Índice del número 96

Junio de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm
Número extraordinario dedicado a San Antonio

Dedicatoria

Al gran taumaturgo Paduano, al Santo de los Milagros y Santo de todo el mundo, al Amigo íntimo del Niño Jesús, Hijo predilecto del Patriarca San Francisco, Arca del Testamento, Lámpara del Santuario, Maestro de la Ciencia Mística, Lector de Sagrada Teología, Martillo de los herejes, Padre de los pobres, Lirio de pureza, Venero inagotable de poesía, Glorioso San Antonio de Padua, dedica este número de "Acción Antoniana" pidiéndole una bendición copiosa, en el día de su fiesta principal, para todos sus colaboradores, suscriptores, lectores, protectores y devotos.

La Dirección

Ecos del corazón

El Record Antoniano

Se aproxima la festividad de San Antonio; el día más feliz para mi, de todo el año... Me honro, me enorgullezco y me complazco siempre que la ocasión me permite manifestar la devoción, el amor y el entusiasmo que siento por el Santo de los milagros; ahora sí que creo que vas a obrar uno en favor de tu constante devota; voy a ponerte en un grave aprieto...

Antes de enviarme Dios esta traidora enfermedad y era yo muy niña, ya tu devoción, Santo querido, embargaba todo mi ser; y con la ilusión y la dicha que produce una manifestación de afecto al ser amado, me propuse bordar por mis propias manos un mantel con tu imagen en el centro, para el comulgatorio que se ostenta en tu altar, pero la voluntad no fue de acuerdo con mis fuerzas: apenas conseguí bordar un pedazo, cuando la enfermedad me hizo sucumbir en mi empresa y aquí me tienes, mi amadísimo San Antonio, sufriendo lo que después de Dios, tu y yo sabemos. En vista, pues, de lo que permaneces indiferente a mi constante y lógica petición tanto tiempo, he resuelto me terminasen el mantel ante el cariz de no tener esperanza de curación próxima en mi penosa dolencia... Para resarcirme de esta contrariedad, tengo el sublime deseo que espero conseguir por mediación tuya, Santo querido, de recibir al Dios de la Eucaristía ostentando sobre mi pecho el referido mantel. ¡De donde ni como hubiese creído ni sospechado siquiera, que yo seria la primera que lo usaría en el Sagrado Banquete!... ¡Qué feliz idea! ¡Qué recompensa tan celestial y tan Divina!

Y tú, al ver mi buena voluntad me corresponderás generosamente al recordar al propio tiempo, como allí mis manos, puras y angelicales por los pocos años que contaba de existencia, se esforzaron por ofrecerte un obsequio que aunque exento de valor material, rico no obstante de buenos deseos, sincero afecto y de inmenso amor hacia ti, Santo mío; ya vos, bien lo sabéis todo esto: así es, que cuando contemples ese mantel durante el Novenario con que anualmente obsequiamos todos los antonianos, te recordará que ya en mi tierna infancia eras mi Santo predilecto... y el presente año... ¡en qué compromiso te vas a ver! No tienes mas remedio que darme la salud si me conviene y que hace tiempo anhelo; yo así lo espero: ¿cómo no, si sois el consuelo, la salud y la vida del cuerpo que está enfermo? Viviendo con este plácido optimismo aparto y no dejo anidar la tristeza y el desconsuelo. ¡Tengo fe! y esta fe tan invencible e inquebrantable que tantas veces resistió los embates de fatalidad, de la impaciencia y de la desesperación que son hijas de la indiferencia y de la incredulidad, una vez más, es preciso que venza; dispuesta estoy a ello. Me propuse batir el record piadoso y voy a demostrarte que sí lo he conseguido...

Sé, que no dudas de mí, Santo Paduano, pues la manifestación constante no se finge, porque lo que hay en el corazón puede tenerse encerrado durante un corto espacio de tiempo, pero cuando dura años y años, por fuera rompe los hierros de su cárcel y sale a la superficie.

¿Qué más diré en loor tuyo, Santo querido? ¿Qué más?... Que es mucho lo que te quiero, te he querido siempre y te querré; y que este cariño, afecto y veneración elevados a la enésima potencia, son el bálsamo que tiene la virtud de dulcificar los momentos más amargos de mi vida.

Sin tu protección no es posible que esta prueba a que Dios me somete tan grande, penosa y sensible, saliese de ella victoriosa, pues la paciencia y la resignación máxime en la mejor edad de la vida, es moneda de tan poca circulación, que todos la rechazan.

