Índice del número 88
Octubre de 1927. Año 8º. Director: Fr. Francisco Lloréns, ofm
- Una cruzada seráfica. Fr. Francisco Lliteras, ofm
Transformación en Cristo. Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Tríptico de sonetos. Jesús Galbis - Ardores seráficos. Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Mar adentro. Poema. Fr. Juan Alventosa, ofm
Falló el más firme punto de apoyo. Fr. Gerardo Boluda, ofm
Las Hermanas Blancas del Tibet. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Franciscanismo. F. M. Morales - Tránsito de san Francisco. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
La Cruz de Jesús y San Francisco de Asís. Fr. Andrés de Ocerín-Jáuregui
Excursión a Porta-coeli.
Mutuo amor entre Dios y el alma. Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm - La muerte de un Serafín. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Arbela, en torno al lago de Tiberíades. Fr. Juan Alventosa, ofm
Informaciones.
Crónica.
Con motivo del centenario
Una cruzada seráfica
Inspirado por Dios y movido del celo de la salvación de las almas, tomó cierta vez San Francisco a uno de los frailes de su Orden y le dijo con énfasis: «Vamos a predicar.» Acto seguido ellos dos se calaron la capucha a la cabeza, metieron sus manos en las bocamangas del hábito y salieron del convento preocupados por la idea de dar una batida a los vicios y pasiones depravadas allí dominantes.
Procediendo con paso grave, los ojos bajos y guardando silencio, recorrieron juntos las calles principales de su ciudad natal, donde las gentes se divertían y holgaban con peligro manifiesto de sus almas. Retornaron poco después al convento de su procedencia sin haber desplegado sus labios ni modificado el humilde porte de sus personas en todo el camino. Y estando ya en casa, el
Con motivo del Centenario
fraile acompañante le preguntó al Santo Padre con gran extrañeza. «¿Cómo es, Padre mío, que habiendo salido los dos a predicar, hemos vuelto ambos a casa sin haber predicado?». «Uno y otro, hermano carísimo, contestó nuestro santo Patriarca, hemos predicado hoy nuestro sermón en la ciudad de Asís. Por sus calles y plazas estuvimos predicando los dos todo el tiempo que permanecimos fuera de casa. Sin abrir nuestra boca, a todos hemos predicado, instruido y amonestado con el ejemplo, que es más persuasivo que las palabras de cualquier orador. Por esto, sin esfuerzo ninguno, hemos interrumpido danzas, desbaratado bailes, suspendido juegos, cortado diálogos, cambiado conversaciones, revuelto conciencias y mudado malos propósitos. Verdad es que no tardaron mucho en reanudarse varias de estas escenas pecaminosas por nosotros suspendidas. Así y todo nuestro sermón, aunque mudo y sin artificio, ha sido elocuente y eficaz. La buena simiente ha quedado sembrada en los corazones de los que nos vieron pasar, y ella, más pronto o más tarde, acabará por dar su fruto de bendición.»
¿Quién fue el fraile que acompañó a San Francisco en este episodio de su vida consagrada al amor de caridad para con Dios y para con los prójimos? No lo sabemos. En él vemos nosotros al fraile anónimo o al celoso franciscano que llevaba sobre sí la representación de todos los demás. De suerte que al decirle nuestro ínclito Fundador «vamos a predicar», no se refirió nuestro seráfico Padre a un religioso sólo ni se concretó a este caso aislado, sino que copiando también aquí la fecundidad portentosa de los dichos y hechos del divino Salvador de los hombres, nos comprendió a todos sus hijos, devotos y admiradores entusiastas; a todos los que de generación en generación habíamos de Seguir sus huellas benditas y pasear triunfalmente su nombre por todo el universo mundo. A todos nos dijo entonces, nos repite de presente y seguirá recomendando de futuro este celoso Heraldo de Cristo-Rey, que vayamos a predicar, que prediquemos con nuestro buen ejemplo en todas partes y a todo género de personas, sin que ninguno de sus hijos se excuse de predicar así a los demás, porque esa predicación muda es inseparable del espíritu seráfico-franciscano que nos anima.
Podrán muchos de los nuestros justificar su conducta en lo tocante a no predicar desde los púlpitos ni desde las tribunas de la prensa católica, ya que todos no son aptos para empresas de tanto calibre; pero no aducirán jamás éstos mismos ni otros adláteres suyos, razones de peso que los justifiquen de su habitual abstención de predicar a las gentes de su época con el buen ejemplo de su vida y costumbres. Unos y otros hemos de tomar parte activa en esta predicación misional franciscana que nos legó nuestro Padre San Francisco. Quien no trate de militar personalmente en este apostolado de obras, que también comprende a los simples cristianos, que no se tenga ya más por hijo, ni por devoto, ni por entusiasta admirador del Serafín de Asís.
Entre nosotros es una verdad axiomática que no podemos contentarnos convivir sólo para nosotros mismos, ni con celar únicamente la perfección individual respectiva en el siglo ni en la religión, porque tampoco se contentó con esta primera parte de nuestro programa quien nos sirve de modelo y ejemplar. Para seguir, pues, con honra las benditas huellas de nuestro augusto Jefe, todos los que vestimos su santo hábito o escapulario y nos ceñimos los lomos con el cordón de su encendida caridad altruista, debemos consagrarnos en cuerpo y alma a la salvación y santificación de nuestros prójimos con el buen ejemplo de nuestra conducta tanto pública como privada. Este es el grado mínimo de nuestra cooperación a la gran cruzada seráfica del apostolado de obras, ahora que se trata de salvar al mundo a fuerza de inyecciones de i espíritu netamente franciscano.
En caso ninguno podemos dispensarnos de contribuir a esta hermosa cruzada de predicación evangélica en su fase del1 buen ejemplo. A ella hemos de aportar los hijos del Serafín llagado nuestra cooperación personal en la medida de los esfuerzos demandados por las circunstancias del tiempo, del lugar y de las personas que necesiten nuestro favor y ayuda en el importante negocio de la eterna salvación. Quien obrara de este modo no se haría acreedor a las bendiciones de nuestro amantísimo Padre ni al nombre excelso y glorioso de franciscano, porque no tendría tampoco entonces su espíritu de caridad ni se parecerían sus virtudes a las del santo Patriarca.
Nos sucederá unas veces bogar con prosperidad y bonanza en la barca de Pedro, al cruzar ésta el mar anchuroso de la vida humana, mientras tanto naufragan, aunque sólo por culpa suya, millares de compañeros y hermanos nuestros que también fueron comprados, redimidos y salvados al precio de la sangre y vida de nuestro divino Redentor. Lo menos que podremos hacer entonces a beneficio de tantos desgraciados será decirles, con el mudo pero elocuente lenguaje de los hechos que abonan nuestra cristiana conducta, donde no se corre peligro de caerse al mar, de ser apresados por los piratas de Satanás, de verse robados por otros viajeros sin conciencia, de librarse de la seducción de las sirenas encantadoras, de burlar las malas artes de los ingentes enemigos que siempre nos rodean, de asegurar nuestro pasaje por los estrechos y arrecifes de las leyes divinas o humanas y de llegar sin novedad al término feliz o puerto de nuestra salvación. ¿Quién no alargará esa mano al caído? ¿Quién no tenderá ese cable del buen ejemplo a tantos náufragos que lo han de menester?
Acontecerá en otras ocasiones que, marchando alegremente en los admirables expresos de nuestra Compañía Seráfica, veremos con pena y dolor profundo cómo no pocos de los viajeros del mismo tren se asoman temerariamente a las ventanillas de la izquierda, escuchan con liviandad inaudita las voces halagüeñas del vicio ambulante y de la seducción pegajosa, pactan sacrilegamente con los traficantes en almas cristianas, reciben moneda falsa de los mercados de Leviatán, abren inconsideradamente las puertezuelas de su aturdida voluntad, se pasan traidoramente con armas y bagajes a sus más crueles enemigos. ¿Qué franciscano de obras podrá ver "impasiblemente ese cúmulo de males y no acudirá prontamente a su remedio aún a costa de algún importante sacrificio o merma de su comodidad personal? ¿Qué hijo del bienhechor más grande que ha tenido la humanidad desde Jesucristo hasta nosotros, no acudirá de mil amores a la cruzada seráfica del buen ejemplo, para recuperar en lo posible las almas que todos los días y a todas horas nos arrebatan el mundo, el demonio y la carne?
Además de estos casos generales, frecuentemente se darán otros de carácter particular, y aquéllos a quienes más afecten, no siempre podrán permanecer inactivos. Así las Hermanas terciario-franciscanas, ahora que la desenvoltura de la mujer moderna pasea en público el escándalo de la moda reinante en el vestido y peinado del sexo débil, han de tomar como dichos para ellas mismas el vamos a predicar con que las brinda hoy nuestro santo Padre, y salir de propósito vestidas con trajes completos, de telas tupidas y de corte modesto, predicando de este modo la gran cruzada seráfica por las calles y plazas públicas de su región, contra las desnudeces femeninas, las trasparencias provocadoras de sus trajes y los modelos del corte y peinados lascivos que usan otras mujeres más paganas que cristianas. De la manera que éstas forman en la cruzada de Satanás y son las primeras responsables de esa general corrupción de costumbres que todos deploramos y quisiéramos barrer del campo católico, formen aquéllas en la cruzada del seráfico Francisco, y merecerán plácemes de Dios, darán lustre y esplendor a la Tercera Orden que las admitió en su seno, y contribuirán eficazmente a la reconquista de millares de ovejas que se perdieron de la casa de Israel.
Unos, pues, de palabra, otros por escrito, y todos con el talismán de las buenas obras, lo mismo en público que en privado, secundemos hoy los fines de caridad altruista de que nos dio tan brillante ejemplo nuestro amantísimo Padre cuando salió con un compañero de su Orden y predicó esta cruzada de amor por las calles y plazas de la ciudad de Asís.
Teología mística
Transformación en Cristo
El cristiano debe no sólo parecerse a Cristo, sino serlo y reproducirlo en sus pensamientos, afectos y obras. Para que tal prodigio se efectúe es necesario que concurran al mismo tiempo dos fuerzas, y que obren tan armónicamente como si obrara una sola, la más perfecta, la divina. Esta es en último resultado la que lo hace todo: es Dios, en cuyas manos están todas las energías creadas, y El las rige según su infinito saber; de su voluntad y amor están pendientes los corazones de los hombres, quienes pueden ser modelados o reformados conforme al corazón sin mácula ni doblez de su real y divino Hijo.
Acostumbran los maestros famosos reproducirse en autorretratos y cincelarse en esculturas que la posteridad admira y conserva con peculiar esmero; y con justa razón, pues en ellos han volcado los artistas toda su alma tal cual es, y pretendido darnos una fiel imagen de su ser, su estampa propia, singular, única, inconfundible. Dichas autorreproducciones son de dos clases, porque o los reproducen íntegramente en alma y cuerpo y facciones y rasgos, o los representan mutilados, es decir, en parte, como lo vemos en los bustos, dorsos, manos, faces, etc.
Hay, por tanto, dos formas de pintarse en lienzos o esculpirse en mármoles: total una y parcial otra. Dios, maestro supremo y sutil de todos los artistas, máxime de los más preclaros, que pintó con insuperable pincel los magníficos cuadros de la sonrosada y fresca aurora, de la noche serena, del "mar bravío, de la vega riente, de la cascada soberbia, del bosque umbrío y la montaña altiva; Dios, cuyo agudo buril modeló las formas peregrinas y variadas de las criaturas todas, orgullo y atavío de la madre naturaleza, quiso hacer una reproducción de sí mismo, un autorretrato, uno como traslado de su ser y hermosura y bondades, y tal es el hombre, imagen visible y preciosa de su invisible y eterna substancia. La malicia, incuria y estrago del tiempo lo tienen desfigurado, borroso y raído, como es notorio; pero conserva aún el poderío de rehacerse, mejorarse y recuperar el primitivo esplendor y alto estado con la ayuda eficaz que Dios no niega a quien acude a El con resignada confianza.
En esta reintegración perfectiva, aunque mientras perdure la vida mortal admite siempre más refinados y subidos quilates, se pueden, sin embargo, distinguir dos estados progresivos, uno en que el retrato se rehace paulatinamente y parcialmente, y otro en que la reproducción es total, por lo que la imagen de Cristo revivida en el cristiano es entera y acabada y sólo admite ya primorosos retoques y matices finísimos. Aquí el cristiano es en verdad otro Cristo por semejanza y participación. Diremos ahora que en el primer caso se hallan los principiantes y proficientes, y en el segundo los perfectos. Estos son imágenes, figuras o esculturas, retratos cabales y ultimados; aquéllos son bosquejos, apuntes, trasuntos, rasgos o pinturas parciales y sólo comenzadas.
El alma que no encuadre en uno de los antedichos grados, sin duda vive hundida en el mísero abismo del pecado; aquí navega en un mar de sinsabores, desdichas y amarguras; aquí vive en tinieblas más espesas y palpables que las de Egipto; apenas si se conserva rastro ninguno de la sobrenatural imagen del Señor; el sello divinal o no existe o está enteramente borrado y denegrido. Dios, por su generosa y cordial misericordia, nos libre de que la muerte nos sorprenda anegados y sepultados en el océano y sima oscura del pecado mortal. La antorcha celeste e inextinguible que es Cristo Jesús, lucero matutino, alumbre y guíe con su sereno resplandor todos los pasos de nuestra mortal vida.
Observación. Se habrá notado que la división clásica según la cual la vida cristiana se resumía en tres vías, vidas o estados, esto es, el principiante, el proficiente y el perfecto, queda aquí reducido a dos: el parcial y el total. Esta división sencillísima tiene la ventaja pedagógica y práctica de resolverlas cuestiones y dificultades que pueden moverse acerca del comienzo, progreso y término del estado proficiente, el cual es en la nueva clasificación un grado de los que integran la transformación parcial del hombre amador con Cristo su Amado.
De izquierda a derecha. Sentados: P. Luis Fullana y P Lorenzo Pérez.
De pie: PP. Luis Colomer, Demetrio Moltó, Fernando Fabregat y Ricardo Pelufo.
Nuevos superiores de los conventos de la Seráfica provincia de Valencia
Bajo la presidencia del P. Vicario General, el nuevo Definitorio que ya conocen por el número anterior, eligió para el gobierno de las casas de la Provincia a los siguientes religiosos:
De izq a der: sentados PP. Luis Fullana y Lorenzo Pérez
de pie: PP. Luis Colomer, Demetrio Moltó, Fernando Fabregat y Ricardo Pelufo
Santo Espíritu: Guardián, P. Antonio Pérez; Vicario, P. Antonio Ribera.
Valencia: Guardián, P: Francisco Lloréns; Vicario, P. Estanislao Domínguez.
Cocentaina: Guardián, P. Camilo Tomás; Vicario, P. Ambrosio Crespo.
Onteniente: Guardián, P. Juan Bta. Gomis; Vicario, P. Ricardo Pelufo; Pref. Colegio, P. Fernando Alcina.
Benisa: Guardián, P. Juan Jover; Vicario, P. Enrique Reig.
Pego: Guardián, P. Conrado Ángel; Vicario, P. Gaudencio Selléns.
Benigánim: Guardián, P. Miguel Alonso; Vicario, P. Bernardino Sendra.
Agres: Guardián, P. Alejandro Calbo; Vicario, P. Francisco Sanz.
Teruel: Guardián. P. Cipriano Ibáñez; Vicario, P. Francisco Carbonell; Pref Colegio, P. Luis Mestre.
Segorbe: Guardián, P. José Andrés; Vicario, P. Manuel Fabregat.
Chelva: Presidente, P. Fco. Palací.
Carcagente: Presidente, P. Luis Ángel.
Cullera: Presidente, P. Buenaventura Meseguer.
Secretario Provincial, P. Juan Bta. Botet.
Maestro de novicios, P. Francisco Lliteras.
Prefecto de estudios de la Provincia, P. Antonio Torró.
Maestros de coristas, PP. Plácido García y Pacífico Sendra.
Visitador Provincial de la V. O. T., P. Estanislao Barber.
La Acción Antoniana envía a todos la más cumplida enhorabuena, augurándoles felices éxitos en el desempeño de sus cargos, para bien de nuestra Orden.
Tríptico de sonetos
Las llagas del Serafín
Una chispa de ardores celestiales
del pecho del Amado desprendida,
abrasó al Serafín e hizo su vida
fecundo semillero de rosales...
Y pétalos de sangre da a raudales
su cuerpo convertido en una herida,
cual floración sangrante y encendida
que es gloria, encanto y luz de los mortales.
Fue el amor la semilla que acogieron
las fibras de Francisco, sólo ansiosas
de padecer, y a Cristo conmovieron;
que en premio de sus ansias amorosas
las revistió de Sí y ellas se abrieron
en cinco llagas como cinco rosas.
El Pregonero del gran Rey
Cubierto de un tabardo que le diera
el Obispo de Asís, Francisco siente
ansias de soledad, anhelo ardiente
de huir del mundo en rápida carrera...
Y hacia el monte se va, donde le espera
la plácida natura sonriente,
el murmullo
del bosque y de la fuente,
y el cantar de la alondra mañanera.
Francisco vierte en himnos trovadores
el caudal de su gozo verdadero,
entre aquellos selváticos rumores.
Con ademán amenazante y fiero
le sorprenden así unos malhechores,
y exclama: «Del gran Rey, soy Pregonero».
Las hermanas avecillas
Hermanas avecillas trinadoras,
a quienes dio el Señor tales encantos:
vuestros piquitos ríndanle sus cantos
de inmensa gratitud a todas horas.
De los aires os hizo las señoras;
sin tejer os vistió de ricos mantos;
vivienda os dio sin que paséis quebrantos,
y alimento en las mieses productoras.
Volad, cantando a Dios entre sonrisas,
cual le canta el murmullo de las fuentes,
y la aurora bañada en pura luz...
Así habló el Serafín, y ellas sumisas,
tendieron sus alitas complacientes
formando por los aires una cruz.
Jesús Galbis

Fallece en Toledo el cardenal D. Enrique Reig Casanova,
Primado de España
Durante los años 1920-21 fue Arzobispo de Valencia. El día 12 de Mayo de 1923, al no haber ocupado aún su puesto en Toledo, participa en la Coronación de la Virgen de los Desamparados, que tiene lugar en el llano del Puente del Real, con la presencia de los Reyes de España
(Datos y foto de la web Remember Valencia)
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