Índice del número 236-237

Agosto-septiembre de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

La Virgen María Mensajera de la paz

En estos últimos meses ha vivido España entera la emoción de los apoteósicos peregrinajes de la Santísima Virgen María por todos los ámbitos del patrio solar.

Primero fue Valencia, llevando, desbordada de enloquecedor entusiasmo la imagen de su "Mareta" por todas las calles y plazas, por todos los suburbios y rincones de la capital del antiguo reino valenciano y de sus poblados adjuntos.

Luego han sido Madrid y otras ciudades de España las que han recibido en creciente apoteosis de íntimo y filial cariño, la imagen de Nuestra Señora de Fátima.

Estas visitas de la augusta Virgen, Madre de Dios y Madre nuestra, han producido por todas partes abundantes frutos de bendición, remediando muchos males de alma y cuerpo; y han dado ocasión a que el poder y la misericordia de la Reina del cielo se manifieste a nosotros, incluso con la realización de milagros estupendos.

Mas dada la angustiosa situación de la pobre humanidad, que se desazona y gime bajo la constante amenaza de una nueva guerra, más fatídica y cruel que las anteriores, no deja de ser significativo y consolador para los hijos de María, que en todos estos triunfales recorridos de sus imágenes por tierras españolas, haya ido acompañada y como escoltada por blancas y apacibles palomitas, que son, el símbolo y el emblema de la paz.

Y es que el cielo nos envía a esta dulcísima y tierna Madre, como mensajera de la paz, para que acogidos a su valimiento y protección, nos amemos como hermanos, desterrando del mundo los gérmenes de odio que engendran la guerra, y vivamos tranquilos y felices en este valle de lágrimas, como un anticipo de la eterna paz y bienaventuranza del cielo.

Cruzada por los Santos Lugares

El Consejo Superior de Misiones, enclavado en el Ministerio de Asuntos Exteriores, está dirigiendo y encauzando una Cruzada pro Palestina, iniciada por el Sr. Obispo de Teruel. Con este fin ha dirigido una Circular a todos, los Obispos de España y del mundo, acompañada del manifiesto del Prelado de Teruel, que ha sido traducido en siete idiomas. El manifiesto dice así:

«Por la salvación de los Santos Lugares —¡Dios lo quiere!—. Con ese «grito del alma se conmovió Europa y acudieron las gentes en tropel para «alistarse en las Cruzadas, con el único y noble ideal de salvar los Lugares donde nació vivió y murió el divino Redentor por la salvación del mundo.

«Hoy nuevamente la Humanidad entera se estremece con lo que ocurre y puede ocurrir en aquellos Lugares sagrados.

«Católicos del mundo entero: la situación de Palestina, es trágica; los gobiernos rectores del mundo están ventilando el problema pensando únicamente en árabes y judíos, ajenos a toda consideración que no sea de carácter ético, económico, social, político.

«Pero... ¿y el aspecto religioso? ¿Es »que los cristianos de todo el orbe no tienen los ojos y el corazón puestos en Tierra Santa? ¿Es que no son nadie los millones de católicos que están representados en Palestina y la aman como a su Patria?

«Si a los árabes importa Palestina «donde llevan viviendo desde hace trece siglos; si los judíos la ambicionan para reconstruir su hogar, los seguidores del Redentor, poseedores de los Santos Lugares y extendidos por todas aquellas tierras, tienen indiscutible «derecho a ser oídos y atendidos.

«Ahora bien; el representante auto-«rizado y auténtico de todos los católicos del mundo no es sino el Pontífice Romano. En su reciente encíclica. "Auspicia quaedam" ha dado el toque de alarma y suplica plegarias de los fieles, singularmente de los niños. Él, mucho más que nadie, sin miras políticas de ningún género, propugna la justicia, como base del orden nuevo. Prescindir de él en; la solución del problema de Palestina, es, además de una desatención incalificable, una enorme injusticia.

«En calidad de Prelado español, perteneciente a la Nación que más se ha señalado por la devoción y la defensa de los Santos Lugares, miembro de la Orden Franciscana encargada oficialmente de su custodia y como Procurador General que he sido de Tierra Santa, yo, por iniciativa propia y sin arrogarme representación alguna, me atrevo a levantar mi voz e iniciar una campaña, fundada en justicia, para que en la solución del problema de Palestina, en cuanto dice relación con los Santos Lugares, se tomen en consideración las incuestionables, seculares y sagrados intereses de los católicos, oyendo al que es su Jefe, el Pontífice de Roma, Pío XII.

Fr. León Villuendas, O. F. M.
Obispo de Teruel.
15 mayo de 1948.

La Cruzada por los Lugares Santos, que ha tenido amplio y entusiasta eco en la radio y en la prensa, no podía menos de tenerlo en nuestra humilde revista: LA ACCION ANTONIANA.

