Índice del número 318

Agosto de 1955. Año 29. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Las rosas del perdón

Envuelta en halos perfumados de leyenda, ha llegado hasta nosotros la historia de la celebérrima indulgencia de la Porciúncula, llamada también El Perdón de Asís.

lodos sabemos cómo amaba a Dios el humilde y delicado Poeta de la Umbría y cómo, por el amor de Dios, amaba a las almas aquel humano Serafín.

El corazón del bendito Patriarca fue siempre como una inmensa y fragante rosa, cuyos ardientes pétalos exhalaban sin cesar el buen olor de Cristo, ese perfume agradable de la caridad que se derrama sobre los corazones de todos los hombres para atraerlos a Jesucristo y salvarlos.

Pues bien; Jesús, que nunca se deja vencer por el amor y la generosidad de sus siervos, recogió en su Corazón, abierto siempre a las efusiones divinas de la misericordia y el perdón, las anhelantes súplicas de Francisco y le concedió, por la intervención amorosa de su bendita Madre, la indulgencia plenaria y universal que comentamos, y que ha sido en, el seno de la Iglesia Católica como el arquetipo y modelo de todas las grandes indulgencias concedidas después por los Romanos Pontífices.

Obedeciendo humildemente el mandato de Jesús y de María, el Seráfico Padre, que era hombre de pocas y no muy brillantes palabras, se presentó al Papa Honorio III con el mensaje celestial de unas rosas extemporáneas y fragantes, para pedirle que confirmara, con la plenitud de su autoridad apostólica, la gracia que acababa de obtener de la divina bondad.

El Papa, cautivado por el lenguaje tan expresivo de aquellas flores, no menos que por la santidad de quien se las presentaba, se mostró en seguida dispuesto a conceder lo que se le pedía, y le preguntó a San Francisco de cuántos años quería la indulgencia, a lo que el Pobrecillo de Dios contestó con ingenua y candorosa sencillez: «Santísimo Padre: Nuestro Señor Jesucristo no quiere años, sino Almas...»

Así fue como Honorio III concedió la indulgencia de la Porciúncula, que luego confirmaron otros Soberanos Pontífices y la extendieron a todas las iglesias franciscanas; y así es cómo aquellas Rosas del perdón que los rosales de Asís ofrecieron un día milagrosamente a las piadosas manos de San Francisco, siguen deleitando a las almas, en estos tiempos de crudo materialismo, con su regalado perfume de fina espiritualidad, con su mensaje perenne del más delicado y exquisito amor...

El alma amante a Jesús sacramentado

Cual triste tórtola
de amor herida
a tu costado
vengo, ¡de mi Dios!,
que es pena fuerte
de donde mana
bálsamo suave,
dulce licor.

Licor divino,
sacra ambrosía
que tu amor tierno
nos preparó.

Mi sed ardiente donde,
deja que apague
con ese néctar
embriagador.

En vuestras llamas
arder hoy quiero,
en vuestra hoguera
a entrarme voy,

¡amor mío!,
logre mis ansias:
¡ay!, consumida,
morir de amor.

"Vengo a la cárcel
donde te encierras,
vengo al Sagrario,
que es tu prisión,
porque en tus lazos
presa yo quede,
y muera en ellos
muerte de amor.

Abre tu aljaba,
Jesús amante,
abre tu aljaba
sin dilación,
y con tus flechas
mi pecho herido,
muera en tus brazos,
muera de amor.

Fr. Luis Ángel, ofm

Hacia un mundo mejor

Un ardoroso jesuita italiano, el P. Ricardo Lombardi, empezó después de la última guerra mundial una cruzada para atraer las multitudes a Cristo: la Cruzada de la bondad. Quería difundir las verdaderas ideas cristianas, desconocidas por gran parte de la sociedad moderna, y para ello se dirigía a las gentes de Italia hablándoles en calles y plazas. Y aun contendiendo públicamente con fanáticos oradores comunistas, que al exponer sus ideas, materialistas como son, eran combatidas dentro de la mayor corrección por el P. Lombardi.

Para ello se ponían de acuerdo de antemano partidarios de unas y otras ideologías, que se exponían en el mismo acto hablando sucesivamente uno y otro orador. La fama del Padre traspasó las fronteras de su patria, y con autorización de los Superiores de su Orden y aun del propio Pontífice, ha proseguido su campaña por todo el mundo civilizado. En ella preconiza la necesidad de corregir los abusos que presenta el mundo cristiano, tanto en el campo individual como en el familiar, lo mismo en el clero que en los simples fieles, en el campo de la economía y los negocios como en el ámbito internacional.

Hay que resolver, por tanto, con criterio cristiano, problemas religiosos, problemas del individuo, problemas de la familia, problemas de la nación, problemas de la humanidad en general, pues todos ellos se presentan cuando se hace una revisión de valores humanos.

¿Y por qué se presenta esa necesidad? Porque el mundo que llamamos civilizado se ha descristianizado. Y como notó el historiador y filósofo positivista Taine: «El Cristianismo ha sido el gran par de alas que elevan la humanidad por encima de las pasiones y de sus bajos instintos, y tan pronto como a aquéllas se las rompe, las costumbres públicas y privadas se degradan y el hombre se vuelve a hacer pagano como en el siglo I, es decir, voluptuoso y duro.»

Si queremos, por tanto, que la humanidad no se arrastre por el lodazal de sus pasiones, hemos de procurar que el Cristianismo tenga sobre ella la influencia que tuvo en otros tiempos, proporcionándole el par de alas perdidas.

En la actualidad los progresos de la técnica han hecho con sus inventos muy agradable la existencia para quien puede de ellos disfrutar. La velocidad de la primera locomotora que corrió por ferrocarril para viajeros en Inglaterra era sólo de 15 km. por hora; hoy se ha llegado en Francia a los 320 en la misma unidad de tiempo. Colón tardó un poco más de dos meses en ir de España a América; hoy en barco se tarda quince días y en aeroplano veinticuatro horas, que se reducirán cuando se empleen para transportar viajeros los motores a reacción.

Y así con otros inventos del ingenio humano.

En cambio, Pizarro, el conquistador del Perú, cuando se negó a abandonar la empresa a que se había comprometido desobedeciendo órdenes del Gobernador de Panamá, que le exigían su regreso, hubo de permanecer en la isla del Gallo y después en la de Gorgona siete meses aislado del mundo con sus trece valerosos compañeros. Sin recursos de ningún género, sufriendo hambre, enfermedades, desolación y desesperanza, cada día al despertarse daban gracias a Dios que les permitía vivir una vida trabajosa y miserable, que luego se vio recompensada con la conquista de Perú. Quienes, por el contrario, pueden disfrutar a su placer de los bienes y comodidades materiales poco se acuerdan de Dios, dispensador de todo bien.

Los hombres que empujados por su ambición quieren adquirir el disfrute de comodidades y placeres, luchan y se afanan por conquistar la riqueza sea como sea. Y como la !Ley de Dios puede ser un obstáculo para sus planes, prescinden de ella.

Mucho se habla actualmente de la paz, que, según San Agustín, «es la tranquilidad en el orden»; pero esa tranquilidad no la disfruta hoy el mundo, sino la guerra en una forma u otra.

Como dice el P. Lombardi, muchos hombres de nuestros días se hallan en guerra con Dios al estar en pecado mortal en el desempeño de sus actividades. Y así no pueden disfrutar de la paz.

Están en guerra con Dios quienes, hombres o mujeres, buscan fuera del matrimonio lo que sólo es derecho legítimo de los esposos. Y están en el mismo caso los que buscan, aun en el matrimonio, el placer, rehuyendo la carga de los hijos. También está en guerra con Dios el comerciante despreocupado, que para enriquecerse no duda en engañar al comprador en el peso o en la calidad de lo que vende. Como lo está quien exige precios exorbitantes a sus clientes por la prestación de servicios en las profesiones liberales (médicos, abogados, arquitectos, etcétera). Y lo mismo está en guerra con Dios quien en la. Administración pública se vende a la injusticia, concediendo a quien le compra la conciencia lo que le niegan las leyes.
Si esto pasa en una nación también ocurre algo semejante en el ámbito internacional. Así, vemos como el egoísmo domina las relaciones entre diversas naciones, de las que unas quieren explotar el atraso de otras que le están subordinadas, como colonias que son.

Para vivir la verdadera paz en un mundo mejor es preciso que cada cual cumpla con su deber. Para esto todo individuo debe esforzarse en cumplir la Ley de Dios, teniendo siempre paz con quien es «Príncipe de la paz». Después la justicia ha de presidir en primer término las relaciones sociales, dando a cada uno lo suyo y ajustando a aquélla la conciencia en toda ocasión. Por último, la caridad, a manera de lubricante, deberá suavizar los rozamientos que en la vida de relación puedan producirse.

Si pensáramos que todos somos hermanos, pues somos hijos del mismo Padre celestial, y obráramos en consecuencia, habríamos conseguido vivir en un mundo mejor. En él no faltaría el amor a nuestros semejantes considerados como hermanos. Y no les trataríamos con injusticia, raíz y causa del malestar que aqueja a la humanidad. Malestar que sólo desaparecerá cuando la humanidad, como oveja perdida, quiera acudir al llamamiento del Buen Pastor de las almas y «busque el reino de Dios y su justicia, pues todo lo demás se le dará por añadidura» (Mt 6, 33).

Arturo Fosar Bayarri