Índice del número 148

Mayo de 1933. Año 14. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm

El mes de María

Mayo

Mayo es un libro precioso, cuyas hojas las escriben las flores con sus perfumes y colores, las aves con sus cantos, los seres con sus amores, las almas con sus virtudes. Mayo es el joven, inteligente y simpático maestro del optimismo sano, de la virtud amable y del amor hermoso. Dios nos envía este librito de treinta y tantas páginas, que llamamos Mayo, en un canastillo de flores, entre el concierto arrullador de las aves. Hay una canción que así dice:

En alas del céfiro
ya Mayo ha venido
de violas ceñido
claveles y azahar.

Mayo llegó en alas del céfiro, de ese airecito suave como las brisas que vienen del mar, en los días calurosos del verano, hacia el mediodía, cuando nuestros cuerpos hierven de fuego y de calor, y que nos refrescan cariñosamente unos instantes. Céfiro perfumado que nos llega con Mayo de los jardines en flor, cargado de esencias de rosa, de claveles, de azahar... de ilusión, sacudiendo las fibras más dormidas, haciéndonos bogar por regiones de ensueños, en alas...

María

Y vino Mayo volando, en alas del céfiro ¿para qué? Las letrillas que he nos apuntado nos lo dicen:

Tributo a María
llevó de su mano
y el pie soberano
se postró a besar.

Mayo, el galán de los amores Marianos, bello, rico y alegre, lleno de luz y perfumes, que nos seduce con el aroma de sus jardines en flor; con el canto de sus aves, parlanchinas y gárrulas, que no saben callar ni aun de noche; que nos llama con provocativa insistencia con el repiquetear y voltear de las campanas de la ermita, de la iglesia, del monasterio... Mayo, ese galán mariano, nos tiende, con un gesto galante, su mano para conducirnos a los pies de su Señora, la Virgen María, y ofrecerle el rendido homenaje de nuestros afectos, de nuestro cariño, de nuestra libertad.

La belleza de esa Virgen, a la que no se puede mirar sin cerrar los ojos para verla mejor, porque nuestras pupilas, rasgadas y grandes como un mar azul y sin límites no son bastante para retratarla; la hermosura de esa Esposa, a la que, en el Cantar de los Cantares, el Espíritu Santo llama: Tota Pulchra; Toda Hermosa... nos cautiva, nos retiene a sus pies, hechizados, cautivos, absortos, arrobados...

A Mayo:

Belleza tan mágica
le dejó hechizado
y en monte y en prado
la intenta copiar;
en vano, que copia
fiel de ese modelo
ni aun en el cielo
se puede encontrar.

De las manos de Mayo vayamos todos a los pies de María. Digámosla con cantos en la garganta y suspiros en el corazón:

Flores, flores, Virgen pura,
viene a darte el alma mía,
flores, flores, ¡oh María!,
y con las flores mi amor.

¡Oh! qué gozo tierna madre
siento en mí, qué gran contento
enajena el pensamiento
y entusiasma el corazón.

Cuando estoy en tu presencia
soy tan feliz, madre mía,
que olvido con alegría
de mi destierro el dolor.

Nunca más felices que con María, jamás tan dichosos que con la posesión de su amor. El amor de María es la brisa que nos da vida en los días sofocantes de la tentación, cuando el demonio pone brasas en nuestro cuerpo, brasas de fuego que nos encienden en concupiscencias y en malos deseos, en torpes pensamientos. Viene Mayo, y nos llega en alas del amor de María, que es el aura, el soplo perfumado de los jardines del cielo, cuajados de flores de virtud y santidad, la brisa fresca y benéfica, que nos refresca espiritualmente y apaga esa hoguera que el diablo enciende de continuo en el cenicero de nuestro corazón.

Abramos el jardín de nuestros afectos a estas auras y céfiros del cielo, que son el amor de María, para que sature de virtud los maceteros de nuestros buenos deseos.

En Mayo todo canta y todo canta a María. Cantémosla, y digámosla que nuestro corazón para Ella, no sólo es la jaula de un ruiseñor, sino un nido de ellos:

De mi ensueño los colores
hermosos colores son;
un nido de ruiseñores
gorjea en mi corazón.

