Septiembre de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm
¿Quién como Dios?. Editorial
Norma de vida santa. Fr. Luis Mestre, ofm
Florecillas de la seráfica provincia de Valencia. Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm
Al Arcángel san Miguel. José Mª Bayarri
Contraste. Arturo Fosar Bayarri
En el mont Alverna. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
San Francisco Solano. Mariano Fernández Yévenes
Los comunistas excomulgados
Escuché la Palabra de Dios. Jaime Correa López
A diario resuena por los ámbitos de todos los templos católicos del mundo el eco de aquella oración valiente y encendida del gran Pontífice León XIII: "Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla contra la perfidia y las asechanzas del diablo..."
La voz de la Iglesia se eleva, así, confiada al príncipe de la Milicia Celestial, para impetrar la ayuda de su defensa en estos difíciles tiempos en que, más que en otras épocas, parece que anduviera suelto por el mundo el mismísimo Luzbel, como león rugiente, buscando, según la expresiva frase de San Pedro, a quien devorar...
Y por cierto que hoy devora Satanás a muchos infelices, a quienes convierte luego en hechura infame de su astuto cinismo y redomada perversidad.
Ante este avance apocalíptico de las fuerzas del mal, a nosotros nos toca, según el tajante mandato del primer Vicario de Jesucristo, resistir fuertes en la fe, y para ello es de suma oportunidad requerir con insistencia los auxilios del poder de Dios, que tan admirablemente representa el Arcángel San Miguel.
¿QUIEN COMO DIOS?, fue el grito de victoria que opuso este invicto caudillo de las huestes angélicas al "non serviam" lanzado al rostro del mismo Dios por la arrogancia de Lucifer y sus satélites.
Sea éste también ahora el lema del triunfo definitivo de la Iglesia sobre todos aquellos que sin Dios y contra Dios pretenden entronizar a Satanás en el mundo, a fin de que debelado este criminal intento, brille sobre los pobres hijos de Eva los resplandores de la Cruz redentora de Cristo, pregoneros de fraternal amor y únicos portadoras de la verdadera paz.
Norma de vida santa
Lo es ciertamente la regla de la Tercera Orden de San Francisco. Reiteradas aprobaciones y declaraciones de los Sumos Pontífices lo expresan así sin dejar lugar a duda. León XIII cifraba sus esperanzas de renovación espiritual del mundo en la Tercera Orden franciscana, por cuanto tiende ella a «santificar las acciones ordinarias y comunes de la vida informándolas con el espíritu de Jesucristo». Si este espíritu que San Francisco supo infundir en sus tres Ordenes vivificara por entero a sus hijos, no cabe duda de que estarían ellos en camino y en actitud de santidad, ni de que ejercerían un fecundo apostolado cristiano con el ejemplo de su buena vida, ejemplo que les valdría la salvación propia y la de otros. Lo asegura León XIII y lo confirman las palabras del ritual que se le dicen al Terciario recién profeso: «Si tú estas cosas observares, yo de parte de Dios, te' prometo la vida eterna.»
¿Qué cosas son esas que ha de guardar el Terciario franciscano?" Las que pone su Reglita. cap. I y II. que no son por cierto cosas nuevas. Son las obligaciones fundamentales de todo buen cristiano que allí se le recuerdan para estimularle a cumplirlas. Compendiosamente pueden reducirse a esto: cumplir los deberes cristianos y los del propio estado, aceptando con paciencia los sacrificios que esto impone.
Copiosos frutos de santidad podemos producir cada día cumpliendo los deberes de nuestro estado. Otros tantos, y muy valiosos por cierto, podemos cosechar abrazando con amor los sacrificios que el deber impone.
Vayan unos ejemplos que lo comprueban y que pueden servirnos de enseñanza práctica y de aliento para imitarlos.
Era San Pascual Bailón, portero y hortelano de su convento, y atendía con solicitud devota al cumplimiento de los dos cargos que la obediencia le había confiado. Alternativamente iba al huerto o
a la portería, según era del caso. En ocasiones podía hacerlo con holgura; en otras, con apremio de tiempo; mas siempre procedía con paz de corazón y con amable suavidad exterior. Estaba un día plantando lechugas cuando sonó la campanilla. Dejó al momento la faena y salió a la puerta. De regreso tenía de nuevo las lechugas en la mano cuando llamaron otra vez en la puerta, lo que se repitió varias veces en poco rato sin que tuviese importancia lo de la portería, pues era cosa de niños que jugaban en la calle; y, sin embargo, el paciente portero ni mostró enfado, ni profirió una palabra de queja, ni dejó de prestar atención a las ocurrencias y caprichos de aquellos niños.
