Índice del número 123

Septiembre de 1930. Año 11. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm

Extensión de los derechos de la Iglesia

Pero si causa admiración el que la Iglesia haya sabido en todo tiempo reunir alrededor de sí centenares, millares y millones de alumnos de su misión educadora, no es menor la que deberá sobrecogernos cuando reflexionemos sobre lo que ha llegado a hacer no sólo en el campo de la educación, sino también en el de la instrucción verdadera y propiamente tal. Porque si tantos tesoros de cultura, civilización y literatura han podido ser conservados, se debe a la actitud de la Iglesia, que, aún en los tiempos más remotos y bárbaros, ha sabido hacer brillar tanta luz en el campo de las letras, de la filosofía, del arte y particularmente de la arquitectura.

Tanto ha podido y sabido hacer la Iglesia, por que su misión educativa se extiende aún a los no fieles, por ser todos los hombres llamados a entrar en el reino de Dios y a conseguir la eterna salvación. Como en nuestros días, en sus Misiones esparce a millares las escuelas en todas las regiones y países aún no cristianos, desde las orillas del Ganges hasta el río Amarillo y las grandes islas y archipiélagos del Océano, desde el Continente negro hasta la Tierra del Fuego y la helada Alaska, así en todos los tiempos la Iglesia con sus misioneros ha educado en la vida cristiana y en la civilización a las diversas gentes que ahora forman las naciones cristianas del mundo civilizado.

Con lo cual queda con evidencia asentado, cómo de derecho y aún de hecho, pertenece de manera supereminente a la Iglesia la misión educativa y cómo a ningún entendimiento libre de prejuicios se le puede ocurrir motivo alguno racional para disputar o impedir a la Iglesia una obra, de cuyos benéficos frutos goza ahora el mundo.

Armonía de los derechos de la Iglesia con los de la familia y del Estado

Tanto más cuanto que con tal supereminencia de la Iglesia no sólo no están en oposición, sino antes bien en perfecta armonía, los derechos, ya de la familia, ya del Estado, y aun los derechos de cada uno de los individuos respecto a la justa libertad de la ciencia, de los métodos científicos y de toda cultura profana en general. Puesto que, para apuntar ya desde luego la razón fundamental de tal armonía, el orden sobrenatural, al cual pertenecen los derechos de la Iglesia, no sólo no destruye ni merma el orden natural, al cual pertenecen los otros derechos mencionados, sino que lo eleva y perfecciona, y ambos órdenes se prestan mutua ayuda y como complemento respectivamente proporcionado a la naturaleza y dignidad de cada uno, precisamente porque uno y otro proceden de Dios, el cual no se puede contradecir: «Perfectas son las obras de Dios, y rectos sus caminos».

A la Familia

Primeramente, con la misión educativa de la Iglesia concuerda admirablemente la misión educativa de la Familia, porque ambas proceden de Dios, de una manera bien semejante. En efecto, a la Familia, en orden natural, comunica Dios inmediatamente la fecundidad, principio de vida y consiguientemente principio de educación para la vida, junto con la autoridad, principio de orden.

Derecho anterior del Estado

Dice el Doctor Angélico, con su acostumbrada nitidez de pensamiento y precisión de estilo: «El padre carnal participa singularmente de la razón de principio, la que de un modo universal se encuentra en Dios... El padre es principio de la generación, educación, disciplina y de todo cuanto se refiere al perfeccionamiento de la vida».

La Familia, pues, tiene inmediatamente del Creador la misión y, por tanto, el derecho de educar a la prole, derecho inalienable por estar inseparablemente unido con la estricta obligación, derecho anterior a cualquier derecho de la sociedad civil y del Estado, y por lo mismo inviolable por parte de toda potestad terrena.

Pio XI
(De la Encíclica acerca de la educación de la juventud).

Pío XI

Pío XI [de ABC]

Aromas antonianos

Cartero celestial

Toda Padua estaba conmovida y por doquiera se respiraban los suaves perfumes de la virtud. San Antonio durante una larga temporada había trabajado en aquella viña del Señor y con sus predicaciones y confesiones y consejos espirituales había convertido a las almas al camino del bien, y era ya toda Padua del Señor, porque el Santo había prendido el fuego del amor de Dios en todos sus moradores. Pero el Santo necesitaba reposo y deseaba entregarse en absoluto a la vida de oración y contemplación y buscar la quietud y la consolación de su espíritu en alguno de los eremitorios de la Orden. Se encerró, pues, en su celda y escribió una carta al Padre Ministro General para pedirle permiso para poderse trasladar a un retiro.

