Índice del número 378
Septiembre de 1960. Año 34. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Llamada de vocaciones. Francisco de Paula García Sabater
El Estigmatizado del Alvernia
Las llagas de San Francisco. Poema. F. Teófilo Antolín
El espíritu misionero del Venerable P. Esteve. Fr. Bernardino Rubert, ofm - Un día serán misioneros. Colegio seráfico de Benisa y presarificado de Pego
Martillo de herejes. Estampas Antonianas. F. G. S.
La poesía mejor. Vicente Monroy Alaguero, redentorista
El apostolado seglar franciscano. Octavio Saltor - Familia y educación. Felipe G. Perles Martí
Resumen del Congreso Eucarístico de Munich
Cuando Dios llama por los caminos del amor. E. Brasa
La Virgen Carbonerita. Olga Bauzá de Lloréns
Noticias.
Llamada de vocaciones
«Id y esparcid por el mundo la palabra de Dios.» He ahí la consigna clave, la fórmula dada por Cristo a sus apóstoles, la voz de alerta a unas conciencias que se disponen a inundarse en las luces de la fe. Y de este inicial impulso se originan y hacen las futuras vocaciones evangélicas, como las ramas de un viejo y frondoso árbol.
El misionero, hoy más necesario quizá que nunca, es un hombre dispuesto a todas las renuncias y los sacrificios, un héroe con la lección del martirio bien impresa en la mente y en el corazón, un alma valiente a la que no espantan las visiones retrospectivas de otros seres brutalmente muertos en defensa de sus ideales. Y así surgen como estrellas sobre un cielo de estío las vocaciones que mañana habrán de ser gloria y triunfo sobre las páginas rutilantes de la cristiandad.
La cantera se halla encerrada dentro de los claustros de esos Colegios Seráficos en donde el religioso aprende a servir una causa justa y sagrada. De allí partirán un día hacia tierras de infieles con la esperanza en los labios y un símbolo de redención pendiendo de su cintura o su cuello. Esta cruz del misionero, arma, defensa, consuelo y fortaleza, habrá de constituir en lo sucesivo signo bajo cuyo influjo rompa el mal sus diabólicos lazos.
Y también ahora nos llega a la memoria otra frase muy célebre de Jesús: «Todos sabéis que la mies es mucha y los operarios pocos.» Realmente ya el Mesías intuía cuán grandes esfuerzos llevaría aparejados la conquista de las almas. Sabía lo dilatado de los confines, la promiscuidad de razas, y por ello congrega a sus discípulos para que todos, reunidos, lleven verdades eternas a los hombres. Y esta labor no puede ser llevada a cabo en forma individual, sino en conjunto. Se precisa la estrecha cooperación de todos los fieles, su ayuda generosa, sus oraciones, que si son recitadas conforme a los deseos de la voluntad, pueden incluso mover montañas. Es necesario que se fomente la simpatía hacia esos Colegios Seráficos que son, en realidad, semillero de auténticas vocaciones.
Nadie puede escapar de la apremiante necesidad de ayuda espiritual, nadie tampoco tendrá la absurda pretensión de considerarse perfecto y sabio; por consiguiente, de ahí se deduce cuán conveniente es procurarse poco a poco esa maravillosa moneda que abre para nosotros las puertas de la bienaventuranza. Alguien dijo, muy acertadamente, que «sin misioneros no había salvación». Y algunos, a la vista de este párrafo, preguntarán: ¿Por qué si soy perfecto y cumplo con los requisitos de la Iglesia he de precisar de los misioneros para asegurar mi futura dicha? Claro que, si en realidad se guardan estrictamente todos los preceptos de la religión, se cumplen las leyes divinas de la fraternidad, no hay que dudar en alcanzar a la postre una feliz recompensa. Pero, con la mano en el corazón, ¿quién de nosotros lleva a la práctica lo que de común tenemos más pronto en los labios que en el corazón? ¡Nadie! Somos como esos pequeñines que luego de aprender del maestro unas lección-cillas las olvidan presto cuando abandonan unos días la clase.
Necesitamos un martillo que repita sin cesar sobre el yunque de nuestras conciencias las verdades tan necesarias de mantener en la memoria. Por esto roguemos a Dios porque verdaderos misioneros surjan de esos Colegios Seráficos valentinos y de cuya santidad y elocuencia logremos servirnos para deleite y bien del alma.
