Índice del número 178

Noviembre de 1935. Año 16. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

Justicia social

La crisis del capitalismo, en su manifestación actual, es una verdad axiomática.

El orden social establecido peligra de un modo inminente y las fuerzas explosivas (llamémoslas así) que se incuban en su seno amenazan llevarnos a un cataclismo s¡no se conjura el peligro con decisión y energía.

Sería una tontería y una injusticia por nuestra parte (estamos muy lejos de ello) el pretender que esta decisión y energía se traduzcan en un derroche de fuerzas coactivas que consiga acallar por el terror las justas quejas del malestar social, dando de lado a los problemas que plantea el estado actual de las cosas.

Los problemas existen y hay que afrontarlos, estudiándolos con detenimiento y procurando dar soluciones generales que eviten esos conflictos que surgen a cada paso, porque no se suele atender más que a la resolución de los casos concretos.

Conviene remontarse a las causas para prevenir los efectos.

Se gana con ello tiempo y se ahorran esas energías que se desperdician constantemente al querer atacar las manifestaciones y no la raíz del mal.

Y es que sobra timidez, falta decisión para emprender ciertas innovaciones que, después de todo, van implantándose pero aislada y desordenadamente, sin obedecer a un plan preconcebido teniendo en cuenta los grandes problemas que crea la evolución de la Sociedad.

Hay que decidirse, procurándose las máximas probabilidades de acierto con el estudio detenido de la ciencia social; y hay, sobre todo, que adelantarse a la demanda que pronto degenera en imposición cuando viene de una mayoría, a la que se acostumbra con ello a confiar en su fuerza, relajándose así el principio de autoridad que es preciso sostener para garantía de la tranquilidad y orden sociales.

Los estadistas y gobernantes deben prever los acontecimientos que necesariamente tienen que venir por el enlace lógico y natural de las cosas y desarrollar una política de previsión que evite en lo posible conflictos que sirven de arma revolucionaria. Deben, en una palabra, marchar delante de los acontecimientos, ir a la vanguardia de la evolución social, ordenando las cosas según los datos que suministra aquélla y que permiten lógicamente adivinar determinadas consecuencias.

Hay que conceder antes que se pida, hay que hacer justicia antes que se exija, hay que evitar que se arranquen las concesiones a viva fuerza; porque, de lo contrario se dispierta y robustece excesivamente la conciencia de clase en perjuicio de la fraternidad humana.

La masa, incapaz por su general ignorancia de prever las consecuencias de un trastorno que puede llevar consigo la relajación de todo; principio moral, al tener conciencia de su poder, se arroja ciega a destruir lo que le oprime, siguiendo un sistema que se presenta ante sus ojos, poco acostumbrados a analizar, como un sistema de liberación y de justicia.

Y así, abrazando en toda su integridad, a pesar de todos sus errores, la doctrina de Marx, y siguiendo la odiosa táctica adoptada por la Tercera Internacional, una gran parte de la Humanidad se dedica a entorpecer la vida social.

No es ese el camino. La táctica del comunismo marxista es antipática y por completo reprobable.

Es una verdadera lástima que se promuevan conflictos que siegan en flor la vida de miles de seres humanos, sembrando el odio entre ellos, al propugnar en toda su salvaje-crueldad la lucha de clases en nombre de la igualdad y la justicia.

Por eso hay que abrir nuevos cauces por donde pueda marchar tranquila la Corriente; pero no cometer la insensatez de querer poner vallas que nunca podrán contener la fuerza arrolladora de la evolución social que tarde o temprano derribará cuanto se oponga a su paso.

Pepita Hernández Alfonso

Rápida

Orgullo y humildad

Trabaja el labrador sus tierras con afán, pensando en el fruto que ha de recoger, y sin razonar entonces en los muchos contratiempos que ha de tener la semilla hasta que consiga ese fin. Por eso cava con afán, limpia las malas hierbas y proporciona abonos y riegos, s¡están a su alcance.

Esa norma debiéramos observar en nuestra conducta moral, cavando hondo en nuestras conciencias para desarraigar las pasiones, que, cual malas hierbas, tratan de adueñarse de la voluntad en los actos libres, proporcionando abonos de virtudes, que son su antídoto, y medio de que se adquiera la gracia santificante, símbolo del riego divino, y puesta la mirada en el fin de nuestra santificación, sin fijarnos en lo áspero de los medios para alcanzarlo.