Como entonces no había como ahora el servicio de correos que con tanta facilidad verifica el traslado de las cartas, era preciso servirse de peatones o enviar en un propio las cartas a su destino. Esto ocurría entonces en Padua, y el Santo, escrita la carta, fuese al P. Guardián a pedirle que buscase algún mensajero que llevase aquella carta al Ministro y le trajese la respuesta.

Algo inusitado y extraño ocurría en la celda de San Antonio, desde el momento en que él cerró la puerta dejando la carta sobre la mesa. Una luz extraña y esplendorosa dejaba entrever sus brillos por entre las rendijas, mientras un suave murmullo de voces se percibía en la estancia y un ligero aleteo de mullidas alas parecía batir el aire de aquel pobre recinto, que bien pronto se dejó oír por las afueras de la ventana hasta perderse en el espacio.

Volvió San Antonio con un hombre para el encargo, y se quedó sorprendido al entrar en la celda, porque la carta no estaba donde la dejó, ni pudo encontrarla en ningún sitio después de haberla buscado en todas partes.

San Antonio

Pensó si no sería del gusto de Dios el que cambiara de aquel sitio, y fuese de nuevo al Guardián diciéndole que no necesitaba ya enviar la carta, y podía por lo tanto despedir al mensajero.

Siguió el Santo su vida ordinaria sin preocuparse va de la carta, y dedicaba todo el tiempo que le era posible a la oración.

Pasados dos días, que era el tiempo en que un mensajero podría haber ido y volver a entregar la carta al Superior, estando en oración notó el santo algo extraordinario en su celda, como si alguien entrara con movimientos imperceptibles y con un resplandor inusitado, y hasta se vio el recinto perfumado con aromas celestiales. Sin duda alguna, el cielo entendía en ello pero el Santo no se dio cuenta de aquella operación angélica y siguió fervoroso en su oración. Terminada esta, vio con sorpresa que sobre la mesa había una carta dirigida a él. La leyó, y fue mayor su asombro al ver que era carta del P. Ministro General en la que contestaba a la suya, que él había dado por perdida; viendo en ello la mano de Dios, sospechó que por ministerio de los ángeles la carta había sido llevada al P. General, y del mismo modo habría llegado la contestación.

Absorbido en esos afectos divinos vio que la celda se inundaba de luz por unos rayos esplendorosos que bajaban desde el cielo, y entre armonías celestiales y miríadas de ángeles el divino Niño Jesús entraba en su habitación.

Entre los deliquios amorosos de aquel éxtasis divino le mostró el buen Jesús sus complacencias por el fruto extraordinario que había conseguido en las almas. Y para que viese cuan complacido estaba de ello y cómo deseaba regalarle en las dulzuras de la oración y en la quietud y silencio de los desiertos él había mandado un ángel para que le, sirviera de cartero y cumpliese el mensaje con toda fidelidad. Y en recuerdo de ese favor le prometía la gracia de dejar a su disposición los ángeles para que sirvan de fieles mensajeros en las cartas de sus devotos, que vayan recomendadas a su nombre. Por esto los devotos del Santo tienen especial cuidado en recomendar sus cartas a San Antonio.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

Virgen María

[De Directorio franciscano]

Aurora divina

En el Naiximent de la Verge

Com l'aubada hermosa
s'alça per l'Orient,
derramant joliva
entorn del blau cel
ses castes sonrises
de rajos ardents,
mentres ses mans purés
de flors i clavells,
corren les cortines
del balcó fulgent
per a que el Sol ixca
alegre y rialler;
aixina la Verge
i Mare de Deu
en este sant jorn
del seu naiximent,
com aurora pura
d'encants falaguers,
joliva i graciosa
brilla i apareix,
senyalant la aixida
del Sol esplendent,
i espargint ses gracies
de fulgórs etérns.

Gitaeta en bracos
de Santa Ana es veu,
i amables l'agrunsen
ab íntim plaer,
servint-li amoros
de cast breçolet,
com jeu i se agrunsa
l'aurora també
entre llums i núvols
i en bracos del vent.

