Índice de los números 227-228
Noviembre y diciembre de 1947. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
- Entusiasta adhesión de la Acción Antoniana. Editorial
España asuncionista. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Celo apostólico del P. Molíns. Florecillas (IX). Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Un homenaje al P. Vives.
¡Nochebuena!. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Los dos reinos (2). Estampas evangélicas. Fr. Rafael Fuster, ofm
Nuestra cruz de cada día. Fr. Luis Mestre, ofm
Rimas gozosas. Poema. Vicente Monroy Alaguero, c. ss. r.
La impecancia y la impecabilidad en María. Justo Hernández, pbro.
- "Nos ha nacido un salvador". Pedro Ginebra Espona, pbro.
Ante la cuna de Belén. Poema. Jesús Galbis
¿Qué suena, Gil, en el hato? Poema. Juan López de Úbeda
La duquesa de Turingia, reina y santa. Salvador Riera, T. F.
El Corazón inmaculado de María. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm
Consultorio religioso. Fr. Agnello
El negrito Bomba. P. Jorge Orellana, S. J.
Noticias.
P. Lorenzo Pérez Pastor, in memoriam
Entusiasta adhesión
Hemos visto con simpatía y entusiasmo indecibles la súplica que las Corporaciones valencianas elevan a nuestro Sr. Arzobispo, rogándole se digne alcanzar para la Real Capilla de la Virgen de los Desamparados el título y los honores de Basílica con ocasión del XXV aniversario de la Coronación pontificia de nuestra Reina y Patrona. La Acción Antoniana se adhiere a tan laudable iniciativa.
Todo cuanto se haga a favor de nuestra Madre de los Desamparados nos parecerá poco a los que, con corazón valenciano, llevamos a los hogares valencianos el mensaje que el Padre de los pobres San Antonio dirige mes tras mes a sus devotos. Suscribimos, por tanto, una súplica tan justa, y sabiendo que halla tan buen eco en el corazón del Sr. Prelado, hacemos votos para que Roma sea generosa con los valencianos y con nuestra Madre y Señora la Virgen de los Desamparados.
Congreso franciscano español en Madrid
La España asuncionista
Lazos misteriosos han venido uniendo la causa de María a la causa de España y, recíprocamente,, la causa de España a la causa de María. España se debatió por María con voto de Sangre; pero antes María había sellado el territorio español con sus plantas virginales y divinamente maternales. Cuando España decayó (siglo XIX) la causa mariana, por la que había batallado tanto, triunfó plenamente la causa de la Concepción Inmaculada, principio fontal de las grandezas y de las glorias de María. Con este hecho de singular resonancia quiso la Madre de Dios decirle a España: «Estoy contigo hasta la consumación de los siglos.» Adviértase: los liberales de bajo coturno y mente cerrada impidieron la publicación de la Bula Ineffabilis Deus, para manifestarse aun en eso antiespañoles, pero el ímpetu mariano nacional consiguió desvanecer la nube, y la Bula, posteriormente, resonó triunfal en toda España y en los corazones españoles.
Ahora, la España desangrada por la causa de Dios y la causa de sí misma, por la causa de María, regenerada, vigorosa, empuña de nuevo la espada de la verdad y de la ciencia para vindicar el privilegio de la Asunción de María al Cielo en cuerpo y en alma, no por que se dude, sino para que se imponga, para que se proclame y para que nos atraiga las bendiciones de lo alto y los carismas divinos.
La definición dogmática de la Concepción Inmaculada de María implicó la causa y triunfo del espíritu sobre la materia; la causa de la Asunción de María en cuerpo y en alma a los Cielos implica la causa y triunfo de ultratumba, de la vida futura, de la salvación definitiva del hombre en alma y en cuerpo.
Manifestación espléndida de este pensar, de este sentir y de esta fe cierta, ha sido el Congreso Asuncionista Franciscano Español en este mes de octubre, desde el 21 al 26.
A fin de que tuviese la máxima representación y autoridad, fue presidido por el P. Pacífico Perantóni, Ministro General de toda la Orden Seráfica, y acreditado con la presencia e intervención personal del Rector Magnífico del Ateneo Pontificio de San Antonio (Roma), Presidente del Consejo Central de todos los Congresos Asuncionistas franciscanos.
Los actos oficiales y las conferencias han tenido lugar en el templo de San Francisco el Grande, en el salón de actos del mismo, y en el Consejo de Investigaciones. Todas las familias franciscanas, aunadas, han contribuido al éxito científico y literario.
