Índice del número 174

Julio de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

El cine y la legislación

Ya sabemos que la Legislación es el conjunto o cuerpo de leyes porque se gobierna un Estado; y puesto que las leyes son preceptos dictados por la suprema autoridad, en que se manda, prohíbe o autoriza una cosa, siempre con arreglo a la justicia y siempre también para el bien de los gobernados, se infiere lógicamente la gran importancia que la legislación tiene en todo lo que se refiere a la vida del individuo.

Las leyes que mandan, las leyes que prohíben cuanto es necesario para el mantenimiento del orden en la organización de un Estado, deben mandar, deben prohibir (con igual energía por lo menos) cuanto conviene se mande o se prohíba para el mantenimiento del orden moral de los ciudadanos.

Nunca un pueblo está más en peligro que cuando reine en él la corrupción y el libertinaje. La ruina de las naciones viene por la degeneración moral de los individuos que las componen. Hay que desengañarse. Por eso Spengler ha podido hablar de la «Decadencia de Occidente», señalando como período preagónico de los pueblos el período de la civilización.

Y es que ésta, con los máximos adelantos, con esas comodidades que tanto nos seducen, nos trae cierta pereza física e intelectual. Nos lo dan todo hecho ¿para qué molestarnos? Nos lo dan pensado, ¿para qué pensar?

Y se tuercen los caminos del progreso y se desvía la razón; y esos secretos arrancados a la Naturaleza en quien Dios los puso para estimular las más nobles facultades del hombre, las facultades intelectuales, destellos de la Sabiduría Divina, esos maravillosos descubrimientos, nos llevan a la molicie, entra un afán desenfrenado de gozar, se debilitan las energías y se rueda vertiginosamente hacia el negro abismo de la corrupción y el libertinaje que inevitablemente lleva en su fondo la ruina y la muerte.

Pero no me vayáis a tachar de retrógrada, de enemiga de la civilización. No; no soy enemiga. Yo no estoy conforme, yo protesto contra las afirmaciones del filósofo alemán, porque, aunque es un hecho innegable que los grandes pueblos de la antigüedad mil rieron después de llegar a un alto grado de civilización, es también cierto que al ver como yo veo en lo que he dicho la causa de esa decadencia, creo que ésta no es fatal y que se puede evitar ordenando (según las normas de la moral cristiana) al bien común todos los frutos de la humana sabiduría.

Tampoco soy enemiga de la libertad individual; pero sí creo que en los aspectos en que puede ser dañosa para la colectividad o para el individuo, debe encontrar cortapisas en las leyes, que sólo deben garantizarla cuando es sana, porque no hay que confundir la libertad con el libertinaje.

El legislador, pues, tiene más aun que el derecho, el deber ineludible de restringir esa libertad cuando amenaza convertirse en libertinaje. Y como la escuela favorita de éste es el cine inmoral, contra él hay que ir valiéndonos de todos los medios, lanzando contra él todo el peso de las leyes, para salvar la dignidad humana en general y nosotros muy en especial la de nuestra querida España, hija predilecta de la Inmaculada Virgen, en quien siempre hemos de buscar y encontrar fuerzas para luchar contra la impudicia y la degradación.

España, es cierto, se halla cas¡por completo desamparada por las leyes frente al cine inmoral; pero yo, que soy optimista. atribuyo este descuido a que España ha tenido hasta ahora impresa en la conciencia la ley de Dios más que ningún otro pueblo.

Esos atrevimientos, esas enseñanzas groseras y materialistas, no encontraban ambiente, porque herían los sentimientos delicados (formados al calor de la fe católica) de los españoles, y no se veía tan palpable Tiente la necesidad de dar leyes protectoras contra tales calamidades.

Pero ahora urge tomar medidas. Nos invade una corriente avasalladora de inmoralidad que, por medio del cine, sobre todo, amenaza destruir cuanto hay de sagrado y de santo en nuestros hogares, y la ley debe poner veto a esa fuerza demoledora que, al desmoralizarnos, quiere acabar con nuestra dignidad y nuestra fe. Saben muy bien los enemigos de ella que es muy difícil, s¡no imposible, arrancarla de nuestro entendimiento y nuestro corazón, sobre todo del corazón de la mujer, atacándola directamente y se valen de esos caminos indirectos que no os quepa duda, son caminos seguros para conseguir su fin; porque son caminos de malicia refinada en que se nos da el estiércol envuelto en papel de plata que deslumbra nuestros ojos y envenena nuestro corazón.

