Índice de los números 384-5
Marzo-abril de 1961. Año 35. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- ¡Por las huellas del Calvario...! Francisco de Paula García Sabater
Padres e hijos. P. Félix García
La corona de espinas. José Francés
Meditaciones de Semana Santa. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
Ecce-Homo. Santiago Estrada
"Mujer, he ahí a tu hijo". P. Y. Gutierrez
San José y la familia cristiana. - El milagro del "mocadoret".
Ascendit. Vicente Monroy Alaguero, redentorista
El burriquito de oro. Olga Bauzá de Lloréns
San Juan José de la Cruz. Estelas alcantarinas. Fr. Juan José Baydal, ofm
Noticias
¡Por las huellas del Calvario...!
La Semana Santa posee un bello sentido piadoso para el pueblo creyente. Porque no es ya tan sólo la efemérides que viene a señalar en las conciencias huellas de luto o penitencia, sino que su sentido esotérico encierra un más amplio concepto de redención. De tal numera, a la par que esta fecha recuerda al orbe católico las agonías de un Mártir, sirve para que los corazones reciban el fértil acento de un universal mensaje de amor y caridad. Y esto en realidad entraña la Muerte y Pasión de Cristo, puesto que todo el doloroso tránsito del Calvario se halla marcado con el simbolismo de dos de los supremos méritos del Salvador: entrega y perdón. Maravillosa dualidad de sentimientos que de no haber existido las inequívocas señales de su excelsa divinidad habrían bastado para conferirle título y gloria de Redentor.
Tal motivo nos obliga a que hoy, en los umbrales de esa magnífica fecha por todo el orbe celebrada, pasemos a rememorar las siempre frescas escenas de aquel sagrado drama. Dejando que la imaginación evoque el rostro desfigurado por el sufrimiento de ese Cristo que asciende por las ásperas rutas del Calvario; su agonía sin fin, los desgarrones de aquellas carnes sobre las que tan ciegamente se ensañan las iras de sus enemigos, los ojos, que tan amorosamente contemplaron a las muchedumbres arrepentidas, cubiertos de sangre, lágrimas y polvo, y, sobre todo, su mirada, lastimosa, triste, al contemplar con infinita pesadumbre aquella ciudad que a lo lejos blanquea bajo las luces ardientes del medio día. Y exclama adivinando futuras tragedias: «¡Jerusalén, Jerusalén...!» Las piedras se darán unas con otras y las tinieblas más espantosas oscurecerán los cielos; rechinarán los dientes y el llanto y la desesperación vendrán a culminar el episodio supremo de la ingratitud y la deslealtad. ¡Pueblo ingrato que sobre recibir sobre tu espíritu los alientos redentores del Maestro, le abandonas a la furia de las masas y niegas a sus labios la gota de agua que aplaca una mortal sed.
Por ello, cuando en la fecha del Viernes Santo escuchemos el sermón de las Siete Palabras, auténtico compendio de poesía y de amor, hagamos, cada uno de nosotros, el propósito firme de no rechazar su bondadosa imagen cuando ésta se acerca para confortar nuestras vidas. Vida de la que Cristo, agonizante, es sostén y fuego que alimenta; espíritu, inmortalidad y promesa cierta de futuras dichas.
A través de las huellas del Calvario habremos de seguirle, como la Verónica que con el paño más precioso de sus arcas enjuga las angustias del Cristo, como el cirineo que le presta la fuerza de sus brazos en la siniestra carga, como aquellas tres santas Marías que caminan tras El siguiendo los rubíes cálidos de su sangre, y el buen ladrón, que en la hora de las palideces se aclama al sol de la verdad para implorarle un rayo de luz. ¡Hombres y mujeres valencianos, lectores de esta humilde Revista antoniana, que esta próxima Semana Santa sea para todos como un venturoso amanecer sobre los horizontes de vuestras vidas! ¡Pensad que en medio de todos los contratiempos, las durezas y golpes de la vida, hay una voz que nos invita a seguir un sendero de paz y salvación: las huellas del Calvario!
Francisco de Paula García Sabater
Padres e hijos
Es posible que el título de este artículo atemorice un poco al lector por el regusto que tiene de novela «edificando», de esas novelas que sirven precisamente para no «edificar» por su desentendimiento de la vida. Pero es más probable que traiga invenciblemente al recuerdo la imagen de una película, muy reída y muy celebrada, que lleva el mismo rótulo, y que, entre bromas y veras, plantea el problema eterno, siempre actual y apasionante, de la relación entre padres e hijos en orden a su educación y a su orientación para la vida.
Para la comicidad de buena ley y los recursos expresivos de esa película no restan valor al fondo de la humanidad con que unos padres, ajenos a la vida íntima de sus hijos, aunque procuran que se eduquen en colegios de pago, tienen que reconocer a la postre su incapacidad o su impreparación no ya para educar a sus hijos, pero ni siquiera para persuadirles cuando es más urgente la reflexión y la sensatez.
