Índice de los números 295-296

Número extraordinario dedicado a Santa Clara de Asís

Julio-agosto de 1953. Año 27. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Dedicatoria

Siete siglos ha que Clara cerró en Asís sus ojos a este mundo; pero como rutilantes luceros quedaron abiertos en el cielo, y desde allí, como chorros de luz viva, van marcando una senda de candor por la que miles de almas nobles y esforzadas —nueva constelación de estrellas— siguen en todo tiempo su carrera hacia el infinito y sumo Bien.

Su mensaje, mientras vivió entre los mortales, estuvo impregnado de fragancias de Evangelio, cuyo atractivo ella supo hacer sentir a innumerables almas ; ahora, después de siete siglos, su figura prócer —austera y dulce a la vez— continúa luminosa y atrayente... como mensaje vivo de amor, de pureza, de penitencia, de sencillez evangélica... Muchos miles de monjas clarisas —12.950— la mantienen viva todavía en la tierra. El jardín seráfico en que sembró la amable sonrisa de su virtud no ha dejado nunca de estar florido. También ahora florece y embalsama la tierra con aromas de cielo.

La Acción Antoniana quiere que también sus lectores perciban estos aromas en su más pura fuente. Por eso, como homenaje a la Santa, en el VII centenario de su gloriosa muerte les ofrece estas Florecillas de Santa Clara de Asís.

La Redacción

Carta de Su Santidad al Obispo de Asís
exaltando la memoria de Santa Clara
en el séptimo centenario de su muerte

Al venerable hermano José Plácido M. Nicolini, Obispo de Asís
Pío PP. XII

Venerable hermano: Salud y bendición apostólica.

En el próximo mes de agosto se cumplirá el séptimo centenario del tránsito desde este destierro al cielo de Santa Clara, «primera planta de las Hermanas pobres de San Damián de Asís, émula principal del Beato Francisco en la observancia de la perfección evangélica» (Specultim perfectionis, c. 108).

Con esta ocasión es conveniente celebrar la memoria de tan excelsa virgen en la ciudad de Asís, cuya prestancia arranca del Seráfico Patriarca y contribuyó a aumentar el nombre y la virtud de Clara, así como de la gran familia franciscana, de la que es ínclito honor; pero también, con mayor título, la Iglesia Católica se goza en tal celebración viendo en aquélla una prueba preclara de virginal santidad.

Al recordar y honrar la vida de esta santa celestial, lo que ella hizo con la gracia de Dios y lo que hicieron la Asociación por ella fundada y los demás Institutos de ésta nacidos —que florecieron en número considerable en el transcurso de los siglos—, no dudamos en afirmar que la Iglesia y la. misma sociedad civil deben mucho a esta virgen. A la vez no podemos menos de admirar el designio providencial de Dios, que, cuando se levantan más duros enemigos contra el nombre cristiano, suscita nuevos héroes y heroínas en la Iglesia para que, a la altura de las circunstancias y de los tiempos, se conviertan en defensores trabajadores y valientes del catolicismo.

Entre aquéllos destaca ciertamente Santa Clara, preclara en virtud y fama, surgiendo en aquellos tenebrosos tiempos en que apareció San Francisco de Asís para ilustrarlos y enmendarlos ; en cuya labor esta virgen, que le fue dada como principal compañera de trabajos y auxiliar de la celeste misericordia, brilló con clara luz junto al Seráfico Padre.

Nacida en Asís de noble familia y adornada por la misma naturaleza de las más nobles dotes, oyó durante dos años a los predicadores de la paz y de la penitencia cristianas formados por la palabra de San Francisco, se adhirió a la forma evangélica de vida propuesta por él y determinó sin tardanza abrazarla para su propia vida. De cuyo propósito no pudieron apartarla ni la oposición de los padres ni el áspero género de vida que había de emprender; por lo que, invitada por el bienaventurado P. Francisco, cierta noche, abandonando a escondidas la casa paterna, se refugió en la iglesia de Santa María de la Porciúncula, y allí, renunciando gustosa a las pompas del mundo, se vistió de ruda y pobre túnica, se abrazó a la pobreza como amiga y compañera inseparable de su vida y se entregó totalmente a Dios.

