Índice del número 404-405
Noviembre-diciembre de 1962. Año 36. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Mensaje de Belén. Editorial
Alba y sol. Otadoed, ofm
Padres modernos. Esperanza Ruiz-Crespo
Educación de la voluntad
Nacimiento de Jesús en Belén. Fr. A. Aracil, ofm
Diálogo entre un río y un poeta. Poema. Fr. Bernardino Rubert, ofm
El bienestar material y la felicidad Humana. Arturo Fosar Bayarri - Y así nació el Niño «Dio». D. Manuel González
Canción de cuna. Poema. Fr. Damasceno Espinosa, ofm
Nuestra Señora, símbolo y guardiana de la unidad
Luces en el misterio. Enrique Barrachina Gil, Pbro
Oración de S. S. Juan XXIII al Espíritu Santo por el Concilio
El alma de San Antonio de Padua. Fr. Eduardo Rosales, ofm
Navidad en Austria. Juan Ramírez
Noticias franciscanas
Mensaje de Belén
El anuncio celeste del 25 de diciembre nos trae en su canto un mensaje que es el mejor regalo de Navidad: la sencillez de un Niño envuelto en pobres pañales y recostado en un pesebre. Belén, en su humildad urbana, se erige, a su vez, en portavoz de este mensaje divino por el mundo.
Si en la tierra existe alguna cosa bella, ésta es la imagen impotente de un niño. Con su figura grácil y encantadora se convierte en la alegría del hogar y en objeto de las predilecciones familiares. El niño es la inocencia revestida con ropajes humanos. Tiene de Dios la inmensidad de su grandeza y de los hombres la pequeñez de su humildad.
Junto a la gruta de Belén hay rumores lejanos de aleteos angélicos que entonan sus glorias al recién nacido.
El silencio de la noche le presta empaque al misterio. Pero entre los hombres no fueron los reyes ni los príncipes quienes le rindieron homenaje. Fueron pastores sencillos sus primeros adoradores. Conocieron en la estrella el magno acontecimiento y tímidamente, pero con premura, se acercaron con sus ovejas y corderitos para presentar al Niño su adoración y sus sencillos dones. Espléndida lección de humildad que Dios nos enseñó a los hombres.
En el silencio de esa noche enjoyada de estrellas la Providencia nos hizo este inmenso regalo de un valor infinito. El Niño de Belén no nació para el mundo sideral ni para los ángeles. Nació para nosotros: "Natus est nobis". Para que el justo se justifique más y para que el pecador encuentre junto a la gruta la alegría de un retorno esperanzador. Esta es la segunda parte del mensaje que en estas fechas nos transmite las campanas de Belén. Nuestra Navidad carecería de su más amplio significado si olvidáramos que la venida de Dios al mundo y la prolongación real de sus efectos espirituales ha sido en provecho nuestro: el nacimiento de Cristo señala el origen de nuestra propia justificación.
Por tal motivo La Acción Antoniana felicita efusivamente en estas Pascuas de Navidad a sus superiores, suscriptores, anunciantes, corresponsales y colaboradores y les desea la plenitud del gozo que el Niño-Dios trajo del cielo a los hombres de buena voluntad.
La Redacción
Alba y sol
En el zodíaco litúrgico de diciembre se nos presenta a las mentes algo que no por tratado de mil maneras podemos dejar de evocar. ¡Se ha escrito tanto de Navidad y de la Inmaculada Concepción! Es verdad, pero ¿habrá cosa mejor que vivir siempre con Jesús y la Purísima en el corazón, con sus nombres en los labios y con su luz en los ojos?
La Inmaculada Concepción, fiesta de arrobos celestiales, de divinos deliquios, de clarores divinos, y el Nacimiento de Cristo, eje de la historia humana y de la divina; María et Jesús uno eodemque decreto y por ello Aquélla se nos presenta a los católicos resplandeciente como el sol, victoriosa como un ejército ordenado y bella como la luna, y Esté como el Todo en todo...
La hermosura es esplendor de verdad, de orden y plenitud de perfección. En la concepción de María está toda la belleza posible y deseable y toda la plenitud de gracia y de perfección comunicable por Dios, puesto que, de hecho, trasfundió Este en Ella toda la grandeza, toda la bondad, toda la dulzura que podía recoger y colocar en pura criatura. Es la imagen perfecta de la humanidad divinizada por gracia de Cristo y, como la imagen nos lleva a aquello que representa, mirando la figura tan bella y tan clara de la Purísima nos disponemos a ver y vemos la señera de Jesús. María nunca se le puede separar de su Hijo divino.
Se puede aplicar a María Santísima lo que el apóstol de las gentes escribió del cielo: ni ojo vio, ni oído oyó, ni entró en corazón humano cosa semejante a la sublime dignidad de la augusta Madre de Dios. De ahí que más pura, más grande, más buena, más bella que María Inmaculada no ha habido ni habrá criatura alguna en el mundo, salvo la adorable humanidad de su Hijo Jesús unida hipostáticamente al Verbo, que por habérsela dado María con la cooperación del Espíritu Santo, también le pertenece.
El último motivo
La última causa radical de la verdadera grandeza de María en su Inmaculada Concepción nace del contacto superlativamente íntimo que tuvo con Dios. Las singulares prerrogativas, excepcionales, de María son explicables si se considera que provienen del hecho de ser escogida para Madre de Dios e Inmaculada en su concepción. Es éste un privilegio único, inefable, concedido a Ella sola que la coloca sobre toda la creación al lado de Jesús. No se puede concebir la luz de la luna, María, sin el resplandor del sol, Jesús, ni la victoria sobre los tres conjurados enemigos del alma de María, sin la gracia y méritos de su divino Hijo.
Respecto a esto no podemos aquietar la comezón que nos aqueja de presentar aquí un juego de conceptos y de palabras que ya en el siglo XIV se hizo público y comprueba los entusiasmos de los franciscanos por la Limpia en su Concepción, constituyendo a la par una prueba cordial de la misma.
Traducimos:
Alba es María que tiene su explendor del Sol.
Sol es Jesús que tiene su explendor del Alba.
Por el Alba el mundo reconoce el Sol;
por el Sol, a sí misma se reconoce el Alba.
Nace el Alba y, no obstante, luciente es el Sol,
nace de las sombras y con todo es resplandeciente el Alba.
Pues no hay sombra donde está presente el Sol,
puesto que previene con sus esplendores al Alba.
Son ambos luminosos: y el Alba y el Sol
van siempre unidos. Por lo tanto, si tiene el Sol
las cualidades del Alba,
o se ha de decir que está manchado el Sol
o decir que es inmaculada el Alba.
El Vicario de Cristo en la tierra, con toda la majestuosidad y fuerza que le dio el Espíritu Santo, ya en un bello 8 de diciembre de 1954 sentenció que era Inmaculada en su concepción el Alba, o sea María.
Otadoed, ofm
Padres modernos
Eso de tener hijos parece muy sencillo. Y aun hay gente que, desgraciadamente, los tiene fuera de lugar y tiempo. De ahí a que el hecho de traer al mundo un rebujito de carne sonrosada que al cabo de los años será un hombre o una mujer consciente, no imponga más obligaciones que las de atender a sus biberones, a sus papillas y a sus travesuras iniciales, el trecho es grande. Los deberes y las obligaciones de los padres no prescriben jamás. Ni siquiera cuando ya ellos mismos se hayan convertido, por agobio del tiempo que los desgasta y encorva, en algo así como los hijos de sus propios retoños en auge de pujanza y madurez. Viejos, muy viejos, los padres siguen debiéndose a los suyos.
Claro es que ya con distinto cariz. Pero con la generosa comprensión de su cariño, de su circunstancia, de su apoyo moral y su consejo experimentado. Ni vencido por la edad, ni inválido, ni cansino, el padre debe abdicar su misión. En tanto que respira y existe se debe al hito. Ténganlo en cuenta —dicho sea con todos los respetos— los infantilizados ancianitos que pretenden extraer excesivos privilegios de su senectud, tiranizando a la familia e intentando pasar la cuenta de los sacrificios que ellos hicieron en principio... En toda edad, aunque las hay que incitan a disculparlo, es feo y antipático pecado el egoísmo.
