Índice del número 307
Agosto de 1954. Año 28. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- El gran prodigio. Editorial
La Asunción de la Virgen según San Antonio de Padua. Fr. Bernardino Aperribay, ofm
Dulce muerte (poema mariano). Fabio - Concebida con virtudes naturales y sobrenaturales.
San Buenaventura modelo y maestro de vida cristiana (VII). Fr. Luis Mestre, ofm - Un proceso de vocación franciscana. Enrique Barrachina Gil, presbítero.
La venganza de un fraile lego. - Los últimos días de nuestro P. Severino en China. Fr. Gonzalo Valls, ofm
Extracto del relato del Capítulo VI de la «Historia del Real Monasterio de la Puridad, de Valencia». - Consultorio religioso
Fr. Luis Mestre, ofm. In memoriam
Noticias
El gran prodigio
Nuestra madre la Iglesia trae a nuestra consideración, al celebrar la fiesta de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo, esta visión profética de San Juan en el Apocalipsis»: "Apareció en el cielo un gran prodigio: una mujer vestida de sol, con la luna por escabel de sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas."
En esta maravillosa visión del Discípulo Amado se nos presenta la dulce Madre del Redentor con todos los atributos de su doble victoria sobre el pecado y sobre la muerte, que es su peor y más fatídica consecuencia.
Y este es el gran prodigio de la Gracia y el poder de Dios, que quiso preservar a María de la herencia del pecado, para preparar en su castísimo seno una digna morada a su Unigénito Hijo; y la libró luego de la corrupción de la muerte, para completar así la gloria de su triunfo sobre todas las asechanzas del Espíritu del Mal.
Milagro estupendo de la grandeza de Dios y signo providente de su paternal benevolencia para con nosotros, los tristes hijos del pecado y esclavos de Satanás.
La bella Virgen que así vemos brillar como el sol es una criatura de la misma arcilla deleznable que nosotros, pero en Ella no hay sombra de mancha alguna... El Sol de Justicia, que es Cristo Jesús, la ha revestido del inmortal resplandor de su Gracia; y él mismo se ha entregado todo a Ella, encerrándose en su seno virginal y tomando de su sangre y de su vida la sangre y la vida que un día ofrecerá al Padre en holocausto por la redención del mundo.
De este modo la Madre de Jesús y Madre nuestra engarza nuestra pobreza con los tesoros de la divinidad, diluye la densa oscuridad de nuestras sombras con los torrentes de la luz eterna, rompe las cadenas de nuestra esclavitud, y frente al implacable tributo que hemos de pagar a la muerte, se levanta como un lábaro triunfal ante nuestros ojos, para desasir nuestro corazón de las terrenales quimeras, atraer nuestros anhelos hacia el mar sin riberas de la magnificencia de Dios y afincar nuestra esperanza de vida y felicidad sin término en la roca inconmovible del Corazón de Jesucristo, a quien, junto al dulcísimo e inmaculado Corazón de María, sea dada gloria y alabanza por los siglos de los siglos. Amén.
La Asunción de la Virgen según San Antonio de Padua
Los antiguos biógrafos de San Antonio, al referirse a su vida mariana, dejan consignados dos importantes hechos. Primero, que el Santo Paduano profesó gran reverencia y amor a la Bienaventurada Virgen María. Y segundo, que la ensalzó y honró particularmente en el glorioso misterio de la Asunción.
A decorar este fondo histórico vienen los datos biográficos. Nace, en efecto, San Antonio en 15 de agosto de 1195, fiesta de la Asunción; es bautizado en una iglesia dedicada a la Asunción, donde apenas raya en el Santo el uso de la razón, pasa al cuidado de un venerable sacerdote para el estudio de las primeras letras y servicio divino; consagra la virginidad a Dios ante una imagen de la Asunción; recibe la visita de la Virgen asunta, a tiempo de verse perplejo en si acudir o no al coro donde debía leerse el martirologio de Usuardo, sombreado de reticencias y dudas acerca de la glorificación corporal de María; y, cara a la eternidad, canta a la que ha sido exaltada sobre los coros de los ángeles: O gloriosa Domina.