- El P. Balig, con su magisterio acostumbrado, se extendió, desenvolviendo el tema «A través de la España Asuncionista Mariana», demostrando, con acopio de datos, que lo fue siempre y lo es;
- el P. Colomer expuso sus ideas luminosas sobre las «Raíces humanas de la Revelación divina y sus modos»;
- el Padre Pijoán disertó ampliamente sobre «Cómo se puede saber que una verdad, la Asunción en el caso, es definible»;
- el P. Eguiluz (Antonio) interpretó el adagio latino Lex orandi, lex credendi;
- el Padre Isidoro Rodríguez ahondó en los textos de San Epifanio sobre la Muerte y Asunción de la Virgen y Madre;
- el P. Crisóstomo de Pamplona, con destreza magistral, habló de «La Muerte de la Santísima Virgen a la luz de los principios teológicos»;
- el P. Uribe leyó un escogido «Elenco de escritores de obras franciscanas en España relativas a la Muerte y Asunción de la Santísima Virgen»;
- el P. Aperribay, Presidente de la Comisión Nacional del Congreso, presentó un sólido trabajo sobre él misterio asuncionista en la literatura teológica hispano-franciscana;
- el P. Oltra ofrendó a los concurrentes el regalo de un estudio sobre el Misterio en la literatura mística;
- el P. Caldentey, siempre con su tema, trató de «El primer monumento teológico asuncionista en romance, atribuido a Raimundo Lulio»;
- el
P. Serafín de Ausejo, con soberana competencia, nos dio a conocer el pensamiento del Beato Diego de Cádiz;
- el P. Pelayo de Zamayón, competentemente dilató su disertación asuncionista sobre los campos teológico-hemolíticos, así como el P. Savall;
- el P. Ocerín-Jáuregui nos sorprendió gratamente con noticias peregrinas sobre el año en que probablemente murió la Virgen Santísima;
- el P. Lago relacionó los misterios de la Asunción y de la Inmaculada con observaciones que le acreditan;
- finalmente, el P. Viñas cerró el ciclo con su discurso sazonado «Oportunidad de la definición de la Asunción de la Santísima Virgen».
Total, un magnífico y substancioso curso abreviado sobre el misterio poético y trascendente de la Asunción de la Virgen María al cielo, misterio tan arraigado en el espíritu español.
Los demás actos, en especial el de la
clausura, fueron tales como correspondían a la tradición mariana madrileña y a la magnificencia de San Francisco el Grande, templo verdaderamente regio y grandioso. La Capilla Franciscana del Monasterio de Aránzazu, que consta de 120 cantores, dio a los actos un relieve extraordinario, y el concierto ha dejado en la cúpula ecos imperecederos.
El Congreso ha sido un canto triunfal del Espíritu contra la materia; de la Gracia sobrenatural contra la naturaleza caída; de las leyes históricas del Espíritu contra las leyes históricas materialistas; de la Santa Iglesia católica, apostólica, romana contra las sinagogas de Satanás y masónica; de María Inmaculada contra la serpiente infernal; de la España eterna contra todas las Españas caducas y efímeras. España por María.
Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Voto y juramento asuncionista prestado por la Orden Franciscana y las Asociaciones a ellas ligadas en el magno Congreso de Madrid: 21-26 octubre 1947
¡Reina y Señora del cielo y de la tierra, Madre de Dios y Madre de los hombres, Virgen siempre pura, revestida de vida incorruptible' e inmortal! Míranos benigna postrados a tus plantas, y en nosotros mira a la Orden Franciscana de España, a nuestros Religiosos y Religiosas, a nuestras Hermandades de Terciarios y Asociaciones Antonianas; mira con agrado a esta Real Archicofradía de la Purísima, glorioso brote inmaculatista del pueblo español.
Te reconocemos, ¡oh Virgen sin mancilla!, por nuestra Madre, Reina y Señora. Te confesamos, llenos de júbilo, triunfadora, al morir según la condición de la humana naturaleza, de los dominios de la misma muerte, resucitando gloriosa y subiendo en alma y cuerpo al palacio de la Trinidad. Esta es la fe de nuestros mayores, y esta es también nuestra, fe. A imitación, pues, de nuestros padres, que celaban los privilegios con votos y juramentos, nosotros, aquí reunidos, en nombre propio y en nombre de nuestros representados, prometemos con voto y juramos defender la creencia de tu Asunción corporal a los cielos, hasta derramar, si fuera preciso, nuestra sangre.
Recibe, oh clemente, piadosa y dulce Señora, este nuestro pequeño obsequio, refrendado con voto y juramento para honor y gloria de Trinidad beatísima. Recibe en este momento nuestra firme adhesión a tus títulos de gloria, y ruega a tu Hijo, oh Santa Madre de Dios, a fin de que por tu intercesión seamos dignos de participar en el cielo de tu vida inmortal. Así sea.
* * *
En otro número daremos a conocer a nuestros lectores las conclusiones de este magno Congreso Asuncionista franciscano.
Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
IX.
Celo apostólico del P. Molíns y frutos admirables de su predicación
El P. Molíns no sólo fue apóstol del buen ejemplo, sino también un santo predicador cuyas correrlas apostólicas dejaron una estela de opimos frutos.
