Índice del número 339-340
Junio-julio de 1957. Año 31. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- La Eucaristía y la paz. Editorial
San Antonio de Padua y sus milagros. Fr. José Antonio Poma, ofm - Ahora la esposa. Fr. David Cervera, ofm
La TOF y el mundo actual. Fr. Juan José Baydal, ofm
Horas regaladas. Poema. Vicente Monroy Alaguero, redentorista
Gamberradas. José Mª Gimeno Tichell
La Primera Comunión - Salmo 4. Fr. Rafael Fuster, ofm
San Pablo en el Areópago. Mariano Vila-Cervantes
Ruskina. Cuento ruso. J. A. Sobrino, S. J.
Noticias
La Eucaristía y la paz
Jesucristo es el autor de la paz; pues aunque es verdad que en los Libros Sagrados se habla muchas veces de violencia y de guerra, esa guerra y esa violencia es necesaria para frenar el ímpetu de las pasiones humanas que, desbordadas, conducen al hombre al abismo de su perdición y, bien dirigidas, le sirven para arrebatar los tesoros del reino de los cielos.
Si todos los hombres peleáramos, como buenos soldados de Cristo, la batalla de nuestras propias pasiones, el mundo seria un delicioso remanso de orden y de paz. Gozaríamos de una paz inalterable y perfecta con nosotros mismos, con nuestros prójimos y con Dios.
Mas, por desgracia, en esta batalla dura y cruel a que irremisiblemente estamos sujetos, cuántas defecciones indignantes, cuántas cobardías vergonzosas, cuántas derrotas lamentables sufrimos los pobres hijos de Eva, faltos de esa virilidad y constancia, que si la tuviéramos, nos convertiría en héroes de la virtud, en titanes de la santidad; pero somos tan flojos y deleznables, que más bien nos conformamos con ser miniaturas de hombres, juguetes de las pasiones más bajas, peleles de Satanás...
Por eso, para remediar nuestra debilidad e inflamar nuestra indolencia, nos sale bondadosamente al paso Jesucristo ofreciéndonos el don supremo de su amor: el don de Si mismo en, el Pan Eucarístico, llamado con razón el Pan que hace fuerte al espíritu precario...
En la noche de la última Cena, momentos antes de la institución de este divino Sacramento, Jesús les dice a sus discípulos: "Os dejo la Paz, os doy mi Paz», y acto seguido les da el alimento de su Cuerpo y la bebida de su Sangre. Luego en ese Cuerpo y esa Sangre está el firme cimiento y la feliz culminación de la paz de los cristianos, de nuestra propia paz...
Queridos lectores: Vayamos a la Eucaristía, comulguemos dignamente y con frecuencia, vivamos con Jesús para merecer del Príncipe de la Paz la gracia de poseerla a plenitud y de irradiarla por todo el mundo, a fin de que ahora y siempre brille en este valle de miserias y dolores la paz de Cristo, como fruto, el más apetecibles y codiciando, de la Santa Eucaristía.
Seminario menor de Benisa y Pego

Los seráficos de la Provincia Franciscana de Valencia y Aragón, en sus dos secciones de Pego (cursos Preparatorio y Primero) y Benisa, con el R. P. Rector, profesores e inspectores.

El R. P. Rector, asistido por los RR. Padres José Luis y Generoso, en el momento de vestir el Santo Hábito a los seráficos, en cuya ceremonia actuaron de padrinos nuestros insignes bienhechores doña Matilde Iranzo y don Secundino Ripoll.

El P. Rector, en el momento de su plática, preparando a los seráficos que han de recibir el Santo Hábito. Junto al P. Rector los padrinos doña Matilde Iranzo y don Secundino Ripoll, bienhechores.
San Antonio de Padua y sus milagros
El anuncio de la llegada de un hijo es en todo hogar cristiano causa de alegría y de santas esperanzas, y de aquí se deduce el regocijo de la noble familia de don Martín de Buillones y de doña Teresa Talavera esperando del cielo al descendiente de apellido tan distinguido; apellido que era distinguido y venerado no sólo en ¡Lisboa, residencia del ilustre matrimonio, sino en toda Portugal.