Caso parecido de Santa Francisca Romana. La llamó su esposo mientras estaba rezando el oficio parvo, [libro de rezo en honor a María como a imagen de la Liturgia de las horas que rezan los clérigos] interrumpiendo el rezo acudió a la llamada. Continuó luego el salmo que hubo de interrumpir cuatro veces sin que se alterase la placidez de su rostro. Cuando pudo acabar el salmo, notó que el último versículo estaba escrito con letras de oro.
A todos nos ocurren casos como estos. Propendemos entonces a murmurar interiormente y quizá a quejarnos, del que no sabe hacerse cargo y nos hace perder tiempo. Hay días en que parece que todo es conjura contra nosotros. Estamos de mal temple y nos va invadiendo el mal humor; nos salen mal nuestros planes; apenas podemos con nuestra carga cuando vienen a aumentarla, precisamente en aquel día, las exigencias y las incomprensiones de los que nos rodean. Sentimos entonces que se nos agota la paciencia y nos creemos con derecho a levantar el grito: ¡Esto se pasa de raya; no puede tolerarse; esto no es vivir! Son impulsos de la naturaleza inmortificada. La gracia de Dios no deja de insinuarse entretanto. Comprendemos que no está bien levantar el grito; sabemos que Jesucristo nos dio ejemplo de paciencia para que le sigamos con nuestra cruz. A veces triunfa la gracia en esta lucha interior.
Otras, nos dejamos arrollar por los ímpetus del genio. Nos cuesta trabajo el ponernos resueltamente de parte de la gracia mortificando las rebeldías y resistencias naturales. No es extraño. También a los santos les costó el sujetarlas; se mortificaron a pesar de las dificultades, y por eso son santos.
Santa Teresita confiesa que le costaron mucho los pequeños sacrificios, y nos cuenta el arte y la maña de que tuvo que valerse para soportar con paciencia las salpicaduras de agua sucia que en el lavadero le llegaban de la que junto a ella lavaba y el ruidito que hacía en el coro la que estaba a su lado; nos relata lo que tuvo que hacer para dominar las antipatías que llegó a sentir contra su compañera, lo que le costaba callar cuando propendía a excusarse, y otras cosas que ella llama pequeñeces y le resultaban duras y difíciles. Tenía que recordar, para armarse de valor ante ellas, que en el día del juicio todo se sabrá y recibirá cada cual lo suyo. Confiesa que aún con esto no siempre lograba completa victoria, pero que no se desalentaba por ello ni se afligía; reconocía sus miserias y se resignaba a descubrir en sí nuevas imperfecciones cada día. «Hay que humillarse, pensaba, y soportar con paciencia las propias imperfecciones. Esta es la verdadera santidad para nosotros.» Haciéndolo así reconoce ella que creció rápidamente en virtud, y se enamoró tanto de la cruz que llegó a decir: «Prefiero el sacrificio a todos los éxtasis; en él está la dicha para mí.»
Cada santo tuvo lo suyo, pues no adelantaron en virtud sino a base de sacrificio. El santo Cura de Ars, T. F., tuvo necesidad de reformar su carácter algo brusco y violento; de poner freno a sus propensiones demasiado humanas, de ven crecer fuertes repugnancias, de dominar excitaciones nerviosas, de aguantar sequedades, tedios, abatimientos rayanos en la desesperación, y todo esto le costó grandes esfuerzos durante muchos años.
Decía él que «los santos no llegaron a serlo sino después de muchos sacrificios». En su propia casa hubo quien le llenó de insultos. Le escuchó el Cura en silencio; quiso luego acompañarle a la puerta y darle un abrazo; pero la violencia que tuvo que hacerse le dejó tembloroso y sin fuerzas, tuvo que guardar cama y sufrir los dolores de una erupción que aquel día le salió por todo el cuerpo. No hubiera podido soportar este trance si antes no se hubiera vencido en las cositas de cada día.
Dios no pide a todos las mismas pruebas de amor ni los mismos sacrificios; pero quiere de todos que le consagremos las acciones ordinarias de la vida haciéndolas con intención de complacerle, y que llevemos con paciencia las contrariedades y disgustos inevitables. Unos a otros hemos de aguantarnos una y muchas veces. Es sabia y amorosa disposición de Dios contra la que nada puede el hombre. «Si santo has de ser, los de casa te han de hacer» se ha dicho a este propósito con mucha verdad. A la larga es esto un doloroso martirio, no menos meritorio que el martirio cruento. «Menos cuesta, observó Lacordaire, poner el cuello bajo el hacha del verdugo y ser mártir de Cristo en un momento de entusiasmo, que el prolongado martirio de la continua abnegación y renuncia de sí mismo.»
