Gandía
Tapiz primoroso
Amparada y protegida por el Mondúber, viejo padre y atalaya del espléndido panorama huertano, tiende sus brazos a la izquierda con el montículo Bayrén coronado por el derruido castillo de San Juan, y allá, en el confín del horizonte, con alargada diestra, el Azafor, con el Mediterráneo a sus pies. Estos límites geográficos contienen un paisaje lleno de exuberante y perenne vegetación, que cobra una sonrisa de riqueza el primoroso tapiz de espléndida belleza natural.
La huerta de Gandía es el himno del trabajo que refleja el de esos labradores que prodigan sus cuidados y arte exquisito que todavía no ha podido ser cantado. Esmaltan el bien cuidado jardín, manchas blancas, los célebres pueblos de la huerta, con nombres eufónicos y perfumados, que son la musa de la elegancia levantina. Todo en ellos fulge por la pulcritud y limpieza más acabadas.
"Bello marco para tapiz tan primoroso", exclamó un patricio español al contemplar, desde la ermita de Santa Ana, con éxtasis de emocionada y sorprendente admiración, la huerta incomparable de Gandía.
Franciscanismo
Los Beatos Nicolás Factor en Oliva, Andrés Hibernón en Gandía, Carmelo Bolta del Real y el siervo de Dios Fray José Cots Guilem de Piles, son los jalones que marcan la ruta de los anhelos seráficos sentidos por Gandía y su huerta. Se ve y se palpa el ambienté de cordial simpatía que envuelven esos héroes de la santidad franciscana y en la misma ciudad de los Borjas, donde toda hidalguía tiene su asiento, el nombre del humilde lego Hibernón lo llena todo: su glorioso sepulcro es el centro de la piedad gandiense.
Los hijos de San Francisco de Asís y los amantes de San Antonio de Padua son legión en aquella comarca privilegiada, tan rica en fe como repleta de bellezas naturales. Los pueblos de la huerta tendrán también su reportaje especial en estas columnas y no quedarán defraudados en sus nobles deseos, pues propósito nuestro es dar a conocer mensualmente las maravillas que encierra aquel rincón del país valenciano.
La ciudad de los Borjas
«¡Gran-día!», dijo el moro.
"Una pequeña Valencia", dijo el historiador Escolano, en el siglo XVIII, escribiendo de Gandía en sus famosas Décadas. Comparación no exenta de fundamento, s¡se considera que hay en ella como una prolongación de tradición y devociones de la capital. Pero el símil más perfecto lo ofrece el clima, el río que lame sus muros y la situación, separada y cerca del mar, surgiendo del paisaje de una huerta ubérrima bajo un cielo de unánime azul...
«La ciudad de los Borjas», dicen ahora, por ser solar hidalgo de una dinastía que durante tres siglos tantos timbres de gloria dio a España en todos los ramos del humano saber: arte, letras, milicia, nobleza, dignidades, santidad, etc.
Gandía, ciudad de gloriosa historia y magnífico presente, modernizada y cara a un futuro de esplendor, es uno de los asteriscos más notables en el mapa turístico regional. Apenas conocido por lo silenciado, es necesario que se pregone voz en alto y que se estampe en libros, folletos, revistas y periódicos, para que a todos los ámbitos llegue el eco y reflejo de su belleza, de sus tradiciones y de su arte.

El gran duque de Gandía, San Francisco de Borja, despidiéndose de su familia para ingresar en la Compañía de Jesús.
Descripción de la ciudad
En la ribera izquierda del Serpis se halla sentada la población, en terreno llano, causando al viajero inmejorable impresión. En su interior exhibe su acuerdo con las corrientes modernas de construcción: calles amplias y rectas, plazas despejadas, paseos magníficos, alegres y románticos rincones. En los edificios urbanos alternan, en raro contraste, las construcciones de moderno estilo, con casas solariegas de respetable ancianidad, con patios de arcadas, que indican su prosperidad de otro tiempo. Las calles del Arrabal, barriada donde residían los moriscos, poco han perdido de su típico y ancestral carácter.
Gandía es una población activa que constantemente mejora, se embellece, se ensancha y crece en todas direcciones a uno y otro lado del río y a lo largo de sus carreteras.
Cuenta con los elementos oficiales de una cabecera de partido y con la vida comercial e industrial necesaria para atender no sólo a sus 13.693 habitantes, sino al vecindario de los 29 pueblos de la huerta que se vuelcan materialmente en Gandía para sus compras de todo género.