Fijaos bien; es táctica dirigida especialmente contra la fortaleza de la mujer, salvaguardia hasta ahora de la moral y de la fe cristianas. Y digo que es táctica dirigida contra ella especialmente, porque la mujer, por el predominio que en su naturaleza tiene el sistema nervioso, es más apta para recibir esas impresiones que excitan su fantasía, que la apartan de la realidad y la llevan, en alas de la imaginación, a vivir una vida de ensueños que la convierte en una triste amalgama de frivolidad, neurastenia e histerismo. S¡no la arrastra a cosas más graves: al vicio, y tal vez al crimen y al suicidio.

Pepita Hernández Alfonso

(Se concluirá)

Conferencia leída por su autor en el local de la Juventud Femenina de la Parroquia de los Santos Justo y Pastor, de Madrid, en Abril último.

Nuestros cuentos

La gitana y el pan bendito

La troupe había alzado velas y echado a andar mientras la Guinda y su crío correteaban por los suburbios para vender unas cestas de mimbres que a nadie le daba por comprar. En esa tarea ingrata les sorprendió la noche, dándose prisa para volver al rancho bohemio que acampaba a las afueras de la ciudad. Pero, ¡qué sorpresa!, las tiendas habían desaparecido; los carromatos ya tiempo que chirriaban por la polvorienta carretera con atelajes de caballerías esqueléticas y hacinados de mugrientos menajes, y de viejos, de críos y de mujeres macilentas, que por doquiera mostraban los racimos de sus cabezas tostadas, oleosas e hirsutas con desgreñado cabello.

La Guinda tuvo que dormir al raso con su rapaz, pues no era cosa de ir siguiendo a la troupe de noche y sin tino, tanto más que aun no sabía su dirección.

La supo por la mañana, después de amanecido, pues alguien cuidó de darle aviso, y echó a andar en busca de los suyos, camino de la feria que estaba próxima a celebrarse en la ciudad de Cela.

Anda que andarás, camino largo y polvoriento, bajo un sol ardiente que achicharraba sus tostadas carnes, tendiendo la mano a cualquier transeúnte en demanda de unos centimillos para comprar pan, y en llegando a las aldeas del paso pordiosear de puerta en puerta para poder comer.

Vino la noche y otra vez a la intemperie, durmiendo junto a los bálagos de las eras de un cortijo para despertar y emprender nueva marcha al primer rayo del sol. La jornada primera había sido dura, sin apenas comer y rendidos de cansancio. El segundo día, macilentos y cansados, apenas podían andar. Paquillo, el nene, pedía pan, tenía mucha hambre y apenas podía andar s¡no era arrastrando o en brazos de su madre.

A lo lejos, limitando aquella cinta blanca de la carretera, se dibujaba en el espacio la silueta de un esbelto campanario. Sus campanas tañían alegres, repercutiendo sus sones en el pecho angustiado de la gitana, que parecían darle alientos para caminar y buscar comida y descanso en aquella aldea que parecía estar de fiesta.

Así era en verdad, era día de fiesta. La Guinda con su crío llegaba a las puertas de la aldea cuando las campanas con su repiqueteo daban el último toque de la misa mayor. La gente toda había afluido a la iglesia.

Llegados a la primera puerta de la aldea la gitana tímidamente tocó, tendiendo la mano al propio tiempo que decía: «Hermanos, una limosna por Dios». Tras breves momentos, una voz ronca como de anciano decrépito se dejó oír desde dentro: «Dios la remedie». Siguió andando de puerta en puerta hallándolas cas¡todas cerradas. Algunas se abrían a sus golpes, pero apenas abiertas y al ver su faz se cerraban con estrépito. «Es una gitana», se oía en el interior. Efectivamente, su rostro bronceado, sus ojos negros y grandes, sus labios carnosos y rojos que al abrirse dejaban al descubierto sus dientes de sorprendente blancura; aquel su mirar salvaje y aquel su aspecto brujo y talante desenvuelto le delataban al punto su linaje bohemio; y para todo campesino de ilustración tardía, toda gitana es una especie de hechicera, armario de sortilegios que es conveniente evitar y alejar de sí.

