Índice del número 257
Mayo de 1950. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- La salvación por María. Editorial
A propósito de conversiones al catolicismo. Fr. Luis Mestre, ofm
Origen del Año Santo. Fr. Juan José Baydal, ofm - El lugar de la oración (según el Bto Nicolás Factor). Fr. Domingo Savall,ofm
El romance de m¡Virgen. Fr. Bernardino Rubert Candau, ofm - Un cantor de la hermana muerte. Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Beato Francisco Gálvez, misionero, leproso y mártir. Fr. Camilo Jordá, ofm - Hallazgo misterioso de la Patrona de los valencianos.
Carta desde Macao. Fr. Gonzalo Valls, ofm
Día del Colegio seráfico en Onteniente. Fr. Javier Pons, ofm - El trece de mayo. Fr. Luis Ángel, ofm
Las palomas de la Virgen de Fátima. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Consultorio religioso. Fr. Agnello
Noticias. - La respuesta del Cid. D. Eduardo Soler Estruch
La salvación por María
Dice el gran Bossuet que cuando Dios resuelve convertir en feliz realidad la grandiosa obra de la Encarnación, que tuvo en espectativa a la creación entera, por espacio de tantos siglos, permanece en suspenso, hasta que la Virgen María da su consentimiento.
Y exclama el inmortal orador francés: «¡Tanta falta nos hacía que María deseara nuestra salvación!»...
Por María nos dio el Padre una vez a Jesús, principio universal de la Gracia, fuente de nuestra salvación, y como los dones de Dios son irrevocables, según sentencia de San Pablo, concluye el insigne Obispo de Meaux, este orden no se altera jamás.
Es decir: que quien nos dio el principio de nuestra salvación, por María, en Ella y por Ella nos ha de dar nuestra permanencia en la virtud y nuestra perseverancia final en el bien.
Nacemos a la Gracia en Cristo, por María, y sostenidos por sus manos maternales, hemos de librar con éxito los combates de la vida y entrar en posesión de la gloria que Dios nos tiene reservada, como fruto de nuestra redención por Jesucristo.
Recordemos el común sentir de los Santos, que la devoción a María es prenda segura de salvación en las almas, y apliquemos esto mismo a la familia, a la patria, a La sociedad en general.
Por ello no deja de ser un signo esperanzador, en medio del actual caos del mundo, el renacimiento mariano que por todas partes se observa, y que es como un iris venturoso de concordia y de paz.
Quiera la dulcísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra, extender cada día mas por todos los confines de la tierra el fuego de sus celestiales amores, para que se salve por Ella nuestra pobre sociedad tan destrozada y marchita, por la ambición y el odio de los hombres.
Estos son los ardientes votos que La Acción Antoniana formula durante el mes de mayo del actual Año Santo, que irradia desde a Roma a todo el mundo el fulgor de la caridad de Cristo en un perpetuo y renovado anhelo de bienestar y de paz.
A propósito de conversiones al catolicismo
Son numerosas, según las estadísticas, las conversiones que cada año se registran en Inglaterra y en Estados Unidos. En Holanda crece el número de católicos que están admirablemente organizados. Los apóstoles que logran estas conversiones no son todos conocidos n¡son todos populares. De la prensa recogemos noticias de dos de ellos que se han destacado por su forma de apostolado y por el éxito conseguido. Uno de ellos trabaja en EE. UU., el otro en Madrid.
Mons. Fulton J. Sheen ha logrado con su celo apostólico conducir al seno de la Iglesia Católica a muchos incrédulos y herejes de EE. UU.
Mons. Sheen es un sacerdote católico de Nueva York en cuya catedral de San Patricio predica con gran éxito a concursos numerosísimos. Tiene cuatro doctorados y es decano de la facultad de Filosofía de la universidad católica de Washington. Es generoso y dadivoso, y su jornada de trabajo suele durar 18 horas. Cuando sus amigos le recomiendan que cuide de su salud suele responder: «Dios devuelve con creces todo lo que se e da en tiempo, fuerzas o dinero».