La ciudad cuenta, además, con servicios telefónico y telegráfico, administración de correos, Comandancia de Marina, estación sanitaria, consulados, Bancos, hoteles, Caja de Ahorros, periódicos, sociedades deportivas, teatros, cines, sindicatos, círculos de toda ideología y la acreditada sociedad Fomento de Agricultura, Industria y Comercio, que recoge todas las iniciativas económicas de la comarca.
Uno de los detalles más pintorescos de la ciudad es el Prado, o mercado de Abastos, donde se venden al por mayor los productos de la huerta. Celebra mercado los sábados y fiestas religiosas y feria del 10 al 18 de Octubre.
Edificios notables
Sin entrar en detalles que harían interminable este reportaje, podemos citar la iglesia Colegial, parroquia y colegiata a la vez, servida por un párroco, que es Abad mitrado, y cabildo de canónigos y beneficiados. Este templo es de estilo gótico, con dos preciosas puertas, en el altar mayor retablo de Pablo de San Leocadio pintado en el siglo xvi, y en la sacristía se guarda riquísimo tesoro, y en la capilla de la comisión reliquias de San Francisco de Borja y el sepulcro del cardenal Sanz y Forés.
El Palacio de los Duques, casa solariega de los Borjas, cerrado hoy por la incomprensión de una política sectaria. El edificio encierra un tesoro magnífico de gran valor histórico. Las Casas Consistoriales, erigidas en tiempo de Carlos III, coronadas por cuatro bustos de piedra que representan las virtudes cardinales, y en su interior una lápida romana del tiempo de Vespasiano. La antigua Universidad, hoy Colegio de las Escuelas Pías.
Parte religiosa
Además de la Colegiata ya mencionada, con categoría de arciprestazgo, tiene Gandía las siguientes iglesias: San José del Arrabal; San Roque, donde se venera el cuerpo del Beato Andrés Hibernón (el antiguo convento de Franciscanos, es hoy Beneficencia); Santa Clara (monasterio de clausura); Escuelas Pías; Palacio; San Marcos (adosada al hospital), y en su término, las ermitas de Santa Ana, San Antonio, de la Alquerieta y la ayuda de parroquia del Grao, dedicada a San Nicalás.

El cuerpo del Beato Andrés Hibernón se veneraba en Gandía en la iglesia del ex convento franciscano. El cuerpo fue destruido en la Guerra civil del 36-39
Ordenes religiosas cuenta la ciudad con las comunidades de Escolapios, Clarisas, Terciarias Franciscanas, Carmelitas de la Caridad y las Operarías Doctrineras.
Escolares
Gandía tiene concedido Instituto Nacional de 2ª Enseñanza, contando también con el Colegio de Padres Escolapios, el de alumnas de las Carmelitas, un nuevo edificio de Grupos Escolares capaz para doce grados y varias escuelas y academias particulares.
Por las aulas de la antigua Universidad pasaron estudiantes ilustres como Pérez Bayer, Cavanilles, don Vicente Boix, el cardenal Sanz y Forés y otros.
El puerto
Es propiedad de la compañía del ferrocarril de Alcoy-Gandía y sólo tiene 40 años de existencia. Pero es la válvula que descongestiona la plétora de producción agrícola de esta comarca, prodigioso milagro de feracidad y torrente de riqueza.
Está situado a poco más de tres kilómetros de la ciudad, y aunque pequeño, tiene bastante tráfico. Lo visitan cada año más de 700 buques de vapor y vela que importan abonos, mineral, maderas, etc., y exportan en cantidad fabulosa frutas del país por valor de muchos millones de pesetas. Tiene Aduana, diques, muelles, tinglados, dragado, ferrocarril y carretera bien cuidada.
A su alrededor se ha fundado un pintoresco pueblo, llamado el Grao, con 2.000 habitantes, empleados y obreros en su mayoría.
Ruta del viajero
Gandía cuenta con estaciones en el ferrocarril de Carcagente-Denia y en el de Alcoy-Puerto de Gandía. Pasa por el centro de la ciudad la carretera de Silla a Alicante y de ella arrancan las que conducen a Albaida, a Villalonga y al Puerto. Está unida con bien cuidados caminos vecinales con todos los pueblos de la huerta. Un buen servicio de autobuses ponen hoy en contacto a Gandía con la capital y... pueblos circunvecinos.
Final
Sin embargo, a pesar de tantas maravillas como encierra esta comarca, Gandía es ignorada del turismo, no obstante verlo transitar por sus carreteras. Otras ciudades lo atraen con sus propagandas, que este pueblo descuida por bastarse a sí mismo con el esfuerzo de su trabajo.
Nosotros pondremos un poco de esfuerzo y buena voluntad en continuar dando a conocer en números sucesivos las bellezas que contienen los pintorescos pueblos de esta tierra sin igual.