Sólo la gracia puede armarnos de valor y darnos la victoria, y la gracia está siempre a disposición nuestra. Son incontables los Terciarios franciscanos que la supieron aprovechar y se santificaron. Pasan de un centenar los que la Iglesia ha colocado en los altares. El último de la serie es un contemporáneo nuestro, catedrático universitario de Derecho, el Beato Gotardo Ferrini, que supo santificar las investigaciones científicas y las tareas de la clase. La gloriosa lista continúa abierta y va alargándose cada año. Que no se eche de menos lo que toca a cada uno. de nosotros.
XXI. De dos religiosos que predijeron el día de su muerte
Uno de los primeros que tomaron el hábito franciscano al restaurarse la Provincia, fue el Hermano lego Fray José María Montoro. Religioso fervorosísimo, se encendía de sólo oír el nombre de Jesús y de su Madre. Y los ardores del alma le salían con frecuencia afuera. Su saludo predilecto era el de: «¡Alabem a Deu!» Cuando iba al campo o de limosna con otro hermano, le invitaba con ese familiar saludo a rezar, y era de ver a los dos frailecitos detrás de un borriquillo, o sin él, con la corona en la mano y el rostro enardecido rezando a la Virgen.
Así transcurrieron los años de su larga vida. Siendo de 87, y hallándose enfermo en la enfermería de Santo Espíritu, como obedeciendo a una súbita inspiración, se dirigió de repente al hermano enfermero diciéndole:
—Bendito Fr. Pascual, ¡alabem a Deu!
—¿Qué le pasa, Fr. José?
—Pues que la fiesta del Nombre de Jesús la celebraré en el cielo.
Efectivamente, ocho días después de este anuncio, el 2 de enero de 1923, fiesta del Nombre de Jesús, expiraba el bendito Fr. José María Montoro.
El necrologio dice de él: «Jamás se le vio ocioso.»
Un caso parecido sabemos de otro religioso: El P. Juan Bautista Vañó Vañó, benemérito religioso que fue Definidor general de la Orden. En la tarde del 1º" de febrero del año 1921, víspera de la Purificación de Nuestra Señora, y estando rezando en el coro de San Juan in Montana junto con la Comunidad de aquel convento de Tierra Santa la corona de las siete alegrías de la Virgen, falleció repentinamente el fervoroso Padre. La Virgen Santísima, de la que fue
devotísimo, le concedió la gracia de morir en vísperas de una solemnidad suya, y mientras, en el propio lugar donde Santa Isabel completara el texto del saludo angélico, el virtuoso varón desgranaba con fervor, una tras otra, las avemarias de los misterios de gozo.
Se puede suponer la consternación del
momento. Pero ésta subió de punto cuando al entrar el Superior en la celda del finado y poner en orden los papeles de su mesa, encontró sobre la misma unas cartas que acababa de escribir el Padre Vañó a dos hermanas suyas religiosas, en las que se despedía de las mismas hasta la eternidad, dándoles sus últimos consejos, pues iba a morir. Los religiosos pensaron piadosamente que la Virgen le había revelado la fecha de su muerte. Ni era esto extraño para los que conocían la santa vida del que había sido una gloria de la Provincia Seráfica.
Natural de Bocairente, ingresó en la Orden el año 1881. Y era tal su espíritu de pobreza y su afán por imitar a Nuestro Padre San Francisco y reproducir en su vida privada y en la de las comunidades el modelo de los primitivos frailes y de las antiguas fundaciones franciscanas, que siendo Rector del Colegio Seráfico de Benisa no quería recibir de los bienhechores más limosnas que las que eran necesarias para cada día, a fin de que los religiosos estuviesen siempre pendientes de la Providencia. Tanto es así, que los bienhechores se habían de ingeniar para encargarse por turno de dar limosna a los frailes para que ningún día les faltase lo necesario.
Raros y edificantes ejemplos, que hablan muy alto del espíritu de aquellos santos Padres que restauraron la Provincia. No los olvidemos sus hijos y sucesores.
Luz de ventura vibra arcangélica,
por las inmensas salas piísimas
de los cielos en dichas beatas,
después que el Creador flagró su Verbo.
Multitud magna de bellos Ángeles,
Tronos, Querubes... ¡Almas espíritus!
al Señor. Uno y Trino, adorando
con deleitosos ritmos áureos, vivos...
Coros gozosos entre las férvidas
ondas celestes, músicas místicas
cabe el Verbo divino entonando...
¡y era Él de toda la ventura el centro!
Luzbel perfecto se encontró... Súbito,
soberbio alzóse contra Dios! Pérfidas
más legiones de espíritus, cuando
el Arcángel Miguel, vivido acude.
Y respondiendo del ángel réprobo
al grito infame ¡Non serviam!.
¡Mísero,
calla! «¿Quién como Dios?»,
es nombrado
caudillo de las célicas milicias.
Miradlo: bello, fuerte y espléndido
nos aparece con gracias múltiples,
por la gloria de Dios, batallando
contra todas las fuerzas del Infierno.