No fructifican nuestras semillas porque, además de la inclinación natural al pecado, somos indolentes para desarraigar las pequeñas plantas parásitas, que poco a poco van creciendo y acaban por adueñarse del terreno con Sus raíces y del ambiente con sus frondosas ramas. Vigilad y orad para que no entréis en tentación, decía Jesús a sus discípulos en aquel tremendo trance de su agonía moral en el Huerto, cuya recomendación parece hecha a cada uno de nosotros en todos los momentos de nuestra vida espiritual, y que desgraciadamente olvidamos presuntuosos de nuestra inmunidad, tan ridícula y tan vana, para resistir los vendavales de nuestro orgullo, inmediato brote de la soberbia.

Orgulloso el hombre, ¿y de qué? Del tiempo, no, porque sólo dispone del momento presente, pues el pasado, ya no es, y el futuro es incierto. De los honores, no, porque dependen de otros y en nada pueden aminorar la más pequeña molestia fisiológica o moral. De las riquezas, no, porque son corno el estiércol amontonado. De la salud; tampoco, porque el miedo de perderla intranquiliza. No tiene el hombre, pues, otro motivo de orgullo que el ser hijo de Dios, y éste oscurecido por la mancha del pecado, que le obliga a reconocerse, como otro hijo pródigo, indigno de tal distinción.

La soberbia hizo al primer hombre rebelarse contra Dios, y por eso figura tal pecado y los que inmediatamente nacen de él, como cabeza y origen de otros muchos. Por él quiso el hombre ser como Dios, despojarle de su poderío, y por él se hizo reo de la más negra ingratitud. Tan horrible es ese pecado, que para borrar su huella, el mismo Dios se hizo hombre para devolverle la dignidad perdida en el Paraíso, y enseñarle con su humildad el medio único de reconciliación.

Galo Recuero García


Semblanza Misional del Venerable Padre Antonio Margil de Jesús, 1657-1726

II. Su traslado a otra Provincia Seráfica.- Sus misiones en Cádiz y en alta mar.- Sus correrías apostólicas por las Indias Occidentales.

Las almas del temple religioso y misional seráfico del Padre Antonio Margil de Jesús, necesitan un horizonte ancho, espacioso y dilatado para campo normal de sus actuaciones apostólicas, cuando es el espíritu de Dios quien las guía y conduce de la mano a la conquista del reino de Israel, oculto en la mente y corazón de todos los mortales. Otras muchas almas, aunque sean de sí mismas muy buenas, celosas y santas, en el sentido estricto de estos vocablos, se hallan bien dentro de las cuatro paredes de un convento, en el pueblo de su permanencia ordinaria o en el interior de una sola provincia, comarca
o región de límites reducidos, por no ser para empresas de más recia envergadura espiritual misionaría, n¡demandarles Dios sacrificios personales más costosos.

aEl Venerable Padre Margil de Jesús pertenece a las almas del primer grupo. Para él resultan ya pequeños los límites de su Seráfica Provincia y estrechos los horizontes de sus conventos de Valencia y de Alicante. Ha venido al mundo lleno del espíritu de Dios, quien lo ha tomado para sí y reservado para llevar la nueva del santo Evangelio a países lejanos. Quiere hacerlo apóstol de innumerables gentes que todavía están sentadas en las tinieblas del error y de la ignorancia. Las Indias Occidentales españolas, en el antiguo virreinato de Méjico, le proporcionarán ese campo de acción misional adecuado a las fuerzas de que viene provisto su noble y grande espíritu. En esas Indias tan vastas, de selvas incultas y de regiones inmensas, abandonadas a la nefasta idolatría del paganismo más grosero y repugnante, hallará el Padre Antonio la soltura y expansión demandada por su ardiente celo en favor de la-gloria de Dios y del. bien espiritual de las almas que redimió Cristo Señor nuestro con el precio infinito de su sangre, al morir por todos en el monte Calvario.