Fr. Juan Alventosa García, ofm

Afectos a la Madre de Dios en el mes de Mayo

Como preludio y ensayo
de celestial melodía,
cantarte quiero, María,
en todo este mes de Mayo,
las «flores» del alma mía.

De Cadés airosa Palma,
bellísima Nazarena,
haz que siempre sea mi alma
humilde violeta, buena
y cual cándida azucena.

Es el mundo un erial
donde, erizado de abrojos,
nace y crece todo mal;
mas, si me miran tus ojos,
tendré vida celestial.

Amarte quiero, Señora,
durante toda mi vida,
y si este mi amor de ahora
crece siempre sin medida
mi dicha será cumplida.

¡Oh, si cual dichoso ensayo
de celestial melodía
estas «flores», oh María,
en todo este mes de Mayo
te cantara el alma mía!

Fr. Juan de Dios Sala, ofm

El Catolicismo

Al proclamar la Revolución Francesa la libre concurrencia en el mercado y negar la libertad de asociación, como era consecuente, el cuerpo social experimentó los electos desastrosos de tamaño desvarío. Se abrió un abismo profundo entre el capital y el trabajo, que todavía no se ha llenado; y comenzó y ha ido progresando hasta nuestros días la era del hambre, de los sufrimientos y de la desesperación para los proletarios.

No podía ser de otro modo: arrojados los hombres a la liza para que cada uno, desamparado de toda ley, luchase por la vida sólo con sus fuerzas y particulares arbitrios, era lógico que venciese en el combate el más fuerte, el más sano, el más astuto, el más listo, el más ambicioso, el más inhumano, y que, en camino, sucumbiese el débil, el niño, la mujer, el anciano, el inválido, el hombre tímido, confiado y sin malicia.

Las consecuencias de este proceder, inevitables y ruinosas, brotaron como por castigo: un malestar social sin precedentes; el trabajo, esclavo del capital; el capital, tirano del trabajo; los ricos ambiciosos, en la opulencia; los proletarios, en la desesperación.

Surge, entonces, fatalmente, un movimiento de insurrección, provocado por la miseria de unos y el egoísmo insaciable de otros, con tan desdichada fortuna, que en vez de apoyar su causa en los principios eternos de la verdad, de la justicia y de la equidad, según la doctrina revelada por boca de Jesucristo, se valieron de la sabiduría humana, errando por este motivo y apartándose, en consecuencia, de la verdad, de la justicia, de la equidad y del bien.

Empiezan a propagarse y a cosechar adeptos las ideas de que sólo la materia es el eje de la Historia, sólo la materia influye en los destinos del hombre, sólo existe una vida, la material y sensible, y por tanto, no existe vida futura, dichosa ni desventurada. Sólo existe lo presente, y del presente hay que gozar, so pena de quedarse sin lo presente y sin lo venidero, que es un fantasma sin consistencia. Luego el hombre no es un ser racional y divino, sino un ente sensible que se desvanece como los animales y las plantas; luego carece de espíritu, de racionalidad; luego la libertad es un mito y la fatalidad o el determinismo impera.

Desorientadas las conciencias, irritados los ánimos, oscurecidos los principios evangélicos y sin norte a donde fijar sus miradas los sabios de las cinco partes del mundo, se alzó un clamor persistente cuyos ecos penetraron en el corazón dilatado del providencial León XIII, quien, levantando en sus manos impolutas el haz de luz del Santo Evangelio, alumbró con sus destellos divinos el caos en que se había sumergido la Humanidad.

Los problemas graves y de trascendencia, que oprimían con el peso de su oscuridad la psiquis humana, recibieron de aquel poderoso luminar los más claros esplendores. El socialismo y el comunismo fueron sabiamente explicados y anatematizados en su encíclica Quad Apostolici muneris; el origen y la extensión del poder civil y político, quedaron bien explanados en su carta apostólica Diuturnum illud; la constitución cristiana de los Estados, se expone en las páginas magistrales de su Inmortale Dei; la defensa de la libertad y exposición de su verdadero alcance, se halla en su carta encíclica Libertas; y el significado y fundamento de la Democracia Cristiana, en la que comienza con las palabras Grave de Communi

En estos documentos, rebosantes de sabiduría y prudencia, se resume sucinta y claramente el sentir cristiano sobre los problemas que más agitan y conturban los espíritus en la época moderna. Cuantos quieran conocer las enseñanzas de la Iglesia en orden a estas cuestiones, deben acudir a la fuente, a las Letras Apostólicas, que contienen las doctrinas oficiales del Catolicismo.