En Cocentaina predicó varias veces la Cuaresma, despertando tal interés su sencillo decir y su unción que, a la hora del sermón, se cerraban los comercios y asistía el pueblo en- masa, quedando un gentío inmenso agolpado en torno a las puertas. Los domingos, después de la misa de doce, ya no se cerraba la iglesia parroquial, y había quien permanecía en ella hasta la hora del sermón por asegurar el asiento. Sucedía que, a pesar de la aglomeración y de que la voz del predicador era débil, nadie dejaba de oírle. La gente miraba en esto algo maravilloso.
Las conversaciones eran muchas, aun entre los propios bandoleros que entonces infestaban aquella comarca. «Se cuenta de un grupo de esta gente de mal vivir que, reunidos en la taberna y comentando los frutos de la predicación del Padre Molíns, dijeron entré ellos: "También nosotros habremos de confesarnos; pero habrá de ser a media noche, que nadie nos vea". Lo supo el P. Molíns, y les mandó recado que a la hora que subieran les estaría esperando. Subieron, en efecto, a las dos de la madrugada, y cuando llegaron el P. Molíns ya les había abierto la iglesia, y, tomándolos a cada uno en particular en el Trasagrario, todos salían llorando amargamente sus pecados. Otra noche subieron otro grupo de está gente de bandoleros sin previo aviso, traídos por los remordimientos de su conciencia; mas al llegar al convento no se atrevieron a llamar, y decían entré sí: "Si bajara el
P. Molíns, sí que nos confesaríamos". En ese momento se abrió la ventana de la celda del P. Molíns, y les dijo: "Esperaos, que bajo en seguida". El cielo, sin duda, le dio aviso, y, mayormente sorprendidos los pecadores, hicieron una dolorosa confesión de sus pecados (La Acción Antoniana, número extraordinario de 1928, pág. 89).
El secreto de los admirables frutos de su sencilla predicación estribaba en su intensa vida interior. En una misión en que llevaba por compañeros a los Padres Felipe Bellver y Francisco Orero, este último, admirado de la atracción que el Padre Molíns ejercía sobre el pueblo, dijo al P. Felipe: «Está visto que nosotros, con toda nuestra ciencia y oratoria, no logramos lo que este santo fraile con su sencillez.» El P. Felipe, tomando entonces al P. Orero, le llevó a la habitación donde se recogía el P. Molíns, e invitándole a que por una rendija de la puerta inspeccionase lo que pasaba por allí dentro, halló el curioso al Padre arrodillado y abrazado al Crucifijo de la misión, pidiendo con lágrimas y suspiros por la conversión de los pecadores. El P. Felipe comentó entonces: «He aquí el secreto de los triunfos del P. Vicente.»
Porque hacia depender el fruto de la predicación de la oración y del sacrificio, solía encargar a los novicios se disciplinasen y orasen por la conversión de los pecadores cuando salía a dar una misión. El les precedía en estos ejercicios. Y toda la comunidad se edificaba más de su preparación que de sus propios sermones.
El diablo no podía tolerar las conquistas espirituales de tan santo apóstol y le
perseguía de manera extraordinaria, no dejándole descansar por la noche. En ocasiones hubo de pedir el P. Molíns a un hermanito se quedara en su habitación, por temor a las malas artes de Satanás.
Un día que iba desde Cocentaina a Benilloba a predicar, al pretender atravesar el río se le apareció un personaje misterioso de mal aspecto, intimándole volviera atrás y asegurándole que no lograría predicar en Benilloba. El buen Padre, conociendo en aquella aparición una acción diabólica, replicó que iría por encima de todo a donde era requerido, y que esperaba sacar mucho fruto en los poblados del alrededor. Aquel hombre misterioso le amenazó. El Padre sacó entonces el crucifijo de misionero, y el demonio, que tal era el tipo de extraña catadura, desapareció.
De luchas de esta índole con el diablo fueron testigos tanto religiosos (algunos todavía viven) como seglares. Nada extraño que el P. Molíns dejara en todas partes fama de hombre de extraordinaria santidad.
Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm
Un homenaje al P. Vives
El día 22 de enero de 1743, en el Real Monasterio de Misioneros Franciscanos de Santo Espíritu del Monte, entregó su alma al Creador cuando contaba cincuenta y cinco años de edad, lleno de virtudes evangélicas y de ciencia teológica, el venerable P. Fr. Pedro Vives, autor del popular Breve Catecismo de la Doctrina Cristiana, escrito para fomentar la instrucción religiosa y distribuirlo de limosna a los pueblos en la misiones que daba, impulsado por su apostólico celo de que nadie ignorase caminar hacia la eternidad. Este Catecismo, desde mediados del siglo XVIII, principió a divulgarse en la diócesis valentina bajo la protección de sus prelados, alcanzando gran difusión en otras diócesis de España y América española, llegando hasta nuestros días enseñando los preceptos divinos de la Religión y nuestros deberes con Dios.
Al dar esta noticia creemos innecesario hacer la biografía del benemérito Padre franciscano, catequista de tantas generaciones, personalidad tenida en alto aprecio por ilustres historiadores valencianos.
