Índice del número 122
Agosto de 1930. Año 11. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm
- Extensión de los derechos de la Iglesia. Pío XI
Assumpta est Maria. Fr. Gerardo Boluda, ofm
Tristezas de Jesús. Marcos Vilar
Al invicto mártir San Lorenzo. Poema. Fr. Diego Murillo, ofm
Los templos cristianos. A la juventud antoniana. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
A las madres cristianas. Fr. Dionisio Verdú, ofm
Oratorios, capillas e iglesias. Fr. Francisco Lliteras, ofm
El cordón de san Antonio. Fr. Manuel Balaguer, ofm - Azucenas de pureza. Fr. Luis Mestre, ofm
El Colegio internacional San Antonio de Roma. Fr. Juan Alventosa, ofm
Los deberes sociales. Amenidades.
Frutos de la caridad. Amenidades.
Triunfo de la inocencia. Amenidades - María. Leyenda eucarística.
Santa Catalina Thomas. Aguiló
Els tocs d'oració. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Calendario franciscano. Fr. Luis Fullana, ofm
Farol-vejiga. Episodios misionales. Fr. Manuel Navarro, ofm
Noticias.
P. Rafael Brotóns Ibáñez, ofm. In memoriam
Palabras del Sumo Pontífice Pío XI
Extensión de los derechos de la Iglesia.
Además, es derecho inalienable de la Iglesia, y a la vez, deber suyo indispensable, vigilar sobre todo la educación de sus hijos, los fieles, en cualquier institución, pública o privada, no sólo en lo referente a la enseñanza religiosa allí dada, sino también en toda otra disciplina y disposición, en cuanto se refiere a la religión y moral.
Ni el ejercicio de este derecho podrá estimarse como ingerencia indebida, sino como preciosa providencia maternal de la Iglesia para preservar a sus hijos de los graves peligros de todo veneno doctrinal y moral. Además, esta vigilancia de la Iglesia, como no puede crear ningún inconveniente verdadero, tampoco puede dejar de reportar eficaz auxilio al orden y bienestar de las familias y de la sociedad civil, teniendo lejos de la juventud aquel veneno moral, que en esta edad inexperta y tornadiza suele tener más fácil entrada y pasar más rápidamente a la práctica. Ya que, sin la recta institución religiosa v moral, como sabiamente advierte León XIII, «toda la cultura de las almas será malsana: los jóvenes no habituados al respeto de Dios no podrán soportar norma alguna de honesto vivir, y sin ánimo para negar nada a sus deseos, fácilmente se dejaran arrastrar a trastornar los Estados».
En cuanto a la extensión de la misión educativa de la Iglesia, ella comprende a todas las gentes según el mandato de Cristo: «Enseñad a todas las gentes»; y no hay potestad terrena que pueda legítimamente disputar o impedir su derecho. Primeramente se extiende a todos los fieles, de los cuales ella tiene solícito cuidado como Madre ternísima. Por esta razón para ellos ha creado y fomentado en todos los siglos una ingente muchedumbre de escuelas e instituciones en todos los ramos del saber; porque, como dijimos en ocasión reciente, «hasta en aquel lejano tiempo medioeval, en el que eran tan numerosos (alguno ha querido decir excesivamente numerosos) los monasterios, los conventos, las iglesias, las colegiatas, los cabildos catedrales y no catedrales, junto a cada una de estas instituciones había un hogar escolar, un hogar de instrucción y educación cristiana. Y a todo esto hay que añadir las Universidades, todas los Universidades esparcidas por todos los países y siempre por iniciativa y bajo la vigilancia de la Santa Sede y de la iglesia.
Aquel magnífico espectáculo que ahora vemos mejor, porque está más cerca de nosotros y en condiciones más grandiosas, como lo permiten las condiciones del siglo, fue el espectáculo de todos los tiempos; y los que estudian y confrontan los hechos, quedan maravillados de cuánto supo hacer la Iglesia en este orden de cosas; maravillados del modo con que la Iglesia logró corresponder a la misión que Dios le había confiado de educar a las generaciones humanas en la vida cristiana, y alcanzar tantos y tan magníficos frutos y resultados.
(De la Encíclica acerca de la educación de la juventud).