Yo, en ti fío toda mi esperanza, ¡Santo milagroso! sirviéndome de aliciente el pensar que en este siglo hambriento de campeonatos, que tanto se afanan y discuten por batir el record, yo también he triunfado... no en esgrima, fútbol, ni en boxeo como el vulgo persigue, sino que me honro siendo el campeón mundial del antonianismo... por fin he conseguido batir este record piadoso que ha tiempo aspiraba. ¡Bendito sea mi San Antonio, que así me corresponde y favorece!

Sólo me resta pedirte, una bendición especial en el día de tu festividad, para la que me dio el ser, mi madre querida, y para mí... de este modo curarán nuestros cuerpos en esta vida transitoria y falaz, y nuestras almas gozarán en el mundo dé la Verdad.

Lolita Marco Pandos,antoniana

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2. San Antonio predica a los peces y convierte a los herejes. José Benlliure. Valencia.

 

San Antonio y la Sagrada Escritura

De Mandach, en su obra sobre San Antonio y el arte italiano (1), reproduce una pintura al fresco del Oratorio de Camposampiero, arca de Padua, en la que se representa al gran Taumaturgo postrado ante el Sumo Pontífice, que le bendice, mientras le llama Arca del Testamento.

Recuerda este cuadro el célebre discurso, que, (según importantes documentos, entre los cuales la Seggenda prima de Tomás de Pavía), tuvo S. Antonio en la Curia Romana, causando la admiración de los Cardenales y del Papa Gregorio IX,que le tributó el mencionado elogio (2).

La frase del Pontífice: Arca del Testamento, canonizada hoy como auténtica por la mayor parte de los críticos, sintetiza las pocas líneas de este artículo, sencillo esbozo de lo mucho que pudiera decirse sobre S. Antonio y la Escritura.

El franciscano P. Juan De La Haye, al editar los escritos de San Antonio (3), dio cabida en la edición a dos de carácter netamente escriturístico: Interpretatio mystica in Sacram Scripturam: Concordantiae morales sacrorum librorum.

La primera difícilmente puede considerarse como obra original del Santo, ya que no se encuentra argumento alguno extrínseco que abogue en su favor. La mayor parte de los críticos, entre los cuales el mismo De La Haye, que la encontró en un manuscrito del convento franciscano de Mirecourt, sostienen ser una colección de sentencias entresacadas de los escritos de San Antonio, llevada a cabo por un autor desconocido. Así opina también Levesque (4).

La segunda: Concordantiae morales sacrorum librorum, que nuestro célebre analista Wadingo descubrió en un antiquísimo códice del convento aracelitano de Roma es ciertamente obra de S. Antonio según los testimonios fidedignos de la crítica (5), y se divide en cinco libros: en el 1.° se trata del pecado: en el 2.° de la conversión: en el 3.° del combate espiritual: en el 4.° de la perfección: en el 5.° el argumento es vario. En cada uno de los mencionados libros, las sentencias de la Sagrada Escritura, relacionadas con las respectivas materias, son catalogadas en diversas categorías.

Bien que tan diversas estas concordancias antonianas de las concordancias hoy en uso, son muy interesantes a la vez que útiles; y mientras el escritor Salvaguini (5) admira su grandiosidad, Wadingo, al dedicar su publicación a Urbano VIII, las califica de ingeniosas: "Opus sane ingeniosum hominis versatissimi in sacris bibliis, quem proinde Gregorius IX appellavit arcam Testamenti".

El valioso testimonio del analista franciscano, a la vez que encomia las concordancias antonianas, afirma que nuestro Santo era muy versado en las divinas Escrituras, razón por la cual mereció el elogio del Pontífice.

En efecto, basta ojear a la ligera los sermones (6) del gran predicador S. Antonio para convencerse de que la Biblia le era muy familiar. Ciertamente la leyó repetidas veces hasta casi aprenderla de memoria. Los hechos históricos, las profecías, los cánticos, las parábolas, los ejemplos bíblicos, los había asimilado. La Sagrada Escritura era el libro de sus libros, la sangre de sus venas, la idea de su entendimiento como dice un escritor moderno (7), hasta punto tal, que en toda circunstancia y para todo argumento disponía de sentencias escriturísticas, que aplicaba con gracia especial.