Noble su porte viril; multíptera
su ágil ayuda para el adánida,
que Luzbel pretendiera envidioso,
como en el Paraíso, rebelarlo.
¡Miguel, Arcángel; aun hoy, pérfido
Luzbel, nos insta sagaz, multífero:
junto a ti batallar anhelamos
por la gloria de Dios, eternamente!
J. Mª Bayarri
Contraste
¡Es un Santo que no cree en Dios!, se dijo de cierto político, que se distinguió por sus alardes de impiedad, en las Cortes Constituyentes de 1869. Y puede ser que lo fuera bajo un aspecto puramente humano, no elevando la santidad a mayor altura que la de una simple honradez natural compatible con lacras morales; pero si santa se considera una vida en la que se practican en grado heroico las virtudes, que por serlo suponen vencimiento de todas las pasiones la cosa varía. Santos laicos, abundan; Santos auténticos, a quienes la Iglesia concede el honor de los altares, son escasos. Y la diferencia de sus conductas es muy notable.
Tal ocurre, por ejemplo, con dos personajes de la Historia, separados por siglos de distancia, que pondremos en parangón: Tolstoi el novelista y San Paulino de Nola, que también fue literato.
El primero, conde ruso de elevada posición social y económica y vida dilatada (1828 -1910), tiene una juventud borrascosa es jugador, bebedor, mujeriego. A los 16 años —según cuenta— no rezó más ni fue a la iglesia. Mientras pudo, por permitírselo su robusta naturaleza, gozó intensamente de la vida material; cuando le llegó la decadencia, se procuró los placeres del alma: harto de carne, como el diablo, se metió a fraile. Independiente de la instrucción religiosa de su infancia, no era ateo pues creía en algo que no sabía definir, y tuvo en el fondo del alma un sentimiento de misticismo que nunca le abandonó, pero que juzgaba compatible con su sensualidad exaltada.
El espectáculo de la miseria de los campesinos rusos, entre quienes vivió (1847 -1851) y el de la guerra de Crimea (1854) en la que tomó parte, avivaron su misticismo; pero carente de humildad ideó propagar una nueva religión de Cristo, sin dogmas ni misterios, en la que pretendía unir a todos los hombres. De ideas fiuctuantes, tan pronto demuestra su caridad con los pobres, siendo agente voluntario del Censo que de ellos se hacía en Moscú, para ponerse en contacto con todas sus miserias, como condena la limosna, pues siendo el dinero la causa de los sufrimientos de los hombres, mal se les puede ayudar con él, para acarrearles los males que se
deben suprimir. De ahí deduce Tolstoi que no debe servirse de su peculio para socorrer a los pobres. Y deberá utilizarlo en beneficio propio —decimos nosotros—, como hizo nuestro novelista, que durante más de 15 años se dedicó a procurarse una fortuna considerable con su producción literaria.
Al fin de su vida se proclama «anarquista cristiano», aferrándose a su Cristianismo sin dogmas, y afirma que sólo la enseñanza de Cristo es verdadera, pues la Iglesia separándose de ella no enseña más que la mentira. Con orgullo poco evangélico, piensa que puede servir de ejemplo a los demás: sobrio en la comida, viste y trabaja como un campesino, cultiva la tierra, sierra la madera y remienda sus botas. Quiere repartir sus tierras a los labradores, pues la propiedad es un mal; pero si es un mal, ¿por qué quiere descargarlo sobre el pueblo?, le dicen. No lo hace por fin.
Y vive hasta el ocaso de su vida como si representara una comedia, pues pretende vivir humildemente y, sin embargo, disfruta de una existencia infinitamente confortable. No quiere que su casa se diferencia de la pobre morada de un campesino, pero tiene buen cuidado de no abandonarla y la suya es un palacio. No utiliza a los criados en algunas ocasiones, pero permite que sus visitantes los introduzca uno con traje negro y corbata blanca. Y a pesar de su blusa y sus zapatos groseros no le disgusta ver a su mujer con elegantes y ricos tocados. Y si se hubiera contratado como obrero, como aconsejaba a su hijo mayor, o mendigase por los caminos, la vida le habría sido más penosa. Igualmente causó extrañeza al periodista francés que le visitó, J. Bourdon, que se riera de la sórdida miseria en que vivían los campesinos próximos a su palacio y no la compadeciera.
Y es que faltó al autor de «Ana Karenina», «Guerra y la paz» y otras famosas obras literarias, el auténtico Cristianismo en sus creencias y la verdadera caridad en sus acciones, por lo que sus empresas en favor de los humildes (pedagógicas o de otro orden) fracasaron por tener carácter solamente filantrópico. Y «la filantropía es la moneda falsa de la caridad». Otro día hablaremos de San Paulino.
Arturo Fosar Bayarri
El mont Alverna
Tot es silenci i pau...