Sea lo que fuere del valor histórico de cada uno de estos rasgos asuncionistas, es lo cierto que ornamentan bellamente la biografía del Santo Paduano, impregnada toda ella de entrañable devoción a la Reina del cielo.
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Pero hay algo que viene a ser más que un mero ornamento. Algo que brota del alma profundamente mariana de San Antonio. Son sus escritos. Pocos en número, pero preciosos por su contenido. Vamos a enumerarlos.
Sermones in laudem Beatissimae Mariae Virginis.— Forman, no una colección inconexa de sermones, sino un verdadero tratado mariológico, en que se esclarecen las prerrogativas de la Virgen, duodecim stellae in corona gloriosae Virginis, a la luz de un pasaje de la Sagrada Escritura. El texto bíblico, que se fracciona para cuatro sermones y se aplica a cuatro festividades mañanas —Natividad, Anunciación, Purificación y Asunción—, comunica unidad a las alabanzas que el Doctor Paduano va tejiendo en honor a la Virgen.
In festo Purificationis B. Mariae.— Sermón que figura entre los coleccionados con el título de Sermones Sollemnitatum, obra del Santo Doctor. Aunque el asunto de este sermón coincide con otro del mismo Santo, como es de ver en la colección anterior, se distinguen, sin embargo, ambos tanto por las ideas como por el desarrollo de las mismas.
In Annuntiatione Sanctae Mariae.— Dígase otro tanto de este sermón, parte integrante de Sermones Sollemnitatum, el cual, comparado con otro del mismo tema escrito por el Santo, acusa diferencias muy notables de fondo y forma.
A estos sermones en que San Antonio trata ex professo de la Virgen se deben añadir otros que, versando y todo sobre otra materia, se hallan entreverados de pensamientos mariológicos, los cuales ocupan a veces gran parte de un sermón, a veces bellísimos trozos de otro sermón y a veces aparecen y desaparecen, como confortantes mensajes, a lo largo de todos los sermones.
Esto es todo cuanto nos legó, en torno a la Virgen, el Doctor Paduano. Y todo esto hemos de consultarlo, en plan de estudiar el tema que nos ocupa. El Doctor Evangélico pone en juego todos los resortes de su elocuencia a fin de ensalzar a la Bienaventurada Virgen María, in cuius laudem omnis materia déficit, omnis lingua balbutit. No es difícil seleccionar y ordenar los pensamientos mariológicos del Santo Paduano. Intentémoslo, ciñéndonos al misterio de la Asunción.
* * *
Cosa sabida es que la escatología mariana viene integrada de cuatro elementos: muerte, resurrección, asunción y glorificación de la Bienaventurada Virgen María. Decir otra cosa sería erróneo, dentro de la sana teología que debe hallarse siempre en consonancia con el sentir de la Iglesia universal. El hecho central es la Asunción de la Virgen, a la que dicen relación necesaria los demás elementos escatológicos: la muerte y la resurrección, como hechos previos e indispensables; y la glorificación, como término eternamente gozoso.
Y ¿qué pensó el Doctor Evangélico acerca de las postrimerías de María? Desde luego no tenía por qué insistir, en su tiempo, acerca de la muerte de la Virgen. Todos la admitían: teólogos, predicadores, fíeles. Más todavía: algunos martirologios acentuaban tanto la muerte de la Virgen, que cortaban el paso a las realidades luminosas de la escatología mariana, poniendo en tela de juicio la gloriosa Asunción. Y nos consta la impresión dolorosa que semejante duda producía en el Doctor Paduano.