Como católicos, como españoles y como franciscanos, nos unimos al Consejo ¡Superior de Misiones y aplaudimos la iniciativa de nuestro hermano, el Obispo de Teruel dispuestos a secundarla con todo nuestro entusiasmo. Como los Cruzados de la Edad Media, al grito de ¡Dios lo quiere! estamos dispuestos a cuanto se nos pida por la salvación de los Lugares Santos.

La Redacción


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XV. Del admirable ejemplo de silencio en el extático varón Hno. Isidro Chiralt

Entre los moradores de Santo Espíritu en los primeros años de la restauración de la Provincia, destaca el Hermano Isidro Chiralt. Como entró en el Convento pasada ya la primera juventud, y padecía de un defecto físico, se resignó a no subir al Noviciado y a profesar como hermano terciario. Y siempre cómo terciario, hizo honor al hábito. En el Libro de defunciones de la Provincia se lee de él el siguiente elogio: «Casi nadie conocía su voz, tan amante era del siendo». Fue, en verdad, el silencio su virtud peculiar.

Pero el silencio con las criaturas era efecto de las íntimas, hablas del Espíritu Santo. Verdaderamente el hermano Isidro era un varón de alta contemplación. Con frecuencia quedaba arrobado durante horas enteras en la contemplación de algún paso del Vía-Crucis, con los ojos abiertos y fijos en un punto. Si se le interrogaba, no se daba cuenta de nada, y continuaba en su postura. Cuando los novicios se dirigían a algún acto de coro, propio de los coristas, casi siempre le solían encontrar haciendo el Vía-Crucis en el claustro, y sucedía que muchas veces, al salir del coro, le veían en el mismo paso en que le hallaron al entrar, embebido en la contemplación de la Pasión.

Cuánto dolía al diablo el espíritu de oración del siervo de Dios, lo daba bien a entender, pues el bendito hermano sufría tales embestidas diabólicas, que los religiosos no podían menos de darse cuenta de ello. Sobre todo le perseguía durante la noche, no dejándole apenas descansar. En ocasiones se veía precisado a salir corriendo de la celda. Otras veces se vengaba el diablo del siervo de Dios arrojándole al suelo, y echando sobre su cuerpo el jergón y las tablas de su cama, o disciplinándole de manera horrorosa. Hechos verdaderamente extraordinarios, que el hermanó Isidro no comentaba más que con el silencio. Así pasaron sus días; siendo ejemplo de todos y dejando una estela de santidad como tal vez ningún otro de su tiempo.

Murió santamente adornado de todas las virtudes religiosas en el mismo Convento de Santo Espíritu el 14 de abril de 1897. Era todavía relativamente joven— tenía 37 años— y se debió su muerte seguramente a una fuerte impresión.

Sucedió como sigue: Era en el año 1896. se había retirado en Santo Espíritu el virtuoso sacerdote D. Enrique de Ossó y Cervelló (1), fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús. Bajo la dirección de un Padre de la Comunidad había hecho ejercicios. Dos meses vivía ya en Santo Espíritu, cuando en la noche del 27 al 28 de enero repentinamente se sintió morir, víctima de un ataque cerebral. Todavía tuvo fuerzas para salir de la llamada «Celda del Cardenal», donde vivía, y dirigirse a la puerta del claustro, que comenzó a golpear. El primero en acudir a los golpes fue el Hermano Isidro, que, a abrir la puerta, tropezó con el cuerpo casi exánime del venerable sacerdote. La vida de D. Enrique se extinguió al cabo de breves momentos. Sepultados sus restos en el cementerio de la Comunidad, fueron exhumados el año 1908 y trasladados a Tortosa, enterrándose en la Casa-Madre del Instituto religioso por él fundado. En el cementerio de Santo Espíritu queda ahora una lápida; en la «Celda del Cardenal» un cuadro que recuerda su memoria.

El Hermano Isidro, como se colige de lo dicho, sobrevivió tan sólo un año a D. Enrique. A partir de la fecha en que tuvo el sobresalto de tropezar con el moribundo, apenas gozó de ningún día bueno. Los días buenos le esperaban en el cielo.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

(8) Fue beatificado el 14 de octubre de 1979 por Juan Pablo II, y canonizado por este mismo pontífice el 16 de junio de 1993.

Los bailes

La plaga que va cundiendo de día en día y va causando estragos en la moralidad es la de los bailes. No nos referimos, claro está, a los bailes sueltos, llamados regionales, o danzas populares rítmicas, verdaderas filigranas algunas de arte rítmico, de agilidad y destreza, sino a los bailes «agarrados», modernos, llámense como se llamen, que, por el modo que se bailan, estrechándose apretadamente el hombre y la mujer, y por los pasos, movimientos y pausas, excitan las pasiones libidinosas

Estos bailes los repudiamos enérgicamente como contrarios a la moral cristiana y ocasiones casi siempre próximas de pecado.

Fácil nos sería acumular aquí, para justificar nuestra afirmación, testimonios elocuentes de seglares nada sospechosos, que fustigan, sin reparo ni prejuicio, los bailes modernos, cómo incentivos de la corrupción de costumbres; pero preferimos pasarlos por alto, puesto que no son los seglares los llamados a darnos las normas de moralidad, por más que sus palabras tengan el valor de testigos de mayor excepción, que hablan por experiencia propia.