F. de Paula
¡Nochebuena en Belen!...
Quince minutos de auto; dos piastras y media (1 pta.)... y henos en Belén, distante sólo 9 kms. de Jerusalén. Los recuerdos bíblicos se agolpan a manera que nuestro automóvil devora la carretera que conduce a la ciudad de David.
Apenas salidos de Jerusalén por la puerta de Jafa, se costea el Birket-es-Sultán, en el valle de Hinnom; se atraviesa la pequeña llanura de Rafaim o de los Gigantes, que nos recuerda a David vencedor de los Filisteos; se pasa por el pozo de María, llamado también de los Magos y de la Estrella, por recordar el reposo de María y José en su viaje a Belén, y la reaparición de la estrella milagrosa a los Magos; y se llega al convento de San Elías, situado a mitad de camino en un alto, desde el cual se goza la vista panorámica de las dos ciudades. Unos 14 minutos más adelante se pasa junto al «Campo de los Garbanzos», que trae a la memoria la hermosa leyenda oriental según la cual un día pasaba Jesús por allí y preguntó a un hombre que sembraba garbanzos: «¿Qué haces, amigo?» «Siembro piedras», le respondió. «Pues bien, piedras te nacerán.» Cuando el sembrador vino a la recolección, encontró petrificados los garbanzos.-
Ya cerca de Belén y en el lindero de la carretera se observa el Sepulcro de Raquel, que nos recuerda la muerte de la esposa de Jacob al dar a luz a su Benjamín. Sí, siempre, en esta ocasión de Navidad más que nunca, experimentamos los sentimientos de dulce placidez y alegría de que habla M. Víctor Guérin.
Conocen ya mis lectores la ciudad de Belén, que significa Casa de Pan, y que tendida sobre una colina la coronan viñedos y olivos. Cuenta unos 10.000 habitantes, cas¡todos ellos cristianos, dados a la agricultura y a la fabricación de objetos de piedad de madera y de nácar. Se distinguen las betlemitanas por su belleza, su vestimenta pintoresca y por su piedad y modestia.
Al entrar en Belén, sobre todo para celebrar las fiestas de Navidad, mientras se precipitan a la fantasía infinidad de recuerdos bíblicos, instintivamente, se cantan los villancicos y pastorales que aprendimos de niños...
El reloj indicaba la una y media cuando el Patriarca Mons. Barlasina se apeaba del auto en la plaza Mayor, entre los acordes de la banda y los aplausos de millares de fieles que se apiñaban en las terrazas y en las calles, dando principio a su ingreso triunfal. Al solemne canto del Benedictus y ya dentro de la Basílica a las notas del Te Deum que un centenar de Franciscanos cantaban en coros alternados, su Excelencia fue conducido procesionalmente al altar mayor de la parroquia franciscana de Santa Catalina, Iglesia adosada a la misma Basílica de la Natividad.
Las Vísperas y la Procesión, pontificadas por el Obispo Auxiliar Mons. Tellinger, los Maitines y Misa de la Noche con la Procesión a la Cripta por el Patriarca Mons. Barlasina, el Pontifical del día de Navidad por Fellinger ocuparon la mayor parte del tiempo de nuestra breve permanencia en Belén. La gravedad de las ceremonias, la escogida música magistralmente interpretada por la nutrida capilla de los Padres Franciscanos, los numerosos fieles que con el Cuerpo Consular llenaban las naves de la Iglesia... todo esto, en la Nochebuena y en Belén, dejó un recuerdo imborrable en cuantos tuvimos la fortuna de asistir. Sobre todo resultó emocionante la procesión después de la Misa a la Gruta del Nacimiento, a pesar de la monótona cantinela de los griegos cismáticos que becerreaban en el coro de la Basílica. Llegados a la Cripta, se cantó por el Diácono el Evangelio, que iba realizando, esto es, poniendo el Niño en el lugar de la estrella, fajándolo y reclinando en el pesebre, mientras cantaba. ¡Lágrimas surcaron las mejillas de muchos de los asistentes, y mis ojos no estuvieron secos!
A las tres y media de la madrugada tuve la incomparable dicha de celebrar el Santo Sacrificio en la misma Gruta donde nuestra madre María lo dio a luz. ¡Qué emoción se experimenta al pensar que allí mismo donde salió del purísimo seno de la Virgen, nace de nuevo sacramentalmente en las manos del sacerdote, aunque pecadoras como las mías!
¡Como la Virgen lo dio a besar a los sencillos pastorcillos, yo también lo d¡a comer a muchos habitantes de Belén, que muy devotos se acercaron a recibirle!