No hacerlo así, corno no lo hacen muchos de los escritores y charlatanes izquierdistas, es signo de mala fe o de bochornosa incompetencia. La verdad se bebe en el manantial y no en los arroyos.

Pero cuando León XIII planteó y resolvió la pavorosa cuestión social, su corazonada fue mayor y su visión del mundo moderno más amplia, verídica, generosa y justa. Su manifiesto, contenido en su famosa Rerum Novarum, parece extraído gota a gota de las fibras más secretas y vivas del Corazón de Dios; o bien pudiéramos decir que es el Corazón exprimido de Jesucristo para que beban su sangre de dulzura y de paz los fieles cristianos, los obreros y los proletarios que tienen hambre y sed de justicia, la Humanidad entera.

A la Rerum Novarum se le han tributado los honores de carta magna de los derechos del trabajador; lo es en verdad, pero más acertadamente fue calificada por el economista insigne Leroy Beaulieu, cuando, con soberano instinto, la definió al decir: "Es el beso de Cristo a sus pobres".

Después, los Romanos Pontífices, unos en pos de otros, no han cesado de recordar y ampliar las doctrinas de León XIII, hasta que, con motivo de conmemorarse el año cuadragésimo de la publicación de la Rerum Novarum, Pío XI, en su carta encíclica que trata de la restauración del orden social en perfecta conformidad con la ley evangélica, ha echado el sello a la cuestión del día, a la cuestión social, que parece culmina en los momentos actuales.

Ambos escritos, Rerum Novarum y Quadragesimo Anno, hermanos gemelos nacidos de un mismo espíritu, son el código vigente de amplísima justicia, equidad y vindicación de los derechos del hombre, conculcados cínicamente por la Revolución Francesa primero, y después por el Socialismo y su dilatada progenie (comunismo, anarquismo, sindicalismo, reformismo, etc.), debieran estar en manos de todos los hombres, para leerlos, meditarlos y aplicarlos a la vida, seguros de hallar en ellos el más sólido apoyo para la defensa de todo derecho, reconocimiento de toda obligación y concordia perpetua de todas las voluntades.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

A la juventud antoniana

 Las cosas espirituales perdidas

Mis queridos Antonianos: Os hablaba en nuestra conferencia anterior, del modo como debemos celebrar y santificar el presente Año Santo y Jubileo extraordinario, que el Soberano Pontífice Pío XI acaba de conceder a todo el orbe católico, y que se ha inaugurado ya, con el fin de que sean una consoladora realidad los augurios de paz, de prosperidad, de orden y de toda suerte de bienes, del mismo Santísimo Padre.

Y vamos ahora a continuar hablando del mismo asunto, por la grandísima importancia que tiene para cada uno de nosotros, en particular, para nuestra España y para la sociedad entera.

Confía el Sumo Pontífice que al levantar los ojos al cielo todos los católicos del mundo, los han de volver a la tierra purificados y mejorados, alcanzando copiosas bendiciones, aún sobre las mismas cosas terrenas. La abundancia de las oraciones, súplicas y plegarias, como también de las expiaciones y penitencias que en todo el mundo se ofrecerán al Divino Redentor, deberán sin duda convertirse en benéfica lluvia celestial de gracias extraordinarias que han de inundar toda la tierra.

Y quiere el Sumo Pontífice que imploremos especialmente la misericordia del Señor, pidiéndole, con insistencia y fervor, que cure las heridas que se han inferido a la Iglesia y a la conciencia religiosa de los fieles, como sucede en Rusia, en Méjico, en Yugoeslavia, y, es doloroso decirlo, en la misma España, donde un miserable puñado de hombres ha arrancado a esta noble nación la corona de su mayor gloria y de sus más gloriosas tradiciones.

