Índice del nº 103

Este número fue publicado en enero de 1929

Año nuevo

Un año nuevo acaba de empezar para todos los que vivimos en este viejo planeta.

Y este año viene, como todos los anteriores, lleno de promesas, de esperanzas e ilusiones; mas también de dudas, recelos, temores y preocupaciones.

¿Qué será para cada uno de nosotros el año que acabamos de empezar?

Será un año de glorias, alegrías, prosperidades y venturas? O ¿será por el contrario, año de penas, tristezas, tribulaciones y miserias?

Estas son las preguntas que todos nos hacemos cada vez que un año empieza, sin que nadie pueda responder a ellas categóricamente, porque nadie puede descorrer el tupido velo que cubre los acontecimientos venideros.

Aunque bien es verdad que las penas y las alegrías, los trabajos y las satisfacciones, las prosperidades y contratiempos son cosas subjetivamente muy relativas: pues lo que para unos son glorias, para otros son penas, lo que para unos son alegrías, para otros son tristezas, lo que para unos son amarguras, para otros son satisfacciones. Todo depende de la situación de ánimo de cada uno y de la disposición interior con que las cosas se reciben.

Por lo tanto bien vale la pena conocer esa disposición interior y procurar esa situación de ánimo tan maravillosa. ¿Sabéis cual es?

La tranquilidad de conciencia, el cumplimiento de todos los deberes, la conformidad y resignación en la voluntad divina.

Haga la prueba en sí mismo quien no posea estas virtudes maravillosas, y se reirá del mundo, triunfará del tiempo, y se hará invulnerable a los ataques tribulaciones, penas, amarguras y sinsabores de esta vida.

LA ACCION ANTONIANA desea sinceramente estas mágicas virtudes a todos sus amables lectores, colaboradores, amigos, protectores y anunciantes para que el presente año sea para ellos un año de venturas, felicidades y bendiciones celestiales y terrenas.

La dirección.

Protesta

Nos adherimos de todo en todo a los Decretos de Urbano VIII y a las demás decisiones de la Santa Sede y declaramos que no atribuimos más autoridad que la puramente humana a cualquier hecho prodigioso que hayamos publicado o en adelante publicáremos, a no ser que tenga la aprobación expresa de la Santa Iglesia, a cuyos sagrados pies queremos permanecer siempre súbditos y sujetos.

Del Santo Sacrificio de la Misa

Parvul¡petierunt panem et non erat qu¡frangeret eis. (Lam 4,4)
Los pequeñuelos piden pan: no hay quien se lo reparta.

I. La Santa Misa.

Jesucristo prometió quedarse con nosotros hasta la consumación de los siglos para asistir a su Iglesia, y para alimentar a las almas: porque él se había llamado pan de vida; «yo soy el pan de la vida» (Jn 6,35) y repite a los judíos: «yo soy el pan que bajó del cielo» (Jn 6,41); y en la misma ocasión: «el pan que yo daré es m¡carne...» (Jn 6,52). Estas palabras son otras tantas afirmaciones que no admiten réplica y enardecen a las almas reflexivas por tanta dignación de parte de Jesús. Pero también se quedó para ofrecerse por nosotros en sacrificio expiatorio, renovando y completando el sacrificio ofrecido en la cruz.

Así se explica que la Eucaristía sea, a la vez sacramento y sacrificio: sacramento por estar el mismo autor de la gracia, Jesús, bajo las especies sacramentales; y sacrificio perenne de la nueva Ley, dejado por Jesucristo a su iglesia para ser ofrecido a Dios por medio de los sacerdotes, según afirma Pío X en su catecismo. Podemos pues definir la misa según Pío X diciendo: que es el sacrificio de cuerpo y sangre de Jesús, que se ofrece sobre nuestros altares debajo de las especies de pan y vino, en memoria del sacrificio de la cruz.—

Es sacrificio: porque siendo el sacrificio el ofrecimiento de una cosa sensible con su destrucción, hecha a Dios por el legítimo ministro en reconocimiento de su dominio supremo, está claro que Jesús de nuevo ofrece su cuerpo y sangre (cosas sensibles) a su Padre, para renovar su dominio y hacérnoslo propicio. Luego la misa es sacrificio. Esta verdad es de fe definida por el Concilio Tridentino con estas Palabras: «S¡alguno dijere que en la Misa no se ofrece a Dios un sacrificio verdadero y propio... sea anatema» (Sesión 22, cap. 1).

