Índice del número 357
Número extraordinario dedicado a conmemorar el
III Centenario de la muerte del venerable Padre
Fr. Pedro Esteve
Hijo ilustre de Denia y
religioso benemérito de la
Seráfica Provincia de Valencia (1658-1958)
Diciembre de 1958. Año 32. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Una conmemoración tres veces centenaria. Fr. José Antonio Arnau, ofm
Defectos de un santo... Fr. Benjamín Agulló Pascual, ofm
El Pare Pere. Felipe Perles Martí, Maestro nacional
Medicinas de santos. Amón - Comisario de Tierra Santa. Fr. Fermín Gregori, ofm
"Frare Pere", capitán de Tercios. Antonio Cortazar
Fr. Pedro Esteve, luz de Denia. Mariano Vila-Cervantes
Un pueblo que mira al cielo. Fr. José M. Barrachina Lapiedra, ofm - "Deixem fer a Deu". Poema. Fr. Ángel Martín, ofm
Cómo se salvó el cuerpo del Venerable Fr. Pedro Esteve en el año 1936. Manuel Lattur Catalá
"El predicador del bribons".
¿Por qué se salvó el cuerpo del P. Pedro Esteve?. Fr. Rafael Fuster, ofm - "Io soc el àguila parda del mateix apocalipsis". Vicente Monroy Alaguero, redentorista
El "Pare Pere" de Denia. Francisco Alcayde Vilar
El P. Pedro Esteve, misionero apostólico. Fr. Juan José Sáez, ofm - Un franciscano amante de su tierra. Fr. Juan José Pellicer, ofm
Algunos milagros del Venerable P. Pedro Esteve.
Crónica de los actos celebrados en Denia con motivo del III centenario de la muerte del Pare Pere
Una conmemoración tres veces centenaria
Corrían los últimos días de octubre de 1658. El Venerable P. Comisario de Jerusalén Fr. Pedro Esteve volvía de su última correría apostólica, que había tenido lugar por los pueblos del Maestrazgo.
Antes de emprender esta excursión se despedía de su amigo el pavorde don Buenaventura Grau, su confesor, y le predijo su próximo fin. Asimismo se había despedido de su bienhechora y devota la condesa de Sirat.
Ahora, preso de maligna fiebre, casi sin aliento, llega al convento de San Francisco y pide humildemente se le atienda en la enfermería. Pronto la enfermedad prendió en aquel robusto cuerpo tan hecho al duro trabajo y a la austera penitencia. Con extraordinaria piedad y singular devoción recibió los Santos Sacramentos y al cuarto día de entrar en la enfermería del convento, con suma quietud y admirable paz de espíritu, entregó su alma al Creador.
Era la media noche del domingo 3 de noviembre de 1658. El Siervo de Dios había cumplido la edad de setenta y seis años con quince días.
A pesar del cuidado que se tuvo en ocultar la muerte del Venerable P. Pedro por evitar el tumulto del pueblo consiguiente a su gran popularidad, no se sabe cómo su noticia se divulgó con la celeridad del rayo por toda la ciudad y sus alrededores, de suerte que muy de mañana el gentío, que llenaba la gran iglesia de San Francisco, era inmenso. Los testigos decían no recordar concurso mayor en los anales de la ciudad, y todos a una le proclamaban como a santo.
Así se registra la fecha que La Acción Antoniana quiere recordar dedicando al Venerable P. Pedro Esteve un fraternal homenaje en este su tercer centenario.
Es el signo que acompaña a los hombres de Dios: que su memoria permanezca viva entre los suyos y que los siglos, lejos de extinguirla, la aviven más y más en las generaciones subsiguientes.
El caso del Venerable P. Pedro Esteve es, sin duda, uno de los casos de supervivencia más notables de nuestra región. Ignoramos los designios de la divina Providencia sobre la glorificación canónica del Siervo de Dios; pero ante los frutos y efectos de su innegable asistencia a cuantos con fe le invocan, no podemos menos que alabar al Señor que se muestra maravilloso en sus santos.