Obri els seus llavis
pintats de clavells
en castes sonrises
de gracia esplendent,
i desfá les ombres
qu'envolten el cel,
i porta la jóia
als córs dels fidéls,
i a tot el mon dona
conçols exel·lents:
puix com es l'aurora
signe verdader
que segur senyala
l'aixida en Orient
del llumínic astre
qu'es de tots, el Rei,
aixina la Verge
en son naiximent
senyala amorosa
al que és Sol etern
de totes les animes
que hia en térra i cel,
al Rei de la gloria,
l'Infant Jesuset.

¡Oh Verge amorosa
i aurora fulgent
de la llum de gracia
del sol verdader!
Envía els teus rajos
a tots els fidéls
desde eixa cuneta
i hermós breçolet
en que hui apareixes
en ton Naiximent,
per a que en senyale
el camí del cél.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Terol - agost - 1930.

Don Vicente Marín y Bosque

Don Vicente Marín y Bosque ha muerto, sembrando con su ausencia la pena en su feliz hogar familiar, que no supo de lágrimas más que a su muerte y la tristeza en el extenso círculo de sus amistades.

Caballero sin tacha su amistad era buscada con interés, convencidos sus amigos que en su amistad caballera encontraríamos un tesoro, de inestimable valor. Pronto para todos, hizo su vida un ajeno vivir del que salían favorecidos exclusivamente sus amigos. Salud, actividad, méritos, relaciones y cuanto poseyó estuvo siempre a contribución de cualquiera que se acercara a la puerta de su casa, o le detuviera el paso en la calle. Tanto fue así que parecía el hombre de los demás, más bien que el de su casa.

De los católicos activos y militantes de vieja cepa, fue un batallador diario, por largos años, de la causa católica. Hombre de convencimientos a toda prueba le vimos siempre en las avanzadas, ocupando un lugar, que con otros, van quedando desiertos, porque ya no hay caballeros cristianos, forjados a ese temple, que ocupen los puestos de los caídos. Militó en las filas del periodismo católico, y en él deja indeleble su huella, que no borrará tan fácilmente el tiempo. Cumplidor de su deber, que para él entrañaba noción de sagrado ministerio, no faltó nunca en su sillón, frente a las cuartillas, en la redacción de «Diario de Valencia»; donde su labor valiosa se escondió bajo el anónimo más infranqueable y riguroso. Si los números de «Diario de Valencia» nos hablaran, dirían que por muchos años recibieron su impulso eficaz, nunca malogrado, y que debieron sus éxitos y campañas al espíritu decisivo y valiente de Marín.

«La Acción Antoniana», nuestra modesta y predilecta Revista franciscana de Valencia le debe tanto, que le debe su vida y existencia. Cuando todavía no era más que un simple boletín, de unas pobres hojas que mantenía el calor y entusiasmos antonianos, Marín Bosque le hacía salir a la vida al impulso de la varita mágica de su pluma. Luego, cuando expandió su influencia y extendió su radio de acción, se desarrolló y creció, Marín la dejó en manos de la nueva redacción, pero sin dejar ni apartar sus ojos de la misma, a la que amaba como a criaturilla propia.

Ya en la cama, con la enfermedad que le ha llevado al sepulcro, escribió su último artículo de la serie que durante todo el año venía escribiendo en «Acción Antoniana», sobre la excursión mariano-antoniana realizada en el septiembre pasado. Artículos que hubiera continuado con una nueva serie, con motivo de la nueva excursión que los antonianos proyectan a Zaragoza, Lourdes y San Sebastián, y que Marín venía ya acariciando para el próximo septiembre. La muerte de Marín Bosque ha dejado vacante el cargo oficial de director de «La Acción Antoniana», ante la autoridad civil.—Secretario de la Pía Unión de San Antonio de Padua y del Consejo de Obras Sociales del Centro Instructivo Antoniano, su memoria será por mucho tiempo recordada con pena y en todas las empresas antonianas se dejará sentir por largos años la ausencia de su actividad y generoso impulso.

Fr. Juan Alventosa García, ofm

Cultura religiosa

Simbolismo de los templos católicos

Mis queridos Antonianos: Me dicen, para satisfacción mía y estímulo vuestro, que leéis con interés estas conversaciones familiares sobre el simbolismo de los templos católicos, que tanto ilustra nuestra inteligencia y eleva nuestros corazones. Y debo por ello felicitaros muy de corazón, porque ponéis de manifiesto muy a las claras vuestro buen gusto por las lecturas sanas e instructivas, ya que hoy tanto cunde por desgracia la afición y aun el frenesí por las lecturas frívolas, insulsas y fútiles, cuando no indecentes, pornográficas e inmorales.

¡Cuánto más ganaría la juventud si se habituase a leer artículos, folletos, y obritas que tratan de asuntos útiles, instructivos y recreativos, y que tanto abundan ya en la literatura moral contemporánea!
Continuaremos pues nosotros hablando del simbolismo de los templos, que tanto despierta nuestro interés y tan de lleno entra en la instrucción religiosa, que es el asunto especial de esta sección.
Saliendo del interior, Fijémonos en la parte exterior de los templos católicos, que no menos nos instruyen y elevan hacia lo alto.

Suelen estar edificados nuestros templos en lugares céntricos de las poblaciones o en sitios elevados y culminantes. Y las grandes masas de estos edificios, las esbeltas torres que se levantan a sus lados, y las flechas puntiagudas con que suelen rematar las torres, atraen nuestras miradas, y nos elevan hacia el cielo, término de nuestro destino acá en la tierra.

En la parte más alta de las torres o campanarios aparece la cruz, signo de nuestra Redención, dominando sobre todos los edificios y sobre todas las cosas, y simbolizando el reinado de nuestro Señor Jesucristo sobre todo lo creado.

En muchas torres, en la parte que vulgarmente se llama veleta, aparece también la figura de un gallo de metal, que simboliza la vigilancia, y nos recuerda que el canto matinal del gallo es una invitación a ofrecer a Dios las primeras obras del día y a llorar nuestros pecados a ejemplo de San Pedro.

La veleta movida constantemente por el viento, cuya dirección indica, nos enseña también la veleidad y mudanza de las cosas mundanas, y cómo no debemos dejarnos llevar por el viento de las pasiones, buscando en la Religión cristiana el refugio y sostén más seguro contra los embates de las tentaciones.

En el muro de la iglesia o de la torre aparece también un reloj grande, que señala las horas del día y de la noche, y nos exhorta al buen empleo del tiempo, con el que podemos granjearnos una eternidad bienaventurada.

Para anunciar los divinos oficios y especialmente la celebración de la santa misa, como también las más importantes circunstancias de la vida y de la muerte del cristiano, se ponen en las torres las campanas, que con sus voces alegres o tristes elevan nuestros pensamientos, excitan nuestros más íntimos afectos y nos invitan a la oración.

El Seráfico Doctor San Buenaventura, gloria de la Iglesia y de la Orden franciscana, fue quien introdujo la santa costumbre de que se toque la campana tres veces al día, al amanecer, al mediodía y a la caída de la tarde anunciando la oración llamada del Ángelus, o sea recordándonos la hora la más memorable de la historia, cuando el Arcángel San Gabriel, mensajero del mismo Dios, anunció a la Santísima Virgen el Misterio sublime de la Encarnación del Verbo; y María Santísima, pronunciando aquel fíat o hágase, más poderoso que el de la Creación, hizo que el Hijo de Dios se encarnase e hiciese hombre en sus purísimas entrañas, empezando entonces en la tierra la Redención del linaje humano. El toque pues del Angelus nos recuerda aquel hecho, el más portentoso y sublime que se ha realizado en la tierra, y rezando devotamente el Ave María, las tres veces que suena la campana, damos gloria a Dios y ensalzamos a la Santísima Virgen, agradeciendo el beneficio inestimable de nuestra Redención.

Y como esta conversación se va alargando y este asunto es de suma importancia lo dejaremos para el número siguiente.

Fr. Juan B. Botet, ofm

Eres Madre

Tras la infantil ilusión
de mi poético ensueño,
sufro, madre, como un leño
los golpes del azadón.

Contemplándome las llagas
desfallezco, madre amada,
y mi pobre alma cansada
se despide del gozar.

Sólo en ti reposo espero,
cual rendido viajero
tras el crudo batallar.

Si me acoges feliz soy,
pues, dejando los placeres
bacanales a Ti voy.

...Sanaré madre querida,
si tu mano angelical,
de mi alma dolorida
triste y fría cual ninguna,
sabe arrancarme la espina
que me clavé en el zarzal.

Anegado en tierno llanto
y ante tus plantas Señora,
siento esfumarse el quebranto
por tu mano bienhechora.

Ya experimento el calor,
ya me siento en tu regazo
maniatado por el lazo
que nos une del amor.

Eres madre; madre buena;
que me alcanzas el perdón,
cuando triste y desvalido,
a tus plantas como en nido,
se acoge mi corazón.

Rotepincar
Fuente Encarroz, Julio, 1930.

A las madres cristianas

VII.—Jesucristo y el niño cristiano

El alma del niño cristiano se halla adornada de hermosura y fulgores verdaderamente divinos que la transforman en pequeño cielo, donde habita el Espíritu Santo, como dulce Huésped.

Y ¡qué obra tan admirable realiza el Espíritu de Dios en las almas que le acogen y no le ponen óbice con la malicia del pecado!

Y en verdad, en vuestros angelitos, madres cristianas, en esas almas no empañadas todavía por e! vaho mefítico de las pasiones ruines y bastardas brillan todas las maravillas que obra el Espíritu Santo en el momento de ser lavados y regenerados en las saludables aguas del ¡bautismo.

¿Qué efectos admirables son esos? Decíamos en el artículo anterior que los limpia del pecado original y los hermosea con la gracia y las virtudes. Presentada bajo otro aspecto aparecerá con más claro fulgor la sorprendente obra realizada en el alma cuando se la bautiza: el Espíritu de Dios la renueva y la moldea según la viva imagen de Jesucristo.

El Espíritu Santo, llamado también Espíritu de Jesús, ha derramado en la Humanidad de Cristo la plenitud de la gracia santificante con todas las virtudes, dones y carismas que caracterizan la dignidad y funciones de Jesucristo y que le constituyen ejemplar absoluto de toda virtud, causa meritoria de toda gracia, manantial inagotable de quien deriva en las criaturas la vida, la luz y la hermosura divinas. Por eso, todo cuanto las almas son o pueden ser en el orden de la gracia o vida sobrenatural está contenido en raíz en Jesucristo y con El ha vivido su vida y recorrido sus misterios.

Pues bien: El Espíritu Santo, por el bautismo, nos une, nos pone en contacto con Jesucristo, nos hace miembros del cuerpo místico y real del que Jesús es cabeza, abre en nuestras almas como un canal por donde circula en todo nuestro ser una participación de la plenitud de gracia y vida de que Jesús está lleno y quedamos hechos participantes de la naturaleza divina, (2 P 1, 4) y todo nuestro ser, cuerpo p alma, es revestido y penetrado de Jesucristo. (Gal 3, 27). De esa manera es cristianizado nuestro ser y es refundido, moldeado y hecho imagen viviente de Cristo. Conforme con esto San Cirilo Alejandrino dice que nos deifica (el Espíritu Santo) imprimiéndonos por dentro y por fuera como un sello viviente que reproduce en nosotros la verdadera semejanza del Unigénito de Dios. Y San Metodio no titubea en afirmar franca y resueltamente que el cristiano lleva grabados en el alma los rasgos y la fisonomía de Jesús.

Si Dios os concediera su gracia y luz, madres cristianas, para que vuestros ojos se abismaran en el alma de vuestros hijos regenerados por el bautismo, sin duda, caeríais envueltas en estupor y júbilo inenarrables al contemplar allí, perfectamente delineada, la encantadora imagen de Jesucristo. Así renovado el niño, 110 es tan solo hijo vuestro. Pertenece a la estirpe divina, es nacido de Dios. Después que nació de la carne, ha renacido del Espíritu para la vida eterna: es un verdadero hijo de Dios. Si Jesucristo es hijo de Dios por naturaleza, vuestro pequeñuelo es hijo de Dios por adopción. Y tan verdadera es esta filiación divina de vuestros hijos que San Juan dice expresamente. Mirad, ¡qué amor tan entrañable nos ha manifestado el Padre, pues ha querido que nos llamáramos hijos de Dios y lo somos en efecto, (1 Jn 3, 5). Reformado vuestro angelito según la imagen de Dios quedan ambos tan semejantes que no podemos menos de repetir la conocida sentencia: El cristiano es otro Cristo. Vuestro hijo es otro Cristo.

¿Quién va a extrañar, después de leídas estas enseñanzas, que Jesucristo prodigara tan dulces y tiernas caricias a los candorosos niños, y que los bendijera y pusiera sus divinas manos sobre sus cabecitas? Jesús vislumbraba su propia y divina imagen reviviendo en esas almas y que,[en virtud de ello, participaban de su filiación divina. Una profunda e irresistible simpatía había de brotar de Jesús para con los niños que reflejan limpia e incontaminada su divina imagen.

Así ennoblecidos y deificados quiere Dios a vuestros hijos. Para eso ha instituido el sacramento de la regeneración, el bautismo.

Respetad y admirad la imagen de Cristo esculpida en vuestros hijitos y no seáis parte para deformarla.

Fr. Dionisio Verdú, ofm

Aromas del sagrario

El Templo es espacioso. Muchos centenares de almas caben en él, ¡pero el Templo está desierto!

En el Sagrario Jesús espera. Espera a las almas que sufren para consolarlas; espera a las almas que lloran para secarles sus lágrimas. Las almas pasan por delante del Templo, pero no entran. No entran a pesar de que van cargadas de dolores y de miserias.

Jesús las llama. ¡El las sanará! ¡El las aliviará!

Ellas no le oyen. Están sordas y siguen adelante... Van al mundo a que éste las consuele. El mundo no hace más que aumentar sus males.

Jesús las ve llorar y Jesús las llama porque las sabe enfermitas y quiere sanarlas. Las enfermitas son algo tercas y no oyen. No quieren oír el dulce llamamiento del Corazón amante. No quieren ver la sangre que mana del dulce Corazón, que todo lo olvida por aliviar a las mismas que le han herido, que le han crucificado. Están ciegas. Están sordas.

El mundo las deslumbra y el ruido estrepitoso y enervante de la orgía las ensordece. El espacioso Templo no está solitario.

Junto al Sagrario, donde unas margaritas despiden su fragancia, hay un alma arrodillada, que cual una segunda lamparita rinde culto al Amor de los Amores, que moriría de abandono.

Es la María del Sagrario, la dulce compañera de Jesús a quien este ha confiado, según el Cardenal Aguirre, la reconquista de España. Es la tierna reparadora, la violeta resarciadora, la compensadora, constante la que en la soledad del Templo sostiene con Jesús dulce coloquio de amor...

El templo no está solitario, Jesús no está solo. Un alma, la buena, la tierna, la consoladora está allí hablando íntimamente con Jesús, mientras las ciegas y las sordas pasan, sin saber a donde van.

A. Jacinto Margarita.

Oratorios, capillas e iglesias (II)

La duda suele versar no pocas veces acerca de si una ermita determinada que forma cuerpo con otro edificio, es entonces una verdadera iglesia, aunque pequeña; o si no pasa de ser un oratorio particular, de cortas o grandes dimensiones.

Para averiguar cuál sea la naturaleza de esa ermita, bastará aquí examinar su mutua subordinación o correspondencia recíproca con el edificio a que esté adosada.

Si esa ermita se ordena al servicio de la casa, monasterio, colegio, gimnástico o convento de que forma parte, entonces ella no es más que un oratorio particular o capilla pública. Pero si sucede lo contrario, es decir, si es el convento, el gimnástico, el colegio, el monasterio o la casa de los ermitaños, que se ordena al servicio de la ermita para su ornato, conservación, aseo, reparación o administración económica y culto religioso, ella es entonces una verdadera iglesia, sea grande, sea pequeña, el área de su emplazamiento.

De modo que la ermita-iglesia, o no tiene casa adosada, o si la tiene sólo para su servicio y buen gobierno. Mas la ermita-oratorio, siempre tiene amo y casa particular a quien servir. Aquí no es ella más que una dependencia de la misma casa. Es la parte accesoria adosada a la principal. La parte secundaria subordinada a la primaria. Mientras que allá aparecen invertidos estos términos. La ermita es el factor, el elemento principal; y el edificio el secundario, el subordinado, el menos principal.

Otras veces convendrá conocer bien la diferencia específica entre una ermita y un santuario, que son edificios análogos o del mismo género. Para despejar esta incógnita sólo será menester inquirir si dentro de dicha ermita se da culto religioso especial a alguna imagen veneranda por su antigüedad o por sus milagros, o si contiene alguna reliquia muy notable de nuestro Señor Jesucristo, de la Santísima Virgen María o de otros santos de la gloria, que mueva a los pueblos a una veneración profunda.

Si observamos, pues, una ermita y la vemos convertida en objeto de frecuentes visitas de los católicos, de importantes peregrinaciones de los pueblos comarcanos y de los fervientes exvotos de miles de corazones agradecidos, ya cabe asegurar que es un verdadero santuario. Pero si nada notable descubrimos en ella, nada que despierte el entusiasmo religioso de la gente devota, nada que mueva a depositar valiosas ofrendas al pie de una imagen escogida o sobre el altar de los holocaustos, estemos convencidos de que nos encontramos en una simple ermita, en una ermita ordinaria, en una ermita con sólo el título de casa de Dios que la abona.