El oidium del rosal y del bonetero
Es frecuente en nuestros jardines observar que los rosales decaen en su vigor, debido a que sus hojas son atacadas por un hongo microscópico, llamado oidium, al menos es muy semejante al que ataca la vid. Sus efectos en el rosal, bonetero y otras plantas es enfermar sus hojas al llenarse con rapidez pasmosa de dicha criptógama cuya organización se reduce a delgadísimos filamentos blanquecinos. Como es planta que carece de clorofila, como todos los hongos, ha de vivir a expensas de materias orgánicas anteriormente elaboradas por otro ser vivo, de aquí que al medrar a costa de aquel, le debilite grandemente hasta quitarle primeramente su lozanía, y después su vivir.
A este desastre contribuye, no tanto el robar la substancia de la planta sobre que vive, cuanto el obstruir sus poros, impidiendo con ello la respiración y transpiración, funciones capitales de las plantas.
El remedio, que es lo que os debe interesar, es sumamente fácil: se reduce a espolvorear los vegetales con una mezcla de polvo de azufre con un poco de tierra de carretera o cal apagada. Debe practicarse esta operación en las mañanitas húmedas, si puede ser, pero en que se espere que brille el sol; procúrese que no haga mucho viento a fin de que el azufre no sea arrastrado. Al ser calentado por el sol, el azufre, se forma el gas anhídrido sulfuroso, altamente desinfectante, que es el que mata el oidium. Esta operación debe practicarse con frecuencia en Primavera y primeros de Verano en las plantas propensas a tomar esta enfermedad, llamada blanquilla.
Página mariana
Asumta est María
Todo alegría es hoy en la Iglesia católica, todo júbilo y regocijo, porque celebra el triunfo esplendente de la que es su Madre, su Reina, la Reina de cielos y tierra. Alegría es universal que de consuno celebra la Iglesia celeste y terrestre y los ecos de los victoriosos cantares llegan a los rincones más apartados y a los senos más profundos de toda criatura. Es la Reina universal de toda la Creación, que sube recostada sobre su Amado y se eleva sobre toda jerarquía para regentar en trono augusto de misericordia y de amor a todas las criaturas.
En María todo es belleza, todo hermosura, todo es singular, todo incontaminación y gracia. Por eso no se puede el alma ocupar en cantarla sin que nuestra mente se eleve a las más altas regiones de la poesía. Querer pregonar sus grandezas con el bagaje terreno de estas ideas y sentimientos, de estos empeños nuestros bajos y rastreros que surgen del caos tenebroso y corrompido de nuestra manchada naturaleza, es quererla mezclar con nuestras miserias y cortedades. No y siempre no, María es luz nueva, cielo nuevo y tierra nueva, es paraíso nuevo de las complacencias de Jesús, un tálamo siempre virginal y siempre fecundo, siempre amoroso y pleno de generosidad y gracia.
Toda carne corrompió sus caminos cuando entró en el corazón de la madre Eva el germen venenoso del pecado y de la muerte. Pero por dicha de la humanidad, una nueva Eva de gracia levantará en lo alto el refugio a nuestras almas, y en Ella, en su amor, no se percibirá el el ponzoñoso hálito de la infernal serpiente. Que Ella, que María es tienda virginal del Rey, del Triunfador, del que es Esperanza, del que es Vida sin fin. ¿Diz que la muerte es escuela del pecado y que Jesús también murió? Pero tomó Jesús nuestra naturaleza con todas sus quebraduras, menos el pecado. No es muerte no, su muerte, que es declaración de resurrección y vida, que se levanta triunfante sobre los despojos de la muerte. Así es en María, Madre de los vivientes, que duerme el sueño de nuestra mortalidad para levantarse al punto en brazos de aquel que es Vida.
María es la Esposa inmaculada, límpida como el cristal, incontaminada, fundida en el crisol del fuego inmenso del amor eterno del Espíritu Santo. Debía cooperar con ese Divino Esposo en plano de cierta igualdad, si es que debía obrar recta y perfectamente.