Para celebrar la conmemoración de su óbito se celebraron muchos actos en diversas poblaciones de la región. El Real Monasterio de Santo Espíritu pensó en algo de mayor envergadura. Aquel pensamiento será pronto una realidad: la
erección de un monumento costeado a expensas de buenos valencianos, homenaje que han hecho sugerir los Caballeros de la Cruz de Santo Espíritu con el laudable fin de que perdure su santa memoria y se recuerde su apostolado misionero, ejercido durante dos siglos con su luminoso librito.
El monumento, rodeado de viejos cipreses que apuntan al cielo, se elevará en aquel valle de Tolíu, hermoso encanto del espíritu, ante los vetustos muros del Real Monasterio, en la mística plazoleta que sirve de antesala al mismo, donde se oyen voces que oran y cantan los salmos que vienen de la profundidad de los siglos.
Otros actos conmemorativos se preparan para enaltecer al P. Vives con motivo de la inauguración del monumento en su honor, obra ya terminada y de admirable realización por el notable artista Pepe Justo.
Se celebrará una exposición de ejemplares antiguos del Breve Catecismo, dándose varias conferencias por ilustres personalidades acerca del venerado Padre catequista, como igualmente sobre su legado inmortal, su imperecedera obra, tan conocida en nuestra región cariñosamente con el nombre de La Doctrineta del Pare Vives.
Oportunamente irán dándose fechas.
¡Nochebuena!
¡Nochebuena, Nochebuena!,
que de gracia y de amor llena
me sabes siempre alegrar;
¿cuál es tu embrujo hechicero?;
¿qué tienes que tu lucero
me obliga a alzarte un cantar?
He visto noches serenas
radiantes de luz y plenas
de sortilegios y amor;
he contemplado a la luna,
que en ellas, dentro su cuna,
me besaba con temblor.
He sentido el aleteo
de las auras,
que el deseo
de la noche señorial
agitaba dulcemente
y dibujaba en mi frente
lindas rosas de cristal.
He percibido el aroma
que la noche, cuando asoma,
hace a la rosa exhalar;
y el misterioso sonido
que su beso florido
teje y borda sin cesar.
Mas nunca mi alma, encendida
en la fragua apetecida
de la luz y del amor,
pudo decir Nochebuenas
a las que de encantos
llenas
me mecieron con dulzor. |
En las noches sólo hay una
que brilla como ninguna,
y es Nochebuena; en verdad,
tiene luz, gracia y encanto,
y su idilio sacrosanto
me da dicha y suavidad.
Es la que abre a la memoria
la página de la historia
más bella, que el mundo vio,
y nos muestra a un dulce Niño
que, entre besos de cariño,
la Buenanoche nos dio.
Y las sombras de la noche,
con él titilante broche
de ese Niño sin igual,
huyeron despavoridas,
y las luces encendidas
dieron lumbre cenital.
Y los Ángeles cantaron,
los pastores destrenzaron
la lira del corazón,
y la humanidad entera,
estupefacta y sincera,
a Dios rindió adoración.
¡Nochebuena, Nochebuena!,
que de gracia y amor llena
me sabes siempre alegrar;
¿cuál es tu embrujo y lucero?
Lo sé: es el Niño hechicero
que ha inspirado mi cantar. |
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Estampas evangélicas
Los dos Reinos (II)
Del monte de la Cuarentena, así llamado por el recuerdo del ayuno de Jesús, la escena se trasladó a los muros del Templo, y desde aquí a un monte muy elevado cuyo nombre calla el Evangelio. ¿Fue real o simplemente en visión realizada la escena descrita por San Mateo y San Lucas?...
Emplazado en ese monte altísimo, si realmente hubo desplazamiento 'de lugar, Satanás señalaba el vasto imperio que obedece sus órdenes: Mira, ¿ves todos esos reinos y naciones que van aún más allá del lejano horizonte? Pues todo eso es mío y lo doy a quien quiero porque me pertenece. Así que todo será tuyo si, postrado en tierra, me adorares.
¡Qué insolente! A no ser Dios Jesús, seguramente hubiera soltado una carcajada por la frescura del diablo que aparentaba hablar en serio. ¿De quién heredó esas tierras y pueblos? ¿De dónde le vinieron esos reinos y naciones? Sólo su audacia se .las ha apropiado, pues fracasado en su intento de escalar el trono de Dios, pretende usurparle el mundo en desquite de su tremenda derrota.
Y, por cierto, que ha logrado, en parte al menos, su nefando intento, no a la fuerza, porque nada puede sin la permisión de Dios, sino seduciendo con falacias y embustes a los hombres que le dan crédito y que forman el reino de Satanás. ¡ Pobres que tan fiero señor escogen!
Desgraciadamente, Satanás impera en el mundo para castigo de aquellos que militan a sus órdenes y siguen sus perversas inspiraciones. Terrible realidad, que el mismo Jesucristo promulga llamándole príncipe de este mundo.
