Índice del número 408-9
Marzo-abril de 1963. Año 37. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Perdonar al ofensor. Editorial
Modelo y protector universal. Fr. Deodato Carbajo, ofm
El enemigo a la vista. Miguel Combarros
El bienestar material y la felicidad humana. Arturo Fosar, T. F.
El llanto de los pinares. Poema. Luis Fernández Ardavín
Pobreza de San José. Luis Negro Láinez - La cruz y la horca. P. Carlos del Valle
P. Francisco Sanz Jover. Florecillas de Chelva. Fr Bernardino Rubert, ofm
La hija del soldado. Atilio D. Piano
P. Fernando Fabregat Morales, ofm. In memoriam
Hno. Graciano Salvador, ofm. In memoriam
Noticias franciscanas
Perdonar al ofensor
«Habéis oído decir: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y haced bien a los que os odian y orad por los que os persiguen y calumnian. ¿Qué podréis merecer con amar a los que os aman? ¿Acaso no hacen eso los paganos?» (Mt 5, 43.)
En la ley universal de amar a nuestro prójimo por amor de Dios están incluidos los que 110 nos son simpáticos, los que nos odian y los que nos hicieron o hacen el mal. Es la ley obligatoria para todo cristiano.
Todos nuestros prójimos son nuestros hermanos, redimidos por los sufrimientos de Jesucristo y llamados como nosotros a la participación de los mismos bienes. Por amor a Cristo debemos amar lo que El tanto ama y no exponernos a hacer el mal a un futuro príncipe de los reinos eternos y hoy hermano nuestro.
Necesitamos de la divina misericordia y del perdón de Dios; la condición absoluta para conseguir eso es perdonar. El que guarda un rencor en el fondo de su corazón, amarga neciamente su vida y no tendrá paz ni podrá levantar a Dios su oración para pedirle en el «Padrenuestro» que le perdone, porque allí se alega la condición de perdonar primero.
Tal vez el que nos hizo el mal creyó hacer una obra de justicia, tal vez lo hizo movido por un error, tal vez lo haya hecho por la perfidia, pero tal vez Dios se valió de eso para castigarnos, como los verdugos de Cristo que al consumar un crimen infame servían a la bondad y a la justicia de Dios en la obra de la Redención. Bendigamos la mano cariñosa de nuestro Padre del cielo cuando nos acaricia y cuando nos castiga, aunque para eso se valga de nuestros hermanos.
Jesucristo clavado en la cruz, colgado de sus propias llagas, en infinita amargura, mientras sus enemigos se burlaban de El sólo tuvo este grito de sublime venganza: «Padre, perdónalos». ¡Sigamos su ejemplo!
La Redacción

San José [De Desde la plaza]
Modelo y protector universal
Hemos leído, no sé donde, que los griegos ponían las estatuas de los hombres famosos por sus obras acreedoras al aplauso de los prudentes en lugares públicos a fin de que los jóvenes, contemplándolas y llegando a conocer sus hazañas, los emularan y se afanaran por superarlas.
Con semejantes o idénticos designios, pero más amplios, pues no excluye en la imitación a los adultos, pone la Iglesia las sagradas efigies de los que han sobresalido por sus heroicas virtudes: los santos. Quiere que los imitemos y hasta que acudamos a ellos como a nuestros protectores en el cielo.
La religión —ha dicho Juan XXIII—, con las efigies de los santos, con su conmemoración litúrgica, con la evocación de sus virtudes, quiere «formar al hombre, hacerlo mejor, digno de su vocación cristiana y capaz de orar, de recogerse, de liberarse de la escoria del pecado y de la tendencia a malgastar el tiempo y los otros dones del espíritu, dilatando su corazón en la unión con Dios y en el ejercicio de la caridad sobrenatural».
Pone, pues, ante nuestra consideración modelos, ejemplares en los que ha sobresalido el «testimonio» de Cristo en su vivir con el intento de que sean copiadas sus virtudes y de que, mediante su intervención celestial, escuche Este nuestras súplicas y las despache.
