Índice del número 346

Enero de 1958. Año 32. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Epifanía

La fiesta de la Epifanía está consagrada a recordar y perpetuar los preciosos momentos en que los destellos de la divinidad de nuestro Salvador, rasgando las tinieblas de su escondite, hirieron los ojos y la inteligencia de la humanidad extraviada, para de ese modo desvanecer todo equívoco y toda duda acerca de la presencia entre los hombres de Aquel que «vino a habitar entre nosotros lleno de gracia y de verdad», para sernos camino, verdad y vida por las rutas del duro peregrinar hacia Dios.

* * *

Pero la naturaleza y la misión trascendental que el Hombre-Dios encarnaba en sí, exigían una múltiple manifestación, una «epifanía» polifacética. En efecto, la liturgia de la fiesta de la Epifanía reza así: «Veneramos un día exornado con tres milagros: hoy una estrella guió los Magos al pesebre; hoy el agua se convirtió en vino para las bodas; hoy Cristo consintió en ser bautizado por Juan en el Jordán para salvarnos».

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Son esos tres milagros que constituyen otras tantas «epifanías» del Señor; y aunque la devoción popular fijó su atención casi exclusivamente en la primera de esas manifestaciones, hasta hacer de la fiesta de la Epifanía el simple «Día de Reyes», la Liturgia no deja en el olvido las otras dos maravillas de la vida del Señor, con las cuales el buen Dios quiso alumbrar los ojos del hombre y mostrarle el Sol de justicia que, resplandeciendo en el cenit de los cielos, venía a iluminar a los que vagaban en las densas tinieblas del error y enderezarlos así por los senderos que conducen a la paz inefable de la Bienaventuranza.

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La estrella que hirió los ojos de los Magos orientales les manifestaba que un gran Rey acababa de nacer en tierras judías: el Hombre-Dios recién nacido se manifiesta así a los Magos, y en ellos a todos los gentiles, como el mágico y divino imán que intenta atraer a sí todos los corazones.

La presencia del Espíritu Santo y la voz potente del Padre Eterno que se filtra por la abertura de los cielos rasgados con ocasión del Bautismo de Cristo, son como la investidura oficial y pública por la cual Jesús viene declarado en presencia del mundo entero como el Mesías Salvador, como el Hijo de Dios, ungido con los dones del Espíritu Santo y dotado de toda potestad para que todos le escuchen y obedezcan.

La conversión del agua en vino en las bodas de Caná fue la potente y eficaz manifestación de la virtud taumatúrgica de Cristo, que tantas veces debería entrar en acción durante todo su ministerio apostólico y que iba a ser el resorte más decisivo para conquistar el corazón del pueblo vulgar y sencillo, comenzando por sus mismos discípulos.

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Sucedieron estas tres maravillas en distintos lugares y tiempos; pero su valor apologético y teológico convienen bajo el denominador común de manifestación, de «epifanía»; y por eso la Iglesia las recuerda en un mismo día al evocar la primera y principal de las epifanías, la Adoración de los Reyes Magos, que constiuyeron las primicias y la prenda de nuestra vocación a la fe en aquel Mesías que los cielos autenticaron y los milagros revelaron y confirmaron.

Giorgio La Pira o un Intendente franciscano

¿Quién no ha oído el nombre de G. La Pira, Alcalde de Florencia? Se ha escrito ya mucho acerca de su personalidad y actuación. Y por cierto que sobran los motivos. La Pira no parece de nuestros días. Se diría que ha descendido de algún retablo de la Edad Media.

Efectivamente, un periodista norteamericano le califica de profesor excéntrico que pretende gobernar Florencia según los principios de la economía medieval. Y hoy —concluye— no es posible arreglar el mundo con los principios elementales de un Francisco de Asís.

Y sin embargo... Se le ha comparado con Don Camilo, el célebre tipo creado por Guareschi. Pero no es eso... Precisamente lo más acertado es decir que concibe la vida y trata de resolver los problemas de Florencia con el criterio que San Francisco de Asís aplicó al mundo italiano en su época.

Véase lo que escribe Informations: «La Pira recibió como testamento de su abuelo socialista esta consigna: Desconfía de los curas. Hoy, por la manera en que se esfuerza por tomar el Evangelio a la letra, basando su criterio en un sólido conocimiento teológico y una frecuentación habitual de Santo Tomás de Aquino y de los Padres de la Iglesia, aparece La Pira como un nuevo Francisco de Asís.»