* * *
Se hallaba ante el tribunal de Poncio Pilatos Jesús, que había sido arrastrado hasta allí por los dirigentes del pueblo judío. Eran muchos los cargos que hacían contra El para arrancar del gobernador romano la sentencia de muerte que ya ellos habían dictado; pero el juez continuaba frío e impasible ante tantas acusaciones, molesto sólo porque tan de mañana hubieran ido a turbar su reposo: «Si se trata —dice— de asuntos relacionados con vuestra Ley, allá vosotros; proceded según vuestro código religioso y dejadme a mí en paz.» «Pero es que a nosotros —dicen ellos— nos está vedado ejecutar a nadie...» Y se trataba precisamente de eso, de condenar a muerte a Aquel que tanto odiaban. Pues yo no veo —replica el juez— causa alguna digna de esa pena.
El diálogo así entablado, de tú a tú entre el gobernador romano y los acusadores, se anima por momentos, y el mismo pueblo empieza ya a tomar parte al lado de sus jefes, que lo excitan y lo soliviantan. El griterío y la confusión iban en aumento, cuando Pilatos, que había empezado el proceso con altivez arrogante despreciando a los judíos, comienza a ceder terreno y a parlamentar con los enemigos de Jesús. Un paso más y los astutos provocadores del conflicto, que empiezan a apreciar miedo en Pilatos, acabarán por verle presa; de la más infame cobardía abandonándose a su voluntad.
Faltaba la última acusación, que podía envolver también al mismo juez: Este —dicen— se hace pasar por rey, poniendo de esta suerte en peligro el prestigio del Imperio y la autoridad del propio César. Si tú, pues, no lo condenas, no eres amigo del César. ¡Qué escalofrío debió sentir Pilatos en su cuerpo al oír estas palabras, que eran, a la vez que la última acusación contra Jesús, la primera amenaza contra él. El divino Reo continuó guardando el silencio y dignidad propia del Hombre-Dios, pero el juez quedó desconcertado. Volviéndose, pues, a Jesús, le preguntó: «¿Es verdad eso que dicen de Ti? ¿Eres Tú de verdad rey?» «Sí, tú lo dices, pero no sufras por el César, que mi reino no es de este mundo.»
* * *
Pocas horas después, en la cima del Gólgota, se veían plantadas tres cruces, y tres ajusticiados pendían de ellas. Las dos de flanco ostentaban en lo más alto del madero vertical la causa que justificaba la última pena que se les aplicaba a los dos desgraciados moribundos: se trataba de dos pobres malhechores y vulgares criminales. La del centro tenía también muy visible la causa del reo, escrita en las tres lenguas internacionales: latín, griego y arameo. La causa de muerte de Jesús era verdadera, como las otras dos. Su causa decía así: Jesús, Rey de los judíos. Acababa de ser proclamado oficialmente Jesús Rey de los hombres, pero su reinado no era al estilo de los hombres, su reino no era de este mundo.
Fr. Rafael Fuster Pons, ofm
Espantosa persecución religiosa
El soviet ha reanudado la propaganda del ateísmo, que había suspendido durante la guerra, habiendo circulado directivas con ese fin a los grupos juveniles rojos a través del periódico moscovita Bolchevik. Tales directivas propugnan una filosofía «opuesta a toda sugerencia al más allá», que ha de servir de norma para la educación de la juventud en el espíritu de Lenín.
El Comité ejecutivo central del Konsomol, la única organización juvenil que cuenta con la aprobación de las autoridades soviéticas, ha publicado recientemente su decálogo, que dice:
1. No olvidar que el clero es el primer enemigo del Estado comunista.
2. Tratar de ganar adeptos al comunismo y recordar que Stalin, que ha dado una nueva Constitución al pueblo ruso, es el jefe de los ateos no sólo en la Unión Soviética, sino en todo el mundo.
3. Impedir que nuestros amigos entren en contacto con los sacerdotes.
4. Cuidarse de los espías y delatar a los saboteadores.
5. Procurar que las publicaciones ateas se propaguen entre el pueblo.
6. Todo joven comunista debe ser también ateo militante. Debe saber manejar sus armas y tener experiencia en el arte de la guerra.
7. Combatir, donde quiera que se pueda, los elementos religiosos, y contrarrestar toda influencia que puedan ejercer entre los camaradas.
8. Un buen ateo es, a la vez, un buen «policía». Es deber de todo ateo proteger la seguridad del Estado.
9. Sostener el movimiento ateo con aportes monetarios, necesarios sobre todo para la propaganda en el extranjero, ya que bajo las actuales circunstancias sólo se le puede realizar a ocultas.
10. Quien no sea buen ateo no puede ser buen comunista ni buen ciudadano soviético, pues ateísmo y comunismo están indisolublemente ligados, y ambos constituyen el fundamento del poder soviético.
Nuestra cruz de cada día
«Tener crucificada la carne» y «llevar su cruz cada día» son expresiones cristianas equivalentes que vienen a inculcar una misma importantísima verdad, anteriormente expuesta y en la que conviene insistir: la necesidad de mortificar de raíz las pasiones.