Los padres —con frecuencia— se encuentran desarmados cuando los hijos se lanzan por el camino abierto de las primeras aventuras y piensan que, para vivir a su arbitrio, el primer estorbo que hay que eliminar es la autoridad de los padres, que se olvidaron de ejercitarla a tiempo o que, cuando ya no hay nada que hacer, quieren imponerla con gestos jupiterinos, ademanes improcedentes, palabras o transigencias a destiempo.
El problema del entendimiento entre padres e hijos adquiere su verdadera y dramática dimensión cuando los padres que intervienen en la película, uno cómicamente fiero, entregado a su profesión, y el otro mundano, con mucha y larga historia de devaneos y su actitud escéptica, que quiere ser persuasiva, tienen que reconocer al fin, con penoso y tardío reconocimiento: «¿Cómo queremos enseñar a los hijos a ser hijos cuando no sabemos nosotros, ni nunca lo aprendimos, a ser padres?»
He ahí el problema bifronte. El que los hijos sepan ser hijos con todas sus consecuencias depende, en primer término, de que los padres sepan ser padres en toda la amplitud de su vocación, que todos creen poseer, y son, sin embargo, relativamente pocos los que saben hacerla cierta y sentir la responsabilidad de su misión.
Generalmente se aprende a ser padre —si es que se aprende a ser padre— cuando las cosas ya no tienen remedio. Y es entonces cuando se experimenta la sensación de fracaso y la falta de recursos, que no pueden improvisarse. Con frecuencia se anda a tientas en eso de la educación de los hijos; o se confía todo a la buena voluntad, o se trata de llevar las cosas por la tremenda. Pero pronto se echa de ver la ineficacia de métodos, que no tienen más fundamento que la arbitrariedad o el desconcierto. Es de Napoleón la frase tan socorrida de que «la educación de los hijos será lo que sea la educación de los padres».
Por ahí andan libros que proporcionan —dicen— la clave del éxito para todo: manual del perfecto marido, del perfecto cocinero, del perfecto sinvergüenza, del pluscuamperfecto hombre de mundo, y artes de educar la voluntad, de hacer dinero, de dominar el secreto de la vida. Muchos manuales y muchas artes. Todo se enseña, pero poco se aprende en ese terreno práctico del vivir. Si se aprende algo, humanamente hablando, se aprende a trompicones y a fuerza de descalabros. (Lo que sí se suele aprender, con cierta precocidad, son las malas artes de la vida.) Porque se aprende cuando ya no se necesita inmediatamente lo aprendido.
Los padres fueron hijos ayer acaso con los mismos defectos de los hijos de hoy. Cuando
ellos están de vuelta, los hijos están de ida. Y es difícil que se entiendan, porque hablan lenguajes diferentes. Porque sus vidas se cruzan en vez de encontrarse y apoyarse; porque la convivencia entre padres e hijos se rompe con frecuencia, cuando es necesaria cabalmente, es decir, en esa edad crítica de los hijos, que coincide con las invasiones de las primeras pasiones y que es cuando hay que mirar la vida que empieza con una enorme piedad y un probado espíritu de sacrificio.
Sólo cuando la experiencia se convierte en sabiduría y arte de vida y una profunda y exigente
formación moral y religiosa moderan el ejercicio de la autoridad paterna para el consejo y la persuasión, para la sanción y la advertencia, para el efecto y el respeto estarán los padres en el camino seguro de su misión de formadores. La caridad y el sentido ético, en colaboración con la paciencia y la dignidad que infunde respeto, sin detrimento de la confianza y del diálogo, imprescindibles, completarán la obra sagrada, es la que pone a prueba la misión de los padres, que no pueden conformarse con dar a educar a sus hijos, sino que han de intervenir en ella muy directa y personalmente.
El ejemplo vivo será siempre la mejor cátedra y la lección más convincente. La que más cautiva y prende. Podrá, de momento, parecer a veces estéril; pero la realidad confirma que el ejemplo tarde o temprano termina por dar sus frutos convenientes o averiados si el ejemplo es maléfico. Hay que convencer tanto, por lo menos, con la conducta como con la palabra adecuada y a tiempo. Esa es norma fundamental de toda pedagogía eficiente, que tiende a hacer del hombre agricultura de Cristo, según la frase paulina.
Hay padres que dicen «sí» o «no» a rajatabla, tengan o no tengan razón. Y que no saben decir «sí» o «no» cuando conviene y es razonable. La apelación a los gestos duros, a las voces solemnes, al sermón reiterativo suele ser de resultados estériles y contraproductores. Los padres que quieran imponer su voluntad omnímoda, a veces arbitraria, sobre los hijos, se encontrarán con que los hijos se les ahuyentan y empiezan a hacer su vida al margen de la autoridad paterna.