La Basílica de la Natividad, hoy en poder de los astutos griegos cismáticos, que a mediados del siglo pasado la afearon levantando un grosero muro en la extremidad de las naves, aunque bastante deformada, en sus líneas generales es la misma edificada por la piadosa santa Helena sobre el lugar del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo. Consta de cinco naves divididas por cuatro hileras de columnas monolitas de piedra roja del país. En la parte subterránea se encuentra la Gruta de la Natividad que, aunque sombría, la iluminan 53 lámparas, de las cuales 19 pertenecen a los latinos. Una estrella de plata enclavada en el suelo revestido de mármol indica el lugar tradicional donde la Virgen dio a luz al Niño Divino. A cuatro pasos de distancia están el lugar del pesebre donde fue reclinado y el altar que se ha erigido para recordar la adoración de los Magos.
Otras capillas subterráneas están dedicadas a San José, a los Santos Inocentes, a San Eusebio de Cremona, a las Santas Paula y Eustaquia y a San Jerónimo. La capilla de San Jerónimo es la habitación donde, según una antigua tradición, llevó el Santo Doctor a feliz término sus trabajos Escriturísticos y donde redactó sus famosas controversias.
Alrededores de Belén.—En otra ocasión el 2-5 de Noviembre, hicimos una excursión arqueológica por los alrededores de Belén, cuya noticia, aunque sumaria, será del agrado de nuestros lectores.
Gruta de la leche.—A unos 200 metros de distancia de la Basílica se encuentra la gruta que los árabes llaman Mogharet es Sitt¡Mariam, gruta de la Señora María, comúnmente conocida con el nombre de Gruta de la leche, favorito lugar de peregrinación de las mujeres del país de todas las creencias que, faltas de leche para criar sus hijos, invocan la protección de la Virgen, la cual, según la tradición, en este lugar se detuvo con su divino Infante.
La Casa de San José.—A pocos minutos de distancia se encuentra la Capilla dedicada a San José, que las gentes del país llaman "la Casa de San José", y que, a m¡juicio, no es otra cosa que un recuerdo de la estancia del Santo Patriarca en Belén, sin que afirmemos ser ésta precisamente la casa que habitó.
Los Campos de Booz.—A la salida del pueblo, una fértil llanura nos recuerda el idilio gracioso y conmovedor de Rut, la moabita, que en tiempo de la siega llegó a ser esposa del opulento Booz, que por medio de Obed, padre de Jesé, fueron los progenitores de David y por ende del divino Emmanuel.
El Campo de los Pastores.—Siempre en la dirección de Oriente, a los pies de la colina Star el Ghanem, en castellano «Cuadra de los carneros», se ven las minas del antiguo santuario de los Pastores, celebérrimo en el siglo IV bajo la influencia de San Jerónimo. A este lugar del pastoreo, a media hora de Belén, la Comunidad franciscana viene procesionalmente el día de Navidad para repetir el Gloria in excelsis que hace más de diecinueve siglos cantaron los ángeles al anunciar a los pastores el nacimiento del divino Salvador.
Otros monumentos posee Belén que recuerdan su héroe principal, después de Jesucristo, el rey David. Por ejemplo, las Cisternas llamadas por los árabes Biar Dand, pozós de David, de cuyas aguas deseó ardientemente beber el fatigado rey mientras sus enemigos ocupaban Belén, pero que al presentársela los tres valientes que con peligro de sus vidas se la procuraron, la ofreció en holocausto al Señor, derramándola.
M. Víctor Guérin ha dejado escrito: «Belén, en efecto, es la patria de Aquél por el cual había durante largo tiempo suspirado el mundo antiguo, y que debía despertar al mundo a una vida nueva. De aquí, la eterna aureola de alegría que, a los ojos del cristiano, parece circundar la frente de esta pequeña ciudad: yo no podría menos de compadecer sinceramente a aquellos que al pisar por primera vez el suelo de Belén, no sintiesen levantarse del fondo de su corazón una de estas oleadas de consuelos inefables, que causan estremecimientos de gozo en el alma, porque no proceden de la tierra sino del cielo» (La Judée, I, 120).
A estas hermosas palabras de Víctor Guérin podría añadirse: «Quien visitase a Belén en las fiestas de Navidad, quien presenciase la solemnísima función que los Padres Franciscanos celebran en esta privilegiada ciudad la Nochebuena, sobre todo el sacerdote que ofreciese el santo sacrificio en el mismo lugar donde la Santísima Virgen lo dio a luz y lo reclinó en el pesebre, allí mismo donde lo adoraron los Pastores y los Ángeles cantaron el Gloria in excelsis, sin emocionarse, sin que las lágrimas surcasen sus mejillas...»