Excelso grado de virtud y muy sazonado fruto de penitencia es el tener habitualmente crucificadas las pasiones y los apetitos de la carne, de suerte que no se condescienda deliberadamente con los antojos y exigencias de la naturaleza viciada, sino que, por el contrario, se los cohiba, y sujete, y mortifique por Cristo. Sólo un encendido amor de Dios puede hacernos ver el inmenso bien que en esto se encierra y darnos bríos y valor para decidirnos a lograrlo.
Los primeros ímpetus no voluntarios de la pasión pueden, no obstante, dejarse sentir en nosotros. Ni los santos consiguieron verse enteramente libres de ellos, y no hemos de pretender ser nosotros de mejor condición que los santos. La diferencia entre nosotros y ellos no está precisamente en las malas inclinaciones nativas nuestras, sino en la diligencia y esfuerzo denodado con que los santos reprimieron todo naciente desorden interior, reaccionando contra él y tomando de él ocasión para actos de virtud, mientras que nosotros solemos ser remisos e indolentes ante los primeros ímpetus aviesos, no siendo raro, por desgracia, que lleguemos a condescender y contemporizar algún tantico con ellos.
No lo quiere así el Señor ni nos está a cuenta para nuestro bien eterno. Claramente lo significó Jesús con lenguaje duro a la naturaleza, el cual no quiso, sin embargo, suavizar, aun a trueque de que se escadalizaran y se hicieran atrás algunos discípulos. «Si alguno quiere venir en pos de Mí —dijo sin ambages—, niéguese a sí mismo, lleve su cruz cada día y sígame» (Lc 9, 23).
Negarse a sí mismo es hacer lo contrario de lo que nos gustaría hacer; es pensar, sentir y obrar contra lo que quiere nuestro amor propio; es renunciar al egoísmo y a la comodidad para abrazarse al dolor y a la humillación, por mucho que a nuestro natural repugne.
Llevar la cruz es cumplir los deberes cristianos y los deberes de estado; es hacer diligentemente nuestro trabajo cotidiano; es aceptar con buen ánimo las enfermedades, los reveses, contradicciones, adversidades y la misma muerte, sea natural o violenta, si nos la exigiera así el servicio de Dios y la profesión de nuestra fe.
Siempre que Dios la envía hay que aceptar la cruz, besando la mano de Dios que nos la presenta. No es frecuente que nos someta a grandes y dolorosas pruebas; pero las pequeñas ocasiones de mortificarnos nos las ofrece cada día. No quiere que nos falten, puesto que tan necesarias nos son para entrar en el reino de los cielos. No hay apenas día ni hora sin cruz. Por eso quiere Jesús que estemos dispuestos a llevarla cada día. Jesús la llevó por cumplir la voluntad del Padre Celestial. Nosotros hemos de llevarla porque es voluntad del Padre Celestial que imitemos a Jesucristo.
Mas, ¿quién tendrá arrestos para llevar cada día su cruz practicando la virtud en medio de la tribulación y del dolor? Lo que no puede la naturaleza lo puede la gracia, y abundan en la iglesia de Dios gentes de toda edad y condición que esforzada y alegremente han conquistado el reino de los cielos y han llegado a la gloria subiendo con su cruz a cuestas el empinado calvario de la vida. «No temáis a vuestros adversarios —decía San Pablo a los filipenses (Flp 1, 28-29), no los temáis, pues esto que hacen contra vosotros y es causa de su perdición, lo es para vosotros de salvación por disposición de Dios, pues por los méritos de Cristo se os ha hecho la gracia no sólo de creer en El, sino también de padecer por su amor.»
Ya Cristo nos había dicho en el Sermón del Monte: «Dichosos seréis cuando los hombres por mi causa os maldijeren y os persiguieren y dijeren con mentira
toda suerte de mal contra vosotros. Alegraos entonces y regocijaos, porque es muy grande la recompensa que os aguarda en los cielos» (Mt 5, 11). Enseñanza es ésta que no pueden entender el sentido ni la razón, pero que entiende fácilmente, sintiendo en lo íntimo de su ser la inefable verdad de ella, el alma ilustrada por la fe y confortada por la gracia.
Palmaria comprobación de esto hallamos en los mártires del Japón crucificados por Jesucristo, de cuya cruz nunca se habían apartado. En una colina, en un mismo día y a la misma hora, fueron crucificados a la vez aquellos veintitrés campeones de la fe de Cristo. San Pedro Bautista, Superior y Jefe de aquella expedición de misioneros, así que tuvo designada la cruz que le estaba aparejada, «se hincó de rodillas ante ella y dijo con gran alegría de su alma: "Bendito seáis, mi Dios, que tal merced me hacéis." Besó la cruz y se dejó sujetar a ella pies, manos y pescuezo con cinco argollas de hierro. Y quedó el santo mártir con los ojos y rostro en el cielo, recogido en profunda oración. Su compañero San Martín de la Ascensión, cuando vio la cruz que le estaba destinada, le hizo grande reverencia y, abrazándola alegremente, se tendió sobre ella, y en cuanto le clavaron cantó en voz alta el salmo Laudate Dominum omnes gentes.» De parecida manera se condujeron todos aquellos mártires franciscanos, seis de los cuales eran religiosos de la Primera Orden y diecisiete terciarios, entre los que había tres niños acólitos de los frailes: Tomás, Luis y Antonio, con un fervor y fortaleza superiores a su edad. Pío IX los canonizó solemnemente en tiempos en que se levantaban y rugían por doquier los enemigos de la cruz de Cristo.