Una educación natural, a la buena de Dios, si no va fortalecida y basada en una educación sobrenatural, tendrá escasa o nula eficacia. A lo sumo será una educación de formas, no de principios ; será un modus vivendi, no el reverencial acatamiento exigido. Si la educación no tiende a ganar a los hijos para Dios, es difícil que los gane para los padres.
Dejemos a un lado, con todo honor, a ese sector de familias cristianas, yo creo que numeroso, en que imperan el respeto, la obediencia y el amor filial, y fijemos la atención en ese otro sector, acaso más numeroso, en que privan el escándalo, la desunión y la aventura. ¿Qué eficacia pueden tener la autoridad y la palabra si los hijos ven que el padre es «un divertido» y la madre «una frívola», a quienes les pesa la casa y buscan extrañas compensaciones? ¿Y qué si observan que los padres, desavenidos, fríamente desatendidos, piden cada uno por su parte su préstamo de disfrutes malos a la vida? ¿Y qué si los hijos saben, aunque se callen, que el padre lleva una doble vida, que está en casa de paso porque tiene sus compromisos extramatrimoniales, y que reduce cada día más el dinero de la compra porque lo necesita todo para esplendideces fuera de la familia? ¿Qué capacidad para educar van a tener esos padres fronterizos en la tierra límite del escándalo, de la desunión, de la aventura, que no quieren oír de responsabilidades, porque «también» necesitan «divertirse»?
¿Y de los hijos, qué? Pero eso merecería capítulo aparte.
P. Félix García
La corona de espinas
Nuestro amigo el doctor, que nos había invitado a Fernando Requena y a mí a comer en su casa, se levantó el primero.
—Tomaremos el café en mi despacho. La consulta no empieza hasta las cuatro...
Le seguimos. En el despacho aguardaban ya sobre mesitas enanas las tazas y las botellas de licor.
Nuestro amigo vio en seguida aquel cajón que también a mí me había sorprendido hallar, desentonando con la armónica y sobria elegancia de aquella sala donde el dolor humano temblaba de esperanza y de angustia todas las tardes.
— ¡Ah! Me han traído ya eso de la estación—, exclamó el doctor.
Y señalando el cajón alto, estrecho, que resguardaba la cruz alambrada del precinto, añadió:
—Es el legado de un muerto. De un cliente algo extraño...
—¿Y qué es?—, preguntó Requena.
—Luego os lo diré. ¿Cuántos terrones quieres? ¿Y tú?... Bueno. Servios el licor que queráis.
Silenciosamente nos sirvió el café, nos ofreció los cigarrillos. Silenciosamente bebimos y fumamos durante un rato, mirándole a hurtadillas. Estaba serio, fruncido el ceño, un poco pálido.
—¿Y qué es ese legado?—, se arriesgó a preguntar de nuevo Requena.
—Ya te lo diré... Es que..., la verdad..., temo contaros la historia.
—¿Por qué?
—No sé. Quisiera que la escucharais con el fervor candoroso de los espíritus sencillos. No la he contado a nadie nunca por miedo a que se me burlara escépticamente.
Fernando Requena sonrió.
—¿Tan inverosímil es?
—Lo parece, y, sin embargo, nada más cierto. Bueno, ¿me prometéis no interrumpirme hasta el fin?
—Desde luego.
—Prometido.
—Veréis. Un día, hace cuatro o cinco años, se me presentó un señor a consultarme. Era un hombre alto, grueso, con esa falsa apariencia de ofensiva salud que no engaña al médico frente a los temperamentos sanguíneos, sensuales, amigos de la mesa y el vino. Tenía en la frente varias manchitas rojizas muy vivas de color, a las que atribuí, mientras él me explicaba su aparición y la singular molestia que le causaban, un origen equivocado. Le receté un depurativo, una pomada; le aconsejé un plan alimenticio, y a pesar de sus afirmaciones acerca de posibles antecedentes hereditarios o adquiridos, acordé un análisis de sangre...
Volvió al poco tiempo. Nada había dado el resultado que yo esperé, juzgándole un caso vulgar y corriente. Las manchas habían adquirido un carácter pustuloso. Debajo de aquellos encendidos adornos de una corona cruel, las pupilas del enfermo tenían la mirada asustadiza, implorante, de las bestias acosadas por un peligro cuyo alcance ignoran. Incluso el hombre ya no daba la impresión del obeso feliz y bien nutrido a quien la vida sonríe. Sin decirme nada señaló con la mano temblorosa a su frente...
Le examiné largo rato. Volví a interrogarle, aunque el análisis de sangre había sido expresivamente negativo a mis sospechas. Se trataba de un hombre sano, sin historia clínica anterior, hijo de padres también sanos. Ni en sí ni en los suyos el organismo había sido minado por ninguna dolencia específica. Y, sin embargo, aquellas pústulas presentaban un carácter terrible, cuyo diagnóstico no me atreví a formular claramente...
De nuevo empleé las mentiras piadosas de la palabra y del recetario que luego a los médicos nos dejan una melancólica sensación de remordimiento y de impotencia científica. Le sometí a pruebas que de antemano temía fueran inútiles.
Y fijé un plazo más corto para la próxima consulta... Os confieso que no sabía a qué atribuir aquella ulceración de la frente que debía causarle dolores cruentos y que resistía a cuanto el paciente —dócil y cada vez con mayor espanto y angustiosa fe en su mirada hacia mí— se sometía en virtud de mis indicaciones.
Dos meses después de su primera visita ya no pudo venir aquí. Me llamó a su casa. Hacía tres semanas que no lo veía. Antes de entrar en la alcoba procuré informarme. Una mujer con trazas de ama de llaves habló asustada de los progresos del mal. La frente era una llaga purulenta y nauseabunda.
—¡Cuando le vea se va a aterrar el señor doctor! Ha cambiado mucho... Es otro hombre—, decía la mujer.
—¿El no tiene familia?
—Nadie. Es solo en el mundo... Y tan joven. Hace unos días cumplió los treinta y tres años...
Entré en la alcoba. Sobre la almohada vi una cabeza de hombre enflaquecido, pálido, de barba crecida, de labios contraídos por el dolor. Bajo la mancha blanca del vendaje que le cubría la frente sus ojos buscaron los míos con tal avidez desesperada que casi era un grito... No me atreví a soportarlos y bajé los párpados al llegar hasta él y estrechar su mano...
De nuevo el relato de las torturas inútiles de la medicación interna ineficaz, luego el examen de aquella pobre carne que se pudría sobre el pensamiento parapetado detrás del frontal.
—¿Y qué dice usted, doctor?—, imploró al fin, buscándome la mirada, que yo rehuía, cobarde, y acaso por primera vez en mi vida acometido de un terror supersticioso.
—Véale, señor doctor; se ha quedado en los huesos —sollozó la voz del ama de llaves—. Parece así, con esas barbas, Cristo nuestro Señor...
El se incorporó bruscamente. Agitó los brazos como para apartar algo invisible a nosotros. Luego cayó de espaldas sobre la cama. Se tapó la cara...
Acudí a él.
—Vamos. Vamos. ¿Qué le pasa?... Dígame...
Le aparté las manos. Sus pupilas estaban encristaladas por las lágrimas, pero tenía una triste ternura en su vaguedad. La boca le temblaba...
— ¡Oh, doctor! Deje. Deje... Me parece que ahora sé cuál es mi mal. Calle..., calle... Usted, Natalia, ¿quiere tener la bondad de salir de la alcoba? Quiero que me reconozca el doctor por completo... Ya la llamaremos...
La mujer obedeció, desconfiada y curiosa, sospechando que no era el cuerpo, sino el alma lo que el enfermo iba a mostrarme en plena desnudez.
Salió despacio, sin cerrar la puerta. El enfermo me indicó que la cerrase. Al hacerlo sorprendí al ama de llaves que se había quedado fuera escuchando. Cerré, corrí la cortina y volví a sentarme junto al paciente.
—¿Es que quería usted decirme algo que me ocultó hasta ahora?
—Sí. Pero no se lo oculté a sabiendas. Es que hasta ahora no he sabido, no he creído saber que fuera necesario recordarlo. Lo había olvidado por completo... Yo soy gallego. Nací en un pueblo recóndito de la provincia de Lugo, de unos padres piadosos y apegados al terruño, descendientes de sendas familias modestamente afortunadas en las tareas agrarias. Teníamos un Pazo..., que ahora es sólo mío, demasiado grande y demasiado lejos para mí. Yo, de rapaz, y aún más de hombre, luego de un viaje por Europa, alardeaba de escéptico y me burlaba por igual de las supersticiones aldeanas que del fervor cristiano de gentes como mis padres y mi hermana única, hoy monja en un convento de Santiago. Me gustaba rodearme de amigos alegres, y al morir mis padres aún permanecí algún tiempo en el Pazo por el orgullo de sentirme señor de él y por verme adulado de mis amigos, que me ganaban el dinero en el juego y me ayudaban a gastarlo en comilonas. Una noche... —¡cómo he podido olvidarlo tanto tiempo! —. Una noche, amigo mío... ¡Oh! Espere, espere...
Se llevó los dedos lentamente hacia sus úlceras vendadas, les posó con una temerosa angustia de aumentar su dolor... Después se acercó a mí. Hedía a podredumbre.