Pero el tema que hoy centra este comentario es el de los «padres modernos» enfrentados con estas generaciones muy dinámicas, muy emancipadas, que pueblan los Institutos, las Universidades, etc. El muchacho de nuestra época goza de una amplia libertad y «ha echado los dientes» oyendo hablar de dinero. Lo necesita pronto. Para acudir a sus clases se le fija un presupuesto que antes casi equivalía al del sostenimiento de una familia de la clase media. Por supuesto, pronto se incorpora a los grupos que «tienen que tomar una copa» y tragarse un bocadillo de urgencia en escapadas del estudio. Quiere decirse que, no siempre de acuerdo, padre y madre subvencionan por separado las vitaminas y los autobuses del chico. Y que ello, unido a la carestía de los textos, suele acudir en las conversaciones de la sobremesa.
—A mí me parece que por este camino no vamos a ninguna parte. Al chico no le gusta mucho estudiar y estamos tirando el dinero por la ventana. Lo que debías hacer era pedirle a Fulano o a Zutano que lo colocasen en alguna parte—, opina la madre.
—Tú lo ves todo facilísimo. ¡Como estás aquí todo el día sin dar golpe!—, rechaza con manifiesta injusticia de apreciación el «papi».
—¡Es comodísimo ser hombre! Cogéis la puerta por la mañana y adiós muy buenas—, reincide en juicio temerario la dama.
—¡Claro! Como que yo estoy todo el día quemándome las pestañas para que os divertáis todos por mero placer! Y, sobre todo, lo del chico es sagrado. Hay que prepararle un buen porvenir.
—¡Pues hijo, ni que fueras Marañón o don Esteban Bilbao! Con que el pobre se mate a aprobar asignaturas y luego no podamos mentarle una clínica estupenda o un bufete por todo lo alto, a ver qué hace!
—No todos los hombres que están en la cumbre la alcanzaron por apoyo de la familia.
—Eso será en América. Lo que es, las grandes fortunas casi nunca se hicieron trabajando meticulosamente en un laboratorio.
—De acuerdo... No creas que no titubeo, pero si él quiere estudiar...
Claro que a los veinte años es muy difícil que un hombrecito bien vestido y bien comido tenga mucho empeño en comerse los libros de texto como postre. Cuando le proponen entrar «de bóbilis» o con una mínima oposición en una Compañía que pueda subvencionar sus cines, sus zapatones modernistas y sus «planes», el chico ve el cielo abierto.
—Así, con lo que ganes, tú mismo puedes seguir costeándote los estudios de lo que prefieras—, sugieren, en pleno limbo, los progenitores.
No hay regla —ni siquiera de pura lógica— sin excepción, y todos conocemos seres admirables que tras las ocho horas de «bosque animado» por máquinas de escribir y de contabilizar, se reintegran a su dulce hogar y se saturan el meollo de conocimientos profundos. Pero la virtud tan virtud no es producto tan abundante en el mercado de los días.
Ya está el muchacho en funciones de burocracia. Ya esgrime su independencia: sale, entra, discute, polemiza y hasta invoca a Sartre. No es un J-3, porque, a Dios gracias, nuestro pueblo tiene una formación intrínseca mucho más sana.
Un día el chico le muestra a su madre una pulsera de oro que le ha regalado una chica.
—En mis tiempos un hombre nunca aceptaba regalos de valor— dice cariacontecida su madre.
—No seas rollo. Es una compañera mía que gana lo que quiere donde trabaja y además tiene un padre que es un tío estupendo en los negocios.
—¿Pero sois novios?
—Sale conmigo y gracias. ¡A ver si yo estoy «pocho»!
—Pues si tiene tanto dinero tendrás que corresponder y te vas a quedar sin un céntimo, porque a ella le gustará ir a sitios caros.
—Pues si le gusta, que los pague. ¡Los hombres de hoy sabemos mucho!
Total: que esta niña u otra niña —lo cierto es que ellas sí se quieren casar y ahora imaginan que ese es el mejor camino—, les van regalando cosas. Chaquetas de ante, relojes, radios de transistores... Y que a los padres les parece natural. Tampoco les humilla, por supuesto, que un buen día se "coloquen de maridos" y el futuro suegro compre el piso, lo amueble, le abra una cuenta corriente al matrimonio en ciernes...