Ahora bien, instrumento para ello, para esa finalidad, más completo que San José no ha hallado la santa Iglesia. Es ejemplar para toda clase de gentes, de estados y de ocupaciones, puesto que sus virtudes y santidad ilustran a toda edad y a todo género de vidas. Lo dijo León XIII al escribir: «En San José tienen los padres de familia el más sublime modelo de paterna vigilancia...; los cónyuges un perfecto ejemplar de amor, de concordia y de fe conyugal, y las vírgenes un modelo y un defensor, a la vez, de la virginal integridad. Los nobles... aprendan a conservar su dignidad en medio de la adversa fortuna y los ricos entiendan qué bienes deben apetecer... Los proletarios, los operarios y cuantos tienen escasos bienes de fortuna deben aprender de El lo que deben imitar... para su vida en el trabajo y con su arte y obras procurar a lo necesario para el sustento de los suyos (Jesús y María)... José, contento con lo poco que tenía,.llevó con ánimo fuerte y elevado las privaciones y las estrecheces inseparables de aquel humilde vivir...»
Siendo, por otra parte, su valimiento ante Cristo tan excelso debido a la augusta dignidad de su grandeza por su condición de custodio de Jesús y de esposo de María, ¿no pueden y deben todos los cristianos, de cualquier clase y condición, confiarse y abandonarse a su amorosa tutela o acudir a solicitud para remediar las necesidades?
Porque no hay santo de tanto poder ante Dios ni que extienda en todos los sentidos su protección sin límites de personas ni de cosas, de tiempos o de lugares, de géneros y de necesidades, la Orden Franciscana estableció en 1399 se introdujese en el calendario su fiesta litúrgica; que en 1621 la Iglesia la hacía festiva o de precepto; en 8 de diciembre de 1870 Pío IX lo proclamaba patrono universal de la Iglesia católica, y finalmente en o del pasado diciembre, por indicación del actual Vicario de Cristo en la tierra, se había de empezar a invocar, en el sagrado canon de la misa, su bendito nombre.
Lector amable, al contemplar la imagen de San José, al oír su bendito nombre, al celebrar su fiesta litúrgica, al invocarle cada día, no dejes de traer a tu mente o a tu imaginación la figura del Cuerpo que el Hijo de Dios asumió... sirviéndose tu alma de esa imagen visible para elevarse con celestial afecto hasta la invisible Majestad divina a fin de adorar en ella al mismo Redentor.
Fr. Deodato Carbajo, ofm
El enemigo a la vista
Dos tácticas distintas y un solo fin verdadero
Entre mis recuerdos misioneros de Colombia guardo unas hojas de propaganda comunista que, a juicio del director, interesa dar a conocer a los lectores. Allá las comentaba con saña y encendían contra el comunismo las iras de la dignidad colombiana ofendida.
La primera la encontré en Bogotá, junto a una parada de taxis. Dice así:
«Compañero: Recibe junto con tu compañera e hijos el saludo cariñoso del partido comunista de Colombia, así como sus votos porque en el hogar reine la paz y la tranquilidad. Creemos un deber explicarte que nuestro partido no es esa cosa tan terrible y misteriosa como la prensa de los ricos dice.
»El partido comunista es el partido del pueblo, de los obreros, de los campesinos, de los empleados, de los profesionales, de las mujeres.
«Lucha porque haya una distribución de la tierra, de las grandes extensiones que están en manos de pocos, mientras hay millones de campesinos que no tienen un grano de tierra. Lucha porque se eleven los salarios de los trabajadores. Porque se congelen los precios.
»Lucha porque haya escuelas, hospitales, puestos de salud, para que no sigan muriendo .en Bogotá doce niños de cada cien en la primera semana de haber nacido. Lucha porque la educación de nuestros hijos sea gratis, dada por el Gobierno, para que no sigan existiendo cincuenta y cinco de cada cien colombianos que no saben leer ni escribir.
»E partido comunista considera a la mujer como un ser igual al hombre y no como su esclava. Lucha por la unidad familiar, pues sabe que la mayor parte de las tragedias de nuestros hogares se deben a los bajos salarios, que no alcanzan para vivir.