Llevado de este celo santo, ardoroso e insaciable, antes de haber cumplido los 26 años de su edad terrena, ya se alista para las Misiones apostólicas de la Nueva España y corre a formar parte de la gloriosa expedición misional católica acaudillada por el Venerable Padre Antonio Llinás y Massanet, para fundar en la ciudad de Querétaro el primero de sus Colegios de Propaganda Fide, dentro de los dominios del rey don Carlos II, que tanto favoreció la buena causa dentro de sus estados.

Constaba esta expedición misionera de 24 religiosos franciscanos, además de su Jefe y Maestro, que los había escogido de las Provincias Seráficas residentes en Esparta. He aquí la procedencia y los nombres de todos ellos.

Todos estos intrépidos religiosos franciscanos, a principios del año 1683 acudieron al puerto de Cádiz en busca de la pequeña flota marítima que había de conducirlos a las Indias españolas del Nuevo Mundo. Mas como luego supiesen que no les sería posible embarcarse hasta mucho tiempo después, antes que volverse a sus respectivos conventos o que permanecer allí ociosos, a propuesta de su Prelado y Caudillo resolvieron todos ellos publicar una misión general en la ciudad de Cádiz y hacerla con todo .el entusiasmo e interés misional que ya bullía por entonces en su hermoso corazón. A este efecto se repartieron entre sí las iglesias de aquella ciudad y empezaron todos a la vez la santa misión que Dios había inspirado a su Jefe y Maestro. La conversión de innumerables pecadores, la santidad de vida y la mejora de costumbres de los moradores de la ciudad y de los pueblos circunvecinos, fueron los frutos espirituales que a manos llenas se cosecharon de tan gloriosa misión.

Terminada ésta felizmente, en la cual el Padre Antonio Llinás y el Padre Antonio Margil trabajaron siempre juntos y en una misma iglesia, el día 4 de Marzo lograron ya embarcarse en la flota naviera que conducía unos mercaderes a la América Septentrional. También aquí discípulo y maestro subieron a una misma nave y siempre juntos hicieron el recorrido desde Cádiz hasta el puerto de Veracruz. Ya en alta mar, obedeciendo a otra señal preconvenida entre todos los religiosos misioneros, publicaron y comenzaron la misión general destinada a ganarse las almas de toda la tripulación y de todos los viajeros que ocupaban las diversas embarcaciones de aquella misma flota. Y los buenos resultados no se hicieron esperar.
Debido al mal tiempo y a las malas condiciones con que viajaban, permanecieron 93 días embarcados, y no tomaron tierra en el puerto de Veracruz hasta el día 5 de Junio de aquel año.

Todos bendijeron entonces y alabaron al Señor porque durante la travesía los había librado de la muerte y de los múltiples naufragios que seriamente les habían amenazado. Después se distribuyeron los misioneros en varios grupos, y por rutas distintas se encaminaron todos a la ciudad de Querétaro, que era el fin de su largo y penoso viaje. Al Padre Margil de Jesús le tocó ir con otro religioso de compañero —después de haberse quedado varios días en la ciudad del Puerto enterrando cadáveres insepultos y reparando otros estragos sacrílegos de los muchos realizados por el pirata que acababa de saquearla—, dando sendas misiones por las aldeas, pueblos y ciudades que hallaban en el tránsito. De este modo aprovechaban el tiempo del camino en la obra magna de la salvación de las almas.

Entre otros pueblos desconocidos, estuvieron de misión en Cotastla, en Guatusco, en San Lorenzo de Negros, en San Martín, en San Salvador el Verde y en San Juan del Río, antes de llegar al convento de Santa Cruz de Querétaro, que fue el día 13 de Agosto. Estuvo, pues, de misión por esos pueblos de su tránsito 68 días sin parar n¡descansar un momento dé sus muchas fatigas misionales, viéndose siempre mal servido, mal alimentado y mal acomodado. N¡ropa con que mudarse contaba en los muchos temporales de lluvias que padeció en este viaje a pie por terrenos lodosos y lugares pantanosos, que dificultaban su paso de un pueblo a otro pueblo.

