Índice del número 321
Noviembre-diciembre de 1955. Año 29. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Navidad. Editorial
María Inmaculada y la Orden Franciscana. Fr. Leonardo Aguado, ofm - La pregunta de Feliciano (cuento). Enrique Barrachina Gil, presbítero
La pena del poeta (villancico). Fr. David Cervera, ofm
Murillo interpretó al pueblo español. Vicente Monroy Alaguero, redentorista - La Virgen sigue apareciéndose.
"Camino del cielo". José María Belarte. - Sarita y sus flores de almendro. (Leyenda navideña). Fr. Manuel Balaguer, ofm
Idilio de amor
La Virgen de la Salud, patrona de Cogullada. Soleriestruch - El espectro de la cueva. (Relato navideño). G. Abenamar
Arpa muda (poema a la Inmaculada). Vicente Monroy Alaguero
P. Leonardo Mira. In memoriam.
Noticias.
Navidad
Cada año que termina nos ofrece siempre el regalo de una fecha que ya sólo tiene un nombre: Navidad.
Cuando ésta llega en el cielo del mundo se enciende una estrella que hace a los hombres mirar hacia una sola ciudad: Belén.
Como en otro tiempo se sintió la tierra estremecer de gozo bajo la luz de una Nueva Aurora, todavía cada 25 de diciembre se ilumina con las esperanzas que suscita el renovado misterio.
Como el primer día, a la gruta del Nacimiento acuden magnates y humildes, pero son ahora muchos más los que prefieren arrastrar todo el peso del sagrado lugar hasta los propios hogares, donde de nuevo aparece, Niño en la cuna, el Hijo de María.
Diríase que la misma ciudad de Belén cobra movimiento para multiplicarse en el rincón querido de cada casa.
Es así como sus casitas, escalonadas sobre la colina, abren en todo país los ojos de sus ventanas para solazarse con la fuente y el río que, acaso anacrónicamente, se la regala.
De esta manera, por sobre todas las actualidades que solicitan nuestra atención, esta del Nacimiento de Cristo es la perenne actualidad, y Belén continúa lanzando en todas las direcciones el mensaje de todo su gozo, mientras la oscuridad de la gruta se sigue iluminando por las claridades que enciende la fe.
La Acción Antoniana desea que el mensaje de Belén inunde de gozo los hogares de todos sus lectores, y que la Paz y el Bien que los ángeles anunciaron la primer Nochebuena a los hombres de buena voluntad, lema bendito del S. P. San Francisco, sea la bandera que enarbole el mundo en su afanoso empeño de paz, de bien y de progreso.

El Padre Rector con el profesorado y alumnos del Colegio Seráfico de Pego. (Foto Arbanes).
María Inmaculada y la Orden Franciscana
La belleza de María ejerce siempre un poderoso atractivo sobre todo el que la contempla en cualquier momento de su vida prodigiosa, pero causa seducción y encanto inconmensurable en el glorioso instante en que aparece en el mundo de los seres llena de gracia divina, adornada con el cúmulo inmenso de carismas y privilegios con que le plugo honrarla al Omnipotente y en aquella admirable visión en que se nos presenta revestida del sol, con la luna bajo sus delicadas plantas y rodeada su cabeza de doce refulgentes estrellas que, cual luminosas gemas, forman la corona de su reinado supremo. Sí; María, nuestra adorada Madre, presenta siempre y en todo lugar un encanto poderoso que le atrae el amor y la veneración de sus incontables devotos, pero es indudable que en el misterio de su Concepción Inmaculada se destaca con tal atractivo que roba todos los corazones, moviéndolos a honrarla bajo este glorioso título con preferencia a todos los demás, exceptuando el de Madre de Dios, base fundamental de todos sus títulos y privilegios.
