Índice del número 279

Marzo de 1952. Año 26. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

San José, patrono y protector de los obreros

Si en el Paraíso terrenal resuena como palabra de ira la dura ley del trabajo, impuesta por la voz justiciera de Dios a la humanidad prevaricadora, en el taller de Nazaret, José, el Varón Justo, dignifica hasta el límite de lo divino, la aspereza de esa ley, aceptándola con alegre y sumisa resignación, para proveer al sustento del mismo Hijo de Dios, confiado a sus cuidados de padre, por inefables designios de la Divina Providencia.

Es luego el mismo Jesucristo quien, a medida que va creciendo en edad y en sabiduría ante Dios y los hombres, enaltece con sus manos divinas las herramientas del trabajo, para enseñar a los humildes a no desdeñar su misión, y advertir a los poderosos que el trabajo es algo sagrado, que nadie debe despreciar, si no quiere despreciar al mismo Dios, ni mucho menos utilizar como escabel de su enriquecimiento abusivo y perverso, mediante la opresión de los obreros, que son imagen y hechura del Divino Artesano Cristo Jesús.

Bien se ve que en este plan maravilloso del Padre celestial para divinizar el trabajo de los hombres, el bendito Patriarca San José es el eslabón que une el esfuerzo y fatiga de las manos puramente humanas, con la abnegada y sublime labor de las Manos de Cristo, ungidas con el óleo de la divinidad.

Por eso es San José el Patrono y Protector especial de todos los obreros, a quienes enseña a ejercer su misión con dignidad y decoro, con abnegación y constancia, con alegría y fidelidad; y elevándolos al rango altísimo de colegas del mismo Jesucristo, los hace merecedores del respeto y aprecio de los potentados de este mundo.

A éstos en cambio parece advertir el grande y humilde carpintero de Nazaret, que no vean en los obreros a su servicio simples elementos mecánicos de su prosperidad y grandeza, sino fibras tiernas y delicadas de su propio corazón, cuyas condiciones de vida hay que humanizar por el amor del Divino Jesús, hecho artesano pobre y humilde por salvarnos a todos de la esclavitud del pecado.

Pidamos al bendito Patriarca San José que salve a la humanidad del los tremendos desquiciamientos económicos que hoy padece y sea El quien afianzando la armonía y buen entendimiento entre patronos y obreros afiance también en la sociedad humana los lazos de la concordia y los frutos de la verdadera paz.
Nuestro apostolado en Argentina

Nuestro apostolado en Argentina

(Continuación)

III.—Aspecto espiritual de la Argentina.

El pueblo argentino tiene fondo religioso y católico. No puede negar que lleva sangre española. Las primeras palabras que oí en Buenos Aires, fueron las de un mozo que me pedía una medallita.

Es cosa curiosa, La estampita o medallita de un sacerdote se la disputan allí chicos y grandes. Si en el tren haces a algún niño el obsequio de un emblema religioso, al momento acudirán sin falta los caballeros presentes en demanda de otro. Y no simplemente la gente sencilla del pueblo. Un oficial de aduanas, a cambio de no revisarme el equipaje, reclamó una medalla. Un jefe de policía hizo otro tanto al visarme el pasaporte.

Como esta insignificante observación, pude hacer muchas otras, que atestiguan acerca de la religiosidad del argentino. Religiosidad profunda; pero algo infantil, es decir, falta de robustez por causa de deficiente formación. Los argentinos sienten la fe; si bien no se preocupan mucho de ella.

Es éste un fenómeno fácilmente explicable.

En primer lugar, la mayor parte de la población debe su origen a la inmigración, y el emigrante no va precisamente en busca de valores espirituales. Ya lo hemos advertido antes. Es muy corriente, que, al conversar con los católicos prácticos de allá —que los hay muy fervorosos— sobre el distinto nivel religioso de América y España, te salgan con la objeción: Y ¿por qué los españoles en Argentina no nos dan ejemplo practicando como dice usted que practican en España?

La escasez de clero explica aun más que la razón anterior la deficiente formación religiosa del argentino. Es éste un mal de muchas de las Repúblicas hispano-americanas.

