Índice del números 305-6

Junio-julio de 1954. Año 28. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

«De la Virgen intacta nos fue dado...»

Bajo el velo misterioso de las especies eucarísticas permanece Jesucristo en medio de nosotros, para sostener nuestra Fe, alentar nuestra Esperanza y enardecer nuestra Caridad; y su divino Corazón, que late en el sacramento del Amor lleno de mansedumbre y saturado de misericordia, es el centro animador, la raíz íntima, el manantial inexhausto de nuestra vida sobrenatural.

Para remediar la endeblez lastimosa de nuestro espíritu, ya que el virus pestífero del pecado nos mantiene inclinados al mal con implacable tenacidad y violencia, la Iglesia, nuestra Madre, nos 1invita de una manera especial en este mes de junio a rendir al Cuerpo y Sangre de Cristo en la santa Eucaristía el tributo de nuestra más ferviente adoración y a anegar nuestros corazones en el mar sin riberas del Corazón Sacratísimo de Jesús, para hacernos objeto de su misericordia y partícipes de su inefable amor.

Pero hay unas manos virginales, dulces y suaves como ningunas, que son las que mejor saben y pueden conducirnos a Jesús y mantenernos invariablemente unidos con lazos de amor a quien es nuestra salud y nuestra vida.

Nos referimos, claro está, a las manos benditísimas de María, que, obrando a impulso de su corazón de Madre, anhelan para nosotros la mayor plenitud de vida, la máxima posesión de gozo y de bien.

Ella fue el primer sagrario viviente del Verbo de Dios; Ella hizo posible, con el poder mágico de una palabra suya de humilde sujeción a los designios de la divina Providencia, el milagro de la Encarnación, sin el cual nuestra, redención por la Sangre de Cristo y nuestra vivificación por la Eucaristía, no hubieran pasado de ser meras posibilidades, las más venturosas y apetecibles, eso sí, para los tristes hijos de Eva.

Por eso la Iglesia repite con júbilo en todas las procesiones del Santísimo Sacramento aquella inspirada y ardiente estrofa del Doctor Angélico: de la Virgen intacta nos fue dado...; para recordarnos que si María nos dio a Jesucristo, nadie mejor que Ella podrá conservarlo en nuestro corazón, y nadie como esta Madre ¡amantísima presentará a Cristo nuestros pecados y miserias para que los borre, y nuestras ansias de vida y felicidad para que les dé un pleno y total cumplimiento; porque sólo Ella ama a Jesús y es amada por El con un amor que sobrepasa todos los grados imaginables de las esferas humana y angélica, y sólo Ella siente hacia¡ nosotros una ternura maternal tan íntima y arrolladora como felizmente exenta de toda suerte de limitaciones y fatigas.

Piedad mariana de san Antonio de Padua

Amados lectores: Teniendo en cuenta que estamos en el Año Mariano y en el mes dedicado al glorioso paduano, me parece muy oportuno hablaros de la tierna piedad mañana de San Antonio de Padua.

De la atenta lectura de la vida y escritos de San Antonio de Padua se deduce que el amor y la veneración a la Santísima Virgen nacieron con él y le acompañaron hasta el fin de su vida, manifestándose en sus obras, en sus palabras y en sus escritos.

1. En sus obras

La vida de San Antonio de Padua fue de perfecta imitación de las principales virtudes que brillan en la Santísima Virgen: su humildad, su amor a Dios y a los hombres y su pureza.

San Antonio de Padua fue humildísimo. Lo demostró bien cuando, teniendo abiertas todas las puertas de los honores mundanos por la posición y nobleza de su familia, prefirió la vida retirada y oscura de los canónigos regulares de San Agustín; y aun pareciéndole que con ella no se hallaba todavía bastante alejado del mundo, abrazó la estrechísima regla de los humildes hijos de San Francisco, perdiendo hasta su nombre para tomar otro que no recordara la nobleza de su linaje. Y aun llevó a mayor extremo su humildad al ocultar los dones de sabiduría y elocuencia cristianas de que el Señor le había adornado, solicitando emplearse en los oficios de enfermero y cocinero, haciéndose pasar por hombre vulgar y de cortos alcances, hasta que por ley de santa obediencia dio a conocer en Forli los tesoros de ciencia que encerraba su privilegiado entendimiento.

San Antonio de Padua fue también modelo de amor a Dios y al prójimo. El primero lo llevó a ser mártir de deseo en tierra de infieles y enardeció luego su celo en continua predicación; y del segundo dio constantes pruebas, ya en la solicitud con que asistió a los enfermos del convento de Santa Cruz, ya también en los mismos prodigios que obró impulsado por la compasión que le inspiraban las desgracias de sus prójimos.
Pero donde descolló San Antonio de Padua de un modo verdaderamente maravilloso fue en la virtud de la castidad. Los pintores y escultores representan su pureza en los lirios que ponen en una de sus manos, y realmente nada tan significativo como este emblema de la limpieza de alma y cuerpo de nuestro Santo.

Puede decirse que la pureza fue en él una segunda naturaleza, pues de otro modo no se concibe que a la corta edad de cinco o seis años hiciera voto de consagrar a Dios su virginidad. Arraigo grande tuvo tan excelsa virtud en el alma del santo taumaturgo, y bien lo demuestran las escaleras de la iglesia mayor de Lisboa en la señal indeleble de la cruz que hizo con uno de sus dedos cuando se le apareció enemigo de los hombres en forma corpórea para tentar su carne.

Nada había en San Antonio que no fuera perfecto, y sin embargo, trató su cuerpo con más rigor que haya podido hacerlo el mayor pecador de la enormidad de sus culpas. Ayunos, cilicios, maceraciones de la carne, todas las mortificaciones más extraordinarias que puede dictar el espíritu de penitencia más riguroso, fueron empleadas por San Antonio de Padua contra su propio cuerpo.

2. En sus palabras

El primer nombre que su madre le enseñó a pronunciar no fue el de «mama», sino el nombre de la Virgen, a quien él saludó después continuamente con las palabras que le eran familiares en sus labios: «Ave María».

El alivio que con frecuencia se tomaba para desahogo de sus sentimientos era cantar a la Virgen, y no solamente cuando estaba retirado en su celda, sino también algunas veces en público, y con mucha frecuencia interrumpía sus sermones para cantar el siguiente himno mariano, que quiso repetir aún en el último instante de su vida: «Oh Señora nuestra, ínclita Madre de Dios, exaltada sobre los coros de los ángeles: Te suplicamos que colmes de celestiales gracias el ánfora de nuestro corazón, y la hagas brillar con el oro de la sabiduría, y le des consistencia con la fuerza de tu santidad, y la adornes con las piedras preciosas de las virtudes, y que, como oliva bendita, derrames sobre nosotros el óleo de tu misericordia para cubrir con él la muchedumbre de nuestros pecados, de modo que merezcamos ser levantados a las alturas de la gloria celestial y participar de la felicidad de los bienaventurados. Por los méritos de Jesucristo tu Hijo, que te ensalzó sobre los coros de los ángeles, te coronó con la diadema del reino y te entronizó en el solio de la luz eterna, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.»

3. En sus escritos

Lo que más nos revela el puesto que la Santísima Virgen ocupó en el corazón de San Antonio de Padua son sus escritos. Estos, en general, no son más que simples esquemas de sermones; no obstante, hasta el esquema se reviste de color y tiene reflejos de elocuencia, que debía frisar en lo sublime con su viva voz, que sabía arrastrar a las multitudes, cualquiera que fuese el sistema de sus discursos.

«Sus consideraciones acerca del culto de la Santísima Virgen —observa De Cherancé— son de una tal precisión teológica que sólo admite cotejo con la poesía de los sentimientos. Aquí no hay reticencias o reservas: es el hijo que se abandona por completo al instinto de su corazón, es el vidente que celebra una tras otra las sobreeminentes prerrogativas de Aquella cuya espiritual e inefable belleza ha admirado en sus éxtasis. Las imágenes más caras se multiplican bajo su pluma. Compara a María con el lirio que crece a la vera de la corriente de las aguas, a! vaso de oro que contiene un perfume de inestimable valor, al arco iris que es la prenda de reconciliación entre Dios y los hombres, a la palma grandiosa que domina sobre las alturas del Líbano, al ciprés que se eleva sobre los árboles, como la Virgen es superior a todas las criaturas angélicas y terrestres.»

Verdadero precursor, más aún, iniciador de aquella escuela franciscana, cuyo ilustre mérito fue la defensa de la Inmaculada Concepción de María, hallaba él expresiones bellísimas para manifestar al exterior su sentir, asegurando ser el alma de María exenta de toda mancha, por no haber podido dejar en Ella rastro alguno la serpiente infernal.

La Virginidad, la divina Maternidad, sus Dolores, su Asunción a los cielos, forman en los discursos de Antonio como una admirable epopeya. Entresaquemos algunos textos.

He aquí los sublimes pensamientos del Santo sobre la apoteosis de María en este elocuente fragmento del discurso de la Asunción: