Índice del número 137
Extraordinario en el VII centenario de San Antonio de Padua, de Junio de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- A San Antonio. Editorial.
El Centenario de San Antonio y el P. Juan Alventosa. La redacción
San Antonio y el Niño. Fr. Juan Alventosa, ofm
San Antonio en la piedad norteamericana. Fr. José A. Arnau, ofm
A San Antonio de Padua. Fr. Luis Ángel, ofm
Himno a San Antonio de Padua. Fr. Luis Ángel, ofm
El Pan de San Antonio y el perro de San Roque. Fr. Manuel Balaguer, ofm - San Antonio, el milagro y la ciencia. Fr. Samuel Leal, ofm
A san Antonio de Padua. Poema. Fr. Luis Ángel, ofm - Semblanza de San Antonio. Fr. Antonio Torró, ofm
El lirio de San Antonio.
El pan de San Antonio. Fr. Juan Bta Botet, ofm - La mística antoniana. Fr. Juan Bta Gomis, ofm
San Antonio vigilante. Fr. Manuel Balaguer, ofm
San Antonio de Padua en la devoción popular. Fr. Juan de Dios Sala, ofm
San Antonio de Pauda en los pueblos de la región.
A San Antonio
Desde las más altas regiones de la Iglesia de Dios hasta el más humilde tugurio de toda la Cristiandad se ha dejado sentir en este año la dulce influencia de vuestro nombre y de vuestro poder, ¡oh glorioso San Antonio!
La fecha gloriosa de vuestro séptimo centenario ¡ha conmovido al mundo entero, puesto que sois el Santo de todo el mundo; y en todos los corazones hay latidos de gratitud hacia vos, y en todas las regiones, pueblos y aldeas hay recuerdos de vuestro poder y de vuestros milagros. Por eso en todos los pueblos ha sido bendecido vuestro nombre, ha sido glorificada vuestra memoria y ha sido invocada con entera confianza vuestra gracia y protección. No podía dejar de unirse al concierto de tantas alabanzas y al recuerdo de tantas glorias esta humilde publicación, que es todo vuestra, que lleva vuestro nombre y está dedicada a vuestro servicio.
La Acción Antoniana rinde, pues, en este día el homenaje de su admiración, de su gratitud y de su amor a la memoria de vuestro glorioso nombre, al recuerdo de vuestros milagros y de vuestro poder y a la alteza inconmensurable de vuestra virtud y de vuestra santidad. Y reitera la promesa de mantenerse fiel a vuestro servicio, cooperando a vuestra gloria con los humildes trabajos que vuestro amor y vuestra devoción inspira a sus redactores.
Sea La Acción Antoniana, como una de tantas estrellas que reflejando la luz de vuestras virtudes contribuya a hermosear el cielo de vuestra gloria, que s¡ha sido siempre inmensamente grande, lo es sin
comparación en estos días de vuestro centenaria, en los que el mundo entero os aplaude, os honra y da testimonio de su gratitud al que es el Santo de todo el universo.La Redacción
El Centenario de San Antonio y el P. Juan Alventosa
Todo el mundo se ha conmovido al evocar la Santa Iglesia en este año la memoria del gran Taumaturgo del siglo XIII.
P. Manuel Balaguer,
Director de la revistaSan Antonio de Padua, por ser el séptimo centenario de su canonización. Todas las publicaciones católicas se han ocupado de esta fecha y especialmente las publicaciones antonianas se han desvivido por hacer ostensible su gratitud y su devoción al Santo. También La Acción Antoniana tenía el proyecto de celebrar de una manera pomposa el centenario del Santo, mas nuestros propósitos fueron ahogados por las olas de la persecución religiosa.
El alma de todos los preparativos de todos los proyectos de nuestra revista era el P. Juan Alventosa, director de La Acción Antoniana. Mas al sorprendernos los acontecimientos de Mayo del año anterior, muchos trabajos coleccionados por el Padre Alventosa desaparecieron, la Revista tuvo que suspenderse por algún tiempo y el P. Alventosa, por disposición de la santa obediencia, tuvo que pasar a las Misiones de América.
Al reanudarse de nuevo nuestra publicación formamos el propósito de dedicar un número al centenario de San Antonio, sino con aquel esplendor y lujo con que estaba prevenido, con una modesta presentación, que es la que permite el estado económico de nuestra Revista.
Todos los redactores han puesto de su parte el óbolo de su producción para honrar a San Antonio, pero no podía salir a luz este número sin un recuerdo muy expresivo de la activa y relevante personalidad del Reverendo P. Juan Alventosa que en la actualidad está trabajando por la gloria de Dios en las Misiones de América, bien convencidos de que se alegrará su alma y se llenará de regocijo su corazón al recibir entre sus manos este pobre número de La Acción Antoniana, no grande y gigantesco como él lo concibió, sino humilde, pero nutrido de amor al Santo de todo el mundo, y con las mieles de un dulce recuerdo de su director, y con la satisfacción de las buenas ausencias que de él tienen sus amigos y hermanos y los redactores que con singular cariño continuamos la publicación de La Acción Antoniana.
A guisa de cuento
San Antonio y el Niño
Lo contaba la vieja. Los nietecitos la escuchaban acurrucados a sus faldas. Sus ojitos suspensos de los labios, ya secos de tanto besar a la vieja.
P. Juan Alventosa,
Anterior director de
La Acción Antoniana—¿Abuelita, cómo fue aquello de San Antonio?
—¿Aquello, qué?...
—Aquello del niño que le iba a las manos volando...
—¡Ah, sí!—. Y la vieja, con una sonrisa gastada, les fue contando aquello del Santo Fraile, descalzo, de hábito marrón y cuerda nudosa.
—Por aquellos días, pichones míos, en que el fraile de los milagros iba por el mundo haciendo el bien, una noche pidió albergue en la casa de unos amigos suyos, que se lo ofrecieron de buen grado.
Entró en la habitación el bueno del fraile y se puso a rezar. De súbito una gran claridad invadió la estancia. Se abrieron los cielos y desde allá arriba bajó un niñito graciosísimo.
—¿Muy bonito?
—Mucho, mucho, muy bonito. Hijo de una Virgen Madre.
—Ya lo sé: la Virgen María.
—Justito y cabal: ella mismita. Y al niño se le llamaba...
—Jesús.
—Pues el chiquitín precioso del Niño Jesús,acompañado de millares de ángeles, quería tanto a San Antonio, que un día se fugó del cielo para hacerle compañía un ratito en la habitación al bueno del fraile.
Y fue allí y se posó en sus brazos, y le besaba, y le hablaba, y...—la viejecita, tal era la dulzura que ponía en sus palabras, que derretía en mieles los corazoncitos de sus nietos...— Por las rendijas de la puerta sorprendieron al fraile los dueños de la casa que le habían hospedado. Forcejearon por abrir, y el Niño Jesús, cuando oyó que empujaban la puerta para abrirla, tuvo miedo de ser visto y se fue, se escapó y se marchó otra vez a la gloria.Se apagaron las luces, la habitación quedó a oscuras y en silencio y el bueno de San Antonio quedó dormido en santo éxtasis...
Unos tras los otros, al oír los niños que San Antonio quedó dormido, fueron entornando los ojillos cansados, cayeron los párpados sobre sus pupilas cargadas de sueño y unos acurrucados, otros caídos sobre el regazo de la vieja, oyeron, dormidos, el final del cuentecito.
La vieja los fue acostando, y los niños pasaron, en sueños, aquella noche también en brazos de San Antonio, objeto de los cariños del Santo Franciscano.
—¡Santo bendito!—suplicó antes de dejarlos en su lecho la abuelita—. En tus brazos pongo a mis niños; cuídamelos, atiéndelos con todo tu cariño como s¡fueran tuyos, porque tuyos lo son desde el momento que te los hemos consagrado.
También en Yanquilandia
San Antonio en la piedad norteamericana
No puedo negarme al requerimiento que el muy digno Padre Director me hace para que le escriba unas cuartillas destinadas al número que prepara en honor de San Antonio, en la clausura del séptimo centenario de su glorioso tránsito. Es m¡devoción al Santo, es también un recuerdo que ahora mismo empaña mis ojos... El año pasado, precisamente en esta época, el infatigable y celoso Padre Alventosa, a la sazón director de esta Revista, estaba planeando un número extraordinario que fuera digno del séptimo centenario del Santo de todo el mundo. A juzgar por los preparativos y prestigiosas plumas que habían prometido la colaboración, junto con la ayuda económica de empresas comerciales, prometía ser un número extraordinario de verdad, hasta me atrevo a decir que hubiera salido con pretensiones logradas de originalidad.
