Índice de los números 266-267

Febrero y marzo de 1951. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La Víctima Divina

Los siglos pasan uno tras otro, las generaciones se suceden, y la humanidad renovada cuarenta veces, hoy como ayer y como veinte siglos ha, se siente conmovida al rememorar la muerte trágica del Redentor del humano linaje, reconstruyendo aquella escena, única en la historia, de una cruz levantada entre el cielo y la tierra para sostener la víctima divina que se ofrece por los pecados de los hombres.

El Cristo sacrificado en el Calvario por el odio de su propio pueblo, el pueblo judío, es el mismo que hoy continúa atrayendo una parte de la humanidad con los encantos de su amor y arrancando de la otra gritos de blasfemia, de sarcasmo y de furor; y el mismo será en las edades futuras lo que fue siempre, lo profetizado por Simeón. San Pablo ha dejado escrito: «Jesús es el mimo ayer, hoy y siempre.»

Las piadosas mujeres al pie de la Cruz

El amor es fuerte como la muerte, cantó la Esposa de los Cantares (8,6). El mismo Jesús había dicho: «Que la mayor prueba de amor es dar la vida por el amado» (Jn 15,13). Por eso Él, que había consagrado toda su vida terrena, y de un modo especial los años de su predicación, al servicio de sus amigos, en el último día de su existencia mortal quiso darles esta suprema prueba de amor, inmolándose por ellos en la cima del Gólgota. Y ¡qué inmolación! Quiso que todas las manifestaciones de su amor terminasen con la prueba, la más cruenta: quiso que su sangre saliese de sus venas y de su corazón para que sus amigos la recogiesen como testimonio de su excelso amor.

Mujeres al pie de la cruzY allí estuvieron junto a la Cruz para recogerla su Madre Santísima y el discípulo amado; y allí estuvieron un poco más lejos las santas mujeres, que le habían seguido en sus viajes por la Galilea. «Había también allí varias mujeres que estaban mirando de lejos, entre las cuales estaba María Magdalena, y María, madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que cuando estaba en Galilea le seguían y le asistían...» (Mc 15, 40-41).

Y ¿qué hicieron estas piadosas mujeres en el Calvario? ¡Ah! Ellas, en la hora suprema del amor, consolaron el corazón afligido de su amado Jesús; testificaron a la faz del mundo y sin respetos humanos su fidelidad inquebrantable al Maestro divino, y recogieron, juntamente con su sangre preciosa, sus últimas y sublimes enseñanzas.

En efecto, levantando en alto el infame patíbulo, debió la divina víctima dirigir su mirada buscando entre la muchedumbre un corazón amante, una persona amiga. Tropiezan sus ojos con los sacerdotes y fariseos que le escarnecen y befan; ve con amarga pena que la muchedumbre aplaude y le insulta; levanta su vista al cielo y entre el celaje de las nubes observa el ceño airado de su Padre: «Esperé que alguno se condoliese de Mí, mas nadie lo hizo.» (Salmo 68, 21). Por fin, el abandonado Jesús vuelve a contemplar la turba clamorosa, y entre el gentío distingue el grupo silencioso de las piadosas mujeres, que con el corazón traspasado de pena, tienen sus ojos llorosos fijos en el divino Crucificado ¡fue, ciertamente, la gota de bálsamo que suavizó sus penas. Allí están, silenciosas, sí; pero con su mudo lenguaje le dicen que le aman como cuando le acompañaban por la Galilea, que irían a servirle y a recoger su postrer respiro, s¡no lo impidiesen los brutales ministros. Allí están las piadosas mujeres dando una prueba de inquebrantable fidelidad al Maestro, y mientras todos le llaman maldito, ellas proclaman a la faz del mundo, con su rectitud reverente y persuasiva, que son sus discípulas, que creen en su doctrina y que están seguras de su propia resurrección.

Allí están, finalmente, para escuchar reverentes la última lección que el Maestro divino les da desde la cátedra de la cruz. Las últimas palabras de su testamento:

Debieron hacer exclamar a las fieles y amantes discípulas del Mesías muerto, con más propiedad que el Centurión: «Verdaderamente, nuestro amado Jesús es Hijo de Dios.»

Fr. León Villuendas Polo, ofm
Obispo de Teruel.