Era entonces el Padre Margil la estampa viva del verdadero, del celoso y del santo misionero, que corre detrás de la oveja perdida, que la carga sobre sus hombros, que restaña sus heridas y que la restituye al redil de su divino Pastor. Un hábito viejo y remendado, un devoto crucifijo que enseñar al pueblo, un breviario para el rezo de las Horas Canónicas, y un báculo para el sostén de su flaqueza. Con esto y su andar siempre a pie, descalzo, se acredita de ser un hijo legítimo del gran Serafín y Patriarca de Asís; un misionero franciscano de alto vuelo; un verdadero apóstol de Jesucristo que sólo se preocupa por la gloria de Dios y por la eterna salvación de las almas de sus hermanos.

a

El día 15 de Agosto de este mismo año 1683, fue la toma de posesión del primer Colegio Apostólico establecido y fundado por el Venerable Padre Llinás y el personal concurso de los 24 expedicionarios traídos por él de la madre España, siendo el Padre Antonio Margil el que más identificado estaba con el espíritu, carácter y doctrina de su Caudillo y Pastor. El día 18 de este mismo mes y año cumplió el Padre Margil de Jesús los 26 años de su edad, y sin apenas reponerse de las graves fatigas pasadas, en la primera dominica de Septiembre, ya entra otra vez a tomar parte muy activa primero en la misión de la ciudad de Querétaro, en la cual intervienen todos los Padres Fundadores de su Seminario Apostólico, y después en la importante capital de Méjico, compuesta de doce misioneros de mucha nota, todos los cuales recogieron frutos muy abundantes.

Y así por el estilo, salvados los compromisos de las tres o cuatro Guardianías que le confiaron en las Indias, prosiguió misionando por espacio de 43 años más, unas veces solo y otras acompañado, ahora entre cristianos fieles, ahora entre idólatras e infieles, tan pronto en grandes ciudades como en pueblos y villorrios de poca monta; pero siempre en las mismas condiciones de pobreza, de abnegación y de sacrificio que hemos descrito arriba. De modo que no llevaba bolsa consigo n¡tocaba nunca el dinero por ningún concepto. Así recorrió con avidez y celo insaciable todas las Indias españolas cas¡sin dejar rincón ninguno del vasto país denominado entonces la Nueva España, en busca de almas que ofrendar al Señor.

Su apostolado seráfico, en el antiguo virreinato de Méjico y de Guatemala, fue sin duda de los más fecundos y beneficiosos en la conquista de las almas, y vasallaje de los pueblos, y de regiones enteras, para Dios, para la Iglesia y para la madre España. N¡siquiera nosotros comprendemos que pueda un hombre solo lo que por sí mismo hizo en las Indias el Venerable Padre Margil.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Amado por su propia sangre

Sin querer, Lorenzo Juan anduvo paseando toda la tarde. Cuando se dio cuenta ya la noche lo envolvía en su manto opalino y helado llenándolo de frío y de miedo. Nuestro joven no tenía miedo a los fantasmas que parece se bosquejaban protervos en las negruras de las noches de un prematuro invierno con gesto amenazador y adusto. No. Mas... Sobre aquel invierno que ya llegaba arrastrando flores y tronchando vidas, veía él una primavera fuera de estación, como contraste, que se le clavaba directamente en su pecho, y en su alma, y en todo su ser desde hacía años.

Era la sonrisa provocadora que fluía constantemente de los labios de Alba, la amada de su corazón, y que para todos derramaba esencia perfumada de afecto sincero, menos para él...

Eran dos seres uniformes en lo físico: guapos y elegantes.

Eran, en cambio, muy diferentes en el sentir, y cada uno, siguiendo el curso de sus ideas, obraba a impulsos de resortes completamente opuestos.

Aunque se encontraron en los mismos días eran dignos de vivir entrambos en épocas completamente distintas.

Albita era el genio vivo e inquieto de una época frívola, vanidosa y adelantada que no reconocía inferioridad de sexos; y ella creía en la anestesia del supremo sentimiento, y aplaudía la pintura en los labios, y rendía ferviente tributo a la moda, y abría de par en par sus brazos al trabajo intelectual.
Por eso presumía en cuanto permitido le era, y porque una vez oyó comentar que no eran sus días los más apropiados para amar como Dios manda renegó del amor y se entregó totalmente en los brazos del placer optimista y engañador, como una sibarita modelo.

En cambio, Lorenzo Juan, era profundamente sentimental. Se reconocía romántico; mas, para que no se le señalara con el dedo, ya que puede fuera el único romántico en su tiempo, se limitaba a creerse sentimental.