»El partido comunista no está de acuerdo con que nuestro pueblo se alcoholice, pero sabe que a eso lo empujan la desesperación, la falta de educación, la misma desnutrición y la constante propaganda del Estado y las empresas privadas, que recomiendan al trabajador que consuma alcohol. El primero para de ahí mismo sacar los impuestos con que hacer cárceles, donde el pueblo va a pagar las faltas que comete cuando está ebrio. Y las empresas para sacar grandes utilidades.
»E partido comunista, compañero, respeta tus creencias religiosas. El pueblo colombiano no entiende el valor de la organización, por eso muchos obreros no están afiliados a sus sindicatos, ni los campesinos a sus ligas. Esto dificulta la lucha y favorece el dominio de las clases dominantes, de los enemigos del pueblo. Una vez que te hayas afiliado al partido y que se te acepte, debes ingresaren la célula de tu barrio.
»La "célula" es la organización fundamental del partido y es la agrupación de varios comunistas. En ella recibes el título de camarada, la educación política y de clase. Te educan y desarrollan el hábito de la disciplina y te hacen conocer cómo funciona el partido, cuál es su programa y cómo debes orientar la lucha por tus reivindicaciones.
»Al afiliarte, un camarada te visitará. Debes darle toda cooperación, facilitándole tu dirección correctamente, porque este camarada es un trabajador como tú, que está ayudando a sus hermanos de clase a organizarse para liberarse de la explotación.
«Por todas estas razones nuestro partido te invita de la manera más fraternal a afiliarte a
sus filas, y para el efecto debes poner tu nombre, dirección, firma y enviarla a...
»El partido comunista apoya a la revolución cubana porque encarna los anhelos de liberación de nuestro pueblo en su lucha contra el imperialismo yanqui.»
Fue el taxista bogotano quien puso el primer comentario a esta hoja. Escribió al margen, con bolígrafo, sin puntuación alguna, pero con rasgo decidido y enérgico: «¡Qué tristeza. Así es como avanza este miserable partido. Tanta mentira para engañar a un pueblo ignorante!»
Dirigida al pueblo sencillo, sigue una táctica de aproximación y conquista. ¡Con qué tino sabe poner el dedo en la llaga de los vicios nacionales: la injusticia social, el alcoholismo o el menosprecio de la mujer !
Se cura en salud respecto a la religión y eleva a mito la revolución cubana. A cuántos incautos habrá engañado esta táctica de guante blanco?
Decálogo comunista
La segunda hoja es el reverso. Son consignas secretas a los propagandistas. La entregó en Barranquilla un comunista convertido. A la hora de la misión se pasó con armas y bagaje al campo de Cristo. Dice así:
«Compañero propagandista: Tú eres uno de los más robustos instrumentos de nuestro movimiento. Para que tu obra sea más eficaz, he aquí una breve guía para tu trabajo. Recuerda siempre que nuestro quehacer de la hora es bolchevizar a Colombia entera, a cualquier costo y de cualquier manera. Y bolchevizar significa: Librar a la humanidad de la esclavitud que siglos de barbarie cristiana han creado. Librar a la humanidad del concepto de religión, de autoridad y de propiedad privada. He aquí tu Decálogo:
»1. No manifiestes a los compañeros no maduros la verdadera finalidad de nuestro movimiento, de nuestro trabajo. Lo comprometerías todo.
»2. Luchar contra lo que, especialmente los hipócritas curas, dicen sobre nuestros fines. Negar escuetamente lo que ellos afirman. Negar escuetamente que nosotros no queremos religión, patria, familia.
»3. Mostrar con chanzas, sarcasmo y conducta plácida, contenta, que también se vive bien sin religión, que se vive mejor si se es más libre.
»4. Especialmente es misión tuya: Destruir la moral, enseñando a los inexpertos, creando un ambiente saturado de lo que los púdicos llaman inmoralidad.
»5. Aleja de la Iglesia a tus compañeros por todos los medios posibles, especialmente proyectando una luz de perversidad contra los curas, los obispos... Calumniar y falsear. Será oportuno, en consecuencia, recoger algún escándalo antiguo o moderno y exponerlo a tus compañeros con vividos colores.