En el púlpito y en tertulia y en conversaciones particulares pone gran empeño en que llegue a las inteligencias la luz de la fe y se conviertan los corazones a Dios. En un solo día del pasado año bautizó a 43 hombres.
Los medios de que para ello se vale nos los refiere él mismo citando casos concretos. Para muestra vayan unos pocos.
Al salir un día de su estudio después de haber hablado por radio, presentósele un caballero diciendo:
—«Soy un ateo; ¿qué puede usted hacer conmigo?»
—«Una cosa muy sencilla: una apuesta.»
— «¿Qué apuesta usted?»
—«Apuesto diez centavos a que no me dará usted tres buenas razones de su ateísmo.»
Ganó Mons. Sheen la apuesta; pues no pudo dar el ateo tres buenas razones en defensa de su actitud. Y con la apuesta ganó un alma; el alma de aquel joven que, habiéndolo meditado serenamente, entró al cabo de un año en el seno de la Iglesia Católica.
Recién ordenado de presbítero visitó a un feligrés, y notó al entrar en su casa, que una mujer se retiraba con muestras de disgusto.
—«Es m¡nuera, dijo el ama de la casa; y no quiere recibir visitas de sacerdotes.»
— «No importa, dijo el padre Sheen, haremos de ella la primera conversa de esta feligresía.»
Comenzó a orar por ella cada día en la misa. Al cabo de un año de orar diariamente, fue a buscarla y se la encontró en cama gravemente enferma de tuberculosis. Le habían dicho que le quedaban tan sólo unas semanas de vida.
—«Hay que aprovechar, pues, el tiempo. Comenzaremos por la instrucción religiosa.» Y comenzó una serie de lecciones explicándole las verdades de la fe y los principios de moral. La muerte no llegó en el plazo fijado. Aun no había terminado la instrucción religiosa, cuando la mujer había entrado en franca convalecencia y se había levantado de la cama. Hoy, pasados 25 años, vive todavía y practica la religión católica.
Al terminar una conferencia se le acercó una muchachita y le dijo:
—«Toda su religión es pura hipocresía. Ustedes rezan cada día las mismas oraciones, y acaban por decirlas sin darles significado alguno.»
Monseñor miró por encima de la muchacha al hombre que estaba a su lado.
—«¿Quién es ése?», le preguntó.
—«Es m¡novio», dijo la muchacha contrariada.
—«¿Le ha dicho hoy que la quiere?»
—«Sí, dijo ella. Y eso ¿qué tiene que ver?»
—«¿Y se lo dijo también la semana pasada y la anterior?
—«Sí».
— «Pues eso no significa nada, dijo monseñor. Es pura hipocresía, puesto que repite la misma palabra una y otra vez...»
La muchacha se quedó pensativa, y hoy se ha convertido ya a la Iglesia Católica.
Como prueba de que es la gracia la que obra las conversiones de las almas y no su habilidad natural n¡su elocuencia, se complace monseñor en repetir una anécdota del tiempo de su juventud en que estuvo en París para completar sus estudios. Conoció allí una francesa cuya familia estaba arruinada y alejada de las prácticas religiosas. Ella, que no creía en Dios, había tomado la resolución de suicidarse. El P. Sheen no veía ningún motivo para que se quitara la vida, y limitóse por entonces a decirle: «No se suicide hoy. Espere sólo nueve días». Accedió ella, y durante ocho noches consecutivas el joven sacerdote le habló de la religión. Ella no hablaba el inglés. y el P. Sheen tenía tanta dificultad en hablar francés que sólo con cl diccionario en las manos lograba acabar de expresar su pensamiento. Era imposible en estas circunstancias valerse de los recursos de la oratoria. El P. Sheen sirvióse de la oración como de único recurso, y a los nueve días, sin pensar ya en suicidarse n¡entonces n¡nunca, entraba aquella regenerada mujer en la Iglesia Católica.