Y es así que en una hermosa mañana de 1195 un nuevo latido llena la casa de don Martín Buillones: ha nacido con toda felicidad su esperado y anhelado hijo. Junto a la residencia del feliz matrimonio está la iglesia mayor de Lisboa y allí es bautizado el recién nacido con el nombre de Fernando Buillones y Talavera.
Vivaz e inteligente el pequeño Fernando, recibe junto con la leche de su santa madre las primeras semillas de amor a la Reina de la Pureza, semillas éstas que dieron hermosísimos frutos, ya que Fernando conservó toda su vida el más grande y sincero amor a la Madre de Dios.
Cumple quince años, el mundo lo rodea de halagos, los más grandes triunfos le esperan en la posición que su padre ha conquistado, pero Fernando ha puesto su mirada en un «más allá» y teme la vanidad y los peligros que tendrá que afrontar no por falta de valor para combatirlos, sino por el horror de manchar su alma y ofender al que fue crucificado por salvar a la humanidad.
Resuelve entonces ingresar en un monasterio, y lo hace en el de los canónigos regulares de la Orden de San Agustín.
¿Qué misterio insondable guardaba Jesús para aquella alma tan noble? Sólo el Señor, en su infinita Sabiduría, lo sabía.
Pasan dos años; la humildad y obediencia de Fernando se destacan entre sus compañeros de estudios. Sus familiares y amigos visitan a menudo al piadoso joven; esto no satisface al alma de Fernando, hecha por Dios para ideales más altos, quiere mayor recogimiento, quiere vivir con un único pensamiento: el amor a Cristo.
Sus Superiores complacen sus deseos y pasa al convento de Santa Cruz en Coimbra; allí sí puede dedicarse plenamente a la oración y al estudio y allí también encontrará la estrella que guiará el camino del heroico joven.
Los valientes hijos del Poverello de Asís defienden la Cruz de Cristo en el lejano Marruecos, cinco de ellos encuentran la muerte mientras predican su fe.
El infante don Pedro ordena que los santos cuerpos de estos mártires franciscanos sean llevados a Coimbra, al convento de Santa Cruz.
Fernando es uno más entre los frailes y estudiantes que reciben con gran pompa los cuerpos de quienes tan heroicamente dieron su vida por el Salvador. Pero si para quienes vemos las cosas con ojos humanos Fernando era uno más entre aquel conjunto de piadosos jóvenes y ancianos, para quien pudiera verlo con ojos divinos era un alma que en aquel momento había encontrado su estrella: se pondría el hábito de San Francisco y alcanzaría la corona del martirio, como estos cinco cuerpos que frente a él se encontraban.
Sus Superiores sienten perderle y tratan de persuadirlo de su resolución, pero Fernando es decidido y toma el sayal del dulce Francisco; tiene veintiséis años.
En seguida cambia su nombre por el de Antonio para que no lo molestasen ni supiesen dónde se encontraba y también en homenaje a la casa que lo recibía.
Antonio deseaba el martirio y consiguió que sus Superiores lo enviaran al África, pero Nuestro Señor lo quería orador y no mártir, y así fue, que una grave enfermedad y otras circunstancias lo obligaron a trasladarse a Sicilia y cambiar su rumbo.
De allí pasó a Asís para recibir la bendición de su P. San Francisco, pues se acercaba el Capítulo. Terminado éste, todos los frailes vuelven a sus conventos, y ninguno quiere llevar a Antonio, pues lo consideraban, además de enfermo, torpe e inservible.
Al fin consigue que lo reciban en el Monte de Paulo; allí sigue su vida de oración, de penitencia y contemplación. Se sustenta sólo de pan y agua. Friega y barre todo el día, y jamás demuestra gran sabiduría ni sus profundos estudios teológicos.
Pero llega al fin su día; es llevado a Forli, y allí ocasionalmente debe hablar, y lo hace tan asombrosamente bien que todos se maravillan, y el P. San Francisco dispone que no oculte más la gracia que el Señor le ha dado y que predique públicamente y que lea Teología a los frailes.
Empieza entonces Antonio su maravillosa e inspirada predicación; la acompaña con el ejemplo de su santa vida y de sus innumerables milagros.
Convierte a muchas almas, atraviesa los corazones con el dardo de su amor, discurre en ciudades, villas y aldeas, tiene un celo devorador de salvar almas.
Reforma costumbres y convierte a muchos pecadores; sus sermones reducen a los herejes y su perseverancia con ellos es tal que recibe el nombre de «Martillo de los herejes».
La conversión más numerosa que tuvo de ellos fue a raíz del siguiente milagro:
Ciertos herejes lo invitaron a cenar y el Santo asistió al convite por darles gusto y tener oportunidad de predicarles la verdad, que no conocían. Mas los herejes habían hecho la invitación con premeditación y alevosía, por tanto en el vino que bebería Antonio pusieron veneno.
Le hizo ver Dios esta crueldad, y el Santo los recriminó suavemente; se excusaron ellos diciendo que lo habían hecho para probar si se cumplían las palabras del Señor: «El que creyere no recibirá daño del veneno que bebiere», y agregaron que se convertirían si bebía el vino emponzoñado sin recibir daño.
Aprovechó la oportunidad; valientemente hizo la santa cruz sobre el manjar, lo bebió y quedó tan sano como antes. Los herejes, convencidos, abrazaron la fe católica.

Antonio tenía grandes discusiones con un hereje endurecido y terco que un día le dijo: «Sólo creeré en tu Cristo y en la Sagrada Eucaristía si mi mula se hinca frente a Ella». Antonio aceptó la propuesta. El hereje tuvo tres días a la mula sin comer. Llega el momento fijado, el hereje por un lado muestra a la mula cebada y heno ¡ Antonio, por otro, eleva la Sagrada Forma. Y el milagro se produce, la mula se hinca respetuosamente ante el Señor de los altares sin preocuparse de la comida que se le ofrecía.
Cuando los herejes de Rimiñán no querían oírle, Antonio se fue a la orilla de un río y dijo: «Pececitos míos, escuchad la palabra del Señor, ya que los herejes no quieren oírla.» Y les predicó un largo sermón, diciéndoles que debían ser muy agradecidos a Dios por los beneficios que de El habían recibido.
Y todos los peces se estuvieron quietecitos y muy atentos, hasta que les dio la bendición para que se fuesen.
Un día Antonio habló en el Consistorio delante del Papa y de algunos Cardenales; allí asistían griegos, franceses, alemanes, eslavos, ingleses y de diversas naciones, y todos declararon haberle entendido en su propia lengua, como si Antonio hubiere hablado solamente en la de cada uno. El Papa quedó maravillado de la profundidad de su doctrina y del modo de exponerla, y dijo: «Verdaderamente éste es Arca del Testamento y Armario de la divina Eucaristía».
Su predicación era oída por todos, las muchedumbres se agolpaban a su alrededor, los milagros se sucedían y su elocuencia era extraordinaria.
Cierta vez una piadosa mujer quiso bajar al pueblo para oír uno de los maravillosos sermones de Antonio. Su esposo no se lo permitió. La mujer subió al tejado y a pesar de estar a dos millas del lugar de la predicación oyó todo, sin perder ni una sola palabra.
Otro día la predicación fue en el campo; cientos de personas rodeaban a Antonio, en eso una gran tormenta llena a todos de terror e intentan huir; Antonio les dice: «Quietos, acá no lloverá.» Y efectivamente la lluvia arreció los campos, pero respetó el lugar donde el Santo predicaba.
Daba todo el tiempo que podía a la oración y trato familiar con Jesús y Este regalaba a su siervo- con extraordinarios consuelos, entre otros, apareciéndose en forma de Niño.