»6. Otro gran obstáculo a nuestro trabajo es la familia cristiana. Hay que destruirla, sembrando ideas de amor y matrimonio libre. Fustigar a los jóvenes y a las muchachas tanto cuanto se pueda a este respecto. Crear la indiferencia hacia la familia, en el establecimiento y en el estado. Separar a los jóvenes de la familia, del hogar.
»7. Llevar al obrero a armar el desorden, a la fuerza bruta, a la venganza, a no temer a la sangre.
»8. Insistir mucho en que el obrero es víctima del capitalismo y sus aliados: las autoridades y los curas.
»9. Has de estar siempre a la vanguardia. Habla fuerte, grita, hazte escuchar. El bien que hacen los curas y los católicos ocúltalo, no lo dejes conocer, y hazlo tú. Has de estar a la vanguardia de todos los movimientos.
»10. Lucha, lucha contra los curas y la moral católica. Da al obrero la ilusión de que sólo nosotros somos libres y sólo nosotros podemos liberarlos.
»No tengas miedo, aunque hubiéramos de permanecer escondidos tres o cinco años más. Nuestra obra continuará siempre, porque los católicos son ignorantes, temerosos, inactivos. Venceremos. Sé una auténtica célula comunista. Domina tu ambiente.»
Y acaba con este consejo final: «No dejes caer esta hoja en manos de los curas ni de gente no madura para nuestras ideas.»
Ahí queda, sin comentario alguno, este terrible decálogo comunista. Táctica de cara descubierta, a bayoneta calada, que pisotea satánicamente toda moral y destruye la religión, la familia, la autoridad. ¿Queremos más refutación del comunismo?
Miguel Combarros
El bienestar material y la felicidad humana
II
Ya hemos hecho notar en un escrito anterior que el bienestar material no produce siempre la felicidad a los individuos aislados que de aquél disfrutan en una sociedad civilizada.
Y en una nación de elevado nivel de vida, en la que la miseria esté ausente, sin luchas sociales ni guerras exteriores, sus habitantes deberían disfrutar de la felicidad que todos anhelamos. Y, sin embargo, no es así.
Tal es el caso de Suecia. Con 449.682 kilómetros cuadrados tiene una población, según un censo reciente, de 7.367.000 habitantes, o sea 16 por km2. País rico y sin miseria, los suecos disfrutan de todos los refinamientos de la civilización: en el número de teléfonos no van a la zaga de Estados Unidos, no obstante la diferencia de población; en radios ocupan el tercer lugar entre las naciones del mundo; en automóviles, el cuarto. Y en un constante tráfico, una muchedumbre próspera, en apariencia satisfecha, irrumpe en tiendas limpias y lujosas para comprar toda clase de objetos.
La prosperidad material es debida en Suecia a las exportaciones (mineral de hierro, sobre todo; pulpa de papel y maquinaria). Y cuenta con riqueza abundante, en bosques, saltos de agua y minas. Además de las de hierro, tiene de cobre, plata, plomo, etc.
El Estado, gobernado hace tiempo por los socialistas, administra casi todos los ferrocarriles; la mayoría de las centrales eléctricas; los telégrafos y teléfonos; industrias madereras; grandes monopolios del café y tabaco; participa en la explotación de las minas de hierro, de ley más rica del mundo y rige de hecho la industria de la construcción. Hay, además, cooperativas de consumo que frenan a los comercios privados.
Un Estado que puede ser munífico por su riqueza, ha realizado una política de tipo social generosa en el campo del trabajo. Sus beneficios no tienen igual en el mundo. Su coste se ha sextuplicado desde 1946, y sigue aumentando: representa el 29T0 por 100 del presupuesto nacional.
Esos beneficios comprenden 450 coronas (1 corona = 1'40 pesetas) anuales a las madres por cada hijo; instrucción universitaria gratuita; hospitalización también gratuita, incluso cuando se trata de alcohólicos sometidos a tratamiento en establecimientos adecuados del Estado; pago del 75 por 100 de los honorarios del médico y el 50 por 100 del importe de las medicinas, si pasa de 3 coronas; préstamos especiales de 5.000 coronas a recién casados o madres solteras para mobiliario; lugares de descanso para amas de casa fatigadas; asesoramiento gratuito a los consumidores para indicarles, por ejemplo, la clase de jabón o la máquina lavadora que les conviene comprar. En mayo de 1959 los electores añadieron a estos beneficios una escala de pensiones la más generosa del mundo a la sazón.