Lirio entre espinas aparece airosa sin que el polvo empañase su cristalina tersura. Era de este mundo, pero no llevaba las huellas de nuestra imperfección, porque se internó en las delicias de la divinidad en todo semejante a nosotros menos en el pecado, porque era la Virgen que se escogió el Altísimo como obra suya, como cooperadora de Dios.
Asemejada, pues, en un todo a su Hijo, cual Eva lo estaba a Adán, debía con El acabar lo obra de nuestra reparación, y he aquí que sube triunfante a la gloria a sentarse cabe el Redentor del pecado y de la muerte. Así nosotros recibidos en la sociedad de Ellos por la gracia, acabaremos subiendo gloriosos a formar el reinado de la gloria y resurrección. Que esta y no otra será la obra perfecta de reparación con que se destruirá el imperio del demonio, y será perfecta ya la descendencia en el reino de la paz que fundaron los nuevos Adán y Eva, Cristo y María.
Desde allí, desde el cielo, es de donde María ejecuta su obra de Madre de la gracia. En la vista de la Divina Esencia, ve todas las necesidades de sus hijos y con el oficio de Madre de todos, no cesa con solicitud maternal verdadera a cuidar de que la ponzoña del pecado y del orgullo no inficione a sus hijos. Ella la enemiga (instituida por Dios) del demonio no le deja respirar un momento en su furioso coraje de esclavizarlos y fundar el imperio de la rebeldía.
Gloria, honor y perpetua alabanza, a la que adquirió la bendición no solo para sí sino para toda su descendencia, y se sienta en lo más alto de los cielos como ejemplo vivo de nuestra gloriosa resurrección.
Escenas evangélicas
Tristezas de Jesús
Se acercaba la fiesta de la Pascua y, por aquellos días, Jerusalén recibía con cariño de madre a los judíos que iban a presenciar las fiestas de la Pascua. Por los alrededores de la Ciudad santa, la multitud de forasteros que acudían a las solemnes fiestas se había instalado en las tiendas de campaña que, para aquellos días se levantaban y desde la lejanía ofrecía el paisaje la ilusión de un mar de tonalidades verdes surcado por blancos veleros.
Por la blanca cinta del camino de Betania a Jerusalén avanza el Rabí, de mirada dulce y acariciadora, acompañado de sus discípulos y de una abigarrada multitud que le aclama, le vitorea. ¡Cánticos y aclamaciones que suben a los cielos como un mensaje de felicidad! y llegan, también, al Sanedrín levantando planes de odios y venganzas en los corazones de los doctores de la Ley, de los Escribas y Fariseos.
Jesús ha hecho un alto en el camino. Contempla el paisaje todo verde, lozanía, vida y sobre el fondo azul de un cielo lleno de ilusiones y esperanzas se destaca la ciudad de Jerusalén con sus minaretes, sus cúpulas, sus atalayas, que se levantan airosas, gallardas, como un reto que lanzaran al espacio y Jesús al contemplar a la Ciudad ingrata, altiva, indiferente, fría a tantas caricias, a tantas demostraciones de amor, a tantos beneficios como le había prodigado, siente el zarpazo de la tristeza; su alma vibra de dolor, y sus ojos sienten el rescoldo de las lágrimas que escaldan sus mejillas y desahoga su corazón diciendo a la ciudad fanática:
«Si tú también conocieras, al menos en este día tuyo, lo que a tu paz conduce, pero ahora se esconde de tus ojos. Porque van a venir sobre ti días en que echarán tus enemigos en torno de ti trincheras y te cercarán al rededor y te estrecharán de todas partes. Y te arrasarán a ti y a tus hijos dentro de ti. Y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por no haber conocido el tiempo de tu visitación».
Una carcajada estridente, burlona, grotesca, como una careta carnavalesca, ha lanzado al espacio la ciudad de Jerusalén, alegre y confiada.
Han pasado 80 años desde que, en la cumbre del Gólgota, muriera Jesús. Jerusalén es escenario de las grandes tragedias; Tito, el emperador romano ha cercado a Jerusalén que gime, llora, lanza ayes de dolor que en la lejanía suenan a frases de perdón, de arrepentimiento...
Como una sombra fatídica pasa por la mente de los judíos la profecía del Nazareno: «Y te arrasarán a ti y tus hijos dentro de ti. Y no dejarán en ti piedra sobre piedra, por no haber conocido el tiempo de tu visitación».
En la fiebre y en el paroxismo de la desesperación sienten los judíos la recia sacudida del dolor que estremece sus cuerpos con el frío de la muerte que ríe con carcajada sorda, como un sonido funesto ante la victoria que se le presenta... y en aquellos días trágicos, funestos, fatales en que los judíos desfallecían en una agonía inacabable, Jerusalén se derrumba y en el templo no queda piedra sobre piedra.
¡Una vez más han fallado las leyes de los hombres y se ha cumplido la predicción de Jesucristo! Y una vez más no se cumple la ley general de la Historia según la cual «las naciones vencidas son absorbidas por la nacionalidad de los vencedores».
Los pueblos subyugados perecerán, pero Israel no perecerá; seguirá disperso sin fundirse con las otras naciones, como un fantasma que huye de la Cruz, como un testigo mudo elocuente, de la historia evangélica, confesando, a pesar suyo, que Jesús es el Mesías.
Mas sigamos leyendo el Evangelio: «Y entrando en el templo arrojó a todos los que compraban y vendían en el templo diciéndoles: «Está escrito. Mi casa es casa de oración, y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones». Y todos los días enseñaba en el templo».
Lector, al leer estas frases del divino Maestro siento el aleteo de las cosas fatales. Porque en esta época de materialismo e indiferentismo religioso; en esta sociedad coqueta y caprichosa; en estos tiempos que flotan en el ambiente miasmas de la Roma pagana; en estas horas en que muchos que se llaman católicos y muchas mujeres que se titulan cristianas van al templo no como a una casa de oración sino como se presentan en un «Hall», cuando visitan a sus amistades, con esa libertad en el vestir, convirtiendo la casa de Dios en cueva de ladrones, repito que presiento escenas como la de los mercaderes del templo de Jerusalén.
¡Oremos! para que el Señor detenga su mano justiciera y se apiade de ellos y nosotros.
Marcos Vilar
Al invicto mártir San Lorenzo
En vivas llamas ardiendo, GLOSA Tan grande su deseo era En las cuales cuando ardía, |
para más su amor mostrar, Porque como tenía visto Y aunque a Dios desea ver, |
Fr. Diego Murillo, ofm
A la juventud antoniana
Partes y simbolismo de los templos cristianos
Continuemos hablando de la descripción de los templos y de su hermoso simbolismo, que tanto nos instruye y eleva nuestros corazones.
La nave de las iglesias tiene ordinariamente la forma de una cruz latina, cuya parte superior o cabeza llamada ábside suele estar en dirección hacia el oriente, para que de esta manera, durante el santo sacrificio el sacerdote y los fieles miren hacia la parte por donde vino a la tierra el verdadero Oriente, Cristo Jesús, nuestro Divino Salvador.
En algunas iglesias de estilo gótico u ojival el eje del ábside suele estar inclinado hacia la derecha, para simbolizar la inclinación hacia la derecha de la cabeza de Cristo Jesús, clavado en la Cruz.
En muchas iglesias hay más de una nave, o sea tres o cinco, las columnas se levantan, los nervios se separan, como las ramas del tronco de un árbol, y apoyándose unos en los otros, sostienen la bóveda.
De una manera semejante, las virtudes cristianas, fundadas sobre la fe, en las profundidades de la humildad, se desarrollan por la piedad y la esperanza, y se unen y abrazan en la caridad, que es la única virtud que permanecerá en el cielo.
Gran parte del apoyo de las bóvedas, en las iglesias de estilo ojival, se halla en la parte exterior, en los arbotantes y botareles; y en este caso, las columnas del interior son más esbeltas y ligeras, las paredes están descargadas de masas pesadas, la elevación de las naves puede ser mucho mayor, y la profusión de detalles y adornos aumenta en gran manera la profundidad y extensión de la perspectiva.
La creación entera, tanto en el interior como en el exterior de las iglesias, presta homenaje a su divino Autor; plantas, frutos y animales dan vida a la piedra. Y toda ¡a naturaleza se nos representa bajo distintas imágenes.
El cielo, figurado por el zodíaco, la tierra con sus variadas estaciones, y el hombre en sus distintas edades, todos cantan las glorias del Creador.