Un dogo que dormitaba al calorcillo del sol en el umbral de una puerta, al sentir su presencia comenzó a ladrar con ira, y cual s¡fuera una señal de combate todos los perros de la aldea se dieron cita ladrando a la desesperada en torno de la gitana y su niño. Este, atemorizado, se refugió llorando entre las faldas de su madre. Y la Guinda, por toda defensa cogió un guijarro de tierra y lo arrojó a la jauría aullante alcanzando a uno de los perros, que al sentirse herido huyó gimiendo seguido de toda la demás tropa perruna que cesó de ladrar. Libre de este embarazo y encontrando aun las casas vacías y cerradas llegó a una gran plaza, en cuyo fondo se alzaba un edificio más elevado y vasto que las otras casas de la aldea, rematando su frontispicio con un esbelto campanario. La plaza estaba también desierta, pero de la puerta entreabierta de aquel caserón se escapaban unos cantos misteriosos y las suaves armonías de un órgano.

La gitana se dio cuenta que aquello era una iglesia, y acercándose a sus gradas se sentó; y mientras Paquillo jugueteaba entre las piedras y arenas del suelo, ella se abismó en los negros pensamientos que amargaban su alma. Dos días de incesante andar en busca de la tribu, sin apenas comer. Nadie quiso comprar sus cestos de mimbres. Nadie le alargaba un cacho de pan para saciar el hambre; el último roscón lo había dado a Paquillo la noche anterior quedando ella sin comer; las puertas se le cerraban. A mucho andar no podría juntarse a su tropa hasta dos días después. ¡Qué hacer para no morirse de hambre n¡ella n¡su rapaz que le estaba pidiendo pan!

Súbitamente se abrio la puerta de la iglesia de par en par. Ante la inmensa penumbra de la nave, frente a un macizo de oro, se vieron por un instante brillar los blancos cirios, que, al invadir a andanadas la luz del día en el interior, semejaban pálidas lágrimas de plata suspendidas de la bóveda por hilos invisibles Los últimos ecos del órgano repercutían lánguidamente en las bóvedas, muriendo como débiles suspiros de seres invisibles que se alojaran en los cóncavos del techo para dormir en el seno de la paz del santuario. Crujidos de silletas que se cierran, que se arrastran, secos pisoteos entre confuso rumor; una inmensa ola negra que aparece y se desliza sobre el umbral para seguir esparcida y desvanecerse por la plaza y' por las calles...

La Guinda se pone de pie arrimada a un ángulo de la puerta; tiende confiadamente la mano en espera de limosna, mas sin detenerse y mirándola fijamente con ojos de sospecha y de temor, todos pasaban sin dejar un céntimo en su negra mano... Todos se alejaban al ritmo de las campanas alegres que repiqueteaban en los huecos del campanario; ya por doquiera se escuchaba el rumor de la charla y de los cantos de la gente. Oleadas de sabrosos manjares iban invadiendo el ambiente al deslizarse desde las cocinas por las puertas entreabiertas de las casas. La puerta de la iglesia había quedado entornada; la gitana, triste y abatida, había inclinado su cabeza sobre el pecho con este acerado pensamiento: Nadie ha tenido piedad de ella nadie ha puesto limosna sobre su tendida mano, ¿Y es cierto que hay una ley de amor que dice: Dad y recibiréis; amaos unos a otros corno hermanos? Absorbida en estos pensamientos la pobre bohemia notó que una tierna y temblorosa mano la cogía como en demanda de auxilio; era su nene. Un grupo de chiquillos y muñecas mofletudos y bien trajeados les habían rodeado con la sorpresa como se ven animales desconocidos y riendo algunos con mirada fisgona. Uno de ellos se adelantó con un palo con ademán de golpear a Paquillo. Mas la gitana, terrible y feroz como una leona se abalanzó, deteniéndole el palo y amenazó con él a la jauría insolente que tímida, como aquella otra de los perros, echó a correr. Ella, con desprecio los miraba huir.

Ahora quedaba sola, la plaza desierta, las campanas habían enmudecido. La puerta entornada le recordaba la sorprendente visión del altar lleno de resplandores y una emoción singular la atraía; con mano nerviosa y resuelta empujó la puerta y madre e hijo penetraron en la iglesia.

