Índice del número 112

Octubre de 1929. Año 10. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Oriental Seráfica

Atardecía, cuando un hombre pequeño y delgado, raramente vestido con grueso sayal de lana, con los pies descalzos, con cuerda al cinto, encapuchado y barbudo, con otros dos compañeros suyos, igualmente vestidos, venidos de las huestes cristianas del sitio de Damiata, penetraban impávidos por las puertas de bronce de las almenadas murallas de la ciudad sultana, del antiguo Cairo.

Aquellos embajadores del ejército cristiano que habían osado penetrar en la ciudad enemiga no causaban miedo, antes bien ocasionaban risa. A instancias suyas Francisco y sus frailes fueron conducidos a la presencia del Sultán Melek el Kamel, y ante la vista del enemigo del nombre de Cristo aquel hombrecillo de rostro mendigo y de poblada barba proclamó la verdad dé la religión del Crucificado, desenmascarando los errores y falsedades de la secta musulmana. «Para que me creas, le dijo Francisco, enciende una hoguera, entraremos todos los tuyos y yo, si yo permaneciere intacto en medio de las llamas creerás, si así no fuera atribúyelo a mis pecados». Los sacerdotes del Sultán giraron sus cabezas poco conformes, éste no admitió extraña propuesta, mas un rayo de luz del cielo iluminó las inmensas tinieblas de aquella cabeza coronada con el fez del profeta, conoció, creyó, deseó, pero no se atrevió a descender las gradas del trono, ni que las saludables aguas de la regeneración espiritual le lavaran, y, con mano pródiga y generosa, despidió al hombrecillo de los pies desnudos y de la cuerda al cinto.
Francisco estaba triste, no había conseguido ni su conversión ni el martirio. Vayamos, hermanos, dijo a sus compañeros, donde hayamos de sufrir algo por Jesucristo, y se encaminaron hacia la Tierra Santa, a venerar el Sepulcro del Señor.

Se internaron en el desierto, en dirección del País de Jesús, cuando sintieron una sed devoradora. Se encomendó Francisco en tan apurado trance a Dios, cuando vio que de lejos se le venían corriendo esbeltos y lindos corderitos blancos, que llegando a su presencia se postraron a sus pies mientras él los acariciaba. Dijo el Santo a sus compañeros, vayamos detrás de ellos que nos mostrarán un manantial donde podremos apagar nuestra sed,y en efecto así lo hicieron. Poco luego divisaron en el horizonte monótono la esbeltez de unas palmeras que inclinaban generosas hacia el suelo los racimos de sus sabrosos dátiles, en medio de las cuales, y a sus pies, brotaba un manantial de frescas y cristalinas aguas, que al deslizarse rumorosas sobre la arena, iluminadas por un esplendoroso sol de mediodía, parecían un largo collar de perlas que se perdía en lontananza... Bebieron todos y dieron gracias a Dios, al Señor por la hermana agua, «la cual era muy útil, humilde y casta».

Los corderos se convirtieron en guías de ellos por los desiertos hasta la vista misma de Jerusalén, y al partir Francisco y sus compañeros de aquel oasis, en donde brotaba la cristalina fuente que apagó su sed, la brisa sopló suave sobre las copas de las palmeras que, meciéndose cariñosamente, entrelazaban sus ramas y se besaban.

Dios a todos nos ama y el soplo de su cariñoso amor ha hecho que los hombres nos juntemos en el oasis cristiano del árido desierto de este mundo... ¿Por qué en vez de besarnos conservamos frecuentemente rencor a los demás? Cuando la brisa sopla se besan las palmeras. ¡Pensadlo bien!...

Fr. Juan Alventosa, ofm

Cultura religiosa. Errores modernos

A la juventud antoniana

Mis queridos antonianos: Además del método escolástico, de que os hablaba en la conferencia anterior, otro de los enemigos de los Modernistas, según la Encíclica del Papa Pío X, es la autoridad y Tradición de los Padres de la Iglesia contra los cuales asestan también sus tiros arteros estos herejes, como casi todos los que se han levantado contra la Iglesia de Cristo.

Por esto tratan de confundir la naturaleza y fuerza de la Tradición, para de este modo destruir su peso y autoridad.

Y a este propósito el mismo Sumo Pontífice Pío X recuerda las siguientes profesiones de fe, que todos debemos repetir: «Profesamos conservar y guardar las reglas que la Santa, Católica y Apostólica Iglesia ha recibido así de los santos y celebérrimos Apóstoles, como de los Concilios ortodoxos, tanto universales como particulares, como también de cualquiera Padre inspirado por Dios y maestro de la iglesia». «Admito y abrazo firmísimamente ¡as tradiciones apostólicas y eclesiásticas y las demás observancias y constituciones de ¡a misma Iglesia».

Y ¿por qué atacan a la Tradición los Modernistas, lo mismo que casi todos los herejes?

Porque la Tradición es un verdadero depósito de la Revelación divina: y como ellos niegan la divina Revelación, niegan también la Tradición y la autoridad de los Padres, y tratan de desfigurarlas, desnaturalizarlas y destruirlas, para que los demás tampoco crean en ellas.

Pues habéis de saber, mis queridos antonianos, y recordarlo los que y a lo sabíais, que no todas las verdades que hemos de creer se hallan contenidas en la Sagrada Escritura: sino que muchas de ellas han llegado a nosotros por medio de la Tradición.

La Tradición es la palabra de Dios no escrita, transmitida de viva voz por los Apóstoles y que ha llegado hasta nosotros por medio de la enseñanza de los Padres de la Iglesia.

Los Apóstoles no escribieron todas las verdades que habían aprendido de su Divino Maestro: hay muchísimas que enseñaron de viva voz a los primeros obispos, y estos las transmitieron a sus sucesores.

Los Apóstoles no recibieron de nuestro Señor Jesucristo la misión de escribir, sino de predicar y enseñar a todas las gentes. Aún el Credo o Símbolo de los Apóstoles fue enseñado de viva voz y recitado de memoria por los cristianos hasta el siglo VI de nuestra era.

Y los Evangelistas que escribieron los Santos Evangelios, no nos refieren sino solamente algunas de las enseñanzas de Jesucristo, y los hechos más importantes de su vida. Porque, como dice San Juan, si se hubiesen tenido que escribir todas las cosas que hizo Jesús, los libros no hubiesen cabido en todo el mundo.
Continuaremos hablando sobre la Tradición, tema tan importante.

Vuestro offmo. amigo.

Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Muerte de San Frnacisco

Ocàs esplendorós

Trànsit de S. Francésc

Envolt de llum radiosa
que banya les montantes d' or i argent,
devalla de l'altura
el germá Sol, de tots els astres, rei,
que rendit per l'esfoç de sa carrera
i de triunfos cubert,
sobre l'espill brunyit que'l mar li dona
descansa, jeu, se dorm, desapareix.

Atre sol, més lluminic del que irradia
per l'horitzó sos rajos esplendents,
en les riberes de la hermosa Umbría
espargir resplandors i llums, es veu;
llums ardentes, brolláns de foc i flames,
resplandors postrimers
que al surtir d' eixe sol diví i fulgíssim
que al ocàs va també,
derramen foc etern, al mon abrasen
i en foguera divina a tots encén.

Eixe sol qu'espargis brills lluminosos
per la tèrra, es el Pare Sant Francésc
que després de recorrer esta vida
portant llums i esplendors, com l'astre rei
als inmensos confíns
de aquest vast univérs,
ferit per la llançada del amor
que obrí la porta de son cor inméns,
i no podent contindre
sos incendis ardents
en el sagrari del seu cor puríssim,
tabernacle diví de amors eterns,
de célica anyorança,
i de angusties mortals ,finir ja sen
les forces del seu cós asegellat
i la vida que exhala el cor ences.

Gitat front a la térra beneida
que son breçol amable sostingué,
carinyós la contempla
amb els seus ulls, de tan plorar, seguets,
i faltant-li les forçes,
dibuixan en son pálit rostre sec,
de sos amors i vida
els rajos postrimers,
la seua ma sagrada
aixeca vers al cel,
i li dona, brollant de joia pura,
benediccións de pau, de amors i béns.

Desde l'breçol, qué' ls arbres carinyosos
formen els ocellets,
contemplen éstos, sens obrir llurs bec
en cantars falaguers,
l'ocás del astre-rei, que ab llums nocturnes
se fon en Occident,
i el ocás de atre sol mes esplendíssim,
el del germá Francésc
que tantes voltes, desbordant de joia,
els día que ploraren al Bon Deu,
i acariciant-los en ses máns divines
els parlava dient-los «germanets».

No están dotats de amor, ni inteligencia,
no gojen de rao, ni enteniment,
pero al mirar els aucellets la cara
de aqueixe germá seu

que tan els vol, i mai pot olvidar-los,
deseguida han compres
que patix de amargures sacrosantes
que está malalt de amórs divíns i etérns,
que brollen del seu cor de foc encés,
que's mor de desijos amorosos,
pue pronte aixecará son vol al cel,
que no tindrán sa grata compayia
ni oirá ses cantars, divíns i excéls.

Per aixó no derramen ses canturies
entorn de Asís, ni canten falaguérs,
com en dies alegres
damunt ses máns cantaven mol contents.
Sols els seus bequests obrin
entre profonds gemécs,
manifestan la pena
i els amargors crudels
que senten per la próxima llunyança
del millor germanet,
del que' ls acariciava en ses mans fines
i els beneía en lo sant Nom de Deu.
Per aixó ya no canten, amares ploren
i piulen tristement.

Transit de fonda pena
el Pare Sant Francésc
al oir les tristisimes canturies
dels seus germáns, els pintaets ocells,
obrí sos llavis, i ab dolçura tèndra
els entona este cant, de amor brusent:
«No patiu pena, perque jo vos deixe,
«ni tingau que plorar, germanest meus,
«perque abandone vostra companyia
«i vos prive deis meus cantárs del cel.
«Desde la gloria eterna
«mai os olvidaré,
«i vestint el meu habit sacratíssim
«enviaré a la térra frares meus
«que sabrán entonar-vos ses canturies,
«i també vos tindrán per germanets.
«No tingau que plorar,
«sino canteu, canteu.
«El germá sol m'invita a que'l seguisca
«a regións excelents,
«per a gojar sens mida de dolsures.
«i contemplar la clara llum de Deu
«entre rajos llumínics
«i resplandors ardents.
«Amb nostre germá sòl
«me-n vaig a dins del cel.
«No tingau que plorar
«germanets ocellets;
«gojeu, riau a dolls,
«cançonetes canteu
«que me'n puje a la gloria
«rodejat de angelets..

El sol s'ha post darrere les cortines
del llunyá firmament,
i el Apòstol de Italia,
el Pare Sant Francesc,
com un sol brillantíssim
qu'espargí els seus amors pel mon sencer
s' ha ocultat d' esta térra,
per a irradiar en l'atra eternament.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Ontinyent - IX - 29.

Garnelo

Muerte de San Francisco. José Garnelo y Alda

Página mariana

Cartas a Mariófila

V

Carísima Mariófila en Jesús y María. Asombrada quedaste del contenido de mis dos cartas últimas, me dices en la tuya, al contemplar a nuestra Señora en lo más elevado del cielo, sentada nada menos, que en el mismo trono de Dios por las relaciones íntimas que le unen con las tres Personas de la Santísima Trinidad, de la cual es complemento en el sentido que tienes explicado, y ver que esa gran Señora que está formando parte de la Divina Familia, digámoslo así, es al mismo tiempo tu madre tierna y cariñosa.

Y la verdad es, amada Mariófila, que hay para quedar estupefacta de ver que una pura criatura haya podido unirse con Dios, no ya por las relaciones de afinidad, sino también por las de consanguinidad al ser consagrada por su verdadera Madre, lo cual es todavía de mayor admiración. ¡Misterios de la gracia que en el cielo acabaremos de comprender!

De estas relaciones íntimas de María con las divinas Personas y de su dignidad de Madre de Dios y madre nuestra, sacaré yo el riquísimo tesoro de gracias y perfecciones de que estuvo adornada, que es el cuarto motivo que te propongo para que más la ames y mejor la sirvas.

Cuando Dios destina a una alma para alguna misión particular le otorga las gracias y los poderes necesarios para desempeñar bien su cometido. Así vemos que al escoger a Moisés, por ejemplo, para Caudillo y Libertador del pueblo de Israel le adorna de su prudencia y poder para que de grado o por fuerza lo libre de la esclavitud de Faraón. Y al destinar a Juan Bautista para Precursor-profeta del Verbo encarnado, lo santifica en el vientre de su madre y le da luz para conocer su divinidad y la gracia de señalarle con el dedo de entre la multitud de los pecadores, publicando su inocencia y santidad, su poder y su preeminencia sobre todos los hombres: «He ahí al Cordero de Dios, exclama, he ahí al que quita los pecados del mundo, a quien yo no soy digno de desatar las correas de su calzado».

María Santísima fue elegida y predestinada a a eterno para Madre del divino Redentor. Ella, juntamente con su Hijo, mucho mejor que Moisés, pudo libertara su pueblo de la esclavitud y tiranía del Faraón infernal, que es el pecado. Ella, no sólo pudo señalar, cual otro Bautista, al Hijo de Dios, sino que mereció concebirle y llevarle en su seno, alimentarle a sus pechos, acariciarle en sus brazos y aun mandarle como verdadera madre. ¿Qué de gracias y prerrogativas no estaría, pues, adornada, para poder cumplir debidamente su altísima y singular misión en la tierra y aún en el cielo? ¡Ah! Son tantas y tan grandes que no es posible comprender la inteligencia creada.

El primero de los privilegios otorgados a María después de su elección para Madre de Dios, es el haberla preservado el Señor de la culpa original; privilegio singular concedido a solo María, y es como el fundamento sobre el cual descansarán los que en lo sucesivo recibirá de manos del Todopoderoso.
Se había decretado ab aeterno que el Hijo de Dios se hiciera hombre y naciera de mujer, y era muy conveniente estuviese exenta del pecado de origen, es decir, que nunca jamás hubiera sido esclava del demonio; y como Dios pudo hacerle esta gracia, hemos de concluir con el Doctor de la Inmaculada, que se la hizo. Y así vemos que María en el primer instante de su concepción está ya radiante de gracia y de santidad: El pecado no pudo penetrar en Ella, porque la gracia se anticipó y puso de centinela para que la culpa de Adán no manchase el seno que había de concebir y llevar al Santo de los santos.

A partir de aquel feliz instante se agiganta en santidad y grandeza, porque sabe corresponder a la gracia y utiliza todos los dones que va recibiendo del cielo. Diríamos que Dios y la Virgen inmaculada andan a porfía por ver quien vence a quien. El Señor derramando sus gracias y bendiciones sobre la Virgen escogida, y María correspondiéndolas, agradeciéndolas y utilizándolas para su bien,y como ni el uno ni la otra cejaron de su empeño, quedó ésta tan favorecida que no hay hombre ni ángel que le pueda igualar. La gracia y santidad de María corre parejas con su "dignidad, y si la dignidad de Madre de Dios es casi infinita, según San Bernardo, su santidad y méritos cifrarán también casi en lo infinito, porque, como afirma e! mismo Santo, la dignidad de la Virgen como Madre de Dios exige un grado de gracias proporcionado.

En confirmación de lo que venimos diciendo escribe la autorizada pluma de nuestra Venerable Agreda: «Los beneficios y gracias concedidos a María santísima, para prevenirla al misterio de la Encarnación, tomaron la corriente desde el instante de su inmaculada concepción; porque entonces en la mente y decreto del mismo Dios era ya madre del Verbo eterno...; pero iba aumentando y creciendo, y yo no tengo términos que adecuen a estos aumentos y nuevos favores; y así es necesario en toda su historia remitirnos al poder infinito del Señor, que dando mucho, fe queda infinito que dar de nuevo, y la capacidad del alma, y más en !a Reina del cielo, tiene su género de infinidad para recibir más y más, como sucedió, hasta llegar al colmo de santidad y participación de la Divinidad, que ninguna otra criatura pura ha llegado ni llegará eternamente». (M. C. de D. Int. a la II parte n. 32).

¡Oh, cuán alto se levanta la humilde Esclava de Nazaret por su dignidad de Madre de Dios y las innumerables gracias de que es objeto por tal motivo, mi cara Mariófila! Ella no sólo tiene las gracias, virtudes y perfecciones de todos los santos del cielo y justos de la tierra, sino que sobrepuja a los mismos ángeles del cielo, y merece ser encerrada en el marco de la Trinidad con aureola divina, como Madre del Verbo y Corredentora del mundo. Privilegio harto honroso que no ha sido concedido a ninguna otra pura criatura.

Va ves, pues, oh Mariófila, cuán poderoso y eficaz es este cuarto motivo que te acabo de exponer para despertar en tu alma la devoción y amor a la Reina de cielos y tierra y dignísima Madre de Dios. Pondéralo bien una y otra vez y jamás olvides que si por la gracia que adornaba a nuestra Señora y que tan fielmente correspondió, fue siempre objeto de ¡as miradas y complacencias del Altísimo, con más razón la debemos honrar y venerar y amar nosotros, siéndole agradecidos y correspondiendo a las gracias y favores que por su intercesión nos concede el Señor de continuo.

Así lo espera de ti, cara Mariófila, tu affmo. en Jesús por María,

Fr. Mariano.

Sumario.—Asombro de Mariófila.— Cuarto motivo para amar a la Virgen.— El Señor nos comunica sus gracias según la misión que hemos de desempeñar.— Elevada misión de María Santísima.—Inmunidad del pecado original en María.— Grandeza de la Virgen por corresponder a la gracia.—Doctrina de la Vble. Agreda sobre este punto.—Privilegio excepcional de María.- Exhortación final.

¿Qué es la alegría?

II

Una de las pasiones del apetito corruptible es la alegría y su contraria la tristeza. Idénticas pasiones tiene el apetito racional, o sea la voluntad, y el hombre por ambos apetitos es inclinado a la alegría, o a su contraria la tristeza. Hablar, pues, de una pasión doble en su origen y en sus actos y, las más de las veces, unida en el compuesto hombre, no es tarea despreciable e inútil, creyendo algunos que eso es contentar a niños y a mujeres con golosinas de caras sonrientes y no es propio de hombres formales y serios.

Todo estudio del hombre es importante, como es grandioso y son maravillosos sus sentidos y potencias y cuando se trata de una posesión fuerte tanta parte tiene en la vida humana y en la felicidad del corazón, es por demás necesario, útil y muy provechoso su oficio. Y es que todo cae bajo la crítica despiadada del hombre. Ven algunos que el ser alegres, de trato franco y abierto, mezclado de chistes, cuentos, jolgorio y algazara es impropio de la virtud y disipador del espíritu; cuando otros no pueden tolerar la piedad, porque ven aneja a su práctica !a seriedad, cierta tristeza o melancolía insoportable a la vida. ¿Qué es la alegría que todos quieren y casi todos confunden? ¿Qué es la tristeza tan temida de todos? La alegría es la posesión del bien deseado, la tristeza viene por la ausencia del mismo bien, que llamaremos, posesión del mal.

Bienes y males son causa de nuestras alegrías y nuestras tristezas; bienes y males hacen nuestra vida feliz o desgraciada; bienes y males son el objeto de la voluntad y del apetito inferior. El bien y el mal, como elementos indispensables a nuestra vida afectiva, deben ser conocidos, siendo el motivo de tan opuestos pareceres, su ignorancia y la distinta apreciación de los mismos.¿ Qué es el bien? ¿Qué es el mal? De ellos hablamos todos los días y acaso ¿no falsificamos sus conceptos con daño de nuestra tranquilidad? ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? Han querido hacer difícil esta cuestión para la inteligencia popular, cuando ella, mejor que los filósofos, sabe distinguirla perfectamente. Como intentaron hacer difícil el conocimiento de Dios, cuando una simple mirada dirigida al cielo basta para ver su Soberana Existencia, lo mismo aquí, una simple reflexión mujeril o del labriego, con tal que su corazón esté sano, basta para saberlo que muchos sabios no conocieron.

En verdad: Sabemos primero y hasta el niño lo conoce, que Dios es bueno,y es bueno infinitamente y que solo El es él Bien increado; sabemos segundo, que es Dios tan bueno,y solo El Bueno, es criador de cielos y tierra y fuente y causa de todo bien creado. ¿Quién le ayudó en la Creación? Sabemos tercero, que, si la luz, procedente de la luz, es luz, las criaturas venidas del Sumo Bien han de ser buenas;

Sabemos cuarto, que estas criaturas son finitas en su ser, en su vida, en sus sentidos y cualidades; sabemos quinto, que al ser tan limitada su naturaleza hoy son y mañana desaparecen; un viento les troncha o un rayo les derriba, y mil accidentes que ocurren son causa de enfermedades, pestes, sequías, pedriscos y desgracias; sabemos sexto, por conclusión que lo que llamamos males son consecuencias de la naturaleza limitada de las criaturas y son, no males, sino cumplimiento del orden establecido por Dios. Les llamamos males físicos, pero en realidad son bienes, porque bien es el cumplimiento de las leyes de la naturaleza.

¿Acaso Dios no podrá gobernar a sus criaturas? Pero no, el hombre debemos mirarlo además en otro orden que también tiene sus bienes y sus males.

Ah lector mío, piensa en cristiano una vez. Desterrados fueron nuestros Padres y lo mismo continúan sus hijos. Si al desterrado le dan medios para llegar a la Patria con riqueza, felicidad y eterna dicha, ¿será quererla bien o mal? Que tales medios son el sufrimiento, la privación, la paciencia, la vida ordenada, exigiéndosele únicamente que evite vicio y sujete sus pasiones, y no cometa pecados y que sea hombre cristiano y no bruto gentil, ¿será pedirle demasiado? Y este grande bien, bien inefable, bien del Dios misericordioso, el hombre lo mira y recibe como mal y se entristece y hasta insulta a Dios diciendo: Dios lo hace mal. Dios no lo ha hecho bien. Solo porque quiere dinero, fiestas, libertad y... Oh hombre, ¿qué bienes quieres y cuál es tu alegría? Recibe las verdaderas alegrías y no las falsas. Tienes derecho. Dios te lo concede.

Fr. Elias Mengual, ofm

Temas religiosos de liturgia

—¿En qué forma han de presentarse y asistir a la santa Misa los fieles cristianos que desean oírla cual conviene, saborear los copiosos-frutos de bendición que de ella naturalmente se derivan,y guardar su puesto de honor entre los verdaderos amigos de Jesús, nuestro divino Salvador?

—Con toda reverencia, modestia y humildad.

La reverencia ha de proceder del fondo del corazón y terminar en la augusta Víctima del Sacrificio; la cual es Dios como el Padre y hombre como nosotros. De suerte que toda alma devota ha de estar sumisa y rendida delante de su real Majestad mientras dura la santa Misa y exteriorizar esa buena disposición interior con cada una de las posturas del cuerpo, desde que se va a !a iglesia para oírla hasta que se haya de salir de ella.

La modestia ha de brillar especialmente en el corte y suficiencia de los vestidos, en la compostura de los ojos, en los movimientos de la cabeza y en los ademanes de todo el cuerpo. Todo el exterior del cristiano que oye la santa Misa ha de armonizar entre sí y con las circunstancias severamente lúgubres del acto tierno y sentimental a que entonces asiste. Pues se trata de honrar con su presencia la crucifixión y muerte de nuestro adorable Redentor; y los trajes inmodestos, las miradas lascivas, las palabras indecorosas y los ademanes provocativos merecen la reprobación de las personas sensatas, por ser otras tantas profanaciones manifiestas del lugar santo y de la función religiosa en que toman parte.

La humildad ha de abarcar el conjunto de los afectos del corazón devoto y de los movimientos y aposturas del cuerpo de cada oyente, encaminando toda su actividad interior y exterior a la detestación de todos los pecados propios y de los ajenos, por lo mucho que unos y otros ofenden y persiguen a Cristo, Dios y Señor nuestro, quien los espía y borra de su voluntad y a costa de su preciosa sangre.

—¿Quienes son los más crueles verdugos de esta Víctima sacrosanta, que vemos pendiente de la Cruz?

Los orgullosos, los soberbios y otros semejantes, porque sin escrúpulo de ninguna clase vienen a presenciar las dolorosas escenas del Calvario cogidos del brazo del mundo, del demonio y de la carne, quienes pidieron para Jesús este género de muerte tan ignominiosa y le obligaron a que apurase hasta las heces el cáliz de amargura infinita, preparado con la quinta esencia de los pecados de toda la humanidad. Ellos fueron ciertamente los que le prendieron, los que le ataron a la columna y le azotaron, los que le coronaron de espinas, los que sublevaron al pueblo contra él, los que le propusieron villanamente a Barrabás, los que pidieron a gritos su crucifixión, los que taladraron sus pies y sus manos, los que enarbolaron su cruz, los que le abofetearon, se burlaron de él y le blasfemaron de mil maneras hasta que hubo muerto; y aún más allá de la muerte de Jesús nuestro amado Salvador llevaron su saña diabólica y maldita, a causa de la furia o rabia infernal que hervía de continuo en su pecho contra el Cristo del Señor, que padeció y murió saturado de oprobios por redimirnos y salvarnos a todos los desterrados hijos de Eva.

Consideren bien todas estas cosas los que acuden a la iglesia y asisten al incruento sacrificio de la Misa con deseos de ver y de ser vistos, o de llamar la atención de los demás con sus lujos inmoderados, con sus modas refinadas, con sus desnudeces escandalosas y provocativas, con sus ademanes y posturas indecentes, con sus adornos profanos, con sus miradas lascivas, con sus gestos procaces, etc., etc., hasta convencerse de que también para ellos fue dicha y escrita la sentencia de condenación eterna contra los profanadores del templo y los propagadores del pecado de escándalo entre los pequeñuelos que creen en Cristo, hijo de Dios vivo.

—¿Qué uso hemos de hacer los católicos del agua bendita puesta en las pilas que hay en los canceles o entradas de las iglesias recordándonos las grandes fuentes del atrio de los templos antiguos donde se lavaban la cara y las manos los que entraban en ellos para oír la santa Misa?

—Lo más conforme con la liturgia tradicional católica es tomarla cada uno por si mismo con la extremidad de los dedos de la mano derecha y asperjarse con ella con fe y devoción. Signarse en este caso, lo mismo que darse el agua los unos a los otros por mera cortesía, no encaja perfectamente bien con la disciplina eclesiástica ni con el clásico simbolismo de esta importante ceremonia.

—¿Qué palabras hemos de pronunciar al asperjarnos con esa agua bendita cada vez que entramos en la casa del Señor?

—Son muy a propósito las que se cantan en el Asperges de los Domingos antes de la Misa conventual: a saber: «Me rociarás, Señor, con el hisopo y seré purificado; me lavarás y quedaré más blanco que la nieve», que las ha tomado la Iglesia del real profeta David. Por supuesto que puede continuarse la fórmula que ha prevalecido entre el vulgo de santiguarse invocando las tres personas de la santísima Trinidad.

—¿Qué efectos más principales produce el agua bendita entre los fieles cristianos que la usan según el espíritu de la santa Iglesia?

—El perdón de los pecados veniales y la purificación total o parcial de nuestras almas, por la reverencia que ella despierta y excita en nosotros hacia Dios y las cosas sagradas. De este piadoso afecto proviene un disgusto virtual y movimiento de aversión de las culpas antes cometidas, suficiente para negociarnos el perdón de ellas o la cancelación del reato o pena temporal de las mismas, una vez perdonadas en cuanto a la culpa y pena eterna.

Tiene, además, el agua bendita una virtud oculta que la coloca a la cabeza de otros muchos sacramentos. Basta examinar el contenido de las oraciones con que los sacerdotes bendicen y mezclan !a sal y el agua para convencerse de que encierra la virtud de lanzar los demonios de los lugares infestados, de reparar los males causados por ellos y de alejarlos de nosotros, de nuestras moradas y de nuestras casas, como también de que contribuye a sanar a los enfermos y a granjearnos nuevas mercedes y dones del Espíritu Santo.

—¿Desde cuándo está en uso el agua bendita en la Iglesia de Dios en favor de los vivos y en sufragio de los fieles difuntos?

—Desde los tiempos apostólicos. San Mateo evangelista ya la bendijo en la sustancia y modo que lo practica hoy la Iglesia, y el Papa San Alejandro I, que fue el quinto Pontífice después de San Pedro, ya ordenó que se usara esta agua para los fines dichos, dando así estabilidad y firmeza a tan cristiana y piadosa costumbre.

—¿Es cosa laudable conservar una porción de esa agua en nuestros aposentos para librarnos de los insultos de nuestros enemigos, conjurar las tempestades y santiguarnos con ella a menudo, sobre todo al levantarnos de la cama, al salir de casa, al volver a nuestras habitaciones y al acostarnos, cuya práctica está fundada en la misma que observa la Iglesia católica desde su primer origen?

—Quien esto haga será digno de encomio y alabanza. Porque mientras que la santa Iglesia se vale de la aspersión del agua bendita para obtener la limpieza de las almas y para la bendición del pan, de los ornamentos eclesiásticos, de las campanas, de los templos nuevos, de las casas, de los campos y de los frutos de la tierra, estimula ella misma a sus fieles cristianos a que intensifiquen más y más el uso común de ese vital elemento y les confirma en la seguridad de que con esto agradan a Dios y contribuyen eficazmente a su salvación.

—¿Qué alabanzas cuenta Santa Teresa de Jesús, quien tantas veces experimentó su gran virtud en contra de tentaciones y cercos diabólicos con que la vejaba el demonio?

—De ella hace un cumplido elogio en el capitulo 31 de su vida. Dice que la echaba hacia la parte donde veía estaban los demonios, y que éstos huían de allí aún con más eficacia que de la Cruz. Después nos habla de la especial consolación que sentía su bendita alma cuando tomaba esa agua lustral y de lo ordinario que era para ella esa recreación interior, que no sabía darnos a entender por lo secreta que era e intensa en su espíritu, noble y levantado cual ninguno.

De esta misma consolación afirma que no era cosa de antojo ni de haberle acaecido sólo una que otra vez, sino que la sentía y experimentaba ordinariamente en toda su persona. Y para explicar de algún modo este consuelo espiritual de que se veía entonces inundada, se valía del símil del que se bebe un jarro de agua fría sintiéndose acosado de calor y de sed, el cual queda refrigerado todo él en virtud del agua que ha bebido en las condiciones aquí dichas.

Aprendamos de esta Santa, gloria de España y de la Orden Carmelitana, el aprecio que debemos hacer del agua bendita. Tomémosla con mucha devoción al entrar en las iglesias y en nuestras habitaciones y usemos diligentemente de la misma cuantas veces nos pueda ser de provecho para el cuerpo o para el alma. Consideremos como ella la virtud y Fuerza sobrenatural que comunican al agua las palabras de la bendición ordenadas por la santa Iglesia y también nos servirá a nosotros de mucho regalo ponderar la diferencia grande que va entre el agua natural y la que ha sido bendecida por un ministro del Señor.

Fr. Francisco Lliteras, ofm