Según ella, los trabajadores desde los sesenta y siete años tendrán dos tercios próximamente del promedio de sus ingresos, a base de lo que cobren en los quince años en que más hayan ganado; podrán llegar a 30.000 coronas anuales.
En las categorías inferiores, algunos ingresos, al añadirles el seguro social, pueden exceder del jornal medio que disfrutaba el obrero cuando trabajaba.
Los beneficios del nuevo sistema de pensiones entrarán en vigor gradualmente hasta 1981, en que el máximo de pensión será de 20.000 coronas; el promedio de los ingresos anuales de un trabajador era. en 1960, de 12.000 coronas.
* * *
El sentido materialista de la vida no es apropiado para el desarrollo integral del hombre y su vida en sociedad. Y éste es el que impera en la nación sueca.
El muchacho es objeto de numerosas atenciones por parte de los Poderes públicos. Crece bajo una vigilancia médica constante; recibe en la escuela gratuitamente su comida, como gratuita es su enseñanza; pasa el verano en colonias escolares, Toreadas de una naturaleza poética y agradable; protegido por la Ley, está libre de toda explotación y es guiado en su orientación profesional.
Las teorías pedagógicas que se le aplican están fundadas en el respeto a su personalidad y en el temor de crear en el mundo juvenil complejos de inferioridad perjudiciales para su pleno desarrollo. Y en ellas está ausente la idea de Dios y sus consecuencias morales.
La respuesta a tan excelentes intenciones es la delincuencia juvenil, siempre en aumento, la indisciplina y el instinto antisocial: no es ésta la que esperaban los pedagogos.
La educación en el sentido de rectitud que fija la ley de Dios, con sus preceptos ineludibles, no se tiene en cuenta. En su lugar se emplea en Suecia la educación sexual, que se inculca a los niños desde su ingreso en la escuela elemental. A los siete años se les enseña la diferencia que hay entre los sexos y la historia natural del feto. Y a los once son informados los muchachos de ambos sexos de las particularidades de la pubertad en que van a entrar y sobre las relaciones que no tardarán en establecerse entre ellos.
Por su parte, los mayores, con sentido de egoísmo y comodidad, disminuyen voluntariamente la natalidad, que es sólo de 13'7 por 100, la más baja de Europa. Las prácticas anticonceptivas son enseñadas públicamente, y la venta del material apropiado para ellas es tan libre como los productos alimenticios, el perejil o las patatas, por ejemplo. Además rige en la nación de que nos ocupamos, desde 1938, la legislación sobre el aborto más audaz del mundo, después de la del Japón; no sólo se admite por razones médicas, sino también por otras de tipo eugenésico (si los médicos opinan que el niño que ha de nacer está gravemente amenazado por una tara física o mental). Y también por razones de tipo social, como, por ejemplo, la ilegitimidad, la violación, los gastos futuros, la desorganización de la familia, etc.
La Oficina de Consejos sexuales, organismo oficial, da o niega el permiso de abortar. Las peticiones para ello varían de 6.000 a 9.000 anuales, y las que se conceden, de 4.700 a 5.000. El temor de una negativa, no obstante la ampliación de la legislación en 1946, origina abortos clandestinos, variables de 10.000 a 20.000 al año.
Una plaga que ensombrece la felicidad aparente de los suecos es el alcoholismo. La Ley Bratt (1914) estableció el racionamiento de bebidas alcohólicas: 3 litros mensuales para hombres y un litro para mujeres El consumo en los cafés se limitaba a 15 centilitros; pero había que tomar algo de comer, un emparedado, un plato de carne, etc. Este régimen duró cuarenta años, hasta 1 de octubre de 1955, en que fue abolido, con gran regocijo de todos. No se había reducido el alcoholismo sueco, pues se había llegado al consumo de 5'5 litros por habitante y mes, poco inferior al francés, el primero del mundo. Se creía que con la libertad se moderarían los bebedores de bebidas fuertes, inclinándose a la cerveza, pero los delitos de embriaguez aumentaron considerablemente, pues en Estocolmo excedieron en un 230 por 100 a los cometidos antes de la libertad.
Los casos de delirium tremens han aumentado considerablemente como consecuencia. El aumento de precio de las bebidas alcohólicas no ha frenado su consumo, siempre en aumento. Un ligero descenso en el segundo año de libertad hizo concebir alguna esperanza, pero los expertos no creen en el descenso del alcoholismo antes de diez años, a condición de que los jóvenes de hoy al envejecer no tengan tanta apetencia de aquéllas como sus mayores.
En 1 de enero de 1958, impulsados en gran parte por el alcohol, 5.000 furiosos ciudadanos, en el centro de la capital, se entregaron a actos de violencia: volcaron coches, rompieron cristales de los escaparates, robaron los almacenes, apedrearon a los guardias, y sólo cesaron en sus depredaciones disolviéndose ante la policía montada, que empuñaba látigos cosacos.
( Continuará)
Arturo Fosar Bayarri, T. F.
El llanto de los pinares
Se han posado las cigüeñas en el viejo campanario
y una banda de veloces e inquietantes golondrinas
ha traspuesto las colinas.
¡Van en busca de la cruz de otro calvario
y de un Cristo a quien quitarle las espinas!...
Pero Cristo ya no vuelve, golondrinas primorosas,
ya no vuelve porque ha visto
que el rosal que Él injertó ya no da rosas...
Silenciosa está la cumbre milenaria...
Sus peñascos son gigantes redivivos
que parece que nos miran pensativos
y que rezan por nosotros en plegaria...
¡Cómo lloran los peñascos en la cumbre solitaria!
¡Viejos pinos olorosos
que lloráis en la colina
derramando lagrimones de resina!
¡Viejos pinos generosos
tan inmóviles, tan altos y armoniosos!
¡Viejos pinos centenarios,
venerables como monjes solitarios!
¿Ha cruzado el Redentor la serranía?
En las piedras de la senda abandonada
una huella ensangrentada
sigue el rastro que ha dejado una sangría...
¿Quién sangró por estas breñas?... Jesucristo...
Los primeros que le han visto
triste, herido y olvidado,
conmovidos desde entonces han llorado,
para siempre quejumbrosos,
por la sangre purpurina
derramada en la colina.
¡Lloran, lloran con amargos lagrimones de resina!...
Corre el río, melancólico y eterno,
con la sangre de las nieves del invierno...
Corre el río misterioso
como un llanto silencioso...
Corre el río, la tristeza de la vida murmurando.
¡Y es que el río va llorando!
¿Por qué lloras, viejo río tan sonoro?
¿Por qué lloro?
Porque el trigo que sembró el Crucificado
se ha secado...
La cascada rumorosa de la vida
se ha quedado silenciosa...
y en la cumbre en otros tiempos florecida
y dolorosa,
ni una rosa...
Se han marchado las cigüeñas al arcaico campanario,
vuelven tristes las veloces e inquietantes golondrinas...
¡Han corrido las colinas
y no hallaron otra cruz y otro calvario
ni otro Cristo a quien quitarle las espinas!...
¡Viejos pinos olorosos!
¡Viejos pinos generosos!
¡Viejos pinos centenarios,
venerables como monjes solitarios!
¦Proseguid eternamente en la colina
derramando lagrimones de resina...
Por los siglos de los siglos vuestro llanto!
Se ha podrido tanto, tanto,
el rosal de nuestra vida,
que no crece;
y en el alma en otros tiempos florecida
y olorosa,
¡por los siglos de los siglos no florece,
no florece ni una rosa.