Un romántico o un ridículo en sus días era lo mismo, y Lorenzo Juan, explayando todos los sentimientos de su alma, no hacía otro que el ridículo.

Y como cuando un romántico ríe los del alrededor duplican la carcajada, porque cosa mejor no saben hacer, él, para que nadie lo comprendiera por el solo afán de mofarse, cuando iba por la calle, a nada n¡a nadie miraba que no fuera al cielo o a la tierra. Sistema el suyo de sustraerse de la atención ajena completamente trágico, porque más de una vez lo atropellaron vehículos, aunque por fortuna siempre resultaba ileso de estos percances harto frecuentes.

Un día mirando a la tierra contaba sus pasos al mismo tiempo que su alma se contaba a sí mismo sus penas, cuando oyó un eco sucesivo, que se acentuaba atronador a medida que la causa del mismo se acercaba hacia él, por dirección opuesta. Nuestro protagonista creyó que un aeroplano llegaba a todo aire en plena calle para aplastarlo definitivamente, cosa que aún no habían hecho los autos y tranvías, aunque estuvo de ellos bastante amenazado. Levantó los ojos con ánimo de defenderse de ser cierta la suposición, y vio...

...Aquel tremendo ruido-eco era de unos taconazos que golpeaban el pavimento con fuerza fingida o cólera feroz.

Sus ojos se fijaron en un semblante sonrosado y exquisito, pero que exhibía una mueca tan melancólica que interesó de corazón al joven Lorenzo.

Seguramente una contrariedad cualquiera apagó la sonrisa de los sangrientos labios y la expresión de carácter dolorosa enamoró a Lorenzo Juan.

Su corazón latió de alegría.

—¡Una romántica! —se dijo.

La siguió y algunos días después el corazón de nuestro héroe latía de manera distinta a como hasta entonces...

Después de algunos meses de amistad, la pretendió, declarándole con notoria ternura todo el amor grande que por ella sentía.

Albita se sorprendió. No por las palabras cálidas de un amor apasionado, y al parecer con trazas inequívocas de sincero; por lo poco a tono que estaba con el día su sincera manera de amar, en ese entonces, precisamente. que ella huía toda ocasión de enamorarse, porque aunque quería diversiones sin fin, no quería amar, que sería como atarse...

Fue el resultado de esta noble declaración, que Lorenzo Juan recibió por toda contestación una carcajada que le lastimó el corazón.

—¿Estás loco, amigo mío? ¿Ahora que todo el mundo quiere vivir y gozar en plena libertad, tú sacas a brillar ese amor de otros siglos capaz de encadenar los sentimientos y las personas? Espera a ver s¡surge el renacimiento del romanticismo y entonces... ¡Quien sabe! A lo mejor me vuelvo romántica, y...
Ya rato que se separaron y aún repercutía en el espacio aquella risa loca de eco impío que destrozaba el interior del pecho de Lorenzo.

Esfuerzos supremos hacía éste para borrar de su imaginación, mejor para arrancar de su pecho, a Alba, que una más era para no comprenderle contra lo que creyera él desde un principio.

No consiguiéndolo quiso renovar sus pensamientos, sus sentimientos: cambiar su alma. Llegó a intimidarse con la moda, él, el gran enemigo de las modernas corrientes, y alguien le llamó «pollo pera» en una época en que este mote ya era olvidado...

Y de esta farsa doblemente fingida, resultó un muñeco sin voluntad que lloró amargamente como una niña pequeña.

Veía a cada instante aquella sonrisa fascinadora que podía perder su ápice de pureza que le quedara, en el vértice revuelto que todo lo atropella.

Por eso tenía miedo y mucho más que a todas las noches juntas que se hubieran echado encima.

II

De su tremendo letargo le incorporaron unos golpecillos de afable amistad.

—Estás más triste que de costumbre, amigo mío. ¿Acaso no hay esperanza de salvarla?

—¿De salvar a quién?

—¡A ella!

—¿Quién es ella?

—Cuidado s¡estás alejado de t¡mismo. Alba... hombre de Dios.

—¿Alba está enferma?

Juan María le miró perplejo.

—¿No lo sabías?