La gitana, asombrada y conmovida, se arrodilló; cuando se dio cuenta, Paquillo no estaba con ella. Después de corretear por los altares tornó una silla y se encaramó junto a una imagen de San Antonio que llevaba un niño hermoso. La gitana le vio acariciando los pies desnudos del niño, y que tocándole la carita le decía mil gracias y requiebros del argot de su lengua bohemia. Miró la gitana al Santo y le pareció que tanto él como el niño les sonreían. Para su alma sencilla y ruda fue esto un rayo de gracia. Su corazón, conmovido deliciosamente, creyó reconocer un poder superior en la imagen y esperó de ella con fe un milagro. Le pidió pan para ella y pata su hijo.

Inclinó su cabeza esperando; y al bajarlos tropezaron sus -ojos con un trozo de pan bendito que quedó olvidado sobre una silla. Miró alrededor y vio otros y otros pedazos sobre los asientos. Se había repartido aquel día el pan bendito de San Antonio en la iglesia. La gitana llenó una de sus cestillas de mimbre, y la otra la ofreció a los -pies del Santo en acción de gracias, y alzando con sus brazos a Paquillo hasta la imagen le hizo besar los pies del niño, mientras ella con lágrimas de ternura le daba las gracias. Su hambre y su ansiedad estaban saciadas con el pan de San Antonio.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Valencia a San Antonio

Valencia, como siempre, se ha distinguido este año en sus fiestas a San Antonio; en todas sus Iglesias se ha dejado sentir en Triduos y Novenarios solemnes el acendrado amor y devoción siempre creciente al Santo de los milagros, al protector sin igual de la juventud.

Pero en medio de este concierto de devoción y solemnidades religiosas dedicadas al Santo Taumaturgo caben destacar los solemnes Cultos de la Iglesia de San Lorenzo de esta Capital donde radican y se hallan establecidas canónicamente las Asociaciones Antonianas de Pía Unión, Juventud e Infancia. Su programa repartido con anticipación y del que dimos ya cuenta en esta nuestra Revista se cumplió en todos sus puntos; cabe destacar no obstante la labor práctica Antoniana llevada a cabo por el P. Juan María Carbonell en su desarrollo de los temas durante el Novenario que coronó felizmente con su sermón Panegírico el P. Samuel Leal, del Colegio de Onteniente. La fiesta de la Infancia y Primera Comunión resultaron simpáticas y atrayentes. La fiesta del día 13 resultó como era de esperar digna de la fe y devoción de los Antonianos de Valencia a su Santo Patrón.

El P. Antonio Llinás y Massanet

Ilustre misionero del siglo XVII

V

En su camino dé Huesca a Calamocha, pasó el Padre Llinás por la ciudad de Zaragoza donde —siguiendo su laudable costumbre de predicar la palabra de Dios a los pueblos de su tránsito—, recorrió la Vía sacra por las afueras de la ciudad y predicó con celo ardiente, en cada una de las catorce estaciones de que se compone, delante del numeroso auditorio que le iba siguiendo con devoción y piedad no fingidas. Todos admiraban de cada vez más los frecuentes raptos de su elevado espíritu y las suspensiones místicas con que conmovía y electrizaba a sus oyentes, hasta provocar en ellos lágrimas de compasión y dolor profundos a vista de lo que por todos había padecido Jesús, desde el huerto de las olivas, hasta el monte Calvario.

En esta misma forma en que predicó la Vía sacra el año 1690 en Zaragoza, la había predicado antes y siguió predicándola después en muchas otras ciudades, villas y pueblos de España y América, no sólo a los seglares que en ingentes multitudes se agrupaban en torno suyo, sino también a las comunidades religiosas de los conventos en que moraba, a los que iba de visita o en que se hallaba de tránsito. Y unos y otros —mirándole y oyendo de sus labios los expresivos comentarios con que acompañaba el contenido textual de cada una de las estaciones— suspiraban, derramaban abundantes lágrimas y lloraban con grande amargura de su corazón contrito y humillado, pedían perdón y misericordia y se resolvían a no pecar más, por el saludable horror que al pecado les infundía el Padre Antonio.