El P. Pedro fue dechado de virtudes, predicador celoso del Evangelio de Jesús, ángel de caridad para los necesitados, médico celestial de los enfermos, terror de los demonios, profeta beneficioso de las almas, amparador de los desvalidos, azote debelador de las malas costumbres, artífice de la paz. Su fuerte complexión y su temperamento abierto, sin doblez, hizo de él instrumento adecuado para que la gracia de Dios le hiciera aparecer a los ojos de los hombres como el auténtico varón apostólico, el discípulo de Jesús.
Su sencillez le coloca entre las genuinas «florecillas» de la primera generación franciscana. Leer su vida y recordar sus dichos y donaires salpicados de gracia, que cura las almas con sonrisas, es algo que nos traslada a épocas y ambientes más oxigenados para el espíritu que ésta en que vivimos.
Por esto, lector, te explicarás el por qué La Acción Antoniana quiere recordar este centenario. Es una llamada a la vida sencilla, al amor transparente, a la paz de las almas angustiadas...
Es la evocación viva de lo que fue santo y seña de la predicación y de la vida ejemplar del P. Pedro, aquel profundo, por sencillo, estribillo que tanto repetía en sus conversaciones y predicación:
«Deixem fer a Deu y
fassam lo que Deu mana.»
Defectos de un santo...
Permítaseme intitular así la loa de las virtudes de un santo. Suena antagónico. Pero nada más real.
El mejor canto a la santidad será el que más nos mueva a abrazarla. La mejor vida de un santo, la que más nos incline a imitar sus virtudes. Pero aquellas virtudes que son la victoria de la lucha con los defectos. Que nos enseñan a enderezar nuestras inclinaciones aviesas.
Nos admiran «las admirables vidas de los santos», repletas de carismas y distinciones del cielo, pero no nos mueven. Cansan, si no aburren o decepcionan. ¿La razón?... Que no nos digan toda la verdad de los santos. Así se expresa Jesús Urteaga a este particular: «Tienen verdadero temor a decirnos que fueron hombres. ¡Con lo alentador que sería para nosotros contemplar los defectos naturales de los santos y lo que hicieron para superarlos!» Y cuán en razón el deseo de M. Raymond, en boca de la Hermana Superiora de la Introducción a su libro La familia que alcanzó a Cristo: «...dígame qué clase de vida de santo le gustaría a usted.» «Pues una que diga verdaderamente la verdad. Una que me muestre al hombre convirtiéndose en santo, no al santo ya hecho.»
Así fue nuestro Venerable P. Pedro Esteve. Un hombre. Con defectos naturales. Luchando para superar estos defectos. Y trabajando por convertirse en santo.
Novicio. — En la Escuela de la perfección. Siendo carne de pecado, siente la tentación. Lucha tenazmente contra el demonio del mundo que quiere seducir su alma con sus halagos.
Estudiante. — En la Escuela del saber. Su inteligencia, debilitada por el pecado de origen, ha de trabajar sin descanso para conseguir un conocimiento claro de Dios, de la virtud y de las ciencias que mejor le llevarán a Dios y le ayudarán a darlo a las almas. Cursa los estudios de Filosofía y Sagrada Teología.
Apóstol. — Maestro del divino saber. Ante el gran ministerio, siente que su alma no está acabadamente moldeada. Con esta experiencia se esconde en el santo retiro de Chelva para acabar de ahogar las concupiscencias, donde lo hicieran los santos mártires de Granada Fr. Juan de Cetina y Fr. Pedro Dueñas.
