Índice del número 129

Marzo de 1931. Año 12. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm

Cuaresma

Cuaresma... Nuestra sociedad toma esta palabra como un simple resto de tiempos pasados que sirve solamente para indicar una época del año; nada más. No es para ella una palabra que le incite a ordenarse según la idea que refleja; no es ya una palabra directriz; más bien, va dejando de ser de acción, para entrar en el número de esas que, cual símbolos hieráticos, sólo tienen valor para unos pocos, los iniciados...

Cuaresma... El hombre moderno oye que se le anuncia, y sigue impertérrito su marcha por la vertiginosa pendiente del progreso material. La majestuosa severidad, que la acompaña, no le impresiona, y menos le obliga a detenerse un momento, a hacer un alto y reflexionar un poco, para adquirir ideas regeneradoras que le eleven a un ambiente de más espiritualidad, de más luz, y también, más capaz para recibir y hermanar muchos corazones. No, el hombre moderno no se detiene ante el anuncio de la Cuaresma, sino que continua corriendo precipitadamente a la limitada, mezquina y egoísta conquista de la vida de 'os sentidos. Los cines, los bailes, los cafés,... todo ofrece la misma animación que en días normales; s¡no es que, por escarnio sacrílego, aumentan muchos la inmoralidad y desvergüenza.

Cuaresma...¡Triste es decirlo Palabra vacía de sentido para muchos, aun de aquellos que se precian de cristianos. Su voluntario y, por lo mismo, culpable alejamiento de la vida litúrgica, vida de la Iglesia, vida cristiana, les ha hecho olvidar hasta su lenguaje, y por eso, no saben lo que es la Cuaresma; menos aún procuran amoldar su vida a lo que en ella se prescribe.

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Al contacto de esta falsa realidad, el ánimo del creyente incauto corre peligro de ser invadido por un vértigo extraño, (como el que se siente cuando a uno le flaquea la base en que se apoya), cual s¡notara que se desvanecen sus creencias y que se desmoronan los pilares en que se apoya su vida práctica de cristiano.

Por lo mismo, para cimentar bien su vida y sus creencias, no debe fiarse del ambiente en que se encuentra, n¡debe respirarlo, n¡seguir sus impulsos; es un ambiente viciado y fementido; le engañará. Debe volver su mirada hacia atrás, a encontrar un ambiente más puro que le permita ver la verdad. Porque no hay que olvidar aquello que, muy atinadamente, hace observar el ilustre pensador inglés, Chesterton: El mundo moderno va descarriado, y el hombre de hoy, que en él se mueve, es muy parecido al caminante que, distraído, ha olvidado el lugar a donde se dirige y, so pena de sufrir fatal desenlace en su viaje, se ve precisado a volver atrás, a buscar la encrucijada del camino, y allí leer de nuevo, en el poste indicador, el lugar de su destino.

Así pues, también el creyente, s¡quiere saber el alcance y significado de la Cuaresma, no ha de fijarse en la práctica del mundo moderno; le engañará, pues en esto, como en muchas otras cosas, anda equivocado. Ha de volver atrás y preguntar a los antepasados.

Para éstos la Cuaresma era como el relicario en que depositaban sus sacrificios y sus generosos esfuerzos por significarse, y sus fuertes combates para dominar la materia. A su solo anuncio los pueblos en masa, como movidos por un resorte común, modificaban al punto el ritmo ordinario de su vida, y ésta sufría hondas trasformaciones en todos sus aspectos, sin que por ello se resintiera el verdadero progreso. Las diversiones mundanas, los espectáculos clamorosos, aun ciertas expansiones muy honestas, se suspendían. En cambio entraba en acción, para los que podían, el ayuno y la abstinencia, y para todos, una mayor intensidad de vida cristiana, un mayor recogimiento, muy favorable al hombre para sondear las llagas de su espíritu y preparar su reconciliación con Dios «Era la Cuaresma, escribe el Dr. Gomá, los grandes ejercicios espirituales que anualmente practicaba la humanidad para su renovación, para ofrecer al Divino Resucitado los frutos del recogimiento, que son la luz y la paz de las conciencias y la reforma de la vida»...

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Por fortuna, para los verdaderos hijos de la Iglesia, la Cuaresma continua Siendo todo eso. Para ellos es todavía lo que dice Harscouet, «una época tipo, Una época modelo de la vida cristiana». La mayor intensidad de vida litúrgica, que en ella se hace, les coloca en una presencia más clara de la Divinidad, y esto les obliga a llevar sus manos al pecho y golpearlo, bien para hacerlo salir de morboso letargo, bien para sacudir de él las impertinencias de afectos torcidos.

Verdad que la penitencia caracteriza este santo tiempo; pero no tiene por eso nada de triste, como cree el mundo. La penitencia purifica y liberta al espíritu: con las privaciones, que impone, corta las ataduras que impiden e éste volar; con las lágrimas lo limpia de las manchas que empañan su trasparencia; con los gemidos, que arranca del corazón contrito, disipa la densa nube que las pasiones levantan... Y el espíritu, limpio, libre de ataduras y en presencia de un ideal más claro... se levanta... vuela a regiones donde ya no tiene cabida n¡el llanto, n¡el dolor, n¡la muerte, n¡el error, porque todo es vida, luz, amor, felicidad. No es, pues, triste la penitencia cristiana; por eso el buen cristiano recibe con alegría el tiempo que se la facilita...

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Cuaresma... Mientras en los templos, que el mundo tiene consagrados al placer, como respuesta a su anuncio, se oye con selvático estrépito: «Coronémonos de rosas... Venid y gocemos... Nuestra vida se acaba... no la dejemos pasar sin disfrutar de ella»...; en los templos católicos resuena, con majestad que humilla y eleva a la voz: Parce Dómine, parce pópulo tuo...!Piedad Señor, piedad para tu pueblo..., y en la eternidad no dejes caer sobre nosotros el rigor de tu justa ira... Parce Dómine...! Parce Dómine..!; y el alma cristiana, al impulso de esta plegaria, como barquilla, es empujada hacia las riberas luminosas de la felicidad eterna...

A San José

Cuando en tus brazos miro al tierno Infante,
de Dios al Hijo que gobierna el mundo,
m¡espíritu se abisma en el profundo
misterio que ante m¡surge al instante.

S¡guardián te contemplo, vigilante
de la Reina del cielo en quien yo fundo
m¡esperanza y m¡bien, yo me confundo
y en t¡veo un poder firme, constante.

Por eso ¡oh José! a tus pies me humillo;
ya que eres de Jesús el más honrado,
tu eficaz protección imploro: anhelo

tener un corazón puro, sencillo
para que, libre de mortal pecado,
pueda verte glorioso ahí en el cielo.

Gaspar Mira Picó.

En este valle han dicho mis pastores
cosas que espantan al ingenio humano,
de esta divina vara, cuyas flores
su frente mereció desde su mano,
y aunque sutiles son, no son mayores,
pues del Hijo del Padre Soberano
en la tierra tendrá nombre de padre
con ser esposo de su Virgen Madre.

Lo pe de Vega.

Terciario Franciscano.

San José y la Orden Franciscana
Los Franciscanos son los custodios de los Santuarios en Nazaret y Belén de todos aquellos lugares donde vivió el glorioso Patriarca, los que propagaron la devoción del Santo por Occidente.

San Bernardino de Sena, predicaba continuamente sobre las prerrogativas de San José,
esforzándose en inspirar en los fieles el amor, la devoción y la confianza en el Santo. Así decía una vez: «S¡el Divino Salvador, para satisfacer su piedad filial, ha querido glorificar a la Santísima Virgen con la Asunción de Ella al cielo en cuerpo y alma, se puede piadosamente creer que no haya hecho menos con San José, el más grande entre los Santos, y que le haya resucitado en cuerpo y alma, en el día de su Resurrección, cuando tantos otros Patriarcas hizo salir del polvo de la tierra». Esto lo dijo en Padua, en presencia de un inmenso auditorio, que vio aparecer sobre la cabeza del Santo una cruz luminosa, como s¡el cielo confirmara estas palabras.

San José

Dolores y gozos del Patriarca San José

I

De María, vuestra esposa,
Virgen pura y candorosa,
el misterio aun ignoráis:
s¡pensáis triste en dejarla,
de Dios Madre, al proclamarla
voz celeste, os consoláis.

¡Oh José, haz que, al morir,
por tu gozo y pena tanta,
logre al cielo yo subir!

II

Aquel Dios de cielo y tierra,
que con rayos nos aterra,
nace en mísero Portal:
lo sentís, mas os da gozo
ver del cielo el alborozo
y el remedio del mortal.

¡Oh José, haz que, al morir, etc.

III

Para Vos es dura espina
ver correr sangre divina
en ritual circuncisión:
mas Jesús esa amargura
cambia en célica dulzura,
en sin par consolación.

¿Oh José, haz que, al morir, etc.

IV

Hiere a Vos, como a María,
de Simeón la profecía
y os traspasa el corazón:
Jesús cruz tendrá afrentosa,
llave, empero, tan preciosa
abrirá eternal mansión.

¡Oh José, haz que, al morir, etc.

V

Con María huís a Egipto,
temeroso del edicto,
que amenaza al Niño Dios;
mas gozáis mucho en la huida,
al lograr salvar la vida
del que os la ha confiado a Vos.

¡Oh José, haz que, al morir, etc.

VI

Al volver a la Judea,
gran temor os da la idea
de Arquelao allí reinar:
Nazaret con su casita,
dulce y blanca palomita,
gozo y paz os viene a dar.

¡Oh José, haz que, al morir, etc.

VII

Jerusalén visitada,
nueva pena os anonada,
por perdido a Dios lloráis;
mas gozáis cuando, en el templo,
de piedad dando alto ejemplo,
entre sabios lo encontráis.

¡Oh José, haz que, al morir,
por tu gozo y pena tanta,
logre al cielo yo subir.

Fr. Luis Ángel, ofm

Teruel.

Cultura Religiosa. A la juventud Antoniana

Partes del templo.

Terminada la descripción de la bendición y consagración solemnes de nuestras iglesias, me había propuesto empezar otra serie de artículos, dedicados como siempre a vuestra instrucción religiosa; pero algunos de los amables lectores de esta amena Revista, entre ellos algunos de vosotros, me suplican que continúe hablando del templo católico, pues les place mucho leer cuanto a nuestros templos se refiere.
Y yo satisfecho de este vuestro buen deseo, y además muy agradecido por la amabilidad e interés con que leéis estas breves conversaciones familiares, accedo gustoso a complaceros y vuelvo con vosotros al templo. Precisamente estamos ahora en el santo tiempo de Cuaresma, época litúrgica riquísima en gracias y bendiciones para todos los que acuden al templo a escuchar la palabra del Evangelio, recibir los santos sacramentos y asistir a los divinos oficios.

Entremos, pues, en el templo, y entremos con veneración y respeto, con la cabeza descubierta y santiguándonos, porque es la casa de Dios.

¿Qué es lo primero que vemos al entrar en una iglesia católica?

Ante todo, se presenta ante nuestra vista un altar grande, o dicho más propiamente, un gran retablo con varias esculturas o pinturas, y al pié una larga mesa: es el altar mayor, en el que se venera la imagen del Santo Titular de la iglesia, y donde suele estar también el Tabernáculo en el que se expone a la adoración de los fieles la Sagrada Forma en el santo viril. A los lados, vemos otros altares con sus retablos más pequeños; vemos también uno o dos púlpitos, el coro alto o bajo, con un órgano, varios confesonarios, adosados a las pilastras, o en una pequeña capilla en la que arde siempre una lámpara: es la capilla de la Comunión en la que veréis un Sagrario cubierto con un velo finísimo, porque en él se guardan bajo llave las sagradas Formas para la comunión de los fieles.

A la entrada de la iglesia, vemos también dos pilas pequeñas con agua bendita, y en una capilla una pila grande, ordinariamente circuida de una verja: es la pila bautismal en la que se administra el sacramento del bautismo a los recién nacidos.

A uno de los lados del altar mayor, o detrás de él, vemos también una dependencia llamada sacristía, donde suelen reunirse los sacerdotes y ministros del altar, y donde se guardan ¡os ornamentos y vasos sagrados.

¿Qué son y para qué sirven todos estos objetos y dependencias?

Vamos a verlo con la mayor veneración y respeto, pues todo es santo y sagrado y todo está destinado al culto del Santo de los Santos.

De los varios objetos que acabamos de ver, unos sirven para lavar y purificar nuestras almas, como la pila bautismal, las pilas con agua bendita y los confesonarios; otros sirven para instruirnos en las cosas santas y en nuestros deberes, como los púlpitos; otros, para el canto de las divinas alabanzas, como el coro, el órgano y los libros de canto eclesiástico; otros en fin, sirven para ofrecer a Dios el santo sacrificio de la misa, como el altar mayor y los distintos altares laterales.

Todo lo iremos viendo y observando, en todos sus detalles, pudiendo vosotros hacer cuantas preguntas y consultas se os ofrezcan, que y procuraré resolver con la mayor claridad, a fin de que comprendáis cuanto os vara exponiendo.

Y basta por hoy, mis queridos Antonianos, con este breve preámbulo, que es como la indicación o programa de los puntos que me propongo explicaros en estas sencillas conferencias.

No me cabe duda que, como hasta ahora, continuaréis leyendo con interés y gusto estas instrucciones religiosas que contribuirán a ilustrar vuestras inteligencias y al mismo tiempo moverán vuestros corazones a la piedad y al santo temor de Dios.

Vuestro afectísimo amigo,

Fr. Juan Bautista Botet, ofm

Al amor de la lumbre

¡Noches soñolientas del helado invierno!
¡noches embrujadas
de pavor y espanto, de cierzos y fríos!
¡Qué gratas memorias en tus senos se hallan!
¡Qué amables recuerdos
para m¡tus sombras augustas entrañan.

El astro del día rendido en su ruta
cansado llegaba
a su blando lecho, mientras recogía
de su cabellera las trenzas doradas
y envolvía al pueblo
de funestas sombras, de horrores preñadas.

Al son tremebundo del viento furioso
que en calles y plazas
gemía incesante con fuertes silbidos,
en vivienda humilde reunida se hallaba
piadosa familia,
junto a los amores de encendidas brasas.

¡Qué dulces resortes!¡qué fuertes cadenas
sus labios forjaban!
¡Qué amores tan puros!¡qué chispas tan vivas
salían ardientes de todas sus almas!
Del santo Rasario
las cuentas divinas sus dedos pasaban.

A ¡a voz solemne del piadoso padre
que rige la casa,
su espesa querida y apreciados hijos
después del trabajo de intensa labranza,
fervientes responden
y a María elevan sus tiernas plegarias.

Hasta los pequeños sus sueños suspenden
y cabe las faldas
de su hermana y madre que sin cesar velan
para darles siempre piadosa crianza,
balbucen inquietos
del Ave María las dulces palabras.

Después de las preces del santo Rosario
y tiernas plegarias
que por los difuntos, cual rosas fragantes
de piedad ferviente al cielo lanzaban,
la humilde familia
rendida de sueño al lecho llegaba.

¡Noches soñolientas del invierno helado!
¡noches sacrosantas
que evocáis amables los dulces recuerdos
de m¡infancia pura y familia amada!
Sed siempre benditas:
jamás en m¡vida seréis olvidadas.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Teruel, febrero de 1931.