Son varios los autores, católicos en que hemos leído esa piadosa costumbre que había él contraído de recorrer la Vía sacra, dentro y fuera de nuestros conventos, predicando sermón en todas las estaciones del trayecto a las personas que le acompañaban. Y al hacerlo en los pueblos, villas y ciudades de su tránsito, era inmenso el tropel de las gentes que acudían a practicar en su compañía tan piadoso y santo ejercicio, ora fuese por las afueras de los poblados, ora por sus calles y sus plazas, como lo era igualmente el número de conversiones espirituales que entonces se obraban, los raudales de lágrimas que vertían, las manifestaciones públicas de la compasión sin límites que sentían todos por la víctima de nuestros pecados y la saludable reforma de costumbres que venía luego a coronar esta simpática obra de renovación social cristiana, que se parecía mucho, por la abundancia de sus frutos espirituales, a un solemne curso de misión católica predicado por inteligentes obreros evangélicos.

Gratas reminiscencias de estos calvarios públicos, dirigidos y predicados por el Padre Llinás, en innumerables pueblos y ciudades de España y sus Indias, en los tiempos del rey don Carlos II, suponemos que son las que hemos presenciado nosotros en la isla de Mallorca —su patria y nuestra patria chica— que él recorrió enteramente varias veces y la santificó con la eficacia de sus palabras de apóstol y la seducción de sus ejemplos y virtudes.

La copia abundosa de las conversiones y transformaciones espirituales que suponen esas lágrimas, suspiros y gemidos que la predicación del Padre Antonio arrancaba de los asistentes a la Vía sacra, son un testimonio irrefragable de su personal devoción a la pasión y muerte de nuestro divino Redentor, que sentía muy al vivo del alma los trabajos y sufrimientos del Hijo de Dios, que estaba también él místicamente crucificado con Cristo Jesús, y que a su vez se hallaba su espíritu arrobado en éxtasis sobrenatural desde el principio hasta el fin de la jornada.

Evidente es, además, que tenía mucha gracia del cielo para hacer, en cada una de las estaciones del Calvario, la relación devota y bien apropiada de los trabajos, desprecios y tormentos que por nosotros padecía Cristo, desde que se entregó de su voluntad en manos de sus crueles enemigos en el huerto de Getsemaní, hasta que cubierto de ignominia y saturado de oprobios expiró en la cruz que le fabricamos nosotros con nuestros pecados personales.

Creemos aquí también que propiamente hablando no era el Padre Antonio, quien se presentaba entonces a los pueblos de su tránsito y movía a las muchedumbres católicas que le veían y escuchaban con tan solícita y cristiana avidez. No era él quien les hablaba con tan soberana elocuencia de los divinos misterios encerrados en las diversas estaciones de la Vía sacra desde el Pretorio de Pilatos en que se leyó en público la inicua sentencia de la crucifixión y de la muerte de Cristo nuestro Señor, hasta la cumbre del infausto monte en que fue crucificado y muerto el Redentor de los hombres para librarnos a nosotros y a todo el linaje humano de la esclavitud del demonio, en que incurrimos todos cuando pecaron Adán y Eva en el paraíso terrenal.

No era el Padre Llinás quien obraba con sus pláticas y sermones esos estupendos milagros de compasión, de conversión y de transformación espiritual de justos y de pecadores, hondamente afectados por las palabras que brotaban de sus labios y por la apostura misional de este gran siervo de Dios; sino que era el mismo Espíritu Santo quien —tomando a dicho Padre por instrumento dócil y consciente de su constante acción divina sobre las almas redimidas y rescatadas por Jesucristo en persona—, realizaba entonces estos inefables portentos, que los demás le atribuían como nota expresiva de su virtud y santidad. Era Jesús, nuestro divino Salvador, quien se insinuaba en el espíritu y corazón de los que seguían y escuchaban al Padre, quien les infundía la gracia de la conversión y los alentaba y santificaba. El Venerable Padre Antonio no era allí más que el instrumento visible... el motivo ocasional del funcionamiento de la gracia... la tribuna pública desde donde Cristo predicaba y se atraía a las gentes de aquella época.