Llama poderosamente la atención que siendo sumamente glorioso para María el misterio de su Concepción Inmaculada, Dios lo tuvo, no obstante, durante centurias entre las sombras de la duda y expuesto a las invectivas y violentos ataques, permitiendo un error que empañaba el brillo de tan honrosa prerrogativa. No cabe duda que encierra alto misterio este designio del Altísimo de mostrar paulatinamente el triunfo que María, su hija predilecta, reportó del infernal dragón aplastando de una buena vez su altiva cabeza en la que germinara un día el proyecto más soberbio y descabellado que puede fraguar una inteligencia enloquecida con el vaho venenoso del amor desordenado de sí misma.
Obra fue no de un día, sino de muchos años, la que entre combates y persecuciones llevó hasta las luminosidades del Vaticano este preclaro misterio de la Concepción Inmaculada. La singular prerrogativa de María, que se vislumbra ya en los primeros siglos del cristianismo, recorre gloriosamente las iglesias orientales y pasa más tarde a la iglesia occidental, en la que se arraiga fuertemente, sobre todo en las regiones de Italia, Francia, Inglaterra y España, en las que con gran pompa y entusiasmo se celebra tan simpática festividad. Debido a la multitud de obstáculos encontrados en su camino, su marcha a través de los tiempos forzosamente tuvo que ser lenta; adversarios poderosos le salieron al encuentro, pretendiendo detener su gloriosa carrera que electrizaba a las muchedumbres, originándose de ese choque la serie de luchas y contiendas acerca de este misterio de que nos habla la historia y que no terminaron hasta poco antes de su definición dogmática. La diversidad de criterios al respecto se acentuó de manera especial en las Ordenes religiosas, cuyos miembros se pronunciaron abiertamente en su mayoría en pro o en contra de la piadosa doctrina, destacándose entre ellas la Franciscana en la defensa del excelso misterio.
La historia no nos dejará mentir si afirmamos que la actuación franciscana en pro de la Concepción Purísima de la gran Madre de Dios fue en todos los tiempos activa y gloriosa. Siempre y en todo lugar se mostró la Orden Seráfica acérrima partidaria de este glorioso misterio, que llegó a formar parte del espíritu franciscano desde que el Patriarca de Asís, que sentía hacia él una devoción profunda, la inculcó a todos sus hijos ordenando que en todos los conventos de su Orden se cantase todos los sábados una misa solemne en honor de la Concepción Inmaculada de María. Este grito entusiasta del Serafín de la Umbría en pro de María Purísima resonó con acentos de gloria en el corazón de todos sus hijos, quienes a la vez que la declaraban su Patrona y Abogada en tan dulce misterio se aprestaban a la lucha sin escatimar esfuerzos ni trabajos para que el mundo entero la reconociese y cantase libre de la mancha original.
Desde entonces han sido tan grandes los trabajos realizados por los franciscanos, tan gigantescas las luchas libradas por ellos en defensa de la Concepción sin mancha de la Madre de Dios, que la historia ha dejado consignada en sus páginas la doctrina favorable a tan glorioso misterio como doctrina franciscana u opinión escotista, y ha convertido en sinónimos el nombre de franciscano y el de defensor de María Inmaculada. Con la firme esperanza en el triunfo de su grandioso ideal, aguantaron los franciscanos a pie firme toda clase de insultos y denuestos, todo género de vejámenes y persecuciones, declarándose impotentes sus adversarios para hacerlos retroceder en la gloriosa empresa en que con tanto entusiasmo se hallaban empeñados.
Sumamente complacida de las luchas y denodados esfuerzos de sus adalides, la Reina del cielo parecía mostrar singular empeño en suscitar en la Orden multitud incontable de doctores y apóstoles capaces de llevar al éxito más rotundo obra tan preclara, como puede comprobarse en un San Buenaventura, Juan Duns Escoto, Francisco de Mayronis y mil y mil otros que sería prolijo enumerar. Ella ayudó poderosamente a los franciscanos en esa lucha de la luz contra el error, sostenida durante seis centurias, y en la que se destacan dos acontecimientos de típico sello seráfico: la victoriosa disputa del Doctor Sutil Fr. Juan Duns Escoto en la famosa Universidad parisiense la Sorbona y el apoyo prestado a la opinión piadosa en el Vaticano por los Papas franciscanos.