—Te lo aseguro, amigo mío.

—Sin embargo hace más de un mes que está postrada. Los médicos piden sangre generosa que quieran brindarle. Pero estoy pasmado, no comprendo tu amor; ese amor tan grande que ponderas para que puedas pasar meses sin ver a la amada aunque sea de lejos.

Lorenzo Juan sufría horriblemente, se arrojó en brazos de su amigo y como un niño acongojado que busca consuelo dulce en el regazo maternal, le contó lloroso:

—¡Oh, Juan María! S¡amaras como yo-te lo explicarías. Ella no quería n¡verme; sufría cuando yo cruzaba su camino y como la adoraba, para evitarle esa pena me alejé...

—Ya no quedan hombres como tú; ya ves, tantos adoradores, tantas amistades, y n¡una sola se ha prestado a la petición de la ciencia...

III

Lorenzo Juan se brindó generoso a la transfusión con alegría infinita, con placer nunca sentido.
Así por medio de esta operación quirúrgica parte de la sangre de nuestro joven pasó a las venas de Alba en momentos críticos que la ciencia médica empezaba a desconfiar.

La reacción empezó con éxito. Alba caminaba hacia la salud con paso lento, pero seguro.

Y en efecto, Alba volvió a la vida llena de vigor, de salud, de belleza; pero ya no fluía de aquellos labios, aún pálidos, la sonrisa provocadora que tanto miedo infundía en el alma de Lorenzo Juan. Tampoco se vislumbraba en el semblante de rosa perfumada y exquisita aquella mueca frívola y vanidosa que fueron en su rostro como el símbolo de una época anestésica al sentimiento elevado del corazón y desenfrenadamente alegre.

¡Y es que la operación mágica trajo con la reacción íntima transformación total de los sentimientos!
Por eso la veía pasar (a su época) ante ella con la majestad del poderoso rey adorado por todos sus súbditos sin tener un enemigo que intentara blandir sus palabras de hierro que amenazaran romper, destrozar, la corona imaginaria de oropel y de engaños; y por eso también la dejaba pasar con la indiferencia propia de un corazón ya no subordinado a sus leyes: con indiferente ironía, con extraño remordimiento.

Un solo ser le interesaba ahora.

¡Lorenzo Juan!

Y antes mismo que la transformación moral que se estaba operando en su espíritu tocara a su fin, se confesó íntimamente que Lorenzo le inspira distinta simpatía que hasta antes de caer enferma...

IV

Al calor de un hogar conyugal formado por dos corazones llenos de amor, gozó Alba una felicidad llena de bellezas y sublimes ideales que sólo el amor grande y noble de Lorenzo era capaz de proporcionarle.

V

Una noche, estando en actitud reverente ante Cristo Crucificado, clavó su mirada en el Divino Costado y le pareció ver que la sangre manaba a borbotones...

—Tu sangre, gran Dios, fue necesaria para reconquistar la gracia que perdió el género humano por un acto de atrevida libertad por parte de nuestros primeros padres.

¡Cuántas almas al sentirse por ella salpicadas han doblado ante T¡su rodilla!

Después, acordándose del acto sublime que acerca de ella realizó Lorenzo, murmuró, a media voz con cierto dejo de amargura:

—También Lorenzo se sacrificó por m¡dándome parte de su sangre y sin duda alguna sin su intervención tal vez no me hubiera regenerado...

¡Cómo brillan, Señor, cómo, en esta época que yo he representado, los seres, que, basándose en tus doctrinas y ejemplos, se sacrifican por sus semejantes!

De la habitación inmediata partió un como dulce sollozo.

—Albita me llama. Voy, ángel mío, voy; pero antes prometerte quiero, Jesús mío, que me esforzaré en ser para ella una madre en toda la extensión de la palabra, cristianamente tomada.

* * *

Sin duda alguna que al hablar así, se basaba en la necesidad de vigilancia; en el deber de sana y perfecta educación que toda madre debe llenar acerca de sus hijos, ya que nadie mejor sabe y puede formar no hijos que se adapten a los modernos moldes civilizadores que se apartan de la educación cristiana, sino hijos dignos, que sabiendo amar a Dios, honren a los padres y trabajen por el verdadero progreso social.

A. B. Jacinto-Margarita