Luis Fernández Ardavín
Pobreza de San José
Escritores de renombre y autoridad opinan que el glorioso Patriarca, con la herencia de sus padres, hubiera podido llevar una vida, si no rodeada de comodidades, pasadera y desahogada por lo menos; pero conociendo ya desde los albores de su juventud cuán meritoria es y cuánto agrada a Dios la pobreza voluntaria, se abrazó interiormente con ella, esperando tiempo y sazón para desprenderse de todo y repartirlo a los pobres; y cuando siguiendo los designios del Eterno contrajo matrimonio con la Reina de los cielos, presto dio feliz cumplimiento a sus felices propósitos de pobreza, pues en compañía de su Esposa, y con su consentimiento y acuerdo, se despojó de todos sus bienes, distribuyéndolos generosa y caritativamente entre los menesterosos, contento de ganar el pan con el sudor de su frente.
[de Preguntas al Santoral]
De esta suerte bien se puede asegurar que San José, por su propia elección y con gran contento de su alma, se hizo pobre, vivió pobre y murió pobre, pues nada tuvo que legar en su tránsito ni a Jesús ni a su queridísima Esposa, si no fueron las herramientas de su oficio. Pero su pobreza tan santa y sublime no fue perezosa ni holgazana, sino sumamente activa y diligente; de manera que trabajando con solícito afán no sólo atendía a las propias necesidades y a las de la familia, mas también, como éstas eran cortas e insignificantes, socorría igualmente con lo sobrante a los pobres del Señor.
¡Con qué brillo se manifestó esta edificante pobreza en su viaje a Belén! Por verle tan pobre lo rechazaron sus parientes y despidieron las posadas, hasta obligarle a hospedarse en una cueva, refugio de pastores errantes y abierta a todas las inclemencias del tiempo; y allí, sufriendo los rigores de la pobreza, vio recién nacido al Redentor del mundo, reclinado en un pesebre y envuelto en pobres pañales, permaneciendo pobremente allí por espacio de cuarenta días.
Mucho sentía San José contemplar a las prendas más queridas de su alma rodeadas de tanta miseria, sin ni siquiera poder gozar de una pobre camilla de paja para tomar un ligero descanso, pero ¿qué podía hacer sino resignarse con la divina Providencia? ¿Puede imaginarse pobreza más santa y levantada, pobreza semejante a la de la nueva de Belén? José no se queja, sino que adora contento y agradecido los designios del Eterno; saborea humildemente los efectos de la santa pobreza, y prendado de aquella pobrísima morada no la hubiera, por su parte, trocado por los más suntuosos y espléndidos palacios del universo.
¡Con qué gozo y veneración bendecía y alababa las disposiciones del Altísimo en preparar para su Hijo eterno alojamiento tan miserable! ¡Cómo se imprimían en su corazón aquellas lecciones que con su ejemplo soberano nos daba el Señor desde su entrada en el mundo! Estas serían también las lecciones que, aprovechando la ocasión, daría José a los pobres y sencillos pastores, excitándolos al desprecio de las riquezas y comodidades del siglo y a vivir alegres y resignados con su penosa y humilde suerte. No tardó mucho en confirmarlas con sus propios hechos, porque la ofrenda que presentó en el templo, después de los cuarenta días del nacimiento de Jesús, no fue la peculiar de los ricos, como parecía reclamarlo el oro recibido en don de los Magos, sino la propia de los pobres, consistente en un par de palominos, señalados por la Ley.
¿Querría tal vez el solícito esposo reservarlo para regalo de la Virgen María? Seguramente que no, porque con todo y ser muy grande y generoso el amor que le profesaba, no obstante conocía perfectamente, por un lado, cuánto aborrecía la Reina de las vírgenes todos los gustos terrenales y, por otro, cuánto se agradaba en ofrecer al Todopoderoso lo mejor de su casa. Por tanto, si el glorioso Patriarca no llevó al palacio del Señor pingüe y bellísimo cordero, al estilo de los grandes, fue porque no alcanzaban a ello sus haberes a causa de haber repartido entre los pobres todo el oro de los Magos, conforme enseña San Buenaventura.