Tremendamente escandalizada quedó la célebre Universidad de París al saber cierto día que uno de sus profesores, el franciscano Fr. Juan Duns Escoto, sostenía ante sus discípulos que María, Madre de Dios, no había contraído la mancha original en la que incurren todos los descendientes de Adán pecador. Se le pidieron explicaciones de su peregrino modo de pensar y se le retó a una controversia con aquella docta corporación para hacerlo desistir de su atrevidas afirmaciones. Deseoso de aprovechar aquella hermosa oportunidad que se le presentaba para desterrar de aquellas preclaras inteligencias lo que él consideraba un error lamentable y confiado en su gran talento, el gran Escoto, después de implorar el auxilio de la Santísima Virgen ante una estatua de piedra que se hallaba en el pórtico de la Universidad, la cual doblando maravillosamente su cabeza le aseguró el éxito en su contienda, se presentó en medio de aquel numeroso contingente de sabios.
Uno tras otro fue pulverizando los poderosos argumentos que aquella ilustre Asamblea opuso a la opinión piadosa, con lo que logró levantar incólume y majestuosa la tesis franciscana y obligar a sus adversarios a bajarle de la tribuna con ensordecedores aplausos y clamorosos vítores por su esclarecida victoria. El resultado de esa famosa controversia fue que la Universidad celebró la fiesta de la Inmaculada Concepción de María y resolvió no conferir el grado de Doctor a quien no prometiera defender la Concepción sin mancha de la Madre de Dios.
No podía menos que llenar de entusiasmo a los defensores de la opinión escotista esta resonante victoria del Doctor Sutil, y la Orden Franciscana, conducida por su preclaro hijo, redobló sus esfuerzos, prometiendo y jurando defender a toda costa esta singular prerrogativa de María y no cejar en su empeño de verla aceptada por el mundo entero. Desde entonces todos los doctores y sabios franciscanos siguieron con más entusiasmo las huellas de su esclarecido Jefe, abriéndose paso y triunfando en todas partes la opinión escotista, y dejándose oír con aplauso su voz en favor de María Inmaculada en las universidades, en los Concilios, en los púlpitos, en los palacios de los reyes y en la legaciones enviadas por los príncipes al Vicario de Jesucristo.
La obra meritísima de los hijos del Serafín de Asís llagado llegó hasta el Vaticano, donde un Papa franciscano, Sixto IV, creyó oportuno aprobar el oficio eclesiástico de la Concepción Inmaculada de María, conceder indulgencias a los que celebrasen su fiesta el 8 de diciembre y asistiesen en ese día a la Santa Misa, mandar la celebración de dicha fiesta en la diócesis de Roma y edificar en la antigua Basílica de San Pedro una capilla dedicada a la Concepción de María y a los santos Francisco de Asís y Antonio de Padua, demostrando con esto que no en vano su madre, la Orden Seráfica, les había inculcado desde su juventud un amor acendrado hacia la Inmaculada María.
El ideal franciscano quedó definitivamente consagrado cuando Dios, como si quisiera demostrar su gratitud a la Orden del Pobrecillo por sus múltiples actividades en defensa de la Concepción Purísima de su amada Madre, quiso que un Papa perteneciente a la gran familia del Serafín de Asís, el inmortal Pío IX, terciario franciscano, declarase dogma de fe ese misterio de tanta gloria para la Reina de los cielos, llenando así de confusión a los enemigos de María Inmaculada, de honor a los franciscanos y de entusiasta regocijo a toda la cristiandad.
Fr. Leonardo Aguado, ofm
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