Índice del número 126

Diciembre de 1930. Año 11. Director: Fr. Juan Alventosa, ofm

Deberes del Estado en la educación de la juventud

Igualmente toca al Estado proteger el mismo derecho en la prole, cuando venga a faltar física o moralmente la obra de los padres, por defecto, incapacidad o indignidad, ya que el derecho educativo de ellos, como arriba declaramos, no es absoluto o despótico, sino dependiente de la ley natural y divina, y por tanto, sometido a la autoridad^ juicio de la Iglesia, también a la vigilancia y tutela del Estado en orden al bien común; y además la Familia no es sociedad perfecta que tenga en sí todos los medios necesarios para su perfeccionamiento. En tal caso, por lo demás excepcional, el Estado no suplanta ya a la Familia, sino suple el defecto y lo remedia con medios idóneos, siempre en conformidad con los derechos naturales de la prole y los derechos sobrenaturales de la Iglesia.

Además, en general, es derecho y deber del Estado proteger según las normas de la razón y de la Fe, la educación moral y religiosa de la juventud, removiendo de ella las causas públicas a ella contrarias.

Principalmente pertenece al Estado, en orden al bien común, promover de muchas maneras la misma educación e instrucción de la juventud. Ante todo y directamente, favoreciendo y ayudando a la iniciativa y acción de la Iglesia y de las familias, cuya grande eficacia demuestran la historia y la experiencia. Luego, completando esta obra, donde ella no alcanza o no basta, aun por medio de escuelas o instituciones propias porque el Estado más que ningún otro está provisto de medios, puestos a su disposición para las necesidades de todos, y es justo que los emplee para provecho de aquellos mismos de quienes proceden.

Además el estado puede exigir y, por tanto, procurar que todos los ciudadanos tengan el conocimiento necesario de sus deberes civiles y nacionales, y cierto grado de cultura intelectual, moral y física que el bien común, atendidas las condiciones de nuestros tiempos, verdaderamente exige.

Sin embargo, claro es que, en todos estos modos de promover la educación y la instrucción pública y privada, el Estado debe respetar los derechos nativos de la Iglesia y de la familia a la educación cristiana, ademas de observar la justicia distributiva. Por tanto, es injusto e ilícito todo monopolio educativo o escolar, que fuerce física o moralmente a las familias a acudir a las escuelas del Estado contra los deberes de la conciencia cristiana, o aún contra sus legítimas preferencias.

Qué educación puede reservarse el Estado

Pero esto no quita, que para la recta administración de la cosa pública y para la defensa interna y externa de la paz, cosas tan necesarias para el bien común y que exigen especiales aptitudes y especial preparación, el Estado se reserve la institución y dirección de escuelas preparatorias para algunos de sus cargos, y señaladamente para la milicia, con tal que tenga cuidado de no violar los derechos de la Iglesia y de la Familia en lo que a ellos concierne. No es inútil repetir aquí en particular esta advertencia, porque en nuestros tiempos (en los que se va difundiendo un nacionalismo tan exagerado y falso como enemigo de la verdadera paz y prosperidad) se suele pasar más allá de los justos límites al ordenar militarmente la educación así llamada física de los jóvenes (j> a veces de las jóvenes, contra la naturaleza misma de las cosas humanas), y aun con frecuencia usurpando más de lo justo, en el día del Señor, el tiempo que debe dedicarse a los deberes religiosos y al santuario de la vida familiar.

No queremos por lo demás censurar lo que puede haber de bueno en el espíritu de disciplina y de legítimo arrojo en tales métodos, sino solamente el exceso, como por ejemplo, el espíritu de violencia, que no ha y que confundir con el espíritu de fortaleza ni con el noble sentimiento del valor militar en defensa de la patria y del orden público; como también la exaltación del atletismo, que aun para la edad clásica pagana señaló la degeneración y decadencia de la verdadera educación física.

En general, pues, no sólo para la juventud, sino para todas las edades y condiciones, pertenece a la sociedad civil y al Estado la educación, que puede llamarse cívica, la cual consiste en el arte de presentar públicamente a los individuos asociados tales objetos de conocimiento racional, de imaginación y de sensación, que inviten a las voluntades hacia lo honesto y lo persuadan con su necesidad moral ya sea en la parte positiva que presenta tales objetos, ya sea en la negativa, que impide los contrarios. Esta educación cívica, tan amplia y múltiple que comprende casi toda la obra del Estado en favor del bien común, así como debe conformarse con las normas de la rectitud, así no puede contradecir a la doctrina de la Iglesia, divinamente constituida Maestra de dichas normas.

(De la Encíclica acerca de 1a educación de la juventud).

(Continuará).

Concepción Purísima de la Virgen

Ya no ofrece hoy las menores dificultades para ninguno de los fieles cristianos de la universa tierra, ni les hace temer nuevas dudas ni presentir otros inconvenientes molestos, la clásica, hermosa y segura doctrina teológico-mariana que propugna con energía, define ex cátedra y enaltece con verdadero entusiasmo la santidad integral, la concepción sin mancha y la pureza original de la Madre de Dios y de los hombres, de la Bendita entre todas las mujeres, de la augusta Señora del universo creado, de la ínclita y encantadora Doncellita de Nazaret, de la purísima y siempre inmaculada Virgen María; de cuya venturosa Concepción se celebra anualmente en todas partes esa fiesta mágica del 8 de diciembre, que pone en conmoción al orbe católico, que agita de espanto y hace temblar a todo el infierno, que alegra más y más las mansiones de los justos en la gloria con los vítores, cánticos y sentidas alabanzas que ángeles y santos tributan de consuno a la que aplastó con su planta virginal la cabeza de Luzbel, y que abre de par en par las puertas de la lóbrega cárcel del purgatorio para dar entera libertad a las almas en él aún detenidas y hacer que cunda entre todas el santo entusiasmo mientras suben con su noble Libertadora a la bienaventurada patria de los cielos, que poseerán luego por siglos sin fin.