En sus locuciones radiadas del mes de enero, trató sobre el comunismo y Rusia. Varias veces advirtió a su público que la solución del comunismo no puede encontrarse en la guerra contra Rusia, sino en las perseverantes oraciones del mundo católico implorando de Dios la conversión del pueblo ruso, ¿Se puede considerar la oración como un arma práctica contra las ideas y propagandas comunistas? Monseñor Sheen cree que sí, y ha tenido experiencia de ello. Un destacado comunista, Louis Budenz, había escrito en un periódico de su partido que podían conciliarse el comunismo y el catolicismo. Al día siguiente, monseñor Sheen le invitó a comer con él, y, sentados a la mesa, le dijo:
—«Usted está equivocado ¿sabe? El comunismo no se puede conciliar con la Iglesia Católica debido al artículo 124 de la Constitución comunista.»
—«¿Qué artículo 124?», dijo Budenz grandemente sorprendido.
—«No le pido que discutamos aquí la Constitución comunista, dijo monseñor. Lo que yo quiero es hablarle de la Santísima Virgen»; y durante cas¡dos horas le estuvo explicando lo que enseña la Iglesia sobre la Madre de Dios. Oró mucho por el comunista y éste acabó por convertirse.
«S¡las oraciones atrajeron a un comunista a la Iglesia Católica, ¿por qué, dice el P. Sheen, no podrán atraer a todos los comunistas'?». Y añade:
«La única fórmula para resolver la crisis en que nos hallamos es una fórmula espiritual; porque no está el problema en que conservemos nuestras cosas, sino en que conservemos nuestras almas. Roguemos todos por la conversión, de Rusia. Estén seguros de que la oración es lo más útil y eficaz para ayudar al mundo de hoy.»
Así dice el celoso sacerdote de Nueva York
***
En el pasado marzo daba la prensa española la grata noticia de más de dos mil conversiones logradas por el Padre Venancio Marcos, el famoso creador de las emisiones religiosas de Radio Madrid. Políticos literatos y toreros vuelven a la Iglesia al influjo de su palabra, según se asegura.
Al preguntarle un periodista por la técnica que suele emplear para estas conversiones, responde el P. Venancio: «M¡técnica no es mía. Es la de las monjas que rezan por el éxito de mis intervenciones, y la de los enfermos que ofrecen a Dios padecimientos por el mismo fin. Esta es, honradamente, la razón del éxito de mis charlas s¡tienen alguno».
Claro que el P. Venancio tiene sólida formación teológica, filosófica y científica para exponer clara y brillantemente la doctrina de la verdad con firme argumentación y con lógica inflexible; y sabe exponerla con la sinceridad del hombre convencido que ha practicado lo que enseña y está dispuesto a hacer lo que aconseja. Pero esto, dice él, son medios «humanos», que por sí solos nada valen. Lo que pone en actividad los secretos resortes del corazón moviéndolo a aceptar libre y voluntariamente la verdad religiosa y moral, es la gracia de Dios que a todos se nos ofrece y que, de ordinario, sólo con la oración se alcanza; con la oración perseverante acompañada de sentimientos de contrición y de obras de penitencia.
Coinciden en esto el P. Venancio y el P. Sheen. Su enseñanza es la común de todos los santos. Siempre pusieron ellos más confianza en la oración que en la acción. Se cuenta del célebre predicador de Ntra. Señora de París, P. Monsabré, que cuando llegaba a tener noticia del saludable fruto de sus sermones solía preguntarse: «¿Qué buen alma habrá unido Dios a m¡predicación para que con las oraciones de ella se logren estos frutos?» Pío XII insiste repetidas veces en exhortarnos a oración y penitencia para detener el brazo airado de la Justicia Divina y lograr «que este Año Santo sea para todos un año de purificación y de santificación, de vida interior y de reparación. año del gran retorno y del gran perdón».
En el Domingo de Pasión próximo pasado oró el Papa públicamente en la basílica de San Pedro acompañado de millares de fieles allí presentes, y de millones de fieles de todo el inundo que, convocados por el Papa, oraban en todos los puntos del globo unidos a sus intenciones para alcanzar de la misericordia de Dios la renovación cristiana de las costumbres y la paz de las naciones. El Papa oró de rodillas ante el altar de la confesión de San Pedro, y pronunció un patético v fervoroso sermón exhortando a todos a procurar el perdón de sus pecados con la sincera confesión de ellos, y a hacer obras satisfactorias de penitencia para dar con ellas el primer paso en el retorno de la humanidad a Dios.