Superada felizmente esta primera batalla, para poderse dedicar a la contemplación de las cosas celestiales se refugia entre los muros de San Damián, y allí, ((escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3), por espacio de cuarenta y dos años nada encontró más suave, nada se propuso con más ahínco que ejercitarse con toda perfección en la regla de Francisco y atraer a ella, en la medida de sus fuerzas, a otros.

Sin embargo, aquella luz brillante que irradiaba del lugar solitario y pobre de su apartamiento no pudo permanecer oculta mucho tiempo, pues muchas doncellas de la nobleza y del pueblo, movidas por la fama de santidad de Clara y prefiriendo el casto amor del Divino Esposo a los halagos del mundo, acuden a la Santa para abrazar su regla. Y así, «en la cueva de su penitencia anidó como paloma blanca, engendrando un palomar de vírgenes de Cristo... y fundó la Orden de Damas Pobres» (Legenda Sanctae Clarae Virginis, n. 10). Desde entonces la familia de San Francisco, como árbol robusto y creciente, alimentado y fecundado por la fuerza de la divina gracia, se bifurca en dos ramas, de la que una se consagra principalmente a las actividades de la vida apostólica, y la otra agrupa a estas vírgenes amantes de Dios, que se dedican, dentro de los muros del sagrado claustro, a la contemplación de las cosas celestiales y con su penitencia y su oración desean lavar las culpas de los demás.

Con qué ardor se consagró Clara al ejercicio de las más altas virtudes para servir a la divina misericordia puede fácilmente adivinarse, pero el describirlo sería ardua empresa. Pues cuanto más «procuraba conformarse al pobre Crucificado en perfecta pobreza» (Legenda Sanctae Clarae, n. 10), tanto más florecía en integral inocencia, extenuaba su cuerpo virginal con ayunos voluntarios y le maceraba con ásperos cilicios. Rememorando constantemente los dolores del Divino Redentor y procurando amarle más cada día, derramaba abundantes lágrimas. Sentía verdadero ardor de devoción hacia el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, y en ello no sólo encontró la fortaleza y el gozo de su vida, sino que fue característica y defensa principal de su Instituto. Su espíritu estaba inundado principalmente del divino amor, de la divina caridad, por la que era impulsada hacia Dios a la vez que la prodigaba a todos los hombres, y de modo especial a las hijas que le habían sido confiadas. Y mientras nada perdonaba a su cuerpo, áspera y duramente tratado, ni buscaba para sí consuelo ni descanso, hasta en los mismos últimos años de su vida en que estuvo atormentada por graves enfermedades, cuando se trataba, empero, de ajenos dolores, miserias y enfermedades, abundaba en exquisita y grande misericordia; sabido es que cuando sus conciudadanos se hallaban en graves disenciones —redoblando sus penitencias y sus oraciones a Dios y con viril ánimo— se convirtió en eximia promotora de concordia, en símbolo de paz, en debeladora invencible de los enemigos.

Parece increíble cómo esta mujer que se había despojado de toda preocupación humana estaba llena de los más abundantes y copiosos dones de celestial sabiduría. A ella, en efecto, acudía no sólo una multitud ansiosa de oírla, sino que se servían de su consejo Obispos, Cardenales y alguna vez hasta los Romanos Pontífices. El mismo Padre Seráfico, en los casos más difíciles del gobierno de su Orden, quiso escuchar el parecer de Clara; lo que de modo especial sucedió cuando, preocupado y dudoso, no sabía si dedicar las primeras agrupaciones de su Orden tan sólo a la contemplación a prescribirles también trabajos de apostolado. En tal circunstancia acudió a Clara para mejor conocer los divinos designios, y con su respuesta quedó totalmente tranquilo.

Estando así dotada de tan grandes virtudes, se hizo digna de que Francisco la amara más que a las demás y encontrara en ella un poderoso auxiliar para afirmar la disciplina de su vida religiosa y fortalecer su Instituto ; confianza que los acontecimientos vinieron a confirmar felizmente más de una vez.

Por muchas tierras se propagó la fama de esta flor de pureza inmaculada, cuyo suave olor las vírgenes clarisas, como reverdeciendo en ellas las normas y virtudes de su fundadora, conservaron hasta nuestros días. La obra de éstas, a ejemplo y mandato de Clara, como aguas vivas que riegan el campo de la Iglesia, fluyeron en el decurso de los siglos tan útilmente para el pueblo de Dios que siguen siendo de actualidad las palabras que nuestro predecesor, de feliz memoria, Alejandro IV dijo de ella: «Fue alto candelabro de santidad, rutilante de luz esplendorosa ante el Tabernáculo del Señor; a su ingente luz acudieron y acuden muchas vírgenes para encender sus lámparas. Ella plantó en el campo de la fe y cultivó la viña de la pobreza, de la que se recogen abundantes y ricos frutos de salud... Ella fue la abanderada de los pobres, caudillo de los humildes, maestra de continencia y abadesa de penitentes» (Litt. Apost. «Clara claris» fechada en Anagni, año 1255). No es de extrañar, pues, que después de tanto tiempo de la muerte de la beata Clara la admiración y devoción hacia ella sigan vivas y aumenten en ardor. Lo que demuestran las solemnidades sagradas y civiles que se preparan en muchos lugares, y principalmente en esa ciudad, a la que por haber vivido en ella ennobleció con la luz de su santidad y la gloria de sus milagros.

Confiados en que de tales actos redundarán no pocos frutos de salvación tanto para los hombres como para la misma sociedad, no dudamos en alabar y recomendar esas solemnidades. Pues son muchos los ejemplos que nuestros tiempos pueden encontrar en esta virgen; tiempos no muy diferentes a aquellos en que vivió Clara. En efecto, no son más pequeños, como fácilmente puede observarse, los peligros que amenazan a la religión cristiana, ni es menor la relajación de las costumbres; ya que, habiéndose enfriado la caridad, el deseo desenfrenado de los bienes caducos perturba a muchos espíritus y amenaza con subvertir los fundamentos del orden familiar y social. Vean, pues, todos los católicos en los actos conmemorativos del centenario de esta ínclita santa motivo de veneración y de ellos saquen estímulo para la virtud. Aprendan sobre todo a apartar su espíritu de las cosas terrenas, a dominar las pasiones con voluntaria penitencia, a estrechar al prójimo en fraterna caridad; sienta nuestro siglo de molicie cuán grande bien es seguir a Cristo y abrazar animosamente su cruz. Si así los hombres lo hacen, es de esperar una cristiana renovación de costumbres y una restauración estructurada de la sociedad, que tan ansiosamente desean todos ha tiempo.
Confiadamente esperamos que estas gracias se obtendrán de Dios abundantemente impetrando a la ínclita Clara.

A ella insistentemente le suplicamos que, mediante su valioso patrocinio, proteja a la Iglesia Católica y mire benigna a su pueblo de Asís, que tanto la estima. Que asista, finalmente, a toda la familia franciscana, de modo especial a las vírgenes clarisas, para que consiga que florezca cada día más aquel gran espíritu franciscano que, si en otro tiempo levantó a una sociedad turbada y decaída mejorando sus costumbres, sin duda alguna, podrá remediar también los inmensos males de nuestro siglo.

Con esta esperanza, a ti, venerable herniano, a todos los devotos de San Francisco y de Santa Clara, así como a todo el pueblo de Asís, os damos de todo corazón, en prenda de las gracias celestiales, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 25 de mayo de 1953, año XV de nuestro Pontificado.

Pío PP. XII