Llevando su cruz siguieron de cerca a Cristo, y Cristo les concedió la gracia, el
honor y el mérito de que murieran crucificados.
Ellos nos alcancen del Señor que llevando, a imitación suya, nuestra cruz de cada día con paciencia, expiemos nuestros pecados y nos configuremos con Jesucristo.
Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm
«Yo soy la Inmaculada Concepción»
(La Virgen de Lourdes a Santa Bernardeta)
Soy Madre verdadera de Dios-Hijo,
y aunque soy Hija suya, soy su Madre.
Ab aeterno nació, mas es mi Hijo;
Yo en el tiempo nací, mas soy su Madre.
El es mi Creador, pero es mi Hijo.
Yo soy su criatura y soy su Madre.
Prodigio singular que sea mi Hijo
el Dios eterno y sea yo su Madre.
Muy unido está el ser de Madre e Hijo,
pues que del Hijo tuvo el ser la Madre
y de la Madre tuvo el ser el Hijo.
Si, pues, el ser al Hijo dio. la Madre,
o se dirá que fue manchado el Hijo,
o que sin mancha debe ser la Madre.
* * *
Es fama que en 1823, un niño de doce años que se hallaba en tristes y dolorosas circunstancias, compuso este soneto que los teólogos juzgaron superior a los alcances científicos y literarios de aquel muchacho sin estudios.
Años adelante, en 1854, fue presentado al Pontífice de la Inmaculada, Pío IX el Grande, quien lo leyó y encomió con devota ternura.
Próxima la fiesta de la Inmaculada Concepción, lo ofrecemos hoy a nuestros lectores para solaz de su espíritu y estímulo de su devoción a nuestra Inmaculada Madre del cielo.
Se conocen en seis cosas
El necio se conoce en seis cosas:
1.° En encolerizarse sin motivo.
2.° En hablar sin provecho.
5.° En cambiar sin razón para ello.
4.° En preguntar sin objeto.
5.° En fiarse de un extraño; y
6.° En no distinguir los amigos de los enemigos.
Rimas gozosas
«En gracia excederás a la más pura.» Lope de Vega, Pastores Belén.
Contadme cuentos de estrellas
que en la noche parpadean,
mientras los mundos voltean
dejando brillantes huellas.
Habladme de excelsos montes
que en el aire se despliegan,
que audaces al cielo llegan
y vencen los horizontes.
Ensalzad los anchos mares
tan inmensos y ondulantes,
los de las olas rodantes
contra rocosas sillares.
Celebrad las claras fuentes
que discurren entre flores,
se esponjan en surtidores
juguetonas, transparentes.
O leedme cuentos de aves,
las que suben poderosas
siempre de alturas ansiosas,
del azul veloces naves.
Decidme de bellas flores;
de las blancas azucenas,
las flores de gracia llenas
y de fragantes olores.
Leyendas de caballeros
que se fueron a la guerra,
y volvieron a la tierra
mereciendo del rey fueros.
Cuentos de hadas encantadas
de fantásticas novelas,
en castillos encerradas
bajo las regias tutelas...
...Pero no, habladme de Aquella,
aquella visión que vi,
la que de niño aprendí,
de la Matutina Estrella. |
La que tiene azul el manto;
la que es la misma hermosura,
trasunto de donosura,
compendio de todo encanto.
Aquella en quien se recrea
el Dios Artista que la hizo;
la que con un solo riso
al Amado señorea.
La que copia el mundo entero
cuando pretende belleza,
espejo de gentileza
que mira Dios placentero.
La que al Querube extasía,
la que al Ángel embelesa,
la soberana Princesa,
la flor de la poesía.
¡Tota pulchra! Yo te canto,
espejo de Dios tan terso,
flor y aroma, luz y verso,
.gracia, gloria, sol y encanto.
Si presentida sois tanto,
tanto sois, Virgen María,
cual no será nuestro encanto
en el cielo, Madre mía.
Ya lo dijiste Vos misma:
que Dios su brazo forzó
cuando tan grande os creó
con tanta gracia y carisma.
Renuncio a todo por verte,
sólo aspiro a contemplarte.
Que venga pronto la muerte,
porque quiero ir a adorarte.
¡Habladme, habladme de Aquella,
aquella visión que vi,
la que de niño aprendí,
de la Matutina Estrella! |
Vicente Monroy Alaguero
C. SS. R.
Cuadros marianos
La impecancia y la impecabilidad en María
Otros dos grandes privilegios otorgó Dios a la Virgen: el privilegio de la impecancia y el de la impecabilidad.