Y así, sin dejar de ser humano, en vía de total conversión a Dios, puede dedicarse con fervor a la divina predicación. Son admirables las maravillas que por su medio obra el Señor; e innumerables las conversiones. Le admiran y respetan grandes y humildes. Para todos tiene palabras de consuelo y de perdón. Su púlpito se levanta en la vía pública —tradicionalmente en el mercado de Valencia— y en los salones regios de los palacios. En todas partes se recibe su palabra con eficacia y fervor.
Pero hombre, con defectos naturales, que se está convirtiendo en santo, tiene que seguir luchando contra las malas inclinaciones, tan propias y tan naturales en el hombre. Ha de combinar el trabajo con la oración, penitencia y mortificación. Ha de superar la vanagloria del triunfo de su palabra con la consideración de las propias miserias. Y cuando sus mortificaciones son objeto de la crítica envidiosa, las sujeta al dictamen de la obediencia. Con este espíritu calzará sandalias, cuando su deseo de penitencia le aconseja lacerar sus pies completamente desnudos.
El hombre se está ya convirtiendo en santo. Sus defectos naturales superados.
Y así, con el abandono de las almas de Dios, exclamará: Deixem fer a Deu y fassam lo que Deu mana; con la sencillez propia de los santos, que no por falsa humildad, podrá renunciar a la mitra que le ofrece Felipe IV —Señor, Deu a mí no em vol Bisbe, sino predicador deis bribons—. Y enriquecida su alma con dones del cielo, obrará grandes maravillas y anunciará, con caracteres de verdadera profecía, hechos del porvenir. Y saturada su alma de la caridad divina volará rauda a las mansiones del Eterno, donde disfrutará por siempre la paz de los justos.
He aquí al Pare Pere Esteve. El hombre que superó sus defectos y se convirtió en santo.
Fr. Benjamín Agulló Pascual, ofm

El «Pare Pere»
Dit dia (20 de octubre de 1582) fonch batejat Pere Esteve, fill de Pere Esteve i de Catarina Puig, sa muller; foren compares Fransex Palmir i Eugenia Natina.
(Quinqué Líbri de la parroquia de Denia 1557 a 1593, folio 19.)
De 1582 a 1658 van setenta y seis años, que son los de la vida de nuestro Venerable. Setenta y seis años que, salvo los de su primera infancia, fueron totalmente dedicados a la predicación y a hacer el bien, pues ya de niño, según nos cuenta Chabás en su Historia del Venerable, reunía a sus compañeros de la escuela para predicarles. Y a los siete años ya ayunaba y disciplinaba su cuerpo con cilicios.
A los dieciocho años sintió que Dios le llamaba para sí, y sin consultar con nadie ni despedirse de sus familiares, emprendió viaje a Valencia, ingresando inmediatamente en la Orden Franciscana en el convento de San Francisco, donde fue modelo de virtud y humildad durante los años de noviciado. Ya de religioso profeso determinó ir descalzo para así cumplir al pie de la letra la Regla de la Orden.
Efectivamente, más de cincuenta años anduvo nuestro fraile totalmente descalzo de pie y pierna durante sus viajes constantes, sus idas y venidas, a Madrid incluso y a Extremadura.
Había cursado con singular aprovechamiento estudios de Filosofía, Teología, Moral, Escolástica y Mística, estudios que le proporcionaron sólida base para sus sermones, a los que unía su aptitud natural, pues tenía «la gesticulación grave, la articulación entera, la pronunciación cortada, el tono de su corpulenta voz claro y su accionar significativo y apropiado».
Su vida ejemplar y sus singulares dotes y virtudes movieron a sus Superiores a nombrarle, en 1614, Comisario de Tierra Santa, cargo que desempeñó por espacio de cuarenta y cuatro años, y por el cual debía recorrer toda la Provincia de la Orden predicando y recogiendo limosnas para los Santos Lugares. Poco después fue nombrado Predicador Apostólico en virtud de un rescripto de Paulo V.
Así, pues, se dedicó a recorrer toda la región predicando de pueblo en pueblo y obteniendo grandes frutos espirituales.