Párrafo aparte merecen los padres de las «Sabrinas» que nos rodean. También acceden en seguida a que trabajen en lugares sobre los cuales no siempre investigan previamente todo lo que debieran investigar. También «se resignan» rápidamente a que ellas hagan sus planes con independencia.
Los más viejos del lugar, los que, valetudinarios y todo, andamos aún esquivando cada día las leas realidades de la lucha vital, estamos un poco asustados. Nos inquieta esta decadencia del sentido de la responsabilidad paterna. Tal vez porque en nuestros tiempos éramos tan frágiles al sentimiento, tan sedientas de ternura, tan poquita cosa mental... Luego, claro, hubimos de incorporarnos al ritmo con que nos apremiaban los sucesos y la estructura de cada vida, pero... ¡De ahí a rivalizar con «el gremio» antagónico o a admitir el soborno juvenil por eso de que las cosas convienen o no convienen...!
Convenir, lo que se dice convenir, es llegar a buen puerto y con pasaporte en regla cuando Dios nos llame. Dios, que delega en la tierra sobre los padres de cualquier época, pero que mantiene su protectora —y exigente— función paternal desde el «moisés» al sudario.
Esperanza Ruiz-Crespo
La educación de la voluntad
Quien quiere tener carácter firme ha de esforzarse por dominar lo más posible sus sentimientos. Muchos crímenes, discordias, pensamientos de envidia, alegrías del mal ajeno, ofensas precipitadas, riñas sin número, no tienen siempre por causa una voluntad depravada, sino una voluntad débil, no ejercitada en mandar sin desmayos a los sentimientos vehementes. Podemos vencer, por ejemplo, un leve mal humor sin ningún esfuerzo especial y, no obstante, cuántos hombres sufren por este leve mal humor, porque tienen pereza de hacer un pequeño esfuerzo.
La educación adecuada de los sentimientos es a la par educación de la voluntad. Los sentimientos influyen en el espíritu no sólo para movernos a querer, sino aun para querer de buen grado y con perseverancia. Y ¿quién no ve que las obras buenas brotan con más lozanía al calor del corazón que a la fría luz del entendimiento?
Has de cuidar también la educación de tus sentimientos por este motivo; la voluntad que funciona sin sentimientos puede trocar al hombre con gran facilidad en una máquina de voluntad sin corazón, egoísta, testaruda, lo cual es otra caricatura del «joven de carácter».
El hombre prudente no se esfuerza tan sólo por vencer sus sentimientos desagradables y compensarlos con alegría, sino que hace cuanto está en su mano por conservar siempre la tranquilidad del alma.
Cuerpo y alma están en íntima dependencia. Si estás abatido y una tristeza sin causa se apodera de tu alma, intenta sonreírte, frota con alegría tus manos y verás que tu tristeza empieza a desaparecer. Por otra parte, si un dolor físico te tortura, ocúpate en pensamientos agradables y llegarás a olvidar en parte tu dolor.
De cualquier desgracia que te sucediere, procura sacar algún provecho espiritual. Deficiendo discamus, aprendamos de las propias deficiencias. ¿Te han hurtado el portamonedas en el tranvía? No pierdas el tino, sino procura recordar cuándo estabas distraído y medita qué cuidado has de tener en adelante. ¿Te pisa alguien el pie? No saltes enfadado, sino di para tus adentros: «A costa de este dolor compraré un poco de dominio de mí mismo».
Seguir siempre dueño de los propios sentimientos sin dejarse arrastrar por ellos, es el grado más alto de la perfección espiritual.

Nacimiento de Jesús en Belén
Algunos meses después del nacimiento de Juan Bautista debía venir a la luz del mundo el Señor. En Belén debía mecerse su cuna, según lo vaticinado por Miqueas y otros profetas: «Y tú, Belén, no obstante, que eres una de las más pequeñas entre las ciudades de Judá, tendrás la suerte de que de ti salga el que ha de regir a mi pueblo de Israel.»