Por eso, cuando San Antonio se dirigía a los fieles para hablar de la Virgen asunta, suponía su muerte y resurrección gloriosa. Y así, nunca habló de ellas explícita y directamente. Donde debía hacerse hincapié era en la Asunción de la Virgen, misterio que implica, hablando no en abstracto, sino en concreto, los dos hechos escatológicos que la anteceden. Y a eso va el Doctor Paduano.
Trató, pues, San Antonio de la Asunción, digno coronamiento de la vida mortal de
María. Y para llevar a los fieles a la consideración provechosa de realidad tan consoladora, compuso el discurso In assumptione S. Mariae Virginis. Además a lo largo de sus discursos alude a veces a este objeto de sus complacencias.
No cabe duda en que para San Antonio la palabra Asunción, aplicada a la Virgen, significa mucho más que para la hagiografía antigua, en la que venía a designar el ingreso del alma de un Santo en el cielo. En sentido mariológico, en efecto, expresa para el Santo Doctor todo el contenido del misterio de la Virgen, llevada de la tierra al cielo: la entrada, en alma y cuerpo, en la mansión de los bienaventurados.
Las palabras que a este propósito emplea el Santo son terminantes, claras, categóricas. Y yo llenaré de gloria el lugar donde asentaré mis pies, se escribe en el Deutoronomio. Texto que el Doctor Evangélico lo acomoda a Jesucristo y a su Bienaventurada Madre. «Los pies del Señor significan su humildad»... «El lugar de los pies del Señor —continúa el Santo Doctor— fue la Bienaventurada María, de quien asumió la humanidad, lugar que glorificó el día de la Asunción, exaltándola sobre los coros de los ángeles. Claramente con esto tienes —concluye el Santo— que la Bienaventurada Virgen fue llevada en cuerpo al cielo, porque según el cuerpo fue pedestal de los pies del Señor.» No son menos expresivas las palabras en que San Antonio enseña cuán superior es la bienaventuranza de la Virgen a la de los Santos resucitados, como es de ver en el siguiente pasaje: «La dracma, octava parte de la onza, simboliza a la Virgen María, la cual posee ya en alma y cuerpo, y en grado muy superior la bienaventuranza que han de poseer todos los Santos en el día octavo, correspondiente a la resurrección.»
Como se ve, San Antonio afirma, sin titubeos ni sombras de duda, la asunción corporal de María. Y la afirma tal como la enseña la teología, reflejo fiel de la creencia universal, según la cual María, muerta y gloriosamente resucitada, fue trasladada a los cielos en cuerpo y alma, haciéndose por siempre morada de la casa del Señor.
"Mater Virgo ad aethereum thalamum est assumpta", "per manus Angelorum ducla est... ad aethereum thalamum, in quo Rex regum stellato solio residet", "ipsam (Dominus) super choros angelorum exaltavit", estas y otras expresiones litúrgico-asuncionistas que formula San Antonio no pueden menos de entenderse a la luz del principio básico, que es Asunción corporal. Encierran, pues, un sentido preciso y determinado en el pensamiento antoniano, cuyo amable objeto es María radiante de gloria beatífica, en cuanto al cuerpo y alma, en el palacio de la Beatísima Trinidad.
Como un vaso de oro macizo, guarnecido de toda suerte de piedras preciosas, como el olivo que retoña y como el ciprés que descuella por su altura. Tal es el texto bíblico que aplica a la Virgen en el misterio de la Asunción. Y al exponerlo para su alabanza y para decoro de la fiesta, repite en todos los tonos el pensamiento primero y principal, que es el de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma al cielo, motivo de indecible gozo para todos, oyentes y predicador. Gaudeamus omnes in Domino.
Ultima y suprema nota de la escatología mariana es la glorificación, la cual se llama también exaltación o coronación. Se distingue de la Asunción no como una realidad de otra realidad, sino como un aspecto de otro aspecto de la misma realidad. La misma Asunción en su fase culminante, eso viene a ser la glorificación de la Virgen en el cielo, dulce misterio que el Doctor Paduano describe con nítidas pinceladas.