Francesc sent dins del pit suspira encesa,
—amor diví que crema tot son cor—
i vol cantar al raig de lluna plena,
la cançó jubilosa,
la cançó dolça i tendrá
del qui sent l'anyorança
de les coses divines que hi ha en la terra.
Ha surtit sigilos
de la mansió tranquila de sa cel·la,
i embolquellat de vels que tix la lluna,
s'ha quedat en la pau joiosa i queta,
que la nit, amb perfums d'atzahars i roses,
al Pobrisó d'Assis, rient li ofrena.
I als murmuris suaus
que l'arpa del nit, li canta i resa,
brollant de amors divins
Francesc així contesta:
«Germans, germans estels...
Germans, viva estrela...
que els cofres rutilants de plata rica
ofreneu a la nit joiosa i queta;
canteu al Bon Jesús, llum clara i viva,
canteu del seu poder la gloria inmensa:
les llágrimas que brollen vostres ulls.
—perles vives de albor i de puresa—
camí ens senyalen de bondat i amor,
de agraïiment constant, i reverencia.»
«Germana lluna clara
que gillda al bressol, teixes la seda
per fer-li el blanc vestit
que porta amb llums de sol nostra Mareta:
canta, canta cançóns de joia pura,
canta troves de albor i de tendresa,
canta el himne sagrat, brollant de amor,
que canta el gesmiler i l'atzussena
el himne que recull el Bon Jesús,
que entre lliris tots blancs sempre es pasetja.»
De Sant Francesc els llavis s'han plegat...
Son pit, de amor divi, guspira inmensa,
ha trengat les tendrors y les dolçures,
de la pau, de l'amor i la puresa,
i amb pregarles, i precs i suaus murmuris
ha
aixecat al blau cel divina ofrena.
I closos els seus ulls, miralls de plata,
que reflecten de Deu la Omnipotencia,
ha restat insensible als sentits de la térra;
i embadalit, en braços de la Grasia,
en éxtasis quedá s'ánima encesa.
Els estels de la nit, del cel caigueren...
I formant-li corona, viva estrela
damunt son cap, senyala
el sender que el portá a la Gloria eterna,
al ensemps que la lluna sonrient-se
el besa amb besos de blancor i seda...
Impresión de las llagas de Cristo en el cuerpo de San Francisco en el Monte Alverna.
San Francisco Solano (1549-1949)
En el IV Centenario de su nacimiento
«Este sí que fue espectáculo, decía él. Aquí se representaron los amores que al Hijo de Dios hicieron bajar del Cielo a la tierra. Se abatió la alteza, tembló la seguridad, se entristeció la alegría. ¿Qué cosa más admirable que ver a este Señor a quien alaban las estrellas de la mañana y adoran los Querubines, abatido hasta los pies de los hombres, ofreciendo su sacratísima humanidad a los ultrajes de los pecadores.»
Estas y otras cosas decía en ocasión, al parecer, tan importunas, con aquel celo de Dios que lo tenía abrasado, y con palabras tan vivas y fervorosas que el auditorio compungido de un vano y dañoso entretenimiento, pasaba de la disipación a la devoción; de la vanidad, a la piedad; de la alegría carnal y mundana, a la santa compunción del espíritu. Con igual valentía se entraba por las casas de juego, y por otras donde con ocasión de regocijo y bailes peligraba la honra de Dios y la observancia de su Santa Ley, y en medio de los entretenimientos mundanos sacaba la cara por la Cruz de Jesucristo.
Eran muchas las bendiciones que derramaba el Señor sobre este celo de nuestro Santo; la gente perdida que por su medio se convirtió no tiene número.
En resulta de un sermón que predicó en la Plaza Mayor de Lima, creyéndose el pueblo equivocadamente que les había profetizado que aquella noche se asolaría la ciudad, se vio en ella una penitencia y enmienda universal de costumbres. Se llenó la ciudad de lágrimas, y todo género de gentes clamaban a Dios pidiendo misericordia, corrían a las Iglesias que casi todas estuvieron abiertas aquella noche; no había confesores que bastasen a oír y consolar a los penitentes; hubo confesiones de execrables pecadores que hacia muchos años que no se confesaban; muchos, no pudiendo llegar tan presto a los pies del Sacerdote, a gritos confesaban sus pecados y pedían misericordia.
Fueron tales las penitencias públicas que se hicieron aquella noche y los días siguientes, tal y tan universal la enmienda de las costumbres que obró Dios por este medio en aquella ciudad, que el Obispo de Orense, Fray Juan Venido, que
entonces se hallaba en ella, asegura no haber memoria de otra conversión semejante a ésta desde la de Nínive.