Belén dista tan sólo unas horas de camino de la patria del Bautista. En un paseo a través de las montañas, con vistas sorprendentes y magníficos panoramas, se salvan las distancias que separan a ambas poblaciones. Pero la Virgen, terminadas las fiestas de familia con que honraron el nacimiento y la circuncisión del hijo de Zacarías, no fue a Belén, donde debía dar a luz, sino que volvió a su casa de Nazaret en espera del cumplimiento de los designios de Dios sobre ella.
A su regreso fue cuando San José, que no la había acompañado en su viaje, por no haber sido antes de su marcha recibida la Virgen como esposa en su casa, experimentó aquellas crueles dudas sobre la fidelidad de su prometida, que sólo un ángel del cielo pudo disipar mediante un sueño, en el que le reveló su propia dicha. «José, hijo de David —le dijo el ángel—, no temas recibir por esposa a María; pues lo que ha sucedido en ella es obra del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será el que de hecho librará de los pecados a su pueblo.» La luz, la alegría, la tranquilidad y la calma brotaron al eco de estas palabras en el corazón de José, y levantándose, ejecutó cuanto el ángel le había dicho.
Los dos castos esposos celebraron solemnemente sus desposorios, y María pasó de la casa paterna a la del modesto carpintero nazareno, quedando de esta suerte a salvo su honor.
Corrían en tanto los días y se acercaba el nono mes del mensaje del ángel. Los dos esposos, en una mutua efusión de fe y de esperanza, veían aproximarse la hora del nacimiento del prometido Hijo, del Mesías esperado de los pueblos, sin que pensaran, por el momento, en abandonar su querida casa de Nazaret. No había razón aparente para imponer a la joven esposa, muy avanzada en preñez, las molestias de un largo viaje de 120 km. que separan a Nazaret. de Belén. Nada aconsejaba en tan grave estado abandonar el propio hogar y las atenciones caritativas de la familia, de los parientes y amigos. Pero Dios había anunciado que en Belén debía nacer el Esperado de Israel, y su palabra no puede faltar.
Una orden inesperada del emperador de Roma vino a turbar la tranquilidad de los dos venturosos esposos. Se trataba de llevar a cabo en todo el mundo el empadronamiento de familias con arreglo a su lugar de origen; y María y José, que, aunque domiciliados en Nazaret. eran de origen betlemitano, debieron entonces encaminar sus pasos a la humilde ciudad de David, a la graciosa Belén.
Después de cinco días de marcha penosa los augustos viajeros llegaron a distinguir Belén; la ciudad de su ascendiente David, graciosamente recostada sobre una eminencia en medio de risueñas colinas plantadas de viñedos, de bosques de olivos, de plantas, de higueras y de almendros casi en flor. La animación y el movimiento reinaba por doquier. Multitud de gente forastera afluía por todos los caminos a la pequeña ciudad real que rebosaba ya de hebreos llegados los días anteriores. Sus casas estaban todas ocupadas, las plazas públicas y las calles estrechas se veían obstruidas por el gentío inmenso que ofrecía pintoresco golpe de vista con la llamativa variedad de sus colorados vestidos.
José y María, que penosamente le sigue, apenas podían abrirse paso en busca de un albergue donde alojarse en casa de un amigo, de algún pariente o de algún betlemita caritativo. Ninguno les abría, empero, la puerta. En vano divagaron por plazas y calles llamando a una y otra parte. Los puestos estaban todos tomados por los más ricos; los primeros llegados habían recibido hospitalidad en casa de los parientes y amigos y en las hospederías de la ciudad y no había lugar para el humilde grupo de Nazaret. que ofrecía pocas apariencias de rico.
¿Qué hacer en tal situación? La noche venía encima, oscura y helada; la joven esposa sentía por momentos la necesidad de reposo, mientras que José, fatigado y afligido, continuaba sus infructuosas tentativas. Desconfiando al fin de hallar asilo en la ciudad de sus mayores, salieron de Belén y se avanzaron hacia la parte Oriente, donde se elevaba un gran edificio, de forma cuadrada, cuyas blancas paredes se destacaban del verde claro de los olivos que cubrían la colina. Era éste un jan o posada destinada para albergue de los viajeros. Ordinariamente la posada, en Oriente, consiste en un gran patio cuadrado, rodeado de galerías algo más elevadas que el nivel del patio. Sobre uno de los lados tiene algunas habitaciones para el guardia y forasteros que en ellas comen y descansan; si es que ya no comen y duermen, que es lo más común, bajo las galerías, desde donde pueden más fácilmente vigilar sus bestias de carga acorraladas en el patio.