Allí vemos también representados los personajes del Antiguo Testamento que figuraron y anunciaron el Nuevo.
Jesucristo y su Santa Madre, María Santísima, se hallan también representados de distintas maneras, en los principales misterios y pasajes de su vida mortal y gloriosa; el Divino Juez pesa en su balanza definitiva las buenas y las malas obras de los hombres; los demonios se hallan también simbolizados con sus viciosas y malas inclinaciones,con el fin de que inspiren horror y espanto a cuantos los miran; mas los símbolos de todas las virtudes estimulan a su cumplimiento, y las innumerables imágenes de los Santos recuerdan sus ejemplos y milagros, y no parece sino que están pidiendo oraciones y plegarias a los fieles cristianos, para presentarlas ante el trono del Altísimo, inspirando la confianza de que ellos intercederán por nosotros, cual poderosos abogados y medianeros.
Por las vidrieras de varios colores, que cierran los ventanales, se descompone la luz, con gran variedad de matices, en el interior del templo, como si nos hablasen un lenguaje misterioso.
Toda la teología brilla y centellea en los espléndidos rosetones y prodigiosas vidrieras que la Edad Media multiplicó en las catedrales góticas.
Finalmente, un crecido número de capillas rodea las iglesias, como fuertes muros de protección contra toda clase de enemigos, y por detrás del ábside forman la girola, es decir la corona de Jesucristo, corona de gloria en que vino a trocarse la corona de espinas.
¡Hermoso simbolismo de los templos católicos!; ¿cómo es posible entrar en ellos, y no sentirse transportados a otra región de luz, de bellezas y armonías inenarrables?
¡Desgraciados los que nunca entran en los templos y dejan de sentir estas bellezas! Y lo que es peor, viven fuera de la Iglesia, y dejan de navegar en esta nave, bajo la dirección del piloto divino, con rumbo hacia el puerto seguro de la gloria.
A las maíces cristianas
VI.—Dignidad sobrenatural del niño.
La más rica joya, que Dios otorga a una madre, es su hijo regenerado en las saludables aguas del Bautismo. Como de perlas vienen aquí las palabras que Jesús dirigió un día a la mujer Samaritana: «Si conocieras el don de Dios». (Jn 4,10). Si conocierais la alta dignidad sobrenatural de vuestros hijos, sin duda, junto con estimarlos como el mejor tesoro, brotaría en vuestro pecho un religioso aprecio a ellos y una gratitud ferviente para con Dios.
El niño cristiano es un ser adornado de sorprendente y deífica dignidad.
De todo ser humano, en quien ha despuntado la luz de la razón y distingue entre el bien y el mal, puede decirse aquella angustiosa frase: «No sabe el hombre, si es digno de amor o de odio». (Ecle 9-1); no así de vuestro pequeñuelo, de ese niño que se recuesta en vuestro pecho y brazos y besáis frecuentemente y con inefable ternura, porque es infalible "que las regeneradoras aguas bautismales han lavado la mancha de origen y dejado su alma hermosa, más que el sol, la luna y los demás astros, que los diamantes, perlas y corales, que las flores y fuentes cristalinas. La belleza de tantos cielos, como gotas de agua y granos de arena contiene el mar, reunida, no iguala a la de un alma sola. ¿Qué será la hermosura del alma exenta de pecado y adornada con la divina gracia?
El alma en gracia es bella sobre toda ponderación, es bella con belleza divina, porque Dios la penetra y trasforma, como el fuego de la fragua penetra y trasforma al hierro.
«El que viese un alma en gracia, dice Bossuet, creería ver a Dios mismo, como se ve un segundo sol en un cristal puro, donde se refleja con todo su brillo».
Así es, no lo dudéis, la celestial belleza que adorna a vuestro pequeñuelo, porque una participación de la divina naturaleza, vida y luz, con las virtudes y dones del Espíritu Santo regeneran, moldean y embellecen todo su ser.
Y en este ser deificado, en quien se halla reflejada la divina vida y hermosura, se complace la Augusta Trinidad; el Padre le adopta por hijo suyo, es hecho miembro de Jesucristo y coheredero con Él del eterno reino, y el Espíritu Santo habita en el alma santificada como en su regio trono.
Miradas las cosas a través de estas enseñanzas, que son divinas y brotaron de labios de Jesucristo y de sus apóstoles, ¡cuánto acrece el valor y la dignidad de vuestros hijos!
El hijo de vuestras entrañas, madres católicas, enriquecido y adornado por Dios con la gracia y las virtudes es un tesoro más valioso que todas las joyas y todas las minas de ricos metales. Su valor es comparable tan solo a la sangre del Hijo de Dios. La gracia divina, que sin duda la adorna, es el elemento de su encanto e inocencia y el más alto don que se puede recibir de Dios en esta vida.
Hechizan, en verdad, y más a una madre, los vivos ojitos del niño, su reír zalamero, su carita rosada.
Es este júbilo muy legítimo, pues la madre ve en su hijo una prolongación de su ser. Sin embargo, no paréis ahí vuestra atención. Hay, en el fondo de su ser, facultades latentes que debidamente cultivadas le harán escalar las cumbres de las ciencias y de las artes. Tampoco se limite a eso vuestra lince mirada de madre.
Atisbad más alto y veréis, con la vista de la fe, su alma engalanada con la gracia e inocencia bautismal, que embelesa a Dios y a sus ángeles y la constituye digno trono del espíritu Santo.
Se dice que un maestro se descubría ante sus discípulos, porque en ellos vislumbraba los grandes hombres del mañana. Bien está. Pero yo os diré más: venerad en vuestros hijos, madres cristianas, al Divino Huésped al Espíritu Santo que mora en ellos, los santifica y los constituye príncipes de la gloria.
Del padre de Orígenes se cuenta que, mientras su hijo dormía, besaba con gran reverencia su pecho, proponiéndose con esto venerar al dulce Huésped divino que habita en estas inocentes e infantiles almas.
Oratorios, capillas e iglesias
Para que no tropiece ninguno de nuestros lectores, en estos tiempos en que tanto abundan los oratorios particulares entre los católicos, con dificultades insuperables acerca de la inteligencia de los términos y de los lugares donde se puede celebrar la santa Misa y ejercer lícitamente las otras funciones del culto religioso, diremos en estos artículos no sólo lo que se entiende por oratorio en general y aquello en que un oratorio difiere de otro, de una capilla, de una ermita o de una iglesia; sino también cuándo esos oratorios han de llamarse públicos, cuándo semipúblicos y cuándo simplemente privados, con todas las demás variantes litúrgicas importantes o que de algún modo puedan interesarles, cada vez que se les ocurra hacer uso de los mismos, ora como propietarios de ellos, ora sólo como asistentes.
Hablando aquí en general, y según el nuevo Código del Derecho Canónico lo define (can. 1188,1), el oratorio es un lugar destinado al culto divino; pero no de modo que por esta sola circunstancia ya tengan derecho a él todos los cristianos y puedan hacer en ellos pública manifestación de su fe cuando quieran, cual si fuesen iglesias abiertas al culto de Dios.
En sentido análogo se llama iglesia (can. 1161) a todo edificio sacro dedicado al culto divino, con el fin principal de que puedan valerse de él todos los fieles que allí quieran ostentar su piedad. Pero sólo merecerá este nombre cuando su dedicación haya sido hecha en virtud de una consagración especial o de una bendición solemne, para curo efecto se requiere el consentimiento del Ordinario res-respectivo, regular o secular, según que sea o no exenta dicha iglesia.
Cuando un lugar santo se expresa con los vocablos de capilla, templo, santuario o ermita, se ha de ver la finalidad que él tiene para concretar si es una iglesia o no más que un oratorio. Pero determinándose bien la diferencia específica de estos lugares, es y a cosa fácil evitar las confusiones derivadas de 1a multiplicidad y ambigüedad de sus mismos términos. Lo que importa, pues, mucho, es dar con esta nota característica diferencial, verdadera piedra de toque para la solución de semejantes dudas. Pues con ella por delante todo viene a pedir de boca.
Nótense por de pronto las palabras que hemos subrayado en los dos párrafos últimos, y se verá que el oratorio es un lugar destinado al culto de Dios y de los santos, mientras que la iglesia es un lugar dedicado o consagrado todo él o por entero a dicho culto.
