Índice del número 246-247

Junio-julio de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

Alabado sea el Santísimo Sacramento

Si siempre son estas dulcísimas palabras el mejor ornamento en la boca y en la pluma del cristiano, forzoso es repetirlas hasta el infinito, al celebrar la fiesta solemne del Santísimo Cuerpo del Señor, lanzándolas entonces de lo más íntimo de nuestras almas, cual flechas abrasadas en el fuego de nuestra gratitud, para que suban de la tierra al cielo, formando un arco iris gigantesco y triunfal.

Porque verdaderamente, la Eucaristía es el Don de los dones, la Gracia de las Gracias, el gran regalo, la dádiva genial, que sólo el Corazón de un Dios podía concebir, para obsequiar a sus criaturas y atraerlas hacia sí.

Haced esto en memoria mía, es la orden que da Jesús a sus discípulos, para que la Eucaristía sea como una redención permanente, como una Cruz viva, cuyos brazos abarcan todo el mundo y sobre los cuales se inmola constantemente el divino Cordero, por la salud de todos los hombres.

En el Sagrario nos dice el buen Jesús: «Hijo mío, después de esto, que más podría hacer por ti... Soy el manjar que te alimenta, la luz que disipa tus sombras, el manantial que refrigera tu sed... Ven a mí, tú que sufres y te sientes fatigado, que yo te aliviaré... Hijo mío, dame tu corazón...»

Amados lectores: Que estos divinos flechazos del dulce Prisionero del Tabernáculo hieran de amores nuestros corazones, para que sintamos constantemente en ellos los frutos de la Redención, como pide la Iglesia en la oración litúrgica de la fiesta del Corpus y lo repite a diario en todas las ceremonias eucarísticas.

El caminito del cielo

Al cielo se va cumpliendo los mandamientos de la Ley de Dios. Andando con pasos de buenas obras, y no de otro modo es como se va hacia el cielo. Lo dijo Jesucristo, preguntado por el joven que ansiaba conseguir la vida eterna: «Si quieres entrar a ella, guarda los Mandamientos» (Mt 19,17).

Esta verdad; fundamental e invariable puede ser enunciada de diversas formas. Santa Teresita decía, escribiendo a un misionero, que los dos debían ir al cielo por el mismo camino: «El sacrificio aceptado por amor.» Recuerda esto lo de Jesús a Santa Gema: «Si quieres amarme, padece por Mí; si quieres amarme más, padece más por Mí»: y lo de San Francisco de Asís, pidiendo ardientemente a Dios le concediese padecer todo lo posible, con tan inmenso amor a Dios como es posible. Eco prolongado es esto de lo que exige Jesús a todo el que quiera ser su discípulo: «Tome su cruz cada día y sígame» (Lc 9,23). Con gran propiedad se dice, pues, que la cruz es el camino real del cielo (Kem. 1. II, c. 12).

No hay que asustarse ante la cruz, siendo ella el camino del cielo adonde todos queremos llegar, ni ante los sacrificios que hemos de imponernos para cumplir la santa Ley de Dios, pues son ellos los pasos con que vamos acercándonos al cielo. Ni pensemos que todos estos pasos han de sernos sensiblemente dolorosos, a par de muerte, ni que basta con haber dado algunos para que podamos ya parar; no. No lo hace así el que se dirige a su casa, o del extranjero regresa a su patria. Bien sabemos que mientras no se ha llegado a la patria, forzoso es continuar el viaje, si no se quiere renunciar a verla. No todo son penas ni molestias en estos viajes. También hay satisfacciones y alegrías en ellos, y cuando faltan, se soportan a gusto las molestias, porque sin ellas no puede llegarse al anhelado término del viaje. Siendo, pues, la vida el viaje a la eternidad, apliquemos cristianamente a este viaje que todos hemos de hacer y que nadie puede excusar, lo que nuestro buen sentido humano nos dicta y aconseja en los viajes de acá.

Podemos hacer esto cada día y nos va muchísimo en ello. Los que antes lo hicieron y se interesan por nuestro bien, nos aconsejan encarecidamente que hagamos como ellos, aprovechando cuidadosamente lo que nos trae cada día de agradable o desabrido para ejercitar en ello la virtud, complacer a Jesús y atesorar méritos para el cielo. «Hay que practicar las pequeñas virtudes, esto es, la virtud en aquellas cositas que parecen sin importancia», dice a este propósito Santa Teresita. A veces es esto difícil, pero Dios jamás niega la primera gracia que da ánimo para vencerse. Si el alma corresponde, inmediatamente Dios la ilumina y conforta y se camina de victoria en victoria.

Para alentarnos con su ejemplo a estos frecuentes actos de virtud nos cuenta ella que mientras se preparaba para entrar en el convento, procuraba llevar vida mortificada. «No es que hiciera yo las mortificaciones de los santos, de las que distaba mucho. Las mías consistían únicamente en quebrantar mi voluntad, en retener una palabra de réplica, en hacer en torno mío insignificantes servicios sin encarecerlos, y otras mil cosillas por el estilo. No es posible decir hasta qué punto creció así mi resignación en la voluntad de Dios, mi humildad y las demás virtudes.

«Me esforzaba en no excusarme, lo cual me era muy difícil. Mi primera victoria me costó mucho. Apareció roto un jarrito. Creyó la maestra que tenía yo la culpa y me riñó. Sin replicar una palabra, prometí ser más cuidadosa en adelante. Mi poca virtud me hacía muy duras estas pequeñeces y tenía que apelar al pensamiento de que en el día del juicio todo se sabría.

«Me aplicaba a practicar actos de virtud muy ocultos; por ejemplo, me complacía en doblar las capas olvidadas de las hermanas y en poder hacerles algún servicio.

«Soy un alma ten pequeñita que sólo puedo ofrecer a Dios cosas muy pequeñitas, y aun así, sucede a menudo que dejo escapar estos insignificantes sacrificios, que tanta paz proporcionan al corazón; pero no me desaliento por esto, sino que soporto con paciencia el gozar de un poco menos de paz y procuro estar más alerta otra vez... Ni me aflijo al ver que soy la flaqueza misma; al contrario, en ella me glorío y me resigno a descubrir en mí nuevas imperfecciones cada día. Confieso que las luces que recibo acerca de mi propia nada me son más provechosas que si se refirieran a la fe.»

Así hicieron y enseñaron todos los santos.

San Juan Vianney asegura que «la perfección espiritual se logra haciendo por Dios las menudas acciones de cada día y ofreciendo a Dios las pequeñas e indispensables molestias que nos vemos forzados a pasar.» Santa Francisca Cabrini dice: «Me dio a entender el Señor que cada día tenemos ocasión de mortificarnos y de vencernos, y que si yo me vencía en ellas, pronto dejaría de vivir en mí para vivir en Él.»

Estamos, pues, en el caminito del cielo, y cada día podemos dar unos pasos adelante. Así nos lo enseñan los santos.

¿No es esta perspectiva de la vida mucho más certera que la que solemos forjarnos nosotros? Ya que estamos ineludiblemente sometidos a mil pequeñas molestias cotidianas, tengamos el arte de los santos el arte de recoger esos pequeños sacrificios presentándolos a Jesús como prueba de nuestro amor y como medio de asegurar nuestra salvación eterna.

La vida es un rosal con más espinas que rosas. Unas y otras nos vienen de la bondadosa mano de Dios, que, si cuida de los pajarillos, mucho mayor cuidado tiene de nosotros, según nos asegura Jesucristo. Seamos agradecidos por las rosas con que nos deleite y nos consuela y recojamos cuidadosamente las espinitas, una a una, acordándonos de la corona de espinas de Jesús. Las espinas hieren las manos que las maltratan mas no las que blanda y amorosamente las tocan.

De Santa Teresita y de San Juan Vianney, en quienes revivió el espíritu seráfico del Padre San Francisco de Asís, aprendemos a sobrellevar con amor las molestias cotidianas, y veremos con sorpresa que se va cubriendo de flores el camino de nuestra vida que será para nosotros el caminito del cielo.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Jesús te espera

¡Vuelve al redil!, ¡pobre alma!, que olvidando a tu Salvador has corrido presa de súbita demencia tras los engañosos y pecaminosos placeres que el mundo y el demonio te han brindado.