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Giorgio La Pira (De la web Rosa di Giorgio)

Terciario franciscano

Y es que La Pira es un miembro de la Tercera Orden de San Francisco. ¡Más aún, es miembro de un instituto secular, Los Misioneros de Cristo Rey, fundado por el P. Agustín Gemelli, franciscano, Rector vitalicio de la Universidad Católica de Milán.

Y cómo buen hijo de San Francisco, es pobre, ama la pobreza y sus preferencias se las llevan los pobres. Pero es el primero en preocuparse de combatir la miseria, la desocupación y la crisis de viviendas.
Su generosidad para con los pobres data de su nombramiento para profesor de la Universidad de Florencia, hace ya más de veinte años. Comenzó por entregarles su salario. Después, por repartir entre ellos ropas. Por fin, todo lo que llegaba a sus manos. ¡Un verdadero Fr. Junípero!

Como disponía de poco capital, se lanzó a trazar planes para incrementar sus honorarios. Y pensó así: ¿Para qué quiere un profesor una casa grande?... El importe de la venta fue a parar a las manos de los necesitados. Y los franciscanos le dieron una pieza pequeña en su convento, donde ha vivido ya quince años en una celda que no deja lugar más que para la cama, el lavabo y una mesa para escribir. El exiguo espacio restante lo ocupan sus libros de profesor.

Un cuento de hadas

La vida de La Pira, escribe H. Fesquet, es una historia verdadera que se parece a un cuento de hadas.
Todo lo que posee se reduce a lo que lleva puesto, que lo usa hasta estar deteriorado. De Gásperi le regaló una vez, el día de su cumpleaños, tres corbatas que... no llegaron a Florencia por haberse quedado en Roma en los bolsillos de un necesitado.

Un día de temporal se vio en la precisión de salir de la sala de sesiones para dirigirse a una fábrica. No tenía impermeable que le defendiera de la lluvia torrencial. Un colega se lo prestó. Al cabo de una hora regresaba La Pira chorreando agua.

—Pero... dígame...—, le interpeló aquél.

—Ah, sí... Ya entiendo. El impermeable, ¿verdad? Pues, vea: me encontré con un anciano que estaba recibiendo un diluvio encima...

—Pero hágase cuenta que el impermeable era mío, no de usted...

—Sin duda —replicó La Pira—. Pero... en fin, ¿no le resultará a usted más fácil que al mendigo comprarse uno nuevo?...

En otra ocasión un padre de familia, encontrándose sin trabajo, le pidió prestada una cantidad. Era a mediados del mes. La Pira buscó inútilmente en sus bolsillos exhaustos.

—¡Qué lástima!... —dijo luego—. Vuelva usted el mes próximo. Pero tiene que ser a principios de mes, ¿eh?

El hombre volvió efectivamente con toda puntualidad. Y La Pira de nuevo repitió la misma operación de rebuscar en sus bolsillos sin hallar nada.

—¡Bien! —explicó al fin—, ¿No habrá venido usted demasiado pronto?

—Profesor —dijo entonces el otro—. Yo creo que entre los dos usted es por ahora más pobre que yo—. Y extrayendo un cheque lo firmó a favor del Alcalde.

Haciendo la cama...

Su elección como Alcalde de Florencia, una ciudad de unos 300.000 habitantes, no tiene precedentes en la historia política. Mientras se hacía el resultado, La Pira se acostaba tranquilamente. A la mañana siguiente se levantó y se puso a hacer lo que todos los días antes de ir a misa: poner en orden su pieza y hacer la cama.

De pronto se abrió la puerta y sus amigos políticos irrumpieron como un turbión.

—Hemos triunfado —gritaron—. Y usted es Alcalde.

La Pira se puso serio un momento. ¡La cosa era grave.

—Queridos amigos—declaró por fin—, yo no creo ser el hombre adecuado para ese cargo. Pero tampoco quiero defraudar a mi gente. Contad conmigo.

Los que decidieron su elección fueron los pobres. La clase media, en cambio, se mostraba un tanto recelosa. Y comentaba así:

—Es un santo. Pero lo que nosotros necesitamos no es un santo, sino un buen Alcalde...