Se trata también de pedir pan y trabajo para tantos millones de obreros, náufragos de una civilización mecánica, apartada de Dios: se trata de pedir paz y justicia social, paz y concordia cristiana entre las naciones, a fin de que el enemigo de la civilización cristiana, que desde Rusia ha penetrado ya en todos los países, no nos lleve de nuevo a las ferocidades de la guerra y de la barbarie.

He aquí, mis queridos Antonianos, los sublimes objetivos del Año Santo. No pueden ser más vastos y completos los deseos del Soberano Pontífice; todo lo abarcan, lo material y lo espiritual, lo temporal y lo eterno, lo del cielo y lo de la tierra, lo del alma y lo del cuerpo, es decir, todas las aspiraciones más nobles y legítimas que deben llenar el corazón humano.

Y todo esto lo desea nuestro Santísimo Padre y ruega encarecidamente a todos los católicos que lo pidan al Señor, sin miras políticas de ninguna clase, sin partidismos ni nacionalismos, sino para todos los hombres en general, para todas las naciones, para la sociedad entera.

¿Quién intentará oponerse a estas ansias paternales del que verdaderamente es Padre común de todos los hombres?

Y nosotros, mis queridos Antonianos, tenemos un medio poderoso para impetrar del cielo todos estos beneficios que ansia el Romano Pontífice; y este medio es la valiosa intercesión de nuestro Patrón San Antonio, el gran Taumaturgo Paduano, el Santo de todo el mundo, como con frase feliz, fue llamado por el Papa León XIII.

San Antonio de Padua, con sus innumerables milagros, ha socorrido siempre, y continúa socorriendo hoy, toda clase de necesidades que aquejan a la Humanidad. El ha obtenido del Omnipotente, millares de veces, vista para los ciegos, oído para los sordos, habla para los raudos, movimiento para los paralíticos y vida para los muertos. Él ha desterrado la necesidad y la miseria de las casas pobres, ha puesto paz en familias enguerradas, y ha hecho recuperar las cosas perdidas, no sólo materiales sino también espirituales, especialmente la gracia divina, ayudando a la conversión de millares de pecadores.

Bien claramente lo expresa su popular Responsorio que se repite en todas partes y a toda hora, siempre que se quiere alcanzar alguna gracia especial por sus devotos.

No despreciemos, pues, un medio tan eficaz para obtener del cielo las múltiples gracias y bendiciones que desea el Sumo Pontífice en este Año Santo.

Y empecemos nosotros a ponernos en las debidas condiciones para alcanzar tantas gracias, en primer lugar para nuestras almas, y luego para nuestras casas y familias, y de un modo especial para toda nuestra España, para quien pide paternalmente nuestro Santísimo Padre la paz completa, la tranquilidad, el orden, el progreso material y espiritual, y la verdadera libertad para los individuos, para las Asociaciones religiosas y para toda la Iglesia, como de derecho le es debida, en todo lugar y tiempo, por ser la sociedad más perfecta y completa, y, por su fin último, superior a todas las demás sociedades

Fr. Juan B. Botet, ofm

El baile según Selgás

Baile, en general, es una serie de movimientos personales que empiezan en el rigodón, que es una necedad, y acaban en el vals, que es una locura.

Bailar es hacer en presencia de mucha gente lo que no hacemos nunca cuando estamos solos por no reirnos de nosotros mismos. Es un viaje rapidísimo alrededor de infinitos peligros para la inocencia, para el pudor y para la honestidad.

¡Un vals! He aquí una palabra que todo lo excusa. ¡Como si en un vals la cintura no fuera cintura, ni el brazo brazo, ni la mano mano!

El fuego santo de los griegos

Este artículo, remitido desde Jerusalén, no pudo publicarse en el número del mes de Abril por haber llegado a nuestras manos después de la confección del mismo.