Como todos los pueblos de la tierra han creído en la existencia de Dios, todos se han creído en el deber de ofrecerle sus sacrificios para reconocerle por su Señor y la dependencia absoluta que todo ser tiene con su Criador. No encontraremos ningún pueblo que no tenga aras, sacrificios y ministros que sacrifiquen víctimas. Principia en el sacrificio ofrecido por los hijos de Adán; Caín ofrecía los frutos de la tierra, mientras Abel le ofrecía los mejores corderos de su rebaño. La sagrada Escritura nos habla del sacrificio de pan y vino ofrecido por Melquisedec rey de Salem a Dios, en presencia de Abraham, por la victoria conseguida por éste de Bodorlahomor y los reyes confederados. En el viejo Testamento leemos los innumerables sacrificios ofrecidos por el pueblo judío, las ceremonias, ornamentos y detalles impuestos por el mismo Dios, animales y cosas que se ofrecían y magnífico templo levantado para estos sacrificios. Y, últimamente viene el mismo Dios revestido de carne humana que habla así a su Eterno Padre al entraren el mundo: «No quieres sacrificio n¡ofrenda; pero me has dado un cuerpo» (Heb 10, 5) que sirva de víctima digna de Ti, y no los innumerables sacrificios de animales y cosas que me figuraban; estos ya no los quieres y por esto deben cesar.

La Misa es pues un sacrificio; se sacrifica el cuerpo y sangre de Jesús. De aquí dimana el aprecio en que la tiene la Iglesia: observad que los días de fiesta y domingos no nos impone que recemos un rosario, visitemos el vía-crucis, n¡siquiera el que comulguemos, aunque mucho lo desea, sino que nos manda: asiste al gran sacrificio de la Misa, oye misa. Y esto lo impone bajo grave precepto. Y desea la Iglesia que esta sea la principal devoción de todo cristiano: oye devotamente la misa, asiste al sacrificio que con tanto amor ofrece Jesús todos los días, a todas horas y en muchísimos altares, al Padre Eterno. Así aprenderemos a amar a Jesús y a sacrificarnos por Jesús, en las pequeñas ocasiones que todos los días se presentan en el cumplimiento de nuestras obligaciones. Así lo hacía aquel gran canciller y mártir Tomás Moro: todos los días oía misa con gran devoción. Cierto día, mientras la oía devotamente, viene un paje anunciándole que el rey le llamaba para un negocio de gran importancia. Tened paciencia, responde el gran canciller, primero debo presentar mis homenajes al Rey de reyes, Jesús,y es necesario que, una vez que tuvo la amabilidad y condescendencia de admitirme a su audiencia, oyendo la santa misa, termine esta audiencia hasta el fin. Solía con frecuencia ayudar la santa misa, no creyendo en esto rebajar su dignidad; y a los que se lo reprendían, solía contestarles. Tengo por grande honor hacer este pequeño servicio al mayor de los Reyes, Jesús.

Desiderio

Un Niño nos ha nacido

Ninguna edad de la vida transparenta el alma como la niñez. El alma del niño dulce, inocente y delicada mora en su cuerpecito tierno, dúctil e impresionable y alma tierna y cuerpo ternísimo son sensibles, son delicados como flor natural que se entreabre para recibir los primeros besos de la apenas manifestada prueba de amor que se le tiene o descubre y este sólo soplo de afecto es suficiente para que esa alma fina y blanca se abra toda entera a las miradas de su corazón afectuoso.

¡Oh cómo se deleita el corazón de una madre mirando por unos ojitos una alma suave, dulce, inocente, espiritual y divina! Por eso, porque la madre ha llegado a ver la grandeza, profundidad, amor y terneza del alma de su hijito con tan vivos resplandores, teme tanto que el soplo de la malignidad, de la ponzoña que está derramada a su alrededor, aje y penetre esa flor delicadísima y divina.

Tal como salió de las divinas manos, así podemos decir que se transparenta el alma del niño. Su inocencia le hace obrar al niño con una espontaneidad incontaminada, que es el embeleso de los que le contemplan. ¡Ah! es que no conoce el niño aquellos primeros aldabonazos del remordimiento, que hacían huir hasta de su misma sombra a Caín, y harán huir siempre de sí mismos a los transgresores de las leyes de la conciencia. Ellos, los niños no sienten coartación que no sea la de la fuerza y del amor. Se repliegan irreductiblemente cuando observan con su certero instinto que no se les ama; pero cuando ven un corazón abierto al cariño se entregan totalmente con todo lo que son, con el gran tesoro que poseen de su amado corazón.

Jesús, a más de conocer por ser Dios, el corazón de los que se le acercan, posee como niño ese finísimo instinto de penetrar los, interiores, y como niño también se abre todo entero a los deseos de los que con amor le contemplan.

Con unos ojuelos mira que son ventana abierta de su divino y celestial Corazoncito, a los que secamente se le acercan les tiene también cerrado el tesoro de su divinal amor, s¡bien Niño penetrante con unos ojuelos mira que penetra y roba los corazones.

Niño como los demás, Jesús transparenta lo que es, Sabiduría y Amor de Dios. ¿Quién penetrará los tesoros de la sabiduría y ciencia de Dios? Nadie osará descorrer el velo que tiene para el hombre encerrados los secretos de la Sabiduría y Amor de Dios. Pero en Jesús Niño se nos han dado unos ojuelos, ventanillas abiertas, que nos descubren los secretos de la divinidad. —¡Oh! ¡Toda el hambre que siente el hombre de la divinidad!— No descansa nunca por lograr encontrar lo que le basta que es la sabiduría, que es el amor. Ellos son los únicos que le pueden llenar su corazón tan vació y de senos tan profundos. Con unos ojuelos mira que nos penetra el corazón y nosotros penetramos el corazón de su divinidad hecho Niño tierno y delicado como flor que se abre a los primeros besos de la aurora.

San Francisco, tal vena de amor y de sabiduría encontró en aquellos ojuelos que cantaba y bailaba hecho un loquillo delante de la cuevecita en que la más tierna y sutil de las Madres miraba los ojuelos y el Corazón de su lnfantito adormecido. Acerquémonos con amor a la cueva de Belén y descubriremos los tesoros de la Sabiduría y Amor de un Dios hecho un Dios por amor.

Fr. Gerardo Boluda, ofm

Gaspar, Melchor, Baltasar

De tres reyes gentiles
sé yo la historia;
de tradición antigua
página hermosa.
Relato tierno
que para a mis lectores
aquí refiero.

Del Mesías en busca
los Reyes Magos
a Belén se encaminan
con sus lacayos.
Siguen la Estrella
que los conduce a todos
hasta la Cueva.

A Jerusalén cruzan
en su camino,
ciudad donde se apaga
la luz que he dicho.
Los tres entonces
por noticias acuden
al propio Herodes.

Nombre y señas demandan
a ese tirano,
del Rey que nació cerca
de su palacio.
Mas él ignora
que por allí se encuentre
tan rica joya.

Traen sus Sacerdotes
las Escrituras,
y con ellas, del Cristo,
tienen consulta.
Declaran luego
que Belén es la patria
del Rey del cielo.

Temblando el rey Herodes
por lo que sabe,
de que buscan al Niño
muestra alegrarse.
Amor él finge
a quien con mano airada
matar concibe.

Al dejarse los Magos
la corte impía,
segunda vez la Estrella
más que el sol brilla.
Por este medio
gozosos a la Cueva
llegan ya presto.

Terminado su viaje
tan felizmente,
dentro la pobre Gruta
se van los Reyes.
Todos se postran
y al Hijo de la Virgen
los tres adoran.

Con júbilo allí admiran
el bello cuadro
que Jesús les ofrece
dentro el Establo.
¡Grandeza tanta
tiene sólo por cuna
lecho de pajas!

Reverentes le ofrendan
los tres al Niño
de oro, de incienso y mirra
cofres muy ricos.
Su fe tan grande
encerrada en sus pechos
ella no cabe.

De irse por otras vías
mandato tienen,
al tiempo que a sus tierras
han de volverse.
Y al rey Herodes
nada más se le dice
del Rey del orbe.

De regreso se llevan
la fe de Cristo,
por los tres adquirida
cerca del Niño.
Y hasta la muerte
de apóstoles actúan
por el Oriente.

Con palmas y coronas
la vida acaban,
el día que su sangre
por Dios derraman.
Son tres Heraldos,
tres Mártires gloriosos,
tres Reyes santos.

De estos reyes gentiles
la historia he dicho;
tan dulce, tan hermosa
cual queda escrito.
Dios me conceda
que a los fieles de Cristo
sirva de ESTRELLA.

F. Ll.

[Quiero pensar que se trata del P. Francisco Lliteras, ofm]