Índice del número 327

Junio de 1956. Año 30. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús

Estamos de nuevo en junio..., el mes del Corazón de Jesús y de su «perla» San Antonio de Padua.

Voy a poner en este mes una flor, siquiera sea pequeñita y sin mérito, escribiendo unas lineas en La Acción Antoniana sobre la devoción al Sagrado Corazón de Jesús.

El Corazón de Cristo ama a los hombres. No es necesario demostrarlo. El mismo Jesús nos lo ha mostrado así muchas veces. Nos ama con el amor humano de su naturaleza humana y también con el amor divino de su naturaleza divina. Que de ambos amores es símbolo natural su Corazón abrasado.

Nos amó al encarnarse: "Así avió Dios» al mundo... Nos amó al vivir su vida mortal: «Fuego vine a traer..." Nos amó al redimirnos: Me amó y se entregó... Nos amó al sacramentarse: "Este es mi Cuerpo entregado por vosotros... Esta es mi Sangre derramada por vosotros..." Nos amó aún al resucitar: «Resucitó para nuestra justificación». Nos amó al subir al cielo: «Os conviene que yo me vaya...» Nos sigue amando a la derecha del Padre, donde «intercede por nosotros».

Y para manifestarnos su amor y conquistar el nuestro, se muestra siempre amabilísimo: en Belén es un niño que atrae; en Nazaret, un gracioso joven que trabaja; en el desierto, un solitario que ora y ayuna; en Judea y Galilea, un maestro que enseña y un bienhechor que «pasa por todas partes haciendo bien»; en el Tabor, el Hombre Dios en su magnífica hermosura; en el Calvario, la víctima que se sacrifica; en el Sagrario, el Dios «que habita con nosotros». Toda su vida mortal y toda su vida inmortal se concentran en esta sola palabra: "Dilexit nos": Nos amó. Y porque nos amó y nos ama, tiene derecho a nuestro amor y nos lo reclama: "Hijo, dame tu corazón".

Era el siglo XVIII. El pueblo cristiano yacía, perdida su libertad, bajo la tiranía opresora del jansenismo y de las exageradas prerrogativas de príncipes volterianos. La caridad de muchos se resfriaba. Moralistas y ascéticos dejaban a Dios de las multitudes y a las multitudes de Dios... Pero he aquí que allá en un convento de religiosas de la Visitación se hallaba una monjita, alma de ángel y corazón de serafín. En oración está, y colocada sobre las nubes de una contemplación sabrosa, sus ojos ven una visión magna... Cristo, el desterrado y perseguido, sobre peanas de luminosas nubes, se presenta a Margarita de Alacoque —así se llamaba la monjita feliz—, y abriendo con sus manos la túnica de su pecho le muestra,
ardiente de caridad, luminoso más que el sol, bellísimo y dolorido, su Corazón, y le dice: «Tú serás mi evangelista ante el mundo; por este Corazón quiero salvar a los hombres, a los pueblos y a las naciones... Mi fortaleza te sostendrá... Vete al Faraón del mundo, veté a mis verdaderos israelitas y muéstrales ¡as riquezas de mi Corazón, "el que más y el que mejor ha amado a los hombres".»

Desde que en el retiro de Paray-le-Monial manifestó el divino Corazón sus amargas quejas y reveló su inmenso amor por la humanidad a su confidente Santa Margarita María de Alacoque, el oculto y la devoción al Sagrado Corazón de Jesús han ido propagándose en tal forma que ha alcanzado todas las latitudes del globo e invadido todas las manifestaciones de la vida cristiana.

Esta devoción constituye en su amor a los corazones de los hombres. Bien lo dijo el inmortal Pontífice León XIII, que la manifestación personal del Corazón de Cristo en demanda de amor y veneración en los tiempos de marcada indiferencia y frialdad religiosa, era como el último llamado de amor a Dios a la ingratitud de los hombres.

