Índice del número 260
Agosto de 1950. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- El día del gran júbilo. Editorial
Rosas y azucenas de San Luis, obispo. Fr. Luis Mestre, ofm - El poyo llamado "padecer meritorio". Fr. Domingo Savall, ofm
Madrecita. Fr. Francisco A. Pávez, ofm - Comunión angelical. Fr. Luis Ángel, ofm
Díptico mariano. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Florecilla seráfica. Fr. Miguel Ángel Briz Requena, ofm - Padre Gil Sendra, ofm, pintor.
In memoriam del P. Francisco Lloréns Moltó, ofm - De nuestras misiones. Fr. Gonzalo Valls, ofm
Bibliografía. - Consultorio religioso. Fr. Agnelo
La rosa de Jericó. Fr. Manuel Balaguer, ofm - Noticias.
El día del gran júbilo
Subiendo Jesús al cielo se llevo cautiva a la cautividad, canta la Iglesia en el día de la Ascensión del Señor; mas ¿no creéis vosotros, estimados lectores, que el mismo Corazón de Cristo, aunque ya glorificado, impasible e inmortal, se quedó también como dulcemente cautivado y prendido del corazón de su Madre Santísima, que aún tenía que permanecer algún tiempo latiendo en el triste destierro de la vida terrena.
S¡consideramos esa intimidad de afectos que siempre mantuvo inefablemente unidos a Jesús y a María, tal vez no sea muy osado afirmar que la entrada triunfal de Cristo en la gloria se vio en cierto modo empañada por la ausencia de María; de aquella primoroso criatura, escogida por el Espíritu Santo para que en su seno purísimo se formara la Humanidad, ahora glorificada del Redentor, de aquella Madre sin igual, que había entibiado con el calor de su cariño las noches frías y desoladas de Belén, que había iluminado con la ternura de sus caricias los senderos de su infancia, y dulcificado con el rocío de sus lágrimas las tremendas torturas de su cruz...
Por eso, mientras tuvo que permanecer la Santísima Virgen en el mundo, cumpliendo la misión que la Divina Providencia le asignara en relación con la naciente Iglesia, su dulce y tierno corazón de madre y el corazón ya glorificado de su Divino Hijo se mantuvieron en íntima y amorosísima atracción; hasta que, suelto el arco tenso de las ligaduras corporales de María, desciende del corazón del Hijo al de la Madre la plenitud de la vida y la gloria de la inmortalidad, y es entonces cuando las milicias angélicas escoltan a la Virgen que, cual flecha abrasada en el volcán de los divinos amores, se eleva en vuelo raudo y ligero a las alturas de la gloria, para clavarse por toda la eternidad en el corazón del mismo Dios.
De ahí este misterio encantador y sublime de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo sea como el broche de oro que cierra el cielo fulgentísimo de la glorificación de la Humanidad de Cristo, y constituya para el cielo y la tierra, para los ángeles y los hombres, para el mismo Redentor y para su Madre dulcísima el día del gran júbilo, la jornada más bella, radiante y triunfal de cuantas han sido y serán desde el principio del mundo, hasta la consumación de todos los siglos.
Rosas y azucenas de San Luis, obispo
La Liturgia católica simboliza en la rosa, reina de las flores, la caridad reina de las virtudes; y en la azucena de níveo y purísimo candor, la delicada y fragante virtud de la pureza.
Caridad y pureza forman la fisonomía espiritual del angélico joven San Luis obispo. Lo indica la Bula de canonización del Santo, y lo da a entender la Iglesia al invocarle en la misa de su fiesta saludándole como Rosa primaveral de caridad y Azucena purísima de virginidad.

San Luis, obispo de Tolosa, 1653-1657.
De encendida caridad estuvo siempre animado su puro corazón que amó la pureza y practicó la caridad desde sus primeros años. Los últimos de su vida hubieran podido ser contados como primeros; tan breve fue ella. Sólo 23 años y medio estuvo en este pícaro mundo. A esta temprana edad dejó la tierra y subió con los ángeles al cielo.
En el mundo había sido príncipe de sangre real heredero de tres reinos; había brillado por su talento y por su ciencia; fue sacerdote, religioso franciscano y obispo; dio constantes y heroicos ejemplos de virtud virtud siempre informada y sostenida y aromatizada con los fulgores de la caridad y con la fragancia de la santa pureza.
Veintitrés años de tierra y una eternidad de cielo es la vida de San Luis; veintitrés años de trabajos y una eternidad de gloria; veintitrés años asociado a la pasión de Cristo y una eternidad de gozar con Cristo.
En el cielo su ardiente caridad se halla en constante plenitud de actividad, que no sufre menoscabo n¡lo tendrá eternamente. Allí brilla la candidez de su inocencia bautismal con destellos de la misma pureza sustancial e infinita de Dios.
S¡tenemos aliento cristiano para vivir aquí en caridad y en pureza a imitación de San Luis, una eternidad tendremos también de gloria en la medida en que nos hayamos hecho dignos de ella y nos la hayamos ganado.
Ahora creemos lo que creía San Luis. Ahora nos vamos ejercitando en la virtud, aunque no con el valor n¡con la constancia de San Luis. Luego, y no tardará esto mucho, nuestra pupila será iluminada con la luz de Dios, que nos hará en todo semejantes a El, y gozaremos la bienaventuranza del mismo Dios como la goza San Luis, experimentando con felicidad plenísima lo que aquí creyó con fe viva, firme e inquebrantable.
Le enseñó su madre a hablar, pronunciando y haciéndole repetir los santos nombres de Jesús y de María. Le habló de Dios nuestro Padre y de nuestra Madre del cielo la Virgen María. Le enseñó a creer en los misterios de la fe y a amar a Dios y a los santos; le enseñó a rezar hablando a Dios y a la Santísima Virgen con la confianza y amor con que hablaba a su madre; le enseñó a mirar y a tratar a Jesús como a hermanito suyo, que no sólo estuvo en Belén y en Nazaret, sino que está ahora con nosotros en los sagrarios; le enseñó a orar cada día confiadamente; y el niño Luis, siguiendo las enseñanzas de su madre y el atractivo interior de la gracia, abrió su alma a Dios como la flor se abre al beso de los rayos del sol, y comenzó a demostrar una gran bondad natural, realzada y sobrenaturalizada por la fe y la caridad, y acrecentada cada día por el trato asiduo con Dios en la oración.
¡Qué gozo el de su madre cuando le veía orar devotamente en la iglesia! ¡Qué consuelo cuando por la mañana le oía encomendarse a Dios y por la noche rezar las últimas preces para dormirse en la paz de Dios!
Su corazón puro gustaba de estarse con Dios; con Dios que es caridad y es pureza, para inflamarse en las puras llamas de su eterno amor.
Amor puro a Dios germinó con la luz de la razón en el corazón del niño Luis; pureza enamorada de Dios fue toda su vida el alma de Luis, alma que antepuso la gracia de Dios a los bienes todos de este mundo, y que cuidó de ser fiel a Dios antes que de otra cosa; y Dios que hace maravillas de santidad en las almas fieles a la gracia, "hizo a San Luis, blanco como la nieve por su pureza angelical, y rubicundo como la rosa por su ferviente caridad, proponiéndolo como dechado perfectísimo de virtudes, que todos los fieles debemos imitar." (Bula de canonización)
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