Este luminoso cuanto expresivo dogma de la Concepción inmaculada de la Virgen María, brota espontáneamente, fluye sin ulterior esfuerzo y emana para los católicos, de la graciosa, eterna y nunca bien ponderada predestinación de esta segunda Eva para que fuere en el tiempo la Madre de Aquél que en virtud de la generación divina procede del entendimiento del Padre celestial y es sustancia de su sustancia, Dios como Él y como el Espíritu Santo.

Nace también el citado dogma, de las múltiples, necesarias y preclaras relaciones de afinidad y de parentesco especial y sobrenatural que enlazan, aúnan y estrechan más y más a esta inmaculada Virgen con cada una de las tres personas de la Trinidad beatífica; las que de continuo la honran en el cielo con los respectivos y regalados títulos de hija, madre y esposa suya; que a su vez son base y sostén de todas las grandezas vinculadas en María.

Surge al propio tiempo este mismo dogma de todos tan celebrado, de la omnímoda plenitud de la gracia elevante, santificante y transformante, que nunca dejó de ser, en la tierra ni en el cielo, el medio ambiente del alma de esta preclara Virgen y Madre incomparable. Dentro de esta atmósfera divina que la envolvió plenamente desde su inmaculada Concepción, nació, vivió, murió y fue asunta por manos de los ángeles, que últimamente la transportaron a su feliz y añorada patria de la gloria.

Convencen, abonan y arraigan, en la mente y corazón de los mortales, devotos y allegados de esta gloriosa Reina, la verdad católica, tradicional y universal de su Concepción pura, santa e inmaculada, además de la sana razón y del magisterio infalible de la Iglesia docente, el sentir unánime, la fe robusta y la firme e inquebrantable adhesión de los fieles cristianos de todo el orbe; quienes van a Cristo y a Dios en María su bendita Madre, por ser Ella la valiosa protectora y abogada de cuantos pecadores imploran su poderoso y seguro patrocinio.

Trenzada tenemos, por estos tres conceptos tan evidentes como racionales, la cuerda mariana de los tres dobleces sagrados, que ni el maldito cisma, ni la nefasta herejía, ni el formidable poder de las tinieblas romperán jamás, aunque se asocien y conjuren en contra de Cristo bendito y de su purísima y gloriosa Madre, todos los secuaces del error, los ministros del infierno y los impertérritos obradores de iniquidad, que forman legión sobre la haz de la tierra.

Mas se debe notar aquí que la razón natural vindica, reclama y quiere para esta augusta Señora y Reina soberana, la totalidad absoluta de los bienes creados, con las gracias y prerrogativas innumerables, tanto naturales como sobrenaturales, que desde el principio de los tiempos se haya complacido el Creador en repartir entre las criaturas que integran el mundo universo o que en adelante quisiere aún otorgarle hasta el fin de los siglos; a condición de que tales dádivas del cielo conserven con todo su brillo y esplendor, en esta digna Madre de Dios y dulce abogada nuestra, el carácter de su primitiva bondad y de su justa, honrosa y especial conveniencia, como naturalmente tiene que suceder en la Virgen María.

Y por cuanto es absolutamente cierto, con certeza de fe católica, que el Creador de los cielos y de la tierra plasmó a nuestros primeros padres, Adán y Eva, en un estado de integridad perfecta y de una pureza original sin la menor sombra de mancha, hemos de convenir y deducir de aquí, para ser consecuentes, atentos y justos con esta agraciada y soberana Reina del universo, que en ese mismo glorioso estado de pureza y de santidad integral vino también felizmente al mundo esta celestial y distinguida Princesa, esta segunda y bellísima Eva, esta privilegiada Madre de todos los creyentes del orbe, esta sin par Doncella de Nazaret; de la cual nació, sin menoscabo de su virginidad ni de su limpieza original, el Deseado de los collados eternos, el soberano Rey de los reyes, el Príncipe y Monarca supremo de todas las naciones, Aquél que del seno inmaculado de María tomó la carne y la sangre, obrando el Espíritu Santo tan singular portento, cuando el Hijo del eterno Padre se hizo hombre como nosotros y bajó del cielo para redimir y salvar a los que el mismo había criado a su imagen y semejanza, a los hombres cuya naturaleza también asumió Él para sí.

Quisiéramos continuar aun esta materia, a lo menos hasta dejar bien terminado el argumento indicado arriba; pero desistimos ya de nuestro primer empeño porque no presta para más el estrecho marco que se nos ha dado para este piadoso artículo. Así y todo deseamos honrar con él a la Inmaculada Concepción. Bendita sea.

Fr. Francisco Lliteras, ofm

La escuela de Belén

En humilde pesebre,
recostado Jesús sobre la paja,
a los hombres, sus caros hermanitos,
dulcemente les habla.
De su Padre, el Criador, el Dios Eterno,
es la viva Palabra;
la que encierra en sí sola los arcanos
de la ciencia increada.
Cuanto más pobrecillos e ignorantes,
más nos llena El de luz desde su Cátedra,
y a los niños distingue
con su amor, sus caricias y sus gracias.
A los sabios soberbios,
ya tan llenos de sí y de ciencia vana,
no les llega esa luz maravillosa
que del Pesebre irradia.
Hagámonos pequeños
como Aquél que, benigno así nos llama,
y escuchemos atentos sus lecciones,
con amorosas ansias.
De Belén al Loquillo
hallaremos, absorto ya en esa aula,
con el alma repleta de luz pura,
Doctor en ciencias varias:
En paciencia, humildad y aun en pobreza,
que es la más ignorada,
y que sólo se aprende en el Pesebre
do practica Jesús sus enseñanzas.
Por palacio una cueva;
un pesebre, por cama;
y por blondas y ricos cortinajes,
los que activas tejieron las arañas.
¡Oh mi Dios y mi todo, Rey del Cielo!
¡Ved la mísera nada,
aspirando a tener lo que no tiene
ese Niño riquísimo sin tasa!
(Loquillo venturoso,
Padre mío Francisco, guía mi alma
a la Cueva bendita donde aprendes
cosas tan encumbradas!
¡Que yo aprenda también a ser humilde,
que la santa pobreza suyo me haga,
y que vea en las penas,
para al Cielo subir, segura escala!
Infinitos son ya los que, llamados
a la Escuela Seráfica,
con él van a escuchar al gran Maestro
y a seguir sus pisadas.
Todo el orbe recorren sus alumnos,
del Loquillo feliz vivas estampas,
y la ciencia del Niño de la Cueva
por doquier se propaga.
Acudid ¡oh mortales!
No perdáis la ocasión que os depara,
y seréis grandes sabios
aprendiendo tan sólo una PALABRA.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm
Teruel, Noviembre - 1930.

Página mariana

Cartas a Mariófila (13)

Carísima en Jesús y María: ¿Qué novedades hay en esa tu cara o qué le ocurre a la buena de mi Mariófila? No por atención sólo, sino más bien por gusto de comunicarme tus buenas impresiones, veo que siempre has contestado mis cartas al poco de haberlas recibido, después de haberlas saboreado algún tanto; pero esta vez pasan semanas y más semanas y por aquí no aparece tu bonita letra. Y me pregunto a mí mismo: ¿A qué obedecerá este silencio de mi carísima? Sin duda alguna que como en mi última epístola te presentaba a la Santísima Virgen como Maestra de las almas y te aconsejaba el matricularte en su clase, habrás tomado mi consejo como un mandato y estarás ya saboreando las sustanciosas lecciones que te dará tan sabia Maestra, y yo por no perder la atención o ya porque el entendimiento no está aun avezado a esta clase de trabajos y atenciones, te hallas muy ocupada y preocupada en el recuerdo y práctica de las explicaciones de la cátedra, por aquello de que no quieres que ninguna de tus condiscípulas te aventaje en aplicación y aprovechamiento.

Si así es, mi cara Mariófila, veo muy justificado tu silencio, y de ninguna manara quiero que apartes la atención de tus estudios hasta tanto que hayas dominado el curso, para que no decaigas de ánimo y conserves el prestigio ante la Maestra y entre tus compañeras de colegio. Mas no por esto dejarás de tener algún ratito de esparcimiento, pues ellos son necesarios para la buena marcha del estudio, y en esos ratos te invito a que pienses y ponderes el mérito grande de la Santísima Virgen, tu Maestra, mayormente cuanto que estos recuerdos te harán cobrar más estimación y aprecio a la que con tanta habilidad e interés derrama sus luces sobre tu entendimiento y viene formando tu corazón, siendo este gran mérito el duodécimo y último motivo que te propongo para que ames y sirvas como se debe a la Emperatriz de cielos y tierra.

Indicado ya el asunto de esta misiva, cara Mariófila, comenzaremos por explicarte la palabra mérito, para que de su significado y aplicación a la Santísima Virgen concibas más clara idea de la grandeza de Nuestra Señora. Dice, pues, el Diccionario de la Academia en una de sus acepciones a esta palabra: Mérito es el resultado de las buenas acciones que hace digno de aprecio y de gloria a un hombre. Por eso habrás notado que cuando se quiere reunir en una sola frase todas los elogios que un individuo se merece, suele decirse: Es un hombre que vale o de prendras.

Es un hombre de mérito. Pero si del significado de la palabra en sentido gramatical pasamos al teológico; mérito será la bondad moral y sobrenatural de nuestras acciones, y el derecho que nos dan a una recompense por parte de Dios, derecho que se funda en la palabra formal que este Señor nos tiene dada, y que infaliblemente cumplirá si nosotros ponemos en nuestras obras las condiciones que nos ha prescrito. El mérito, en el primer caso, le puede venir al hombre por su valor, por su habilidad, por su talento y aun por su dignidad, pues no se aprecia lo mismo la acción del rey por ejemplo, que la de su vasallo: más en el segundo caso le viene solo de la gracia y de su correspondencia a ella, obrando por motivos sobrenaturales, que son el principio del mérito teológico, como la gracia es su fuente.

En la Santísima Virgen concurrieron estos dos méritos, que pudiéramos llamar puramente natural el uno, porque es el resultado de un acto humano, y sobrenatural el otro, por cuanto es la gracia, secundada por la acción del hombre, la que lo produce y la eleva a su orden superior y divino. En efecto en María Inmaculada están el valor, la habilidad, el talento, la dignidad y todo aquello que puede ser causa de que sus acciones sean dignas del mayor aprecio delante de los hombres. Tiene también la plenitud de la gracia divina con la cual eleva aquellas acciones a su orden natural y que solo Dios puede estimar y premiar dignamente.