El olivo produce florecillas llenas de perfume, y las florecillas oliva, la, cual primeramente es verde, rubia después, y, por fin, logra madurez. Así fue la Bienaventurada Virgen María: quasi oliva pullulans. Al concebir y dar a luz a su divino Hijo, fue oliva vigorosa, llena de verdor perennemente virginal; rubicunda, en la pasión de su Hijo; y plenamente madura, el día en que fue levantada en cuerpo y alma a los cielos, donde posee, ungida de gozo, la eterna bienaventuranza. Esta gloria celeste, comunicada a la Virgen en su ser total, es coronación. Idem Filius suam Matrem coronavit hodierna die diademate gloriae coelestis. Gloria que consiste en ver de cara a cara a Dios, pues, al decir del Doctor Evangélico, brillan gloriosos los moradores del cielo, dum gloriam Patris oculo ad oculum vident. Tierra que mana leche y miel, es el cielo y lo mejor de esa tierra, o sea, de la eterna bienaventuranza, se halla en la contemplación de la Beatísima Trinidad, en el amor divino que permanece por siempre y en el gozo que se deriva torrencialmente de Dios.
Esta es la corona con que el propio Hijo coronó a su Madre, el día de la Asunción, beatificándola en cuerpo y alma. De suerte que la Bienaventurada Virgen fue como un vaso enriquecido con toda suerte de piedras preciosas, esto es, con la prerrogativa de todos los premios celestiales. Exaltación verdaderamente estupenda, propia tan sólo de la Madre de Dios. Pero, ¿hasta qué punto? ¿Hasta qué medida? Super Angelos, super choros Angelorum, dice San Antonio, usando de una expresión litúrgica por completo.
Compara, de hecho, el Santo Doctor la gloria de la Bienaventurada Virgen con la que disfrutan en el cielo los Ángeles y los Santos. Y no duda en proclamar la excelsitud de la gloria de María.
Primeramente, respecto a los Santos. Desde el momento de la Asunción, la Bienaventurada Virgen tiene en cuerpo y alma no ya la misma bienaventuranza, sino mucho mayor que la que corresponderá a todos los Santos en el día de la resurrección. Y en los premios que Ella sola atesora, resume los de todos los Santos, colectivamente considerados. Omnium Sanctorum habet praemia.
En segundo lugar, respecto a los ángeles. Se eleva la Bienaventurada Virgen como airoso ciprés sobre la cima de todos los Ángeles. El arca de Noé se asentó sobre el monte de Armenia. Y es símbolo de la Bienaventurada Virgen María, arca del verdadero Noé, Cristo Jesús; y el monte de Armenia lo es de los Ángeles. Pues bien, el día de la Asunción esa arca bendita del Señor descansó sobre los montes de Armenia, es decir, sobre los coros de los Ángeles inundándolos de regocijante alegría.
Por donde tenemos que, a los ojos del Doctor Paduano, la Virgen ocupa en la bienaventuranza eterna un lugar eminente, sumo: In aeterna beatitudine summum habet locum, fine et principio carentem. Cuando fija la mirada en el cielo, el Doctor Evangélico todo lo ve jerarquizado : sobre los Santos están los Ángeles, sobre los Ángeles el trono, que es la Virgen María, y sobre el trono Cristo Jesús, manjar de su Madre, miel de los Ángeles y dulzura de todos los Santos.
Desde tan alta esfera, irradia la Bienaventurada Virgen esplendores de regia dignidad. «Te coronó tu Hijo con la diadema del reino», exclama el Doctor de Padua, dirigiéndose a María. Te diademate regni coronavit. Además, investida como está de realeza, la ejerce exaltada sobre todas las jerarquías angélicas: Modo vero regnat in gloria... quia super choros angelorum exaltata. La Virgen, en efecto, es Reina de los Ángeles y Reina nuestra, por lo cual extiende su dominio a los cielos y a la tierra. Turris fortissima nomen Dominae.
Y con esto indicamos ya el influjo mediador qué, desde el cielo, ejerce María en beneficio nuestro. Es Madre, Reina y Señora. Títulos gloriosos, cuyo ejercicio se convierte en efluvios de gracias y bendiciones a favor de los hombres.
El Santo Paduano, consciente del poderoso valimiento de la Virgen ante el trono de Dios, no puede menos de dirigirse a Ella en demanda de toda suerte de bienes espirituales.
«Te suplicamos, oh Señora nuestra, ínclita Madre de Dios, exaltada sobre los coros de los Ángeles, que llenes de gracia celestial el vaso de nuestro corazón y le hagas brillar con el oro de la sabiduría; que lo enriquezcas con las piedras preciosas de las virtudes; que derrames sobre nosotros el óleo de tu misericordia, Tú que eres oliva bendita, con la que cubres la muchedumbre de nuestros pecados, mientras que merezcamos ser levantados a la cumbre de la gloria celestial y ser bienaventurados en virtud de Jesucristo, tu Hijo, que hoy te exaltó sobre los coros de los Ángeles, te coronó con la corona del reino y te sentó en el trono de la luz eterna, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos.»
Así termina el Doctor Paduano su magnífico discurso acerca de la Asunción. Y así terminamos también nosotros este risueño desfile de notas asuncionistas que se observan en los escritos antonianos. Concentrándose, por una parte, en la Virgen asunta, se difunden, por otra, en raudales de luz y amor. Por donde expresan todo un ciclo completo de atributos inherentes a la que, encumbrada sobre los espíritus bienaventurados, reina gloriosa en el palacio de la Beatísima Trinidad.
Fr. Bernardo Aperribay, ofm
(De Verdad y Vida.)
Dulce muerte
¿No habéis visto la dulce agonía
del sol que se acuesta?
¿No advertisteis su suave mirada
en la hora postrera?
¿No sentisteis la calma apacible
que todo lo alegra
en esos momentos
de dichas inmensas
en que el fúlgido sol desmaya,
se esconde y se aleja;
cuando el aire se empapa de aromas,
de flores diversas;
cuando ensayan las aves sus cantos
presagiando la noche serena;
cuando envuelve los valles floridos
la penumbra más tenue y más bella,
y las fuentes arrullan el sueño
más feliz de la naturaleza?
¿No gozasteis contentos tan grandes,
tan gratas delicias?
Pues así fue la muerte que tuvo
la Virgen María;
tan dulce, tan bella,
tan feliz fue su muerte bendita.
Fue su muerte cual dulce desgaire
del sol que agoniza,
que conforme se extingue, y se muere,
y se oculta su faz a la vista,
aparece radiante y hermoso,
brindando alegría
en aquellas regiones lejanas
que su influjo benéfico ansían.
Muy feliz en su lecho se encuentra
la excelsa María,
esperando el dichoso momento
de dejar para siempre esta vida.
No se advierte en su rostro amargura,
dolor ni tristeza;
sino gozo y contento indecibles
que su alma recrean.
Entre tanto sus hijos amantes
paz y calma muy suaves respiran;
pero tienen también grande pena
porque pierden su Madre querida.
Y llegando el momento, arrobada
en éxtasis santo,
del Creador en los brazos se entrega
gozosa, esperando
volar al empíreo
a estrechar fuertemente a su Amado.
¿No advertisteis su dulce agonía?
¿No os fijasteis qué muerte tan bella?
Fue para Ella dulcísimo
sueño sin mezcla de pena;
fue cual nube de incienso aromático
que al cielo se eleva;
cual sol que se oculta;
cual flor que se cierra.
Fue más dulce que el eco del arpa
que amante se queja;
más alegre que el soplo apacible
de la primavera
y más grata que el aura fragante
que perfuma los valles y selvas.
Fabio
—
