¡nos sometemos incondicionalmente a sus órdenes o le cantamos jubilosas alabanzas, s¡sólo aspiramos al exacto cumplimiento de su divino beneplácito y venimos a beber de las aguas de sus fuentes de puro y verdadero gozo en el cielo y en la tierra, que es completamente ocioso y altamente quimé¡ico anhelar parecer más grandes o encontrar dicha o felecidad mejor en otra parte.
Las rúbricas generales del misal romano, título XVII número 2, ordenan estar siempre de rodillas durante las Misas rezadas. Sólo mientras tanto se leen los dos evangelios de ellas se puede y debe estar en pie. Sentarse en estas Misas corresponde únicamente a los enfermos, y a los convalecientes, a los débiles, y a cuantos necesiten de semejante alivio, sea por lo que fuere; mas no a los otros sanos y robustos.
—En las Misas cantadas basta permanecer de rodillas desde el principio de ellas hasta la subida del celebrante al altar, durante las elevaciones de las especies sagradas y al recibir la bendición final. Pero s¡las cantadas son misas de Feria o de Difuntos, hay que arrodillarse también para las oraciones, y que prolongar la postura del alzar a Dios hasta el Ágnus De¡exclusive, como lo hacen los cantores en el coro y los acólitos en el altar. En todas las Misas cantadas pueden sentarse los oyentes, aunque no sea más que por comodidad, cuando toman asiento el celebrante y los ministros, durante la epístola, la secuencia, el gradual, el ofertorio y después de la comunión del sacerdote, s¡queda tiempo libre. Pero sólo es preciso hacerlo en los casos en que se ha de guardar uniformidad litúrgica; la cual queda circunscrita al personal puramente oficial del mismo acto.
Estamos en pie para manifestar a Jesucristo nuestro respeto y pronta disposición a seguirle, o a ir adonde quisiere mandarnos; cosa propia sólo de hombres libres y desinteresados, que tienen puestos sus ojos en los bienes de arriba por lo que llenan y sacian a! alma. De esta libertad santa qué nos trajo Cristo con su venida al mundo y del generoso desprendimiento aprendido en su divina escuela, damos fe los cató.icos que de este modo oímos el sacrificio de la Misa y celamos la tradicional disciplina de nuestra madre !a santa Iglesia, a quien tanto queremos.
Para los dos evangelios de cada Misa, han de levantarse los fieles así que el celebrante deja el centro del altar y se encamina al ángulo de la izquierda del mismo donde ha de leerlos; y otra vez han de arrodillarse como estaban antes, s¡las misas son rezadas, tan pronto co no el celebrante se dirije de nuevo al centro del altar, terminada su lectura. Mas en las cantadas, fuera de los casos dichos, se permite estar en pie o sentado siempre que no se haya de permanecer de rodillas, o no prefiera esta hermosa postura a las otras que son más cómodas.
Las genuflexiones y las inclinaciones de cabeza y del cuerpo se hacen, según casos y circunstancias, en reverencia a su diviaa Majestad, a la Virgen María, a los santos de la gloria y a sus legítimos representantes de la tierra, cuando con humildad cristiana reconocemos y testimoniamos sus bondades y sus derechos sobre nosotros.
El adorable signo de la cruz con que tan a menudo nos honramos y fortalecemos, es lá franca divisa de los que públicamente profesamos la fe católica, nuestra contraseña inconfundible, el signo más cierto y expresivo de nuestra redención, el emblema divino de la obra típica del Verbo de Dios hecho hombre por nosotros, y el árbol de la vida cuyo fruto fué Cristo, crucificado, escarnecido y muerto en el madero de la cruz.
Los repetidos golpes de pecho que nos damos durante el sacrificio de la Misa, son otros tantos actos de dolor profundo, de penitencia cristiana o de confusión saludable y detestación sincera de nuestras culpas pasadas y de los pecados de los demás hombres, qje quisiéramos borrar y expiar enteramente aún a costa de nuestra sangre y pérdida de la propia vida.
Las elevaciones de nuestros ojos al cielo, de donde nos ha de venir el auxilio para los momentos difíciles, son dardos de amor vehemente, gemidos de filial confianza, súplicas tiernas y amorosas bien concebidas, con que herimos y llagamos el corazón de nuestro Dios y lo disponemos en favor nuestro para todo lo que de él necesitamos o pueda sernos útil.
La devota consideración de los tesoros inmensos que tenemos en Cristo crucificado, nos saca de nuestra natural apatía y en alas de la caridad fraterna nos acerca más y más al corazón y alma de nuestros hermanos en Jesucristo, quien nos hace desear y pedir insistentemente para ellos la eterna salvación y su pronta santificación. Bienes que de Jesús imploramos después, con el ardor y vehemencia con que antes le pedimos para nosotros, cada vez que nos asiste el Señor y regala con su amistad y su gracia. Así se verifica que amamos entonces al modo de Dios y que obramos según las trazas de 3u divino Corazón; el cual tenemos realmente presente y adoramos en la Hostia y Cáliz consagrados, desde que obedeció a la voz del sacerdote y se puso incondicionalmente en sus manos bienhechoras.
—¿En qué momento de la Misa hemos de darnos los golpes de pecho para que tengan éstos carácter litúrgico? ¿Puede aprovecharse la costumbre de aquellos devotos que se golpean a sí mismos cada vez que suena la campanilla al Sunctus, a las elevaciones de la Hostia y del Cáliz consagrados, al Dómine non snm dignus del celebrante, a los traslados del Señor de uno a otro altar, procesiones eucarísticas y viático a los enfermos, como en todos estos casos hay personas que lo hacen, lo mismo de la plebe que del gremio sacerdotal y religioso?
—En su mayor parte son abusivas y antilitúrgícas estas percusiones del pecho por no estar mandadas n¡ver ir entonces a cuento de lo que se representa en dichas escenas. Así, pues, advertimos que dentro de la santa Misa no han de darse más golpes de pecho que ios tres correspondientes al mea culpa de Confíteor Deo, los dos del miserere nobis y el único del da nobis pacem, que respectivamente acompaña a ios tres Agnus Dei, en las misas que no son de Requiem, Porque éstas sólo tienen los tres del Confíteor Deo. Los que se dan otros y los correlacionan con otros pasajes de la Misa o con traslados de su divina majestad, se apartan de la liturgia católica y de la tradicional disciplina de la Iglesia.
—¿Con qué fin se toca la campanilla tantas veces dentro y fuera de la santa Misa, s¡no es para golpearse entonces el pecho los que la oyen, como así lo cree y practica el vulgo de las gentes, y otras gentes que no son del vulgo lo creen y practican también?
—Tócase en determinados casos, para dar mayor solemnidad y esplendor a las funciones sagradas del culto católico. En otras circunstancias se toca tan sólo para que los oyentes vengan en conocimiento del curso que sigue la santa Misa, y así renueven entonces su adhesión al celebrante principal que es aquí el sacerdote, o al Oferente que es Jesús en persona. Al oírla, pues, hemos de cooperar con mayor eficacia, con Jesucristo y su santa Iglesia, al desarrollo gradual y consumación final de este grandioso sacrificio; el cual se torna de esta manera la obra de todos los asistentes al acto.
—¿Hasta dónde llega hoy el arraigo que el abuso de estos golpes de pecho no litúrgicos tiene adquirido en las costumbres del vulgo devoto, especialmente en las regiones de levante y de las Baleares que nos son más conocidas.
—Bastará decir que es moneda corriente en la mayoría absoluta de estos pueblos. Aquí puede verse a cada instante como las madres cristianas lo enseñan e inculcan con sumo interés a sus niños de pocos años juntamente con los primeros rudimentos del catecismo catóiico y de la moral universal, que ya es decir mucho. Nosotros mismos hemos presenciado diversidad de escenas de esta índole en varias provincias. Por esto afirmamos que forman legión esas madres ultra pías y devotas que se glorían de que sus pequeños hijitos ya saben hacer Sane tus, Sanctus, Sanctus y darse mientras tanto unos golpecitos de pecho muy lindos, muy preciosos y sugestivos,realzados con palabras de lengua balbuciente y de gracejo encantador, que ellas después encarecen más y más.
Una y otra vez se comentan jubilosamente en familia esas gracias infantiles, con sus golpecitos de pecho, su ritmo balbuciente y su nota cómico-teatral antilitúrgica. Se hace, además, que los pequeños repitan y que vuelvan a repetir la escena del Sanctus, de los golpecitos y de las monadas candorosas delante de los visitantes, de los huéspedes, de las amistades de casa y de cuantos se ofrezcan a presenciarla. Y sus éxitos felices son pródigamente coreados con salvas de aplausos, con besos efusivos, con abrazos maternales y con fiestas y regalos al nene o a la mueñeca protagonista, por sus triunfos ruidosos y promesas sin ejemplo.
—¿Cómo hemos de conducirnos nosotros en cambio, así que el celebrante llega al Sanctus y oímos sonar la campanilla cada una de las tres veces consecutivas prescritas por las rúbricas? ¿De qué modo complaceremos entonces mejor a Dios?
—Desechada la teoría de los golpes de pecho, lo mejor es ponerse entonces de rodillas, s¡no se estaba antes en esta postura tan humilde como reverente, recoger con modestia los brazos, ordenar las potencias ylos sentidos,fundirnuestra oración con la del celebrante y recitar con él las divinas alabanzas, los jubilosos trisagios las melodías eternas, que sin cesar repiten también los bienaventurados en el cielo, y santiguarnos al exclamar: «Benedictus qu¡venit in nomine Dómini». «Bendito el que viene en el nombre del Señor». «Hosána in excélsis«. «Gloria a Dios en las alturas».
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