A mí el P. Alventosa me había encargado que trabajara el tema «San Antonio de Padua en la vida de piedad». Empecé con verdadero cariño a trabajar sobre este asunto, y ayudado por la encuesta que para el propósito se había abierto en la Revista había logrado gran número de respuestas, interesantes testimonios de la intimidad de San Antonio en las almas. Mas..., ¿por qué no decirlo?, un día de Mayo tuve que abandonar m¡celda y en ella muchos papeles y apuntes... nada, perdí todo lo que tenía preparado. Me envió la obediencia a estas hospitalarias tierras, y todo aquello quedó en el sagrario de los recuerdos.Ahora, tan lejos, no puedo reconstruir lo que entonces hice; sólo recuerdo que San Antonio goza en el alma valenciana de una íntima franqueza que oscila entre todos los matices imaginables. Recuerdo que había testimonios indicadores de una delicadeza de espíritu envidiable por su alto exponente de sano y católico misticismo; también había otros que reflejaban una franca rusticidad, no despreciable con todo, aunque sí reprensible y merecedora de mejor orientación; sin embargo, reveladora de una fe viva en el santo de los milagros. La exposición de esos testimonios hubiera constituido algo interesante e instructivo.
Ya que no aquello, yo quisiera ofrecer a los lectores de La Acción Antoniana lo que representa San Antonio en la vida de piedad de los norteamericanos. No sé s¡lograré m¡propósito.
Quien espere algo raro y estrambótico se equivoca. Se suele considerar al norteamericano como capaz de cualquier extravagancia. Esto puede pensarse así desde Europa; mas una vez aquí, eso que ahí se llaman extravagancias de los americanos, aparece como la cosa más natural; son el resultado de los principios que rigen su vida. La extravagancia habría, pues, que buscarla en los cimientos de su civilización, lo cual...
La prueba está en que al llegar al campo católico no se nota esa extravagancia. La frase «también aquí como en m¡tierra...» la puede decir entre los católicos norteamericanos hasta el "cavernícola" más vasco de la vieja España. S¡acaso el católico norteamericano se diferencia del europeo es en su generosidad. Por lo demás, el mismo dogma, la misma moral, las mismas devociones y prácticas de piedad, salvas muy accidentales y ligeras diferencias. El catolicismo de la Iglesia se siente cuando uno se pone en contacto con católicos que en otro orden tienen una civilización muy diversa y, sin embargo, en lo religioso se vive con ellos en la más completa uniformidad...
Pasé los largos días de mar y me vi, como en ensueño, en medio de New-York. La monstruosa grandeza de la metrópol¡del mundo moderno me anonadó de pronto y me hizo creer estar en un mundo completamente nuevo. Sin embargo pronto sentí los lazos íntimos de la unión espiritual de aquí con la vieja Europa.
Aquí también hay templos y en los templos que he visitado en ninguno he echado de menos la imagen de San Antonio de Padua, con su buen número de velas encendidas, con sus cepillos de peticiones, acciones de gracias y «pan de los pobres». También he visto muchas veces el reparto de este pan de amor y piedad. Y muy cerca del santo paduano he contemplado muchas veces al caballero americano, tipo del hombre de negocios, que después de haber elevado suplicante su mirada al Santo ha inclinado su cabeza, como bajo el peso de hondas preocupaciones, y ha permanecido humilde y meditabundo esperando la ayuda o la luz que en el mundo no ha encontrado; también he visto a la respetable señora que con sus ojos humedecidos en lágrimas oraba al santo, y a la miss americana y al sportman... Nada, me he dicho muchas veces: «También aquí como en España se ama a San Antonio.»
Y ¿qué le piden? ¿Qué le dicen en los ratos que pasan delante de él? ¡Vaya qué preguntas! Sin embargo, no tienen nada de particular s¡se tiene en cuenta el concepto práctico que tiene el americano del tiempo: «El tiempo es oro», dice.
Yo he querido indagarlo y he buscado en revistas y hojas parroquiales para saberlo. He aquí un ejemplo: En la hoja parroquial de esta nuestra Iglesia, correspondiente a esta semana, después de anunciar las devociones al Santo, pone la lista de las peticiones y acciones de gracias dejadas escritas en los cepillos respectivos; esta lista es como sigue:
Peticiones Acción de gracias Por la salud, 8
Para conseguir empleo, 18
Por el fomento de vocaciones, 7
Por conversiones, 10
Por favores temporales, 6
Por favores espirituales, 14
Por favores no especificados, 12Por la salud conseguida, 6
Por objetos perdidos, hallados, 19
Por la obtención de trabajo, 7
Por conversiones, 5
Por favores espirituales, 13
Por favores temporales, 9
No especificado, 36
En otras revistas acostumbran también a poner estadísticas por el estilo, con cifras, naturalmente, más elevadas por ser de ámbito más extenso. Ello indica la universal confianza que se tiene del valimiento de San Antonio.