Vuelve, alma ingrata, penetra en el templo silencioso donde mora Jesús; ahí está, en el Sagrario; como siempre, su mirada compasiva se fija, llena de amor y bondad, en tu pobre alma que vuelve llena de heridas que tardarán en cicatrizar; algunas quizá no sanarán nunca, no porque el Médico Divino no pueda curarlas, sino porque tú en tu loca ceguera, te negarás a tomar el remedio que puede sanarla.
Acércate, y como el ciego de Jericó pídele ver; sí, dile como aquel pobre ciego: «¡Señor, que vea!», que vea mi ingratitud, mi descortesía, mi maldad; que vea mi loco desvarío que me arrastra lejos de Vos, ¿hacia dónde? ¿en busca de qué?... ¡Ah!, con seguridad en busca de tu eterna perdición, puesto que vuelves la espalda al Tabernáculo.

¡Detente! Jesús te ama y aún te espera... Espera que disipado el hábito de locura que te envuelve, vuelvas a Él; espera que termines de divertirte mientras Él sufre y es ultrajado; espera que desengañado de las mentidas felicidades mundanas, vuelvas tus ojos al Sagrario donde Jesús, amante y misericordioso, tiende su mano para curar tu corazón herido. Escucha: acabas de gustar lo que el mundo llama felicidad, quizá has apurado la copa del placer; pues bien, ¡compara!... Ven conmigo junto a Jesús, ¿ves qué solitario se encuentra? Ningún ruido mundano llega hasta aquí; acerquémonos; ahí está.

¡Cuánto abandono y cuánta grandeza! El alma que tiene fe, lo siente, lo ve; siente su grandeza, pero siente también una confianza ilimitada, siente que es su Dios pero que también es su Jesús, su Salvador; siente los dulces efluvios de su amorosa mirada, que irradia sobre el alma y la llena de una felicidad desconocida. Siente al Dios que consuela y acaricia dulcemente.

Deja por un momento el mundo con sus vanidades, cierra los oídos a todo lo que no sea la voz de Jesús, y cuando Él haya hablado a tu alma, compara el dejo amargo de los placeres mundanos con la felicidad inenarrable del trato con Jesús. Compara los remordimientos que han dejado en tu alma ciertas conversaciones, ciertas palabras oídas, quizá al pasar; ciertas ligerezas, por no darles otro nombre más duro; compara todo eso con un cuarto de hora pasado junto a Jesús en el Sagrario, y dime: ¿Dónde se es más feliz? Aun cuando reprenda, aun cuando censure, la voz de Jesús es siempre dulce, siempre amorosa, siempre consoladora. ¡Ah! Vayamos a Jesús, Él nos espera.

Heroísmo oculto del misionero

La prensa y la radio tal vez se hayan ocupado de la tenaz resistencia con que Tai-yuan-fu, capital de Shanei, soporta ya por cuatro meses el riguroso asedio de los rojos. La cosa, al menos, lo merece, pues el caso es más único que raro en la historia de la actual guerra civil. De lo que no habrá hablado seguramente es del heroísmo con que el misionero católico se encerró voluntariamente dentro de los muros de aquella ciudad para condividir sus horas de angustia.

Invitados oportunamente a ponerse a salvo, los misioneros y las monjas, tanto europeos como chinos, con el Arzobispo a la cabeza —émulos todos de los mártires de aquella misma capital, recientemente beatificados por Pío XII—, resolvieron permanecer en sus sitios, defendiendo las obras de la misión, curando a los enfermos de su hospital, cuidando a los niños y niñas de la Santa Infancia y los ancianos de su asilo, educando a la juventud en sus escuelas, asistiendo espiritualmente a sus cristianos en la tribulación que se avecinaba y arrojando la red de Cristo en el mar del paganismo, cuando éste se encontrara revuelto por el infortunio, con la esperanza de buena pesca para el cielo.

Ya en la segunda quincena de julio hubo un intento, aunque frustrado, de asalto a la ciudad; pero el cinturón de hierro quedó definitivamente cerrado desde principios de octubre de 1948 y cerrado continúa al comenzar febrero de 1949.

Desde el primer día, la Misión puso a la disposición de los defensores los edificios y dependencias de su residencia. La Escuela Media de varones y el Seminario Menor se convirtieron en cuarteles. El Seminario Regional acogió a una Escuela de Artes y Oficios que, instalada en los suburbios, estaba más expuesta al fuego de los sitiadores. Las 600 y pico de niñas de la escuela se apretaron lo más posible en pequeños recintos para dejar el mayor número de locales disponibles. De esta manera se pudo improvisar un hospital de sangre capaz para 200 heridos, que quedó lleno desde los primeros días del asedio.