Gustaba de hablar en las plazas públicas y el valenciano era la lengua que empleaba siempre en sus sermones. A pesar de que él decía que su oratoria era propia de gente del pueblo, personas muy principales tenían a gran placer escucharle, como el mismo virrey de Valencia don Fernando de Borja, el cual habló de sus virtudes y fama de santidad a Felipe IV, quien le llamó a la Corte y quedó tan prendado de su trato y discreta sencillez que le ordenó le visitase con frecuencia y que no se ausentase de Madrid sin licencia suya. Vacó por entonces un obispado en Galicia y el rey se lo ofreció al Pare Pere, el cual lo rechazó con estas palabras: Senyor, Deu a mi no em vol Bisbe, sino predicador deis bribons.
Cuando el monarca, ante las insistentes súplicas del Siervo de Dios, le dio licencia para regresar a Valencia (viaje que hizo a pie, como de costumbre), emprendió con redoblado celo sus predicaciones por toda la región. Su fama se había acrecentado grandemente con diversas curaciones y hechos milagrosos que había realizado durante la epidemia de peste en Valencia. Un osado joven que le tiró una piedra durante un sermón pereció a los pocos minutos como fulminado por un rayo.
Cuando en sus correrías por los pueblos pasaba cerca de Denia, solía retirarse unos días en las soledades del Montgó, al que comparaba con el monte Calvario, y en la caseta que él mismo había edificado meditaba y preparaba temas para sus sermones. Allí recibió la gracia de visitar en espíritu los Santos Lugares. En otra ocasión, hallándose meditando en la cueva de la Magdalena, fue arrojado por el demonio a una isla despoblada que hay frente a Jávea, de donde por su oración ferviente se vio de nuevo transportado al mismo sitio en que se hallaba antes.
En 1633, con ocasión de padecer Denia unas fiebres contagiosas que diezmaban la población, convenció nuestro Venerable, inspirado por Dios, a los jurados de la ciudad a que hiciesen una solemne fiesta a la Santísima Sangre; predicó durante la misa el Pare Pere y al terminar el Santo Sacrificio repartió entre los enfermos trozos de pan que había bendecido, y ¡cosa admirable!, todos los que probaron de aquellos panes quedaron completamente curados de la terrible peste.
Queriendo erigir un santuario para la imagen de Jesús Pobre que poseía, eligió el caserío de Benisa-de-Vi, en el mismo Montgó, y comenzó con grandes trabajos a realizar su idea. En el primer viaje que hizo a Madrid dio a conocer a la Corte sus designios e inmediatamente contó con el apoyo de la reina Doña Isabel de Borbón, que le entregó 4.000 reales, y el de la infanta María Teresa (después reina de Francia), así como de la condesa de Medellín, de quien recibió 15.000 reales, y de la marquesa de los Vélez y otras grandes señoras.
Dios concedió a su Siervo el poder de curar enfermedades con la señal de la cruz y al contacto de su saliva. Constan numerosas curaciones por él realizadas, así como otros muchos milagros que sólo enumeramos sin detalle. Así hizo numerosas profecías que se cumplieron en vida suya y algunas a su muerte; hizo diversos viajes en espíritu, concretamente uno a Alcalá de Henares; dio vida a un niño que había nacido muerto, y vio multiplicarse las Hostias durante su misa.
Poco antes de su muerte profetizó repetidamente la misma y diversas circunstancias relacionadas con ella. A la media noche del domingo 3 de noviembre de 1658, a los setenta y seis años y quince días, con suma quietud y admirable sosiego, entregó su alma al Creador el Venerable Padre Comisario de Jerusalén Fr. Pedro Esteve.
