Índice del número 322

Enero de 1956. Año 30. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

1956 en el nombre de Jesús

Un especial y sapientísimo designio de la divina Providencia ha dispuesto iluminar las auroras del primer día de cada año con el nombre dulcísimo de Jesús, que baña en divinas claridades nuestro tránsito fugaz por este valle de miserias a las eternas playas del paraíso.

Empezar el año, iluminados y alentados por el Nombre de Jesús; continuarlo apoyados en su firmeza inconmovible, y terminarlo, o terminar nuestra vida, pronunciando nuestros labios esas dos sílabas de ensueño, capaces de desviar de nuestras cabezas los rayos fulminantes de la ira! de Dios y de abrirnos las puertas de la gloria eterna, he aquí un programa bello y sencillo para los cristianos de todos los países y de todos los tiempos.

Por eso el saludo que nos brota del corazón para los buenos amigos de La Acción Antoniana al iniciar tareas en el Año Nuevo de 1956 se arraiga en el Nombre de Jesús y en El germina y crece, para llevar a sus almas y extenderlo también a todos los hombres, el mensaje saludable de la paz y el amor, de la felicidad y la vida, cuyo único e inexhausto manantial es precisamente el Corazón de Jesucristo, nuestro divino Salvador.

Nada más grato para nuestro corazón de cristianos y franciscanos que abrasar todos los latidos de nuestra vida en el nombre de Jesús, consumir en El nuestras energías y nuestros trabajos y pedir y esperar de ese bendito nombre paz y alegría, fortaleza y salud, felicidad y bienandanza para todas las almas en este destierro de la vida terrena y luego luz inmarcesible y vida eterna en nuestra patria definitiva, que es el cielo.

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Ayer seráficos, hoy novicios franciscanos.—He aquí a catorce jóvenes que llenos de santa alegría abandonan el mundo y se preparan para consagrarse totalmente al Señor por medio de los santos votos de Pobreza, Castidad y Obediencia.

El año litúrgico y el Espíritu de la nueva reforma

El anual recorrido de la tierra alrededor del sol tiene repercusiones seguras en nuestra vida fisiológica. Hay enfermedades que se reproducen al año. La recuperación del organismo tras ciertas intervenciones quirúrgicas está sujeta también al movimiento de traslación de nuestro planeta. Conocemos fenómenos fisiológicos invariablemente unidos a determinadas estaciones. En resumen: el año natural tiene influencias innegables en nuestra vida.

Si del año natural pasamos al litúrgico, estas dependencias se convierten en símbolo de una realidad más hermosa. En efecto, el año eclesiástico, que comienza el Domingo I de Adviento para terminar en la última semana después de Pentecostés, está ligado íntimamente al crecimiento del hombre interior. Los misterios de la Redención celebrados por la Liturgia no intentan recordar simplemente los beneficios divinos, sino darles actualidad, es decir, lograr que actúen efectivamente en nosotros. Con otras palabras, a través del año eclesiástico hacemos algo más que asistir a un drama de enormes proporciones: vamos aplicando nuestros labios a la fuente de la salvación que se alumbró mediante los misterios sucesivamente venerados.

El año litúrgico abarca y comprende todo el proceso de la Redención, desde las ansias de Adviento de los justos del Antiguo Testamento hasta la consumación de todas las cosas por la resurrección universal, el juicio final y el fallo definitivo del justo Juez.

En este proceso observamos dos momentos culminantes: la aparición del Redentor en la tierra y su inmolación sobre el Calvario. Constituyen el centro de dos ciclos litúrgicos: el de Navidad y el de Pascua. El primero és preparado por el Adviento, y tras dejar gozar durante el período festivo de los fulgores de la «Luz verdadera que vino a este mundo», se extingue en las semanas después de la Epifanía. El segundo tiene una larga preparación en la ante cuaresma y la cuaresma se detiene en un período festivo que abarca desde Resurrección a (Pentecostés, para gustar la vida alumbrada en el Costado abierto del Redentor, y luego entra en su ocaso con las semanas de después de Pentecostés

Al ritmo del año eclesiástico y paralelamente al desarrollo de esa doble serie de misterios que marcan el cenit de ambos ciclos litúrgicos, la vida de Jesús se comunica a su Cuerpo místico. Cristo ha de ser místicamente concebido en las almas de sus fieles, ha de nacer, crecer, sufrir, morir, resucitar y llegar a la consumación de su proceso vital en la gloria futura.

En realidad, la Santa Misa, base y centro de la Liturgia, es la piedra viva de la cual brota ese venero de sobrenaturales aguas por las que el cristiano va siendo incorporado a su Cabeza mística. Y aunque el proceso comenzó en el momento del bautismo y terminará, más o menos afortunadamente, el último día de nuestra carrera terrestre, no es menos cierto que en determinadas épocas del año el cielo ha de mostrarse más propicio a acceder a apagar nuestra sed de aguas de vida eterna, puesto que es la propia Iglesia, la Esposa sin arruga ni mancha, la que entonces interpone su valimiento a favor de sus hijos. Y las gracias que esta piadosa Madre nos recaba vendrán a redundar en nuestro pecho del modo y manera como las demanda. Así comprendemos que el crecimiento del hombre interior se realice en ocasiones como una concepción del Verbo divino en el alma, o como su nacimiento, o como su resurrección, etc.

La Liturgia es la que lleva de la mano a los fieles para disponerlos a estas maravillosas operaciones de la gracia; por eso cabe afirmar que encarna una espiritualidad propia que puede ser llamada oficial. En cada una de las épocas del año eclesiástico intenta y persigue una operación particular de la gracia y un modo especial de esta operación, creando un clima propicio para obtener esos maravillosos frutos.

Paralelamente a este proceso encuadrado en los tiempos litúrgicos, estimula la Iglesia el fervor de sus hijos con la memoria de héroes de la fe, de grandes santos, cuyas virtudes incitan al aprovechamiento espiritual. Así se ha formado, al lado del llamado «propio de tiempo», el «propio de santos».

Con el correr de los años las festividades de santos se han multiplicado de tal manera que casi han venido a ahogar el espíritu del tiempo. La reforma litúrgica promulgada por Decreto de la Sagrada Congregación de Ritos el 23 de marzo pasado, tiende a corregir este defecto, descongestionando el año eclesiástico, de forma que el ambiente de los tiempos litúrgicos no sea oprimido por las conmemoraciones de santos.

Verdad es que, según reza el propio título del Decreto, la Sagrada Congregación pretende con él simplificar las rúbricas. Pero por encima de este objetivo se descubre a las claras la intención de realzar el valor de los tiempos litúrgicos, a costa, naturalmente, de las fiestas de santos; todo con el fin de que los fieles vivan más intensamente el espíritu de la Liturgia. Esta razón de ser tiene no pocos cambios introducidos por el Decreto; tales como que todos los domingos de Adviento y Cuaresma se eleven al rito doble de primera clase, de forma que no puedan ser suplantados por festividad alguna; que los domingos menores gocen en adelante de rito doble; que las fiestas de rito simple se hayan convertido en días feriados; que en el rezo privado pueda sustituirse durante la Cuaresma el oficio de santos (no «clásicos») por el de feria y otras reformas parecidas.

El Decreto más reciente, de 16 de noviembre, promulgando el nuevo «Orden» de Semana Santa, viene a confirmar lo que dejamos sentado. Y estamos seguros de que a estas innovaciones seguirán otras con idéntico fin. Todo ello viene a reforzar la convicción de que nuestra espiritualidad se conformará a los deseos de la Iglesia tanto más cuanto mayormente tome por base y guía los cánones de la Liturgia. En realidad, si el año litúrgico objetivamente considerado es el marco de un proceso de incorporación de los fieles a su divina Cabeza, en un plano subjetivo significa tanto como una escuela de orientación de la perfección cristiana, como un sistema de espiritualidad.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm

Mensaje de Navidad y especial bendición del Ministro General de los Franciscanos a los Terciarios de Teruel

En carta dirigida al P. Director de la Tercera Orden de San Francisco de Teruel, el P. Ministro General de los Franciscanos ha enviado un especial mensaje natalicio que reproducimos aquí para conocimiento de todos los terciarios y amantes de San Francisco.

CURIA GENERALIZIA DEI FRATI MINORI
Roma, 14 de diciembre de 1955.

Rdo. P. Juan José Baydal, ofm
Director de la V. O. T. de Teruel y de "Radiodifusión Paz y Bien"
Convento de Padres Franciscanos, Teruel.

Reverendo y caro Padre:

Con viva satisfacción he sabido que en Teruel, gracias a las facilidades dadas por el Sr. Obispo Fr. León Villuendas Polo y demás Autoridades eclesiásticas y civiles, se dan todos los sábados, con el más halagüeño éxito, emisiones radiofónicas de carácter eminentemente franciscano con el título de "Radiodifusión Paz y Bien", y que Su Reverencia es el director de las mismas.

Reciba, caro Padre, lo mismo que todos sus colaboradores, mi congratulación más cordial y sincera por esa excelente obra de propaganda del franciscanismo, que no dudo ha de reportar copiosos frutos en esa noble tierra regada con la sangre de los mártires franciscanos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato.

Y aprovechando muy gustoso esta ocasión, aunque acabo de dirigir, como en años anteriores, un mensaje natalicio a todos los franciscanos de la Primera, Segunda y Tercera Orden, me complazco en dirigir uno muy especial a todos y cada uno de los que oyen esas emisiones radiofónicas de "Radiodifusión Paz y Bien", especialmente a los terciarios franciscanos, juntamente con una particular bendición seráfica que los conforte y aliente a seguir a nuestro divino Redentor, hecho Hombre, caminando en pos del S. P. San Francisco, que tan bien comprendió el mensaje de Belén —al que hace eco el mensaje franciscano de Paz y Bien— y quiso que lo comprendieran los demás, instituyendo esos belenes que tan al vivo reproducen aquella tierna al par que sublime escena de la primera Nochebuena.

Que el divino Salvador, que nace para nosotros en Belén de una Madre Virgen, les conceda a todos sus mejores gracias y bendiciones.

Fr. Agustín Sépinski, ofm.
Ministro General