Índice del número 360

Marzo de 1959. Año 33. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La Semana Mayor

Esta semana —la Santa, la Grande, la Mayor— nos coloca con toda crudeza frente al problema de la vida. Reconfortamos y celebrarnos la institución de la Eucaristía, la Pasión y Muerte y la Resurrección triunfal de Cristo.

La liturgia, en. sus ceremonias y textos sagrados, cargados de simbolismos y realidades sobrenaturales, nos adentra en los problemas más tremendos de la existencia humana.

Ante los ojos del espectador cristiano y en el espíritu del alma meditativa, se levantan dos mundos fundamentalmente distintos: «el mundo de los hombres sin Cristo y el mundo de los hombres con Cristo».

Al decir «el mundo de los hombres sin Dios», nos referimos al conglomerado humano que forma la humanidad viviente: un mundo, en su organización y actuación, estructurado sin Dios, moviéndose al margen de Dios y exclusivamente en función de una vida material mejor; un mundo de hombres que evoluciona vertiginosamente y exclusivamente para hombres.

Ante la mirada asombrada del hombre se levanta un mundo de descubrimientos científicos insospechados, de un inmenso progreso técnico, en el cual priva el concepto esencialmente materialista de la vida y en el cual el factor espiritual parece eclipsarse por completo.

Y si bien la técnica no es anticristiana, si al decir de Pío XII en su Alocución de Navidad de 1953, la técnica en el fondo no es nada más que la búsqueda y el descubrimiento de la grandeza, la sabiduría y la armonía de Dios, ella, sin embargo, así como la llevan los hombres, oscurece y hace olvidar los valores trascendentales y espirituales de la vida; le falta el alma cristiana, sólida y profunda, capaz de dar un sentido superior a las condiciones de vida humana.

Vemos cómo se agita nerviosamente un mundo de indiferencia, de paganización casi total, de egoísmo, de falta de sentido de Dios, un mundo en el cual el problema quizá más tremendo es el de «la incredulidad práctica de los creyentes».

Y está «el mundo de Dios», que revive con todo esplendor en los más augustos misterios que nos presenta la austera liturgia de esta Semana Santa.

Jueves Santo: La institución del Sacerdocio y de la Eucaristía. Nos recuerda el testamento de Cristo: «Esto es mi cuerpo; esto es mi sangre: Tomad y comed; tomad y bebed.» «Haced esto en memoria mía.» En los labios sacerdotales revivirán, hasta el fin de los siglos, las palabras que hacen el sacramento del Amor.

Nos habla de vida divina en todo lugar donde actúa un sacerdote; nos habla de vida divina, alimentada, aumentada y fortalecida por la pequeña hostia consagrada.

Nos habla de Cristo en camino al Calvario y a la agonía; no nos habla sino de amor; por amor Cristo va al suplicio, por amor nos deja el recuerdo de sí mismo; el sacrificio y el sacramento de Amor. El Jueves Santo Cristo nos habla como nunca nos había hablado: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado. Mi mandamiento es que os améis los unos a los otros.»

Viernes Santo: En las iglesias el tabernáculo está abierto y vacío; una gran cruz se levanta sobre el altar. Cristo con los brazos abiertos y el cuerpo desangrado, su augusta cabeza inclinada sobre el pecho bajo el peso de la corona de espinas, contempla la humanidad y su sangre divina y redentora lava y limpia las almas de los hombres.

Pascua de Resurrección: ¡Qué hermoso y vivificante el cuadro evangélico! Cristo ha resucitado; los ángeles, al lado de la sepultura vacía, así lo proclaman; los discípulos de Emaús así lo sienten: «.¿No es verdad que sentíamos abrasarse nuestro corazón, mientras nos hablaba y nos explicaba las Escrituras?»
«Yo soy, no temáis. La paz sea con vosotros.»

Es el Cristo triunfador de la muerte y el pecado.

Todo ello nos habla de vida humana divinizada por y en Cristo.