Y quién dudará siquiera, amada Mariófila, de estas bellas cualidades de naturaleza de gracia con que estuvo adornada Nuestra Señora, sin hacerla grave injuria?

Fr. Mariano.
(Continuará).

Convento y campanario

Convento y campanario

A la juventud antoniana

Suenan las campanas

Mis queridos Antonianos: Además de las curiosidades sobre las campanas de que os he hablado en los números anteriores, existen otras muchas más, de las que voy a entresacar las más importantes e instructivas, para terminar ya estas amenas charlas sobre las campanas.

Se tocan las campanas, continúa diciendo el Sr. Conde de las Navas, en las procesiones, en el Te Deum cantado, al alzar en la misa, al llevar el Viático a los enfermos, etc., etc. El toque por la elevación del Pan Consagrado se estableció a principios del siglo XIII, y al propio tiempo fue introducida la práctica de tañer una de las campanas grandes de la iglesia, distinta de la pequeña que se toca en el altar, y ello para avisar a los que trabajan en el campo, a fin de que hagan de rodillas un acto de adoración a Dios, de lo que en el día hay algún resto de práctica en España. A más, la campanilla se toca en la misa al Sanctus, y en algunas partes al Domine non sum dignus, y al Nobis quoque. En las misas celebradas por el Papa y los Cardenales no se toca nunca la campanilla.

Desde los primeros tiempos de la institución del monacato, al estar un monje en la agonía, una campana avisaba a sus compañeros para que acudiesen al lecho del moribundo o le dedicasen una plegaria. De aquí la práctica pasó a las parroquias, en que al principio la campana advertía a los feligreses el estado agónico de uno, y más tarde avisó el paso a la otra vida. Fue costumbre, que aun se ve bastante seguida, indicar con el toque la edad, calidad y sexo del finado.

En España ha habido y hay aún cofradías para sufragio de los difuntos, en que un campanillero pasa por las calles tocando la campanilla en demanda de oraciones para los fallecidos.

También aquí, como en otros países, se acostumbra a tocar, después del Ángelus de la noche, una campana por los difuntos. En Roma es llamada De profundis.

Un estado tormentoso inminente es avisado y conjurado en parroquias rurales de muchos países, como España, con el toque de una campana.

También suele tocarse una campana de modo especial, para avisar a los vecinos de un pueblo que hay algún incendio, con el fin de que acudan aprestar socorro.

Las grandes fiestas son anunciadas en la víspera con repiques de campanas. El grado de las fiestas está señalado en la especial manera de tocar las campanas o en el número de estas empleado en el toque. Así mismo tienen toques especiales las varias funciones de iglesia.

Las campanas no pueden tocarse desde el Gloria del Jueves Santo hasta el del Sábado, por el duelo de! Salvador. Una matraca las reemplaza en tales días en la iglesia; y en ciertos campanarios un juego de aquéllas combinado. Ambas cosas se establecieron ya en el siglo VIII.

El Sr. Lobera se pregunta: ¿donde tuvieron origen las campanas? y responde: En el Antiguo Testamento, en aquellas que usó el Real Profeta David con todo su pueblo de Israel, cuando llevaban el Arca del Señor; en las que tocaron Judas Macabeo y sus hermanos, al dedicar de nuevo el Altar del Templo, por haberle contaminado los infieles.

No dejemos de mentar las ruedas montadas con campanillas en la parte externa del aro, fijas por lo general a ambos lados de la Capilla Mayor, o en la sacristía, para repicarlas en momentos solemnes, como al alzar el Pan Consagrado, al exponer y reservar a S. D. M., y en algunos otros.

Y terminemos estos artículos sobre las campanas con el recuerdo histórico de nuestro Rey San Fernando.

Almanzor, el más célebre y popular de los caudillos de la España árabe, hizo una expedición a Galicia, penetrando hasta Santiago. Cogió más de cuatro mil prisioneros y los hizo cargar con las campanas de las iglesias reducidas a ruinas, para que sirvieran de lámparas en las mezquitas de Córdoba. Y San Fernando al reconquistar dicha ciudad, restituyo aquellas campanas a Compostela a hombros de los musulmanes.

Ved, mis queridos Antonianos, cuántas curiosidades hay escritas acerca de las campanas, que no dudo habréis leído con gusto, y habrán contribuido a vuestra instrucción religiosa.

Vuestro afmo. amigo,

Fr. Juan B. Botet, ofm

Glosas a la vida

Caen las hojas secas...

...Me lo decía un corazón joven, soñador, lleno de ilusiones.

—No me gusta el mes de Noviembre, porque en él caen las hojas y...

El sentimiento con que iban saliendo estas palabras de aquellos labios, sonrosados todavía por no haber sido ajados por el frío beso de los años, me manifestó que el corazón que las impulsaba, aunque joven, soñador y lleno de ilusiones, sentía fuertes temores... Acaso presentía que en él ocurre a diario algo parecido a lo que pasa al árbol del bosque cada otoño...

Sí, sentía que en él también caen hojas, unas de puro secas, otras llenas de vida, arrancadas violentamente por el siniestro cierzo del desengaño... Y claro, esta realidad, cuando se piensa, empaña hasta la pura y alegre trasparencia de la primavera, cuando todo verdea, todo se desarrolla, todo florece, todo se alegra,... el cuerpo,... la inteligencia,... el corazón...