«No creáis que la penitencia anubla la serena alegría de la vida, decía el Papa; es ella más bien la condición indispensable de la interna alegría cristiana que comunica Dios a los que le aman y le sirven.»
«Abrazad con valor la cruz de cada día soportando con paciencia las privaciones y los dolores inevitables de la vida. La cruz de cada día es a menudo pesada; pero, llevándola con Jesús, se va tornando ligera.»
«Como Vicario de Jesucristo que derramó su sangre para reconciliar a los hombres con Dios; como jefe visible de la Iglesia que es su Cuerpo místico, os exhortamos a obras de penitencia: oraciones, ayunos, mortificaciones... Por ahí se vuelve a los brazos del Padre Celestial y se realiza el retorno de la humanidad a Dios.»
Origen del Año Santo
El Año Santo en su significación de perdón (como en su sentido etimológico) tiene su origen en la Orden Franciscana desde el primer momento de su fundación. Todo el amor del Sco. P. S. Francisco a sus hermanos los hombres, tiembla de emoción y ansias ardorosas en el relato de la concesión de la Indulgencia. En aquel julio venturoso de 1216, en que su amor ardiente hacia los pecadores le llevó a un éxtasis amoroso con Dios, le fue revelado que se acercara al Papa Honorio III, a fin de impetrar de él, aquello que iba consumiendo paulatinamente su corazón: la salvación de las almas. Para ellas, precisamente, quería la remisión total de la pena desde el día del Bautismo hasta el día y hora en que se entrare en la Iglesia de la Porciúncula.
Sugestiva y a la vez llena de encanto y belleza es la descripción que nos hace Celano de este relato. El Santo Padre accedió gustosísimo a la petición de Francisco y desde entonces se concentra en la ermita de Santa María de Porciúncula el gran perdón de las almas. «Allí afluían millares de peregrinos, caravana patriarcal como la de las tribus de Israel en los primeros olías de su éxodo», para alcanzar la remisión de sus pecados; niños, mujeres, hombres, familias y aldeas enteras acudían al venturoso valle de Umbría. Fue aquel el primer Jubileo de carácter universal.
La noticia cundió poco a poco por toda Italia y el mundo entero. La pequeña Iglesia de la Porciúncula no era capaz para la gran afluencia de peregrinos. Esta necesidad dejábase sentir en los ánimos y corazones de todos los fieles. Fue entonces cuando sugirió en la mente del Papa Bonifacio VIII la idea de proclamar un Jubileo universal en la Ciudad Eterna al comenzar el siglo xiv, el cual fuera lleno de gracias extraordinarias y de completo perdón.
A todo esto afirma José Lecier en sus «Etudes» que «el pensamiento de considerar un año de gracias extraordinarias y de completo perdón nació primero en el pueblo romano que en la mente del Papa». La influencia de la Orden Franciscana había abierto camino en el campo de las almas. Con esta preparación el Papa Bonifacio VIII anunciaba al mundo católico la apertura del Primer Año Santo, el cual conmovió a toda la cristiandad. Las puertas de Roma se vieron cruzadas por gentes de todas las razas y condiciones; llegaban así, de las salvajes estepas de Tartaria, como de las floridas vegas de España: los ricos, como los pobres.
«La Iglesia abría la fuente de sus gracias a las sedientas naciones, aun más pródigas de su sangre que Roma de sus espirituales tesoros». Un siglo más tarde dejose nuevamente sentir la influencia de la Orden Franciscana. Uno de sus más preclaros hijos, el Papa Sixto IV, decretó que el Jubileo fuese celebrado cada cinco lustros, dedo que tal período representa precisamente el curso medio de una generación humana. A partir de entonces el Jubileo, llamado por primera vez Año Santo, salvo raras excepciones políticas, ha venido repitiéndose cada veinticinco años.
He aquí cómo el Año Santo tiene su origen en la Orden Franciscana.
Fr. Juan José Baydal, ofm
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