El Santo guardaba este secreto. Una noche debió dormir en una posada; el posadero, notando en él algo especial, resolvió observarlo sin ser visto; a media noche vio que el cuarto se llenaba de un gran resplandor y aparecía un hermosísimo Niño que posándose sobre el libro del Santo pasaba luego a los brazos de éste, dando Antonio las más efusivas muestras de cariño. Cuando el Niño se hubo retirado, Antonio llamó al posadero, que sorprendido de que lo hubieran visto llegó apresuradamente. «Sé —le dijo el Santo— que me has estado mirando, y te prohibo que repitas lo que has visto hasta que yo muera.» Cumplió el posadero lo que se le pedía, pero continuamente se le oía repetir: «He tenido en mi casa a un gran santo».
Antonio era querido y admirado en toda Padua, lugar, sin duda, de sus mejores predicaciones y de sus mayores milagros.
Poco antes de morir el Santo se retiró a un lugar solitario con dos varones perfectos, y allí, meditando y haciendo penitencia, esperó a la hermana muerte.
El 13 de junio de 1231 se oyó en toda Padua las exclamaciones de los niños: «Ha muerto el Santo»... Y efectivamente Antonio había entrado en el reino de los cielos, y el pueblo al llamarlo «Santo» sólo se adelantaba a los grandes acontecimientos.
En seguida de su muerte fueron tantos los milagros, curaciones de enfermos, recuperación de bienes perdidos, conversiones y mil milagros más que obró, que el Santo Padre decretó su canonización, y ese día en toda Lisboa repicaron las campanas de todas las iglesias al mismo tiempo sin que nadie las tañera: era que en la patria del Santo había un nuevo milagro para unirse a la alegría del cielo.
Treinta y dos años después de su muerte trasladan el cuerpo de San Antonio al templo de Padua, donde ahora está.
En aquel entonces era Ministro General de la Orden Franciscana San Buenaventura, que estuvo en el preciso momento del traslado.
Con gran asombro encontraron la lengua del Santo tan entera y fresca como si estuviera viva.
Emocionado San Buenaventura, la tomó en sus manos y exclamó: «¡Oh lengua bendita! que siempre alabaste a Dios y fuiste causa de que otros le alabasen, bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del que para tan alto oficio te formó».
Es imposible cerrar estos rasgos tan hermosos sin tener algunas palabras para los milagros de San Antonio en nuestros días.
Cuántas almas vemos a diario que se postran delante de su altar rezando agradecidas secretos milagros que el Santo les ha dado.
Cuántas almas pecadoras se han acercado al confesonario llevadas como de la mano por algo superior, cuando muchas veces han entrado a la iglesia sin la menor idea de confesar sus cuitas.
Cuántos problemas de familia se han arreglado por encontrar algún bien perdido.
Son los milagros que San Antonio sigue ofreciendo cada día para que los cristianos amen y sirvan mejor a Aquel que sufrió por salvar al género humano: Cristo Jesús.
Fr. José Antonio Poma, ofm.
El 29 de junio, «Día de la Prensa e Información de la Iglesia»
El 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo, se celebra en España el «Día de la Prensa e Información de la Iglesia».
Fue establecido en 1916 con la bendición de S. S. el Papa, el apoyo decidido del Episcopado español y la ayuda valiosísima de los párrocos.
Es una jornada destinada a fomentar la prensa católica: divulgando la necesidad que tiene la Iglesia de periódicos y revistas educadores y de apostolado para el cumplimiento de su mandato divino, insistiendo sobre la obligación de ayudar a la Iglesia en esta necesidad y solicitando de todos su oración y su cooperación económica para estos fines.
El "Día de la Prensa e Información de la Iglesia" tiene, además, por acuerdo de los reverendísimos Metropolitanos, con la aprobación de la Santa Sede, dos objetivos especiales: el sostenimiento de la Oficina General de Información y Estadística de la Iglesia y de la agencia "Prensa Asociada".
Católico, que en la jornada del 29 de junio, Día de la Prensa e Información de la Iglesia, no falte tu ayuda económica y tu apoyo propagandístico para que se cumpla la consigna del Papa: «Una prensa técnicamente perfecta».
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