Tampoco queremos aducir las frases terribles con que los Santos Padres anatematizaban los bailes de su tiempo, porque no pocos de estos textos se refieren a danzas excesivamente lúbricas y descaradas reminiscencias de las paganas, de las que decía el mismo Cicerón: «Nadie, a no estar ebrio o loco, puede bailar, ni en particular, ni en los banquetes, porque el baile es el último de los vicios y el que los comprende a todos».

Nos basta exponer las opiniones de los grandes tratadistas modernos de moral: Prümer, Ubach, Genicot, Vermeersch, Arregui, Ferreres, cuyos criterios, están basados en la doctrina evangélica y fiel expresión del sentir de la iglesia, para todos los católicos norma segura de conducta, en esta materia.

Prümer dice que «los bailes, aunque en sí, sean indiferentes, suelen producir, sin embargo, casi siempre, graves escándalos y ser ocasiones próximas de pecar gravemente». (T. M. I., número 615.)

Ubach afirma que «los bailes casi siempre son ilícitos, o porque los tactos, gestos, movimientos torpes, etc., los hacen deshonestos, o por el peligro próximo de pecar que principalmente surge en los hombres, o por el escándalo que dan, mayormente las mujeres, ya que, aunque tal vez ellas no sientan nada malo, cooperan, sin embargo, al peligro próximo de pecar que generalmente se produce en el hombre». (I., núm. 118.)

Según Genicot, «los bailes, prácticamente, tal como se realizan en nuestro país, son cosas de suyo peligrosas y ocasión de muchos pecados».

Para Vermeersch, «ningún baile puede hoy aprobarse prácticamente, a excepción de ciertas danzas inocentes, que se celebran alguna vez en alguna aldea, por ejemplo, con motivo de la festividad del Patrono de la localidad». (II., núm. 27.)

A juicio de Arregui, «los bailes, aunque especulativamente sean honestos, pero prácticamente, tal como hoy se realizan, las más de las veces, abundan en pecados, principalmente por el modo de bailar y por las personas que asisten. Los bailes en los que el hombre abraza estrechamente a la mujer, constituyen, en opinión de muchos autores, peligró máximo de pecar. Los bailes más moderados son condenados, con razón, por algunos Obispos, como incentivos de peligro próximo dé pecado».

Por último, Ferreres opina que «los bailes, tal como corrientemente se realizan, están llenos de peligros y de escándalos y enredan a innumerables almas en los lazos del diablo. El peligro nace de la estrecha unión de los cuerpos del hombre y de la mujer y de que al desaparecer la pareja entre la turba de bailadores y encontrase solos se sienten con mayor libertad para decirse palabras deshonestas».

Los términos, por consiguiente, con que los más preclaros moralistas de nuestros días condenan los bailes modernos, por constituir casi siempre ocasión próxima de graves pecados, no pueden ser más enérgicos y categóricos.

* * *

Pero es que yo, replican algunas jóvenes, no encuentro tal ocasión próxima de pecado en los bailes; nada malo he sentido en ellos, ni me arguye la conciencia de haber faltado mientras bailaba. Plegue a Dios no te engañes a ti misma; pero, aunque así sea, aunque tú no sientas removerse los bajos fondos de tus pasiones, no debes ignorar que el temperamento y las pasiones del hombre no son como las de la mujer. Las pasiones de éste, como más activas y violentas, es muy difícil, por no decir moralmente imposible, que ante los incentivos y tentaciones del baile no se alboroten y desborden; y tú no puedes ser cómplice de los pecados de los demás, dando motivo y pábulo para ello. Pero es que además, si para ti no lo son, para la generalidad de los concurrentes, los bailes en opinión de los moralistas y directores de conciencia, son verdaderos semilleros de innumerables pecados. Y siendo así, ¿podrás tranquilamente fomentar con presencia, cooperación activa y tu dinero, espectáculos sensuales que destrozan las conciencias, corrompen las buenas costumbres y desmoralizan los pueblos?

Por otra parte, cuando la prohibición tiene carácter general para evitar los daños y peligros que ordinariamente se siguen a la generalidad de las personas, aun en el caso de que ese peligro dejase de existir para algunos, como acontece, por ejemplo, con la lectura de libros malos, hay obligación estricta de atenerse a ella y observarla, en bina de la comunidad. Permitidme una comparación, vulgar si queréis, pero muy clara. Un barco se encuentra delante de un puerto, al que quiere llegar uno de los pasajeros. Para ello invoca los más altos intereses morales y materiales: ver a un padre moribundo, el asistir a un pleito del que depende el porvenir de los suyos... Pero se han presentado en el barco casos de peste y la autoridad de la ciudad prohibe el desembarco, por miedo al contagio. ¿Sería justo, sería caritativa acceder al ruego del viajero, a riesgo de contaminar una población de cien mil habitantes? Evidentemente que no. Ved, pues, una circunstancia en la que la justicia y la caridad exigen el sacrificio del interés individual al general.