En uno y otro lugar pueden los católicos dar culto a Dios; pero esta facultad no se concede a todos los cristianos con igual derecho en ambos lugares, sino que es muy notable la diferencia que va del uno al otro. Así vemos que únicamente las iglesias están puestas a la libre disposición de todos los fieles que de ellas quieren servirse para la manifestación pública del culto eclesiástico, y que de esos lugares no se excluye a nadie de los que se presentan en debida forma y guardan allí el orden establecido. Mas en los oratorios, sean o no públicos, se condiciona y especializa ese derecho de los fieles ala manifestación pública de su piedad en ellos, como también su entrada y permanencia en los mismos; aunque esas limitaciones no sean iguales en todos ni para todos, sino que varíen según los casos.
Ninguna vez se erigen de primera intención los oratorios con el fin peculiar y propio de las iglesias, ni se los destina nunca al culto religioso principalmente para utilidad y provecho común de los fieles devotos tomados en su acepción más general, sino que siempre y en todo caso se ordenan en primer término o por ley fundamental de su propia constitución, sin excluir ni exceptuar los públicos ni sus equivalentes, a servir de modo especial a una sola persona física o moralmente considerada, o a una sola comunidad religiosa, etc.; aunque en todos y cada uno de estos casos pueda intentarse secundariamente la utilidad colectiva de los extraños, parientes, vecinos, amigos y demás patrocinados de los dueños de tales oratorios, sean pocos o muchos los así beneficiados, y aunque formen una grande parte de un pueblo o todo un pueblo entero qué los necesite, con tal que se haga esto en segundo lugar. Pues esta segunda intención de los patronos no modifica la esencia de tales oratorios ni a ella afecta más que accidentalmente. De lo contrario, cuando sólo pensaran erigir un oratorio, pudiera ser que erigieran una iglesia.
El lugar llamado iglesia, templo, santuario o ermita, de sí mismo ya es un edificio completo, acabado, siempre distinto de todos los edificios que acaso lo rodean, estén o no adosados a él. No así el lugar llamado oratorio o capilla, que puede no formar edificio por sí solo ni estar separado, ni ser distinto del otro edificio en que se encuentra o de que constituye solamente una parte, y ésta pequeña o insignificante, respecto de las demás; y también sin puerta de fácil acceso para las personas extrañas a la familia de sus patronos, según la clase de estos oratorios.
De aquí que una iglesia es a manera de una casa, toda ella consagrada o solemnemente dedicada al ejercicio del culto católico, a honra de Dios y de los santos; mientras que un simple oratorio no llega a constituir casa independiente, sino que se considera tan sólo como parte integrante, de cortas dimensiones no pocas veces, y otras veces totalmente interior respecto del edificio principal a que pertenece. Por esta razón al oratorio el Derecho Canónico no lo denomina casa, ni templo, ni iglesia; sino simplemente lugar. Tampoco dice nunca de él, como lo afirma de la iglesia, que está consagrado o dedicado al culto divino; sino únicamente ordenado o destinado al ejercicio de dicho culto. Lo cual se ha de entender por lo que se refiere a la naturaleza de su constitución primitiva, ya que es cierto que hay oratorios que admiten idéntica bendición y consagración que las iglesias.
Digamos, pues, que está en esta circunstancia la diferencia específica, real y verdadera, entre un oratorio y una iglesia o templo, y que ha de buscarse preferentemente en el destino particular que se les haya dado por la autoridad eclesiástica en la patente de su primera erección o en las sucesivas ampliaciones, si acaso ha sufrido con ellas alguna mutación substancial.
Se erigen las iglesias, consagran o bendicen, para todos los cristianos que gusten o quieran aprovecharse de ellas tomando parte en el culto público de las mismas. Pero los oratorios nunca se destinan en primer término a esa utilidad espiritual de los cristianos en común, sino que con ellos se procura, ante todo y sobre todo, el bien y aprovechamiento de una o más personas determinadas, o el servicio regular de una comunidad religiosa, colegio, seminario, hospital, asilo, cárcel, etc., etc.; aunque hay oratorios que en la práctica y por voluntad expresa de sus dueños, sirven al público tanto o más que otras grandes iglesias.