—Este hombre —decían otros— es capaz de vender todos los tesoros artísticos de Florencia en beneficio de los pobres si se deja llevar de sus ideas revolucionarias.

—¿Sólo los tesoros artísticos? —agregaban unos terceros—. También de sacar a remate la Casa Municipal y empeñarlo todo ante nuestras mismas narices.

No había motivo para tanto. La Pira continuó como Alcalde haciendo lo que hacía siempre, aunque ahora en mayor escala, y lo que antes no lo podía como particular alcanzaba a realizarlo ahora como autoridad. Suprimió, por ejemplo, ciertas costumbres y privilegios que tenían las clases adineradas y que humillaban a los pobres. Y abrió las puertas de las galerías de arte a todos, cuando antes sólo las disfrutaban los turistas y los ricos. Y construyó trescientas viviendas para los pobres en el horrible barrio de San Frediano.

Un hecho significativo

El «caso Pignone». Una fábrica siderúrgica decidió cerrar sus puertas. El negocio iba de tumbo en tumbo. Pero quedaban en la calle 1.750 personas, quienes fueron a entrevistarse con el Alcalde para exponerse su situación. La Pira se puso del lado de los obreros y ocupó la fábrica con ellos. El hecho puso en efervescencia el ambiente: derechas e izquierdas comentaron la actitud del Alcalde, quien no dio su brazo a torcer, sino que se dedicó a solucionar el problema.

Gracias a él se reajustó la estructura de la fábrica y poco después comenzaban a trabajar 1.100 obreros. Y de los restantes se preocupaba La Pira para que «o les faltara lo necesario y encontrasen ocupación cuanto antes.

Revolucionario y extemporáneo

De tal lo califican. En realidad La Pira no hace sino vivir y actuar en cristiano auténtico y cabal. Si Jesús viniera hoy a compartir nuestra vida y poner en práctica sus doctrinas, le tildaríamos seguramente de reaccionario e importuno.

—Habíamos propuesto un aumento de impuestos —cuenta uno de los concejales de Florencia—. La Pira escuchó atentamente el proyecto y luego declaró: «Lo siento, señores ¡pero ésta no es la manera de proceder de Dios.»

Es que La Pira no se guía por la política ni por conveniencias personales ni intereses creados, sino por el criterio del hombre de fe.

Por eso desconcierta a los conservadores y a los demócratas cristianos que le han llevado al cargo que representa, y a los comunistas a quienes supera en sus promesas y en sus obras.

Pero todos —conservadores, funcionarios, empleados, obreros y comunistas— están de acuerdo en que Florencia tiene por Alcalde a un santo.

Él, por su parte, continúa desarrollando su programa con una sencillez y un optimismo incorregibles. Y cuando alguien le manifiesta su admiración por la obra que realiza o le pregunta por los móviles de sus actos, responde con una sonrisa:

—Muy sencillo. Existe la Encarnación...

San Francisco no habría encontrado mejor respuesta.

S. G., capuchino

Emilio

La Juventud de Acción Católica en aquella parroquia destacaba y causaba admiración en la población descreída. Sus componentes se distinguían por su laboriosidad v porque su moral costumbrista estaba por encima de la de los otros muchachos paisanos. Todos eran fieles observantes del Reglamento y el mejor adorno del templo en los actos de piedad que sabían animar con su participación activa a medida del deseo de don Apolinar, muy amable con ellos, pero exigente.

—Don Apolinar, no afloje las riendas. Nosotros así aun seguiremos adelante; de lo contrario, nos tumbaremos a la bartola y ¡adiós Acción Católica!

—Menos mal que reconocéis la razón de mi empeño en espolearos. Mi interés se debe al deseo de haceros hombres de bien y de arrestos para poder ser apóstoles de eficacia en el ambiente que viváis.

—Se lo agradecemos.

—Pues sed constantes en la observancia del Reglamento y con ello responded a mis esfuerzos.

—Seremos.