Para que no se moviese el tumulto consiguiente a la fama y popularidad del Siervo de Dios, procuraron sus Superiores ocultar su muerte y que no hicieran señal las campanas. A pesar de este cuidado se divulgó la noticia rápidamente por la ciudad, y muy de mañana aún ya el gentío era inmenso en la iglesia de San Francisco, proclamándole todos por santo. Los religiosos, temiendo un atropello por la desmedida devoción de la gente, determinaron enterrarle a toda prisa en la sepultura común. Cinco días después de su muerte, a petición de ciudad toda, del clero y la nobleza, el convento de San Francisco le hizo solemnes honras fúnebres, a las que asistieron el Cabildo de la Metropolitana y los jurados con sus insignias en representación de la ciudad. A la noche siguiente fue sacado el cuerpo del Venerable o la fosa común de los religiosos y encerrado en un arca de madera que fue depositada en nicho de la pared de la capilla de San Luis Obispo, en donde permaneció hasta el 20 de febrero de 1839, fecha en que, exclaustrados los religiosos y ocupado el convento como cuartel unos soldados descubrieron el nicho y en él el arca con el cuerpo del Venerable. Al tener noticia en Denia de dicho hallazgo, fueron comisionados inmediatamente dos señores para que se presentasen en Valencia y reclamasen el derecho de Denia a poseer los restos del Venerable Padre, cosa que fue concedida en el acto, con lo cual se dio cumplida satisfacción a los anhela de los hijos de Denia que ansiaban para sí los venerables restos, que fueron enterrados en en archivo parroquial, quedando en tal sitio hasta que la barbarie roja le arrancó de su descanso siendo llevado al cementerio municipal y enterrado en un nicho. Se había pretendido quemarle alegando que sólo se trataba de un muñeco, demostrándose lo contrario al cortarle un dedo y ver que era de carne y hueso.
Liberada Denia por las tropas nacionales en 1939, fue devuelto a la iglesia parroquial en solemne procesión, quedando expuesto al público y siendo enterrado en la pared lateral derecha del presbiterio, colocándose una lápida de mármol blanco que con el escudo de Denia y el emblema franciscano ostenta la siguiente leyenda: «Aquí yace el cuerpo del P. Esteve ornamento de la Orden Franciscana e hijo ilustre de esta ciudad.» Esta lápida está adosada exactamente en el lugar que ocupa el féretro. En la pared de la capilla de la Dolorosa hay otra lápida de parecidas características, pero que no está exactamente en la posición del féretro y que tiene grabadas las siguientes palabras del Siervo de Dios: Deixeu fer a Deu y fassam lo que ell mana. Qué mana Deu? Que l'amem de bona gana.
El Pare Pere, objeto de secular y tradicional veneración entre los hijos de Denia, está siendo objeto actualmente de una veneración creciente si cabe, a la que de antiguo se le profesa. Su caseta es visitada a diario. Es de desear que se promueva su causa de beatificación. Los hijos de Denia, los buenos dianenses, los que están orgullosos de considerarse conciudadanos suyos, los que pretenden viejos parentescos con el Venerable, deben hacerlo para mayor glorificación del Siervo de Dios Venerable Pare Pere.
Felipe Perles Martí
Maestro nacional
Medicinas de santos
Con la conmemoración que la ciudad de Denia y la Orden Franciscana han hecho del III centenario de la muerte de uno de sus más preclaros hijos, hemos encontrado la oportunidad de conocer la maravillosa vida del P. Pedro Esteve Puig. Muchas veces pasaron ante nuestros ojos los trazos pergeñados por el hagiógrafo J. Torrent, sencillos y breves, pero nunca llegaba su hora.
La llamada del corriente año fue la insinuación para meditar y leer. El P. Pedro Esteve, en su tierra llamado el Pare Pere, sin más, era sencillamente un hombre de Dios. Un varón de esos que pasan por la tierra con la altísima misión de esparcir el bien por doquier. Un mago divino que hizo destellar centellas de clarísima luz a lo negro y sombrío que el pecado prendiera en las almas.