Predicando en Trujillo a 12 de Noviembre del año 1603, quince antes del terremoto que destruyó aquella ciudad, con luz sobrenatural de profecía lloró desde el púlpito su ruina, diciendo claro a sus moradores que se aparejasen, que por sus pecados había Dios de asolar aquel pueblo. Lo cual se cumplió en Febrero de 1618 (a los quince años, según él predijo) no quedando en pie edificio ni casa alguna, siendo sepultados en sus ruinas gran multitud de hombres y mujeres. A este tenor profetizó otras muchas cosas, que todas se cumplieron a la letra conforme él las dijo. Los milagros que obró Dios por su intercesión en vida y en muerte fueron sin número.
Su enfermedad y su tránsito
En fin, llegado el tiempo en que quería Dios premiar la virtud altísima de su siervo, le dio la última enfermedad con unas fuertes calenturas. Le duró dos meses, en medio de los dolores muy intensos que en ella pasó, estando sobremanera flaco y debilitado y combatido de ansias y agonías, estaba muy sereno, con gran paz, clavados siempre los ojos en los clavos del Crucifijo, parecía ya bienaventurado que en el descanso de la gloria comenzaba a ver lo que su viva fe y esperanza le aseguraba; nunca tuvo más ferviente oración ni más alta contemplación; día y noche gastaba en este ejercicio; no consentía que le hablasen sino del amor de Dios, alabábalo de continuo diciendo los Salmos que son para esto más apropósito; lloraba lágrimas de caridad conque dejaba la cama regada, y la Comunidad compungida y edificada.
Le avisaron por orden de los médicos que recibiese el Santo Viático. Respondió alegre: «Temprano es, pero tan buen Huésped como mi Señor Jesucristo recibámosle luego».
Fue esto quince días antes de su muerte. En este tiempo hacía que le leyesen la Pasión del Señor en el Evangelio de San Juan, y decía: «¡Oh fiel amigo, oh Padre verdadero, bendito seas y glorificado infinitas veces, que por sola tu bondad y caridad inmensa padeciste por mí, gusano inútil, muerte de Cruz!».
Otras veces pedía le rezasen himnos de la Virgen María, a quien amó siempre con entrañable amor. A su guardián pidió por amor de Dios un hábito de limosna, el más pobre, para enterrarse; deshaciéndose en lágrimas los Religiosos, viéndole morir cuando más necesitados estaban al parecer de su compañía; para el Reino del Perú, se tenía por gran desastre que le faltase un espíritu tan celoso y tan provechoso para las almas. Mientras estas lamentaciones se hacían, el santo varón, con rostro alegre, consolaba a todos diciéndoles altísimas sentencias y animándolos a que no se dejasen emponzoñar de este aire maldito que tiene corrompido al mundo.
Murió con gran paz pronunciando aquellas palabras: «Glorificado sea Dios», que en vida solía repetir muchas veces. Fue su tránsito el 14 de Julio de 1610 en Lima (Perú), en el Convento de Franciscanos, a la edad de 61 años, en el Pontificado de Paulo V y reinado de Felipe III.
Luego que expiró, quiso Dios acreditar la santidad de su siervo con multitud de prodigios, hasta en los síntomas de su cuerpo; éste, que por las largas y difíciles peregrinaciones estaba seco y negro, de repente apareció lleno de blanco, hermoso y tratable, con el rostro tan señero, como si estuviese en un dulce sueño, despidiendo un olor fragantísimo; sus ojos, que cerró siempre con una perpetua mortificación, se dejaron ver brillantes con un resplandor extraordinario, y su carne, comprimida a fuerza de las intemperies, se notó con un color y calor natural como si estuviese en lo más florido de sus años, habiéndole salido sangre de una herida,
tan fresca como pudiera de cuerpo vivo.
La conmoción del pueblo en su muerte fue grandísima. Le aclamaban todos por santo; les parecía que en castigo de sus pecados y por no merecerlo les había Dios llevado aquel siervo suyo. A su entierro se hallaron el Marqués de Montesclaro, Virrey de aquellos Reinos, y don Bartolomé Lobo Guerrero, Arzobispo de Lima.
Lo sepultaron en la capilla y entierro común de los Religiosos Franciscanos, debajo del Altar Mayor, en que fue depositado en un arca de madera, como la observancia franciscana requería. Muchas fueron las maravillas que obraba Dios por intersección de su siervo, de las cuales se hicieron informaciones auténticas, hasta que la Santidad de Benedicto XIII le canonizó solemnemente el 27 de Diciembre del 1726.