Este diálogo se repetía en alguna que otra reunión de estudio, y don Apolinar se prometía muchos éxitos con aquellos círculos de pleno concurso. Estos discurrían en plan de amenidades al estilo juvenil, teniendo don Apolinar buena cuenta de descender a los gustos de aquellos jóvenes, corona florida de su curato, valiéndose del arte de adaptación para influir en sus conciencias y depositar en ellas criterio cristiano en consonancia con la organización. Ellos oían con atención a don Apolinar en sus constantes intervenciones y algunos llegaron a asimilar de tal manera sus lecciones que sus familiares se hacían lenguas de la mejoría alcanzada.

—Don Apolinar, ¡qué distinto es mi hermano desde que asiste a los círculos de Acción Católica!

—Don Apolinar, ¡cuánto trabaja con los jóvenes! ¡Qué buenos son y qué alegres!

—Don Apolinar, cuente con mi hijo en cuanto tenga la edad para ingresar. A ver si aprovecha tanto como sus chicos. Hágamelo tan bueno como ellos.

Dijo don Apolinar de formar un cuadro artístico y todos a una se prestaron a actuar.

Y ¡qué actuaciones aquellas! Tenían la gracia por arrobas. Las jóvenes, envidiosillas de sus éxitos, trataron de conseguir la organización de un cuadro mixto. Y se organizó a base de condiciones que impuso don Apolinar para que los ensayos no fueran ocasión de lamentables caídas y de escándalos.
—¡Ya tiene miedo don Apolinar a los matrimonios!—, apuntó un observador.

—¿Miedo a ellos? A otras cosas—, opuso otro.

—Esas es honor nuestro evitar que sucedan. Tratando de representar un Belén, a lo sumo puede ocurrir que se enamoren y se casen la Virgen con Herodes o San Miguel con Lucifer.

—No sería la primera vez que eso sucede.

—El diablo está fuera de peligro. Lo hará el Rojico el Pintor, que es viudo de más de sesenta años. Verá ¡qué papel hace! Es tenor lírico. Tiene condiciones de veras. Sepa que en su juventud fue invitado a ingresar en una compañía de zarzuela.

—Y tú, Emilio, ¿qué papel haces?

—Yo en todas las funciones hago el más cómico. En el Belén haré de pastor. ¡Verá qué villancicos canto al Niño!

Emilio era el animador verdad del cuadro artístico, que en el Belén de aquel año quedó a gran altura en todos los sentidos. Tenía alma de artista. Se daba al dibujo, a la música, a la vez que al teatro. Menos para bailar el baile agarrado, para todo parecía tener vocación. Era también deportista: montaba en bicicleta, jugaba a fútbol, a pelota, sabía nadar, tocar la flauta y dibujar. Asiduo a los ensayos de la Banda Municipal y a los círculos de estudio de la Acción Católica, siempre asistió a ellos después de rezar el Santo Rosario en familia, cuyas cuentas él llevaba.

Un verano llegó a infundir inquietud a don Apolinar porque se le veía con frecuencia con un grupito de chicas forasteras de su edad, pero muy modernas. Era fama que les gustaba bailar mucho y trasnochar. Emilio las seguía en sus paseos y con ellas conversaba animadamente y se mostraba interesado en mantener la jovialidad y gracejo que reservaba a las personas de mayor confianza.

—Parece mentira que Emilio vaya con esas señoritas. De ellas nada bueno podrá aprender—, dijo alguien a don Apolinar.

—Sus fines perseguirá y buenos—, respondía don Apolinar conocedor del buen espíritu del joven.

—Pero ¿sabe a lo que se expone? Ellas son frívolas de veras y son capaces de arrancarle la fe o, por lo menos, de acabar con su moral.

Don Apolinar llamó la atención a Emilio sobre el supuesto peligro que corría. Y sonriente y retozón dijo el joven:

—Señor Cura, no haga caso; por hacerles bien me arrimo a ellas.

—Mira que el demonio —insistió don Apolinar— toma muchas veces aspecto de ángel de luz. ¡Cuidado!, no sea tu buena intención el lazo para prenderte.

—Vigilo por demás. Sigo con ellas para hacerlas buenas. Hay una que no tiene fe y es la mejor. ¡Si Dios se sirviera de mi para dársela!...

—Tú trabaja y ora porque se la dé.

—Sepa que entre otras cosas ayudo misas por ella.

—Ofrécele también libros para leer.

—Aconséjeme qué libros puedan aprovecharle.