Esa es la pregunta que hay que plantearse a propósito de los bailes. ¿Porque tú no peques, puedes cooperar a la corrupción moral de las almas por medio de los bailes, que están siendo incentivos de toda corrupción y el más seguro medio de desmoralización de los pueblos y de las parroquias en nuestra amada diócesis?

¿Crees que son exageraciones nuestras? Ojalá fuera así; pero, por desgracia, no lo es. Para que te convenzas, voy a transcribirte literalmente la impresión general que sobre el estado de moralidad público de la provincia acaba de recoger y enviar en su informe al Nacional del Ministerio de Justicia el Patronato Provincial de Protección a la Mujer.

«La moralidad en la provincia de Orense —dice— deja bastante que desear. Por lo que respecta a los pueblos de la provincia y también a la capital, ocurre que en la mayoría de los casos la inmoralidad es motivada por la implantación de los salones de baile y el salir de los mismos a altas horas de la noche, sin más autoridad que sus novios o amigos...»

Francisco Blanco Nájera
Obispo de Orense.

El martirio de San Lorenzo

Hay hechos que en la Historia se repiten. Este adagio, axioma certero, debiera modificarse en dos sentidos. En su enunciado verdadero en sí, en lo que de bueno referente a personas y a hechos la Historia tenga, deshechando la repetición de actos punibles y abominables; y también modificarse, añadiendo dentro de dos admiraciones como respetuosa súplica nacida de sincero sentimiento... ¡Dios mío, que no se repita la historia de los hombres malos!

San LorenzoEn estas acogedoras páginas de nuestra Revista, transcurridos algunos meses pocos más de un bienio, nuestra modesta pluma escribiera con la sana intención de cometer un acto bueno, un hecho que la Historia repitiera: el paralelismo del amor por los leprosos y su desinterés por los bienes terrenos de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestro Serafín, nuestro Santo pobrecillo, San Francisco de Asís. Acto éste de Jesús, repetido por San Francisco y que después y hoy imitado por las bondadosas personas que por estar más cerca de Dios, se agrupan en Orden y Hermandad que, previos Votos, loables todos, incluyen el de la pobreza y entre sus Nortes plausibles, tienen el del amor y cuidados abnegados para los enfermos Lazarinos.

Fue en España y precisamente en Aragón (Huesca), donde en el primer tercio del siglo III, naciera San Lorenzo.

En el año 257, brillaba en Roma este preclaro diácono. Prudencio nos dice que era San Lorenzo mártir el primer varón de los siete que se agruparon junto al ara. Presidía el arcano de la casa celeste y era tenedor de las llaves sagradas.

Conocedor de las verdades de San Cipriano, heráldicas anunciadoras de martirios crueles, no titubeó al año siguiente (258 de nuestra Era), de desnudarse para mostrar sus sentimientos de cristiano y su abnegación de santo y mostrarse cómo y quién era ante el Papa Sixto que, detenido iba por los sabuesos del prefecto y mal conducido era desde el cementerio de Pretextato, en donde había celebrado los santos oficios, a su próximo lecho de oro, al martirio. Le dijo a Lorenzo el Pontífice que no llorara al verlo camino al suplicio, ya que poca separación habría entre él y su diácono. Y así fue. Tres días de plazo le dio el prefecto Cornelius Secularis a San Lorenzo, para que le entregara los bienes de la Iglesia, así como los tesoros de la misma, joyas y demás riquezas. Asintió sonriente el santo y puntualmente se presentó con sonrisa irónica ante Cornelio y motrándole una multitud de enfermos, cojos, lisiados y niños pobres, le dijo: «Toma aquí tienes el gran tesoro de la Iglesia sus mejores joyas».

Encendido en colérica ira el magistrado, condenó al más cruel de los martirios al diácono Lorenzo, al preclaro español. Fue colocado sobre relucientes parrillas bajo las cuales brillaban ardientes brasas de gigantesca hoguera previa.

¡He aquí el milagro!

Si en el año 528 hubiese existido el cuerpo facultativo de Drs. Forenses de la actualidad, hubiesen reconocido y diagnosticado que San Lorenzo lucía en la mitad de su cuerpo quemaduras de cuarto grado que por su intensidad y extensión, eran lesiones más que suficientes para haber motivado su muerte. Y, sin embargo, la muerte aún no sobrevino. San Lorenzo vivía, vivía sonriente y resignado, hasta el extremo de advertirles a sus verdugos: «Cuando os plazca podéis volverme del otro lado, que por este lado estoy suficientemente asado». Añadiéndole a Cornelio, que ya podía satisfacer su apetito si deseaba comer carne humana.

La Historia se repite, lectores míos, no os quepa la menor duda. Que siga repitiéndose debemos desear. Que siga repitiéndose el ejemplo de Jesucristo al volver la mejilla atormentada para ofrecer la otra a nueva agresión.

¡Que siga repitiéndose dándonos Pobrecillos como San Francisco de Asís.