Esta confusión de gente que grita y de animales que cocean ofrece con frecuencia un golpe de vista muy pintoresco, si bien poco agradable a un espíritu delicado. Por lo que atañe a la posada de Belén, fue distinada particularmente a las caravanas que se dirigían a Egipto, y debió su origen a Chamaám, hijo de aquel reyezuelo de Galaad que dio asilo al rey David en tiempo de la revuelta de Absalón. El establo de dicho albergue era una gruta natural provista de pesebres formados en el seno de la roca. Por las palabras del Evangelio in praesepio, indiversorio parece desprenderse que no había entonces en Belén otra posada pública más que ésta.
A este albergue se dirigieron José y María en busca de asilo, que tampoco hallaron. También allí estaban tomados todos los aposentos que pertenecían de derecho al primer llegado y que a nadie se negaban; los viajeros y mercaderes lo ocupaban todo. No quedaban por único refugio más que las grutas naturales excavadas en la roca, a que ordinariamente están adosadas las posadas, en las cuales se recogen las bestias cuando llueve o son frías las noches. A una de estas grutas fue, al fin, donde acudieron a buscar abrigo contra los rigores de aquella fría noche de diciembre los dos infortunados esposos de Nazaret. Penetraron en ella y la hallaron vacía; no había en el fondo más que un buey y un asno atados en el pesebre, al decir de la tradición, confirmada por el testimonio de un gran número de Padres de la Iglesia y en particular de San Jerónimo. ¡Qué cuna para el Hijo de Dios!
«Y aconteció que estando allí se le cumplieron a María los días de su embarazo y dio a luz a su Hijo primogénito, al cual envolvió en pañales y lo recostó en el pesebre, porque no había para ellos lugar en el mesón» (Lc 2, 7).
¡Qué sublime simplicidad en este lenguaje del santo Evangelio! Con una sola palabra expresa el más profundo misterio. Porque el prodigio que se cumple en esta gruta es el prodigio de los siglos, la obra magna de la creación, la hora bendita marcada en el reloj de los cielos, el momento solemne de inefable alegría para los cielos y para la tierra. «Abrios, cielos —gritaba la humanidad cansada de esperar—, mandad nubes al rocío, lloved al justo, y tú, tierra, haz que germine el Salvador.»
Y en el silencio de los mundos, cuando más impacientes eran los deseos de los mortales, en el momento oportuno de la procesión de los siglos en que iba a cumplirse el vaticinio de Isaías: «La gloria de Dios se manifiesta, va delante, brilla a través de las cosas en el sendero divino»; cuando más alta iba la luna y más hondo era el sueño de los hombres y las estrellas marcaban la media noche, sonó en la gruta de Belén la primera estrofa del himno de gloria cantado por Cristo en la tierra, a que hacían coro los ejércitos de espíritus bienaventurados del cielo. Era la vibración del corazón de Jesús que por vez primera palpitaba en la tierra.
¡Momento feliz! Los cielos se abren, el Padre eterno contempla desde lo alto de su trono a su Hijo naciente y a la Virgen Madre, los ángeles aletean a millares sobre la gruta oscura y desmantelada, y la inundan de claridad brillante que disipa las tinieblas de la noche, y María, la tierna y pura doncella de Nazaret., arrobada en profundo éxtasis, inundada en transporte de dulce y santo amor, sin pena alguna, sin dolor ni sufrimiento, sin menoscabo de su pureza virginal, deposita sobre la tierra en lecho de pobres pajas al Verbo Eterno de Dios, al Mesías prometido y esperado de los siglos, al Dios de los cristianos, a Cristo Redentor.
Fr. A. Aracil, ofm
Diálogo entre un río y un poeta
A la región catalana en sus inundaciones
Llobregat, ¡oh Llobregat, Llobregat, ¡oh Llobregat, Llobregat, ¡oh Llobregat, Llobregat, ¡oh Llobregat!, «¿Por qué has roto totalmente, »¿Por qué tú, tan catalán »¿Por qué tú tan circunspecto... |
«—¿Quieres saberlo? —responde »En mi eterno murmurar »La paz reinaba en mis cauces »No obstante darles yo ejemplo »El egoísmo más vil, »¿Será toda España así...? «¿Pero se dará también |

Inundaciones en las cuencas del Ter y Llobregat el 25 sep 1962. (Almeda Cornella)
«Quise comprobarlo... Un día «Ante tal visión dantesca «Barcelona y Cataluña, «de que Cataluña es |
del árbol frondoso y fértil «Así con voces muy fuertes «Todos los pueblos unidos «Quería saberlo cierto |
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
(Recitada el día 5 en el teatro Principal)
El bienestar material y la felicidad humana
Al crear Dios al primer hombre le puso en un paraíso de delicias para que «lo cultivara y guardase» (Gn 2, 15). De modo que desde su aparición en la tierra debía el hombre trabajar; pero al pecar, en vez de ser el trabajo placentero y agradable se convirtió en penoso, pues por el pecado original la tierra sería en adelante maldita, produciría espinas y abrojos. El hombre debería ganar el pan con el sudor de su rostro (Gn 3, 17); la mujer estaría sujeta al marido y sufriría los dolores y molestias de la maternidad. Ambos quedaron sujetos a las enfermedades y la muerte; su inteligencia al error. Y el dolor fue en adelante patrimonio de la humanidad.
Por otra parte, el progreso humano y la aplicación de los adelantos científicos al modo de vivir, hacen que constantemente aumenten las comodidades que atenúan la ley penosa del dolor, entendido en su más amplia acepción. Y aquéllas se obtienen con dinero, que viene a ser la aspiración suprema del hombre en general.
Se cuenta del filósofo Diógenes, y ya lo hemos referido en alguna otra ocasión, que en un mercado de Atenas estableció un extraño puesto de venta. Y puso un cartel que decía: «Aquí se vende sabiduría». Un rico ciudadano mandó a un esclavo para que la comprase. Y el filósofo, después de cobrarle una exigua cantidad, le dijo: «Di a tu amo que en todas sus acciones mire el fin.» Consejo que agradó tanto a éste que mandó esculpirle sobre la puerta de su casa.
El hombre, por ser racional, aunque no caiga en ello, siempre obra en su conducta con miras a un fin. Ahora bien, en la actualidad dos normas de conducta rigen la sociedad civilizada: de carácter espiritualista o materialista.
En la primera se considera al hombre como portador de valores eternos, por ser
un compuesto de alma inmortal y de cuerpo material. Está sujeto a unos deberes fijados por Dios como creador del orden universal. El placer y la comodidad no pueden ser normas de vida y sustituir las exigencias del deber.
Para los secuaces del materialismo, si el alma espiritual e inmortal es una ilusión, todo acaba con la muerte. Y si esto es la realidad, está justificado el consejo del poeta socialista alemán que canta: «Toma la copa de la vida y entona una canción pagana. Nada temas y llena bien tu estómago: andando el tiempo nos sepultarán en la tierra y allí podrás hacer tranquilamente la digestión.»
Pero aun el placer sin tasa ni medida no produce la felicidad. El hombre más rico del mundo actual, el norteamericano Getty, con sus 1.680 millones de pesetas de renta anual y seis matrimonios y divorcios, hasta ahora, no se siente feliz.
Y el caso de infelicidad o hastío de la vida en los poseedores de grandes bienes de fortuna, no es insólito. Cierto fabricante de calzado de París, soltero y millonario, se suicidó hace algunos años disparándose un tiro en la cabeza, en la habitación que ocupaba en un lujoso hotel, el Carlton, de Vichy. En la carta que dirigió al juez, decía monsieur Rateau, que así se llamaba el suicida: «Me suicido porque no puedo soportar el aburrimiento y la soledad. Mientras tuve necesidad de trabajar para poder comer, fui feliz. Ahora que tengo millones y que ningún cuidado me preocupa soy desgraciado hasta lo infinito y prefiero la muerte física a esta muerte espiritual que llevo dentro. Tarde he comprendido que la riqueza no es la felicidad.»
Según la prensa francesa de la época (primer tercio de este siglo) era un hombre que gozaba de envidiable salud, era propietario de 82 fincas urbanas y varias importantes rústicas; poseía la mayor fábrica de calzado del departamento o provincia. Y además era soltero. Como hace resaltar el escritor de quien tomamos estos datos, era el suicida un hombre que no había de temer esas calamidades que se llaman arteriosclerosis, puesto que era joven; zapatero, por ser fabricante de calzado, y suegra, pues era soltero. Y sin embargo, por falta de formación cristiana, sin duda, se arrancó del mundo de los vivos al alcanzar la prosperidad económica y no encontrar en ella la felicidad que todos anhelamos. Y con su muerte voluntaria pensó suprimir su infelicidad y acabar en la nada, pues carecía, al parecer, de ideas de ultratumba.
En cambio, un pobre que pedía limosna a la puerta de la iglesia de los dominicos de Estrasburgo, se consideraba feliz en su indigencia y no ambicionaba nada más allá de su miseria, según cuenta Taulero en su célebre colloquium theologi et mendici.
Nos encontramos en el siglo XIII. Al ir a entrar en la iglesia el citado teólogo dominico entabló con el mendigo el siguiente diálogo:
—¡Buenos días, amigo! ¡Que Dios te dé una buena mañana!
—Nunca me la ha enviado mala el buen Dios—, le contestó el pordiosero.
—Pues que Él te conceda un buen humor.
—No he conocido otro en mi vida.
—¿Posees, pues, la dicha perfecta?
—Jamás he sido desgraciado.
—¿Y salud?
—Tengo la que quiero.
Extrañado Taulero por las respuestas del miserable que cubierto de harapos manifestaba ser el hombre más contento del mundo, continuó:
—¿Cómo puede ser esto?
Y contestó su interlocutor:
—Es muy sencillo. Que tenga hambre o que tenga sed, que haga calor o que haga frío, en lo próspero y en lo adverso, no quiero sino lo que quiere Dios, viviendo en Él y conformando mi voluntad con la suya. De esta manera mi alma está en reposo y mi vida transcurre en una incesante acción de gracias.
Maravillado el dominico, prosiguió:
—Pues bien, contesta a lo que voy a decirte. ¿Qué dirías si la voluntad del Dios de majestad tuviera a bien arrojarte al infierno?
—¿En el infierno? ¿En el infierno decís? ¡Oh! Si así obrara el buen Dios, cuento con dos brazos con los cuales le estrecharía: uno es el brazo de la humanidad, merced al cual puedo asirme a su humanidad santísima; otro —es, a saber, el derecho— es el brazo de mi amor que me permite asirme a su misma divinidad. Le estrecharía con tal fuerza que se vería obligado a bajar conmigo a dondequiera que yo fuese. Y en todas partes sería feliz, ya que vale más estar con Dios en el infierno que sin Él en el cielo.
Oyéndole expresarse de esta suerte le preguntó el célebre teólogo estupefacto:
—¿Quién eres pues?
—Soy un rey—, le respondió el mendigo.
—¿Y dónde se halla tu reino?
—Dentro de mi alma.
Ocho años hacía que Juan Taulero suplicaba a Dios que le hiciera encontrar un hombre que le mostrara el camino de la sabiduría imperturbable y del reposo verdadero. Y el cielo le había conducido a la escuela de la humilde y dulce resignación del pobre que pedía limosna a la puerta de la iglesia donde se desarrolló este diálogo y que le resolvió el problema que se había planteado.
La Ataraxia o suprema sabiduría, para el sabio, el hombre perfecto, se encontraría, según los filósofos antiguos (griegos y romanos), cuando se lograra situar el alma y la vida en las serenas alturas en que se encontraran el reposo y la quietud del alma.
Y eso que no conseguían los paganos lo consiguió un mendigo cristiano, que quiso en todo ajustarse a la voluntad de Dios.
Su ejemplo es digno de imitación.
Arturo Fosar Bayarri
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