Don Apolinar entregó a Emilio un buen índice de libros de formación femenina, entre los que no faltó una "buena Apologética. Todos ellos obraban en la Biblioteca Circulante del propio centro, de la que el joven era bibliotecario. Este fue distribuyéndolos entre las tres amiguitas del grupo aquel y los mejores los entregaba a la joven sin fe.

En el otoño inmediato a aquel verano Emilio apareció algo ensimismado, daba apariencias de rumia de una idea fija, listaba alegre como siempre, pero más entrecortado. Don Apolinar recibió la noticia de que había sufrido un accidente de bicicleta y le faltó tiempo para ir a visitarle.

—Pero Emilio, ¿qué te pasa con la cara así?

—Nada, señor Cura, una caída de bicicleta.

—¿Te dormiste?

—Despierto iba, me distraje no sé con qué idea y me vi despedido a unos metros cayendo de bruces en la cuneta.

—¿Tropezaste en algo?

—El cuadro se rompió y no me di cuenta de ello. Tumbado en tierra miré con dolor mi querido transporte partido en dos pedazos.

—¡Qué enceliado se ve que ibas, hijo!

—¡Ay, don Apolinar! ¡Qué aguda penetración! Pues sí, en Celia pensaba.

—Ya hace tiempo que noté yo algo. Pero ¿no se fue ya a París?

—Sí, señor; pero hay buenas noticias. La amiguita de Andorra me ha escrito que Celia ya va a misa.

—Buen apóstol eres, Emilio. Se ve que no ha sido ineficaz el trabajo que te tomaste y que tus oraciones valen.

—Las misas que he ayudado por ella han sido las eficaces.

—¡Adelante! Sigue rogando.

Emilio, fuera ya de peligro, dejó de estar recluido en casa. Comenzó a salir. En cuanto pudo dirigió sus primeros pasos a la abadía para devolver la visita a don Apolinar.

—¿¡Le molestaré si pasamos un ratito juntos, señor Cura?

—Ya sabes, Emilio, que mi casa es de los jóvenes de Acción Católica.

—Es que a la vez espero de usted un favor. Quisiera me redactara una carta.

—¿Para quién?

—Para la amiguita de Andorra.

—Ni pensarlo; tú eres el que la debes escribir.

—Con mis formas gramaticales...

—A lo único que accedo es a ilustrarte sobre el borrador para que con tus mismas palabras resulte perfecto tu trabajo.

Emilio al día siguiente presentó su escrito a don Apolinar y éste no hizo más que ordenar el hipérbaton, dándole razones gramaticales que el joven desconocía; aprovechó el caso para darle una lección de género epistolar. Puesto en limpio y a máquina. Emilio correspondió a don Apolinar con una copia que guardó siempre como una reliquia, que a la vez servía de test de lo que un joven apóstol es capaz de hacer por salvar almas y llevarlas a Cristo. Aquella carta expresaba el gran gozo que sentía Emilio por ver en camino de conversión a Celia y ofrecía a su destinataria prudentes directrices para conseguir que la joven de París cumpliera con firmeza todos los preceptos del catolicismo.

Celia lloró a este joven de Acción Católica cuando Dios se lo llevó al cielo, recién cumplidos sus veintiún años, en víspera? quizá de formalizarse el noviazgo entre los dos, y bendice su nombre' porque fue quien la inició con sus conversaciones y su ejemplo en la vida de fervor religioso. Hoy es la digna esposa de un buen católico y gracias a ello se siente feliz. En su hogar se nota la presencia y la influencia de la gracia de Dios.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Los belenes y el árbol de Navidad

La cristiandad se complace en manifestar su ternura y amor al Niño Dios recién nacido, plasmando aquel cuadro sublime de la cueva de Belén con representaciones gráficas y como vividas de aquella divina escena, que no tuvimos la dicha de haberla presenciado, pero queremos gozarla con el remedo de aquella realidad. Dos son los medios más empleados y tiernos de que se sirven los pueblos para conmemorar tan fausto acontecimiento: los belenes y el árbol de Navidad. Uno y otro, según parece, tienen milagroso origen. Los belenes sabemos con certeza que tuvieron origen en Greccio con aquel primer Belén que levantó San Francisco de Asís, adaptado a una cueva del monte con todos los motivos y circunstancias de aquella divina de Belén, que fueron el pesebre y la paja, el buey y el asno, adornado con ¡as ofrendas de los fieles y con multitud de velas y de teas para alumbrar la cueva, acudiendo de los pueblos vecinos multitud de gentes a la fiesta que se celebró a media noche del día de Navidad.