—Oiga... Más bajito se lo diré. Esto es como una confesión, doctor. Una noche de un abril ya remoto estábamos borrachos casi todos... Creo que había dos mujeres traídas de Lugo que se vengaban de los hombres anteriores a nosotros azuzando nuestros malos instintos, complaciéndose en vemos cada vez más neciamente y villanamente ebrios. Alguien recordó que estábamos en Semana Santa. Era el martes o el miércoles, no recuerdo bien... En mi casa, doctor, abundaban los cuadros religiosos. Los había en todas las habitaciones menos en mi alcoba...
Se interrumpió para mirar en torno suyo, y suspiró.
—Aquí tampoco los hay, como ve... Bueno. Escuche, escuche, doctor. Había cuadros religiosos en todos lados. Y allí, en el comedor, uno muy antiguo, atribuido a Morales, o por lo menos una copia bastante buena de él. Era un Ecce-Homo que mostraba el torso desnudo, atadas las manos y a ellas el cetro de caña. Sobre los hombros caía un paño rojo, y en la cabeza, la corona de espinas dibujada con un minucioso esmero, con tan implacable realismo que diría que clavaban las duras púas en la frente de Cristo y que aquellas gotas de sangre que cada una arrancaba a la piel iban a resbalar sobre los ojos tristes de una bondad infinita... Todo esto, amigo mío, lo veo ahora. ¡Ahora! Pero entonces aquel lienzo visto desde que tuve uso de razón no me preocupó lo más mínimo... No sé, ni hace falta, quién propuso un burdo remedo, una cínica parodia de la Pasión; no sé quién bajó el lienzo y lo puso sobre una silla y... No se aparte de mí, no me desprecie, doctor... Yo mismo, con la punta del cigarro puro encendido y reencendido cuanto fue preciso, señalé en el lienzo las gotas de sangre... entre risotadas de mis compañeros. Olía la pintura chamuscada y huecos negros chamuscados aparecían en el lienzo. De pronto, una de las mujeres arrancó el lienzo, y colmándome de insultos terminó por arrodillarse ante él pidiéndole perdón, llorando a gritos, como las plañideras de alquiler en los antiguos entierros gallegos... Tenía el pelo rubio y deshecho en ondas que le caían sobre los hombros desnudos... «¡La Magdalena! ¡La Magdalena!», dijimos unos. Y empezamos a bailar en corro cogidos de la mano...
—¿Y usted?—, pregunté.
—¿Yo? No sé. Al día siguiente desperté en mi cama. Me había acostado el criado. Cuando me levanté y bajé al comedor, lo primero que vi fue el Ecce-Homo colgado en su sitio habitual. Las huellas de las quemaduras habían sustituido con sus agujeros negros a las gotas de sangre pintada. Un mes después me vine a Madrid.
Y no habría vuelto más a mi pueblo, a no ser porque... ¡Oh!... Escuche, doctor; no me mire así, de ese modo.
—¿Cómo le miro?—, pregunté.
—Hay como un reproche, como desprecio, como asco en su mirada. ¿No es eso?
Bajé los párpados.
—Será, a pesar mío... Para mí no es usted sino un enfermo. Un enfermo entonces, un enfermo ahora.
—Bien, sí. Pero oiga. Hace un momento, oír a Natalia comparar mi rostro con el de Jesús ha sido como una revelación. Esto que yo padezco es inútil intentar curarlo con la sabiduría de los hombres, sino con amor divino. Mire: lo he comprendido. Yo cumplí ahora treinta y tres años, la edad en que Cristo murió. Han pasado diez desde que yo abrasé sus heridas con la punta de mi cigarro. ¿Comprende? Estas llagas son las de su corona de espinas...
Se exaltaba por momentos. Erguido, hablaba casi a gritos.
—Sólo Cristo puede curarme. Iré al Pazo, rescataré la imagen, la haré que vele y proteja mis sueños. ¿No es verdad, doctor, que sólo El puede sanarme? ¡Él y sólo él puede hacerlo!
Asentí. Asentí, amigos míos. No te sonrías así, Requena. Si tú hubieses estado entonces al lado de aquel hombre habrías también animado su hondo fervor de arrepentido.
—Bueno —exclamó Requena, sin dejar de sonreír y contemplando la punta rútila de su habano—. ¿Y sanó?
—Sanó.
—Es curioso...
—Es algo más que curioso, amigo Requena. Yo sé decirte que cuando volví a ver a mi enfermo en su casa de Madrid, sin la menor señal en la piel, y cuando contemplé colgado a la cabecera de su lecho el antiguo lienzo agujereado por las quemaduras, reconocí hasta qué punto la fe sirve en muchos casos más que nuestra ciencia.
—Bueno; pero tu cliente ha muerto. ¿No es así?