Los misioneros y misioneras se dedicaron desde el primer momento a ejercitar la caridad corporal y espiritual, no sólo entre sus hospitalizados, sino aun fuera, donde quiera que se encontrase un desgraciado. Su trabajo se desarrollaba bajo el estallido de las granadas enemigas que caían dentro de la ciudad y dentro del recinto de la residencia, aunque sin causar victimas. Los fragmentos de aquellas granadas han sido colocados al pie del monumento a la Santísima Virgen que preside el Hospital, como trofeo de su maternal protección.

En previsión del asedio, las autoridades, tanto las civiles cuanto las eclesiásticas, respectivamente, hicieron oportunas provisiones de alimentos; pero éstas iban terminando al prolongarse el sitio. Hubo que reducir la ración para todos, con lo cual el hambre tomó carta de ciudadanía.

Habiendo quedado ocupados los dos aeródromos de la ciudad, a fin de poder recibir refuerzos militares y alimentos, se construyeron consecutivamente otros siete campos de aviación, campos que pronto los rojos inutilizaban poniéndolos bajo el tiro de sus baterías. Los aeroplanos civiles, imposibilitados de aterrizar, arrojaban su carga con paracaídas. Los víveres, con todo ello, adquirieron precios fabulosos que la Misión no podía soportar, teniendo a su cargo una familia de más de 300 personas que alimentar. Se confiaba, sin embargo, en Dios y en la industrias de San José, constituido Ecónomo de la casa.

A fines de noviembre los asaltos del enemigo se intensificaron, de manera que fue necesaria una movilización general de todos los ciudadanos, hombres y mujeres, desde los 14 a los 60 años. Entonces la Iglesia organizó entre los suyos una especie de cuerpo de sanidad. Los chinos, misioneros y monjas, prestarían sus servicios en el frente y hospitales de campo, mientras los europeos en su propio hospital de sangre y en los demás refugios de la ciudad. En estos trabajos han derrochado tanta caridad y heroísmo que el mando militar los ha citado ya varias veces en la orden del día, especialmente a un lego franciscano húngaro a quien se le llama el «apóstol de los heridos».

Aunque la militarización de los misioneros alivió un tanto la situación económica de la Iglesia, porque también a ellos llegaba el escaso rancho de los soldados, sin embargo aun quedaba a la Misión el proveer de lo necesario para la Santa Infancia y demás inválidos, cosa que se hacía de día en día más difícil. De hecho supimos que el 1 de enero en la Residencia sólo quedaban provisiones para dos días, por lo que los superiores se vieron en la dolorosa necesidad de remandar a sus propias familias los asilados que tuviesen algún pariente en el mundo.

Por otra parte, la situación de la ciudad era desesperada. El 80 por 100 de sus habitantes se nutría sólo de salvado, hojas y raíces de arbustos; el hambre los había reducido a esqueletos ambulantes, con lo que las enfermedades se desarrollaron rápidamente, causando estragos de vidas. Casi todos los misioneros enfermaron, pero restablecidos, pronto reemprendían sus trapajos, escribiendo brillantes páginas de servicio. Acosada por el hambre, no faltó gente que se dio al latrocinio, aun con mano armada. También la Misión se vio invadida y expoliada por los ladrones.

Todos aquellos sufrimientos físicos, más o menos externos, junto con los otros morales que aquéllos suponen en un alma dominada por la caridad de Cristo, pasarán desapercibidos para el mundo, pero no lo serán a los ojos de Dios, que escruta los corazones.

La recompensa, ciertamente, será magnífica en el cielo, pero ya en la tierra comienza a ser espléndida, pues como merced divina reputan ya la buena cosecha de almas que recogen para los graneros del Padre de familias: innumerables heridos que bautizados mueren con el pasaporte del Buen Ladrón; una media diaria de 11 criaturitas abandonadas, que regeneradas ya, van a jugar con los Santos Inocentes; un número incalculable de catecúmenos que se preparan para hacerse cristianos; la Iglesia acreditada ante los ojos paganos y, sobre todo, el autoprovecho del mismo misionero,, que asociado así a la Cruz de Cristo, se santifica a sí mismo y condivide con El su título de Redentor de las almas.

¡Honor a estos héroes, tanto más grandes cuanto más ocultos!

Fr. Gonzalo Valls, ofm
Hankow, 3 febrero 1949.

Estudiantes franciscanos chinos en nuestro Colegio

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Grupo de religiosos estudiantes chinos. Sentado en el centro el P. Daniel Han que era sacerdote cuando vino. [Ver más fotos]

Debido a las circunstancias funestas y dolorosas por que atraviesa su patria, y merced a la invitación cordial y franciscana del P. Provincial, Fr. Joaquín Sanchis, estos cuatro estudiantes franciscanos de Teología y Filosofía chinos han encontrado una nueva patria en España y una nueva casa en nuestro Colegio de Onteniente.

San Antonio y la pureza

Buscó Dios por los arcanos de su ardiente fantasía
un dechado de pureza, de milagros y poder,
y al hallarlo entre los tules de esplendente lejanía,
lo envió un día a la tierra, cual brillante rosicler.

Fue el dechado que los mundos apellidan San Antonio,
rosicler e iris de gracia, que irradió luz» y calor
firme oráculo de Europa, que dio al orbe testimonio
de poder y maravillas, que realiza el santo amor.

Fue de niño un ángel puro de sonrisas hechiceras,
que agitó sus blancas alas por un cielo siempre azul;
sus ojitos encendieron las floridas primaveras,
envolviéndolas de aromas y de luces y de tul.

Y es que Dios puso en su pecho, cual pensil de bellas flores,
las semillas y fragancias de pureza y castidad;
niño dócil e inocente, despidió gratos olores,
que llegaron hasta el trono de la augusta Trinidad.

Cuando el beso de la aurora con sus rizos de inocencia
descubrió en su mente pura, los arcanos del candor,
con sonrisas y perfumes, vislumbrando la excelencia
que Dios puso en la pureza, la ofrendó exhalando olor.

No sintió la espina aguda de los tristes desengaños
ni jamás supo lo que eran los halagos del placer;
y en la edad de la inocencia —cuando sólo cinco años
sus ojitos vieron lumbres— supo a Dios su alma ofrecer.

Visión bella y sorprendente la que vieron en los cielos
entre lumbres y sonrisas los querubes del Señor;
un querube de la tierra supo alzar sus raudos vuelos
hacia el trono del Eterno, con la ofrenda del candor.

La fragancia y la ambrosía de sus años infantiles
visión mágica le abrieron en su bella juventud;
los halagos fementidos no pudieron, con sus viles
y doradas ilusiones, derrocar su fe y virtud.

Aguerrido y valeroso, jamás pudo la impureza
hacer brecha en el castillo de su cuerpo virginal;
y en la lid que le entablara con sus artes y destreza,
la serpiente venenosa, consiguió triunfo inmortal.

Puso Dios en sus pupilas transparencias de luceros;
en su rostro peregrino, claro velo de candor;
mas jamás pudo el demonio mancillar sus reverberos
ni rasgar su blanca veste de pureza y de candor.

Fue su vida casto lirio de fragancias y ternezas,
que exhaló suaves perfumes en su bella juventud;
y en las horas de tormentas, de batallas y fierezas,
llevó siempre entre sus manos, casto lirio de virtud.

Rugió fuerte y hechicera la voz dulce de sirena,
con anhelos de arrastrarlo por caminos de impudor;
junto a Dios luchó valiente, con el alma toda llena
de fragancias de pureza, de energías y valor.

Quiso Dios desde los cielos contemplar tal valentía
de más cerca, y coronarle, por su triunfo sin igual,
y entre nubes sonrosadas y graciosa sinfonía,
descendió en forma de NIÑO, cual aurora boreal.

Su mansión llena de lumbres se trocó en gracioso cielo;
los celestes mensajeros le pulsaron el laúd,
y Jesús aspirar pudo las fragancias y el anhelo
que exhalaba San Antonio de ser ángel de virtud.

Ángel bello de pureza, lirio casto de ternuras,
San Antonio desde entonces para el joven siempre fue;
pues Jesús jugó en sus brazos, aspirando sus dulzuras
y le ciñó diadema de candor, de luz y fe.

Hoy el niño le proclama por modelo de inocencia;
su vivir puro e inocente se sostiene por su amor;
fue la ofrenda que hizo Antonio con dulzura y vehemencia
a los niños, que en su muerte le cantaron con fervor.

Hoy el joven le venera por Patrón, Doctor y guía;
San Antonio le regala casto lirio virginal,
y el NIÑITO de pureza, que con gracia y bizarría,
le hará casto, hasta que logre conquistar triunfo inmortal.

Buscó Dios por los arcanos de su ardiente fantasía
un dechado de pureza, de inocencia y de virtud.
Y lo halló... Fue San Antonio, que Doctor, Maestro y Guía
lo presenta por modelo de NIÑEZ y JUVENTUD

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Carcagente, 1949.

Himno al Seráfico Doctor S. Buenaventura

Coro

Rebosando alegría,
gratitud sin igual y amor, hoy canto
al Seráfico guía
que es mi gloria y encanto,
y es Doctor, Cardenal, Obispo y Santo.
Por dechado y modelo
de virtud, de saber y de hermosura,
nos lo dio amante el Cielo,
y es San Buenaventura
vivo sol que calienta y da luz pura.

Estrofas

Una sola palabra
de su ciencia contiene los arcanos,
la que mundos mil labra,

y salvó a los humanos,
y los hizo del Cielo soberanos.
En su cruz, Jesucristo
de saber y de amor le da lecciones,
y de todos bienquisto,
comunica él sus dones
a las mentes y humanos corazones.
Su saber quien ansíe
y abrasarse en amor divino anhele,
pídale que él le envíe
luz que arcanos revele,
y abrasado en su amor, hacia Dios vuele.
Búsquele el estudiante,
y de un modo especial el franciscano;
sea de él fino amante,
y obtendrá de su hermano
tener parte en saber tan sobrehumano.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

Valencia por San Antonio

La fiesta del «Santo de todo el mundo», según nos llegan noticias, se ha celebrado con solemnes cultos, particularmente donde se hallan establecidas la P. Unión y asociaciones de juventud e infancia dirigidas por PP. Franciscanos.

En Valencia capital, ha sobresalido sobre todas, la que se celebra anualmente en la iglesia de San Lorenzo (Padres Franciscanos). El vistoso programa de festejos, carteles anunciadores y adorno de calles en toda la barriada y comercios, hacía presentir la extraordinaria solemnidad. El novenario, predicado por el . P. Fermín María García, con el sermón panegírico, ha sido una de las notas más destacadas. La Misa y fiesta de primera Comunión conmovedora y concurridísima el mismo día 12, víspera del Santo. Siguen los pasacalles con la llamada de todos a la fiesta y la bendición y reparto a más de trescientos pobres de su correspondiente ración y les disparaes de ensordecedoras tracas que recorren toda la vuelta de la procesión. A las cinco de la tarde se organiza la vistosa cabalgata para el bautizo, desde la plaza de San Lorenzo a la pila bautismal de San Vicente, en la parroquia de San Esteban. Querer describir este cuadro de caridad, entusiasmo desbordante y solemnidad religiosa sería cosa menos que imposible.

Los padrinos, don José María Ponsoda y señora doña Amparo dieron buena muestra de la caridad sin límites y fervoroso entusiasmo. La Junta de Fiestas, con sus típicos trajes y el reparto de limosnas en metálico y caramelos y juguetes a granel, repartidos durante todo el recorrido de la cabalgata, fueron la alegría y sorpresa de chicos y grandes.

Terminado el novenario, el solemne traslado de la imagen del Santo, que se venera en el Centro Antoniano, a la iglesia de San Lorenzo, para la procesión. El entusiasmo va en crescendo y culminó en la grandiosa solemnidad del día del Santo. Desde primeras horas la iglesia, que presenta un adorno extraordinario con colgaduras valiosas y multitud de flores, así como el altar del Santo, convertido en un cielo de luz y color y aroma de exquisita flor, se ve invadido de fieles. La Misa de Comunión general, concurrida, y la solemne cantada,, a las once, con un lleno nunca visto.

La pieza oratoria del sermón panegírico del Santo fue algo nuevo, que tuvo suspenso al auditorio, sabiéndole a «corto», y la magistral dirección del señor San salo ni en la interpretación grandiosa de la Misa Vitoria-Papa Marcelo, nos elevó por momentos a gustar de otras dulzuras supraterrenas. Terminada la Misa se hizo el reparto del «pan bendito» a todos los asistentes, y se prepara la «dispará» de tracas, carcasas, etc., en un rumor ensordecedor que recorre toda la barriada, mientras los gigantes y cabezudos, Juntas de Fiesta, vistosos grupos de labradoras y mucho personal, acompañados por la banda de música, recorren todas las calles preparando la Solemne Procesión, que se organiza con grandiosa dificultad a las ocho de la tarde, dado el gentío inmenso que atraído por los extraordinarios festejos y por su creciente amor y devoción al Santo de los Milagros, llenaban por completo el templo, plaza y avenidas y calles más cercanas. Los innumerables niños y niñas, con su «lirio», enmarcados con los muchos asistentes a la misma, dan una nota mayormente encantadora al acto.

Entre lluvia de flores, estruendo de tracas y acordes del Himno Nacional aparece la sonriente imagen del Santo Paduano, que bendice y acoge tanto entusiasmo y fervor. Cada una de las calles del recorrido se supera y rinde a su paso su devoción, que cae de los balcones entre ovaciones y lágrimas que se entrelazan con las volutas del humo de la pólvora y llegan, no cabe duda, a los pies del glorioso Antonio en el cielo.

Después del recorrido triunfal, a las diez y media, con vítores de entusiasmo y publicados los nombres de Clavariesas y Clavarios para el próximo año 1950, con el disparo de grandioso castillo de fuego artificial, se terminan las fiestas al glorioso San Antonio en la Barriada de San Lorenzo.

El cronista, que sólo relata un bosquejo de lo que fue la grandiosa Fiesta, felicita ex toto corde a la Junta de Festejos, muy especialmente, por la organización y entusiasmo; a las señoritas Clavariesas, por su valiosa cooperación; a las Juntas de Pía Unión, Asociaciones Antonianas y Turno Eucarístico de San Antonio, por su aportación y compenetración, y a su P. Director, Luis María Torres, por su celo, entusiasmo y espíritu organizador, que siempre demuestra. El Santo lo bendiga todo y haga que crezca de día en día más su devoción en la imitación de sus virtudes.

Valencia, junio 1949.
El Cronista

Artísticas

Excelentemente llega la oportunidad en estos días para considerar esta derivación genérica en el arte ornamental de la escultura en su noble adscripción a la orfebrería.

Es verdad que ese capítulo que signan algunas «historias de arte» con el subtítulo de «artes menores» debe relevarse en muchos casos, y es el más acuciante este del arte en noble material —oro, plata,, piedras preciosas— en que la escultura se adscribe valorativamente en toda su mejor forma.

Si ya en los albores del arte, la plástica en cabeza las bellas artes en la opción del hombre artista, es esa misma significación la que culmina sustancialmente ya ascendido de los períodos goticistas a los renacentistas y modélicos los del barroco.

En países católicos acreció su manifestación y en las dos Castillas con la llegada allí de los Arfe y su continuidad; con los Becerril y aun los Arenas y muchos más.

En Valencia, la tradición es notable en orfebrería religiosa y relicarios, cruces y los diversos utensilios para el culto hasta llegar a nuestras magníficas custodias (¡ay!, desaparecidas), altifican el arte que se centra en la ciudad capital y como autores en Joan de Castellnau, autor de la famosa Custodia de la Catedral...

Ahora, el . P. León, S. J., está culminando la realización de su iniciativa de la Custodia para la Catedral, y cuyo viril ya estrenado en la procesión del Corpus de 1945, publicamos.

Es la parte central de la gran Custodia que será la obra definitiva y que Dios mediante, se inaugurará el año venidero.

Ya este nuevo viril que se admira mide 1,1 m. de altura, de estilo barroco valenciano, de 23 kilogramos de peso, de oro, plata, platino y millares de piedras preciosas. La Custodia definitiva medirá 3 m. de altura y en el mismo estilo; la parte escultórica será notable, con centenares de figuras de los mejores escultores valencianos, y con el asesoramiento del arquitecto señor Traver, es el orfebre gran artista Sr. Pajaron el que está llevándola a buen término.

J. Mª Bayarri

El viril de la gran Custodia da la Catedral el Valencia, estrenada en la fiesta del Corpus del año 1945.