Frente a estos dos mundos y en estos dos mundos viven dos clases de hombres: unos que ignoran a Cristo y viven y luchan en y por un mundo sin Dios: un mundo de hombres y solamente de hombres.
Otros que creen en Cristo, lo aman y luchan para que El sea el centro de todas las cosas.
Dos mundos opuestos: «un mundo sin Cristo y un mundo cristiano».

El mundo cristiano está centrado en Dios; la Semana Mayor nos habla de ese mundo: mundo creado y vivificado por el amor de Dios, mundo separado de su amor por el pecado y restablecido en su amor por la obra redentora y santificadora de Cristo, que es obra de amor.

El mensaje de Cristo es, ante todo, la revelación de la paternidad divina, de ese amor entrañable por el cual Dios quiere acercarse a El, salvar y hacer feliz toda la humanidad. Esta felicidad será alcanzada por los hombres en cuanto el mundo sea un mundo de almas convertidas a Cristo y que realizan en su plenitud la vida de Cristo. Esta vida de Cristo se realiza en las almas y éstas se unen efectiva y vitalmente a Dios por la presencia en ellas de la gracia divina, que transforma la naturaleza del hombre, eleva todas las perspectivas de la vida humana y proyecta horizontes luminosos sobre el contenido y la función suprema del mundo; las almas crecen en Dios en la medida en que participan de esa vida y de ese amor divino.

Por el desarrollo de esa vida se desarrollará en ellas el espíritu de comprensión, de caridad, de fraternidad y se eliminará de ellas la lucha de las concupiscencias, el poder del egoísmo y del orgullo. La presencia de esa vida y su desarrollo en los hombres y por ellos en el mundo, edificará en la tierra la ciudad de Dios, fundada y dirigida por hombres que conocen, aman y viven a Dios: la ciudad de Dios, formada y orientada por el amor divino.

En esa ciudad el primer problema no será la lucha contra el comunismo o contra cualquier forma intransigente o antinatural de convivencia humana; en esa ciudad no se luchará contra nadie; en esa ciudad se trabajará por el conocimiento de Cristo y la instauración del reino de Dios; en esa ciudad no se disiparán las dudas acerca del problema de la vida, o de la Iglesia, o de los católicos con grandes discursos o pomposas declaraciones, sino con el testimonio de vida; en ella se formarán y vivirán cristianos con espíritu de Cristo, que sean fermento que vivifica y luz que ilumina.

Frente al mundo de hoy debemos hacer brillar a los ojos de los hombres el mundo de Cristo. Esta es nuestra misión: vivir en cristiano, ser efectivamente discípulo de Cristo, transformar el mundo de hombres sin Dios en un mundo de hombres unidos a Dios, siendo testimonios de la doctrina, pasión, muerte y resurrección de Cristo.

Si cada uno hace lo que puede, haremos vida de nuestra vida la gran lección de la Semana Mayor.

A. Silvio de Schrijver, ofm

La madre del mártir

El Evangelio en su concisión característica expresa con una frase breve, cortante como la hoja de un puñal, el estado de ánimo de María al contemplar el suplicio de su Hijo. «Al pie de la cruz —dice— estaba María su madre.» ¡No agrega una palabra más, y en rigor no había necesidad alguna de agregarla porque en esa frase, de una concisión sublime, está encerrado todo!

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¡La Madre al pie de la cruz donde pende estremecido en mortales angustias el cuerpo de su Hijo! ¡La Madre escuchando las blasfemias, los vituperios, los escarnios de una plebe embrutecida y cruel, que no conforme con haber llevado a su víctima al patíbulo se regocija en su tormento y se ensaña con ella colmándola de insultos! ¡La Madre contemplando la agonía del Hijo!, el abandono en que lo han dejado la tierra y el cielo, hasta el extremo de hacerle exclamar en un arranque de angustia suprema: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? »

* * *

Puso Dios en el corazón materno todas las ternuras, todas las sublimidades del amor de que es capaz la criatura humana. En el corazón de una madre hay abismos de ternura que espantan por su profundidad, pues al asomarnos a ellos sentimos el vértigo de lo infinito. Y ha sido tan pródiga la mano del Creador al formar el corazón materno que hasta en los seres irracionales hizo sus fibras tan delicadas y sutiles que parecen formadas por hilos misteriosos destinados a vibrar al unísono con los dolores y las angustias de sus hijuelos. Parecería como si Dios hubiera querido probar el extremo a que puede llegar su Omnipotencia modelando en la frágil arcilla de que estamos formados ese receptáculo de todos los amores, de todas las ternuras, de todas las abnegaciones que es el corazón de una madre.

Por eso, sin duda, el evangelista no pudo indicar de una manera más expresiva el dolor de la Virgen Santísima al contemplar el suplicio de su Hijo que condensándolo en esa frase tan sublime en su sencillez como profunda en su laconismo: «Al pie de la cruz estaba María, su madre.»

Siguiera la Madre al Hijo en sus peregrinaciones durante aquellos días fatales. Ella lo acompañó confundida entre la plebe brutal y sanguinaria en los momentos más culminantes de su pasión; ella vio cómo Pilato lo presentaba al pueblo convertido en llaga viva su cuerpo a consecuencia de flagelación, ceñida a su cabeza una corona hecha con ramas de un arbusto espinoso, una caña por cetro, un harapo rojizo por manto real. Oyó los gritos enfurecidos de «Crucifícale, crucifícale» y las palabras terriblemente proféticas de los sacerdotes: «Que su. sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos.» Lo vio después, cargada sobre sus hombros la pesada cruz, avanzar por la calle de la Amargura. Estuvo presente a su primera caída bajo el peso del afrentoso madero y por fin contempló enajenada por el dolor el bárbaro tormento de la crucifixión. Oyó el golpear del martillo sobre los clavos que perforaron los pies y las manos del Hijo y por fin su corazón se sintió inundado por oleadas de dolor infinito al ver cómo los verdugos levantaban la cruz y la dejaban caer de golpe dentro del agujero cavado para sostenerla.

* * *

Han pasado los siglos, las generaciones han sucedido a las generaciones; los usos, las costumbres, se han transformado; hasta la sensibilidad del corazón humano ante el ajeno dolor parece haberse aguzado a través de las edades hasta el extremo de que hoy no podríamos resistir el espectáculo de aquel inhumano suplicio que era la crucifixión, tan espantosamente cruel que se nos antoja, más que una cosa real, el engendro monstruoso de una horrible pesadilla.

Gravitaba el peso del ajusticiado sobre las heridas abiertas por los clavos en pies y manos, los miembros más sensibles del cuerpo por razón de los nervios y tendones que a ellos afluyen, en parte rotos y en parte estirados con violencia. Agréguese a esto el tormento del corazón, que poco a poco sentía paralizarse sus fuerzas como centro vital del organismo, la sed rabiosa ocasionada por la pérdida de sangre y las angustias indecibles de una agonía lenta que sumía al desdichado en un mar de amargura, sin asomo de consuelo ni de esperanza en la vida.

* * *

Tal era, en breves rasgos, el suplicio de la cruz, el más espantoso, el más cruel que pudo haber inventado la humana imaginación y que ahora apenas podemos concebir sin que recorra nuestro cuerpo un escalofrío de horror. María, al pie de la cruz, apura hasta las heces el cáliz de la amargura, hasta el punto de que bien pudo haber hecho suyas aquellas palabras proféticas: «Oh, vosotros, los que pasáis por el camino, deteneos y ved si existe un dolor semejante al mío.»

A. Llameva del Rey


Florecillas del santo retiro de Chelva VI

Primer destello: Beato Juan de Cetina

En la fronda plácida y perfumada del santo convento de Chelva se deslizaba dulcemente, amable y tranquila la santa existencia de aquellos afortunados moradores que dejando su tierra italiana vinieron a sembrar en tierras de Valencia las ejemplares e inusitadas virtudes que aprendieron del santo Reformador San Bernardino de Sena.