Portentoso milagro de San Francisco Solano, en Tucumán donde amansa un toro bravo
con su cordón franciscano
Milagro del toro bravo
Ahora bien; con objeto de narrar uno de sus incontables milagros que en aquellas tierras realizo San Francisco Solano vamos a relatar el del «Toro bravo», que por su singular originalidad y que textualmente es como sigue:
En ocasión de celebrarse una fiesta de toros en San Miguel de Tucumán (Indias), un toro de excepcional bravura consiguió saltar los obstáculos que le separaban de los espectadores, corriendo en desenfrenada carrera por las calles del pueblo en que iba sembrando el terror después de haber dado muerte a varios indios. El Santo Padre Solano, que venía por la calle a donde se dirigía la brava res, esperó con suprema tranquilidad la acometida
del toro, y entonces tuvo lugar el portentoso milagro en el que el bravo animal se le acercó mansamente y olfateando el cordón franciscano que le mostraba el Santo, mostró reverenciarle y apartándose como una mansa oveja, se pasó de largo ante la admiración del gentío. El gobernador, sin esperar a que la fiesta terminase, salió seguido de mucha gente a recibir al Santo
Varón, a quien se apresuró a decir: ¡Así amansa Padre a los toros bravos!
Antes de terminar este compendioso trabajo de la vida y virtudes de este gran siervo de Dios, y a fin de que vaya saturado con el aroma espiritual de su fervorosa oración o jaculatoria, transcribiremos aquí la que él recitaba diariamente con gran devoción y reconocimiento a su Creador:
Jaculatoria
¡Oh, mi buen Jesús, amor de mi alma!
¿Qué tengo yo que Tú no me hayas dado?
¿Qué sé yo que Tú no me hayas enseñado?
¿Qué valgo yo. si Tú no estés a mi lado?
Alúmbrame, Señor, si estoy engañado.
Enséñame el camino, si voy perdido.
Perdóname los yerros que contra Ti he cometido,
Pues me criaste sin que te lo rogara.
Me redimiste, sin que lo mereciera.
Mucho hiciste en criarme.
Mucho en redimirme.
Y no eres menos poderoso en perdonarme.
Pues la acerba muerte que padeciste
y la mucha sangre que derramaste,
no fue por los ángeles que te alaban,
sino por mí y los demás pecadores que te ofenden.
Pues te he negado, déjame reconocerte.
Pues te he ofendido, déjame servirte.
Pues te he blasfemado, déjame alabarte;
porque es más muerte que vida la que
en tu santo servicio, no está empleada. Amén.
Así es, que después de este modesto trabajo que me he propuesto suscribir con motivo de este Gran Centenario, y no guiándome otro pensamiento si no el que se divulgue su lectura de tan ejemplar vida para que redunde así en la mayor gloria de Dios y honor de este Santo Varón, sólo me resta ahora, el congratularme con la noble y laboriosa Ciudad de
Montilla (patria del insigne Gran Capitán) que va a celebrar este 14 de Julio con asistencia de las distintas personalidades nacionales y extranjeras, estos conmemorativos actos del IV Centenario del nacimiento de su predilecto hijo S. Francisco Solano como homenaje de reconocida gratitud a tan venerable Santo Montillano.
Los comunistas excomulgados
La Radio del Vaticano difundió el decreto de la Suprema Sagrada Congregación del Santo Oficio acerca del comunismo, cuyo texto es el siguiente:
"A esta Suprema Sagrada Congregación le ha sido preguntado:
Primero. ¿Es lícito inscribirse en los partidos comunistas o favorecerles?
Los eminentísimos y reverendísimos Padres que tienen a su cargo la defensa de lo que ataca a la fe y a las costumbres, habiendo escuchado el voto de los reverendísimos consultores, decretaron en la sesión plenaria, en cuarto lugar, que se debía responder NO, porque el comunismo es materialista y anticristiano, y sus jefes, aunque de palabra digan algunas veces que ellos no combaten la religión, sin embargo, de hecho, o con la doctrina con las obras, se muestran enemigos de Dios, de la verdadera religión y de la Iglesia de Jesucristo.
Segundo. ¿Es lícito publicar, propagar o leer libros, periódicos, diarios, folletos, etc., que favorezcan la doctrina y las actividades comunistas o escribir en ellos?
Contestación de la Congregación del Santo Oficio: No, como cosa que está prohibida por el derecho mismo.
Tercero. ¿Pueden ser admitidos a la recepción de los Santos Sacramentos aquellos fieles que, conscientes y libremente, hayan realizado aquellos actos de los que hablan los números 1 y 2?
Contestación de la Congregación del Santo Oficio: No, de acuerdo con los principios ordinarios sobre la anulación de los Santos Sacramentos a quien no tiene las disposiciones necesarias para recibirlos.
Cuarto. Los fieles que profesan la doctrina comunista, y principalmente los que la defienden y propagan, ¿incurren "ipso facto" en la excomunión, reservada especialmente a la Sede Apostólica, corno apóstatas de la fe católica?
Contestación de la Congregación del Santo Oficio: SI."