La trascendencia suma de la devoción al Sagrado Corazón estriba principalmente en que el mismo Jesucristo en persona es su primer propagador. Todo su programa se fundamenta en las palabras dichas por El a su sierva Margarita María: «Mira el Corazón que tanto ha amado a los hombres y cuánto anhelo que todos me conozcan y me amen».

Mas es preciso señalar que el Corazón de Jesús, tal como se reveló a su confidente, es un foco de amor que se mostró coronado de espinas como emblema de inmolación y del sacrificio y despidiendo llamas y destellos de luz como emblema del ardor apostólico del amor divino. Y de esta doble circunstancia emergen las dos facetas que han de esmaltar esa, celestial devoción, vale decir, la santificación, la regeneración propia, el reinado del amor de Dios en el individuo por el vencimiento propio, y la difusión, en este reinado mediante un apostolado proficuo y constante.

A pesar de la vasta y universal propagación de esta devoción, a pesar que son innumerables los frutos efectivos y palpables que de ella han resultado y resultan, las causas de su aparición no han cesado.
Puede decirse que paralelamente a la acción renovadora de la vitalidad cristiana, debida a la devoción del Corazón de Jesús, han obrado también fuerzas disolventes en franca y solapada hostilidad a los principios cristianos. Para conjurar futuros desastres preciso es contrarrestar los efectos negativos de estas doctrinas perturbadoras que van tomando carta de ciudadanía en el campo católico. Para ello es indispensable ejercer sobre los fieles un apostolado eficaz; es preciso volcar en la conciencia cristiana las llamas de amor que irradian del divino Corazón; es preciso desplegar tina acción intensa y metódica de apostolado católico que abarque todos los órdenes sociales y todas las edades del hombre; es impostergable realizar un apostolado práctico concordante con las necesidades de la hora presente. Pero para realizar un apostolado necesitamos apóstoles, y éstos deben formarse en la escuela del amor, de la abnegación y del desprendimiento por excelencia en el Sagrado Corazón de Jesús. Oigamos y profundicemos la voz que sale del amoroso costado de Jesús.

Ella nos dirá que urge sacudir el largo letargo en que yacen las conciencias cristianas; ella nos dirá que si queremos cosechar óptimos frutos de virtud práctica en obras de bien colectivo e individual; si queremos disfrutar de las flores de vuestro apostolado, ha de ser primero pisando las espinas del sacrificio y de las contradicciones.

Esa voz dulce y apacible del Corazón de Jesús nos dirá que mal podemos comunicar a otros la llama de su amor si primero no nos impregnamos nosotros del calor de ese fuego; nos dirá que saliendo de la esfera de las teorías y del hermetismo de una piedad cómoda y extática, es necesario trabajar, hacer obra útil, propagar las enseñanzas del catecismo, no sólo como dique que contenga los avances del mal, sino como noble y santa cruzada que difunda por doquier los triunfos y las glorias del deífico Corazón de Jesús, de modo que en breve de uno a otro confín pueda cantarse sin disonancia: "Corazón santo, tú reinarás, tú siempre nuestro encanto serás..."

San Antonio, la Perla del Corazón de Jesús

La Venerable Juana María de la Cruz vio a San Antonio de Padua como una preciosa perla en el Sagrado Corazón de Jesús por el fuego divino que ardía en su Corazón por la salvación de las almas. Le consume, le abrasa, le derrite el celo del apostolado divino, y en su alma repercute día y noche la misteriosa voz que sale de las llagas del Redentor, del deífico Corazón.

San Antonio. Colegio San Antonio. CarcaixentEncendido en este fuego seráfico exclamaba sin cesar: Da mihi animas: dame almas. ¡Almas! ¡Muchas! ¡Ah!, él sabe que son la mayor riqueza de la tierra, más preciosas que los brillantes, más brillantes que las estrellas. Sabe que el Hijo del hombre sube al Calvario para rescatarlas. San Antonio, sitit animas, tiene hambre y sed de almas, y de aquí aquel infatigable ardor que Dios recompensó tan largamente, ya con torrentes de dicha íntima, ya con extraordinarias conversiones, confirmadas con innumerables milagros.