Fray Iluminado y sus súbditos fervorosos escribían en el libro de la historia seráfica vivos y admirables ejemplos de virtud que llegaban, a pesar de realizarse en su recoleta soledad, a casi todos los moradores de la villa de Chelva. Apenas pasaba un día que el hecho prodigioso no traspasara el umbral de la humilde morada del convento para llegar a conocimiento de Autoridades y pueblo, que, asombrados, admiraban las virtudes heroicas y extraordinarias de aquellos italianos, trasplantados, por obra y gracia del Santo de Sena, a tierras españolas y valencianas. Toda la villa cantaba himnos de gratitud al Excelso por haberles dado motivo de admirar en su propia tierra santos y ejemplares varones de austera vida, de espíritu profético y de extraordinarios dones milagrosos.

Beatos Juan de Cetina y Pedro de Dueñas

La Providencia, que velaba dulce y paternalmente sobre esta villa afortunada, quiso darles también a varones de raza española. No sólo tenían que ser los nacidos en la bella Italia, florida y ascética, en sus cumbres de elevada santidad. España, que llevaba en sus entrañas gérmenes de heroicidad y valor, frente a los malsanos empujes de vida mundana y erótica que sus enemigos pretendían fomentar constantemente, no podía dejar solos a los italianos sin mandarles a hijos de la tierra española orlados con la estela de la santidad y del milagro.

Fue el Beato Juan de Cetina uno de los primeros que en el convento franciscano de Chelva alumbró con sus destellos de santidad, acreditando con su sangre española y aragonesa que también nuestra brava raza española sabe dar héroes de heroicidad y entereza en la virtud más encumbrada. Precisamente llegó al honor de los altares y fue el Papa Clemente XII quien el día 29 de agosto a él y a su compañero Fr. Pedro de Dueñas, mártires de Granada, les dio el título de Beatos en el año 1731.

Queremos destacar aquí los hechos heroicos del Beato Juan de Cetina, ya que, según los últimos descubrimientos de la crítica histórica, es el único que estuvo en Chelva y fue casi, pudiéramos decir, el precursor del Santo Retiro que en el transcurso del tiempo se implantaría en este solitario y recoleto convento franciscano.

La bibliografía franciscana que trata sobre este glorioso mártir granadino, es abundante y de sumo interés. No solamente han tratado de ilustrar su portentosa vida los grandes historiadores franciscanos P. Lucas Wadingo, P. Damián Cornejo, P. Alfonso Torres, P. Francisco Gonza en sus anales y crónicas de grande valor literario, sino también ilustres historiadores, como el P. Mariana, Garibay y otros al tratar sobre santos de Cataluña, Valencia y Granada, se ocuparon de este héroe de la Orden Franciscana.
El P. Vicente Mares, en su famosa obra La Fénix Troyana, que vio la luz pública en Valencia en 1681, al hablar sobre el convento franciscano de Chelva pone de conventual o morador al Beato Pedro de Dueñas, y hasta llega admitir un hecho que todos los historiadores admiten como realizado en el convento de San Francisco del Monte en la sierra de Córdoba. Es el hecho prodigioso que de un modo profético quiso el Beato Juan de Cetina señalar al compañero que con él tenía que padecer el martirio. Sin embargo, autores modernos, con una visión más clara de la historia al constatar documentos desconocidos antes y hoy utilizados de modo patente, dicen que la tradición de Chelva al señalar las Cuevas de los Mártires como de los dos que en la Alhambra padecieron el martirio el día 19 de
mayo de 1397, ha querido pluralizar lo que era tan sólo singular del Beato Juan de Cetina, y no de los dos mártires granadinos.

La presencia real y virtuosa del Beato Juan de Cetina se palpa aún hoy, después de tantos siglos como han transcurrido desde aquella fecha que nadie en Chelva puede poner en duda.

Todos los biógrafos, al hablar de los inicios de la vida religiosa del mártir granadino, nos dicen que después de haber hecho el santo noviciado en el convento de Monzón, lugar solitario y desierto, en donde muchos religiosos hacían vida eremítica, profesó allí la Regla Franciscana, y poco después fue mandado al convento de Barcelona, cursando allí estudios de Artes, Sagrada Teología y Escritura Sagrada. Salió tan aventajado en todas esas disciplinas y hasta llegó a conquistar fama de orador sagrado tan sobresaliente, que fue requerido con frecuencia para actuar en distintas ocasiones, sobre todo cuando se trataba de moros y judíos, que por aquel tiempo tantos existían en la ciudad barcelonesa.

Precisamente por haber visto los Superiores en él tan sobresalientes condiciones para obra tan santa, le mandaron a Chelva, para que desde aquí pudiera trasladarse a Valencia, que por entonces se hallaba también infestada de esos enemigos —judíos y moros— que tanto mal ocasionaron a la Iglesia de Cristo.
Su llegada a Chelva coincide en los momentos precisos en que la obra de los discípulos de San Bernardino llegaba a su punto más álgido. La tradición, que en el convento nos ofrece la Santa Cueva de los Mártires, nos habla de la austeridad y del espíritu de penitencia que ponía constantemente en acción cuando no iba a predicar a la villa y a los pueblos de sus alrededores.

Ya hemos indicado antes que todavía subsiste la famosa Cueva de los Mártires en aquella abrupta roca, que fue un día la habitación del Beato Juan de Cetina. A pesar de que todos en Chelva, y hasta algunos biógrafos, llaman la Cueva de los Mártires, somos de la opinión del P. Germán Rubio, que en su voluminosa obra La Custodia de Sevilla prueba con hechos palpables que el Beato Pedro de Dueñas ni tuvo la revelación profética en este convento para ser el compañero de martirio del Beato Cetina, ni estuvo de morador en este convento. Y afirma también que todo lo que el P. Vicente Mares, Rector de la parroquia de Chelva, pone como ocurrido aquí, tuvo lugar en el convento de San Francisco del Monte de la Sierra de Córdoba.

Por eso no es verosímil que el Beato Cetina, después de haberse incorporado a la Custodia de Sevilla, en uno de cuyos conventos encontró al Beato Pedro de Dueñas, tenga que volver a Chelva, que pertenecía a la de Aragón, para después sufrir el martirio en Granada.

Podemos asegurar sin miedo a equivocarnos que el Beato Cetina estuvo haciendo vida de oración y de penitencia y ejercitándose en el apostolado en este convento de Chelva.

Todos los biógrafos están contestes en afirmarlo. Y el olor de su santidad y la fama de sus virtudes son hoy en día los que aún después de tantos siglos vocean la presencia de este ejemplar religioso, que será el primero que, de todos los que vivieron en este santo convento, llegó al honor de los altares.
Tenemos constancia de su virtud y hasta de su extraordinario don de hacer milagros mientras permaneció en este convento.

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Esta columna, situada en la Alhambra recuerda el martirio de dos santos franciscanos que estuvieron viviendo en Chelva: Juan de Cetina y Pedro de Dueñas. "Año de 1397 a 12 de mayo, reinando en Granada Mahomad fueron martirizados por manos del mismo rey en esta Alhambra Fr. Pedro de Dueñas y Fr. Juan Zetina (Cetina) de la Orden de S. Francisco y cuyas reliquias están aquí. A cuya honra y (la) de Dios Nuestro Señor se consagró está memoria por mandato del ilustre D. Pedro de Castro Arzobispo de Granada en el año 1590".

AÑO DE 1397 A 12 DE MAYO REYNAN
DO EN GRANADA MAHOMAD FUERON MAR
TIRIZADOS POR MANOS DEL MISMO REY EN
ESTA ALHAMBRA F. PEDRO DUEÑAS Y F. IVAN ZETINA
DE LA ORDEN DE P S FRANCISCO CUYAS RELIQUIAS E
STAN AQUI A CUYA HONRA Y DE DIOS NUESTRO SEÑOR S
E CONSAGRA ESTA MEMORIA POR MANDADO DEL ILLV
D PEDRO DE CASTRO ARCOBISPO DE GRANADA AÑO DE 1590