—Sí. Una gran melancolía iba minando su vida. Sufrió la atracción de su tierra natal, del Pazo demasiado grande y demasiado lejano para él. Se fue allí para vivir y a morir. Hace poco más de un mes me comunicaron que me había legado el cuadro, y ahí está. ¿Queréis verlo?
Llamó a un criado, y en el mismo despacho se desclavó el cajón. Cuando sacaron el cuadro y le quitaron los papeles que le envolvían vimos que el Ecce-Homo tenía la pintura de la frente intacta. Las espinas de la corona tenían cada una su gota de sangre en la punta. Los ojos, desde su hondura misteriosa y triste, daban el fulgor tibio de su bondad.
Y una sonrisa de perdón definitivo florecía en los labios exangües y se derramaba como una luz misteriosa sobre las barbas ralas.
José Francés
Meditaciones de Semana Santa
¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! |
¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! ¡Qué tarde te conocí...! |

Ecce Homo de Pego [De La Velleta Verda]
«Ecce-Homo»
Jesús va a morir. El hombre rebelde está amarrado al sepulcro y es necesario romper sus ligaduras. Para que esas ligaduras caigan despedazadas es preciso también que la sangre del Redentor, vertida en el Calvario, se derrame después en forma de ríos fecundantes hacia los cuatro vientos de la tierra. Todavía no está convencido el judío de la legitimidad del poder de Jesús, y le pide sarcásticamente que opere el milagro de desprenderse de la cruz. En aquella situación insostenible, con los brazos extendidos y clavados, los pies juntos y atravesados también por el hierro, sin tener en qué reclinar la cabeza, desgarrándosele las manos por la gravitación natural del cuerpo, acribillado de golpes y de heridas, solamente el Dios de los fuertes podía con pocas palabras perdonar al pueblo parricida, constituir la maternidad de la Iglesia, adoptar la humanidad regenerada, destruir el imperio de la muerte y abrir las puertas del cielo a los justos que le esperaban en el seno de Abrahán.
Vendido por Judas, abandonado de sus discípulos en el huerto, manoseado por las turbas, negado por Pedro en el Pórtico del Tribunal, acusado de blasfemo por Caifás, escarnecido por Herodes, azotado por Pilatos, empuñando en vez de cetro una caña quebradiza, coronado de espinas, despojado de sus vestidos por los soldados, insultado y difamado por la plebe, con la calumnia en el alma y la saliva en la frente, parece imposible reconocer al más bello de los hombres en el más desfigurado de los reos, en el varón de dolores del Calvario...
Esperemos un momento, que aquellas heridas, que aquella sangre, que aquellas ignominias en vez de sombra que oscurezca serán luz que alumbre... Aquel cuerpo sucumbe bajo la influencia apremiante del dolor, del frío, de la sed, de la congoja, del desabrimiento; paraliza el hálito glacial de la muerte sus movimientos a despecho de la voluntad; acentuase el perfil del rostro demacrado; los ojos pierden el brillo y la mirada la fijeza; la respiración se acorta por instantes; espeso y helado sudor le empapa la frente; es perceptible el esfuerzo del espíritu por desligarse de la carne; las pupilas apagadas resplandecen ahora, los labios marchitos se mueven otra vez; han llegado juntos, de lo íntimo del alma, la última lágrima y el último suspiro; Jesús inclina la cabeza y da su espíritu...
* * *
Prestemos atención un instante más, sin detenernos a escuchar los mugidos fúnebres del viento en las breñas del Calvario... Todas las cosas embrionarias que esperaban en el principio de los vientos su palabra creadora para tomar forma, ahora ya seculares, parecen esperar su palabra de muerte para perderla y desaparecer. Pero si bien les permite dar testimonio de su omnipotencia con el sobresalto que se apercibe en la naturaleza, ni arrasará los montes ni quebrantará los ejes de la tierra. El luto del sol basta para acreditar de una manera sensible que va a eclipsarse momentáneamente en el sepulcro la luz increada, que había venido a alumbrar los caminos de la humanidad. Todo tiembla, todo se trastorna, todo se desquicia aparentemente; la pavura aproxima los animales a los hombres como pidiéndoles amparo; el velo del templo se rasga de arriba abajo como para descubrir el nuevo tabernáculo; los muertos salen de sus tumbas como para repetir, en presencia del universo, la pregunta del apóstol Pablo: «¡Oh, muerte!; ¿dónde está tu victoria?»...