El Niño Jesús estaba depositado en el pesebre sobre el heno y la paja junto allí se levantó el altar y se celebró la misa cantada y en ella San Francisco actuó de diácono. Cuando el Santo cantaba el Evangelio, Juan de Greccio, el labriego de que se sirvió San Francisco para preparar la escena de la cueva, vio que aquel Niño que yacía en el pesebre como exánime, resucitaba como del sopor de un sueño y subía a depositarse en los brazos de San Francisco, y su gracia revivía en todos los corazones a medida que el Santo iba predicando de las dulzuras del divino Jesús.

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Esta escena tan gloriosa y de tanta ternura es lo que ha dado origen a los belenes que actualmente se reproducen en todos los pueblos en la noche de Navidad. Esta costumbre está tan extendida por los pueblos latinos que hasta en las moradas más pobres no se carece de su Belén, donde se festeja al divino Niño y es el encanto y la ilusión de los pequeños.

Los pueblos del Norte tienen otra representación de Navidad, que también se va propagando por todos sus pueblos y aldeas, y está concentrada en el árbol de Navidad, que también tiene su origen religioso en un prodigioso milagro, según cuenta una antigua tradición. Ocurrió seguramente en los pueblos de la antigua Alemania; según unos, en Alsacia, pero otros lo dan por más seguro en los bosques de Turingia.

El hecho, que ha venido transmitiéndose de unas generaciones en otras, es como sigue: En los tiempos en que el santo Obispo Bonifacio evangelizaba y extendía su labor misionera por los pueblos de Alemania, realizando prodigiosamente la conversión de los alemanes en la región de la vieja ciudad episcopal de Fulda, uno de sus discípulos, impulsado por los ardores de su gran fe, se introdujo en los bosques de Turingia para predicar a las tribus germanas que los habitaban la buena nueva del Evangelio, ocurriendo su misión precisamente en las fechas que preceden al día en que conmemora la Iglesia el nacimiento del Niño Jesús en Belén.

Por caminos difíciles y cubiertos de nieve iba haciendo el discípulo de San Bonifacio la labor misional de aldea en aldea y ganando buen número de adeptos para la nueva fe. Solamente en una aldea encontró, sobre todo en los varones, una sistemática oposición y resistencia a sus predicaciones, y a pesar de su gran celo y ardor le era imposible convertir a nadie. Esta oposición obedecía a la terquedad del Señor del lugar, que incluso llegó a desafiarle solicitando de él pruebas concluyentes o milagros que demostraran en forma patente la verdad de su nueva doctrina, y proponiéndole con grande orgullo este irónico reto:

—Si este tronco de abeto que hoy he cortado del bosque y ya descortezado, reverdece mañana con ramas y hojas, entonces creeré en el misterio de Belén de que nos hablas, de que Dios bajó a la tierra y se hizo como niño.

—Dios hará el milagro si cree llegada su hora—, contestó el misionero sin cejar en su fe.

Durante la noche, que era precisamente la noche de Navidad, oró sin descanso el misionero, solicitando la ayuda del Altísimo, que no le fue negada, pues se realizó el milagro reclamado por aquel orgulloso Señor. A la mañana siguiente, día de Navidad, en el hogar de aquella casa señorial apareció el tronco de abeto transformado en árbol, revestido de ramas y de hojas verdes, colgando de todas sus ramas una multitud de joyas y adornos de plata y de oro que brillaban a! reflejo de las teas y antorchas encendidas que daban luz a la estancia, cual si fueran estrellas relucientes de aquel pequeño cielo. Ante revelación tan convincente el Señor de la aldea, postrado de hinojos ante aquel árbol glorioso, recibió con todos sus familiares las aguas del Bautismo. Y toda la aldea aceptó la fe de Cristo.

Este hecho milagroso no quedó olvidado, porque todos los años en la casa del Señor de la aldea se levanta el árbol del milagro, que era un abeto cortado del bosque, y se adornaba de ricos objetos y prendas que eran luego repartidas entre los pobres; y se festejaba al divino Niño con músicas de flautas y zampoñas y tamboriles y demás instrumentos de pastores, pues eran los pastor de aquel lugar que venían y, reunidos con los de aquel Señor, ante el altar del Niño y de su árbol milagroso amenizaban la fiesta con sus músicas y cantos, recordando la adoración de los pastores de Belén y prestando también ellos su adoración al Niño Dios recién nacido.

Esa tradición no se ha interrumpido, sino que se va propagando aún hoy día, sobre todo por las regiones del Norte; y lo que es de lamentar que no se haga en todos los lugares con el verdadero espíritu cristiano como lo tuvo en su origen

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Comité focal del Centenario de las Apariciones de Nuestra Señora de Lourdes

La ciudad de Lourdes ha creado el Comité local del Centenario de las Apariciones, cuyo Presidente de honor es el Excmo. Mons. Theas, Obispo de Lourdes, y el Presidente, el señor Beguere, Alcalde.
El Comité se ha preocupado de la importante cuestión del alojamiento, y ha decidido crear un Comité de Recepción.

Ese Comité de Recepción no se trata de un asunto comercial, ni tampoco de una agencia de colocación, sino sencillamente de una Oficina de información, en contacto con los hoteles, que podrá gratuitamente indicar, verbalmente o por escrito, al peregrino o a un grupo de peregrinos la búsqueda de una habitación, los establecimientos que tengan sitio, el precio de la pensión o de la habitación. El Comité no se compromete a reserva alguna de habitaciones.

Todas las posibilidades de hospedaje han sido estudiadas en un radio de 100 kilómetros alrededor de Lourdes, así como los servicios de ida y vuelta de los autocares y trenes que serán organizados para asegurar el transporte diario de los peregrinos.

Él Comité de Recepción será instalado en el edificio mismo que sirvió de residencia al sacerdote señor Peyramale, Párroco de Lourdes a raíz de las Apariciones. Al jardín que rodea la casa y a los salones del entresuelo vino Bernadette a transmitir a su Párroco el mensaje de las Apariciones: Id. a decir a los sacerdotes que construyan aquí una capilla; quiero que vengan aquí en procesión.

Ese edificio está situado en la antigua ciudad de Lourdes (Chaussée Maransin), a unos veinte minutos a pie desde la gruta y a pocos minutos de la estación.

Habrá intérpretes, señoritas-guías del turismo y delegados de los ferrocarriles franceses que estarán a la disposición de los peregrinos.

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La cuestión del alojamiento plantea, como es de suponer, un grave problema; pero también hay otras cuestiones que preocupan a las autoridades municipales: las de la policía, circulación y estacionamiento. Para poder asegurar la circulación en las calles más estrechas de la ciudad será enviado un refuerzo de unos 80 policías para todo el año 1958, y se cree que no será suficiente.

En 1954 (Año Mariano con ocasión del centenario de la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción) entraron en la ciudad de Lourdes 12.000 autocares. Este año para el día de la clausura de la peregrinación del Rosario se han registrado 502 autocares. Es muy probable que con ocasión de las grandes manifestaciones de 1958 lleguen a Lourdes en un mismo día más de 1.000 autocares. Si colocamos uno tras otro todos estos vehículo en su espacio reglamentario, tendremos entonces sobre la carretera una fila de 30 km. Esta afluencia de peregrinos hacia ¡Lourdes repercutirá, como es natural, en toda la región colindante, desde las riberas del Atlántico hasta las del ¡Mediterráneo. Así, pues, las Comisarías de ocho Departamentos se han reunido en 29 de octubre en ¡Lourdes para discutir todos estos problemas de alojamiento, seguridad y vigilancia.

No puede olvidarse que esa aglomeración permanente de miles de personas en el perímetro estrecho de la ciudad de Lourdes atraerá, como es natural, a cantidad de carteristas, rateros que se infiltrarán en los hoteles, pobres de pacotilla, etc. Importa, pues, que un servicio de policía eficaz y discreto proteja a los peregrinos contra el robo y la explotación. Varios equipos de inspectores estarán de forma permanente diseminados entre la multitud en todos los lugares que rodean a la gruta y la ciudad.

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