Un día el cocinero, entusiasmado con el ejemplo de Fr. Juan de Cetina y de los demás religiosos que en las cuevas pasaban la mayor parte del día sin apenas preocuparse de la comida, también quiso vacar a la oración, dejando en el fuego las pobres viandas que cocinaba, esperando que la divina Providencia se encargaría de cocerlas sin que nada les ocurriera de adverso. Pero cuando todos estaban ya ahítos de tanta sublimidad de oración y arrobamiento sobrenatural, volvieron en sí y les llamó la atención el humo descomunal que salía del pobre reducto que hacía las veces de la cocina. Acudieron todos a contemplar aquello y vieron que todo era un horno encendido, sin poder penetrar nadie en aquel reducto que parecía un infierno. El Beato Juan de Cetina, inspirado por Dios y con las ansias que tenía de ser mártir, entró en aquel fuego haciendo la señal de la cruz, e inmediatamente quedó todo reducido a su primitivo estado, sin verse deterioro ninguno y todo admirablemente resuelto por la mano de la Providencia, que quiso que el milagro fuera patente, conservando las viandas en estado de poderlas comer, sin que se notara desperfecto alguno.

Aquí estuvo el Beato Juan de Cetina alumbrando con sus destellos a la comunidad y a los moradores de la villa para luego salir hacia la tierra de Granada, en donde tuvo su glorioso martirio en compañía del Beato Pedro de Dueñas.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

La escalera

Un carpintero se puso a construir una escalera. Pero vino un desdichado y le pidió un pedazo de su obra. Se rascó la cabeza y se la dio. Vino otro y le explicó que permitiéndole usar unos peldaños, trabajaría y alimentaría a sus hijos. Vinieron muchos más. El invierno era duro, la miseria muy grande y el carpintero daba a todos pedazos de escalera, aún para quemarlos como leña.

Y decía: «No comprendo, mujer. Mi escalera es cada vez más chica, y sin embargo, subo por ella al cielo.»

Si supierais...

No me digas que es triste la vida,
no me digas que es duro morir,
tú no sabes la ciencia sublime,
la que enseña certera a vivir.

Es que tú andas por cieno de charca
pestilente con miasmas de muerte,
chapotando en el barro fangoso,
lamentando tu trágica suerte.

No se puede gozar de la vida,
no sonríen auroras brillantes,
ni jornadas cargadas de gloria,
ni salir en la vida triunfantes,

cuando el alma cautiva en las redes
de los vicios se deja llevar
por instintos que humillan,
degradan y no dejan alzarse a volar.

Enjauladas las aves perdieron
el dominio del aire radiante,
y qué triste entre barras el águila,
la del vuelo atrevido y gigante.

Redimios dejando la charca,
redimios rompiendo el encierro,
ganaréis la región de la dicha,
será suave el pesado destierro.

Si supierais la dicha que encierra
acercarse al Sagrario adorante
y caer de rodillas humilde
ante la Hostia con voz suplicante.

Si supierais la dicha que encierra
dar un beso al Señor enclavado
y estrecharle en abrazo amoroso
al Amor que murió abandonado.

Si supierais la dicha que encierra
contemplar la belleza graciosa
a de la Virgen sin mancha, la Madre
de mirada de afán, cariñosa.

Si gustarais las suaves delicias
del coloquio con Dios en plegarias,
las que gozan las almas selectas,
las que viven en paz solitarias.

Y saber que las duras espinas
del destierro se cambian en flores
cuando el ángel nos lleve a la gloria
por los bellos celestes alcores.

Yo quiero vivir primavera
de canciones y luces y flores
en el bello jardín de la Iglesia
en perennes y lindos primores.

Vicente Monroy Alaguero Redentorista

El Patriarca San José

Su pobreza, laboriosidad, paciencia y santidad

I

Algunos escritores opinan que el Glorioso Patriarca con la herencia de sus padres hubiera podido llevar una vida, si no rodeada de comodidades, de suficiencia económica.