Ya por entonces, tan acostumbrado se hallaba el Padre Llinás a los fenómenos místicos, que con suma facilidad padecía éxtasis sobrenaturales y dulces arrobamientos del espíritu, con locuciones activas y pasivas de elevada contemplación sobrenatural. Le bastaba en estos casos abrazarse a una cruz cualquiera, verla de cerca o de lejos, tomar un Santo Cristo en sus manos, presentarlo a la adoración de los fieles católicos, besarlo él o darlo a besar a otros, oír pronunciar el augusto nombre de Jesús o los atributos del divino Crucificado, para salirse ya fuera de sí y quedarse arrobado en Dios, su centro de atracción espiritual y el móvil más poderoso de todas sus acciones humanas.

Nada tiene, pues, de particular que entrase en éxtasis a los comienzos de la Vía sacra, n¡que extasiado predicase en cada una de las estaciones de ella, hasta que se hubiese terminado tan devoto como santo ejercicio.. Sólo así tienen una explicación racional v satisfactoria la mayor parte de los fenómenos extraños que destacan demasiado su secreta influencia espiritual sobre sus oyentes y espectadores de toda condición, y estado. Unos lloran sus culpas y pecados con sólo verle; otros siéntense heridos y llagados con cualquiera de sus palabras; otros gimen y suspiran por la viva contrición que se apodera de sus lacerados corazones.

Todos, sin embargo, se ven socorridos y van remediados, según sus necesidades respectivas, y el grado de cooperación a las gracias recibidas por su conducto. A la vez que se convierten y transforman los grandes pecadores, se justifican más y más los justos, se perfeccionan los ya perfectos, y crecen en virtud y santidad los que ya son santos.. Guiados por el Padre Antonio, todos escalan, las cumbres de la gracia elevante y transformante, y las suben tras él con relativa facilidad. Es el hombre de Dios, que administra ¡os intereses de Dios, con la facilidad de los mayores santos de Dios.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Manises

Evocación

Manises, ciudad histórica, cuyos orígenes se remontan a la época de la dominación romana en España, cuando Roma usaba tus cacharros, en sus villas y festines:

Manises, ciudad risueña, sentada en la margen derecha del río Turia, que generoso se desangra, para regar tu huerta fértil: Manises, ciudad piadosa, que veneras con toda la fe y devoción de tu alma, a las Santas alfareras Justa y Rufina, como Patronas y Abogadas de tus hijos y de tus fábricas.

Manises, ciudad laboriosa, rodeada de fábricas que forman tu mejor corona, cuyo brilló y resplandor llegan hasta los últimos confines de la tierra.

Manises, ciudad industrial, que posees el secreto de transformar la tierra en oro y plata, y en otros preciosos metales, con que adornas tus mansiones y enriqueces al mundo.

Manises, ciudad obrera, que has dado trabajo a millones de alfareros, que has formado hogares pacíficos y familias cristianas sumisas siempre a sus patronos.

Manises, ciudad artista, que con las manos de tus hijas y de tus hijos, han creado obras magníficas y bellas, trasunto fiel del arte persa y asirio, egipcio y griego, etrusco y romano, árabe y gótico, del Renacimiento y moderno.

Manises, ciudad desinteresada, que con tus obras has enriquecido a millares de comerciantes e industriales, nacionales y extranjeros, que te han visitado para aprovecharse de tu arte e industria, de tu generosidad y nobleza proverbiales.

Manises, ciudad pacífica y sin ambiciones, contenta siempre en tus fábricas con un rendimiento modesto, suficiente para satisfacer a tus más perentorias necesidades.

Manises, ciudad ilustre, que cuentas entre tus más preclaros hijos, al Obispo Soler, al canónigo David, y cura Catalá; al ingeniero Valls David, al maestro Guillén y al diputado Guillén Engo; a los fabricantes e industriales modelos Montserrat y Monera, Valldecabres y Mora, Vilar y Arenes, David y Aviñó; al abogado Verdejo, al doctor Suria, y a otros mil y mil, sin mencionar a los que viven, cuyos nombres te llenan de gloria y fama mundiales.

Manises, ciudad digna de mejor suerte, antes rica y ahora pobre; antes emporio de trabajo, y ahora cas¡cerradas tus fábricas; antes convertidas tus chimeneas en perennes pebeteros, que embalsamaban el aire con los perfumes del romero y del tomillo, y ahora cas¡apagados tus hornos.

Manises, ciudad infortunada, no te entregues en los brazos de la desconfianza y del desaliento: tú tienes el poder mágico de renacer de tus cenizas, tú posees tesoros escondidos en las manos y pinceles de tus hijas y de tus hijos; renace en el fuego del amor divino, en el amor mutuo de los patronos a los obreros, de los obreros a los patronos, y en el abrazo fraternal de unos a otros.

Manises, ciudad amada, trabaja en tus fábricas, con la mira puesta en Dios, como tus Santas Patronas Justa y Rufina, que en el trabajo de alfareras murieron, y desde la tienda de sus cacharros fueron arrastradas al circo para ser devoradas por las fieras, en defensa de nuestra Santa Religión.

Manises, ciudad histórica, industrial, laboriosa, artista, religiosa: recuerda tu pasado, mira tu presente, orienta tu porvenir, sean tus ideales trabajo remunerado, unión industrial y caridad cristiana: He ahí los resortes de tu regeneración y resurgimiento: con ellos volverás a ser grande, rica, famosa, resignada, reina de tu industria, próspera, feliz, en el tiempo y en la eternidad.

Fr. Juan B. Botet, ofm

A la pintora manisera

Pintora manisera, que a diario manejas los pinceles y dejas su huella con destreza sin igual, y sin alarde n¡ostentación, con pulso seguro, sobre el plato, jarro o cualquier otro artístico objeto; pintora joven, que sin desconocer por ello los quehaceres domésticos, ayudas con tu artístico trabajo al sostén de tus padres; pintora esposa, que después de atender a tus deberes de madre quieres aumentar el caudal que ha de llevar el bienestar a tus hijos, practicando tu noble arte; pintora doncella, que quieres preparar tu ajuar para el matrimonio, con los recursos que te proporcionan los pinceles que manejas; pintora que perdiste tu compañero por la muerte y buscas en tu arte el consuelo y recursos contra tu soledad y penuria: a vosotras me dirijo, descendientes de artistas, nobles adalides del pincel, para vosotras es cuanto m¡pobre pluma va a expresar.

a

Cerámica de Manises.

Desde tiempo inmemorial, quizá antes de que la raza de Mahoma en son guerrero surcara el peligroso estrecho, cuando ya sin duda, pintora manisera, tus pinceles humedecidos de vistoso color pasaban y repasaban por la áspera superficie de la cruda y seca loza. Tu arte congénito en tu raza ha dejado perennes imborrables manifestaciones en los tiestos, que después del sello del fuego han desafiado al más invencible de los titanes destructores: al demoledor tiempo.

Grande es tu obra, colosal tu labor, magnífico tu arte... y sublime tu humildad.

¿Quién eres tú, pintora manisera? No figura tu nombre en ninguna de tus obras: ferviente adoradora de tu arte, no te enorgullece el que sale de tus manos, n¡tienes otra dicha sino la de servirle. Servir al arte por el arte. ¿Qué importa el artista? ¡Nobleza gallarda ! ¡Desinterés magnífico! ¡Virtud sublime, la humildad!

a

Santas Justa y Rufina. Cerámica votiva de las Santas Alfareras, patronas de Manises. Obra de Juan Colón Buendía. (De Pregunta Santoral)

Dice un autor que las mujeres son artistas por temperamento; mas yo especificaría aquella opinión diciendo: «Las mujeres de Manises son artistas o pintoras por el lugar de su nacimiento. Sí; las que nacen en Manises son artistas por el arte, que cas¡desde su niñez cultivan, y por su innato amor a lo bello y a lo grande; por los magníficos vuelos de su alma, por los alientos generosos de su corazón".

Ese es tu retrato, el retrato de tu alma, pintora manisera, y así eres tú, sea cual sea tu condición. Podrán las necesidades, miserias, tentaciones, dureza de la vida y crueldad del mundo aminorar o simular modificar en t¡ese noble retrato; pero allá en lo más recóndito de tu corazón, ya seas inocente niña, gentil doncella, honesta mujer o digna madre, sentirás brotar y vivir lozanas esas virtudes congénitas al alma del puro artista. Yo te admiro, pintora ignorada, tanto por tu arte como por tu virtud de mujer, y no me maravillo de la afirmación de que el arte y la mujer sean hermanas gemelas, sino que afirmo que arte y mujer son una misma cosa.

A. C. S.