Alma selecta, deliciosamente moldeada según el espíritu franciscano —humilde, sencilla, delicada, humana, ardorosa—, vuela, mejor que camina con descalzos pies, por las polvorientas trochas de la tierra. Hay mucha ciudad, y mucho pueblo, y mucha aldea, y en todas partes hay que sacudir las adormiladas conciencias para que de verdad sirvan a su providente Dios y Señor.
Fray Pedro no reposa. El amor divino no le consiente estar quieto.
Las tareas del santo son Dios y su alma. Pero... también las almas de los demás. El egoísmo sería el mayor explosivo para hacer saltar hecha añicos la santidad. Quien anhela la santidad es ecuménico. Le interesan todas las almas.
Por esto el santo no suele desentenderse del cuerpo portador del alma de su prójimo. En la aflicción y en el dolor de su hermano es fresca sonrisa, que llega hasta hacer amar el dolor. Pero también, en virtud de sus carismas, llega a convertirse en médico que diagnostica a la divina manera y ofrece medicinas de indefectibles resultados.
La mundana medicina se queda espantada o se ríe de la simplicidad. Pero el desahuciado paciente recobra la salud. Y lo que más vale, se acerca a Dios.
¿Qué opina la mundana medicina de un pedazo de pan aplicado a curar una terrible pestilencia de malignas fiebres?
—¿Pan... fiebre? ¡Inaudita locura!
Y ahí está, en Denia, Fr. Pedro Esteve. Acaba de llegar a su pueblo.
1633, quizá por el encharcamiento de ciertas aguas convertidas en infectos lagunazos, ha traído sobre Denia la marinera una peste que ha secado en los labios las frescas sonrisas y en el corazón ha aplastado las halagüeñas esperanzas. Vidas y más humanas vidas son a diario aniquiladas.
La consternación no tiene límites. Se perdió en todos la serenidad. Se impuso el reinado del miedo y del espanto.
—Si el Señor no lo remedia, tiene Denia contados sus días—, suele escucharse por doquier.
La ciencia fracasó. Bueno, la humana ciencia.
Fray Pedro no la conoce. Pero tiene bien aprendida la ciencia de Dios. Su caridad lo ha llevado a orar harto y a mucho penitenciarse.
No se dirá que no es estudio de verdadera ciencia.
Y el buen religioso franciscano se dispone a reñir la batalla contra el terrible azote de la peste.
Lo imagino con la ternura más paternal, pero con el corazón partido por el dolor por tanto destrozo humano en amigos y familiares. Exhorta a sus paisanos al amor de Dios y les ofrece un indefectible antídoto.
Con los ojos fijos en el cielo azul bendice unos panes. Luego a cachitos los reparte entre los enfermos. Y los enfermos... ¡curan! Y las almas van de vuelta a su Señor. La peste ha sido vencida. El pueblo, el que resta, da gracias a Dios. Y hace votos de más cristiana vida.
Cobró fama para siempre el pa beneit del Pare Pere.
Como vino a la fama que, en hartas ocasiones, curaba dolencias y enfermedades con la sola señal de la cruz. O con el consejo de su voz.
Medicinas de santos, cuya invención no espera la hinchazón de Premios Nobel, ni los públicos monumentos de bronce, ni siquiera las artísticas placas de bellos mármoles.
Sólo espera y se paga con el verdadero retomo a Dios de aquellas almas aturdidas que lo tenían abandonado. O del despertar de aquellas otras adormiladas en indiferencias glaciales. 0 de la vuelta al fervor en las otras remisas.
Pero la obra de Dios no se concreta al cielo. Aún aviva su memoria en los cortos días de este mundo. El nombre del Santo es honrado y venerado en el correr de los siglos.
¿Servirá este centenario para que Denia y su rica comarca cumplan los deseos y las ansias de tan gran patricio con un sincero retomo a Dios?
¿Será por él que al Pare Pere lo veamos en los altares como nuevo lucero del cielo franciscano?
Amón
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