El lector también querrá saber el tono cómo el americano formula sus peticiones. He aquí unos ejemplos tomados al azar:
«Querido San Antonio: Parece que yo no me acuerdo de rezar sino cuando necesito alguna cosa. Pero s¡tú me haces el favor de que pueda alquilar m¡casa, yo rezaré el rosario todos los días, durante un mes, por las almas del Purgatorio.»
«San Antonio bendito: S¡tú estuvieras en m¡lugar, ¿irías ahora a Europa? Yo no sé qué hacer, haz el favor de decírmelo.»
«Antonio, yo no soy muy buena; mas como quiero casarme con el hombre con quien voy, el cual parece no cuidarse mucho de mí, todas las noches antes de acostarme te pediré, postrada en el suelo, que le aumentes su amor para conmigo. ¿Me harás este favor?»
«San Antonio, ya sabes lo que he perdido, ¿me lo encontrarás?»
«Ya sabes, Antonio, que estoy perdido por...; pero mis padres no quieren que me case con ella porque no es católica. ¿Quieres hacerla católica y que me ame como yo a ella?...»
Y a este tenor infinidad de peticiones y acciones de gracias. El lector que haga ahora los comentarios; yo sólo añado para terminar que San Antonio también ha sabido conquistar el corazón de los americanos. No en balde dijo León XIII que era el «Santo de todo el mundo».
California, 2 Mayo 1982.
Himno a San Antonio de Padua
Glorioso Taumaturgo San Antonio,
nuestro excelso patrón,
a ofrendarte venimos alabanzas
y el cariño también del corazón.
Nuestro guía y maestro, Antonio, eres,
nuestro amparo y sostén;
no nos niegues jamás tu patrocinio
y convierte este mundo en un Edén.Estrofas
Purísima azucena
ostentas en tu mano,
su célico perfume
nos venga a deleitar,
y nunca los aromas
de tanta flor mortífera
tus tiernos protegidos
intenten aspirar.Tu ciencia nos alumbre;
sus rayos esplendentes
disipen las tinieblas
que esparce el vil error;
por esa luz guiados
del mundo por las sendas
corramos sin tropiezo
sin ansia n¡temor.El cielo está en tus brazos
los ángeles te envidian,
te admiran los mortales,
tu gloria Jesús es;
tan sólo una chispita
del fuego en que te abrasas
nos pidas, ¡oh, Antonio!,
postrados a tus pies.El Pan de San Antonio y el perro de San Roque
Vivía en las afueras de una población y en una miserable choza una viejecita sumamente pobre que todos los días iba a la villa para pedir limosna y comía cié lo que le daban, pues ya no podía trabajar.
Un día le fue la suerte muy adversa, y el caso es que era martes. Pero la viejecita anduvo todo el día de puerta en puerta y nadie le daba un mendrugo de pan. Una señora que le daba todas las veces ocurrió que estaba fuera; otra que solía darle estaba aquel día de mal humor y no quiso oiría, y así, así, todas las demás.
Llegó hasta hora avanzada de la tarde sin probar alimento, y ya no sabía a dónde acudir. Salió, pues, hacia su choza, vagando sin tino; pero sintiéndose cansada y desfallecida se sentó sobre una piedra de la vera del camino. Considerando que era aquel día martes, se acordó de San Antonio y le rezó un Padrenuestro para que le hiciera parte de sus panes, de los que tantos se habrían repartido ese día en otras partes. Al cabo de un momento oyó una gritería de chiquillos por la salida de la población, y observó después que iban persiguiendo a un perro que huía delante de ellos trayendo en la boca un pan que habría «zampado» de cualquier panadería; huía y corría, pero no soltaba el pan.
Ya los chicos le habían dejado, porque corría mucho delante de ellos y les llevaba gran delantera, pero sin soltar el pan, hasta que llegó por delante de la viejecita, y entonces, sea que se asustó el perro al verla y le cayó o sea por lo que fuere, es lo cierto que soltó el pan a poca distancia de la ancianita y siguió corriendo. Sería que San Antonio se lo enviaba, ¿quién lo duda? Así lo pensó la viejecita; pero aunque miraba el pan con ansiedad, esperó un poco por ver s¡venían a recogerlo los que perseguían al perro. Mas no acercándose nadie, lo recogió convencida de que San Antonio se lo enviaba, valiéndose de aquel perro que en otro tiempo llevaba el pan a San Roque, y marchando a su choza se lo comió con mucho placer.
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