EL DOMUND DE 1949 ES EL DOMUND DEL AÑO SANTO. ESPAÑA QUIERE OFRECER AL PAPA CON ESTE MOTIVO EL RESULTADO DEL DOMUND COMO EL MEJOR HOMENAJE MISIONAL.
Escuché la palabra de Dios
cuando todo el mundo me ofrecía riquezas
Difícilmente avanzó hasta el convento el automóvil que conducía a Fray José María de Guadalupe Mojica. La admiración de unos, la curiosidad de otros, la simpatía de aquellos y. el recuerdo del «astro de la pantalla» de los más, formaron un apretado cerco de gentes que impidió su fácil acceso a la plazoleta franciscana. Y cuando apareció su gallarda figura de trazos rotundos en el estribo del vehículo, alzándose airosa como un triunfo de la fe sobre las pasiones humanas, una cerrada, caudalosa, espontánea ovación salida de la multitud envolvió literalmente el humilde sayal del fraile.
El padre Mojica es un héroe victorioso de la vieja, batalla del hombre contra el demonio, el mundo y la carne. Viene de regreso de una lucha tremenda entre la vanidad y la humildad; entre la lujuria y la castidad; entre la sordidez y la caridad; entre el vicio y la virtud. El padre Mojica dejó hace muchos años de ser soldado raso de las tropas de Cristo para convertirse en gran capitán de los ejércitos que combaten contra las hordas del mal, y en esa milicia divina, que ahora tiene precisamente en Cali, una portentosa expresión en el Congreso Eucarístico, Fray José María de Guadalupe Mojica es símbolo de renunciamiento de todas las riquezas materiales de la tierra.
De los tiempos idos
¿Lo recordáis en la pantalla? El cine en este siglo ha constituido la mayor fuerza impositiva de la fama. No se conoce otro invento que haya colocado a la criatura humana en más altas cimas de admiración y de predominio. Los artistas ganan millones; llegan a los más apartados rincones del mundo y se apoderan de la adhesión popular; si aparecen en lugares de circulación, las vías populares se paralizan; reciben millares de cartas e infinidad de niñas cloróticas suspiran por el galán cinematográfico que canta melodías a la orilla del lago... José Mojica fue astro del cine y alcanzó en su breve carrera artística a formar un inmenso caudal de fanáticos. Sus películas siempre tuvieron una base moral, una arquitectura argumental dirigida a dejar en el público nobles enseñanzas. Defendía a los pobres, a los menesterosos a los desharrapados. Cantaba una canción y luego desenvainaba la espada para vengar una injusticia o castigar una perversidad. Jamás hizo «de malo», en las cintas que filmó, porque ya existía en su corazón la llamada de Dios. ¡Era un predestinado!
En Colombia, José Mojica tuvo en su época mayor número de admiradores que cualquiera otro de los artistas en boga. Su voz maravillosa y la modulación romántica y acariciante de sus canciones se abrieron fácil camino entre nuestras gentes —especialmente entre el público grueso— porque es sabido que este es un pueblo soñador y almibarado. Yo recuerdo muy bien que su primera producción, la primera película de Mojica titulada «El precio de un beso», colmó el Teatro Colombia todas las noches durante setenta representaciones. Y recuerdo como si fuera ayer, no obstante que sobre esos episodios ha caído el polvillo de tres lustros, que «La Cruz y la Espada». «La Canción del Milagro» y «Un capitán de cosacos», se robaron para siempre el cariño de las masas. Y digo para siempre, porque la recepción dispensada ayer por el pueblo a su antiguo ídolo —hoy humilde hijo de San Francisco de Asís— demuestra que la huella era profunda y que al verlo transmutando en pastor de almas ese homenaje admirativo ganó para sí nuevos adeptos. José Mojica filmó 16 cintas.
Acuarela
El patio del Convento franciscano en Cali, es un encantador sitio de paz y recogimiento cerrado por cuatro calles fragorosas. Pero hasta su arquería españolísima no llega ese bullicio mundano. Desde un ángulo del pasadizo se ve la torre Mudéjar de la capilla. La música de las campanas desciende sobre el agua de la fuente y la irisa llevando sus hondas hasta los bordos donde los pájaros se saturan al atardecer.
Hay más alegría en esta santa Casa de Dios. El padre Bonilla, mi viejo amigo, anota que es un fenómeno producido por el arribo de Fray Mojica. Por lo demás, la alegría es un estado permanente de alma en la Comunidad Franciscana. La Hermana alegría, como dijera el hermano Francisco... Cuando el periodista es anunciado. Fray Mojica, que ha volado nueve horas desde Lima, se encuentra recostado. Pero no demora en salir de su celda al saber que lo requieren de un diario católico, cuyo propietario es persona allegada al convento por el nexo de una vieja. amistad.
Jaime Correa López
para el "Diario del Pacífico", de Cali (California)