No, no es en los libros de los filósofos donde se adquirió estos incendios de amor, ni menos en su profundo conocimiento del corazón humano, sino al pie del Crucifijo en la contemplación de la pasión del Señor, en el altar bebiendo la copa eucarística. ¡Los adquirió en su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en aquel Corazón en donde, como San Juan, reclinó su cabeza y cuyas glorias canta en una especie de himno armonioso como el Hosanna de los querubines, pues dice en los sermones impresos por el P. Juan de la Haya: Nuestro altar de oro es el Corazón de Jesús. Allí arde el incienso que sube hasta el cielo, allí se encuentran los suavísimos perfumes que embalsaman la tierra. La meditación de los dolores exteriores de Cristo es santa y meritoria; pero si queremos hallar ora puro es necesario acudir al altar interior, al Corazón mismo de Cristo, y estudiar allí las riquezas de su amor.

San Antonio merece, por consiguiente, ser llamado, al igual que San Francisco de Asís, el predilecto del Sagrado Corazón de Jesús, como al Serafín llagado llamaba Santa Margarita María, porque el taumaturgo paduano es su adorador fervoroso, imitador fervoroso, imitador asiduo de su humildad e infatigable propagador de su culto.

A nadie causará, pues, admiración la visión referente a nuestro taumaturgo que tuvo la Venerable M. Juana de la Cruz: Hallándome en oración el día de San Antonio, vi el alma de este Santo llevada por los ángeles a los pies de Cristo. Nuestro Señor abría enteramente la llaga de su Corazón, y este Corazón todo resplandeciente de luz atraía y, en cierto modo, absorbía el alma de San Antonio, como la luz del sol absorbe toda otra claridad. En el Corazón de Jesús se me apareció el alma del Santo como una piedra preciosa que llenaba todo. La hermosa variedad de sus colores me parecieron la variedad de sus virtudes, que brillaban como esplendor maravilloso en el océano del Corazón de Jesús para honor de Cristo y gloria d\el Santo mismo. Tomó después Jesús esta, perla de su Corazón y se la dio al Padre Eterno, que la mostró a la admiración de los ángeles y de los santos (Sac. Cor., P. Enrique, pág. 69).

Es, pues, San Antonio una preciosa perla en el Corazón de Jesús, perla seráfica, perla de amor, perla y azucena de la pureza; pero también fue violeta de humildad y de dolor en unión del Sagrado Corazón en las angustias, desolaciones y amarguras de Getsemaní, en medio de luchas y de combates de esta vida mortal, para darnos ejemplo de sufrimientos interiores y exteriores en las pruebas de este valle de lágrimas.
Gime, es verdad, pero levanta al momento su corazón y repite para animarse aquellas palabras del profeta Isaías: Elevare, consurgere, Jerusalem: arriba, alma mía, ¡valor! Levántate sobre los apetitos de la carne, levántate sobre las seducciones del mundo. Apresúrate a volar a la mansión de la luz sin sombras, de las alegrías sin tristezas, y en la hora de la muerte estarás tranquila y llena de confianza. Los ángeles y los santos correrán a tu encuentro para felicitarte, mientras que los malos serán cubiertos de confusión y despojados de todo honor, como la encina herida por el rayo y destinada al fuego (Serm. de Dom. 1.a de Adviento).

San Antonio, en la acendrada devoción al Sagrado Corazón de Jesús, imitó a su Seráfico y llagado P. San Francisco, que lloraba porque el Amor no era amado, Amor non amatur, y exclamaba abrasado en amor divino: Amore amoris tui moriar: moriré de amor ya que Vos, Jesús mío, moristeis de amor por mi amor.

Fr. Andrés de Ocerín-Jáuregui, ofm —

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