Y las hay que están peor todavía que Argentina. Pero también aquí se ve con frecuencia que los obispos tengan que moverse como párrocos. El de San Luís, por ejemplo, me decía que los domingos se ve precisado a celebrar en tres distintas capillas. Un obispo «trinando» no es cosa corriente para un europeo.

En tercer lugar, las enormes distancias y el aislamiento de las chacras y de los caseríos, unido a la escasez de clero, impiden que los fieles puedan ser espiritualmente atendidos como seria de desear. He aquí un ejemplo que asusta: En la diócesis de Mendoza regimos los franciscanos una parroquia de 26.000 almas, pero repartidas en una región de 50.000 kilómetros cuadrados. ¿Cómo han de ser debidamente atendidos allí los fieles?

Añádase a todo esto un estado de opinión creado por más de un siglo de legislación laica, en que el nombre de Dios no se ha oído en las escuelas oficiales. Hoy día y merced a un plebiscito en que el 95 por ciento votó por la enseñanza religiosa en las escuelas, ésta se ha implantado en los centros del Estado. Es esto un mérito indiscutible de Perón, uno más en la serie de los que ha de reconocerle por justicia la Iglesia. Mas ahora faltan los catequistas. En efecto, las señoritas maestras (en Argentina el magisterio es casi en su totalidad femenino), no están, por lo general, preparadas para una misión tal. Les falta cultura religiosa, que no han recibido. Les falta, además —y esto es importantísimo— ser ejemplares en la práctica de los deberes cristianos.

Tras estas consideraciones no extrañarán nuestros lectores que la conciencia de la seriedad de los deberes religiosos sea tan débil en una gran mayoría de argentinos. No es posible que se asuste de dejar decir la Misa dominical, quien desde su niñez no ha podido oír Misa más que, por ejemplo, una vez al mes, que es cuando había Misa en su iglesita, es decir, cuando le tocaba el turno entre las varias capillas de la extensa parroquia que tiene que atender un mismo párroco. Tampoco es de extrañar que no pueda encarecerse al argentino el deber de traer los niños a la fuente bautismal apenas nacidos, acostumbrados como están a verlos bautizar cuando llega el párroco o se presenta oportunidad de llevarlos a la lejana iglesia parroquial. Ni parecerá imposible que se tenga poco escrúpulo de «vivir así no más», como denominan allá al amancebamiento. El matrimonio civil por una parte y la falta de instrucción religiosa y de clero por otra, dan lógicamente estos frutos.

En lo que continúan demostrando los argentinos un sobrehumano y religioso respeto es en el culto de los muertos. Digo culto, porque más que en los sufragios se fijan en exterioridades. Dejemos aparte algunas costumbres raras que aisladamente se observan acá o acullá, y que no se sabe si atribuirlas a restos de antiguas prácticas indianas o a importación del neopaganismo moderno; así, por ejemplo, que en el «velorio» de un niño se ponga al difunto (envuelto en papel de celofán) sentado y presidiendo la mesa en torno a la cual se aposentan los familiares. Estos y otros casos que me contaron, son fenómenos esporádicos, y de ellos se extraña tanto el argentino como el extranjero. Pero lo que es general en la República es la pompa de los funerales, que de ordinario se celebran el año de la defunción.

El templo se cubre de paños negros, tanto más abundantes y lujosos cuanto de mayor boato es el funeral. El nombre del finado resalta en moldes bien visibles; y la función, que reviste carácter de una demostración de duelo, suele terminar con una oración fúnebre, más que para exaltar los méritos del finado, para agradecer la asistencia de los fieles allí presentes. Son éstas las misas más concurridas, y en ellas se ven rostros de muchos que, a pesar de sentirse católicos y decirse muy religiosos, apenas suelen visitar la iglesia sino en tales coyunturas. No deja de pasar esto, por desgracia, también en nuestros pueblos; pero allí es fenómeno más general.

En el campo son los funerales los que dan ocasión a que se abran sus capillas al público en días laborables. Son también los que ofrecen a los que viven lejos de la parroquia una oportunidad de visitarla y de oír Misa. Por cierto, no pocas veces entre anécdotas curiosas.

En una de nuestras parroquias se presenta a las tantas de la tarde un numeroso grupo de chacareros venidos en sus «sulkys» a la ciudad.

—Padre Cura, veníamos a celebrar un funeral.