* * *
Se aquietan entonces las aguas en las cuencas de los ríos y de los mares, los vientos en el horizonte, las nubes en el infinito, y aparece, en la colina del Gólgota, el patíbulo ensangrentado y la víctima desangrada... He ahí el varón de dolores, el adán de la nueva familia, la salud y la vida, el principio y el fin, la personalidad más excelsa de cuantas contemplaron los siglos con sus ojos, abiertos en el instante mismo en que el Creador desplegara el párpado del sol... He ahí aquel de quien dijo Judit: «No consiste tu fuerza en la muchedumbre, ni tu voluntad en fuerza de caballos»... He ahí aquel que a nosotros vino, que nosotros desconocimos, que con la humanidad va a quedarse, y que otra vez en la persona de Pedro y cien más en las de los Pontífices será escarnecido y glorificado...
* * *
Esclavos manumisos, mujeres dignificadas, humildes exaltados, pueblos redimidos, calumniados que pedís justicia, hambrientos que pedís pan, ignorantes que pedís enseñanza, desgraciados y venturosos, los que disfrutáis de la paz del alma o estáis cargados con el peso de la tribulación, escuchad la palabra profética del Gobernador de la Judea al presentarlo en el balcón del Pretorio romano a la muchedumbre enloquecida por el odio: Ecce-Homo!
Santiago Estrada

Lorenzo Monaco. Jesús crucificado entre la Vírgen, San Juan y la Magdalena dolientes, c. 1400 [Foxebar.com]
«Mujer, he ahí a tu hijo»
A una con el sol de la naturaleza se eclipsaba en el Calvario el sol del mundo moral. Fijado a la cruz redentora, Jesús entró en agonía con desusada rapidez. Los quebrantos brutales del Pretorio y de la vía dolorosa y las torsiones indecibles de la crucifixión habían agotado la resistencia de su naturaleza delicada. Y más que ellos, el agobio sin medida de quien, beneficiador y paciente, era zaherido y vilipendiado en el paroxismo salvaje de la ingratitud y del odio.
Describir la actitud interna y exterior de María en el trance trágico resulta imposible. Equivaldría a resolver una ecuación psicológica sin exponente determinado. Cuantos artistas, numerosos y eximios, se han propuesto interpretarlas han fracasado en el empeño. Quien acaso haya conseguido hacernos sentir, en esbozo genial, lo que fueron es el autor inimitable y seráfico del Stabat Mater. En cada estrofa del imperecedero poema litúrgico el dolor y la esperanza relampaguean con los encendidos e inasequibles tonos del arpa penitencial y mística del Profeta-Rey. Y es que sólo el alma hundida en humildad y trepidante de amor alcanza a ponerse en contacto con lo infinito.
De los cárdenos labios de Jesús fluyeron palabras de clarores extraños y ternuras exquisitas. Recordad las que abrieron a sus verdugos las lontananzas indefinidas de la misericordia y al bandido crucificado con El las perspectivas jubilosas de la esperanza. A ellas pertenecen las enderezadas a su madre y el apóstol preferido, petrificados de angustia al pie de la cruz. Poniendo alternativamente sus ojos nimbados de sangre en una y otro, murmuró a la primera: «He ahí a tu hijo», y dijo al segundo: «He ahí a tu madre». Los que hayan recogido las últimas decisiones de un ser amado en agonía conocen la significación de ese legado supremo del amor que fenece al amor que perdura.
Advertid que en los ungidos cuadros del Evangelio la madre de Jesús aparece rara vez acompañada de su Hijo. Se le une, sin solución de continuidad, desde la calle de la Amargura hasta el sepulcro de Nicodemo. Cuando el Hijo cumple de manera especial su misión terrena de redimir a los culpables del Edén por el dolor y la muerte. Soldada con El por amor y en el amor común de los hombres, es entonces punzada con las mismas espinas, traspasada por los mismos clavos, abrumada de los mismos insultos, abrevada con las mismas hieles y crucificada en la misma cruz.
Al sentirse María constituida en instrumento singular de la salvación del hombre, lanzó gozosa y profética, en cántico triunfal, la frase que hoy se repite por todos los ángulos del globo: «Me llamarán bendita todas las generaciones». Se la ha llamado y llamará así porque ha merecido de Dios y del hombre el título de madre, que aun a la mujer más envilecida convierte en ser excepcional de la naturaleza, acreedor, por ello, al culto más reverente y afectuoso.
La cristiandad se lo ha otorgado a la madre de Jesús con ardor y fineza de sentimiento, difíciles de medir y ponderar. Arco gigantesco de invocaciones y epítetos como no los han acertado a formular las filiaciones más fervientes y abnegadas de los siglos, la encuadra en el inmenso espacio del espíritu. Prenden en él, con engrane maravilloso, las luces más puras del pensamiento, los tropos más escogidos de la poesía, las formas más cumplidas del arte y los colores y perfumes más idealizados de la naturaleza. Un arranque consciente y sentimental concentra esas incendiadas explosiones anímicas de amor y de fe: «A Jesús por María». Para los Moisés de la Nueva Alianza, la madre de Jesús es la nube luminosa que les permite contemplar sin terrores la majestad gloriosa de Dios.