A la Asunción de Nuestra Señora
Hiende los aires radiante Toda pura, toda bella, |
Mas también con pena miro Mas parece que me dice |
V. A.
Temas antonianos
El Cordón de san Antonio
Cuando el poder de Dios inunda a alguno de sus Santos, en virtud y eficacia trasciende a todo su ser y a todo lo que está en su contacto; de aquí ese afán, que muestran los fieles al rededor de un Santo, de tocar al menos sus vestidos, y más aún de recoger sus reliquias, como tantas veces se ha visto ante el santo cadáver de algún siervo de Dios, que le han cortado sus vestidos para repartírselos piadosamente y guardar algún pedacito de sus hábitos como reliquia.
Eso es que en la conciencia de todos está que el poder de Dios, cuando llena a un alma, lo invade todo, y trasciende y sale virtud de todo él y de todas sus cosas para hacer milagros, como ocurría en Cristo Jesús, que «todo el pueblo buscaba cómo tocarle, porque salía de él una virtud que sanaba a todos» (Lc 4, 19) y en los Actos de los Apóstoles se cuenta que tan solo la sombra del Apóstol San Pedro era bastante para sanar a los enfermos, que alineados en la calle esperaban su paso para ser curados.
No nos extrañará, pues, que del glorioso taumaturgo San Antonio de Padua saliera también esa virtud del poder de Dios para hacer milagros con el solo contacto de su ropa y de todo aquello que estaba a su servicio. Esa virtud tenía y muy sorprendente el cordón de San Antonio, aquella ruda cuerda que ceñía el candoroso lirio de su cuerpo.
Estaba el Santo predicando por los alrededores de la ciudad de Puy, capital de uno de los Departamentos de Francia, y por ser tanta la multitud predicaba en el campo para que todos cupieran y escucharan su sermón. Pero muchas veces les molestaba a él y al auditorio la presencia de un demente, que con gestos y contorsiones y con gritos despavoridos alborotaba a la multitud e interrumpía los sermones del Santo. Le complacían todos por causa de su locura, pero les era molesto, y tuvo que intervenir el Santo amonestándole benignamente para que estuviese quieto y callase, o se fuera de aquel lugar.
El loco le respondió que no podía ni marcharse, ni callar, mientras no le diese aquel cordón con que se ceñía. Se quitó entonces San Antonio su cordón y se lo dio al demente. El loco tomó la cuerda y la besó y al momento recobró el sentido y la razón, y con grande espanto de todos, se echó a los pies del Santo, dándole gracias por haberle devuelto la razón. Este milagro despertó al pueblo a oír con mayor devoción la palabra de Dios que brotaba tan eficaz y conmovedora de la boca de San Antonio. También otra vez realizó el cordón de San Antonio otro prodigio, como prueba de la excelsa virtud de pureza y de candor que desde el alma traspiraba en todo el cuerpo de San Antonio.
Un religioso se sentía muy molestado con tentaciones de impureza y haciéndosele imposible resistirlas acudió a San Antonio manifestándole su estado de perturbación y suplicándole diese remedio a su mal. El Santo no dijo palabra, pero desciñéndose el cordón, lo dio al religioso para que se ciñera con él. Al momento tocó su cuerpo el cordón de San Antonio se sintió transformado aquel religioso, y cobró tanto amor a la pureza, y se sintió revestido de tanta virtud, que jamás ya en su vida volvió a sentir las tentaciones de la carne, percibiendo en su alma como los aromas de una celestial virtud que le confortaba y le henchía de virtud divina.
Eran los aromas de la pureza de San Antonio, de aquella celestial virtud que perfumaba su cuerpo, sus hábitos y cuanto tocaba; como perfuman los lirios todo el ambiente, y llenan de candor divino a todo cuanto les rodea, causando un encanto y atractivo singular a las almas sentimentales y tiernas que se embriagan con las dulzuras de la virtud.
Es San Antonio un lirio y su cordón es el lazo que contiene y cierra el cáliz de sus aromas; y como está impregnado de ellas, al solo tocarle sale de él virtud para sanar y hacer prodigios en la tierra.
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