Son frecuentes las citas de los Libros Santos, hechas tan oportunamente y con tal vivacidad que dan a entender, lo bien que los poseía.

Por lo demás, el mismo Santo había cimentado su predicación sobre una norma, que jamás debieran olvidar los llamados al ministerio apostólico. «La predicación, dice S. Antonio (8), debe basarse sobre el Viejo y el Nuevo Testamento, que vienen a ser como el palo y la cuerda del arco victorioso, del que habla la Escritura, hacia el fin del Génesis».

Juan Rigauld (9), escribe de San Antonio: «Antonio tromba de la ley mosaica, eco de los Profetas, voz de los Apóstoles, heraldo del Evangelio... abrió sus labios en medio de las muchedumbres, lleno del espíritu de sabiduría y de inteligencia». Estas palabras dan a entender que el carácter de la predicación del Santo era prevalentemente escriturístico.

Conviene notar que nuestro Santo siguiendo en parte la corriente de su época, y valiéndose de cierta libertad que lícitamente se atribuye el orador, no atendió tanto a hacer resaltar el sentido literal y propio de los textos escriturísticos, cuanto a buscar la interpretación moral, para llegar a las aplicaciones prácticas.

Termino con las palabras del Chérance (10) que, ni escritas para el tema de nuestras cuartillas: «San Antonio abría la Biblia con el respeto de una Santa Cecilia, con la fe de un San Agustín, con la pasión de un San Jerónimo. En ella, del Génesis al Apocalipsis, todo le habla de un Dios de amor, que abajados los cielos, ha llegado hasta nosotros: todo canta sus grandezas y perfecciones, y bajo esta impresión, sus comentarios vienen a ser lira armoniosa, que entona admirables himnos al Verbo Encarnado».

Fr. León Villuendas, ofm
Roma, 8 Mayo 1928.

(1) Saint'Antoine de Padoue et l'art italien etc. París, Lib. Franciscaine 1899; página 283.
(2) Facchinetti «Antonio di Padova» Mil no 1925; página 403.
(3) París, 1641.
(4) Dictionnaire di la Bible de Vigouroux, Vol. I col. 709.
(5) Sant' Antonio da Padove e i suoi tempi, 1886; página 222.
(6) Entre las varias ediciones de los sermones de San Antonio la mejor es la de Locatelli, «San Antonii Patavini taumaturgi incliti Sermones dominicales et in solemnitatibus, etc». Padova, 1895.
(7) Da Gaiole «L' Apostolado di S. Francesco e dei Francescani» pág 327.
(8) Sermo in Dominica II p. Pascham: ed Locatelli, página 145.
(9) La vie de S. Antoine.
(10) Saint Antoine de Padoue d' aprés les documents primitifs, Paris, 1908, página 180.

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3. Francisco se aparece a un religioso mientras san Antonio predica. José Benlliure

El Santo universal

Dicen que...

¿Cómo es eso, santo mío,
que a tus plantas siempre hay,
tantos pobres, tanto enfermo,
que té aclaman sin cesar?

Dicen que eres un portento,
taumaturgo sin igual,
que a los mudos das el habla,
y a los ciegos ojos das,
que a los mancos das el brazo,
y que al cojo haces andar.
Yo no sé qué cosas dicen...
Todavía dicen más:
dicen que el pobre en ti tiene
un apoyo singular,
que quien se acerca a ti triste
con alegría se va,
que quien pierde alguna cosa
sabe que la ha de encontrar,
sólo con que a ti se llegue

y te dé un cacho de pan,
para tantos pobrecitos
como has de alimentar.

Vaya cosa, bien graciosa.
todavía dicen más:
que el leproso, que el tullido,
si conviene sanarán,
que los muertos resucitan...
¡tantas cosas dicen ya!
y lo dicen los franceses
y en España y Portugal,
y en Italia, en toda Europa,
y todo el Mundo ¿por qué más?

Qué es eso, santo bendito,
¿tanto puede tu bondad?
para ti no hay excepciones.
Eres Santo Universal.

Fr. Juan Alventosa García, ofm

El milagro del Santísimo Sacramento

Uno de los dogmas de nuestra fe, más atacados y combatidos por los herejes en el siglo Xlll, fue el de la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía.

San Antonio recorría la Francia combatiendo la herejía, predicando el Evangelio y confirmando su doctrina con prodigios innumerables, que le merecieron después el glorioso título de Santo de los Milagros, con que es aclamado en todo el mundo.