—¿A estas horas? Toda la mañana he estado esperándoles. Por la tarde no puede celebrarse.

—Pero, Padrecito, haga por nosotros este sacrificio, que bien nos lo merecemos. Mire que venimos de 35 kilómetros.

¡Cualquiera hacía llegar a los sesos de los chacareros que por la tarde no se puede decir Misa! Pero el Padre no se apuró por ello. Hizo preparar el temo negro. Salió al altar con dos ministros. Cantaron los tres un solemne oficio de difuntos. Entonaron varios responsos, incensando profusamente el túmulo; y el público salió de la iglesia complacido, comentando la extraordinaria solemnidad del funeral. Ingenioso recurso para no escandalizar a aquellos sencillos chacareros. Desde luego, la Misa se suplió al día siguiente.

La moralidad pública tiene sus altibajos, según pueblos y ciudades. En general, el público argentino conserva ese sentido común cristiano que impone decencia pública en el vestir, en el hablar y en el obrar.

La mujer del pueblo no suele vestir con menos modestia que en España. Ahora que la que sigue la moda tiene menos escrúpulo en ajustarse a todos sus cánones, aunque estén reñidos con la moral. En verdad, hay menos recato que en nuestro público; a más de que allá es algo frecuente tropezar con» mujeres sin pudor.

En lo que el argentino nos da ejemplo es en el respeto del santo Nombre de Dios. En Argentina no se blasfema; y si alguna vez se oye una blasfemia, puede afirmarse sin temor a errar, que el que así habla es español o italiano. ¡Envidiable prerrogativa de América!

IV.—El problema del protestantismo.

La cuestión religiosa se ha agravado en estos últimos tiempos con un nuevo factor: el protestantismo. El número de protestantes es muy reducido en Argentina. Casi todos ellos, desde luego, inmigrados. La creciente hegemonía ejercida por los Estados Unidos cerca de las Repúblicas hispano-americanas ha dado, empero a este hecho el carácter de problema. Se atribuye a Roosevelt la tesis de que, mientras Hispanoamérica sea católica, no podrá ser asimilada y absorbida por los Estados Unidos. No se equivocaba el conocido hombre de Estado. Bien lo sabía él.

Y consecuente con su política, promovió una propaganda de proselitismo protestante, basada en abundancia de dólares.

La verdad es que el alma argentina es, por la sangre española que lleva, mal terreno para el protestantismo. Por eso, a pesar de que la labor de proselitismo se ejerce hasta a domicilio, los resultados son poco halagüeños para las sectas. De ordinario oyen los predicadores como respuesta a su «persuasiva» oratoria, aquello de un impresor de Villa Mercedes: «Para ir a la Iglesia, volvería a la que fueron mis padres; ninguna falta me hace la protestante.»

De todas formas, esta propaganda, que toma a veces formas ridículas, siembra cuando menos el confusionismo entre los católicos fríos y aumenta el número de los indiferentes en materia religiosa.

El actual pontífice Pío XII se ha percatado bien de este agudo problema, y ha llamado la atención de los Superiores Generales de las Ordenes religiosas hacia el mismo, demostrando su deseo de que se incremente el número de sacerdotes destinados a las Repúblicas Americanas, para paralizar con su esfuerzo los efectos de la perniciosa propaganda protestante. Sobre todo desea el Santo Padre que España considere como su primera misión las cristiandades americanas.
Nuestra Seráfica Provincia de Valencia se adelantó a los deseos del Papa. La Comisaría de San Antonio de Padua en Argentina, fundada por la Provincia, tiende a aportar su granito de arena a esta ingente misión de la España de los eternos destinos.

Fue el año 1914 cuando, siendo Ministro Provincial el M. R. P. Manuel Pabregat, la Provincia se decidió a enviar a tierras argentinas sus misioneros, que se establecieron en Azul, provincia de Buenos Aires. Iba de Superior el R. P. Fernanda Fabregat.

La fundación no tuvo el resultado apetecido, y hubo de abandonarse, pasando nuestros religiosos el año 1922 a Serrano (Córdoba), germen de la Comisaría de San Antonio, que quedó definitivamente fundada y reconocida por Roma el año 1935, siendo su primer Comisario el P. José A. Arnau.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Ministro provincial

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