Índice del número 332-333

Noviembre-diciembre de 1956. Año 30. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

¡Dios nos busca!

No es un secreto para nadie que la vida del hombre moderno ha acelerado su ritmo vertiginosamente, de tal forma que hoy parece que nos falta tiempo para todo... menos para Dios.

Con velocidad creciente transcurre ahora nuestra vida, y andamos como la Marta del Evangelio, ocupados v turbados en mil bagatelas y negocios, sin dedicar la más mínima atención al "unum necessarium" de que nos habla Jesucristo y que constituiría nuestro bienestar temporal y nuestra felicidad eterna.

Por si esto fuera poco, el humo de la vanidad nos atonta, la escoria del oro nos hipnotiza, el mito del placer nos embriaga, y corremos detrás de esos fantasmas huidizos como corren los niños en pos de las inquietas mariposas que nunca o rarísima vez logran alcanzar...

Pero no corremos —qué digo corremos—, no damos un paso, siquiera sea lento y tardío, en busca de Dios...
Bien es verdad que como Dios está en todas partes, y habita de una manera más viva y real dentro de nosotros mismos, poco tendríamos que correr para encontrarle si alguna vez nos decidiéramos a buscarle de veras.

Mas el brillo engañoso de todo aquello que halaga nuestras pasiones obstruye el camino, asaz áspero y angosto, que nos conduciría hasta Dios, y tuerce nuestros pasos hacia sendas más anchas y falsamente deliciosas, por donde vamos a nuestra perdición y ruina.

Esta es la triste y repetida historia de la humanidad desde que Adán fue arrojado del paraíso hasta este nuestro flamante siglo XX, tan pagado de sus Progresos, dignos, por cierto, de admiración, pero al propio tiempo tan infeliz y desgraciado, tan resbaladizo e inseguro, precisamente porque le falta el inconmovible asidero de la Providencia de Dios, que el hombre moderno desconoce y desprecia.

Y lo más lamentable de este tristísimo estado de cosas es que la indiferencia del hombre ante Dios, el olvido de sus inmensos favores y el criminal y flagrante desprecio de sus mandamientos, no son patrimonio solamente de las tribus salvajes, a las que no han llegado todavía los fulgores de nuestra santa fe, sino que constituyen también, como el pan de cada día, la moneda corriente de millones de cristianos, que de tales sólo tienen el nombre y nada más.

Unas cuantas monedas de vil metal, el incienso de la vanagloria, los venales halagos del placer y otras mil fruslerías de la más baja ralea, son suficientes para que una y muchas veces los cristianos volvamos la espalda a Dios, nos olvidemos de él, le despreciemos y nos echemos a rodar por tan peligrosos desfiladeros, que si definitivamente no nos estrellamos es porque una mano maternal y poderosísima nos sostiene y arroja a nuestro cuello el lazo de la misericordia infinita de Dios para que nos salvemos.

Pero, amigos queridos, si nosotros no buscamos a Dios, si más de una vez, enloquecidos y ciegos, pretendemos huir de El, Dios nos busca, y su inefable bondad encuentra en los recursos de su sabiduría infinita el modo de hallarnos, de vencernos, de ganarnos para la vida de su gracia, para las delicias inefables de su amor...

«¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?», exclama Lope de Vega conmovido por el acecho pertinaz y amorosísimo de Dios... Y el docto y pío maestro Fr. Luis de Granada, maravillado por las trazos insistentes y aniabilisimas con que Dios nos quiere salvar, le llama «mendigo de sus propias criaturas»...

Cierto es que Dios, indignado alguna vez por las crecientes fechorías de los hombres, pronunció aquel "poenitet me" de la Sagrada Escritura que debiera llenarnos de espanto y terror a los mortales; pero también es verdad que los efluvios incesantes de la bondad y misericordia del Corazón de Dios detuvieron el brazo airado de su justicia y nos envió (con la feliz aquiescencia de María y por medio de Ella) a su Hijo Unigénito no para castigar nuestros extravíos, sino para borrarlos con su Sangre; no para condenarnos como merecíamos por nuestros crímenes, sino para salvarnos, como a voces se lo suplicaban las. entrañas compasivas de su divina caridad...

Mirad si no cómo hace su aparición el Hijo de Dios en este mundo duro y cruel que vino a redimir. Una pesebrera llena de estiércol y telarañas y acribillada por el crudo cierzo invernal es la primera morada en la tierra del dueño del cielo, del Rey universal de todo lo oreado...

Pocos serán los hijos de Eva, por más pobres y miserables que sean sus padres, que se vean precisados a nacer en el ambiente de estrechez y abandono, de frío y soledad, de incomodidad y penuria, que escogió para sí Jesucristo, Dios y Redentor nuestro. El no pudo contentarse con menos, para lección y ejemplo de nuestra insensata avaricia, que siempre nos hace ambicionar más...

Sin embargo, en el pesebre de Belén brilla un idilio de sencillez y ternura que dispone nuestras almas para la bondad y para el amor mejor que otros mil espectáculos de imponente grandiosidad y belleza.

Recordamos un hermoso villancico aprendido en nuestra infancia, que dice del Niño Jesús:

"Ya es cordero, no es león,
y como dejó la ira,
con unos ojuelos mira
que arrebata el corazón."

Y en verdad no sabemos cómo pueda hacer el alma para no sentirse vencida por esa mirada llena de bondad, dulcísima y penetrante, de los claros y embrujadores ojuelos del Niño de Belén...

San Agustín, abrumado por la excelsitud del misterio de nuestra Redención, llega a decir: «¡Oh feliz culpa que nos ha merecido tal y tan grande Redentor!»

También nosotros, ante las inefables ternezas de Belén, podríamos dar por bien empleada la dureza y ceguera de la humanidad por haber éstas conmovido al Verbo de Dios para venir a buscarnos de una forma tan divinamente humana, tan irresistiblemente arrobadora, qué ya ningún corazón se le podrá escapar si el hombre mira este divino Nacimiento con ojos humanitarios y sencillos, con alma exenta de fango y de hiel...
Lectores benévolos, amigos dilectísimos, ¡Dios nos busca!... Y lo hace con dulcísima porfía, con abrumadora tenacidad, a pesar de que El para bien poco nos necesita, si no es para satisfacer la insaciable ansia expansiva de su amor...

No huyamos de la búsqueda de Dios, escondidos o enredados entre las mil malezas de nuestras bajas pasiones. En ellas está el principio de nuestra ruina, la causa de nuestra amargura, el germen fatal de nuestra infelicidad...

En cambio, en los brazos de Cristo y de María, su bendita Madre, que lo es también nuestra, encontraremos la luz y la vida, el aliento y la dicha, el sosiego y la paz, que se alejan del mundo tanto más cuanto éste, insensato y torpe, se aleja de Dios.

Fátima

Hoy día de Todos Santos he celebrado en la pequeña capilla de las Apariciones de Fátima. No es la primera vez que visito esta tierra oreada por el perfume que esparció la presencia de la Reina de los cielos. Pero siempre resulta nueva la visión que Fátima ofrece al espíritu. Parece como si para cada visita nos tuviese preparada nuestra Madre una emoción particular. Sobre todo cuando, frente por frente de la bendita imagen, ve el sacerdote reflejada en el cristal de la hornacina su figura y proyectada sobre la Virgen se siente más que nunca cobijado por el amor maternal de un Corazón que acoge solícito a sus hijos.

Todos los lectores de La Acción Antoniana conocen la historia de las apariciones de Fátima. Mas son relativamente pocos los que han podido llegar a estos lugares en devota romería. Por eso creo que agradecerán la descripción que de los mismos les ofrezco en estas cuartillas.

Fátima es un pequeño poblado del distrito de Leiría. En torno a la iglesia parroquial se agrupan sus mejores viviendas. Un poco apartado de ese grupo principal hay otro barrio de casas más pobres. El heno y los animales que se mueven libremente por la entrada les dan un aspecto poco agradable. Construidas sin ninguna alineación están las parcelas de campo que ocupan, cercadas por pequeños vallados de piedra sobrepuesta que impiden el paso del ganado de una parcela a otra.

Fátima

Ese barrio pobre es el que nos interesa y a él nos dirigimos. El coche se para frente a la casa paterna de Francisco y Jacinta. Nos recibe un hermano de los videntes. Es casado y tiene cuatro niños. Parece algo azarado. Pero con toda la amabilidad posible en él nos enseña la habitación donde nacieron sus dos hermanos pequeños, y luego otra santificada por la última enfermedad de Francisco. En esa humilde mansión crecieron los agraciados con la visión de la Reina celestial, y dentro de sus modestas paredes vivieron sus padres hasta hace algunos años. Al aumentar la familia del hijo casado hubieron de trasladarse a otra casita de la vecindad. La madre ha pasado ya a mejor vida. La conocí y hablé con ella años atrás. Era una mujer de bondadoso y recatado aspecto. Su marido, por el contrario, es nervioso; se mueve inquieto y habla por los codos.

A unos cien pasos de distancia está la casa de Lucía. Encontramos a la puerta a una hermana de la vidente, con dos nietecitas a su alrededor, en el momento en que repartía los bolinhos a un grupo de niños que iban pidiendo casa por casa el pan-por-Deus (costumbre del día de Todos Santos en esta región). Es una mujer de carácter abierto y franco. Nos enseña la pequeña casa y la modesta habitación donde vio Lucía la luz primera. Me llama la atención un telar de mano en el que teje alfombras, que son vendidas a los turistas como recuerdos de Fátima.

En los corrales de estas dos casitas se recogían los rebaños que llevaban a apacentar los tres videntes. Su lugar de pasto preferido era la Cova da Iría, propiedad de los padres de Lucía. Queda, según queda dicho, a unos dos kilómetros de Fátima. Allí tuvieron lugar, del 13 de mayo al 13 de octubre, las apariciones de la Virgen.

Cova no significa cueva, sino hondonada. En efecto, la capillita de las Apariciones está en el lugar más hondo de la inmensa explanada.

Pastorcitos de Fátima

Pastoritos (de Globedia)

Se trata de una rústica capilla en la que, a más del celebrante y del acólito, apenas caben cuatro personas. Un cobertizo le presta mayor capacidad. Casi junto a la puerta de entrada un pilar indica el puesto que ocupaba el tronco de la encina en que la Virgen Santísima se dejaba ver de los pastorcitos.

A. unos pasos de la capillita emerge todavía del suelo una pomposa encina, protegida hoy día por una verja. Bajo su sombra solían sentarse los pastorcitos en espera de la hora de la aparición. Ha sido respetada del asfalto de la explanada, a fin de que el peregrino pueda imaginarse lo que en el tiempo de las apariciones era este lugar.

La explanada viene a ser la espaciosa nave de un templo al aire libre, cuyo ábside lo constituye la nueva Basílica con la columnata de uno y otro lado de la fachada, y sus muros la serie de edificaciones que la rodean. Casi en el centro y a la. altura de la capilla de las Apariciones, se yergue el monumento al Corazón de Jesús, con la fuente del agua milagrosa de Fátima.

En ese enorme «templo», presidido por un altar levantado sobre la gradería que conduce a la Basílica, bien pueden reunirse hasta un millón de personas.

La Basílica, de agradable estilo neorrenacentista, con su alta torre emergiendo en medio de la fachada, ofrece un aspecto majestuoso. No es muy grande, pero bien puede acoger unas tres mil personas. A ella han sido trasladados los restos mortales de Francisco y Jacinta desde el cementerio de Fátima, situado a pocos pasos de la parroquia; por cierto que la devoción de los peregrinos iba desmochando la losa sepulcral para llevarse pequeños pedazos del mármol como recuerdo. Hoy día están sus tumbas más bien protegidas de la indiscreta devoción.

Los altares de la Basílica reproducen los misterios del Rosario. Bajo las columnatas se veneran los pasos del Vía Crucis. El conjunto de la columnata está rematado por cuatro estatuas de glorias nacionales, que son: San Antonio de Padua, San Juan Brito, San Juan de Dios y el Beato Nuño Álvarez. Una altísima cruz de hierro cierra la explanada por la parte opuesta a la Basílica.

De las seis apariciones de la Virgen sólo cinco tuvieron lugar en Cova da Iría. La persecución de que eran objeto los videntes les impidió llegar el 13 de agosto al lugar de la cita de la Señora celestial que les hablara ya durante cuatro meses seguidos. Mientras se dirigían allá fueron raptados por el Alcalde de Ourem, al que pertenece la administración de Fátima. Mas no quedaron frustrados con ello los designios divinos. En efecto, el día 19, libertados ya los niños de la prisión y estando apacentando sus ganados a unos tres o cuatro kilómetros de Fátima, en un lugar llamado Os Valinhos (Los Valiños), se les dejó ver la Reina celestial. En memoria de este hecho la devoción popular puso allí una pequeña y rústica representación de la Virgen de Fátima. Hoy día puede admirarse una imagen tallada en piedra ocupando un airoso templete, también de piedra.

Cerca de Los Valiños y subiendo hacia una agreste altiplanicie, encontramos otro lugar venerando. Se llamaba Lapa do Cabero. Entre sus riscos tuvieron los pastorcitos la suerte de ver por dos veces al Ángel de la Paz o Ángel Custodio de Portugal, aun antes de ser favorecidos con la visión de la Reina del cielo. En la segunda de dichas apariciones les enseñó el mensajero celestial la oración expiatoria por los pecadores y les dio la Comunión, la primera y última que recibiera Jacinta en la tierra. Desgraciadamente aun no ha llegado hasta allí la mano del hombre para embellecer punto tan digno de memoria. Pero una mano piadosa ha trazado una cruz sobre una peña y otra ha escrito sobre la misma en portugués y en alemán la oración expiatoria.

Aun queda otro lugar digno de veneración. Es el pozo de Lucía. Situado dentro del campo que rodea su casa, queda bastante apartado de la vista del público. El aljibe es muy ancho. No tiene brocal, pero está cubierto con enormes losas, en una de las cuales una abertura permite sacar agua. Allí se reunían y jugaban los agraciados pastorcitos cuando se les dejó ver el Ángel que ya conocían por la primera visión de Lapa do Cabeço, que les enseñó a orar y a sacrificarse. Fue aquí donde se les dio a conocer como Ángel de la guarda de Portugal. Tampoco en este lugar hay monumento alguno que perpetúe la memoria de hecho tan prodigioso, pero ni aun siquiera una rústica inscripción.

En fin, todo este bendito suelo, casi sin distinción, es un monumento que habla al alma de las entrañas misericordiosas de María, nuestra celestial Madre, que aquí se dignó dar a los hombres su mensaje de piedad valiéndose de tres inocentes pastorcitos. Conversando con el anciano Obispo de Leiría, que desde 1920 ha venido siendo el órgano transmisor de los mensajes que la Virgen ha continuado enviando a la tierra por mediación de Lucía (hoy monja carmelita en Coimbra), se da uno cuenta de que vive en un ambiente penetrado del mundo sobrenatural. Las cosas más asombrosas son, en efecto, relatadas con tal naturalidad que insensiblemente se apodera del ánimo la convicción de que está en lugar santo, en la tierra de la Virgen María. Esto es en realidad Fátima.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Leiría, 1 de noviembre de 1956.

Cuentas saldadas

Con mi acostumbrada impericia gasté casi una hora en cambiar el neumático, y luego fui a la estación de servicio más próxima para ver si aun me servía para repuesto. El encargado, hombre a quien veía por primera vez, le puso un parche al neumático. Cuando le pregunté cuánto le debía me dijo:

—No vale nada.

—Se lo agradezco mucho, pero... ¿por qué hace usted esto con un extraño?—, le pregunté picado por la curiosidad.

—Ayer —me dijo— me levanté de malas pulgas, con un terrible dolor de muelas. Traté mal a todo el mundo.

Hoy me siento bien y estoy compensando lo de ayer: le hago favores a los clientes, estimulo con palabras de aliento a los empleados. Es así como pago por mis días malos.

Reanudando mi camino reflexioné sobre lo insólito de aquella actitud. Somos muy pocos los que pasamos balance a nuestras cuentas emocionales de manera tan pronta y escrupulosa. Permitimos que se acumulen en el debe en proporciones desmedidas para que luego nos agobien.

Este señor, muy sensatamente, ajusta sus cuentas día a día. El bien que el martes hace paga —al menos en parte— por la displicencia del lunes. Queda limpio el pasivo y no deja residuo alguno de remordimiento.

«Higiene mental» puede que sea una frase chocante, pero esencialmente es un proceso tan sencillo cómo el de la higiene corporal: cuestión de atención diaria a los detalles triviales. El parche que me puso el encargado de la estación de servicio me ahorró sólo una suma insignificante a él le economizó una semana de remordimiento por su mal comportamiento del día anterior.—

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