Influjo especial el ejercido por ese culto sobre la mujer. Notad que el reconocimiento acabado de la dignidad femenina no se da aún sino en el área geográfica que la cruz sombrea. Por contacto espiritual con la madre de Jesús se ha engrandecido moralmente de tal modo la mujer que ni la antigüedad pagana ni el moderno paganismo han logrado forjar ejemplares de vírgenes, esposas y madres como los numerosos y espléndidos que la historia cristiana registra.
Harán sonreír las consideraciones hechas a no pocos seudorrazonadores u pagados de su independencia crítica. Ciegos para la percepción de toda realidad que no sea analizable en medida y peso, tienen por simple escarceo mental y de novelero místico cuanto acerca del orden sobrenatural de la Redención se alcanza y expone. Día llegará en el que no se hallen tan seguros en su posición de espíritu. Cuando presa de dolores que no se curan, y sintiendo que la vida se les escapa, se enfrenten de lleno con el problema del más allá, que nadie puede rehuir; cuando replegados sobre sí mismos y aterrados de sus miserias no se atrevan a levantar sus miradas penitentes a Dios, que es su única esperanza, al lado de cada uno de ellos quizá se encuentre entonces una hija, esposa o madre conformada según el modelo de la madre de Jesús. Murmurándole al oído, penetrada de piedad y amor, ese dulce nombre le abrirá los ojos a la verdad de que Jesús es «camino, luz y vida para todos». Y «Mujer, he ahí a tu hijo», se volverá a decir, como en el Calvario, en las alboradas de la eternidad.
P. Y. Gutiérrez
San José y la familia cristiana
San José es el símbolo de la perfección y la armonía en la familia. El es quien trabaja en su banco de carpintero para dar el sustento a Jesús y María, quien inicia la institución celular de la familia y la dignifica y alienta con su ejemplo.
José traza las normas de la indivisibilidad de esta familia que nace precisamente allí, en una humilde vivienda de Nazaret. Teniendo como marco las virtudes de unos esposos y el regalo de un hijo en cuyas esencias anidan las luces de la divinidad.
San José señala los postulados que luego se definieron así en un artículo lleno de sabores: «El trabajo del cabeza de familia es una obligación. Pío XII nos lo asegura al decirnos que el hombre casado está atado con vínculos, entre los cuales está la fidelidad en el ejercicio de la profesión, del arte o del oficio no sólo para con la familia, sino también con la sociedad; y el mismo Pontífice afirma que al elevarse el hombre digna y honrosamente por su profesión o por su trabajo honra y consuela a la mujer y a los hijos, ya que el honor de sus hijos son sus padres.»
Elogio del trabajo con sólo contemplar la figura bendita de nuestro Santo. Elogio del trabajo en todas sus esferas, en cualquiera de sus actividades, hasta en la más modesta. Pero ¿es que cabe, por modesto, despreciar un aspecto cualquiera del trabajo honrado?
Bellos conceptos que vienen a señalar el mérito de la labor realizada bajo las normas de una sana y cristiana moral, que sirve de consuelo en los infortunios y es amparo y guía de necesidades, tanto físicas como espirituales. Por ello vuelve nuevamente a alzarse la voz de otro Papa para decirse en su mensaje navideño de 1942, Pío XII: «Quien desee, por tanto, que la estrella de la paz social se detenga sobre la sociedad agitada y convulsa de nuestros días, vuelva sus ojos a la familia y dele sin tardanza espacio, luz, desahogo, para que pueda atender a la misión de perpetuar la vida y educar a los hijos; conserve, fortifique y construya su peculiar unidad económica, espiritual, moral y jurídica; preocúpese por procurar a cada familia un hogar en donde la vida familiar sana material y moralmente logre manifestarse en todo su vigor y valor.»
Ejemplos sabrosos de conducta que un virtuoso artesano dictó hace casi veinte siglos desde su singular cátedra de Nazaret. Un centro de sabiduría surgido entre los maderos y sencillas herramientas de su profesión; sin los alardes del pensamiento escrito, pero con tal profundidad de concepto que aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido, el modelo de su vida sirve para cimentar las bases de la sociedad humana.
A este ejemplar varón, padre de Jesús y esposo de María, se le tributa aquí en Valencia una especial devoción, siendo Patrón del Gremio de Carpinteros y celebrándose su festividad con fastuosos alardes de luz, arte, colorido y religiosidad.
¡Glorioso San José, casto esposo de la inmaculada Virgen, a quien la Santísima Trinidad confiara el ministerio paternal de Jesús; custodio fiel del precioso depósito a él encomendado; ejemplar modelo de hombre, de esposo y de padre, al que la Iglesia universal católica proclama y venera como al más dulce de los santos!
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