Uno de estos prodigios fue el llamado Milagro del Santísimo Sacramento, que sirvió para convertir a muchos herejes e incrédulos.

Un hereje malicioso y pertinaz, llamado Bonello, a pesar de los argumentos y exhortaciones de San Antonio sobre este Misterio, se obstinaba en negar la real presencia del Cuerpo y Sangre del Divino Redentor en el Augusto Sacramento del Altar.

A toda alma fiel y creyente debe bastarle la palabra de Jesucristo, Verdad Eterna e infalible, rara creer esta verdad de nuestra Religión. Mas, el mencionado hereje se resistía a dar fe a la divina palabra y a las razones teológicas del Santo, diciendo, como otros tantos racionalistas de hoy:

«Yo no creo si no lo que veo; y no viendo con mis ojos mutación alguna en las especias de pan y vino de la misa, no creo en la real presencia de Jesucristo en la Eucaristía».

A estas palabras replicaba San Antonio; ¿«Es posible que el mahometano crea en la palabra de Mahoma, el filósofo en el testimonio de Aristóteles, y tú rehuses creer en la afirmación clara y terminante del Hijo de Dios»?

Mas, compadecido nuestro Santo de la ceguedad espiritual de aquel hereje y movido de celo por la salvación de su alma le habló en la siguiente forma: ¡«Oh hereje e incrédulo obstinado: ¿me prometes creer en el dogma de a Sagrada Eucaristía, si tu caballo se postra ante el verdadero Cuerpo de Jesucristo, oculto bajo las especias del pan y del vino»? A esta propuesta, respondió el hereje, lleno de orgullo y malicia satánica: conforme en lo que me dices, pero durante 3 días no daré pienso alguno a mi caballo: y después le conduciré a la plaza mayor de la ciudad, en presencia de numeroso público. A un lado del caballo colocaré avena tierna, y al otro pondréis vos la Hostia, que según vuestra fe, contiene el cuerpo del Hijo de Dios. Si mi caballo, despreciando el pienso, se postra ante la Hostia, confesaré yo el dogma de la Eucaristía y me convertiré al Catolicismo».

Aceptó San Antonio, inspirado por Dios, a lo que el hereje le proponía.

Se cumplió todo como se acababa de acordar: al cabo de tres días se presentaron en la plaza pública, el hereje con su caballo, y San Antonio llevando en sus manos la Sagrada Forma, ante un inmenso gentío que esperaba con ansia el resultado de aquella prueba.

Y dejando en libertad al animal para que se moviese hacia donde fuese de su agrado, con gran admiración de todos, y como si estuviese dotado de razón, se dirigió con paso lento hacia donde se hallaba San Antonio, despreciando el pienso que al otro lado se había puesto; y doblando sus rodillas e inclinando su cabeza, ante la Sagrada Forma, permaneció en aquella postura hasta que el Santo le hizo señal para que se levantara.

Al ver tal prodigio, todos quedaron asombrados, el hereje se sintió compungido interiormente, abrió los ojos de su alma, y creyó en el Misterio de la Eucaristía, convirtiéndose al Catolicismo, y con él muchos incrédulos.

En conmemoración de un hecho tan maravilloso, mandó erigir el hereje templo suntuoso, dedicado a San Pedro, en el mismo lugar donde había acontecido, en la ciudad de Bourges, en Francia.

Así nos lo refieren los historiadores Wadingo, el P. Cherancé, el P. Ghilardi, y otros autores.

Fr. Juan B. Botet, ofm

A los jóvenes antonianos

Salud, valientes soldados,
salud, invictos atletas,
que del Santo Paduano
enarboláis la bandera.

Bandera mil veces santa,
de hermoso y sagrado lema,
bajo la cual alistados
jóvenes mil hoy pelean.

Bandera la más preciada,
gloriosa y bendita enseña,
que en sólo unos cinco lustros
ha recorrido el planeta.

Bandera, sí, incomparable
que en todo el mundo ya ondea
cabe la no menos santa
del Serafín del Alverna.

Por doquier hoy se pregonan
vuestros triunfos y proezas,
valerosos Antonianos,
gloria y esperanza nuestra.

Nada en el mundo os espanta,
nada os fatiga ni arredra,
y solo al ver vuestro empuje
la impiedad recoge velas.

Combatidla sin descanso,
jamás queráis darle tregua,
que os ayuda con Antonio
María, la Madre excelsa.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm