Índice del número 269
Mayo de 1951. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Reina de la paz, ruega por nosotros. Editorial
Muere s¡quieres vivir. Fr. Luis Mestre, ofm - La felicidad. Fr. Antonio de Padua
Despertar. Fr. Francisco A. Pérez, ofm - El Beato Francisco Gálvez Iranzo. José Martínez Ortiz
13 de mayo, jornada de los enfermos, por el Papa y las Misiones. - La Virgen de los Desamparados.
San Pascual Bailón, modelo de amor eucarístico.
En las tierras sagradas de Asís. Julio Romano en ABC. - Consultorio religioso. Fr. Agnello.
Caso curioso
Astucia árabe
Noticias.
Reina de la Paz, ruega por nosotros
En el corazón de Nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XII, vive tan arraigado el anhelo de la paz, que sus labios augustos no se cansan de clamar por la concordia y buen entendimiento entre los hombres, por el retorno de todos a los caminos de la justicia y de la caridad cristiana, para que florezca en el mundo ese bien inapreciable de la paz, sin la cual se esteriliza y desploma todo afán de bienestar y progreso en el seno de la sociedad humana.
Los hombres nos hemos olvidado de Dios y despreciamos con inexplicable frecuencia y harta insensatez, las divinas enseñanzas del Evangelio, que s¡hablan de guerras y violencias, bien sabemos que es sólo para referirse a la guerra interior que cada uno de nosotros debiera sostener para no dejarse esclavizar por sus propios instintos, y mantener siempre en pie y en alto la erguida violencia, que es indispensable para arrebatar el Reino de los Cielos.
Mas ya que no podemos sustraernos a esa triste y desventurada condición humana, hemos de agradecer a la Divina Providencia, que haya ungido las manos y el corazón de la Madre de Jesús y Madre nuestra, con el bálsamo de una bondad que no puede expresarse con palabras, con el óleo suavísimo de una ternura maternal, capaz ella sola de dulcificar todas nuestras amarguras y de cicatrizar las llagas más enconadas y purulentas de nuestro corazón.
A ella, pues, debemos recurrir con una confianza ilimitada de hijos que aunque locos y extraviados, siempre tienen un lugar de preferencia en las fibras más delicadas del corazón de la madre, para decirle que convierta en efluvios de cristiano y fraternal amor los amargos resabios de odio que tan frecuentemente anidan en el corazón del hombre, a fin de que brille de nuevo y para siempre sobre el mundo la aurora de la verdadera paz.
Por eso, La ACCION ANTONIANA, estampa en su primera página del mes de Mayo, tradicionalmente consagrado a honrar a la Santísima Virgen María e implorar su auxilio, la filial y ardiente invocación que brotó del alma del gran Pontífice Benedicto XV en aquellas horas trágicas y funestas de la primera guerra mundial REINA DE LA PAZ, RUEGA POR NOSOTROS.
"Muere s¡quieres vivir"
«S¡viviereis según la carne, moriréis; mas s¡con el espíritu hiciereis morir las pasiones de la carne, viviréis», nos dice tajantemente S. Pablo, (Rom 8,13) conocedor de nuestras naturales ansias de tener una vida siempre feliz. Nada menos que a una eternidad feliz es a lo que aspira irrefrenablemente la naturaleza humana. Para lograrla, es menester vivir desde ahora según el espíritu y no según la carne.
«Vivir según la carne» es todo lo contrario de la vida de penitencia que nos inculca Jesucristo desde el primer paso que queramos dar en seguimiento suyo, diciendo: «El que quiera ser m¡discípulo, ya puede cargar con su cruz.» (Mt 16,24). Y adviértase que no se toma la cruz para depositarla en hermoso pedestal, sino para ser luego crucificado en ella. Llevar la cruz para morir crucificado, como Jesucristo, como S. Andrés, como S. Francisco, o de otro modo, es cosa dura y penosa que la naturaleza, creada para la felicidad eterna, rehuye instintivamente.
Una persecución contra los cristianos amenazaba la vida de Pedro, primer vicario de Cristo en la tierra. Aconsejado por los suyos salía de Roma buscando un refugio contra la persecución, cuando se le hace encontradizo Jesucristo cargado con la cruz.
—¿A dónde vas, Señor? le dice Pedro espontáneamente.
—A ser crucificado de nuevo en Roma, le contestó Jesús.
Pedro entendió la lección; volvió a Roma, y cuando le prendieron por discípulo de Cristo, se dejo maniatar y crucificar. «No soy digno de ser crucificado cabeza arriba como el Maestro; ponedme cabeza abajo, como quien ha de ir de la tierra al cielo». Estas palabras de Pedro, no son ya voces de la naturaleza n¡de la carne, sino de la gracia de Dios comunicada por Jesucristo.
«Vivir según la carne» es andar buscando habitualmente la propia satisfacción natural en todo. «Vive según la carne, decía ya S. Próspero, aquel que busca su propio gusto en todas las cosas: va a donde le da la gana; duerme como y cuando le place; chismosea diciendo cuanto se le antoja; busca compañeros para divertirse, olores suaves para recrearse, espectáculos excitantes para deleitarse, vestidos blandos y llamativos para disfrutar y pavonearse; y cuanto hace o evita, es siempre en busca de su propia comodidad y regalo».
En el polo opuesto de la penitencia cristiana está, pues, el que «vive según la carne». El fin que le espera lo significó Jesucristo cuando dijo: «S¡no hiciereis penitencia, todos pereceréis.»
Infiérese de aquí la absoluta necesidad de penitencia que tiene todo cristiano.
Llevamos un foco de corrupción moral en nuestro corazón. «Del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias» (Mt 15,19). Por esto es necesaria la purificación y la limpieza interior que se obra con la mortificación cristiana. Quien no se ejercita en la mortificación de sus pasiones, viene a ser presa de ellas, degenera en vicioso y amontona pecados. Sin mortificación del propio gusto y de la voluntad propia no puede haber virtud sólida: «Tanto más adelantarás en perfección, ha dicho el célebre Kempis, cuanto más fuerza te hicieres».
Muriendo al mundo y a sí mismo, a su voluntad propia y a sus deseos y a todo lo que no es Dios, así realizó S. Pablo sus empresas evangélicas y salvó tantas almas. Cada cual en su medida, así han procedido todos los santos.
S. Ignacio no se cansaba de repetir: «Mortificad vuestras pasiones. La oración sin la mortificación, viene a parar en ilusiones y en caprichos. S¡las personas de oración no se hacen todas santas, es porque no se cuidan de vencerse a sí mismas.» En consecuencia, S. Ignacio hacía más caso de una mortificación de la voluntad propia que de una hora de oración.
El P. San Francisco es un sublime modelo de heroica abnegación propia, de rendimiento del propio juicio al de la Iglesia, de obediencia a los superiores, de paciencia en las tribulaciones y enfermedades.
Con gusto se sometía a penosos trabajos por Cristo, y daba gracias a Dios por las enfermedades con que probaba su amor y su paciencia. Como S. Pablo, podía decir: «Me gloriaré de buen grado en mis enfermedades, para que haga morada en mí el poder de Cristo, por cuya causa yo siento alegría en mis enfermedades, en los ultrajes, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias en que me veo por amor de Cristo; pues cuando me siento débil, entonces por la gracia soy más fuerte.» (2 Cor 12,9-10).
También la gracia de Dios nos fortalece a nosotros. Cooperemos a ella mortificando nuestras pasiones para que viva Jesucristo en nosotros y vivamos nosotros en Jesucristo.
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