En otras ocasiones es la clasificación de las capillas que ofrece mil dificultades. ¡Tiene una significación tan vaga la palabra capilla, y se aplica indistintamente a tantos oratorios y a tantas iglesias! Aun dentro de una misma iglesia, se llama capilla mayor al altar principal, y capillas menores a no pocos de los secundarios o laterales. No es esto, sin embargo, lo que ahora buscamos. Nos basta de presente conocer aquí la línea divisoria entre una capilla-iglesia y otra capilla-oratorio. Lo cual se obtiene perfectamente acudiendo a la teoría expuesta en el artículo anterior, al referirnos a la distinción específica entre un oratorio y una iglesia en general, ya que son idénticos los casos.

Una vez conocida la patente de la erección de las capillas, o el derecho que tengan o de que carezcan los católicos en general para usarlas en pro del culto religioso, o a quien pertenezca la propiedad de ellas, se desvanecen todas las demás dificultades, en el terreno que ahora exploramos. Todas las capillas de utilidad particular, se identifican con los oratorios. Todas las de utilidad genera!, son otras tantas iglesias o parte de ellas.

Aquí salta ya a la vista la posibilidad de reducirá dos grados únicos toda esa nomenclatura tan diversa con que las gentes del vulgo y la mayoría de los técnicos v de los oficialistas en el ramo que ahora nos ocupa, designan los edificios y nombran los departamentos donde es Dios adorado y venerado por los fieles católicos de todo el orbe, ora en general ora en particular.

En esta materia, propiamente hablando, no hay más que oratorios e iglesias. Los otros lugares sacros, donde se juntan los católicos a honra y gloria de su Divina Majestad, fácilmente convienen con uno de estos dos. Los que pasan de oratorios, por ejemplo, son va de sí verdaderas iglesias. Y los que a iglesias no llegan, son meros oratorios o capillas particulares.

Se llaman iglesias, sin aditamento ninguno, todas las que, estando consagradas sólo al culto de Dios,no revisten caracteres notables que las distingan de entre las otras en la misma localidad.

Se da el nombre de ermitas a muchas de las que se hallan fuera de poblado, en los barrios extremos de villas y ciudades, y en caseríos o aldeas de radio muy reducido. Regularmente son iglesias pequeñas y de escaso culto religioso, cuando no de una sola fiesta anual dedicada al titular respectivo.

Se denominan santuarios las que encierran dentro de sus muros devotas y preciadas imágenes o reliquias de santos en extremo populares en toda una comarca. Estas otras ermitas suelen ser de grandes dimensiones, de mucho culto y de brillante esplendor, como lo hemos dicho poco antes y está a la vista de cualquiera.

Los templos son edificios sacros exclusivamente dedicados al culto religioso. En este sentido todas las iglesias son verdaderos templos de Dios, tanto por su elevado destino como por la santidad de su altar, sobre todo si se conserva en ellos la santísima Eucaristía.

Si los cristianos en general tuviesen un verdadero concepto práctico de lo que son los templos eucarísticos, allí todo estaría remozado de un misticismo elevante, y hasta las paredes moverían a devoción. El bisbiseo de la plegaria sería allí perenne, y el ir y venir de los fieles adoradores sería incesante. Dios sería visitado, venerado y adorado de continuo,como lo es ahora sólo en los grandes festivales religiosos, si en ellos toman parte activa todos los elementos del clero y del mundo.

Otros muchos nombres afectan respectivamente a las iglesias particulares y en algo las modifican. Así llamamos iglesia parroquial, a la que tiene párroco; abacial, a la que está regida por un abad; catedral, a la que tiene obispo y cabildo a la vez: metropolitana, a la que tiene arzobispo; colegiata, a la que sólo tiene cabildo; mayor, a la principal de cada pueblo; primada, a la regida por un obispo o arzobispo primado; patriarcal, a la gobernada por un patriarca; papal, a la en que el prelado provee todas las prebendas; pontifical, a la de San Pedro de Roma, silla del Sumo Pontífice; conventual, a la de cada convento, así de hombres como de mujeres; monacal, a la de cada monasterio, etc., etc.

Prescindimos aquí de otras denominaciones análogas, por no ser, su recopilación absoluta, pertinente al objeto principal de estos artículos.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

Episodios misionales

"Gusano Misterio"

El hermoso valle interandino que se extiende de norte a sur, abarca gran parte de las provincias de Jauja y Huancayo, (Perú), divide el río Mantaro, siguiendo sus aguas el mismo curso, hasta llegar a Huanta, que se desvían hacia el N., y en sus mesetas se goza de un clima seco y fresco, inmejorable para la tuberculosis, estaba poblado tan sólo de quisuares, alisos, quinuales y saúcos, árboles indígenas de la región de los Andes, hasta que vencida la superstición, pudo aclimatarse el eucaliptus globulus, en todos sus pueblos, árbol benéfico y providencial, indígena de Australia, que se halla ya propagado por todo el mundo.

Convento de Ocopa

Convento de Ocopa y el pueblo Concepción, todo rodeado de eucaliptos [foto de Foros Perú]

Las primeras plantas aparecieron en la huerta del Señor Duarte, dueño del molino de Concepción, llegando algunos ejemplares a medir 38 y 40 metros, de cuyas semillas, lo propagaron los Padres Misioneros Franciscanos en la huerta y cercos de su convento de Ocopa, con resultados óptimos aprovechándose de su madera para combustible y construcciones. Con todo su cultivo, quedó reducido a esos dos sitios. La campaña ridícula e infundada que los indios del valle le declararon fue terrible: «Decían los indígenas que en el eucaliptus se desarrollaba una larva, un gusano misterioso que internándose en los oídos de la gente y animales les ocasionaba grandes dolores y les dejaba sordos»...

Las plantaciones, pues, quedaron reducidas a los jardines y huertos cerrados. Cuantas plantas se colocaban fuera, o eran arrancadas de cuajo, o tronchados sus tallos. No era fácil convencer a los indios de lo contrario. Hubo necesidad de que los Padres Misioneros con paciencia y constancia, con sus consejos y amonestaciones; ya de palabra, ya prácticamente haciendo plantaciones, utilizando su madera para construcciones, empleándola como combustible y desterrando para siempre las champas, ya empleándolo como medicinal e higiénico, (como aconteció en la gripe española), que se usaba en fumigaciones, gargarismos, pastillas, etc.; por fin se ha llegado a convertir todo el valle en un bosque de eucaliptus, bordeando las huertas y cercos, las plazas y calles, los caminos y alamedas. De suerte que su perfume ha venido a formar un ambiente sano e higiénico, disminuyendo notablemente los casos de fiebres tíficas, que antes eran muy frecuentes y casi siempre mortales.

Por fin se descubrió el mito del «gusano misterioso».

Don Nemesio Raez, profesor del colegio de segunda enseñanza de Huancayo, hombre muy entendido en Botánica e Historia Natural, comprobó que no había tal larva, si no que era un arácnido transportado de la Costa a los Andes. El caso ocurrió de la manera siguiente:

«Los arrieros que traficaban de la Costa a la Sierra echaban sus bestias en pastizales húmedos plagados del arácnido llamado garrapata, bicho que se introducía no sólo en las orejas de las bestias, si no que inundó sus aparejos donde dormían los arrieros, a quienes mortificaban de igual modo que a las bestias».

Esta es la verdadera historia del famoso gusano misterioso, que la superstición de los indígenas del valle de Jauja achacaba a los eucaliptus, y que la constancia de los Padres Misioneros de Ocopa desvaneció.

Hoy convencidos de su error, alaban la actitud tomada por dichos Misioneros y acuden al convento a pedirles semillas o plantas para hacer nuevos plantíos en sus huertos, (chacras), y cada día aumenta el entusiasmo, porque bajo el punto de vista económico, representa para algunos una verdadera fortuna. Ordinariamente el eucaliptus de 19 años, (unos con otros), suelen cotizarse a 1 libra esterlina cada ejemplar. Y si se tiene en cuenta que crecen admirablemente y muy pronto debido al clima y en terrenos pedregosos, que no sirven para otras sementeras, se comprende que muchos-pobres obtengan recursos para poder vivir.

He aquí las ventajas de la civilización sobre la superstición. Por eso la primera está simbolizada por la luz y la segunda por las tinieblas. Y como los Misioneros llevan la antorcha de la fe y la civilización por doquiera que pasan, disiparon con esa doble luz el manto oscuro que entenebrecía la inteligencia de los pobres indígenas haciéndoles ver con claridad meridiana lo ridículo e infundado del gusano misterioso...

Fr. Manuel Navarro Artal, ofm
Ex-Misionero del Ucayali