Si pudiéramos permanecer siempre en primavera...! Pero no; Noviembre nos dice que no puede ser siempre primavera en el campo; otro Noviembre, más variable, menos determinado y, por lo mismo, más privativo para cada individuo, dice que tampoco puede ser siempre primavera en el corazón humano... Sí, el otoño llega para todos los seres vivos de esta tierra.

Prescindamos del rosado color de las mejillas que se pierde, de los cabellos que se entremezclan de hilos plateados, de la frente que se plega poco a poco; veamos solamente caer las ilusiones de la juventud.

Amistades de los primeros años, tan frescas, tan dulces, tan abnegadas; ¡cuán dulcemente se desvanecen! Es la muerte, es el alejamiento, es la indiferencia;... y el corazón queda triste de pensarlo, desalentado; hoja caída.

Protecciones con las cuales se creía uno escalar el pináculo de la gloria;... se han alejado, enfriado quizás por nuestra desgracia, y henos abandonados a nuestras propias fuerzas cuando más necesitábamos de ayuda; hoja caída.

Resoluciones de trabajo, de piedad constante, tomadas con entusiasmo y dejadas luego abandonadas, quedando el alma sin dirección ni calor; hoja caída.

Sueños de un porvenir lleno de abnegación, de celo, de felicidad, en los que se pensaba gastar nuestra fortuna, nuestras fuerzas, nuestra inteligencia;... algunas decepciones los han desvancido, como el viento disipa las nubes doradas del cielo, dejando en su lugar un camino sin brillo, sin porvenir; hoja caída.

...Todas son hojas caídas del árbol del corazón.

Mas ¡ah! Las hojas, que caen de los árboles, son las secas; del corazón también caen solamente las ilusiones secas; y éstas son las que se alimentan de la savia de este mundo.

No te apenes, pues, corazón joven, al ver caer las hojas secas en el mes de Noviembre, ni te desalientes por ver tronchadas, a lo mejor, tus ilusiones algún tanto terrenas. Florecerás de nuevo, como lo hará a su tiempo el árbol que ahora ves pelado. Pero mira, si quieres florecer para siempre, no te alimentes tan sólo de la savia terrena que se seca, sino principalmente de la savia que es eterna...

Jesucristo ha dicho: Quién crea en mí, de su pecho brotará una fuente de agua viva que saltará hasta la vida eterna. Esta ha de ser tu savia. Con ella podrás gozar de la eterna primavera que anhelas; y, si acaso el viento de la adversidad tronchara alguna de tus puras ilusiones, no irá, como hoja seca, a perderse en charca cenagosa: más bien volará hacia arriba y caerá en el vergel de la eterna primavera...

Fr. José Antonio Arnau, ofm

a

Consuelo de afligidos, salve

Se me dilata el pecho y aceleradamente me late el corazón, tan sólo de pensar que llega tu Día, que a nos te acercas, Estrella graciosísima, que descendiendo del Trono Real y Verdadero donde, sobre los ángeles y santos has sido coronada Reina, aquí te llegas a traer la alegría y a difundir el amor, y a recoger las lágrimas que hace verter la amargura.—Y te llegas sonriente y doncella: sonrisas y juventud que quieres infiltrar en nuestros pobres corazones achacosos, amargados... Y late lleno de alborozo el corazón mío y se me dilata con transportes de emoción el pecho, porque ¡Cuánto tiempo te esperaba!

¿Y por qué no esperarte?

¿No eres Tú la más dulce de todas las amigas, y sobre todo la que más sabe si consolar aún mejor comprender?

¡Ya ves, comprender!...

Por eso quiero conferenciar contigo; contarte de una congoja que me pasa en el corazón y a dos por tres le da por hacerlo llorar; hacerte ofrenda de unas brillantes perlas formadas en mi alma que por dimanar de ese trocito de cielo que, por la generosidad del Sumo Hacedor, me da el «YO», no desmerecerán en nada al lado de esas que circundan tu virginal cabeza.

¡Ya ves amada, trocitos de mi alma para tu corona de Reina!

Perlas que no son otro que lágrimas retenidas en mis ojos desde yo no sé cuando para Ti. Verás como acudieron a mis ojos:

Quise coger una rosa del espléndido jardín de la vida...
No me fijé que la dicha rosa tenía espinas...
Y... Hala, hala, me hirieron como no te puedes imaginar.
Manó la sangre de las heridas... Déjela correr...

Mas, a la par que el corazón sangraba y que yo, valiente la dejaba... la dejaba, torrentes de lágrimas se aglomeraron en mi interior, y pugnaban por salir de mis ojos.

Esperad, amigas, les dije, ¿qué prisa tenéis? ¿dónde vais?

Y yo que no, y ellas que sí, hemos estado no sé cuanto tiempo en lucha desigual; porque ellas eran más fuertes, y ya iban a vencer cuando el tiempo anunció tu llegada, por lo que presintiéndote cerca, cerquita de mí: salid, les dije, y dad la bienvenida al Consuelo que llega.

¡Ese, verdad, es!

¡Consuelo dulcísimo el que destilas en el cuitoso corazón devolviéndole la paz y la salud. Por eso mi alma se enardece con sólo evocarte, y canta triunfante llena de gratitud: Consuelo tierno, Bálsamo insuperable, Alegría sin igual, Amiga tierna, Amor exquisito ¡SALVE!

Pero ¿qué noto en mí?