Donde dio pruebas más brillantes de esta virtud, donde tuvo que experimentar los gratos efectos, aunque amargos, de su voluntaria pobreza, fue, sin duda, en su huida a Egipto. No bien había cubierto los gastos de la Purificación, cuando se le ofreció la necesidad de hacer nuevos dispendios sin contar con los ahorros convenientes. Preparándose estaban para volver a Nazaret, después de la presentación del divino Infante, cuando un ángel se le apareció en sueños y le dijo: «Toma al Niño y a su Madre y huye a Egipto, pues Herodes busca al recién nacido para matarle.»
Al instante se levantó José y con la fuga puso en salvo a sus queridísimas joyas; siendo en esto de admirar no menos por la prontitud de su obediencia que por el ejercicio edificante de su pobreza. Ésta y las circunstancias en que se hallaba no le permitían tomar prestado para proveerse de lo necesario en tan larga y penosa jornada ; pero descuidado de todas las cosas terrenas, en una sola anduvo sobre aviso, de una sola trató con empeño: dar pronta ejecución al divino mandato sin dudar de la providencia de Dios, en la cual tenía librados todos sus censos, con que sus necesidades habían de ser suficientemente socorridas.
Mas la qué indigencia tan extremada le había de reducir esta Providencia, ya por el trayecto de camino tan largo, ya durante su estancia en aquel destierro! ¡Y qué afectos tan encontrados solicitaban en aquella situación su alma! Por un lado sentía las espinas de la pobreza, movido a compasión por el tierno Niño, tan presto perseguido y necesitado, así como por la piadosa Madre, apesadumbrada por el evidente riesgo y la triste miseria de su divino Hijo.
Y por otro experimentaba gran colmo de ventura al hacer de sus brazos dulce cuna para reposo del tierno Infante y de su cuello sostén del Rey del universo. Pero en la mezcla de estos pesares y consuelos, ni se le ocurrió jamás suplicar al Señor que los alimentase con el maná, como a los israelitas, ni que obrara para su guarda y sustento alguna de sus acostumbradas maravillas, antes se complacía enteramente en depender de la voluntad del Señor, el cual prefirió que sus amadísimos padres sufrieran todas las consecuencias de la pobreza para que tuviéramos en aquella santísima Familia un modelo de resignación y de paciencia en nuestras privaciones y amarguras.
¿Y quién será capaz de pintar con los debidos colores lo que en Egipto sufrieron? ¡Cuánto le costaría encontrar trabajo entre gente desconocida y en un pueblo de costumbres tan diferentes y casi propias de gentiles! No es, pues, extraño que tuvieran que apelar a la mendicidad, hasta que aquellos moradores, enamorados del dulce peregrino y de la amable forastera, les suministraran medios para que San José, con la industria de su oficio, y la Virgen con sus habilidades, pudieran ganarse la subsistencia para sí y para el Señor que sustenta todas las cosas.
Y para que se vea cuánto se goza el Omnipotente en el perfume de la santa pobreza, importa notar y advertir que cuando ya nada faltaba a los dos laboriosos consortes, cuando se habían ya granjeado entre los egipcios las simpatías y estimación de todos, entonces se presentó de nuevo el ángel a San José, avisándole en sueños que volviera otra vez a Israel, donde, después de los afanes del fatigoso camino, se vieron en el agobio de buscarse con nuevos apuros nuevos parroquianos para remedio de su pobreza.
Aquí, bajo el magisterio de San José, empezó el divino mancebo su aprendizaje, para enseñamos con sus obras amor al trabajo y odio irreconciliable a la ociosidad y haraganería. Era de ver con qué empeño y santa solicitud se trabajaba en aquel modesto taller, dechado de santas familias. Mientras San José, en compañía del celeste aprendiz, bien acepillaba, bien aserraba la madera, labrando con primor y destreza yugos, arados, mesas y cuanto se le confiaba. la Virgen Santísima, después de haber aseado la casa y cumplido con los demás oficios domésticos, tejía e hilaba con gran habilidad, ayudando con su industria al santo esposo a procurar lo necesario para la vida. ¡Cuántas veces hermanarían con sus labores, ya cánticos de salmos o de otros himnos sagrados, ya conversaciones santas, en que a veces tomarían parte piadosos vecinos para inflamarse mutuamente en amor de los bienes eternos!
Luis Negro Láinez
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