Que siga repitiéndose dándonos Santos mártires como San Lorenzo, que en este mes de agosto y en el día 10 se celebra el aniversario de su santa muerte. Y si las rosas florecientes, aromáticas y sin espinas, como las citadas, no son dables con frecuencia, porque Dios Nuestro Señor, reserva la sublimidad de las mismas a seres predilectos, merecedores y elegidos por Él; procuremos nosotros, humildes pecadores, imitar a San Lorenzo, dejándonos abrasar el cuerpo estoicamente para purificar nuestra alma y hacernos merecedores de las bienaventuranzas del Paraíso eterno.

Si nuestro cuerpo ha de ser devorado como pasto de insectos; qué honor el nuestro si sirve de crisol para fundir nuestras almas impuras, para que desechando las impurezas, queden éstas presas como escoria sobre las paredes, del crisol, resplandeciendo la puridad, de nuestro espíritu.

Hoy la Sociedad moderna y civilizada, salvo diablescos chispazos, no martiriza a los católicos. Menos aún, en el solar hispano, donde se les respeta y apoya. Pero no basta dejarse abrasar el cuerpo estoicamente como san Lorenzo. Su ejemplo es más amplio, no precisa llegar a las quemaduras con lesiones, propias y estrictas. Se puede conseguir con éxito la purificación de nuestras almas, siendo buenos católicos y sin llegar a torturar físicamente nuestros cuerpos, privar a los mismos de sus galas y abrigos, de lujos, ambiciones y riquezas superfinas y excesivas, muchas veces adquiridas por los sudores y sufrimientos ajenos. Siendo más buenos y menos malos; más caritativos y piadosos; y, sobre todo, deseando fervientemente que la Historia se repita; pero suplicándole a Dios Nuestro Señor, e incluyendo nuestro ruego entre admiraciones respetuosas... ¡Dios mío, que no se repita la Historia de los hombres malos!

Juan Moll
Orba, agosto de 1948.

Un quehacer sobrehumano

El abad de un antiguo monasterio preguntó cierta noche a uno de sus monjes:

—¿Qué habéis hecho, hermano?

—¡Oh! —contestó el monje—; tanto he tenido que hacer hoy, y tengo todos los días, que mis fuerzas no habrían bastado, de no ayudarme la gracia de Dios. Tengo que dorar cada día dos halcones, debo aprisionar dos ciervos, amansar dos gavilanes, vencer un gusano, domesticar un oso y cuidar de un enfermo.

—Pero, ¿qué me contáis? —dijo con risa el abad—. No hay quien sea capaz de hacer eso en todo el monasterio.

—No obstante, es así —repuso el monje:

Los dos halcones son mis ojos, que he de vigilar continuamente.
Los dos ciervos son mis piernas, que he de guardar para que no conozcan terreno vedado.
Los gavilanes son mis manos, que he de obligarlas a que se ejerciten en obras buenas.
El gamo es mi lengua, que he de frenar para que no charle cosas vanas y licenciosas.
El oso es mi corazón, que he de cohibir para vencer su amor propio.
Y el enfermo es todo mi cuerpo, que he de cuidar no lo avasallen las concupiscencias.

Temblores del alma

I. Qué sueño

¡Oh! Dejadla, que sueñe despierta:
que desfloren sus labios sonrisas,
que se meza en los mares risueños
de inocencia y de dicha.
Que se adentre en los sueños dorados
que columpien las brisas;
que columbre las nubes graciosas
que le borda la aurora festiva;
que contemple las blondas y tules
de la luz purpurina;
que recree su oído en conciertos
que las aves modulan y trinan.
¡Oh! Dejadla que sueñe despierta
en la luz y en la dicha;
no rompáis esa escala de sueños
por do sube a la gloria divina,
donde encuentra imantada de lumbres,
y de gozo y candor toda henchida,
la luz clara, diáfana y pura
que despide la dicha infinita.
¡Oh! Dejadla que sueñe despierta
en gracioso horizonte de dichas;
sin querer se abrirán tristemente
los abrojos, las zarzas y espinas,
donde crecen las rosas y lirios
que hoy le ofrendan fragancia exquisita.
¡Oh! Dejadla que sueñe despierta:
demasiado sabrá qué es la vida.

II. Huye de mi

Huye de mí. No vengas a robarme
la paz y dulce calma que poseo...
Tejiste a mis oídos dulces sones
de dichas, de ternuras y embelesos...:
todo fue para mí ilusión, quimera,
desencantos, torturas y venenos.
Huye de mí... No agites mi agua clara,
do se mece graciosa dentro del pecho,
como en mar sin riberas y arrecifes,
la barquilla ligera del deseo,
con afanes dé hallar paz y bonanza,
de Dios, en el seguro y feliz puerto.
Huye de mí... Bastante equivocado
anduve largo y primoroso tiempo,
ofrendando las rosas perfumadas
que hechiceras crecían en mi huerto,
a quienes paz y bienes prometían,
y sólo desengaños ofrecieron.
Huye de mí... Tus labios encendidos
dejen de murmurar dulces requiebros...
La dicha para mi alma atribulada
no existe ya en aqueste vil destierro.
Huye de mí... Mis ojos y potencias
sólo encuentran en Dios, el bien que espero.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm


Magisterio de amor

Fray Juan de los Ángeles

X.—«Estoy muy cansado, con tan poca salud»

El Padre Ángeles, hombre animoso, de grandes y decisivas resoluciones, siente ya el peso de los años. Está en los 56, muy trabajados, y se cansa. Se cansa y enferma; tiene «poca salud». «No quiero, por lo dicho, serte molesto e inoportuno, obligándote a más de lo que pide tu poca salud», le dice caritativamente el discípulo suyo muy amado, como tantos otros a quienes interesaba la conservación y prolongación de tan preciosa vida.

En 1609, siente que su fin dichoso se acerca y cree que se le ha dilatado el tiempo del vivir para que complete su magisterio escrito. «Reciban los lectores »—dice confidencialmente— mi buen deseo, y estimen mi trabajo que con tan poca salud y sobradas ocupaciones, no puede ser poco, y crean que la que tengo me la dio el Señor para acabar esta obra [Vergel Espiritual], tantas veces en los demás libros prometida». «Yo, hijo, —dice con ternura paternal— estoy muy cansado, y tú tienes bien que rumiar en lo que has oído».

Desde 1592, sufría de cólicos hepáticos, que acibaraban su vida: «Yo quiero llegarme a su celda —nos dice el Discípulo— que si el mal de hígado, que de ordinario le aflige, no es mucho, no dejará de continuar lo que ayer quedó comenzado. Pero, ya viene, y en los pasos lentos y color encendido del rostro, se echa de ver que no viene bueno—, «Estás en hora buena», le dijo el Maestro saludándole, y le respondió el Discípulo: «Buena es para mí, pues merecí verte y oír esa tu voz tan agradable a mis oídos. ¿Qué ha sido la tardanza de hoy? —Mi indisposición del hígado me ha detenido, y no saliera de la celda si no fuera por tu respeto».

Pero, en el año 1604, enferma de muerte, y le salva Dios providencialmente. El mismo nos lo dice en Su Dedicatoria del Sacrificio de la Misa a doña Catalina de Zúñiga, Condesa de Lemos y Camarera de la Reina. Sus palabras de gratitud «y acción de gracias, son éstas: «Bendito sea Dios que, acabando el Ite, mita est, caí de enfermedad tan peligrosa, que se tiene a milagro el haber quedado con ella» [con la vida].

En la exposición de los Cantares, confiesa, «he tenido mil tedios y desconsuelos por haberme metido en tan grande laberinto».

No me faltaron apreturas de espíritu y grandes aflicciones de corazón, según nos dice: «A mí me suele afligir algunas veces el Demonio con representarme y fijar en la memoria cosas que me puedan dar pena y enfado».

Fue probado también con tentaciones, y duras, pero salió siempre triunfante con el divino auxilio: «A mí me suele inquietar el Demonio con pensamientos de predestinación y reprobación, pareciéndose que, si me tengo por predestinado, y que no puedo condenarme, daré en presunción y me despenaré en vicios; y si por reprobado, que desesperaré como hombre sin remedio; pero yo ningún caso hago destas tentaciones, porque no está en mi cuenta dar sentencia sólo espero en la misericordia de definitiva en lo uno ni en lo otro: sólo espero en la misericordia de Dios, con gran temor de su estrecha justicia, y creo salvarme si con perseverancia guardo sus mandamientos, o, ya que la quebrante, finalmente me duelo y hago penitencia verdadera». «Otras veces me aprieta [el Demonio] con esta tentación: Si querría más estar en el Infierno que cometer un pecado mortal. Lo que pretende aquí es, o que, espantado con el horror de las penas infernales, elija pecar mortalmente, o a lo menos me ponga a peligro de mentir, no eligiendo de corazón lo que de corazón aborrecemos todos; o para que, negando lo que es pecado caiga en arrogancia y jactancia, viéndome tan determinado en cosa tan dificultosa».

Santa Clara es recibida por San Francisco

Santa Clara de Asís es recibida por Francisco

Nuestra Madre Santa Clara

Si las jóvenes de hoy conociesen el don de Dios, que se llama vocación religiosa, se despoblarían las ciudades y aldeas y sería preciso construir nuevos monasterios.

Clara de Asís supo de riquezas y de honores y de partidos ventajosos; pero otro amor la atraía y otras ambiciones y otros tesoros.

El día de Ramos se engalana con las ricas joyas y vistosos atavíos, como novia en el día de su desposorio, y acude a Misa Mayor. Absorbida en sus celestiales amores, cuando los demás se levantan a tomar la palma bendita, ella se queda inmóvil y el Obispo se le acerca y le ofrece la palma más galana, porque conoce los planes de la noble condesita y sabe que es Prometida del Señor.