Francisco de Paula García Sabater
El estigmatizado del Alvernia
Va el P. Francisco montado en un pollino, pues a causa de sus enfermedades que le causan graves dolores no puede ir a pie. Con paso lento se dirige hacia el valle del Casentino, que rodeado de cumbres y adornado de bosques presenta un aspecto imponente. Subiendo por los tortuosos senderos del valle, llega a su más alta cumbre: el monte Alvernia. Una inmensa mole de roca que se abre a tajo entre la selva; sus ojos, cansados y enfermos, apenas pueden contemplar aquel maravilloso paisaje donde armonizan las inmensas moles de piedra con el azul del cielo y la verde campiña.
Tras un rato de buscar un lugar apropiado para la oración, encuentra en un recodo del camino un lugar cubierto por una enorme roca salediza que forma una especie de cueva, la cual está separada del bosque por un profundo abismo. El Poverello abandona su jumentillo y ayudado de sus frailes improvisa un puente con un madero para poder llegar al lugar deseado; hecho esto, el Santo ruega a sus frailes que le construyan una pequeña celda en aquel lugar, después les pide con humildad que lo dejen solo y que ninguno se acerque a esa parte del bosque. A Fr. León, su fiel compañero, le dice: «Tú, hermano León, una vez al día solamente vendrás a mí con un poco de agua y un pedazo de pan, y por la noche otra vez a la hora de maitines. Y vendrás silenciosamente, y cuando estés a la entrada del puente dirás: "Domine, labia mea aperies." Y si yo te contesto, pasa y ven a la celda y diremos juntos los maitines, y si no te contesto, vuélvete inmediatamente.»
Los frailes se volvieron a su eremitorio y Fr. Francisco se quedó en aquel lugar con la sola compañía de un halcón, con el que pronto se familiarizó, y que a la hora de maitines lo despertaba con su canto advirtiéndole que ya era hora de la oración.

La Cuaresma ya había entrado; San Francisco se dedicó a orar y a hacer penitencia; pasaron algunos días, los que transcurrieron normales; Fr. León en el día le llevaba su exigua refección, y por la noche le acompañaba a decir los maitines; pero en una ocasión llegó Fr. León al retiro del Santo y, según lo convenido, llamó al Padre con el Domine, labia mea aperies, y San Francisco no le respondió. La curiosidad de Fr. León le hizo quebrantar lo convenido: en lugar de regresar al eremitorio cruzó el puentecillo que daba a la celda del Poverello, con paso mesurado se dirigió a la celda de Francisco y cautelosamente se asomó, y al encontrar la celda vacía supuso que se habría ido a orar al bosque, y fue a buscarlo procurando no hacer ruido.
Al poco rato de andar oyó la voz de Fr. Francisco que decía: «¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío? ¿Y quién soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo?...» Acercándose cautelosamente Fr. León vio a San Francisco de rodillas con la cara y las manos al cielo y sobre su cabeza una llama brillantísima, oyendo al mismo tiempo que el Santo hablaba con alguien, aunque no pudo distinguir lo que decían; sin embargo, vio cómo Francisco alargó tres veces las manos hacia la llama, la que finalmente desapareció.
Temiendo molestar a Francisco, fray León quiso retirarse sin hacer ruido, pero al dar un paso crujieron bajo sus pies las hojas y ramas del camino. San Francisco lo oyó y le mandó que le esperase sin moverse; angustiado Fr. León, esperó al Santo creyendo que le iría a reconvenir por su falta, mas el Poverello de Asís, sin disgustarse, le preguntó si acaso había visto u oído algo, a lo que respondió Fr. León narrándole todo lo que había presenciado y oído.
Fray León, con abundantes lágrimas, le pidió perdón al Santo por haber quebrantado su mandato, pero al mismo tiempo le pidió que le explicase el significado de las palabras que había oído, a lo cual repuso Francisco: «Cuando yo decía "¿Quién eres tú, dulcísimo Dios mío?", veía la infinita bondad, poder y sabiduría de Dios; y cuando decía: "¿Quién soy yo, vilísimo gusano e inútil siervo tuyo?" veía mi miseria y mi vileza; y en la llama que viste estaba Dios y me pidió que le hiciese tres dones, y al responderle yo que no tenía nada más que la túnica, la cuerda y los paños de honestidad, me dijo: "Mete la mano en el seno y ofréceme lo que ahí hallares", y eso me lo mandó tres veces, yo obedecí y cada vez que lo hacía encontraba en mi seno una bola de oro y se las ofrecí a Dios, y se me dio a entender que aquellas tres bolas de oro significaban los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, las que por gracia de Dios he observado perfectamente.»