María, que no contrajo el pecado original, no tuvo pecado actual alguno tampoco; es más, Dios extirpó en ella hasta la misma posibilidad de pecar...
Privilegios hemos llamado a estos dos nuevos dones otorgados por Dios a la Virgen, y, en efecto, eso son.
Alguien podrá creer que por el mero hecho de estar exenta la Virgen del pecado original ya lo había de estar forzosamente de todo pecado actual. Sin embargo, no hay nada de eso, o, mejor dicho, no es esa la raíz verdadera de esto.
El verse sin pecado original de suyo situaba a la Virgen en una posición estratégica inmejorable, en una posición fácilmente defendible, pero no absolutamente inexpugnable: en unas condiciones análogas a las de Adán inocente... Ahora bien; como Adán, a pesar de aquel estado primitivo de inocencia, pudo pecar y pecó; como los ángeles constituidos en gracia pudieron pecar y pecaron, así también la mera exención del pecado de origen, el nacer santa, no le hacía seguir siendo tal a la Virgen, y mucho menos impecable.
¿A qué obedecen, pues, estos dos nuevos privilegios que hoy nos vemos gratamente constreñidos a reivindicar para la Virgen? ¿Cuál fue la verdadera raíz de los mismos?... Sencillamente, la misma de siempre: la unión tan estrecha que hubo entre Cristo y la Virgen, entre Dios y María. Estos privilegios se basaron en los mismos fundamentos que el de su Concepción Inmaculada, y por haberse basado en los mismos cimientos, su arquitectura y solidez son las mismas de aquél.
La misma repugnancia que experimentamos en asociar «Madre de Dios y concebida en pecado», se experimenta también en esta otra asociación «Madre de Dios y autora de pecados», Madre de Dios y capaz de pecado, por leve que sea.
Qualis Filius, talis Mater, dice Santo Tomás de Villanueva, el célebre Arzobispo de Valencia, «cual fue el Hijo, tal debió ser su Madre».
He aquí ya al descubierto el gran fundamento de todo esto. El cómo y el modo de estos privilegios no nos interesan grandemente, pues por su naturaleza caen ya fuera del marco de estas líneas. Lo que nos interesaba era el hecho, y éste ha quedado ya bien patente y claro a los ojos del lector.
De este hecho en sí puramente teórico y especulativo, brota una gran cuestión de orden práctico, y ésta sí que es importante para nosotros. La cuestión es sencillamente ésta: ¿Podemos nosotros participar de algún modo de la impecabilidad de la Virgen? ¿Cómo inmunizarnos contra el pecado nosotros?
Uno de los medios más eficaces que para ello tenemos es precisamente nuestra unión con María, el acercarnos a Ella a menudo, el vivir con el pensamiento y el afecto diariamente a su lado, saturándonos de sus místicos efluvios.
...Hay en el África central un árbol al que los naturales llaman el árbol de la muerte por sus curiosas y fatales cualidades. Su fruta es roja y parecida a la naranja, pero contiene, según dicen, un poderoso veneno, y el que duerme a su sombra muere sin remedio. Tanto es así, que ese es el medio que allí se emplea cuando a uno se le sentencia a muerte: atarle a la sombra de ese árbol.
De la Virgen, mis queridos lectores, podríamos decir cabalmente todo lo contrario. La Virgen es el gran árbol de la vida, puesto por Dios en medio de este mundo; árbol de cuyas hojas, como de un inmenso pinar aromático, manan constantemente efluvios sobrenaturales que fortifican y cicatrizan todas las lesiones pulmonares del alma. Todos los que se acogen a ella' convalecen y sanan; sólo perece aquel que huye de la sombra de este árbol, en cuyas hojas están la salvación y medicina de las almas.
Justo Hernández, pbro.

La Inmaculada franciscana
No es la Inmaculada familiar de los franciscanos aquella figura estática de la Doncella Purísima que Murillo inmortalizó en sus lienzos, cortejada de angelitos y elevando sus ojos al cielo, tal vez, en mirada beatífica.
Tal figura corresponde al triunfo total de la Inmaculada, que eleva los ojos y junta las manos después de la victoria.
La Orden Seráfica, abanderada de la Inmaculada, no podía cantar victoria hasta no rendir los claros entendimientos de muchos que ensombrecían con la mejor buena fe la primera aurora mariana. Por eso la Inmaculada franciscana retrata admirablemente el carácter belicoso del Misterio de la Concepción sin mancha de María.
La Virgen, como aparece en este grabado, aplasta con su virgínea planta la cabeza del astuto reptil, al que mira con noble desdén humillado bajo su pie, mientras que el Niño Jesús que lleva en sus brazos asesta con lanza un golpe mortal a la odiosa serpiente, según aquello del Génesis: «Enemistades pondré entre ti y la Mujer y entre tu prole y la suya. Ella aplastará tu cabeza.» (Gn 3, 15)
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