Por la noche, cuando sus familiares descansan ya, Clara deja cautelosamente, su palacio y, acompañada de su tía Bona se dirige a la Porciúncula donde le esperan en vela Francisco y sus compañeros. Con antorchas en las manos la conducen al altar profusamente iluminado y allí, con piadosa crueldad, siega su rubia cabellera, se desprende de sus joyas y trueca sus delicados vestidos por el austero sayal, distintivo de las esposas del Beatificador de la Pobreza.

Cuando sus padres y parientes acuden a disuadirla de lo que llaman enorme disparate, ella les convence que ha escogido la mejor parte y, por de pronto la dejan en paz, pero, luego, una tras otra la imitan sus hermanas Inés y Beatriz y su tía Bona, y su sobrina Amata y... su madre Hortulana.

La vida del claustro carece de todas aquellas cosas que el mundo aprecia; pero allí no se echan de menos por la abundancia de otros bienes superiores que no dejarán nunca de tener su valor intrínseco por el solo hecho que el hombre carnal se lo desconozca.

Cuando en una nación se prevé con más o menos probabilidad la inflación de la moneda, o que una revolución ha de anular ciertos valores, los hombres precavidos se apresuran a adquirir bienes inmuebles o divisas del extranjero. Las riquezas de la tierra, sin excepción alguna, a no mucho tardar perderán totalmente su valor y seremos de ellos forzosamente expropiados sin indemnización. Desprendiéndose oportunamente de ellos, puede una joven comprar un pedazo de cielo en eterna propiedad, y mientras se hacen los trámites, se le da en la tierra el ciento por uno, paz abundante y gozo espiritual.

Los placeres sensuales, además, embotan las facultades del espíritu, enturbian la vista del alma y desgastan las energías de la vida racional. Coger la fruta agraz es placer mezquino de harapientos rapazuelos. Las personas sensatas y de gusto delicado prefieren las frutas sazonadas y paladean el vino añejo que durante decenios han tenido cerrado bajo llave. Tales son las almas que consagran al Señor su virginidad, entrarán, un día, en las bodegas místicas del celestial Esposo a embriagarse de celestiales delicias.

Y a cambio de una aparente libertad que sacrificaron por el voto de Obediencia, digo, a cambio de unos apretados grilletes que eran sus vanidosos y movedizos caprichos, recibirán la regia libertad de las hijas de Dios...

Repito. ¡Si las jóvenes de hoy conociesen el don de Dios que se llama vocación religiosa, se despoblarían las ciudades y aldeas y sería preciso construir nuevos monasterios, y sacrificarían el instintivo anhelo de maternidad temporal para conseguir la gloriosa y noble y virginal maternidad del alma con su magisterio en los colegios, su apostolado en tierras de infieles o su oración y sacrificio entre los estrechos muros de la clausura, como la virgen de Asís, nuestra Madre, Santa Clara.

Fr. Mateo Ramis, T.O.R.

Páginas de Historia Franciscana

Herencia franciscana

Nunca vio Valencia espectáculo tan magnífico como el que vimos el sábado 8 de mayo de este año. Aquel desfile de las pueblos agrupados por Arciprestazgos por la Plaza de la Virgen, con esas imágenes que cifran toda la geografía y la historia del alma valenciana, fue el modo más auténtico de presentar a la capital las credenciales para el voto que iba a formular en la misma tarde.

Muchas provincias están formulando el Voto Asuncionista, pero... ¡Como Valencia!

Otro sábado glorioso, el 9 de octubre de 1238, hacía su entrada triunfal en Valencia el Rey «En Jaume I el Conquistador». Ya en ella mandó purificar la mezquita mayor, en cumplimiento de una promesa consignada en privilegio fechado en Lérida, a 28 de octubre de 1236, lo que hace el Arzobispo de Tarragona. Colocan su altar portátil y se celebra la primera Misa ante la imagen de Santa María que el Rey venera en el misterio de la Asunción, consagrándole la nueva Catedral. Diez años después, por el «Statum Regium» se demolerá lo que fue antigua mezquita y sobre su solar se levantará ya lo que hoy conocemos por nuestra Catedral, colocándose su primera piedra el 22 de junio de 1262, porque el Rey quería un templo de mayor suntuosidad para la Reina.

En la fachada a lo que fue «mirab» se representará el misterio de la Asunción con los apóstoles y los doctores de la Iglesia oriental y latina. Al muro del ábside quedará un pequeño altarcito recordando el lugar de la primera Misa, como aún se ve frente a la puerta de los pies de la Virgen.

Así, aquel monarca, terciario franciscano —ya lo escribí una vez— deja a su conquista de armas una conquista espiritual en toda la región nuestra como lo han manifestado en la Plaza del Caudillo aquellas imágenes a quienes el Prelado en su letanía, de ellas, fue haciendo un rosario de historia y de piedad. Y presidiéndolas todas estaba la «Mare de Deu dels Desamparats». No podía haber otra; la imagen de nuestra Virgen (la del Camarín) nació, precisamente, el día de la Asunción.

