Índice del número 334
Enero de 1957. Año 31. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- 1957, felicitación y anhelo. Editorial
Ante la adoración de los Reyes (poema). Fr. Bernardino Rubert, ofm
Ante el 1957. Vicente Monroy Alaguero, redentorista - Acerca del hombre. Fr. David Cervera, ofm
La incredulidad. II. Arturo Fosar Bayarri
¡Cosas de curas! Fr. Otto Samoyoa, ofm - Doce campanadas. José Mª Gimeno Tichell
Cristo ha nacido. Mariano Vila Cervantes
Dulces ojos (poema). José Galbis
Homenaje al P. Sanchis.
El Santo y el Tirano. Mariano Vila-Cervantes - La niña y la estrella. P. Antonio Rivas
A Zaragoza o al charco. J. G.
Noticias.
1957, felicitación y anhelo
No son ciertamente halagadoras las perspectivas que ofrece la humanidad atolondrada e inquieta al despuntar la primera aurora de este Año Nuevo 1957.
Promediado el año que acaba de hundirse en las sombras del pasado, mientras el cosquilleo de Suez atraía la atención y las miradas del mundo hacia el Oriente Medio, la Rusia Soviética lanzaba sus zarpazos sangrientos sobre la heroica nación húngara, que a la hora en que esto escribimos todavía resiste de una u otra forma la bárbara y tiránica opresión de los sin Dios.
Mientras tanto el mundo sigue en su alocada carrera tras los mitos de la gloria, de la riqueza y del placer, sin importarle mucho la desgracia de los pueblos oprimidos, sin pararse a considerar la miseria física y moral de los que sufren hambre y desnudez, para proporcionar siquiera un poco de alivio a tantas almas laceradas por el infortunio.
Esta es la realidad trágica y desesperante del momento actual.
Mas a pesar de ella nos brota del corazón un anhelo de felicidad y florece en nuestros labios una palabra de animoso y radiante optimismo, que queremos transmitir a nuestros amables lectores, colocándonos de espaldas, es verdad, a las tristes realidades actuales, pero erguidos frente a la Cruz redentora de Jesucristo, clavando nuestros ojos en el pecho abierto del Hijo de Dios y levantando nuestros brazos suplicantes al Corazón de Cristo, que quiso ser triturado por nuestros pecados, para que nos esforcemos también nosotros en hacer pedazos las cadenas de nuestras pasiones y logremos ser felices empeñándonos en ser buenos...
De alli, del Corazón amabilísimo de Jesús, nos ha de venir la verdadera paz, aquella paz que el mundo no puede dar... En Cristo y por Cristo alcanzaremos la más serena y plácida alegría si arrebatados por su divina caridad nos esforzamos en seguirle sin detenernos en ese camino, como no sea para consolar y animar a nuestros hermanos que sufren miserias corporales o padecen las aún más tristes amarguras del espíritu...
Esa es nuestra felicitación, amados lectores de La Acción Antoniana, para 1957, y ese es nuestro más caro anhelo; que para ser felices en este año que empieza y en el resto de nuestra vida, nos empeñemos en ser mejores, en hacernos santos...
Quiera el divino Niño de Belén prender este deseo en los corazones de todos los hombres, y entonces habrá en la tierra la prosperidad y la paz tan ardientemente suspirada por todas las almas de buena voluntad.

(Parroquia de San Benito de La Coruña)
Ante la adoración de los Reyes
Niñito que en pobre cuna Lloras, y gimes, y anhelas Yo vengo, como los Reyes Oro no tengo, ni plata... |
El incienso de mi vida Y la mirra que destila Niñito que en pobre cuna recibe la dulce ofrenda |
P. Bernardino Rubert Candau, ofm
Ante el 1957
Frase recia y de muy honda psicología la de aquel Santo Padre: Habent mores odorern suum. También las costumbres huelen, huelen a charca los vicios, huelen a rosa las virtudes. Vamos a hacer una meditación, mis queridos lectores, con ocasión de principio de año. Charcas y flores, ellos y nosotros. En el ambiente de los espíritus hay también olor. Y cuando Shakespeare lanzaba el célebre «hay algo en Dinamarca que huele a podrido», nos daba una fórmula para expresar con la intención de la frase la putrefacción de la sociedad. Principio de año convida a un examen del estado moral de las gentes.
Las gentes, ha dicho Paúl von Keppler, «tiran al paganismo» con el desbordamiento de todas las sensualidades y la legitimación de todos los desórdenes. Impera la entronización de la carne con todas sus rebeldías y locas aberraciones. La divisa del mundo es el goce hasta la saturación y la embriaguez. Las gentes aclaman a toda voz el reinado de la bestia dorada que decía Nietzsche, y aman perderse en la selva espesa de las más escabrosas aventuras. Por eso hacen guerra al, según Ibsen, «descolorido Galileo, que se alegra cuando gimen aquellos mismos cuyos deleites ha hollado», al, según Anatole France, «enemigo de la alegría». ¡Desgraciados, enemigo Cristo de la alegría! Y avanzan talando derechos y hollando virtudes, fuente de la alegría.
No es diatriba de indignación ante tanto fango, es voz airada de Dios que no tiene tiempos ni fronteras, y que dice con el profeta: Convertam festivitates vestras in luctum: Trocaré vuestras alegrías en llanto. Es la justicia de Dios que reclama y nivela castigando. ¡Por el mundo pecador, Miserere!
Habent mores odorem suum. Mas contra la pestilencia de la charca quedan, para gloria de Dios, las legiones de la virtud, esas almas que conceden la primacía a la ley divina que impera en sus conciencias, porque reconocen como valores realmente positivos los que se cotizan en la banca del deber y van por el mundo vertiendo perfumes de buen ejemplo. Christi bonus odor sumus: Somos perfume del Evangelio. Ante la palabra de Cristo, con frecuencia oída y meditada, se abren esas flores para recibir el rocío y el calor de la gracia.
Queda la intensa labor de la Iglesia santificando las almas con su ministerio sagrado; las espléndidas manifestaciones de los congresos católicos; el despliegue del celo de nuestros misioneros; la labor admirable de la Acción Católica; la enseñanza en los colegios de religiosos y religiosas, que si como educadores de la inteligencia no tienen nada que envidiar y sí mucho que lucir, como formadores de hogares cristianos y ciudadanos de confianza para todo régimen bienhechor del pueblo son admirables. Lo sé, soy misionero, ando siempre recorriendo la patria, llevando el Evangelio por doquier. Cuántas madres, educadas en Jesús-María, Loreto, Escolapias, Sagrado Corazón, formaron esos hombres que luego dieron los grandes gobernantes, los sabios catedráticos, las autoridades protectoras de la ciudadanía sana. Esfuerzo arrollador de la Santa Iglesia para implantar la paz de Cristo en el reino de Cristo.
Perfume de rosas contra miasmas mefíticos de charcas. Dijo Enrique IV de Francia en un momento de batalla en que se armó confusión en sus filas: «Seguid mi penacho blanco que va siempre por el camino de la victoria.» Gentes, seguid el penacho blanco de la Santa Iglesia, que es la pureza, que es la honradez, que es el temor de Dios, que es el culto a la divinidad, y veréis revolotear el águila de la victoria, del orden, de la paz, del decoro en el vivir sobre vuestros campos. Perfume de rosas el que sale de las iglesias, de los centros de educación religiosa, de las asambleas de piedad.
Señor, en esta hora de negación y pecado nosotros, tus hijos, lanzamos el grito triunfal de nuestra fe y renovamos la promesa de nuestro amor. Es fe de veinte siglos sembrada por el apóstol en las riberas del Ebro, bendecida por la Virgen del Pilar, abonada con sangre de mártires, crecida al sol de la ciencia de nuestros doctores, extendida por el celo de nuestros misioneros, protegida por la espada de nuestros tercios, glorificada por nuestros artistas y rubricada por los héroes de nuestra Cruzada. Promesa de amor con firmeza de voluntad, estilo Teresa de Jesús y Francisco Javier, todo en el clamor plural de la raza que va por la carretera de los siglos, como dijo el romántico poeta:
«¡Con Dios en los corazones
y con el hierro en las manos!»
Vicente Monroy Alaguero, Redentorista —