¡Ay, qué rayo de luz tan radiante inunda mi alma, y qué alegría tan dulce saborea mi corazón! ¡Qué expansión! ¡Qué lago de amor! ¡Qué aureolas de triunfo!... ¡María, dulce María, qué bien hice en elegirte por amiga, en contarte mis aflicciones! Vosotros, hermanitos míos, los que gemís en el valle dedo lor con la cabeza inclinada y el pecho acribillado de espinas... Alzad la cabeza, mirad a la Alborada que llega cargada de sonrisas y más cargada aun de mágicas medicinas sobrehumanas.

Venid, venid vosotros los que lloráis, que para vosotros es el consuelo de esta Reina, el remedio de este Médico, las delicias de este Amor. Venid a lavar los pies de María con vuestras lágrimas como hizo con el Salvador Magdalena, que, viendo que le dais la fórmula de bienvenida, Ella llevará a vuestras almas el consuelo que suspiran.

A. Jacinto Margarita.

A las madres cristianas

IX. Deformación y restauración

La gracia y las virtudes cristianas elevan al niño, según apuntábamos en artículos anteriores, a una dignidad incomparable y sobrenatural.

Hemos considerado al niño bajo este aspecto que le engrandece con el intento de inspirar en vuestro corazón el aprecio correspondiente a esa joya valiosa que es vuestro hijo cristianizado.

Pero no todo es excelente y encantador en el niño. Junto a los gérmenes sanos y rectos que brotan de la naturaleza y de ¡a gracia, surgen bastardas raicillas que tiran a envilecerle. Viene el niño al inunda con la mancha original, y, como consecuencia inevitable, sujeto a la ignorancia, a las enfermedades corporales y espirituales;toda suerte de pasiones invaden su alma; añádase que las tareas de Familia, tanto Físicas como morales, concurren a acentuar esta primitiva de Formación. ¡Cuantos niños inclinados por temperamento al hurto, a los celos, a la lujuria, ira e hipocresía... etc!

Esta es una verdad de experiencia conocida por todos.

Si el niño crece abandonado a sí propio, o cae en manos de educadores inexpertos, todas las malas tendencias que ahora se encuentran en germen dentro de su alma se desarrollarán en proporción ingente haciéndole un niño mal educado y peligroso para la sociedad.

La labor de la madre bajo este aspecto es semejante a la del artista que restaura una obra de arte ya deteriorada.

Durante muchos años, día por día, la madre cuidadosamente ha de modelar el alma del hijo, suprimir las imperfecciones, implantar y afirmar en ella las virtudes.

Y en la corrección de los defectos debe empezar muy presto, en la niñez, cuando todavía no han tomado arraigo, ni desarrollo y todo es débil y tierno.

Qué equivocadas andan muchas madres que impulsadas por un mal entendido cariño exclaman con frecuencia: ¡Oh! no hay que apurar al niño; es demasiado tiernecito; todavía no obra con discernimiento, ni puede hacerse cargo del mérito e importancia de nuestra corrección.

Funestas apreciaciones que más tarde os traerán innumerables sinsabores y reclamarán un esfuerzo incomparablemente mayor.

A estas madres bien será que les recordemos la consabida historia de aquel solitario de la Tebaida y de su palmera. "Queriendo hacer comprender a un mancebo la importancia de principiar muy desde luego a corregirse de sus defectos, le mostró una añosa y robusta palmera que dilataba a lo lejos su vicioso ramaje, y le ordenó arrancar aquel veterano de los desiertos; mas como el joven, tras inauditos esfuerzos, no lograse siquiera menearla, indicándole el solitario otro arbolillo, recién plantado le dijo que probase sus fuerzas en él. Pocos esfuerzos bastaron para dar en tierra con aquella palmerita.
Lo propio ocurre con los defectos: en la niñez fácilmente ceden a los esfuerzos de la buena voluntad, pero más adelante, robustecidos y endurecidos por la edad, se nos connaturalizan y con mucha dificultad se los podrá desarraigar.

Resumiendo: la mayoría de las tendencias aviesas se muestran desde los más tiernos años. Conviene, es necesario que presto se enderecen los torcidos tallos y se desarraiguen los bastardos y ruines.

Confieso que estas enseñanzas son de todas vosotras más que conocidas, resabidas: sin embargo, es lamentable que escaseen las madres que las ponen en práctica y que sea éste uno de los principales motivos de por que flaquea tanto la educación familiar.

Fr. Dionisio Verdú, ofm

San Antonio predica a los peces

San Antonio predica a los peces y convierte a los herejes. José Benlliure. Valencia.

Aromas antonianos

El naufragio del sobrino

Tentadora y juguetona estaba allí la barquilla, con el vaivén de las olas ya subía, ya bajaba hasta el linde de la arena, pues la onda que la arrastraba hasta la orilla, al retornar rumorosa, la volvía a llevar consigo hasta internarse en el mar. Un rapazuelo gracioso, de cinco años de edad, estuvo un rato encantado mirando esas idas y venidas de aquel pequeño bajel, que a medida que lo contemplaba con aquel inquieto vaivén, se sentía atraído y poco a poco se iba acercando a las juguetonas olas; como ellas también subía y bajaba por cogerse a la barquichuela, y cuando ya le iba a dar mano, la resaca de las olas se la volvía a ¡levar, yendo él tras ella, pero nuevas olas con el tropel bullicioso de su espuma le acosaban haciéndole retroceder para no mojarse los pies.

Aquel chiquillo retozón, rizado como la espuma en que luchaba, gracioso más que las olas azules de aquel mar, inquieto y vivo como el balanceo de las aguas, rosado como la aurora, y fresco como el rocío de las mañanas, se llamaba Aparicio, era hijo de una hermana de San Antonio y vivía en Lisboa en cuya mar y en sus orillas lo vemos correteando y ya rendido por el fisgoneo de las olas que no le dejaba atrapar aquel lindo batel, que balanceaba a su vista, y subía y bajaba como el mágico higuí del farandulero que tanto entusiasma a los niños y rinde sin que le puedan echar mano. Así se daba ya por rendido aquel gracioso chiquín, y cuando iba a retirarse se acercaron otros de mas edad que al ver al niño Aparicio bregando con sus ansias de coger la barquichuela vinieron en su ayuda, y en una de sus venidas echaron mano de ella para detenerla.

Conseguido esto, con la natural algazara se metieron en aquel ligero bote, y como complemento de su ansiedad también subió el pequeño Aparicio ayudado por los mayores.

Fue empujada la barquilla hacia la mar y quedó a merced de las olas, y jugueteando los niños en el agua imprudentemente poco a poco y sin darse cuenta se fueron metiendo mar a dentro sin que ninguno de ellos la supiera dirigir. Se levantó súbitamente un viento recio que empujó a la barquilla alejándola de la rivera. La tempestad se presentaba amenazadora y bien pronto el pequeño batel se vio zarandeado por el ímpetu de las olas que lo llevaban sin tino a merced de su loco vaivén.

La catástrofe no se hizo de esperar; el choque de dos potentes olas arrastró al fondo en su titánico abrazo a la débil barquilla que se volcó, cogiendo precisamente en su aciago seno al niño Aparicio, pues los otros, como más recios, pudieron desembarazase del volcado batel y lograron salir a nado hasta la orilla. El desgraciado Aparicio, tan pequeño, no tuvo fuerzas, ni sabía nadar, ni discurría para desembarazarse y quedó allí aprisionado debajo del casco de la barquilla donde pereció ahogado. Pronto se divulgó aquella fatal desgracia y acudiendo el padre y la madre del niño, con mucho dolor rogaron a unos pescadores que estaban en la playa, que con las redes sacasen al niño muerto, porque a lo menos le viesen y le pudiesen enterrar.

Echaron los pescadores las redes, y sacaron el niño, que ya más de tres horas estaba muerto, y se lo dieron a sus padres, y llevándolo a casa juntos los parientes y amigos lo querían enterrar. Mas la madre del niño, hermana de San Antonio, teniendo confianza en Dios y en los merecimientos del bienaventurado Santo, se opuso resueltamente, y con muchas lágrimas y con mucha angustia hacía oración al glorioso Santo diciendo: Hermano mío San Antonio, si con los extraños sois piadoso, ¿con vuestra hermana no habéis de tener humanidad? Tened piedad de mí, y dadme mi hijo vivo, que yo prometo que él servirá a nuestro Señor en vuestra Orden.

Persistiendo en esta oración y voto, al tercer día de la muerte del niño consiguió la gracia, pues el niño, con pasmo de todos, se levantó vivo y sano, y todos glorificaron a Dios y a su siervo San Antonio.

Llegado el niño Aparicio a mayor edad tomó el hábito franciscano, y vivió y perseveró en muy santa vida, contando frecuentemente este estupendo milagro de su resurrección por los méritos de su santo tío San Antonio.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

A la memoria del Cardenal Cisneros (8 de Noviembre de 1517)

Vida popular de Cisneros

(Continuación)

La familia Bernáldez encontró un día un cajoncito lleno de sumas en plata y calderilla con una esquela en la cual «un desconocido», le regalaba aquello para comprar una casita. Y la miseria desapareció de aquel honorable hogar, sin que nunca se supiera el nombre del benefactor, hasta que la casualidad hizo que se esclareciera el hecho, cuando ya Cisneros estaba reposando en el sepulcro.

CisnerosLas Lenguas non sanctas decían que el joven Cisneros recogía las limosnas para procurarse un patrimonio, ya que no se vio nunca en que invirtió tanta moneda recolectada en pueblos y caminos.

Esta calumnia laceró hondamente el corazón del magnánimo estudiante, que desde este día se tornó triste su carácter y dio en el convento franciscano de Toledo su palabra de profeso.

Estas leyendas históricas las recogí personalmente durante mi estancia de diez años en Castilla, empeñado en esclarecer el parentesco que liga a mi familia con el ilustre cardenal regente; y puedo asegurar que he ojeado, rebuscado y examinado todo cuanto sobre la vida y familia de Cisneros han escrito Pedro Mártir, Bernáldez, Oviedo, Fray Pedro Quintanilla, Robles, Micher Baudier, Flechier, Álvaro Gómez de Castro, Prescott, Richard, Salazar de Mendoza, el Padre Sigüenza, Jeronimo de Madrid, Lafuente, Baralt y Díaz, y los legajos de las bibliotecas de Sevilla y Granada, que estuve estudiando varios años con todo el ardor que el caso se merece.

Probado está que Cisneros, al recibir el nombre y el hábito de fray Francisco, sufrió una transformación psíquica honda y suave; y en su afán de huir del mundo emprendió viaje al solitario convento del Castañar, cuando ya tenía sobrada fama de santidad y de sabiduría.

En la catedral de Toledo sus sermones reunían un concurso enorme y era el confesor de los más encumbrados personajes; pero siempre era humilde como una violeta, y sereno como un céfiro.

Una noche, a las doce y media, se abrió la celda del sabio; y el provincial de la orden, todo un superior jerárquico, vino a consultarle un discurso religioso. Encontró a Cisneros escribiendo ya las primeras glosas de su célebre Biblia y anotando en hebreo, en caldeo, en latín y en griego, las opiniones de los más profundos doctores de la iglesia y de la sociedad antigua.

Cisneros hablaba con los musulmanes el idioma arábigo y era el único sacerdote que les predicaba en su lengua, logrando mil triunfos en las conversiones de estos infelices.

Dicen las viejas gentes de Alcalá, que era de esos hombres que gustaba de platicar sin rodeos ni escrúpulos hipócritas.

De carácter brusco, odiaba la adulación y centelleaban sus ojos ante el cortesano abyecto.

Su vida popular todavía nadie la ha escrito con riqueza de datos personales, sino en historias más o menos copiadas de mano en mano.

Ningún historiador habla de su obra filosófica, que fue extensa y variada. Ningún glosador habla de sus máquinas y métodos agrícolas que poblaron de flores y de mieses los áridos sabanales de Alcalá. Nadie ha examinado con atención profunda los históricos pergaminos en que constan sus «Planes militares», obra perfecta y que acusan un caudal increíble de penetración. Y no conozco ningún trabajo de lingüista superior a sus cuadernos de preceptiva literaria, que empezaban en romance, seguían en latín, continuaban en vascuence y finalizaban en árabe. Reunió allí las principales lenguas de la península. Hoy esos manuscritos reposan unos en la Biblioteca del Vaticano, otros fueron quemados en el saqueo de Bonaparte, y otros están, no se sabe por qué, entre las colecciones de la Universidad de Colonia. ¡Toda una gran biblioteca cisneriana!

(Continuará).

¡Sois toda hermosa!

¡Qué hermosa, pura, bella, sonrosada!
¡qué Inmaculada sois, Virgen María!
Nunca pudo la culpa
manchar tu alma purísima,
ni oscurecer la luz bella y radiante
que tus ojos, cual soles, despedían,
ni eclipsar los primores de tus labios,
abiertos, cual dos rosas purpurinas,
para exhalar perfumes celestiales
que a las almas seducen y extasían,
ni marchitar los bellos rosicleres
de tu faz peregrina,
espejo limpidísimo y sin sombra
donde la augusta Trinidad se mira.
Pues antes que el Eterno contemplara
henchido de alegría,
la creación sublime de los seres
con sus dulces y suaves melodías:
antes que Dios con voz omnipotente
creara el sol que alumbra e ilumina
con vividos fulgores,
los eriales desiertos de esta vida:
aun antes que el Eterno tachonara
la bóveda celeste con pupilas
de seres invisibles, de estrellas que titilan,
al compás de la luna sonriente
en su cuna de plata adormecida;
primero aun que Dios con su poder
permitiera a las blandas, leves ninfas
desataran sus ondas
en cascadas, y en fuentes cristalinas,
e inspirara en la frente inmaculada
del Rey del orbe, el hálito de vida...
estabas en su mente creadora
¡oh María! sin mancha concebida,
ataviada de hechizos y bellezas,
adornada de gracias infinitas,
atesorando dichas celestiales
por los humanos ojos nunca vistas,
y ostentando en tu frente sonrosada
de la bella y augusta poesía
la corona real
por Dios desde el principio construida,
con todas las riquezas existentes,
con todas las bellezas y armonías
para que fueras, en verdad, el tipo
de la pureza excelsa e infinita,
para que fueras reina soberana,
madre y virgen purísima,
la criatura más bella y hermosa
y retrato ideal de luz divina.
Por eso al contemplarte Inmaculada,
sin mancha concebida,
todos los seres de la naturaleza
su Reina, te proclaman, sin mancilla.
La aurora al levantarse por Oriente
envuelta con sus blondas hermosísimas
escribe con rosadas
y caprichosas tintas
este lema sublime
entre los pliegues de sus gasas finas:
«Virgen Inmaculada»
«sois hermosa, bellísima».
Los pájaros alegres en sus nidos
al saludar al nuevo y bello
día prorrumpen bulliciosos:
«nuestra Reina es la Madre más purísima».
Los arroyos tranquilos
que entre las flores mansos se deslizan,
al recibir el beso cariñoso
del aura que los riza
, susurran retozones:
«no existe ser más bello que María».
Al desplegar sus alas invisibles
las perfumadas brisas,
murmuran sutilmente
por valles y colinas esta endecha amorosa:
«Salve Reina, sin mancha concebida».
Las flores delicadas
al mecerlas las brisas sutilísimas,
el aire llenan de perfumes suaves
y muestran en sus pétalos escritas
estas tiernas palabras:
«María es la criatura más purísima».
Los montes y los prados,
las mares con sus aguas cristalinas,
la fuente rumorosa,
el torrente, las tiernas avecillas,
la luna, las estrellas y las auras,
el sol que ardiente brilla...
toda naturaleza
que sonríe y palpita
te aclama: Pura, inmaculada, bella,
sonrosada, hermosísima.
Y entre los ritmos todos que murmuran
tu belleza sin par, ¡Virgen María!
se elevan a tu excelso y rico trono
las dulces melodías
de un pecho enamorado
que sin cesar suspira:
Sois toda hermosa y bella,
sois casta, sois Purísima.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Teruel noviembre, 1930.