El dogma de la Inmaculada constituye un triunfo glorioso para nuestra Orden. Por el de la Asunción trabajan también sin descanso nuestros hermanos de todo el mundo. Y Valencia ha puesto en Voto el mayor grito del «Vox populi».

Cuando Dios quiera darnos el consuelo de la declaración dogmática, esas huertas valencianas se darán un abrazo, de nuevo, de rosas de mayo con la capital y en la «festa de la Mare de Deu d'Agost» recordarán que un sábado fue posible porque otro sábado —siempre ese día— un rey franciscano adelantó su fecha en el corazón de Valencia.

Salvador Riera

San Luis Obisp

San Luis Obispo

San Luis, Obispo de Tolosa

Era hijo de Carlos II, Rey de Sicilia, de Nápoles, de Jerusalén y de María, hija de Esteban V, Rey de Hungría, siendo llamado Luis por devoción, al Santo Rey de Francia, que aun no estaba canonizado.
Fue niño en el cuerpo, pero varón perfecto en el espíritu desde que nació, aficionado a la devoción, enemigo de los juegos pueriles y de una gravedad y modestia que captaban la admiración y cariño de cuantos le conocieron.

A los catorce años fue entregado en rehenes, con dos hermanos suyos, por la libertad de su padre... (derrotado y prisionero de Alfonso III, Rey de Aragón, en un combate naval); llevado a Barcelona, vivió con los frailes Menores (Franciscanos) por espacio de siete años; estudió bajo la custodia de éstos ciencias y Sagrada Escritura, en las cuales llegó a aprovechar tanto, que decían parecer divinamente reveladas.

Más afán puso en la adquisición de la virtud; para ello atormentó su cuerpo con cilicios, disciplinas, ayunos y otras maceraciones, hizo voto de tomar el hábito franciscano, renunciando a los honores del mundo, y aunque con desagrado de sus padres, abdicó en su hermano Roberto los derechos a la corona y se ordenó sacerdote.

Para distraerle de sus propósitos, que su familia creía humillantes para su rango, convinieron con el Sumo Pontífice (y éste muy complacido, que le nombrara Obispo de Tolosa, pero el joven, a quien no quisieron admitir en el convento de Montpeller por temor a incurrir en el enojo de su padre, se fue a Roma, se postró a los pies del Papa y protestó que no consentía aceptar la mitra si no le dejaban cumplir su voto (de ser franciscano) del cual no quería dispensa. Accedió el Papa y en el mismo día, por privilegio, le dio el General de la Orden el hábito y la profesión, siendo después consagrado Obispo.

En su nueva dignidad nada más lejos de él que engreírse. Anduvo siempre con el hábito burdo al descubierto, los pies descalzos y llevando consigo algunos religiosos que vivieron con él, uno de los cuales tenía el mandato de reprenderle ásperamente, aunque fuese en público, sus hipotéticas faltas.

En la diócesis se multiplicó en su ministerio, predicando constantemente, consiguiendo la conversión de muchos herejes y aun judíos. Todos los días sentaba a su mesa veinticinco pobres, a los cuales servía de rodillas. Sus copiosas rentas la distribuía entre ellos, quedándose con lo indispensable para la vida.

Reformó las. costumbres del clero y fomentó la piedad en todas partes. Pensaba renunciar a la mitra para vivir en su amada soledad cuando le manifestó el Señor que estaba próxima su muerte, para la cual se preparó muy fervorosamente.

El día de la, Asunción de Nuestra Señora recibió los Santos sacramentos, y el 19 le oyeron los asistentes rezar muchas veces el Ave María. Preguntándole ¿por qué tantas? «Por que voy a morir y saludo a la Santísima Virgen que viene a recibirme», contestó. Y expiró, en Brincola. Su cuerpo fue trasladado por disposición suya a Marsella.

Tenía veintitrés años, aunque era muy anciano en la virtud, como lo demostró en su vida singular y por los muchos milagros obrados después de su muerte.

A los veinte años de su tránsito, viviendo su madre y hermanos, fue colocado en el catálogo de los Santos por Juan XXII, y en 1423, habiendo tomado Marsella el Rey Alfonso de Aragón, eligió como trofeo de su victoria y tesoro el más precioso, el cuerpo de San Luis, que trasladó a la Catedral de Valencia, donde se conserva en gran veneración.

Murió el 19 de agosto de 1297.

P. Luis Mª Fernández Espinosa

A San Luis, Obispo de Tolosa

Los días de tu vida están tejidos
de pétalos de rosas celestiales
y cálices de lirios virginales:
divina floración de tus latidos...

De hermosa caridad enardecidos
los afectos de tu alma angelicales,
no pudieron las glorias mundanales
fascinar con su brillo tus sentidos...

Ni el lujo de la corte te conmueve,
ni el áspero sayal te causa espanto,
ni, aunque joven, la mitra te da orgullo...

Que, a través de tu vida limpia y breve,
siempre es tu corazón humilde y santo
de pureza y amor tierno capullo...

Jesús Galbis