Pero conociendo ya desde los albores de su juventud (y no olvidemos que según esclarecidos escritores sagrados, tales como Gerson, el Obispo Cristopolitano Valenza, el franciscano Bustos, el dominico Isolano y el eximio jesuita P. Suárez, afirman que puede creerse piadosamente que San José fue santificado en el segundo instante de su ser, y que según Santo Tomás a cada uno se le da la gracia según el cargo para que es elegido) cuánto agradaba a Dios la pobreza voluntaria, se abrazó interiormente con ella, y esperando tiempo y sazón para desprenderse de todo y repartirlo a los pobres, lo realizó cuando se unió en santo matrimonio a la Santísima Virgen María y de acuerdo con ella se cree que se desprendió de sus propios bienes distribuyéndolos entre los menesterosos, sometiéndose desde entonces al trabajo diario para ganar con él su sustento y el de la Santa Familia.

Siendo esto así cabe asegurar que San José, por su propia elección y con gran contento de su alma, se hizo pobre, vivió pobre y murió pobre, pues nada tuvo que legar en su tránsito ni a Jesús ni a su santa Esposa, sino fueron las herramientas de su oficio.

Esta circunstancia debe servir de ejemplo a las clases modestas.

La desigualdad humana es una consecuencia del pecado original, y por consiguiente, se han de cumplir aquellas palabras pronunciadas al fulminar el castigo contra los prevaricadores del paraíso terrenal: «Trabajarás con el sudor de tu frente y quedarás sujeto al dolor, a las enfermedades y a la muerte».

La concupiscencia, el pecado, el vicio nefando, con su secuela de enfermedades hereditarias.
Los restantes vicios, el lujo desenfrenado, la holganza, la ineptitud, la idiotez, las enfermedades diversas, son otros tantos motivos que determinan los sufrimientos y una latente desigualdad humana.
Aunque hoy quedaran niveladas todas las familias del mundo, al cabo de pocos días sobrevendrían las desigualdades..., unos por mayor codicia, otros por desgracias, otros por contratiempos, enfermedades, etc. Aparte de esto, existen otras catástrofes, terremotos, sacudidas sísmicas, inundaciones, incendios, erupción de volcanes, huracanes, pedriscos, hundimientos de protuberancias geológicas y otros tantos fenómenos físicos naturales que fraccionan, reducen o destruyen la propiedad.

Por esto hemos de considerar aquellas sabias palabras de Nuestro Señor Jesucristo: «Los pobres los tendréis siempre con vosotros».

Por esta razón hemos de imitar aquella pobreza voluntaria de San José, unos para conformarse con su estado; otros para desprenderse de algunas cantidades, sin destinarlas a gastos superfluos, teniendo en cuenta que, según Tertuliano, la limosna es «depósito de piedad», y ella redime del pecado, y por consiguiente, más aprovecha en sentido espiritual al que la da que al que la recibe.

Existe el Banco de Nuestra Señora de los Desamparados para remediar las necesidades de los pobres. Nada más grato al Patriarca San José que ver aliviadas las cargas de los que sufren y padecen hambre y necesidad.

Sería, pues, maravilloso y de gran mérito que en estas fiestas populares y magníficas con las cuales todos los buenos valencianos desean, en su fuero interno, honrar al Santo Patriarca, se estudiase fórmula conveniente para que se arbitrasen fondos con destino a remediar necesidades de las clases menesterosas.

La ciudad de los niños, de la que se ha hablado estos días es una obra magnífica que habrá de proporcionar grandes beneficios a la población infantil. Es lamentable que existan tantos y tantos niños que no reciben las luces de la inteligencia ni el alimento corporal necesario, ni tampoco el alimento espiritual de la doctrina redentora.

Llegar a realizar este sublime ideal de establecer en las grandes ciudades la ciudad de los niños, donde se les recoja, se les alimente, se les vista, se les instruya, eduque y forme y se les enseñe un oficio, arte o profesión, quitándolos del vicio y de la corrupción, es obra a la cual deben todos aportar su óbolo en la medida que lo permitan sus recursos económicos.

San José

II

Ahora bien, cada familia debe formarse su plan de trabajo para proporcionarse con su propio esfuerzo aquellos recursos que necesita.

La sociedad es un conjunto de familias y todas y cada una de ellas deben cumplir su función social.

San José, si bien aceptó voluntariamente la pobreza de manera santa y sublime, no incurrió nunca en la pereza ni en la holganza, sino que vivió trabajando activamente y con toda diligencia, con solícito afán; y no sólo atendía a las propias necesidades y las de la Sagrada Familia, sino que todos los escritores abundan en la creencia de que también remedió otras necesidades de los pobres y de sus vecinos necesitados.

Para todos existe un código de deberes de categoría social y de estricta justicia, como son los preceptos negativos no matar, no robar, no calumniar ni levantar falsos testimonios y no codiciar ni la mujer ni los bienes del prójimo. Todos ellos se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Existen también otros deberes sociales activos, como son: el de trabajar y ayudar al necesitado, practicando las obras de Misericordia tanto en el orden espiritual como en el corporal.

Verdad es que a nadie se manda socorrer a otros con lo que para sí o para los suyos necesita, ni siquiera dar a otros lo que para el debido decoro de su propia persona ha menester; pues nadie está obligado a vivir de un modo que a su estado no convenga, según criterio de Santo Tomás.

Pero satisfecha la necesidad y el decoro, deber nuestro es, de lo que sobra, socorrer a los indigentes.
«Lo que sobra dadlo de limosna.» (Lc 9, 41). Porque como hemos dicho ya anteriormente, cosa más bienaventurada es dar que recibir (Act 20, 35). Esta es la doctrina que practicaba San José en su vida. Vivió pobre y aún le sobraba para remediar otras necesidades.

Tomemos ejemplo todos, y especialmente los que tienen. El lujo excesivo es un pecado de escándalo, porque constituye un insulto a los que no tienen.

El gasto excesivo, y todos los superfluos, es una mala inversión que bien encauzada podría remediar muchas y urgentes necesidades de los pobres.

III

La paciencia de San José es otra de las grandes virtudes de que estaba adornado y por esto el evangelista San Mateo lo califica de Varón Justo, que Santo Tomás de Aquino y San Juan Crisóstomo interpretan extensivamente y en sentido integral; es decir, adornado de todas las virtudes, santo.

Tanto en el destierro como en los momentos de peligro, procede San José con una paciencia única y sin lamentarse de las situaciones peligrosas y de extrema dureza a que el destino humano le sometió en las diversas etapas de su vida.

Nos enseña, pues, a todos a ejercitar esta gran virtud, con la cual, según los santos, se puede llegar a conseguir la salvación eterna.

De nada nos servirá llevar una cruz, de pobreza, de enfermedad, de dolor o de desgracia, sino ejercitamos la virtud de la paciencia.

El vio al divino Niño sujeto a una criminal persecución.

El atendió a su sustento en el destierro. Y él continuó el regreso, y a medida que avanzaba en edad, tendría sus achaques, sus dolencias y su carencia de fuerzas físicas, y todo lo soportaba pacientemente.

Que las clases humildes sepan imitar a la Sagrada Familia para que sus necesidades, sus padecimientos y las privaciones puedan servirles de mérito para la Vida Perdurable, que es la que más interesa lograr.
Y los que tienen que consideren la parábola de Nuestro Señor Jesucristo relativa al rico Epulón en relación con Lázaro el leproso.

Y antes de incurrir en aquella falta de caridad tan reprobable, es mucho más conveniente desprenderse de los bienes caducos para ir colocando tesoros en la Vida Eterna no sujetos al moho y a la polilla.
Muy sabia es la recomendación de San Gregorio Magno (Homilías 9, 7): «Así, pues, el que tuviere talento cuide de no callar; el que tuviera abundancia de bienes, vele no se entorpezca en él la largueza de la misericordia; el que tuviere un oficio con que manejarse, ponga grande empeño en hacer al prójimo participante de su utilidad y provecho.»

De esta manera, pobre, paciente e integralmente justo es como San José conquistó, aparte de las gracias divinas que le fueron otorgadas, la aureola de santidad hasta ser declarado Patrono universal de la Iglesia.

Que él nos otorgue siempre su patrocinio.

Luis Negro Laínez

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