Volvieron, pues, a la ermita, consultó el P. Francisco el Evangelio, que abrió al azar, según acostumbraba cuando quería saber la voluntad de Dios, y las tres veces que abrió el sagrado libro las tres veces aparecieron pasajes de la Pasión de Cristo, con lo cual entendió Francisco que así como había seguido a Cristo en los actos de su vida, así habría de conformarse con él en su Pasión.
Las ansias de seguir a Cristo en su Pasión iban aumentando de momento en momento, hasta que un día, el de la Exaltación de la Cruz, se puso en contemplación de los dolores de Cristo, y he aquí que de repente vio venir hacia sí un serafín con seis alas resplandecientes, que figuraban un hombre crucificado; al mismo tiempo que sentía espanto por la visión se llenó de amor y dulzura hacia el Salvador Crucificado, y también al mismo tiempo empezó a sentir dolores indescriptibles. Cuando desapareció la visión, Francisco encontró que en su cuerpo se hallaban impresas las huellas de la Santísima Pasión de Cristo, sus manos y sus pies estaban traspasados por rudos clavos, cuyas cabezas aparecían en las palmas y en los empeines y las puntas retorcidas en el dorso y en las plantas, y en su costado del lado derecho aparecía una profunda herida como hecha por una lanzada.
Por más que el Seráfico Padre hizo para que pasara inadvertido el prodigio, al poco tiempo los frailes lo descubrieron, ya que aun cuando el Santo ocultaba las manos y los pies, en sus ropas se advertían huellas de sangre.
La noticia cundió rápidamente, la morada de San Francisco era visitada por ricos y todos daban gracias al Altísimo por el admirable don.
En alabanza de Cristo y su Santísima Madre.

Las llagas de San Francisco
I. Pater Pauperum
Francisco el Serafín, pobre y desnudo,
las glorias del Señor va pregonando;
heraldo del Gran Rey, las va anunciando;
mas nunca el mundo comprenderlas pudo.
Caballero de amor, lleva un escudo
donde sé ve a la pobreza campeando,
y en su frente un blasón que va ostentando:
«Sufrir por Cristo con silencio mudo.»
Sólo de Cristo y de su cruz se precia,
y por Cristo y su cruz enardecido,
pone el mundo a sus pies y lo desprecia.
Y en busca de la cruz va decidido...
y al ir en pos de Cristo y de sus huellas
¡sus pies se abrieron al pisar en ellas!
II. Pax en Bonum
Paz y Bien predicando va Francisco
de un inefable amor dulce trovero,
y en un manso y pacífico cordero
se torna el lobo montaraz y arisco.
Que al eco de su voz, dejando el risco,
pierde al punto su instinto carnicero.
«¡Paz y Bien!», clama el Santo,
y el sendero
muestra a las almas del seguro aprisco.
¡Paz al triste que llora su amargura!
¡ Paz y Bien al mendigo y al leproso!
¡Paz y Bien y amor a toda criatura!...
Y al ver Cristo a Francisco que amoroso
llamaba a todos con cariño «hermanos»,
le dio sus brazos ¡y llagó sus manos!
III. Amor non amatur
Siente Francisco la encendida llama
que su pecho en amor tiene abrasado,
y de Dios y su gloria enamorado
llorando va porque al Amor no se ama.
«El Amor no es amado», ansioso exclama,
y va en busca de amor para su Amado;
y tanto en su ideal se ha afanado
que en hoguera de amor al mundo inflama.
Seráfico vergel planta en la tierra,
y un áureo y triple don a Dios ofrece.
¡Es tan grande el volcán de amor que encierra,
que al ver Dios que Francisco desfallece
y es para amar su corazón estrecho,
lanza un dardo de amor y ábrele el pecho!...
F. Teófilo Antolín
El P. Joaquín Sanchis Alventosa
Definidor General de la Orden Franciscana por la lengua española, que ha sido designado por
S. S. Juan XXIII
miembro de la Pontificia Comisión de Religiosos para la preparación del
Concilio Ecuménico Vaticano II
Ya en prensa este número, nos llega la noticia de tan alta distinción otorgada a nuestro carísimo Hermano por el Sumo Pontífice A quienes le conocemos y hemos compartido con él las tareas apostólicas, propias de la Orden Franciscana, en esta región valenciana, no podemos menos que felicitarnos al ver reconocidas por la suprema autoridad de la Iglesia sus dotes de consejo, prudencia y sabiduría.
Nuestra región le cuenta entre uno de sus preclaros hijos, por lo que también es motivo de satisfacción este nombramiento para todo buen valenciano.
Reciba, pues, nuestro Hermano la felicitación más cordial de parte de sus amigos por intermedio de LA ACCION ANTONIANA, la que, a su vez, se complace en hacerlo, ya que le cuenta entre sus más destacados y constantes colaboradores.
El espíritu misionero del Venerable P. Esteve
y las misiones franciscanas valencianas
El día 3 de noviembre de 1668 se extinguía en la ciudad de Valencia la vida portentosa de una de las más extraordinarias figuras que llamaban la atención de todos los moradores de la bella ciudad del Turia: el religioso franciscano Fr. Pedro Esteve Puig, Comisario de Tierra Santa, Predicador apostólico y figura preeminente en el acontecer valenciano de aquella época.
No podíamos prescindir del III centenario de la muerte de tan preclaro varón valenciano en esta Revista que procura airear todas las figuras de nuestra Orden y de nuestra idolatrada región valenciana.
Para que las diversas facetas de este varón ilustre queden completamente iluminadas, hemos querido tratar de su espíritu misionero, relacionándolo con las misiones franciscanas que los religiosos de nuestra Seráfica Provincia de Valencia, han dado desde su aparición como Provincia Regular, que dentro de poco se cumplirá el IV centenario de su erección canónica.

No podemos afirmar con exactitud histórica que el P. Pedro Esteve haya sido un misionero popular, como suele tomarse corrientemente esta palabra entre los que se dedican a ejercer el apostolado oral entre fieles durante todo el año en diversas poblaciones y ciudades. El Colegio de Misioneros de Santo Espíritu no existía aún como tal, y no pudo tenerlo como destacado misionero. Tampoco hemos podido ver que haya figurado como morador de dicho convento, que si no estaba erigido como uno de los que poco después ostentaron el título de Colegio de Misioneros, como nos lo describe el P. Domingo Parrondo en la obra que publicó en 1818 sobre los Colegios de Misioneros Franciscanos de España, entre los que destacan el de Santo Espíritu del Monte y el de San Roque, de Calamocha (Teruel), sin embargo, ya tenía fama y personalidad como uno de los conventos más famosos de España dentro de la observancia por haber sido uno de los primeros fundados con ese fin, según acaban de demostrar en su magnífica obra los colaboradores de Archivo Ibero-Americano en el importante trabajo que trata sobre las Reformas en España.
No obstante, hemos podido averiguar que sí estuvo en el convento de Chelva apenas recién cantado misa, en cuya población, aunque fue su estancia muy rápida, dejó huellas imborrables por su celo infatigable y por sus trabajos apostólicos, en los que se ganaba la admiración de los que le oían y el cariño de los religiosos que sumamente edificados de sus virtudes le veían en los ratos en que no tenían que ejercer el ministerio en la cueva áspera y solitaria que un día sirvió de morada al santo mártir de Granada Beato Juan de Cetina.
Estando en Chelva recibió el cargo de predicador, y desde sus principios dejó traslucir la profunda ciencia teológica de que estaba poseído y el ardiente celo por las almas que le devoraba, cualidades que no tardaría en poner de relieve cuando a los treinta y dos años, y estando en este santo convento, fue llamado al de San Francisco, de Valencia, para recibir de labios del P. Provincial Fr. Gaspar Menor el delicado oficio de Comisario General de Tierra Santa en la Seráfica Provincia de Valencia.
Tuvo que luchar mucho su humildad al tener que aceptar un oficio tan notable y de tanta trascendencia dentro de la administración de la Orden. Pero se dio cuenta, dado su temperamento y su espíritu verdaderamente apostólico, del sumo bien que podría hacer a las almas en sus incesantes correrías para postular y recoger las limosnas, y con sumo gusto acató las prescripciones de la obediencia, seguro de que no le faltarían muchas ocasiones para ejercer su apostolado, a la vez que cumpliría con su oficio de recaudar limosnas para Tierra Santa.
Tenía el título honroso de Predicador apostólico, que han ostentado pocos religiosos, y solamente los superdotados en condiciones de ciencia, virtud y celo podían dedicarse de lleno al ministerio de la predicación. Título que le obligaba a dar continuas misiones por donde pasaba con el objeto de postulación y recaudación, misiones que si no eran formalmente como las que ahora se dan, no dejaban de serlo, al predicar según la norma de nuestro Santo Fundador, que dice que prediquemos con brevedad de sermón vicios y virtudes.
Las biografías escritas por el P. Mercader casi a raíz de su muerte —en 1677, menos de veinte años después de su muerte—, y el P. Blanquer en 1839, y el canónigo Roque Chabás en 1880, ponen muy de manifiesto el espíritu misionero de este siervo de Dios, que llegó a tener fama de otro segundo San Vicente Ferrer por sus celo y condiciones de misionero, que arrastraba a las masas y las llevaba por caminos de santidad, a pesar de que habían ido por sendas de vicios y tremendos escándalos.
No solamente es ejemplar su vida apostólica por sus incesantes correrías, que le obligaron a conocer palmo a palmo nuestra región valenciana, sino porque rubricaba sus predicaciones y misiones con portentosos milagros, como sus biógrafos han puesto de manifiesto.
Podríamos citar hechos milagrosos que corroborarían nuestro aserto, pero tenemos bastante con lo dicho. Nuestro intento ha sido poner en evidencia esa faceta de su espíritu misionero, que le obligó a dar misiones en el sentido propio de la palabra, esto es, mientras iba recogiendo las limosnas de Tierra Santa. Como Comisario General no desperdiciaba la oportunidad, y predicaba en valenciano y en castellano, utilizando, para hacerse comprender de todos y conseguir sus fines apostólicos, de todos los procedimientos que su mente exaltada y rica en imaginación le prodigaba.
Con lo dicho tenemos más que suficiente para incluir a nuestro Venerable P. Pedro Esteve entre los misioneros de nuestra Seráfica Provincia. Tal vez podríamos afirmar que fue uno de los que prepararon el camino para que nuestra Seráfica Provincia tuviera un lugar destacado en la historia de las misiones populares entre fieles y hasta infieles.
La erección de nuestro convento de Santo Espíritu del Monte en Colegio de Misioneros es un timbre de honor para nuestra Provincia Seráfica. El P. Domingo Parrondo, en el año 1818, publicaba una obra, editada en Madrid, en la cual hacía la historia de los Colegios de Misioneros de España. Cita detalladamente los distintos conventos españoles que ostentaban ese honor y a las distintas provincias a que pertenecían. Nosotros, como valencianos y ahora también aragoneses, tenemos que citar nuestros conventos, a los que dicho autor reconoce méritos inmensos; son Santo Espíritu del Monte, de la provincia de Valencia, y el convento de San Roque, de la provincia de Aragón. Los restantes son: Sahagún, Escornalbou, Arcos de la Frontera, Villarejo de Salvanés, Cehegín, Villaviciosa, Herbón de la Moheda, Olite, Zarauz y Baeza.
En el año 1690 el P. Antonio Llinás tomaba el convento de Santo Espíritu del Monte para fundar en él un Colegio de Misioneros. Desde sus inicios es la vida apostólica la que le presta a dicho convento y colegio la fama que ha tenido por toda la región valenciana. De allí, entre varios muy notables, salieron los populares misioneros P. José Galiana, hijo de Onteniente y alma de las misiones, como se le llamaba, y el famoso P. Pedro Vives, que se hizo celebérrimo por su Catecismo de la Doctrina Cristiana, que todos hemos aprendido de niños en toda la región valenciana, en sus provincias y aun entre Teruel y Cataluña.
Cuando la Provincia Seráfica de Valencia se restaura, en 1878, en Santo Espíritu del Monte, una de las primeras decisiones es reorganizar la vida apostólica de misiones populares entre fieles, y desde los primeros días de la restauración vemos desfilar por casi todos los pueblos de la región valenciana a santos y apostólicos varones que llevan el olor de Cristo, entre humildades seráficas, por toda la región valenciana. Las figuras próceres del P. Vicente Molíns Roig y P. Felipe Bellver.
El año 1928 se publicó un extraordinario número de esta Revista dedicado a las bodas de oro de la restauración. En dicho número, que fue escrito por varios religiosos que ocultaron sus nombres, tuve el gusto de publicar el artículo que trata sobre la «Labor apostólica de la Provincia en sus cincuenta años». Allí ponía una larga lista de nombres de religiosos misioneros que, encuadrados en los distintos epígrafes en que se dividía el trabajo, algo extenso, quise resumir la obra de los misioneros populares y la de los grandes oradores que, rompiendo los muros de la Provincia, habían llegado a otras para dar conferencias y predicar sermones de altos vuelos en distintas provincias de España.
Después de la guerra la Provincia ha reanudado su obra de apostolado y hasta podemos afirmar que, no obstante ser menos religiosos que antes, hemos conseguido más en el asunto de las misiones. Se han dado bastantes en distintos pueblos y ciudades de la región, pero hemos tenido algo nuevo, jamás realizado por la Provincia, tomar parte en grandes misiones no solamente entre franciscanos, sino también entre miembros de distintas Ordenes religiosas. Ahí están los nombres de La Aguilera (Burgos), que con motivo del IV centenario de la muerte de San Pedro Regalado. fuimos 32 franciscanos a misionar la población en donde el santo cerraba sus ojos a esta tierra y al arciprestazgo de Aranda del Duero. Ahí está Almería, que entre los 75 misioneros que actuaron en la capital, fuimos varios de la Provincia de Valencia, actuando en la radio en las Conferencias a los Enfermos y en la Diputación Provincial. Ahí está, finalmente, Huesca, que entre los religiosos de toda España que misionaron esa diócesis con motivo del XVII centenario del martirio de San Lorenzo, los franciscanos actuamos en distintos arciprestazgos con un número considerable de más de treinta y le tocó a nuestra Provincia ostentar la dirección de todos los religiosos franciscanos por ausencia del Director nacional y por pertenecer jurídicamente dicha región a nuestra Seráfica Provincia de Valencia y Aragón.
No podemos afirmar que el Venerable P. Pedro Esteve fuera misionero popular en el sentido pleno de la palabra, pero sí podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que fue él el iniciador, con sus sermones apostólicos y con sus ruidosas conversiones y con sus incesantes actuaciones por todos los pueblos y ciudades que visitaba, el que puso los cimientos de esta Provincia franciscana, que logra un Colegio de Misioneros en Santo Espíritu del Monte, un misionero catequista de fama extraordinaria en toda España, el P. Pedro Vives, con su famoso Catecismo, y una serie de religiosos que no cesan de evangelizar por toda la región y por toda España la semilla del Evangelio.
Nueve sacerdotes de la Seráfica Provincia de Valencia a la gran misión de Buenos Aires, en Argentina
A primeros de septiembre nueve religiosos sacerdotes de la Seráfica Provincia de Valencia partirán para predicar en la gran misión de Buenos Aires, en Argentina. Son:
- P. Joaquín Ribes, actual Comisario Provincial de la T. O. F. y Director de la Hermandad de Valencia;
- P. Bernardino Rubert, ex Comisario Provincial de la Tercera Orden Franciscana y maestro en misiones populares;
- P. Lorenzo Cervera, Director de la Hermandad de Chelva;
- P. Salvador Perona, Director de las Hermandades de Pego, Oliva y Gandía;
- P. Carlos Sáez, Director de la Hermandad de Teruel y Superior de la comunidad franciscana en esa ciudad;
- P. Pablo Ares, Director de la Hermandad de Cocentaina;
- P. Bernardo Llopis, Director de la Hermandad de Liria;
- P. Bernardino Sutil, Director de la Hermandad de Játiva, muy apreciado por sus terciarios, quienes ven con pena su partida, porque después de la gran misión se queda en nuestra Comisaría de Argentina;
- P. David Cervera, que tiene a su cargo la iglesia de San Francisco en Onteniente, donde celebra sus cultos la Hermandad de esta ciudad.
Todos ellos partirán de Valencia el día 30 de agosto para embarcar en Barcelona el día 3 de septiembre.
Junto con ellos, aunque en diferentes buques, embarcarán unos mil sacerdotes españoles entre religiosos y seculares, quienes se reunirán en la capital del Plata con otros mil quinientos misioneros llegados de todas las naciones americanas de habla española.
La gran misión dará comienzo el 24 de septiembre y su primera parte terminará el 20 de octubre. Hasta los primeros días de noviembre habrán actos especiales para las diversas clases sociales. Terminada la misión, se celebrará un grandioso Congreso Mariano Americano, al que asistirán Jerarquías y fieles de todo el continente. La fe que España depositó en las naciones de América se concentrará durante esos días en la gran nación Argentina para alabar a Jesucristo y a su Santísima Madre.
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