El fuego, considerado por muchos pueblos primitivos como un ser divino o al menos como un símbolo de la divinidad, ocupó un lugar eminente en el ritual de casi todas las religiones. Ni faltó en la hebrea, ni menos en la cristiana. En cuanto a la primera, baste recordar la disposición del mismo Dios, registrada en el Levítico, que el fuego debía arder siempre sobre el altar del Tabernáculo y del Templo, encargando severamente a los sacerdotes que no se extinguiese jamás. Respecto a la liturgia cristiana, ¿quién no sabe que en el ritual lucernario de origen jerosolimitano y celebrado con extraordinaria pompa en el siglo IV, la luz y el fuego tenían una parte muy principal? Y ¿quién no asiste con el espíritu emocionado, a la Vigilia de Pascua, a la bendición del fuego en la puerta de la Iglesia, al canto repetido tres veces del Lumen Christi, y a la ceremonia del Praeconium Paschale o Lauscerei como decían los antiguos?

Que los ritos litúrgicos, como todo cuanto pasa por las manos de los hombres, hayan estado sujetos a pías exageraciones aparece claro en la historia de la liturgia. Falta recordar las diatribas del cáustico San Jerónimo, en ocasión que un Diácono pidió al anciano Doctor le compusiese una Lauscerei para cantarla en la Vigilia de Pascua. La respuesta fue una solemne paternal contra el abuso de muchos diáconos que en el Lauscerei habían llegado a conmemorar junto con las abejas y la cera los floridos prados de las geórgicas de Virgilio.

Sin embargo, donde el abuso ha llegado al extremo es en la carnavalesca ceremonia que los griegos y los otros cismáticos celebran el Sábado Santo, y que se conoce en el mundo entero con el nombre de Fuego santo de los Griegos, y que, con más propiedad debiera llamarse fuego diabólico.

No esperen los devotos y cultos lectores de Tierra Santa una descripción detallada de semejante ceremonia que anualmente tiene lugar en la Basílica del Santo Sepulcro. Hacerlo con todos sus pormenores sería hacer espectadores a personas de elevado espíritu religioso de las bacanales de Roma pagana o de las impúdicas fiestas con las que se festejaba a la infame Venus. Tal era, al menos hasta hace pocos años, la ceremonia del Fuego Santo, la cual, con frecuencia, tenía un fin trágico, como en el año 1834, que costó la vida a 169 personas, si no fueron 400, como afirma el Padre Meistermann en su Guía de Palestina. Si alguien me cree exagerado lea las relaciones de fidedignos testimonios oculares, v. g., la del franciscano Padre Da Perinaldo, que escribió a mediados del siglo pasado.

Yo, por mi parte sólo diré que:

1.° Esta función la celebran todos los años los griegos, acompañados de los otros cismáticos, el Sábado Santo en el Santo Sepulcro, viniendo a ser la ceremonia culminante de sus ritos de la Semana Santa.

2.° Que el objeto de la misma es continuar engañando con miras de lucro a la turba supersticiosa, formada de griegos, armenios, coptas y abisinios, sin faltar el elemento musulmán, haciéndoles creer que baja el fuego del cielo. Todo esto se entiende en obsequio del dios mamona, pues se sabe que en mejores tiempos los dirigentes de la ceremonia hacían su agosto en el Sábado Santo.

3.° Que todavía en la actualidad, estando a la realidad de las cosas, el fuego santo de los Griegos puede muy bien considerarse como la más grotesca sofisticación del fuego santo de Pascua y como una orgía religiosa, celebrada en el lugar más santo de la tierra...

Para satisfacer la curiosidad de los lectores me permito reproducir algunos párrafos de la descripción de la ceremonia del fuego santo, que hace un escritor moderno, digno de toda fe, por ser testigo ocular, y por llamarse Jorgensen, que la presenció el año 1924:

"El fuego santo no es ya una cosa como la que era en los tiempos pasados—me decía un viejo jerosolimitano—. Antaño, materialmente hablando, toda la Iglesia del Santo Sepulcro parecía una pura llama. Entonces, para los espectadores de arriba, es decir, de las galerías, era contemplar un infierno...

"Ya el Jueves y Viernes Santo han llegado innumerables peregrinos griegos, que se han instalado en la Iglesia Han venido con tapices y almohadones, con batería de cocina y otros utensilios domésticos, incluso con el trebejo que suele tener su sitio en la mesa de noche, Han llegado con sus mujeres e hijos, con viejas tías y aun más viejas abuelas, y han acampado alrededor de la Capilla del Sepulcro de Cristo. Allí han cocido y bebido durante el día; allí se han acostado y dormido durante la noche; las madres han dado la teta a sus niños, y por doquiera se ven esparcidos papeles grasientos, mondas de naranjas, cáscaras de huevos duros. La noche del Viernes Santo era punto menos que imposible hallar un sitio donde poner los pies en la gran rotonda que rodea el Santo Sepulcro, pues las losas estaban cubiertas de lechos y dormidos...

"El caso es que los griegos creen en el origen milagroso del fuego de Pascua. Los Patriarcas griego y armenio se encierran en la capilla del Santo Sepulcro donde pasan un rato más o menos largo en oración. Y como respuesta a sus plegarias, ocurre, según creencia popular, como un prodigio celestial, que se enciende el fuego entre sus manos, y ellos después, a través de un ventanillo ovalado del muro de la Capilla, transmiten el fuego a los fieles congregados fuera, rezando y cantando. El milagro sucede siempre unas veces más pronto y otras después de transcurrido un tiempo más largo...

"En la apretada muchedumbre se han formado grupos de danzarines, y finalmente, toda la rotonda queda cubierta de una enorme masa de humanidad que canta, baila y vocifera. Un joven, vestido a la europea, es agarrado por la garganta por una partida de musulmanes; en un abrir y cerrar de ojos le arrancan el cuello de la camisa, le desgarran los vestidos, y él se defiende dando puñetazos en las exasperadas caras que le rodean gritando y aúllando. Pero es uno solo contra muchos... Probablemente es un judío, que se ha colado subrepticiamente y de quien los mahometanos quieren desembarazarse...

"Se entona un cántico robusto y bello, un viejo himno griego: "Señor, danos la luz..." La procesión da la vuelta una vez, dos veces, tres veces. Luego se detienen todos delante de la entrada del Santo Sepulcro. Los dos altos dignatarios (Patriarcas griego y armenio) se saludan mutuamente y luego desaparecen juntos en la Capilla del Sepulcro... De pronto veo a un sacerdote griego que se dirige por entre la muchedumbre hacia el ventanillo. Le cuesta infinito esfuerzo abrirse paso, de tan apretada como está la gente. Casi le han despojado de sus ornamentos antes de llegar- Pero llega..., y ¡súbitamente aparace el fuego!

"El fuego está allí. ¡Está allí!... El sacerdote lo lleva, llameando, en un cesto de hierro. Lo lleva en las manos levantadas, corre con él por entre la muchedumbre y se precipita hacia el viejo arzobispo armenio, que está sentado en su tribuna del primer piso y tiene derecho a ser el primero. Pero por el ventanillo sigue saliendo fuego; el hombre del brazo desnudo, sigue sacando fuego constantemente. Los que están más cerca son los primeros en encender sus velas, sus antorchas. Unos segundos más, y el fuego se ha corrido por toda la multitud del suelo de la rotonda; se ha propagado a las galerías, donde el viejo arzobispo está sentado con su gruesa vela encendida y llega hasta los últimos espectadores de la cúpula.

Las velas bajadas se encienden y se levantan, y un gran manojo en llamas pasa por mi mismo lado. Toda la inmensa cúpula se convierte muy pronto en un mar rojo de fuego y de humo... Como locas suenan las innumerables campanillas griegas en torno de la Iglesia, y arriba, en la torre, atruena y retumba la enorme campana de los griegos... El pueblo se disputa el fuego, y muchos se pasan la llama por la cara, como si se quisieran lavar con ella; todos gritan, berrean, vociferan, aúllan, silban, rugen..."

Lector piadoso, y ¿no es esto una farsa carnavalesca? ¿No es una grotesca profanación del fuego santo de Pascua? ¿No merecería con más propiedad el calificativo de fuego diabólico?

Por algo de Roma ha venido la prohibición de tomar parte en semejante ceremonia y de presenciarla al menos con carácter oficial.

Fr. León Villuendas, ofm